Capítulo 15
AJUSTANDO CUENTAS
¡Oh, señora! Está herida. ¡Mire cómo le sangran las manos! —exclamó la señora West al ver aparecer a Isabella—. Debemos llevarla arriba de inmediato. El señor Cullen insistirá en que avisemos al médico. ¡Martha!
—¡No, por favor! ¡Estoy bien, señora West! Por favor, tranquilícese. Solo he resbalado y me he arañado las manos. Lo único grave en mi estado es que me he empapado. Necesito darme un baño y cambiarme de ropa, eso es todo.
—Necesita que le curen las manos —recomendó la señora West, frotándose las palmas y los nudillos con nerviosismo.
—¿Podría ocuparse usted misma? De verdad, no veo la necesidad de avisar al doctor. No tengo ganas de disgustar a mi marido —le suplicó al ama de llaves—. ¿Podría…? Por favor, señora West…
La mujer la miró con preocupación.
—Querida, cuando él vea que se ha hecho daño, que ha corrido peligro, va a disgustarse de todas formas. —El ama de llaves la miró fijamente antes de suavizar el ceño fruncido—. De acuerdo, señora Cullen, voy a decirle a Martha que le prepare el baño y yo me ocuparé de hacer las curas en esas heridas…, ¿le parece bien?
Los cortes le escocieron de manera dolorosa cuando la señora West le dispensó sus cuidados, pero sabía que eso no era nada comparado con el dolor que sentiría cuando Edward supiera lo ocurrido.
—¿Es necesario que se lo cuente, señora West? Va a enfadarse. Me disgusta molestarlo con una minucia.
—Creo, querida, que en vez de preocuparse por su reacción debería preguntarse por qué él va a enfadarse tanto —apuntó en voz baja el ama de llaves—. El señor la adora y, dada su condición, usted no debería correr estos riesgos. —Vio que la mujer asentía con la cabeza, conocedora—. Tengo razón, ¿verdad?
—Eso creo. —Ella se sintió aliviada al ver que su secreto ya no era tal.
—Entonces debe decírselo, señora.
—Sé qué debo hacerlo. Hoy se lo diré. —Reflexionó para sus adentros cuál sería la mejor manera de abordar el tema.
—¿Decirme qué? —preguntó Edward desde la puerta. Notó que palidecía en cuanto la miró y percibió la situación—. ¿Qué demonios te ha ocurrido, Isabella?
—Oh, Edward, resbalé mientras caminaba y me caí. No es nada… Solo me he arañado las manos. Como ves, estoy bien. —Sonrió con toda la serenidad que pudo reunir.
Él analizó el empapado y sucio vestido antes de clavar los ojos en los de ella.
—¿En qué punto exactamente del camino te caíste mientras paseabas? —Su tono era duro y frío.
Ella se estremeció antes de responder con un hilo de voz.
—Estaba en el borde del acantilado.
Él entrecerró los ojos, pero ella logró atisbar el relámpago de furia que brilló en las rendijas. Notó que apretaba los dientes, pero, había que reconocérselo, mantuvo la compostura.
—Regresaré cuando te hayas recompuesto y estés presentable para recibir a… tu marido.
Edward apartó la vista y se dirigió al ama de llaves.
—Señora West, haga el favor de informarme en el momento en que mi esposa esté recuperada, con el fin de que pueda reunirme con ella. Al parecer, tiene algo que contarme.
Él salió de la estancia sin mirarla ni una sola vez.
Ella respiró hondo soltando el aire que ni siquiera sabía que había contenido mientras su marido estuvo presente. Todavía seguía percibiendo el olor de su colonia un rato después de que él hubiera desaparecido.
Isabella esperó a Edward con un chal azul sobre la bata. Las manos no dejaron de temblarle mientras se cepillaba el cabello y tenía el estómago revuelto. Él estaba muy enfadado con ella… ¡Su expresión cuando la vio…! Estaba seriamente afectado por sus heridas. Ella se sentía helada hasta los huesos y le dolían las manos, pero era el alcance de lo que casi había ocurrido, de que por poco no había muerto ahogada, era eso lo que la hacía estremecerse.
