Canciones recomendadas:

*Salem's Secret – Peter Gundry (Para la mayor parte del capítulo)

*Insomnia – Epica (Para la última escena)


Capítulo III

Respuestas en la bola de cristal

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Mi hilo de pensamientos se perdió

En algún lugar a lo largo del camino.

Estoy persiguiendo sombras

Que se cruzan en mi camino.

Repitiendo visiones

Que bailan más rápido que mi mente.

No puedo detener la lluvia

Que arroja sombras en mi procesión.

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No me doblegaré a la derrota.

No me pueden derrotar.

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The second stone – Epica

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La única luz que iluminaba su habitación provenía de una vela que estaba sobre la mesita de noche. Muy cerca, sentada en la cama, Amelia parecía estar perdida en sus pensamientos con el giratiempo en sus manos. Lo hacía girar entre sus dedos, enredando en ellos la cadena dorada. De vez en cuando tocaba la rotura del cristal del reloj de arena y, con la uña, solía recorrer la fisura una y otra vez, deseando que desapareciera, convirtiendo al artefacto en útil de nuevo. Pero eso no podía ser. Hechizos de reparación no surtían efecto con aquel objeto mágico. Amelia ya lo había intentado numerosas veces sin éxito. El propio Dumbledore le había dicho en Hogwarts que el giratiempo ya no tenía arreglo.

De repente, un insistente golpeteo en el cristal la sacó de su ensimismamiento, sobresaltándola. Miró hacia la fuente del sonido y vio a una lechuza que la esperaba en el alféizar de la ventana. Escuchó su ulular y se apresuró en ir a recibirla, dejando el giratiempo sobre la cama. La lechuza extendió la pata y Amelia desató el pergamino. Acto seguido el ave desplegó las alas y emprendió el vuelo. La joven la observó perderse de vista y luego fijó su mirada en la carta. La desenrolló y leyó con atención.

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Amelia,

He seguido a Riddle. Durante el trayecto no noté nada raro. Pasé muy cerca de su compartimiento varias veces y puedo asegurarte que no dejó de leer en ningún momento.

Al llegar a King's Cross él recogió su baúl y luego pasó varios minutos hablando con algunos compañeros. No pasé muy cerca por si notaban mi intrusión, pero yendo y viniendo pude oír a Riddle agradeciendo una invitación y prometiendo al padre de Malfoy que los visitaría en su mansión en cuanto regresara del extranjero.

Después los vi irse por separado. Riddle se fue el último porque regresó donde estaban los equipajes y se llevó tu baúl. Traté de seguirlo a una distancia prudente, pero terminé perdiéndolo entre la multitud. Al salir a la calle ya no pude encontrarlo, lo siento.

Si tienes alguna idea de dónde pudo haber ido, solo dímelo y te ayudaré.

Probablemente la semana que viene estaré por el Callejón Diagon, podríamos vernos ahí. Te avisaré cuándo exactamente o dime tú cuándo te viene bien.

Cuidate mucho.

Isobel.

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Amelia terminó de leer la carta con un profundo sentimiento de gratitud hacia Isobel. Volvió a leer algunas líneas sin parar de preguntarse si realmente Tom viajaría al extranjero o era sólo una excusa. Lo había visto en el orfanato decidido a marcharse. La pregunta era a dónde. ¿Cuál sería su próximo movimiento? No tenía ni idea de lo que planeaba y mucho menos de lo que esperar de él.

Con la molesta sensación de que estaba dejando pasar por alto algo importante, se dijo que lo mejor que podía hacer era descansar un poco y que al día siguiente con la mente despejada hallaría la solución.

-o-

Al mismo tiempo que Amelia cerraba los ojos a punto de dormir, Tom abría los suyos repentinamente. Había tenido una serie de extraños sueños en los que Amelia aparecía una y otra vez. Al intentar recordarlos, éstos se le escapaban y no era capaz de acordarse más que de detalles difusos.

