Canción recomendada: Riverside – Agnes Obel
Capítulo IV
Viejas heridas
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Cada pequeño recuerdo descansa tranquilo en mí,
en un sueño, devolviéndome la sonrisa.
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Rest Calm - Nightwish
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Durante varios días, Amelia repitió la misma rutina. Por las mañanas iba a trabajar a Flourish & Blotts y por las tardes se encerraba en su habitación del Caldero Chorreante a leer con avidez sus nuevos libros, empapándose con información sobre la Oclumancia y magia avanzada para combatir las fuerzas oscuras. Sin embargo, no se atrevió a leer el libro que le había dado Morgana. Aún lo miraba con recelo cada vez que sacaba un libro del interior de su baúl. Le había dado la razón a la bruja cuando le dijo que era mejor conocer desde dentro a lo que se enfrentaba, pero en el fondo le costaba reconocer que tenía miedo de las consecuencias a las que posiblemente tendría que enfrentarse por descubrir los secretos de la magia oscura. Tom no había podido resistirse ante la oscuridad y ella temía no ser capaz de rechazarla una vez conociera de primera mano lo que tanto había fascinado al chico.
Claro que ellos dos eran diferentes. Él estaba hecho para abrazar la magia oscura y era lo que deseaba. Ella no tenía por qué ser como él solo por leer algo sobre el tema. Después de todo, sabía bien que los aurores estaban bien versados en aquellos temas para poder combatirlos con precisión en cuanto se encontraran con ellos.
Por eso, una molesta vocecilla en su mente le decía que estaba siendo una tonta por preocuparse tanto por algo sobre lo que tenía total libertad de decisión.
—Lo leeré luego —se dijo. Y cerró la tapa del baúl un poco más convencida.
-o-
Isobel llegó de visita al Callejón Diagon un martes por la mañana. Tras comprar lo necesario, se reunió con Amelia en el Caldero Chorreante a media tarde. Aquel día el bar estaba muy bullicioso, pero como dijo Isobel, era mejor porque nadie las escucharía ni les prestaría atención.
—Entonces, ¿no tienes idea de a dónde pudo haber ido ya sabes quién? —le preguntó Isobel, bajando la voz con las últimas palabras.
Amelia tuvo de repente una sensación de dejá vù. No era la primera vez que escuchaba que alguien se refería a Riddle —o Voldemort— como "ya-sabes-quién"o cualquiera de sus variantes, pero sí era la primera vez en aquella época. Claro que era otro contexto y la joven no lo llamó así por miedo si no por precaución, pero Amelia no podía evitar sentirse un poco inquieta. No dijo nada al respecto y se limitó a negar con la cabeza.
—Aunque una vidente me dijo que me lo encontraría muy pronto —le comentó en voz baja.
—No dejes que te sorprenda y permanece alerta —le aconsejó—. Y mejor que no se entere que sigues viva, seguramente querrá terminar el trabajo.
Amelia asintió, agradecida por la preocupación de Isobel.
—Estoy siendo cuidadosa.
—¿Trabajando en una librería? —le preguntó con las cejas levantadas en un gesto irónico.
—Sé que todas mis acciones entrañan un riesgo, pero en verdad estoy muy pendiente de todo lo que pasa a mi alrededor —la tranquilizó—. Veré a Tom mucho antes de que él me vea a mí. Podré esquivarlo.
—¿Y qué hay de sus secuaces? —inquirió— Cualquiera podría verte e ir corriendo a contárselo a Riddle.
—También los esquivaré.
Isobel la miró con preocupación y negó con la cabeza musitando algo parecido a "insensata".
—Ten en cuenta que durante las vacaciones nadie de ellos aparecerá por aquí —le explicó con cierta impaciencia—. Y solo trabajaré durante el verano. A lo mejor ni vuelvo a verlos.
Su amiga se encogió de hombros y se limitó a beberse la cerveza de mantequilla.
—¿Y tú qué crees que debería hacer? —le preguntó Amelia.
