Capítulo 16

LA CONFESIÓN

Edward se abrazó a Isabella, que se encontraba a salvo entre sus brazos; no quería soltarla nunca. Se dispuso a escuchar su historia.

—Mi padre era un hombre muy tierno y divertido cuando era joven. Me gastaba bromas diciéndome que no era posible que una hija suya fuera tan seria. Yo quería tener un hermanito y, cuando tenía seis años, mi deseo se hizo realidad. Nació Emmett. Lo adoré desde el primer momento. Era un bebé precioso que se convirtió en la luz de nuestras vidas, pero muy testarudo. —Se le quebró la voz—. Cuando…, cuando él tenía diez años, Emmett murió y todo cambió.

La vio ceder a las lágrimas, escondiendo el rostro en su pecho en busca de consuelo. Le gustó que ella pareciera necesitarle y la estrechó con fuerza contra el pesado latido de su corazón. Dejó transcurrir un rato antes de hablar.

—¿Quieres continuar, cariño? No conozco la historia de tu hermano. Me gustaría entender lo que ocurrió. —Esperó a que continuara mientras le acariciaba la espalda con ternura.

—Emmett salió en un bote de remos con otros niños a pesar de que tenía expresamente prohibido hacerlo. Mi padre no se lo permitía, decía que era muy peligroso. Lo pillé escabulléndose por la parte de atrás de la casa y me rogó que guardara el secreto. —Meneó la cabeza—. Nunca pude negarle nada, así que no se lo dije a papá. Salieron en el bote… Al cabo de un rato, comenzó una tormenta sin previo aviso. Las olas hicieron volcar la barca y Emmett desapareció… Jamás encontramos su cuerpo, el mar lo reclamó.

—¡Oh, cariño, lo siento mucho! —Fue como si surgiera el sol en un día nublado. Por fin comenzaba a entender a su esposa.

—¿Lo entiendes? Fue culpa mía. Debería habérselo dicho a papá. Él le habría impedido salir en el bote y Emmett todavía estaría vivo. Cometí un error monumental. La pérdida de mi hermano destrozó a mi madre, que murió un año después. A partir de entonces, mi padre comenzó a beber. Intenté cuidar de él lo mejor que pude, pero tampoco conseguí salvarlo.

Siempre acabo perdiendo a aquellos que amo.

—Oh, cara, no sabía nada de esto. Ocurrió después de que me marchara de Somerset. —La besó en la frente al tiempo que le acariciaba el pelo, enredando los dedos entre los cabellos—. Isabella, eras una cría. Fue un trágico accidente, sin duda alguna. Pero ¿cómo vas a culparte de lo ocurrido?

—Era lo suficientemente mayor para saber lo que estaba bien o mal y me asustaba decir a mis padres que le había visto escaparse. Nadie lo supo nunca. Si lo hubieran sabido me habrían odiado por ello. Tenía miedo de que, si se enteraban, dejaran de quererme y de quedarme sola… —Se interrumpió y comenzó a sollozar desconsoladamente contra su pecho.

Pasó algún tiempo antes de que pudiera continuar. Él siguió acariciándola con paciencia, sabiendo que ella seguiría contándole lo que faltaba cuando pudiera.

—Por eso me siento indigna de ti y de todo lo que tú me das. Por eso me gusta que me digas lo que debo hacer, pensar y sentir. Si tú me lo pides, no soy responsable de mis decisiones.

Estoy a salvo. Puedo flotar en las sensaciones sin preocuparme de si estoy haciendo la elección adecuada. Si ocurre algo malo, no será culpa mía. ¿Lo entiendes, Edward? Por eso necesito que me ordenes lo que debo decir; me alivia esta carga de culpa que llevo sobre mis hombros.

Isabella dejó de hablar y él la abrazó con más fuerza, esperando que ella pudiera sentir cuánto la amaba. Ahora lo veía todo claro con respecto a ella. Aquel misterioso desapego que mostraba, su entregada sumisión, su naturaleza complaciente, la dificultad para aceptar regalos y demostraciones de afecto… Todo tenía sentido. Con todo eso, ella estaba tratando de expiar algo de lo que no tenía culpa.

Le habló con una calma absoluta, esperando que su razón pudiera contribuir a cambiar esa opinión de sí misma.

—Lo entiendo, Isabella, pero sé que debes olvidar esa culpa. Esa carga está matándote lentamente. No te ayudará ni ayudará a Emmett. Él hace tiempo que te dejó y tienes una vida por delante. —La estrechó contra su pecho—. Yo te necesito y eres más que digna ante mis ojos. Lo que me has contado no cambia nada. Sigo amándote y jamás dejaré de hacerlo. Vas a tener que soportarme hasta que me vaya a la tumba.

Estuvieron en silencio durante un minuto. O quizá fuera más tiempo, ¿quién sabe? Él había abierto su corazón. Su tosca alma había quedado al descubierto, expuesta por completo.

Isabella tenía muchos demonios que derrotar y solo ella podía vencerlos. Sí, él la amaba y la protegería de cualquier eventualidad, pero no podía hacer que regresara su hermano… No podía obligarla a olvidarse de la culpabilidad que sentía. El silencio se extendió entre ellos y cada segundo que pasaba su corazón se encogía un poco más.

Ella alzó la cara de su pecho y se deslizó más arriba en la cama hasta encerrarle el rostro entre sus manos suaves. Él sintió que la esperanza aleteaba en su pecho cuando Isabella comenzó a hablar.