Con cierta sensación de intranquilidad, se sentó en la cama y observó su habitación en penumbras. La única luz procedía de la calle, de una de las farolas, pero era suficiente para comprobar que nadie aparte de él estaba en su cuarto. Tampoco había ninguna figura gris perla flotando a su alrededor, amenazante, tal y como había aparecido en uno de los sueños que acababa de tener. Maldijo mentalmente a Robert, el niño que supuestamente había visto el fantasma de Amelia. Su absurda historia le había jugado una mala pasada a su subconsciente, haciéndole creer que era posible que la joven no cesara a en su venganza contra él y regresara para terminar lo que había iniciado.

Todo esto, para él, era ridículo. No podía dar crédito a las palabras de aquel mocoso y, hasta que él mismo no viera a Amelia convertida en fantasma, no las creería. Y si así fuera, sería estúpido y de débiles dejarse amilanar por aquella posibilidad. Amelia no podía hacer nada contra él. No lo había logrado estando viva y tampoco lo lograría estando muerta.

-o-

Amelia despertó poco antes del alba y se preparó para salir y averiguar lo que haría Tom a partir de entonces.

Con el encantamiento desilusionador encima, se apareció frente al orfanato sin perder el tiempo y entró en el viejo edificio. Subió las escaleras en el más absoluto silencio y se encaminó por el pasillo rumbo a la habitación de Tom, pensando en si era mejor entrar a echarle un vistazo o quedarse cerca para esperarlo y seguirlo cuando saliera. Se decantó por la primera opción, de modo que abrió la puerta con lentitud y se asomó al interior, entrando silenciosamente. Pero cuál fue su sorpresa al ver que no había rastro de Tom. La cama estaba hecha, su baúl no estaba y el armario estaba vacío. Se había marchado.

De repente, Amelia no supo qué hacer. Se suponía que tenía que seguirlo, averiguar sus planes; pero ahora, al perderlo de vista, no sabía cómo debía proceder. Se sintió estúpida y se dijo que debió haberse quedado cerca, alerta ante cualquier cambio. Pero confió en que Tom se marcharía por la mañana, no de madrugada.

Enfadada por la situación, Amelia se desapareció, de regreso al Caldero Chorreante. A esa hora de la mañana casi no había nadie, excepto tres personas en diversos puntos del bar. Una de ellas era una figura encapuchada sentada en la parte más oscura del lugar. La joven sintió una extraña inquietud al verla, creyendo que podría ser Tom; como acto reflejo, Amelia se cubrió la cabeza con la capucha de la túnica. Reparó también en una bruja que leía con atención El Profeta mientras se comía una tarta de aspecto enmohecido. Tres mesas más lejos estaba sentado un mago con expresión ceñuda que miraba fijamente hacia algún punto frente a él mientras removía lentamente su té con la cucharilla.

Amelia se acercó a la barra, detrás de la cual estaba el tabernero rellenando una botella con algún líquido que desprendía un fuerte aroma a especias. Le sonrió al verla y le preguntó qué quería desayunar.

—Me acaban de traer de la panadería del Callejón una tarta de cerezas, ¿quieres una ración? —le preguntó.

—¿Es esa de ahí? —quiso saber Amelia con tono de duda, señalando a la tarta de aspecto sospechoso que se comía la bruja sentada a un par de mesas de distancia.

El tabernero soltó una carcajada y negó con la cabeza.

—No te preocupes, no es esa. Pero tampoco sabe tan mal una vez que la pruebas.

—Me quedo con la de cerezas —decidió Amelia ante la divertida mirada del mago—. Y me tomaré un té.

—Perfecto, ve a sentarte. Te llevaré el desayuno de un momento.

—Gracias. Y también quería hacerle una pregunta—empezó con algo de vacilación—. ¿Han llegado nuevos huéspedes desde la noche pasada?

—Algunos, sí —asintió él

—¿Ha llegado un joven como de mi edad? —preguntó, sin saber a ciencia cierta si prefería una respuesta positiva o negativa— Un amigo mío debería estar ya aquí.

—No, lo siento —negó con la cabeza—. Solo han llegado un par de familias del norte. Sus niños parecen tener la edad de iniciar Hogwarts.

