Personajes: James S. Potter y Fred Weasley II
Rated: K+
Terror
Encantamientos era una materia que él consideraba fascinante, pero a James nunca le había gustado dedicar su tiempo libre al estudio. Sin embargo, allí estaba. Arrastrado de la cama, a las seis de la mañana, un frío lunes de enero.
Fred se había enfadado con él al enterarse de que no había completado ninguna de sus tareas durante las vacaciones de Navidad, y James ni siquiera había sido capaz de formular una excusa que sonara válida.
Su pequeña mesa, en la biblioteca, estaba abarrotada de pergaminos y libros de investigación. Su primo no dejaba de parlotear acerca de la importancia de hacer las tareas a tiempo, pero James solo quería dormir. Cansado como estaba, sus brazos eran la mejor de las almohadas. Con su mano libre remojaba el extremo equivocado de su pluma en el tintero, salpicando redacciones y libros por igual.
Cuando Fred fue consciente de tal desastre, reprimió un chillido y se apresuró a cambiarle la pluma por una limpia, mirando a su alrededor aterrorizado.
—¡James! —Le chistó—. Presta más atención o van a regañarnos. Escuché que Madame Pince transformó a dos estudiantes de tercero en sapos por hacer algo parecido. Yo no quiero ser un sapo, ¡¿tú quieres ser un sapo?!
James sacudió la cabeza nerviosamente. Por supuesto que no quería ser un sapo.
Súbitamente despierto, James tomó un libro dispuesto a encontrar el origen del Wingardium Leviosa, aunque le llevara toda la mañana. Pero por más dispuesto que estuviera, la energía no le duró demasiado tiempo. Fue culpa de las palabras que se le enredaban en la lengua y le adormecían el pensamiento.
Cinco minutos más tarde, los párpados le pesaban. Pensó que tal vez no era necesario hacer la tarea, el profesor entendería. ¿Qué era lo más grave que podía pasarle? ¿Qué lo castigaran? Filch lo castigaba todo el tiempo. Flitwick no lo haría, Flitwick era bueno. Tal vez podía dormir unos minutos más, incluso Fred podría entenderlo.
—¡James!
La voz de su primo lo trajo de vuelta a la realidad, para ver cómo el libro que estaba leyendo se deslizaba lentamente de sus manos. Reaccionó como todo buen jugador de Quidditch y lo tomó de las hojas justo antes de que tocara el suelo. Con un suspiro de alivio el muchacho tiró de él hacia arriba. El sonido de las hojas desgarrándose resonó en las paredes de la biblioteca mucho más fuerte de lo que uno podría imaginar, dejando a los pequeños Gryffindor sin aliento. El resto del libro se estrelló contra el suelo con un ruido sordo. Los primos se miraron, el pánico brillaba en sus ojos.
—¡Fred! —Exclamó desesperado—. ¡Arréglalo, arréglalo!
Sacudía las hojas frente al rostro de su primo que se volvía cada vez más pálido.
—¡No sé cómo! ¡No tuvimos esa lección aún!
Con manos temblorosas, James depositó las hojas con el resto del libro, en el suelo, como esperando que éstas se repararan solas.
—Seremos sapos —se le escapó decir con voz queda.
—¡Seremos sapos y es tu culpa!
El grito de Fred fue acompañado por un fuerte taconear. Los dos niños olvidaron cómo respirar. Frente a ellos, apareció el rostro arrugado y enfurecido de Madame Pince, que los miró como si fueran las criaturas más repulsivas del mundo mágico, abriendo las aletas de la nariz y apretando los labios en una fina línea.
James agitó las manos rápidamente en un intento de excusarse.
—Nosotros no… no quisimos… no lo hicimos…
Su voz sonaba tan nerviosa que le quitó toda credibilidad. Madame Pince puso los brazo en jarras.
—Potter. Weasley —pronunció sus nombres como en un gruñido—. No quiero verlos en mi biblioteca en lo que queda del año.
—Sí… no… sí, por eso digo, ya nos íbamos.
Más ágiles que una snitch dorada, juntaron sus pertenencias y corrieron fuera de la biblioteca; lejos del aura oscura de Madame Pince. No pararon hasta llegar al retrato de la dama gorda.
—Eso —dijo Fred casi sin aliento—, definitivamente no salió como lo había planeado.
—¡¿Y ahora qué voy a hacer?! —Gritaba James agitado—. ¡Debo entregar este trabajo hoy mismo!
Fred rodó los ojos.
—Vamos, dejaré que copies del mío.