Quería ser una buena esposa para Edward, quería complacerle, pero fallaba estrepitosamente en su empeño y sabía que se había ganado un castigo. Su marido siempre era bueno con ella, se mostraba atento y considerado, ¿por qué sentía entonces tal inclinación a desobedecerle?
Porque era lo más fácil. Ella no se merecía todo lo que él le daba, tampoco era digna de que la amara. Sin embargo, quería conseguir su amor, solo que no sabía por dónde empezar.
Necesitaba enfrentarse a la verdad. No había sido honesta consigo misma desde hacía mucho tiempo y se había ocultado en un mundo de pesar y pérdidas potenciales.
Sin embargo, Edward la había cambiado. Había despertado sus emociones, aunque nunca había soñado que pudiera volver a sentirse de esa manera. La había hecho amar… otra vez. Se había enamorado de él. Amaba a su marido y sabía que debía contárselo todo. Tenía derecho a
saber lo que había ocurrido con Emmett aunque ella tuviera miedo por lo que él pudiera llegar a pensar de ella una vez supiera la verdad.
Seguía sentada en el mismo lugar casi una hora después, cuando Edward entró en el dormitorio silenciosamente y caminó hasta detenerse a su espalda mientras ella permanecía sentada en estado casi catatónico ante el tocador.
Dio la impresión de que la temperatura descendía varios grados. Edward parecía a punto de golpear algo. Ella miró su imagen en el espejo y los ojos de ambos se encontraron durante lo que pareció un siglo antes de que él cruzara los brazos sobre el pecho.
—¿No querías decirme algo, Isabella? Por favor, estoy aguardando.
Aquella muestra de helado desprecio pudo con ella. No logró contener los temblores que sacudieron su cuerpo.
—Sé que estás enfadado conmigo, Edward. —Se giró en la silla hacia él, estirando la mano para tocarle el brazo.
Sus ojos oscuros la miraron con tanta frialdad que dejó caer los dedos y bajó la mirada. Él no quería siquiera que le rozara.
—¡Oh, no! De eso nada —bramó él—. Vas a mirarme. No vas a acobardarte como si yo fuera alguna especie de monstruo —gritó, esperando que ella volviera a alzar su cara hacia él.
Santo Dios, sus ojos brillaban de una manera tan salvaje y oscura como nunca había visto antes. Ahora había dolor en aquella mirada.
—Edward, no eres ningún monstruo, pero es evidente que estás muy enfadado conmigo. — Le había hecho daño y eso hacía que se sintiera todavía peor—. Escucha lo que tengo que…
—¡Ya estoy esperando, Isabella! Sabes perfectamente cuáles son mis deseos y, aun así, me has desafiado. No debes salir sola, ¡es demasiado peligroso! Me prometiste que no lo harías y has roto tu promesa. ¡Me has traicionado! ¿Es que no fui lo suficientemente claro?
Tengo que poder confiar en ti, Isabella. Eres mi mujer, no puede haber secretos entre nosotros. —Lo vio frotarse la cara, lleno de frustración.
—Oh, Edward, confía en mí, jamás te traicionaría. Solo voy allí a reflexionar. Eso es todo. —Se puso en pie y alzó la cabeza al tiempo que se acercaba a él.
Él lanzó un suspiro de exasperación, sin ofrecerle el consuelo que buscaba.
—¡Reflexionar! —Se burló él—. ¡Te has arriesgado de una manera escandalosa! ¿Cómo se te ocurre reflexionar junto al borde del acantilado, sobre ese océano enfurecido? ¿No sabes que podría venir una ola y arrastrarte mar adentro antes de que te dieras cuenta? Por lo que he podido ver antes, eso fue lo que casi ocurrió.
—Y lo cierto es que no merezco otra cosa. —Masculló las palabras con suavidad, casi para sus adentros, pero él las escuchó.
—¿Cómo dices? —bramó él—. ¡Eso es una vulgar mentira, Isabella! —La agarró por los hombros y la sacudió con fuerza antes de aplastarla en un abrazo desesperado—. ¡No vuelvas a decir eso otra vez! Es una obscenidad. ¡Eres lo más precioso del mundo para mí, Isabella!
