Perder la cabeza
4
Pudo haber sido bonita.
A Shiho le cuesta admitirlo. Pero trata de entenderlo.
Escuchó a Yu hablar sobre ella. Despierto y en sueños, aunque los hombres como Yuichiro Hyakuya eran soñadores natos y vivían un poco más del otro lado del ayer y otro tanto más allá, en un futuro donde pudieran volverse fuertes y conquistar sus miedos.
Akane fue hermana de Yu. O algo así.
...No estaban relacionados sanguíneamente. Eso decepcionaba e irritaba a Shiho en partes iguales. No guardaban un solo rasgo en el rostro que los vinculara. La nariz de la niña era demasiado corta. Sus cabellos muy claros, a pesar de flotar con una trenza en el interior del frasco.
—Deben cuidarla mucho. Si llega a salir del líquido amniótico antes de tiempo, en lugar de nacer, se pudrirá —les advirtió Férid.
Y Yu había hecho una mueca, secándose las lágrimas. Mika lo abrazó con firmeza para que no saltara sobre el Progenitor.
...Eso fue antes de que se fueran. De que Yoichi volcara su resentimiento injusto hacia sus cuidados por esa...
Cosa.
Porque esa cosa, si, cosa, no le gustaba a Shiho.
Porque lo más sensato no hubiera sido vagar por esas tierras misteriosas con el frasco apretado contra el pecho, sino deshacerse de esa blasfemia contra la vida y la humanidad para seguir buscando respuestas útiles.
Lo sabía.
Lo que no entendía era...
Por qué él la miraba tanto.
¿Acaso odiaba a Shiho por un incidente nimio?
Ella...No, la cosa. Si, la cosa. La cosa pudo haber sido bonita, sí. Cuando estaba viva.
Yu dijo que falleció a los diez años.
Aunque estudiándola con detenimiento (tan de cerca como Yoichi se lo permitiera, pues era tan receloso de ella, que cualquiera hubiera creído que estaba viva aún y que ellos eran algo), sus rasgos eran finos. Como los de una adolescente.
No era especialmente bonita. Pero siendo sinceros, Shiho tampoco estaba seguro de cómo se veía una joven atractiva. Todas le parecían iguales. Torpes, caprichosas, mandonas. Débiles.
Gastaban dinero que no tenían en emular los viejos afeites, grasas y maquillajes para disimular lo que eran realmente y tentar a los hombres lo bastante idiotas como para creer en sus labios carnosos que solo repetían mentiras, en sus ojos que se delineaban con carbón para guiñar por igual a unos cuantos y siempre veladas por largos cabellos que se suavizaban en lágrimas de cocodrilo.
En cierto modo, las veía feas, tontas y superficiales en comparación con sus pares.
...No es que él fuera gay, como Shinoa se atrevió a acusarlo una vez. Es solo que era un tipo exigente. Aunque iban por una racha francamente no solo mala, sino catastrófica, él se había esforzado mucho en la Armada para tener algo de status y mantener en buenas condiciones a su hermana. Guren Ichinose y Kureto Hiragi lo habían jodido (no sin ayuda de Shinoa, que lo había permitido con estupidez o perfidia) y a Mirai pero eso no le restaba valor a sus estándares.
Nunca estuvo dispuesto a complacer los caprichos de las niñas que entraban en las filas con la esperanza absurda de encontrar un novio (o esposo) lo bastante dócil como para morir en la guerra y darles una jugosa pensión de viudas. Esos vampiros frágiles y torpes lo irritaban en seguida y había sabido distinguirlos de inmediato, cuando se le pegaban ofreciéndole besos a cambio de hechizos en latin y alemán.
No es en sí que los hombres le hubieran parecido mejores.
Es solo que Yu sí que lo era.
Yu era valiente. No pensaba en los peligros que le aguardaban al combatir vampiros. Ni siquiera en la mejora salarial de esa clase de servicio a los militares.
Yu era buen amigo. Incluso desde antes de conocer mejor a Kimizuki se preocupó por él, por Mirai, por calmar sus inquietudes y acompañarlo.
Yu era hermoso. Tenía curvas más delicadas y rellenas que muchas chicas. Su piel era suave y morena. Sus ojos relucían como si aún fuese un recién nacido.
Yu estaba enamorado de Mika. Y Shiho tuvo esperanzas, quizá, cuando Mika era solo una historia trágica de su infancia. Una de tantas heridas mal cicatrizadas que uno tenía la oportunidad de ayudar a cerrar para siempre.
Yu le despertaba el atractivo que tantas niñas sin nombre no. Pero el hermano de Yu, Mika, no estaba muerto. Volvió de la tumba de la peor manera: con el enemigo. E igualmente puro y amable.
Shiho sabía reconocer las bendiciones y estaba al tanto de que rechazar una era arriesgarse a convertirla en una maldición. Aceptó a Mika desinteresadamente. Hizo por Yu lo que hubiera querido que Yu hiciera por él.
Y luego de que se escaparan con Mika, Shiho alzó la vista, por así decirlo, mientras que descansaban en un cobertizo junto al mar. Yoichi lo observaba con una mezcla de deseo y embelesamiento.
Habían comenzado poco después, con seriedad.
5
Kimizuki Shiho tenía un pasado ameno en la Academia de la armada. No había sido especialmente popular. Los chicos inteligentes de clase baja rara vez lo son, aunque el mundo haya terminado. Pero sus conocimientos y talentos eran útiles y se precisaba gente así. Fue de esa manera que llegó a la clase élite de las fuerzas junior.
Eso era algo que lo enorgullecía. No había apelado a la lástima de nadie. Tampoco había nacido con un apellido importante. Su escaso status era fruto de su propio enfoque y lo disfrutó mientras duró.