—No lo sé —respondió lacónicamente—. Supongo que todo se reduce a evitar ser vista.
Entonces Isobel pareció recordar algo, miró brevemente a su alrededor, cogió sus paquetes y empezó a buscar algo en ellos. Al final sacó un pequeño cofre, lo abrió con cuidado y sacó una botellita llena de un líquido espeso. Se lo entregó a Amelia quien la miró con interrogación.
—Escóndela bien —susurró, antes de volver a guardar el cofre.
Amelia cerró la mano fuertemente alrededor del frasco de vidrio y lo escondió en el bolsillo interior de la túnica. Isobel la miró y se inclinó ligeramente hacia ella, después de echar otro vistazo para ver si alguien les prestaba atención.
—La poción multijugos siempre es de utilidad —le comentó en voz baja.
—Lo sé, pero de seguro que tienes planes para ella...
—Tengo suficiente por si la necesito, he comprado dos frascos pensando en darte uno a ti —le explicó.
—Te lo agradezco, Isobel —susurró Amelia. Su amiga solo le sonrió.
-o-
Cuando Isobel se marchó por la red Flu del Caldero Chorreante, Amelia decidió aprovechar el resto del día para ir a visitar a Anna. Volvió a su habitación y leyó una vez más la carta que había recibido de su amiga hacía varios días, estando todavía en Hogwarts, donde le escribía la dirección de su casa en Londres. Amelia no podía evitar aquel nudo en la garganta al recordar que Anna era en realidad su abuela y que la casa donde iría a verla era la misma donde había vivido en su época.
Anna, en su carta, le había aconsejado no mencionar la magia y fingir ser su compañera en la escuela de enfermería cuando fuera a visitarla, todo para que sus padres estuvieran tranquilos y seguros de que no mantenía el contacto con la comunidad mágica. De modo que Amelia decidió parecer lo más muggle posible y se encaminó hasta una tienda de ropa del Callejón Diagon donde le explicó a la encargada que iba a salir al Londres muggle y no quería llamar la atención. A la bruja, naturalmente, no le pareció extraño que Amelia no tuviera ni idea del estilo muggle de la época y la ayudó de buena gana a crear un conjunto simple que no desentonara con el entorno al que iba a adentrarse. Sinceramente, no le importaría pasearse con su túnica como lo había hecho ya otras veces, pero esas salidas se reducían a seguir a Riddle. Esto era distinto, no quería que Anna tuviera problemas por su culpa.
De modo que media hora más tarde, Amelia salió rumbo a la que, en su pasado —o futuro, según se viera— había sido su casa. Nada más llegar a la calle en la que se encontraba el edificio, una fuerte sensación de nostalgia la asoló. Había pasado mucho tiempo desde que la había visto por última vez. Caminó hasta la puerta principal y respiró profundamente antes de tocar el timbre. Esperó un momento antes de que una mujer de unos cuarenta años le abriera y la saludara con amabilidad. La reconoció como la madre de Anna, quien no mostró signos de reconocerla a ella. Era algo lógico, pues la única vez que se habían encontrado fue en la enfermería de Hogwarts, cuando junto a su marido fueron a recoger a Anna, y ahí, ni siquiera había reparado en su presencia debido a la preocupación por su hija.
—Buenas tardes, soy Amelia Adams —se presentó—, compañera de Anna en la escuela de enfermería. ¿Ella se encuentra en casa? Me gustaría verla.
—Por supuesto —le sonrió y luego se hizo a un lado para dejarla entrar—. Adelante.
Mientras caminaban hacia la sala de estar, Amelia pudo notar que la mujer la miraba de reojo brevemente, antes de decidirse a preguntar algo que tomó por sorpresa a la joven.
—¿Eres pariente del doctor Martin Adams?
Amelia sintió un ligero vuelco en el estómago al escuchar ese nombre. Martin Adams era su abuelo, ¿acaso Anna ya lo había conocido?
—La verdad es que no recuerdo tener un familiar con ese nombre —mintió convincentemente—. Pero quién sabe, podríamos ser parientes lejanos.