Ella pudo sentir cómo temblaba cuando la tomó en brazos y la llevó a la cama.
La dejó sobre el colchón y la mullida superficie fue un claro contraste con sus tensos músculos.
—¡Eres mía! —aulló él, señalándola con un dedo mientras la devoraba con los ojos desde el lado de la cama junto al que se había detenido—. Desabróchate el camisón, ¡muéstrame tu cuerpo! —Parecía realmente desquiciado.
—Está bien, Edward —intentó calmarle, sin apartar la mirada de sus abrasadores ojos oscuros. Poco a poco, comenzó a desabrocharse los botones, esperando que eso le tranquilizara un poco. No fue así. De hecho, él no estaba por la labor de esperar y acabó desgarrando los ojales antes de dejarse caer en la cama con un siseo. La seda francesa se rasgó con el brutal tratamiento, dejándola expuesta a su famélica mirada.
—¡Estos son míos! —Capturó sus pechos e inclinó la cabeza para cubrir primero uno y luego el otro con la boca, rodeando los pezones con la lengua antes de morderlos de manera posesiva. El dolor que provocaron sus dientes fue dulcemente aliviado después con suaves succiones y diminutos lametazos—. Mía… —le escuchó murmurar entre sus pechos mientras dejaba los labios quietos sobre el punto en el que latía debajo su corazón.
—Sí —gimió ella, arqueándose hacia su boca.
Él la recorrió con los labios de arriba abajo, por encima de las costillas hasta el vientre…, hasta su sexo. Llevó las manos al interior de sus muslos y los separó con energía. En ese momento, él se quedó inmóvil, en estado casi catatónico, mientras la miraba fijamente; casi como si viera sus pliegues por primera vez. Al instante notó sus labios sobre ellos, reclamando su cálida abertura con la lengua. La atravesó con ella como si fuera una lanza y comenzó a juguetear de manera implacable con su clítoris hasta que sintió también allí un suave pero posesivo mordisco.
—¡Esto es mío, Isabella!
—¡Sí!
El roce de sus dientes en aquel punto estimuló todas sus terminaciones nerviosas y la lanzó a alturas increíbles. Se arqueó contra la acometida de su lengua, sus labios y sus dientes. Su cuerpo era una masa que se contorsionaba presa de la tensión y la necesidad. No importaba lo enfadado que estuviera él, todavía podía sumirla en ese estado. E Isabella estaba más que dispuesta a disfrutar del sexo, del coito, de la carnalidad que aquello suponía… Sí, eso lo podía aceptar sin censura. Era aceptar su amor lo que le resultaba más difícil.
No supo cómo liberó él su miembro sin dejar de devorar su carne, pero lo hizo. Y cuando se deslizó en su interior, ardiente y duro, el grito que ella lanzó fue de puro abandono. Aceptó su erección dentro de su cuerpo; él la completaba, la llenaba, la satisfacía de una forma que no había entendido hasta ese momento, pero de la que siempre disfrutó. No fue necesario demasiado tiempo para que sus feroces y ambiciosos empujes la lanzaran más allá del límite, haciéndola caer en aquel dulce abismo de placer.
—¡Sí…! ¡Sííííí, Edward!
Mientras él embestía de manera febril, ella lo invitó a perderse en lo más profundo de su interior presionándole las caderas con los talones, arqueándose, abrazándolo para impulsarlo hasta el fondo.
—Solo cuando estoy enterrado en tu dulce sexo, estoy en casa. ¡Eres mía! ¡Eres… solo…mía! —Se clavó en ella con fuerza, lanzando un mensaje de dominio con cada uno de sus envites.
—¡Lo sé, Edward! Me entrego a ti por completo. —Le dio la bienvenida con todo su ser.
Necesitaba cada embestida, cada lametazo, cada succión, cada mordisco, cada beso… Y estaba dispuesta a tomar con gusto todo lo que le ofreciera.
