Personajes: James S. Potter y Lucy Weasley
Rated: K+
Diferente
La puerta se cerró tras ella. Algunos bufaron molestos por esa actitud, otros suspiraron cansados de ver siempre lo mismo, otros incluso rieron. James siempre había sido de los que reían, le parecía ridículo que Lucy siempre buscara el dramatismo, tanto en sus entradas como en sus salidas, en todo lo que decía o hacía. Siempre dramática.
Pero, en aquella oportunidad, James se descubrió a sí mismo defendiéndola. Porque, por alguna muy extraña razón, la había entendido.
Se puso de pie, y con la mirada de varios de sus primos en él, salió al patio de la madriguera. Siguió los pasos de Lucy hasta la pequeña arboleda de los abuelos Weasley. Le gritó su nombre, pero ella lo ignoró. Agitó su pelo, largo y colorado, en su dirección y alzando la barbilla aceleró el paso. James tuvo que correr para alcanzarla. Puso su mano en el hombro de la chica, ella se sacudió al instante.
—Vine aquí para estar tranquila. Así que déjame tranquila.
James le dio su espacio, dando varios pasos hacia atrás. Pero aun así la siguió. No sabía por qué la entendía, pero aquel comentario le hizo sentir mal.
"No eres tan especial como quieres ser" Fue un golpe bajo. Todos sabían que Lucy siempre había querido sobresalir, no había necesidad de tocar ese tema, sabiendo que era tan sensible para ella.
El viento le trajo el aroma de los frutos y James rió. Lucy tocó el primer árbol con la mano izquierda y comenzó a contar: "uno, dos"; dobló a la derecha "tres, cuatro, cinco". Se detuvo, James también lo hizo.
Sus ojos se abrieron con sorpresa al verla sentarse en el suelo, puesto que siempre había creído que la tierra y ella no eran amigas. Acto seguido, Lucy desató los cordones de sus zapatillas, se las quitó, pisó fuerte las hojas húmedas del suelo y comenzó a escalar el quinto árbol.
James quedó boquiabierto, no sólo porque toda su vida creyó que Lucy no era buena en deportes, sino porque nunca había visto a alguien escalar con tanta agilidad y una gran sonrisa en el rostro. Era extraño pensar que la chica que siempre se preocupó por su apariencia ahora suba rama por rama, pies descalzos, hasta lo más alto de un manzano.
James también se quitó sus zapatillas. No iba a dejar pasar esa sorpresiva oportunidad de conocer aquel lado secreto de su prima.
Cuando llegó hasta ella, Lucy hacía varios minutos que se había acomodado, sentada en una rama con los pies colgando, balanceándolos hacia adelante y hacia atrás.
—Esto es fantástico —exclamó James al sentarse y poder observar el horizonte desde lo alto—. Casi como volar en mi escoba.
Se rió de su propio chiste. Lucy le sonreía a la brisa y respiraba profundo.
—Es mi árbol favorito.
El comentario le hizo sonreír, y la sonrisa se contagió a James. La miró un instante, extrañado, sorprendido. Buscó en sus bolsillos el pequeño caramelo de limón que había pensado que la alegraría y se lo ofreció.
—Es tu favorito, ¿no? —ella asintió y aceptó el dulce—. También el mío —agregó, lo cual a ella la puso de mal humor—. Pero eso no es malo, creo yo. No quiere decir que seamos iguales. Aunque nos guste un mismo sabor, somos muy diferentes.
Ella entendió de inmediato lo que él intentaba hacer. Frunció un poco los labios al responder.
—No es lo mismo para ti. Yo no tengo nada diferente. El mismo pelo que Dominique, los mismos ojos que Lily, las manos de mi padre, la nariz de mi madre, la sonrisa de Rose, la edad de Roxanne, la misma estatura que Molly. Nada mío. Ni siquiera mi caramelo favorito.
James tamborileó los dedos en el tronco del árbol.
—Eres la única de nosotros que escala solo por placer.
Lucy le sonrió débilmente. Dejaron entrar el silencio y la sonrisa se acentuó, poco a poco. Al final ella terminó empujándole el brazo, casi bromeando. James fingió que le había dolido y los dos rieron suave.
—Todos somos diferentes. Incluso siendo tan parecidos.
Lucy agitó los pies y le sonrió al tiempo que desenvolvía el caramelo.
—Supongo que sí.