Amelia asintió, luego se giró levemente para mirar al fondo de la taberna, hacia la figura encapuchada, entonces volvió la vista de nuevo al tabernero.

—Y el de la capucha… ¿sabe quién es? —preguntó ella en voz muy baja.

—Es una arpía —le respondió en un susurro—. Que no te pille mirándola. No le gusta demasiado.

—De acuerdo, gracias. Voy a sentarme.

Amelia se dirigió hasta una mesa alejada, cerca de la pared. Desde ese punto podía mirar fácilmente lo que ocurría en la taberna y ver a cualquiera que apareciera por el lugar.

Media hora después, tras un desayuno tranquilo, regresó a su habitación y redactó una corta respuesta para Isobel. Le agradeció la ayuda y le contó que pudo seguir a Tom desde la estación pero que en ese momento no tenía la más mínima idea de dónde seguir buscándolo.

Volvió a leer la carta de Isobel y no pudo evitar preguntarse por enésima vez a dónde había ido Tom. Supuestamente iba a irse al extranjero durante una temporada, o eso le había dicho a los Malfoy. ¿Qué buscaba fuera del país? ¿Cuándo regresaría?

Con una extraña sensación de desesperanza, Amelia salió de su habitación rumbo al Callejón Diagon. Atravesó el muro que había en el patio trasero de la taberna con cierta intranquilidad. A esa hora los negocios empezaban a abrirse y había muy poca gente que venía de compras. Caminó serenamente, pero sin dejar de fijarse en lo que ocurría a su alrededor. Probablemente estaba siendo paranoica, pero al menos era un buen entrenamiento para cuando estuviera en un ambiente con más personas. No quería encontrarse de repente con Tom sin estar preparada para enfrentarse a él.

Avanzó hasta la oficina de correos y envió la carta para Isobel. Luego se dirigió al Callejón Knockturn. Éste parecía estar desierto, pero podía notar cierto movimiento en el interior de las tiendas cercanas. Sus pasos la llevaron de regreso a la librería que estaba cerrada el día anterior y donde el año anterior había preguntado por los horcruxes. Abrió la puerta lentamente y la campanilla tintineó avisando de su llegada. Salió a recibirla la hija de la bruja que le había dado el collar.

—Ah, la chica de los horcruxes —musitó la mujer al verla. Amelia abrió mucho los ojos en un gesto involuntario de preocupación repentina—. No te preocupes, es nuestro secreto. ¿Qué es lo que buscas ahora?

Un poco más aliviada, Amelia se permitió relajarse un poco.

—Quería hablar con su madre sobre el collar que me dio.

La mujer la miró fijamente por unos segundos antes de indicarle que la siguiera a la trastienda. Todo seguía igual que el año anterior, los mismos muebles polvorientos y las pilas de libros dispuestas desordenadamente en varias mesas. Algunas velas dispuestas en viejos candelabros iluminaban la estancia. Vio a la anciana bruja sentada a una mesa cerca de la chimenea con una taza de té frente a ella y la mirada perdida.

—Esperaba tu llegada, jovencita —habló de repente a modo de saludo. Amelia se sobresaltó y recién entonces la mujer mayor se giró para verla —. El té se enfría. Ven, siéntate.

Amelia, algo extrañada por la situación, no se movió. La mujer que la había recibido se marchó a otra habitación.

—El té no está envenenado —soltó la anciana vidente con cierta sorna—. No ganaría nada matándote.

Una parte de ella le decía que se marchara, pero la otra le decía que realmente no pasaba nada por quedarse y tomarse el té. Aunque bien podría no tomárselo y limitarse a conseguir respuestas. Con pasos un tanto reticentes, Amelia se acercó a la mesa y se sentó en la silla que estaba frente a la anciana. Ella, aparentemente satisfecha, empujó la taza en dirección a la joven y esperó a que la tomara. Amelia, sin embargo, negó con la cabeza.

—Voy a leer tu futuro en los posos del té, niña incrédula —espetó la mujer—. Si buscas respuestas, ¿cómo esperas que te las dé si no aceptas tomarte el té?

—Podría consultar la bola de cristal —sugirió Amelia, sabiendo que quizás exageraba con relación al té.