Aquellas palabras de rendición absoluta condujeron a Edward a un violento orgasmo. Alcanzó el éxtasis con tanta intensidad que la expulsión del semen creó una dolorosa corriente en su miembro. Siguió eyaculando sin parar… Chorros y chorros para llenarla. La marcó con su propia esencia. Era el reclamo más primitivo sobre una mujer.
—¡No vuelvas a arriesgarte así! ¡Nunca más, Isabella! —imploró, desplomándose tembloroso sobre ella. Los solemnes ojos de Isabella buscaron los suyos cuando encerró su rostro entre las manos—. No puedo perderte —añadió bajito mientras cerraba los ojos—. Por favor, Isabella, no sé lo que haría si te perdiera. No lo soportaría.
Yacieron con los miembros enredados, él todavía vestido y ella desnuda, con los almizclados aromas de aquel coito feroz flotando en el aire.
—No lo harás —aseguró ella con suavidad.
Él supo, sin embargo, que solo estaba tratando de reconfortarle. Permaneció allí inmóvil, incapaz de vocalizar una sola palabra; vulnerable al pensar en lo que casi había ocurrido, preocupado porque ella pudiera volver a hacerlo, e indefenso para impedirlo.
—No tuve cuidado y me distraje. No volveré a hacerlo de nuevo; no me acercaré sola al mar. Lo siento mucho. ¿Me perdonas, Edward?
—¿Que te perdone? —No podía creer lo que estaba oyendo—. Te…, te amo, ¿es que no lo entiendes? ¡Te amo, Isabella! —La angustia que le oprimía el corazón resultaba casi dolorosa.
Isabella buscó sus ojos con los suyos, llenos de lágrimas, y le puso la mano en la cara.
—Lo sé, Edward. Y pienso que no deberías…
Se sintió profundamente herido por sus palabras, pero dispuesto a seguir adelante.
—¡Oh, mía cara! ¿Cómo podría no amarte? —Notó que le brillaban los ojos—. Eres todo lo que siempre quise, lo que he necesitado durante toda mi vida para sentirme completo —susurró—. Isabella, pienso, siempre he pensado y siempre pensaré, que eres la perfección absoluta.
Ella enterró la cara en su pecho y meneó la cabeza.
—Edward, yo no…
—Sé que no correspondes a mi amor. Lo sé, Isabella. Soy muy consciente de lo que te he hecho.
Su esposa le miró con una expresión de confusión absoluta.
—Iba a decirte que… ¡no soy perfecta! ¡Crees que soy la perfección cuando no lo soy, Edward! ¿Por qué me dices esas cosas? ¿Y qué es eso que piensas que me has hecho? —Ladeó la cabeza, vacilante.
—Te he engañado, Isabella. Te he querido durante casi toda mi vida. Anhelaba tenerte en mi cama. Quería poseerte, tomarte de todas las maneras. Deseaba tu cuerpo y tu alma desde hace mucho tiempo. Me concediste mi máximo deseo cuando te casaste conmigo y te entregaste de una manera total. Me ofreciste lo que anhelaba libremente…, pero me di cuenta de que quería todavía más; lo que tú no me puedes dar.
—¿Y qué es lo que quieres, Edward?
—Algo que no tienes para mí, sino para otro que perdiste.
—¿Amor? ¿Es mi amor lo que realmente quieres? ¿Por qué no me pides que te lo diga? He estado esperando que me ordenaras pronunciar esas palabras, pero no lo haces.
Ella hizo una pausa para mirarle, esperando, con los ojos color chocolate resplandecientes.
Él se puso en guardia. No pensaba ordenarle tal cosa. No, no lo haría. De hecho, no pensaba volver a decirle que hiciera nada. Las consecuencias dolían demasiado. Había jugado y perdido.
—¿Por qué no me pides que te diga «te amo»? —preguntó ella—. Lo haré. Quiero hacerlo.
—No voy a hacerlo, cariño. No esta vez.
Ella comenzó a llorar.
—¿Edward?
—¡No! —gritó—. ¡No te haré eso!