La madre de Anna le sonrió. Entraron en la acogedora sala y la mujer le pidió que esperara ahí mientras llamaba a su hija. Amelia aprovechó aquellos minutos para observar con detenimiento el lugar. Recorrió con la mirada las aterciopeladas cortinas, los cuidados tapices y los antiguos muebles. Sonrió con nostalgia ante los recuerdos que parecían bailar a su alrededor.
Cuando Anna apareció, tenía una expresión de sorpresa grabada en el rostro. Nada más su madre hubo cerrado la puerta, la joven se apresuró en llegar hasta Amelia para abrazarla con fuerza. Ella correspondió al abrazo con un nudo en la garganta y casi pudo sentirse de nuevo como aquella niña que fue un día, abrazando a su abuela. Estar ahí, en aquel salón, junto a Anna, era algo surreal.
—Cuando mi madre me dijo que habías venido a verme, no me lo podía creer —le dijo con una gran sonrisa al separarse.
—Estoy de paso por Londres y quise venir a verte.
—¿Te irás? —le preguntó con cierta decepción mientras se sentaban en el sillón.
—Viajaré durante este año antes de buscar trabajo —le dijo. Estaba mintiéndole, pero ¿qué podía decirle dadas las circunstancias?—. Pero cuéntame, ¿cómo has estado? ¿Qué tal la escuela de enfermería?
—Es bastante interesante y aprendo muchas cosas —le contó. Luego bajó un poco la voz y su mirada se ensombreció—. Fue todo tan rápido, ¿sabes? Nada más llegar de Hogwarts mis padres me dijeron que debía hacer algo útil con mi vida en vez de agitar la varita y conseguir problemas... Por eso no tardé nada en inscribirme en aquella escuela.
—Me dijiste que cuando cumplas la mayoría de edad en el mundo muggle podrás hacer lo que quieras —le recordó Amelia—, y que podrías hablar con Dippet para poder presentarte a los EXTASIS.
—Lo sé... —suspiró—, pero no sé si es buena idea.
—Es lo que quieres, ¿verdad?
Anna bajó la mirada y se encogió de hombros.
—Ya no sé qué es lo que quiero —susurró.
Amelia sintió una punzada en el pecho al ver a su amiga así. ¿Dónde estaba la alegre Anna, aquella que siempre tenía unas palabras graciosas y adecuadas para cada ocasión? La que siempre tenía no solo una sonrisa en los labios, sino también en la mirada. Aquella Anna había sido consumida por la tristeza por haber perdido a Daniel. No podía culparla. Había pasado muy poco tiempo desde aquella horrible experiencia y cada persona superaba a su manera los momentos difíciles. Pero a Amelia se le rompía el corazón al verla así y no sabía qué hacer para que volviera a recuperar la alegría de vivir.
—La escuela me mantiene ocupada —dijo Anna de repente, levantando la mirada y esbozando un amago de sonrisa—. Ayer no fui porque no me sentía bien. Y mi madre me insistió para que me quedara en casa también hoy a pesar de que me siento mucho mejor, pero le hice caso. Supongo que mañana ya estaré ahí. ¿Sabes? Me he acostumbrado tanto a la magia en la enfermería de Hogwarts, que me cuesta mucho volver al mundo muggle. Ahora no hay díctamo para curar heridas ni hechizos para arreglar huesos rotos. De cierta manera es decepcionante...
La voz de Anna fue perdiéndose y volvió a lanzar un suave suspiro. Entonces miró con tristeza a su amiga.
—Me quitaron a Daniel y a la magia —musitó—. Es injusto.
Amelia no pudo resistirse a coger la mano de su amiga con cariño, en un intento por reconfortarla. Anna agradeció el gesto con una leve sonrisa.
—Echo de menos a Daniel —confesó en un susurro—. A veces desearía olvidarlo todo... De hecho, un día al salir de la escuela fui al Callejón Diagon a modo de despedida. Entré en la botica y compré un frasco de Agua del Río Lethe. Lo tengo escondido, esperando su oportunidad. Pero no me atrevo a utilizarlo. Supongo que soy una cobarde que no puede enfrentarse a sus recuerdos, pero tampoco puede borrarlos.