—La consultaremos, por supuesto, pero también leeremos los posos —habló tras chasquear la lengua con cierto disgusto.

Amelia, con lentitud, tomó la taza y se la llevó a los labios. El té era fuerte y estaba tibio, le dio un par de pequeños sorbos antes de volver a colocar la taza en la mesa.

—Bien —siguió la vidente—, mientras te lo tomas, hablemos de lo que te preocupa.

La joven, antes de decir nada, volvió a tomar el té y esta vez se bebió casi media taza de golpe. No quería decir nada importante, pues sabía bien que los falsos videntes utilizaban la información que se les había proporcionado para convertirla en algo aparentemente novedoso y magnífico, demostrando así sus increíbles dotes adivinatorias. No sabía si la bruja sentada frente a ella era en verdad una vidente o no, pero más le valía no creer todo lo que oía. Llegados a ese punto, se preguntó si había sido una buena idea ir a aquella tienda.

—¿Cómo sabía que vendría? —preguntó tras bajar la taza de nuevo.

—Soñé contigo —le contó de manera despreocupada—. Te vi venir a verme en medio de la oscuridad. Tenías puesto el collar que te di. ¿Lo sigues llevando?

Amelia le enseñó el collar y volvió a esconderlo detrás de la túnica. No dijo nada, pero se preguntó si realmente la bruja había soñado con ella o solo era una forma de parecer más impresionante y una auténtica vidente.

—Y estabas empapada —completó la bruja.

En ese momento, Amelia no pudo evitar sorprenderse, recordando a la perfección su lucha por salir del lago. Aquel detalle lo cambiaba todo y si al principio pudo haber pecado de incrédula, ahora estaba empezando a creer que se encontraba frente a una adivina de verdad.

—¿Por qué me dio el collar? —quiso saber antes de volver a tomar el té.

—No es la primera vez que sueño contigo, niña —le contó con voz quejumbrosa—. Hace tiempo, en un sueño, te vi luchando contra una serpiente de siete cabezas. Una hidra, para ser más específica. Tenías una espada en la mano y cuando cortaste la primera cabeza, renacieron otras dos en su lugar, más fuertes que la anterior.

Amelia contuvo la respiración. En tan poco tiempo, dos personas le habían hablado ya de su visión donde ella luchaba contra una serpiente de siete cabezas. La otra persona fue su profesora de adivinación de esta época, Skuld Abbey. Todo esto no dejaba de parecer extraño. Sin embargo, sabía perfectamente que la serpiente representaba a Tom. Y las siete cabezas podrían ser sus Horcruxes. Por un momento, sintió un extraño malestar al darse cuenta que tendría que buscar siete objetos que eliminar. Seis, si restaba el diario. Pero también estaba la duda de que si realmente él ya había logrado crear tantos receptáculos para su alma, o si aquella era simplemente la sombra de un futuro no muy lejano. Se preguntó si debería hacer esa pregunta exacta a la adivina, pero luego se dijo que quizás no era muy buena idea ser tan específica.

—La hidra te atacaba y sangrabas —continuó la vidente, sin reparar en la turbación de su interlocutora—. Entonces dejaste caer la espada. Y fue ahí donde me vi a mí misma dándote el collar. Por eso lo preparé sabiendo que no tardarías en aparecer por aquí.

—¿Cómo terminó el sueño? —preguntó Amelia. Su voz fue un susurro.

—Cogiste el collar, tu amuleto, y volviste a enfrentarte a la hidra. Sin embargo, no te vi ganar ni perder.

Sintiendo la garganta seca, Amelia apuró lo que quedaba del té. Dejó la taza en la mesa y la vidente la cogió. Empezó a girarla con parsimonia, entrecerrando los ojos mientras murmuraba para sí misma.

—Sí, aquí lo veo —habló en voz baja sin dejar de mirar los posos de té—. Es un peligro mortal que viene acechándote, un enemigo peligroso. Pero también veo vagas esperanzas. Es muy difuso, pero hay una leve posibilidad de triunfo. Sin embargo, veo también un camino lleno de dificultades y obstáculos. Y bifurcaciones. Es como si tu camino estuviera dividido en dos. Veo que si quieres tener una oportunidad de salir victoriosa, debes luchar con las mismas armas que tu enemigo.