—Y entonces llegaste tú, Edward, y me amaste. Es extraño, lo sé, pero tengo la esperanza de que ahora podré ser libre; y es gracias a ti. El accidente de hoy ha ayudado a demostrarme lo mucho que me queda por vivir. No quería morir. ¡No podía! Luché con todas mis fuerzas para volver a subir a la cornisa, peleé con todo mi ser. Tenía que vivir, ¿sabes? Hay dos razones muy importantes para ello…

Él contuvo el aliento.

—¿De veras?

Ella asintió con la cabeza, sus ojos color chocolate resplandecían. Isabella le tomó la mano y la llevó abajo, donde le hizo presionar su vientre todavía plano.

—Debo vivir para poder ser la madre de nuestro hijo. Un niño que deseo mucho. Un bebé que amaré con ferocidad.

—¡Santo Dios! ¿Estás segura?

—Sí, Edward, vas a ser padre. —La expresión de alegría en su rostro valía para él más que cualquier tesoro, salvo el precioso regalo que ella acababa de otorgarle con sus palabras.

Se inclinó para susurrar sobre su vientre, para besarlo con ternura.

—Aquí está nuestro bebé, creciendo en tu interior. ¡Oh!, vas a ser una madre magnífica. Nuestro hijo tiene mucha suerte, ¿sabes?

Se quedó paralizado al pensar en la intensidad con la que acababa de poseerla. Un escalofrío de pánico le recorrió la espalda.

—¡Maldición! He sido muy rudo contigo. ¡Lo siento, cara! —Alzó la mirada desde su vientre, atenazado por el miedo—. Lamento…

—Edward, estoy bien. No me has hecho daño. Me gusta la manera en que me amas. — Isabella tiró de él para que acercara sus labios a los de ella—. Es muy pronto todavía. Tardaremos algún tiempo en tener que cambiar nuestros hábitos.

—Da igual, tengo intención de ocuparme muy bien de ti. No pienso perderte de vista y seré muy cuidadoso. —Lo vio sonreír, pero detectó algo de pesar en su expresión.

Ella supuso que sabía a qué se debía.

—Edward, ¿no vas a preguntármelo?

—¿Preguntarte qué, cara? —inquirió, entrecerrando los ojos.

—La otra razón. He dicho que tenía dos razones importantes para vivir. Nuestro bebé es solo una de ellas.

—¿Cuál es la otra razón, Isabella? —susurró sin mirarla a los ojos. Sus palabras estaban llenas de temor, pero se había obligado a hablar como si necesitara saber por encima de todo.

Siguió con la mirada baja mientras ella comenzaba a hablar.

—Edward, me gusta que me hagas sentir amada. Me encanta que me ames y me digas que soy preciosa para ti. Que necesites mi cuerpo con esa ansia feroz. Me gusta tenerte cerca y que quieras que sea la madre de tus hijos. Me lo has dado todo, incluso cuando yo pensaba que no lo merecía. Y, si bien va a resultar difícil que supere mi sentimiento de culpa, quiero intentar olvidar el pasado. Quiero aferrarme a ti, a tu amor, por nuestro bien y por nuestro hijo. —

Entrelazó sus dedos con los de ella sobre su vientre—. Eres el mejor hombre del mundo, Edward Cullen, pero hay algo que debes saber…

Cambió el tono de voz y dejó que su anhelo fuera evidente.

—Mírame, Edward. Quieres mirarme.

Él alzó sus ojos oscuros y las motitas doradas brillaron con intensidad cuando concentró en ella toda su atención.

—Voy a decirte lo que quieres decir. Quieres hacerlo, Edward. Quieres… —Asintió con la cabeza con decisión—. Di: «Isabella ama a Edward con toda su alma». Quieres decirlo porque es cierto. Dímelo, Edward. ¡Di esas palabras!

Él se estremeció, le tembló el labio inferior; un brutal contraste con las afiladas líneas de su mandíbula. Aquel hombre tan atractivo, su hombre, su maravilloso, cariñoso marido, temblaba ante ella… Y ser consciente de ello hizo que se le rompiera el corazón y derramara todo el amor que sentía por él.

—Dímelo —ordenó.

—Isabella ama a Edward con toda su alma. —Dijo la frase de un tirón, sin respirar, con los ojos brillantes.

—Lo hace, sin duda. —Brindó a su marido una sonrisa que contenía todo el amor que sentía y que le parecía que irradiaba de ella como una brillante aura—. Le ama muchísimo, pues es muy fácil de amar.

—¿Se lo dirá a menudo?

Ella asintió despacio con la cabeza.

—No creo que me canse nunca de escucharlo —dijo él—. De hecho, es lo que necesito. Necesito oírlo tan a menudo como tú necesitas que yo te lo diga. Supongo que acabaremos inundándonos de declaraciones de amor.

—Me parece perfecto.

La miró con ojos brillantes.

—¡Empieza ahora!

Ella se inclinó para besarle.

—Ti amo, Edward —susurró sobre sus labios—. Te amo.

Él le acarició la mejilla y se acercó todavía más.

—Eres perfecta, ¿sabes? Mi Isabella. Mi amor más querido… Il mio amore più caro


¡Hola chicas! Solo nos queda el epilogo y le decimos adiós a Isabella y Edward, ¿Qué les pareció el capítulo? ¿Se imaginaban que algo así había pasado con Emmett y esa declaración de amor? Les juro que me derretí.