—No necesitas olvidar, sino aprender a vivir con ello —le respondió Amelia en voz un poco más alta que un susurro.
—Supongo que me hace falta tu fortaleza —le sonrió tristemente.
En ese momento, la puerta se abrió y entró la madre de Anna con una bandeja de té y pastas.
—Hora de tomar el té —comentó la mujer acomodando la bandeja en la mesita que se encontraba frente a las dos jóvenes. Luego miró a Amelia—. Espero que te guste la tarta de arándanos, es la favorita de Anna.
—Me encanta —comentó Amelia con una sonrisa, abrumada por los nostálgicos recuerdos de ella siendo una niña, comiendo con entusiasmo esa misma tarta que su abuela preparaba.
—Gracias, madre —dijo Anna. Al parecer la tarta le había levantado el ánimo. Su madre la miró con cariño y se marchó de la sala de estar, cerrando la puerta tras ella.
Anna sirvió el té y le pasó una taza a Amelia.
—No quiero olvidar a Daniel —susurró de repente, sin mirarla—. Y temo traicionar su recuerdo.
—¿Por qué dices eso? —quiso saber Amelia, cogiendo un trozo de la tarta de arándanos de la bandeja que Anna le ofrecía.
—En el hospital donde hacemos las prácticas he conocido a un médico... —le contó, sonrojándose—. Es muy amable conmigo y a mi madre le entusiasma la idea de que se fije en mí.
—Y a ti, ¿te entusiasma esa idea? —le preguntó Amelia, mirándola con curiosidad.
Anna sonrió con timidez.
—No lo sé. Quiero decir que él me atrae, pero aún no lo conozco lo suficiente. Además, me siento culpable, por Daniel... —entonces su expresión se tornó sombría— Ha pasado muy poco tiempo desde que él ya no está.
—No te sientas culpable, Anna, él hubiera querido que fueras feliz, sea cual sea la decisión que tomes.
Amelia sabía bien que Anna tenía que casarse con Martin Adams para que su padre naciera. Si aquel suceso no ocurría, Amelia no nacería y eso significaba que desaparecería irremediablemente de aquella realidad. Sería una no-nacida. Al menos eso decía una de las teorías sobre viajeros del tiempo.
—Gracias —sonrió Anna—. Deberíamos hablar más a menudo, me haces sentir mejor. Por cierto, él se llama Martin Adams, ¿no es familiar tuyo?
—Tu madre me preguntó lo mismo —le contó, divertida—. Pero no, no conozco a nadie con ese nombre. Después de todo, es un apellido muy común.
Tomaron el té con tranquilidad y recordaron momentos que vivieron en Hogwarts, pero Amelia no pudo evitar que la conversación sobre la Cámara de los Secretos saliera a flote de nuevo.
—Te mentí ese día en la enfermería —susurró Anna, confesando lo que Amelia ya sospechaba—. O mejor dicho, te oculté cosas.
—¿Qué es lo que no me has contado? —le preguntó también en un susurro, casi sin respirar.
—Pude ver a uno de nuestros atacantes —le confesó rápidamente y luego bajó la cabeza—. No sé si hago bien en decirte esto ahora, pero no te conté nada más ese día porque en ese momento desconfiaba incluso de ti —la miró fugazmente, con cierta vergüenza—. Lo siento, creía que tú también estabas detrás del ataque y que por eso me insistías tanto en que dejara la investigación.
—¿Por qué tendría que estar relacionada yo con eso? —inquirió extrañada. Sin embargo, era algo que ya había deducido aquel día en la enfermería. Y estaba segura de saber la respuesta. Era cuestión de segundos para que Anna se la confirmara.
—En el bosque reconocí a Malfoy —dijo con dureza—. No sé quién más estaba con él, pero es imposible no reconocer a ese cretino. Sabíamos que detrás de todo esto estaba el Heredero de Slytherin y en ese momento me sentí estúpida por no haberlo visto antes. ¿Quién mejor que Malfoy para ostentar ese título?