Entonces se quedó callada, dejó de girar la taza y abrió la boca con cierta sorpresa. Tras varios segundos de silencio ella levantó la mirada y fijó sus oscuros y hundidos ojos en Amelia.

—Cualquier persona sensata agradecería haber sobrevivido a aquella situación y ahora se marcharía lejos, a salvo. Pero tú estás empecinada en meterte en la boca del lobo y puede que no vuelvas a salir ilesa. Acepta mi consejo, muchacha, regresa a tu época.

Amelia se sobresaltó. Abrió los ojos más de lo normal y quiso decir algo pero solo pudo balbucear algo parecido a "qué".

—No hay nada que temer —soltó con impaciencia—. Lo que se habla aquí, aquí se queda.

—No puedo regresar —susurró Amelia—. No tengo con qué.

—¿Y el giratiempo que utilizaste para llegar aquí?

—Se rompió. El viaje fue demasiado para él —de repente, se le ocurrió que quizás había una remota posibilidad de repararlo—. ¿Existe alguna forma de que vuelva a funcionar?

—Tal vez mi hija pueda hallar la solución —habló la anciana—, yo me dedico a la adivinación pero ella es más versada en pociones y hechizos —entonces giró la cabeza hacia la entrada de otra habitación y elevó la voz—: ¡Morgana!

La mujer que había recibido a Amelia, Morgana, no tardó en aparecer.

—Dime, madre —dijo, deteniéndose a cierta distancia de la mesa.

—Tráeme la bola de cristal y ven a sentarte con nosotras.

Morgana se dio la vuelta y se encaminó hacia un armario desvencijado, de donde extrajo una bola de cristal muy antigua, colocada sobre un soporte bellamente decorado hecho de plata envejecida. La dispuso frente a su madre y ella misma se sentó en la silla que quedaba libre.

—¿Podrías reparar un giratiempo, Morgana? —preguntó la vidente.

La mujer se sorprendió por la pregunta pero se apresuró en responder.

—Nunca he hecho algo parecido y no creo que sea posible —habló—. Pero investigaré al respecto.

La vidente quedó satisfecha y se giró hacia Amelia quien asintió.

—Ahora veremos si las respuestas que buscas se dejan ver.

Acto seguido se concentró en la bola de cristal, entrecerrando los ojos y moviendo la mano derecha sobre el artilugio. Permaneció en silencio algunos minutos, entonces suspiró con cansancio y miró a Amelia.

—Solo veo una cosa —empezó—. Vas en pos de tu enemigo, lo estás buscando, pero él ahora está muy lejos. Sin embargo, en el momento menos pensado aparecerá frente a ti. Debes permanecer alerta y actuar con astucia.

—¿Es posible saber dónde está él o qué es lo que hace? —quiso saber Amelia.

—Es posible, pero esa respuesta no se deja encontrar. Hay una niebla en torno a la figura de tu enemigo que no me permite saber todo lo que necesitas.

Amelia guardó silencio durante unos segundos antes volver a hablar. Decidió preguntar algo de lo que creía saber la respuesta.

—Dijo que si quería tener una oportunidad de ganar tenía que usar las mismas armas que mi enemigo... ¿A qué se refiere?

—En primer lugar, eso no te asegura el triunfo, pero podría serte de utilidad —le explicó—. ¿Cuáles son las armas de tu enemigo?

—Las artes oscuras —respondió sin vacilar. La vidente esbozó una sonrisa irónica.

—Y tú, ¿estarías dispuesta a adentrarte en la magia oscura para tratar de ganar?

Amelia, algo contrariada, no respondió inmediatamente.

—No lo sé —confesó de manera involuntaria.

La vidente miró a su hija y asintió. Morgana se levantó y se dirigió hasta la tienda. Amelia la escuchó alejarse, pero al cabo de unos escasos segundos regresó. Volvió a sentarse en la silla que había dejado y colocó sobre la mesa un libro grueso, viejo, de tapas oscuras y hojas amarillentas. Tenía el título escrito en elaboradas letras góticas.