—¿No me harás qué? ¿Qué me has hecho? ¡No te comprendo! —gimió ella.
—Shhh… —Le acarició la cara acercándose más a ella—. Oh, cara, todo esto es culpa mía. Te coaccioné… No te dejé elección para que te casaras conmigo. Hace meses que soy el propietario de todas las deudas de tu padre. Preví que acabaría arruinándose y compré todos los pagarés. Los retiré de la circulación cuando me rechazaste la primera vez. Estaba tan seguro de que eras mía, de que te tendría finalmente, que no me preocupaba el engaño. Pero, antes de que supiera lo que estaba pasando, habías capturado mi corazón. Me encontré enamorado de una mujer que esperaba que le dijera lo que debía hacer, decir, sentir…, y eso acabó siendo cada vez menos satisfactorio… para mi corazón. Podría pedirte que me dijeras que me amas, pero he aprendido que uno no puede dominar el corazón de nadie, Isabella.
Esas dos palabras deben ser dadas libremente; deben estar llenas de significado. —Notó un temblor en el labio inferior—. Lamento lo que he hecho, salvo amarte. Isabella, en mi corazón, tú eres mi dueña y yo solo tu esclavo. —La besó suavemente en la frente.
Ella no dijo nada durante mucho tiempo, el silencio los engullía como un manto.
—Tengo algo que contarte, Edward. La razón por la que soy tan indigna. La razón por la que soy… así.
—¿Indigna? —«¿Cómo podía considerarse indigna?»—. No, Isabella, por favor, no digas eso…
—Edward, ¿sabes por qué? ¿Por qué quiero tus órdenes?
—No, cara, no lo sé. Solo siento que las necesitas. Y me sentí atraído por ello, estaba decidido a que fueras mía. Tenía que ser yo quien te diera lo que necesitabas y, estaba tan desesperado por conquistarte que habría hecho lo que fuera. La decadencia de tu padre me lo puso fácil; demasiado fácil, la verdad.
Sabía que debía preguntarle, pero le daba miedo la respuesta. Y le dolía el corazón. Aun así, tenía que saberlo todo.
—Isabella, ¿es por… Emmett?
Ella contuvo el aliento al oírle pronunciar el nombre.
—Sí…, es por él. Él es la razón. —Se quedó callada otra vez y el silencio se alargó, esperando las palabras.
Por fin, ella comenzó a desgranar la historia.
—Emmett… Le fallé a Emmett. Soy la única responsable. Es como si le hubiera matado. Su muerte fue culpa mía y confieso que es una agonía diaria. Por eso paseo por el borde del acantilado algunas veces; para recordarle e implorar su perdón… por mi error.
—¿Tu error?
—Oh, sí. Cometí el peor error posible. Mi hermano murió por mi culpa. Una decisión que yo tomé fue la causa de que muriera. En realidad, fui la causante de la desgracia de toda mi familia.
—¿Hermano? ¿Emmett era tu hermano? —Edward pensó que el corazón se le escapaba del pecho… «¡Era su hermano!».
Ella asintió con la cabeza, pensativamente.
—Mi hermano menor. Era tan guapo… —Parecía exhausta y muy triste.
—No lo sabía. —Él suspiró aliviado—. Cariño, estás cansada y acabas de pasar por una prueba muy dura y aterradora. —Besó con reverencia sus manos heridas—. Sientes dolor. Gracias a Dios que lograste sujetarte. Tus manos son preciosas…, hermosas. —Buscó su chal y la envolvió con él antes de estrecharla entre sus brazos. Disfrutó de la calidez que transmitía su cuerpo y de la certeza de que ahora estaba a salvo, con él; que no la había perdido.
«¡Gracias, Dios mío!».
—Isabella, ¿quieres hablarme sobre Emmett? Me gustaría conocer la historia si te sientes capaz de contármela.
Y el misterio a sido revelado, Emmett era su hermano ¿Lo habían pensado? Muchas ya lo habían deducido. Ahora sabremos porque ella se siente tan culpable e indigna. Nos quedan poquitos capítulos.
Espero ansiosa sus Review y gracias por leer.