Amelia no dijo nada. Estaba inmóvil, escuchando casi sin respirar el discurso ininterrumpido de Anna. Su amiga estaba decidida a contarle sus sospechas y certezas. Quizás era hora de que ella misma le contara la verdad, o al menos una parte.
—Tuve mucho tiempo para pensar en la enfermería —prosiguió—. Por eso me di cuenta de que si Malfoy fuera realmente el Heredero, no andaría por ahí, siguiendo a Riddle, tratando de agradarlo, ¿por qué un sangre pura se rebajaría adulando a un mestizo? Es impensable —dijo con sarcasmo, pero luego volvió a hablar con seriedad—. Y todo esto nos lleva de nuevo a Riddle. Él, quien encontró a Hagrid con la acromántula y lo acusó de matar a Myrtle Warren. ¿Recuerdas que te dije que había averiguado que el verdadero monstruo de la cámara era un basilisco? Pues si Riddle hubiera prestado más atención y se hubiera interesado más en el tema, se habría dado cuenta que estaba equivocado. Siendo él el alumno más brillante del colegio, ¿cómo no investigar sobre si los rumores de la Cámara de los Secretos eran reales? ¿Cómo no saber que el verdadero monstruo era un basilisco? Por eso me parece ilógico que se haya equivocado con Hagrid.
››Fue entonces cuando todo empezó a parecerme una farsa. Una farsa montada por él mismo para proteger a alguien. O protegerse a sí mismo. Me decanto por la segunda opción porque no me lo imagino ayudando a alguien. Y entonces me pregunté, ¿quién era en realidad Tom Riddle? ¿Por qué algunas personas de su casa parecían seguirlo con tanta lealtad? ¿Por qué parecía que algunos lo temieran? Solo había una respuesta, que era él el Heredero de Slytherin. Y tú te convertiste en tan cercana a él... Casi tuve un ataque de pánico al creer que había estado durmiendo en la misma habitación que alguien que había tenido que ver con la muerte de Daniel.
—Anna... —fue lo único que pudo decir. No sabía cómo continuar. Sabía que su amiga era muy inteligente, pero no podía evitar sorprenderse al ver que había llegado a esas conclusiones tan rápidamente. Amelia estaba impresionada por su razonamiento y no podía evitar darle la razón al sospechar de ella, probablemente ella también lo haría dadas las circunstancias. De hecho, Dippet podría haber resuelto el caso si hubiera sido tan exhaustivo como lo había sido Anna. Pero lo único que importaba era que no siguiera el escándalo y que Hogwarts no se cerrara. Ya tenían al culpable y los ataques habían terminado, ¿qué importaba si nada era cierto? Amelia no podía evitar sentir rabia ante aquella dejadez.
—Dime que no tienes nada que ver con esto —le pidió Anna con gesto suplicante—. Por favor, dime que puedo seguir confiando en ti. Que ese momento de desconfianza fue una paranoia por mi parte.
—Por supuesto que puedes confiar en mí —le aseguró con sinceridad—. No he tenido nada que ver con el ataque. Eso fue cosa de Tom y...
—Sus amigos —completó Anna. Amelia negó con la cabeza.
—Ni siquiera son sus amigos —musitó—. Son lo más parecido a unos súbditos. Hacen lo que él les ordene. Y están orgullosos de seguirlo. Él es el Heredero de Slytherin, y para ellos es un honor acatar sus órdenes.
—¿Desde cuándo lo sabes? —preguntó Anna en un susurro apenas audible.
—Desde antes de aparecer en Hogwarts —le confesó con pesar.
Anna suspiró con decepción y bajó la mirada.
—¿Por qué no me lo contaste? —entonces la miró con tristeza— Quizás no me metería en esto...
Amelia la miró sintiendo que la culpa empezaba a torturarla de nuevo.