—Este libro te servirá —dijo Morgana, acercándolo hasta Amelia.

Amelia bajó la mirada y leyó el título. "Adentrándose en la Magia Oculta". Lo observó con una ligera pizca de temor y dudó entre si aceptarlo o no.

—No te morderá —soltó la vidente con ironía.

—Es que no estoy muy segura de esto —musitó Amelia.

—Llévatelo —le aconsejó Morgana—. Después de todo, eres tú quien decidirá lo que es mejor para ti. Y no te irá nada mal saber desde dentro a lo que te enfrentas.

Pensando en que quizás la bruja tenía razón, Amelia asintió.

Cinco minutos más tarde, la joven dejaba atrás el Callejón Knockturn y se internaba entre el gentío del Callejón Diagon pensando en todo lo que acababa de ocurrir. Tenía el libro que le había dado Morgana envuelto y sujeto con fuerza sobre su pecho. Caminó directo hasta Flourish & Blotts, quizás queriendo tener dos versiones de la magia para no perderse a sí misma en medio de su vendetta.

Entró en la librería detrás de una bruja menuda y se dirigió a la sección de magia avanzada. Encontró la estantería dedicada a la Defensa Contra las Artes Oscuras y empezó a leer los títulos impresos en los lomos de los libros. De vez en cuando cogía un tomo y lo hojeaba. Muchos los devolvía al estante, pero otros los iba apilando a su lado. Encontró uno titulado "Cómo esconder nuestros pensamientos. Guía para los iniciados en el antiguo arte de la Oclumancia". Abrió el libro con mucho interés y leyó el prólogo rápidamente. Recordando su reciente experiencia con la Legeremancia, cuando en Hogwarts Tom la había utilizado contra ella, decidió que era imprescindible saber cómo cerrar su mente. De modo que colocó el libro sobre los demás que pensaba llevarse y siguió mirando. Se decantó también por "Fuerzas tenebrosas y cómo protegerse de ellas", "Burlando las Artes Oscuras" y "Cómo reconocer objetos malditos y destruirlos. Guía práctica".

Con los libros en los brazos se acercó al mostrador y esperó su turno. Mientras tanto, observó a su alrededor con interés; tenía ganas de buscar más volúmenes en otras secciones, pero ya estaba llevándose suficientes libros y no quería gastarse todos los galeones que tenía.

El mago regordete delante de ella se marchó con sus paquetes y Amelia dio un paso al frente y colocó los libros sobre el mostrador. El encargado la saludó amablemente y empezó a consultar los precios escritos en la contratapa, hizo una lista y al final le dijo el precio total. Amelia sacó la bolsita de terciopelo y sacó los galeones correspondientes. En el momento de pagar reparó en un anuncio colgado en la pared detrás del dependiente. Dejó las monedas en el mostrador y el mago procedió a envolver los libros. Amelia leyó con atención el cartel, en él se ofrecía el puesto de asistente de encargado en la librería.

Amelia pensó durante un momento en la posibilidad de ganarse unos galeones trabajando en un lugar donde podría ver todos los libros que quisiera y encontrar información que le fuera útil. No sabía el tiempo que estaría alojada en el Caldero Chorreante ni en cómo cambiarían sus planes con cada día transcurrido, solo sabía que quizás era una buena idea.

El dueño de la tienda se fijó en la dirección de su mirada y carraspeó llamando su atención.

—Solo necesito un asistente por la mañana para este verano —le explicó—. Mi sobrino vendrá a ayudarme por las tardes. ¿Te interesa el puesto?

Tras pensarlo un poco, Amelia dio una respuesta afirmativa.

