Perder la cabeza
11
—¿Quieres subir?
—...Yo...Estoy cansado.
—Podemos ir a tu cuarto.
—No creo que sea adecuado, Shiho. Digo...
—¿Estás enojado?
—Pues...
—Hace un momento no te molestaba tanto. Pero claro, ahora que se trata de mí...
—No es solo sobre ti. Y me cuesta controlarme...
—¿Es por esa cosa?
—¿...Cosa?
—¿Prefieres que la llame "chica"? Bien. Ella.
—...
—Está bien. Ve a buscarla. Me imagino que se siente sola.
—Shiho, Akane...¿Te...ríes?
—Perdona. Pero dices "Akane", con voz baja y sufrida. Como si te diera pena y nos pudiera escuchar.
—Bueno, es hermana...
—De Yu. Lo sé. Hubiera tirado esa cosa en la basura si no lo fuera.
—...
—¿Qué?
—No es solo eso.
—¿Eso? ¿Ella? ¿Estás comenzando a aceptar que no es una persona? Aleluya, al menos...
—...Nosotros.
—¿"Nosotros"? ¿De qué diablos hablas? Esto es solo por...
—¿No lo sientes?
—¿Sentir qué?
—...Shiho.
—Hice esto para darte la oportunidad de disculparte. Eres tú el que se porta como un imbécil, arrastrando esa cosa muerta por todos lados. Y enojándote porque hice aquello para lo cual nos entrenaron. Hace bastante, por cierto.
—...Lo sé.
—"Lo sabes" pero te vas, ¿no?
—Necesito...tiempo.
—"Tiempo", ¿no puedes dar con algo más melodramático?
—Simplemente tú no percibes las cosas como yo.
—Eres idiota.
—Buenas noches, Shiho. Gracias por la cena.
—¿Si? Mañana hay que salir a cazar. Si pretendemos seguir comiendo y viviendo.
—Yo lo haré.
—Lo que sea.
12
Shiho se masturbó con furia arriba, en el cuarto. A solas, entre las sábanas de satén rosado, en la cama doble de la habitación en donde un vampiro acostaba a niños para succionarles la sangre, como había Ferid osado probar la suya una vez a cambio de protección.
No quería pensar en Yoichi. Pero no tenía suficientes experiencias en concreto para inspirarse. La pornografía lo abochornaba desde que aprendiera sobre su existencia. Las mujeres le habían parecido tontas e insulsas como objetos de deseo. Y los hombres no fueron diferentes.
Hasta Yu.
Había visto, por error, a Mika prendido del cuello de Yu, succionando como si la vida se le fuera en la yugular, uniendo los cuerpos de los dos. Yu respiraba agitado como Yoichi cuando Shiho...
No, no podía usar a Yu para esos fines sucios. Pero Yoichi le había pertenecido. Aún lo hacía. O debía hacerlo.
Después de tanto.
La boca de Yoichi. Sus manos. Y...
Si, eso. Habían logrado hacerlo un par de veces.
Nunca en algo tan lujoso como una cama. Era un desperdicio no usarla. Pero se habían querido.
Se habían querido fingiendo que cazaban engendros mutantes o que buscaban frutos en árboles secos.
Se habían querido rápido y en silencio, durante menos de diez minutos al día. Se acostumbraron al sabor del otro, al sudor y sus perfumes. El de Yoichi era como infantil. Incluso femenino.
Pero las chicas se cuidaban menos que él. Estaban de mal humor. Solo se podía bromear con ellas.
Al final, terminó antes de lo usual. Lo suficiente para calmarse.
Durmió con pesadillas demoníacas.
13
Soñó que bajaba las escaleras como Yoichi las subió horas antes, con la cosa en brazos, acunándola como a un bebé. Casi protegiéndola de Shiho, que se quedó en la sala con los dientes apretados, ordenándose a sí mismo no hacer algo estúpido y patético.
Como llorar.
Hubiera querido ir detrás de Yoichi. Saltarle encima. Enseñarle su merecido.
Tenía el dolor y la rabia adentro.
Pero el orgullo pudo más.
El ambiente era diferente, sin embargo.
Pasó el reloj de péndulo junto a esas escaleras, arrastrando los pies y apretando los puños. El ambiente estaba pesado: humo de cigarrillo, cigarros, marihuana. Azufre.
...Cosas que Shiho conocía, más o menos, de los lugares clandestinos en Shibuya. Con un uniforme de la armada, podías ir a esa clase de tugurios oscuros a beber y comer gratis. O por una cantidad ínfima. Parte del atractivo consistía en agarrarse a golpes con algún civil que osara mirarlo con envidia excesiva o sorna.
Buenos tiempos. Breves, eso sí.