—Lo siento tanto, Anna —susurró—. He intentado contártelo muchas veces, pero al final me arrepentía. No sabía si podrías guardar el secreto...
—¡Claro que podría! —exclamó ofendida.
—Lo sé, lo sé, pero algo me decía que no debía decirte nada —le dijo, desesperada—. Le contaste a Daniel sobre el giratiempo y no tuviste cuidado en quién lo escuchaba...
—Hablaba con Daniel, esperando a que llegaran Weasley y Rowle y cuando aparecieron dejé de hablar —le explicó, también con cierta desesperación—. Ya te dije que ellos siempre fueron de confianza.
—Me sorprende que desconfiaras de mí pero sigas confiando en Rowle —comentó Amelia con decepción.
—¿Y por qué debería dejar de confiar en él? —preguntó a la defensiva.
—Él fue quien los traicionó, a ti y a Daniel —soltó con cierta rudeza. Al instante se arrepintió por su tono, pero a Anna no le importó. La miró sorprendida sin saber qué decir. Amelia volvió a hablar, ya más tranquila—: Rowle es parte de los súbditos de Riddle. Me enteré el día después del ataque.
—¿Rowle estaba con Malfoy ese día en el bosque? —quiso saber. Tenía la mirada perdida.
—No. Malfoy estaba con Avery.
—Me siento tan estúpida —comentó cerrando los ojos—. Confiamos en quien no debimos... —entonces volvió a abrirlos y la miró fijamente— Y tú, Amelia, ¿qué hacías al lado de alguien como Riddle? Si sabías todo esto...
—Mi único objetivo siempre ha sido acabar con él —expresó tras encontrar las palabras adecuadas. Ahora era Anna quien permanecía en silencio, conteniendo la respiración—. La historia es muy larga y las cosas son peores de lo que crees. Estoy segura que no alcanzas a imaginar la amenaza que él representa para todos. Solo fui a Hogwarts en un intento de destruirlo. Por eso me acerqué a él y me gané su confianza. Fingí compartir sus ideales de pureza de sangre. Fingí ser una sangre pura cuando no soy más que una hija de muggles. Él ha utilizado la magia oscura para ser inmortal y yo buscaba la forma de hacerlo mortal de nuevo y matarlo. Es todo una locura.
Anna la miró con la boca ligeramente abierta durante algunos segundos, evidentemente sorprendida.
—¿Estás hablando en serio? —logró preguntar.
—Nunca he hablado tan en serio —respondió con cierto pesar.
—¿Quién eres en realidad, Amelia? —susurró, desconcertada.
—Posiblemente no me creerías si te lo dijera —fue lo único que dijo, dibujando una triste sonrisa en su rostro.
Era el momento perfecto para confesar que era su nieta, o que lo sería en el futuro. Cogió aire y estaba a punto de decírselo, pero escuchó el estridente sonido del teléfono sonar en la habitación contigua y cambió de opinión repentinamente. Ya eran demasiadas cosas en un día. Tal vez luego, en otro momento, le contara esa parte de la historia. La más importante de todas.
—Debo irme —dijo, levantándose. Su mirada vagó, sombría, por la habitación. Estaban ahí tantos recuerdos encerrados entre aquellas paredes. Recuerdos y viejas heridas que sentía abrirse de nuevo y con ello el odio hacia Tom se hacía más fuerte, si es que aún no lo era lo suficiente. Notó que Anna se levantaba también. Entonces la miró. Tenía una leve sonrisa en el rostro—. Vendré de nuevo a verte. No sé cuándo, la verdad. Pero por favor, no le cuentes a nadie que me has visto ni nada de lo que hemos hablado hoy.
—Gracias por contármelo todo, Amelia —susurró cogiéndole la mano con aprecio—. Te prometo que guardaré el secreto. Solo cuídate, por favor. No soportaría que algo te pasara.