-o-

El cielo gris presagiaba una tormenta. Tom Riddle atravesaba un frondoso bosque albanés, guiándose por un encantamiento orientador, dirigiéndose siempre al norte. Pronto escuchó el sonido del agua y supo que estaba cerca de su destino. La Dama Gris recordaba bien el sitio donde había escondido la diadema de su madre antes de ser encontrada por el Barón. Durante siglos, ella había guardado celosamente aquel secreto, fingiendo desconocer el paradero de la reliquia y negándose a decir nada más a generaciones de estudiantes deseosos de encontrarla. Pero él era diferente. Le había costado que Helena confiara en él. Fue amable y comprensivo, fue paciente esperando a que ella decidiera contarle su secreto más profundo. E incluso fue sincero con ella al confesarle que podía entenderla a la perfección. Que comprendía su afán de superarse, de querer ser mejor que su madre, de ser reconocida por sus propias habilidades y no por ser la hija de Rowena Ravenclaw. Le dijo que podía entender que no quisiera vivir condicionada por su apellido o por quién era su madre. Y al final, recibió su recompensa. Helena le contó sobre el sitio que había elegido para esconder el objeto que fue la razón por la que ya no quiso regresar a Hogwarts. El objeto que había sido su condena.

Tom alcanzó el río y se detuvo en la orilla. Miró a su alrededor y giró al este, siguiendo la ribera, caminando al lado de frondosos sauces cuyas ramas tocaban la superficie del agua. De vez en cuando veía algunos árboles retorcidos que tenían las raíces sobresaliendo del suelo y fijaba su atención en los árboles secos que encontraba a su paso. En un momento dado, intuyendo estar en el lugar correcto, sacó la varita y realizó un complicado hechizo para detectar una posible fuente de magia. En teoría, las chispas del encantamiento tenían que congregarse en el lugar donde se había realizado magia o donde estaba un objeto con propiedades mágicas.

Al instante, las chispas plateadas viajaron rápidamente por entre los árboles, Tom las siguió sin perderlas de vista, hasta que éstas se detuvieron junto a uno de los árboles más secos. Era enorme, tenía las raíces parecidas a tentáculos y la hiedra crecía cubriendo el tronco casi en su totalidad. Tom casi podía adivinar su aspecto majestuoso de antaño. Observó que las chispas se movían alrededor del árbol, de modo que se acercó y lo observó con atención. Se dio cuenta de que la hiedra era venenosa, de modo que la apartó ligeramente con la varita, buscando un hueco. Unos segundos después encontró lo que buscaba.

En la base del árbol, entre las raíces, había un hueco que tenía forma triangular. Su interior era oscuro y Tom conjuró un Lumos. Agachándose, observó que el haz de luz de la varita reveló de repente un objeto metálico. Sin perder el tiempo, metió la mano y al instante sus dedos tocaron la fría pieza de metal. La cogió con decisión y la sacó, para luego enderezarse. Con la inconfundible sensación de triunfo instalándose cada vez más en su pecho, se permitió sonreír levemente, con arrogancia, sintiéndose el único mago capaz de conseguir una reliquia como aquella, siendo el único que había logrado lo que tantos otros habían intentado tiempo atrás sin éxito. Observó la diadema de Ravenclaw en sus manos, impasible ante el paso de los siglos, llena de telarañas, sí, pero aun poseyendo la magnificencia de otros tiempos.

Ajeno a su alrededor, solo pendiente del tesoro que tenía frente a sus ojos, agitó la varita y en un santiamén las telarañas desaparecieron, dejando a la diadema en perfecto estado. En aquel mismo instante escuchó una leve exclamación de sorpresa. Repentinamente alerta, se giró hacia la fuente del sonido y se encontró con un hombre, un lugareño. A juzgar por sus ropas sencillas, Tom podía adivinar que se trataba de un campesino albano. ¿Qué hacía en las profundidades del bosque? Y lo que era peor, ¿cuánto tiempo había permanecido ahí, de pie, observándolo? Apretó la varita y dio un paso hacia el muggle. Éste, a su vez, retrocedió con la mirada atemorizada. Tenía razón en mirarlo así, había presenciado la magia y no podía marcharse así sin más.