O sea, hasta que fue enviado con su escuadrón a morir en Nagoya para los caprichos de Kureto Hiragi.
Aún así, durante su tiempo como estudiante del curso superior, cuando todo eran los rumores de los que no habían ingresado y orbitaban alrededor de la Academia con clases casi muggles, recordaba escuchar el nombre de Yoichi.
Y no solo eso pero había intentado, en vano, olvidarse de su primera impresión del muchacho que se convertiría en su pareja.
Yoichi Saotome era un pendejo patético. Por no decir pendeja.
Y Shiho lo odiaba ya desde antes de cruzar palabras. O siquiera miradas, directamente.
Los nombres de las chicas lo bastante huecas e interesadas como para ofrecer sus cuerpos a cambio de oportunidades para entrar a la élite juvenil circulaban en seguida. Por supuesto que nadie tenía el poder legítimo —hasta donde Shiho sabía, al menos entre los malvivientes que no eran Hiragis ni Sangus...— para siquiera deslizar debajo del tapete de Guren Ichinose una sola sugerencia acerca de los miembros del Escuadrón de la Luna Endemoniada.
Algunos aprovechados, sin embargo, tomaban ventaja de la confidencialidad de los ascensos bruscos y birlaban o falsificaban notas de ingreso. Los más inteligentes, al menos. Otros eran lo bastante prepotentes, en su ignorancia, como para simplemente asegurar a boca de jarro que habían llegado a ese nivel.
...La estupidez es un lujo cuando el sistema democrático ha caído bajo. Quizás, esas adolescentes ansiosas debieron contenerse mejor antes de ofrecer sus cuerpos a cambio de algo que, francamente, nadie les aseguraba que podrían obtener.
Satoshi Yamanaka era otro de estos hijos de puta aprovechados pero la diferencia primordial era que no aceptaba ni pedía favores a las chicas, cuando menos. Sino a los chicos.
El rumor había llegado a asquear a Shiho. Un día reconoció a un muchacho que iba por los pasillos empujado entre comentarios ofensivos por Yamanaka.
Reconoció a Yoichi sin saber su nombre porque lo había esperado a la salida de la biblioteca una vez. En ese entonces, Yoichi Saotome intentó presentarse. Le extendió la mano.
—¿Tú eres Kimizuki Shiho? He oído...mucho sobre ti...me gustaría...
—No estoy interesado. Piérdete.
...Fue sincero. Un poco brusco. Pero el chico lo necesitaba. Era un perdedor.
Las pupilas de Yoichi estaban dilatadas y tenía circulos negros alrededor de los ojos. Mal disimulados con base de maquillaje del mercado negro. Comía mal, evidentemente, aunque en la ciudad sitiada los alimentaban bien, para incentivarlos a que fueran soldados y no escaparan ni se rebelaran.
Alguien de esa edad solo podía estar enfermo al consumirse por el pasado. Quería venganza pero ni siquiera podía cuidar de sí mismo. Y lo peor...sin duda no tenía nada ni a nadie a quién proteger.
Y Shiho lo odió por ser tan débil.
Y así fue como lo olvidó en seguida.
Cuando seleccionaron a Yoichi para recibir a los demonios de la Serie Negra, Shiho tuvo que refrenarse.
Porque, realmente, ¿Yoichi Saotome? Él era casi una prostituta. ¿Cómo pretendían hacerlo un maldito guerrero? ¿Yu se trataba con un tipo así? ¿Y en términos amistosos?
Antes de comenzar los rituales, Guren Ichinose le pidió a Shiho que se calmara. Secamente.
Guren nunca se andaba con vueltas. La amenaza iba en serio.
Siéntate. O alguien más tomará tu lugar.
Shiho obedeció. A regañadientes.
Y Yoichi perdió el control. Tal y como él supuso que sucedería.
Shiho lo iba a matar. Sin vacilaciones.
Yu lo detuvo. Para qué.
Pudieron frenarlo. Guren elogió la intensa conexión que Yoichi demostró tener con su demonio.
Shiho se sintió frustrado. Sí, qué buena vibra, cabrones. Si lo dejábamos, nos mataba a todos. Brillante.
No le había caído bien Yoichi. Al principio. Saotome fue ganando su respeto con lentitud, a medida que lo sorprendíera.
Yoichi lo hizo más de una vez, de acuerdo. Era insaciable cuando se trataba de matar vampiros y exterminar Jinetes. No vacilaba al arrojar las flechas. Se veía afeminado, sí, asesinando de lejos. No embestía como un hombre de verdad. No era como Yu y Shiho mismo. Mika luego. O incluso las chicas en sus mejores momentos.
Yoichi era delicado y fiel a sus palabras. Parecía frágil como el vidrio y una vez quebrado, era peligroso.
Yoichi se arriesgaba por los rehenes de los vampiros. Yoichi escribía largas peticiones para que Kureto Hiragi aceptara tras las trincheras a civiles rescatados.
Yoichi se divertía con los niños. Yoichi los cargaba y una vez llevó en la espalda a Shiho, que tanto lo excedía en peso, mientras que escapaban de un campo de batalla cubierto con sangre amada.
Hubo un interrogatorio donde los torturaron a los dos y Shiho se mordió la lengua hasta desmayarse, delirando, pero sin traicionar a Yu. Observó como desde otro mundo a Yoichi recibir el mismo trato punzante. Sin caer en la indulgencia de vender a su amigo.
Yoichi gemía más ante el dolor. Lloraba. Se encogía como una chica o acaso, como un infante. Algo de esos gestos enloquecía a Shiho y metía ideas en sus pensamientos inmediatos que le costaba alejar. Si aún quería algo con Yu. Y por mucho tiempo lo quiso.
Hasta que Mika...