Quiso decirle que no se preocupara, que no le pasaría nada, pero sabía bien que no podía hacer esa promesa aunque quisiera. Anna también parecía saberlo, sin embargo, quizás prefería las vanas esperanzas e ilusiones a la certeza de una cruel realidad. Amelia no le había contado que Tom ya sabía quién era ella y que había tratado de matarla por eso, pero decírselo preocuparía a su amiga en exceso. Por eso prefirió callar.
—Tendré cuidado —dijo, asintiendo, con expresión decidida.
Quizás quería aparentar más valor del que realmente tenía, o simplemente era el hecho de que acababa de tener la inequívoca sensación de desesperanza al recordar que en el momento en que sus manos tocaron el giratiempo, había tomado un camino de no retorno y que necesitaría de mucha suerte y habilidad para poder sobrevivir.
-o-
Por la noche, Amelia bajó a cenar temprano, antes de que el Caldero Chorreante se llenara demasiado. Como cada día, tenía puesta la capucha de la túnica en un intento de pasar desapercibida. A nadie parecía importarle aquel detalle, pues se había encontrado en la taberna con varias personas que parecían querer proteger su identidad de la misma forma.
Se sentó en la zona más oscura y se dispuso a cenar sin perder de vista nada de lo que ocurría a su alrededor. Cada vez que oía la puerta de entrada abrirse, miraba con cautela al recién llegado para asegurarse de que no lo conocía. Una de aquellas veces en que la puerta del bar se abrió, Amelia miró de reojo en su dirección y de repente, sintió que el alma se le caía a los pies.
Tom Riddle acababa de entrar en el Caldero Chorreante.
Sin poder creer lo que veía, Amelia bajó la cabeza dejando que la capucha le cubriera el rostro. Tomó el borde con la punta de los dedos y lo levantó levemente para observar a Tom atravesar la taberna llevando consigo su baúl. Él no miró a nadie, mantuvo su vista fija hacia el frente, altivo, como si el mundo le perteneciera, rodeado por su eterna aura oscura.
Tom llegó hasta la barra y se detuvo frente al tabernero, quien lo saludó con amabilidad. Amelia aguzó el oído para escuchar la conversación, pero todo fue muy silencioso. Lo único que alcanzó a oír fue el tintineo de unas monedas. Entonces vio al tabernero darse la vuelta y coger una de las llaves que colgaban de la pared, para después entregársela a Tom. El joven se encaminó hacia las escaleras y lo vio perderse de vista.
Entonces Amelia se apresuró en seguirlo. Sus manos temblaban ligeramente y el corazón le latía violentamente. Subió las escaleras con cuidado y llegó al pasillo del segundo piso, ya desierto. Miró a ambos lados, preguntándose dónde se había metido Tom, pero la respuesta llegó en seguida. Logró oír el lejano ruido del baúl siendo arrastrado y supo dónde podría estar él. Giró a la derecha y caminó con cuidado, porque la rechinante madera amenazaba con delatar su presencia, y, antes de doblar la esquina, se asomó con cuidado.
Vio a Tom caminar con despreocupación hasta detenerse frente a una puerta al final del pasillo y abrirla con la llave que tenía en la mano. Amelia esperó a que Tom hubiese entrado en la habitación para marcharse por donde había venido. Al llegar a donde empezaban las escaleras siguió directo, ignorándolas, pues su habitación se hallaba del lado izquierdo de aquel pasillo. Por suerte, no estaba cerca de la de Tom.
Amelia se preguntó entonces dónde había estado Tom hasta ese momento. ¿Cuánto tiempo planeaba quedarse en el Caldero Chorreante? ¿Cuál sería su siguiente movimiento?
‹‹—Bien —pensó ella, decidida—. Empezamos de nuevo. ››
N/A: El Agua del Río Lethe posee propiedades mágicas que ayudan a olvidar, por lo que se utiliza en la preparación de la Poción del olvido.
N/A 2: Myrtle Elizabeth Warren es el nombre completo de Myrtle la Llorona. J.K. Rowling lo dijo en Twitter el año pasado al recibir una pregunta al respecto.
N/A 3: Espero que os haya gustado. Si fue así, no os olvidéis de dejar un comentario ;)