Tom levantó la varita y la apuntó hacia el muggle quien la miró con precaución, retrocediendo un par de pasos más antes de dar media vuelta y empezar a correr entre los árboles. Tom agitó la varita y lanzó un hechizo, pero el rayo verde llegó a un árbol. Sin embargo, el segundo maleficio asesino dio en el blanco, impactando contra la espalda del campesino, cayendo éste de bruces sobre el suelo del bosque. Tom ni siquiera se inmutó ante lo ocurrido. Era necesario haber hecho aquello porque el muggle representaba una amenaza al haberlo visto practicando magia.

Podría haberlo aturdido para posteriormente borrarle la memoria, pero el primer hechizo que se le vino a la mente en aquel momento fue el que había utilizado. Y, pensándolo mejor, acababa de conseguir el primer paso para crear un nuevo horcrux.

-o-

Una cueva milenaria escondida en medio de majestuosas montañas era el perfecto escenario para llevar a cabo prohibidos hechizos de magia antigua.

Tom, ayudado por un Lumos, recorrió interminables galerías de piedra decoradas por estalactitas y estalagmitas. Había algo en el ambiente que le indicaba que aquel había sido el escenario de ritos ancestrales, realizados por antiguos magos y brujas.

Cuando la caverna se ensanchó lo suficiente, el joven sacó la diadema del bolsillo de la túnica y la dejó en el suelo. Movió la varita y pronunció un hechizo. Un delgado hilo de fuego salió de la punta y flotó alrededor de la reliquia formando florituras. Entonces se posó en el suelo, rodeando la diadema, siguiendo después un recorrido lineal hasta Tom y rodeándolo a él también, conectando de esa manera al mago y al objeto.

Entonces Tom se apuntó a sí mismo con su varita y empezó a recitar un complejo ritual en griego antiguo mezclado con pársel. Palabra tras palabra, su voz se hacía más potente. Solo cuando terminó de pronunciar el hechizo, sintió un dolor terrible en el pecho, como si algo le arrancara una parte de sí hasta separarla por completo. Y en realidad así era. Había hecho ese maleficio con anterioridad, pero la sensación que lo asolaba era tan terrible como la primera vez, cuando había creado su primer horcrux. Inmediatamente después, de la punta de la varita, salió un humo denso y oscuro que envolvió completamente a Tom y a la diadema.

Un tentáculo se formó repentinamente y se acercó a Tom, atravesándolo, provocando que el dolor se volviera aún más insoportable. La lengua de humo se volvió más oscura y se dividió en dos, hundiéndose en el pecho de Tom otra vez, aferrándose a la parte del alma que se llevarían.

Dos nuevos tentáculos se acercaron a él, aferrándose a sus manos, haciendo un corte largo y profundo en las palmas. Mientras las espesas nubes rodeaban a Tom por completo, absorbiendo el trozo de alma que les correspondía junto a la sangre que obtuvieron de los cortes, él no pudo resistir más el dolor y soltó un grito desgarrador cayendo de rodillas al suelo rugoso de la cueva.

Las nubes se alejaron en dirección a la diadema, envolviéndola y elevándola varios centímetros, haciéndola girar mientras era depositada en ella el alma y la sangre de Tom.

Cuando todo hubo terminado, la espesa nube se desvaneció permitiendo ver con claridad a Tom de rodillas, con las manos apoyadas en el suelo y la cabeza agachada, respirando con dificultad. La tortura había valido la pena, porque más allá de él, a poca distancia, reposaba la diadema de Ravenclaw convertida en horcrux.


N/A: A pesar de que no sabemos con exactitud cómo se lleva a cabo, menciono que el hechizo para crear un horcrux está en griego antiguo y pársel porque el creador es Herpo el Loco.

Aquí os dejo una pequeña información sobre este mago, extraída de eldiccionario. org

Herpo el Loco
Este mago de la antigua Grecia era parlante de pársel. Después de muchos experimentos (él era un mago tenebroso) consiguió crear el primer basilisco. Aparece en el número 4 de cromos de Magos Famosos. Se le considera el primer creador de un horcrux.

N/A 2: Muchas gracias por el seguimiento que recibe esta historia. Me emociona recibir vuestros reviews y conocer las opiniones que tenéis. Contadme, ¿qué os ha parecido este nuevo capítulo?

Muchos saludos :)