Como decía Bulgákov, el ruso: Uno de los encantos de la felicidad es no estar al tanto de que uno es feliz. Shiho había odiado por las ansiedades aquel estilo de vida, siempre expectante por la preparación para el campo de batalla y luego por su misma consumación.
La sala estaba atiborrada en esta ocasión, como esos bares clandestinos. La armada demoníaca tenía una prohibición reglamentaria para dichos locales. Pero por eso, los sobornos estaban a la orden del día y no pocos soldados, ya bien pagados, veían sus sueldos doblados o triplicados por estas atenciones de los dueños.
Una bola de espejos giraba en el centro del techo de la habitación. Había música en el ambiente pero Shiho la sentía como lejana. Como si escuchara la escena de los bailarines sonámbulos, de rostros grisáceos y absorbidos por las luces de neón, desde el fondo del mar. En seguida se dio cuenta de que la pista no lo llamaba más que un cementerio.
Fue hasta el mostrador del bar.
No tardó en reconocer a la muchacha de largos cabellos rojizos que servía las copas. Usaba un top de lentejuelas, una minifalda cortísima y un par de alas negras de utilería en la espalda. A Shiho se le dio vuelta el estómago con una mezcla de asco, rabia y tristeza al darse cuenta de que Mirai lo observaba con una sonrisa cínica, en tanto servía licor de cerezas en un vaso que le ofreció.
—Buenas noches, tan esperadas.
Shiho resopló, desviando los ojos.
—Sabes que odio esto.
Kiseki-o sacudió la cabeza, fingiendo sorpresa al oír aquello.
—¿Me veo muy provocativa? ¿No crees que tengo derecho a mi adolescencia, hermanito? ¿A una vida, en general? —se burló, tirando de la punta de su falda y dando media vuelta, riendo, orgullosa de su selección de escenario y papeles a representar.
Es solo que Shiho estaba demasiado cansado para seguirle el juego.
—Cosas que no tendrás, no —reflexionó el Kimizuki mayor, jadeando y probando un sorbo de la bebida, subiéndose las gafas.
Todo sabía amargo cuando se mezclaba con el tipo de lágrimas que se negaban a fluír, aliviando el dolor. Aún así, tragó el licor con la esperanza de aliviarse.
Como había tragado el semen de Yoichi, haciendo un esfuerzo por complacerlo.
La cena, sus modos, incluso su angustia...
—Eres una novia rechazada tras dar su honra, hermanito —se rió Kiseki, con la apariencia de Mirai, sin piedad alguna.
Shiho golpeó la madera de la mesa con el vaso y exigió otro trago.
—¡Yo voy a la guerra por ustedes, ni madres que pago una mierda! —anunció, limpiándose finalmente una lágrima fugitiva, disimulándola con picor de los ojos por el humo de azufre y drogas.
Quería los viejos tiempos. Cuando era joven. Aunque la diferencia de edad no fuese de más de un año.
Había sido un año realmente loco.
Pero también quería a Yoichi, aunque antes de la huída, en sus tiempos de privilegio, no eran pareja.
Shiho fantaseó con eso. A veces fue en extremo indulgente. Volver a la Academia. Que les llenaran los vasos tras una larga noche de patrulla. Para que Yoichi y él brindaran. Que su novio se apretara contra su pecho como lo había hecho más de una vez, frente a sus amigos. Porque los aceptaban y los amaban. Nadie los juzgaba.
Quizá la Armada en general no fuese tan tolerante. Pero era solo una fantasía. Los desertores nunca regresaban. Si los atrapaban, terminarían en una celda o muertos y dentro de un frasco.
Nunca más los estúpidos uniformes de estudiantes especiales. Ni las felicitaciones de los maestros que luego los llevaban a batallar con orgullo.
En sus sueños, sin embargo, nunca estaba su hermana. Había aparecido ahora. Indignada con el olvido. Kiseki-o se aprovechaba de la culpa, sin duda alguna.
—Pagaste, de hecho. Tienes muy buen crédito aquí por eso, ¿eh? —sonrió Mirai, moviendo los hombros y la cadera obscenamente, al ritmo de la música de jazz.
Shiho soltó un suspiro. El odio, la tristeza y la frustración eran maravillosos alimentos para los demonios. Sin duda el suyo estaba encantado.
—Soy un cabrón.
—Él te trata como basura, hermanito. Dime, ¿yo morí para que él haga eso? Con todo lo que haces. Deberías darle una lección.
—...Sí. Supongo.
—Todo es culpa de esa cosa.
—¿La mierda en el frasco? Si. Estábamos mejor antes.
Kiseki-o le sirvió el doble de licor. Llenó hasta el tope su vaso y Shiho bebió hasta el fondo, pidiendo otro.
