*Dedicado a la señorita Mag, cuyas conversaciones siempre me sacan una sonrisa.*


Canción recomendada: Malfoy's Mission - Nicholas Hooper (BSO Harry Potter y el Príncipe Mestizo)


Capítulo V

Reliquias

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Nunca hasta entonces había estado tan cerca de la verdad, tocando su borde plateado.

Song of myself - Nightwish

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Al día siguiente, Amelia se levantó muy temprano a pesar de que casi no había podido dormir. Se marchó a Flourish & Blotts tras un desayuno apresurado y empezó con su trabajo. Aquel día habían llegado varias cajas de libros, por lo que Amelia tuvo que acomodarlos y colocar las novedades en la vitrina.

No podía evitar preocuparse por si Tom aparecía de repente por el Callejón o si se le ocurría entrar en la librería. Comenzaba a creer que Isobel tenía razón sobre que no había sido una buena idea aceptar aquel puesto.

Quizás su propia mente, con sus preocupaciones, lo había llamado. El hecho fue que Tom apareció por la puerta poco antes de que Amelia terminara su turno. El corazón casi se le escapó del pecho al verlo a unos metros de distancia. Él no reparó en su presencia puesto que había fijado su mirada en el otro extremo de la tienda, pero el miedo a ser descubierta hizo que Amelia girara con brusquedad, dándole la espalda y, con una tranquilidad que no sentía, se alejó en dirección a los altos estantes, escondiéndose detrás de ellos y espiando al joven por entre los huecos que formaban los libros con sus distintos tamaños.

Observó cómo él se dirigía a la sección de magia avanzada y se perdía de vista. Amelia esperó, sin desviar la mirada ni un segundo del sitio donde sabía que él aparecería. Tom no tardó demasiado. Al cabo de escasos minutos regresó, llevando consigo un par de libros y se acercó al mostrador. Solo cuando Tom se marchó del local con los libros envueltos, Amelia se permitió salir de su escondite.

Vigilándolo desde las sombras, aquella tarde vio a Tom salir hacia el Londres muggle. No sabía cuánto tardaría en regresar al Caldero Chorreante, pero si ella quería revisar su habitación, debía darse prisa. De modo que se dirigió allí y abrió la puerta con un sencillo Alohomora, pero pronto se dio cuenta que las cosas no podían ser tan fáciles. En cuanto intentó abrir el baúl, un potente hechizo de protección se lo impidió. Y lo mismo ocurrió con el armario y la mesita de noche. Trató de anularlos, pero tal y como se temió, los habituales hechizos no funcionaron. Aquella inusual protección dentro de la habitación solo le indicaba lo que ya sospechaba desde un inicio, que allí se escondía exactamente lo que buscaba.

Amelia se encontraba a escasos centímetros del anillo y sin embargo no podía alcanzarlo. Magia muy poderosa y desconocida para ella lo protegía. No tenía más opción que marcharse y regresar cuando encontrara la solución. Lo más pronto posible.

Sintiéndose ligeramente derrotada, Amelia regresó a su habitación y volvió a hojear sus libros y por fin se atrevió a abrir el que le había dado Morgana. Al verlo, sin profundizar demasiado aún, se dio cuenta de que había sido una tonta al creer que no era una buena idea leer ese libro. Contenía información valiosa que podría servirle para un posible enfrentamiento con Tom. No obstante, no mencionaba nada sobre avanzados hechizos de protección.

De modo que al día siguiente, en su jornada en Flourish & Blotts, revisó minuciosamente los volúmenes dedicados a la magia defensiva, en especial a la de protección. Se llevó un par que podrían serle de utilidad en un futuro. Pero en el camino de vuelta al Caldero Chorreante, pasó por el Callejón Knockturn y se preguntó si debería hablar con Morgana. Decidiendo repentinamente que sí, giró hacia el tenebroso callejón, esquivando a un par de brujas quienes la miraron con reprobación al ver hacia dónde se dirigía. Amelia las ignoró y se apresuró en llegar a la librería. Entró en la tienda acompañada del tintineo de la campanilla que anunciaba su llegada. Morgana apareció desde la trastienda y le dedicó una mueca sarcástica.

—No tardaste en volver a aparecer —le comentó—¿Te ha gustado el libro que te di?

—Es interesante —se limitó a responder—. Pero hoy vengo porque necesito ayuda con un hechizo.

—¿Problemas para ejecutarlo? —le preguntó.

—Al contrario, quiero romperlo. Es un hechizo de protección muy poderoso.

Entonces Morgana se acercó a la estantería y tras mirar por un momento cogió un par de libros y se los llevó a Amelia. La joven los tomó con cierto recelo y leyó el título del primero: "Maleficios protectores en la magia oscura". Miró el segundo, pero para su sorpresa el título estaba escrito en runas.

—Supongo que habrás estudiado Runas Antiguas en Hogwarts, ¿verdad? —le preguntó Morgana levantando ligeramente la ceja derecha en un gesto de interrogación.

—Sí, las he estudiado —respondió la joven. Las recordaba bien y tenía como ayuda, por si surgía alguna duda, el diccionario rúnico avanzado entre sus libros en su baúl.

—Bien, creo que con eso hallarás algunas respuestas —comentó Morgana, luego bajó un poco la voz y agregó—: Por cierto, aún no encuentro la respuesta al dilema de tu giratiempo. Es sumamente complicado reparar algo tan delicado. Sin embargo, seguiré investigando.

—De acuerdo —asintió Amelia con una ligera desesperanza—. Muchas gracias.

Nada más llegar a su habitación, Amelia se enfrascó en la lectura de los nuevos volúmenes, buscando desesperadamente algo que pudiera serle de ayuda. En el primer libro halló diferentes hechizos de protección. Se explicaba con detalle cómo llevarlos a cabo y la manera en que debían ser anulados. También encontró maleficios para ser utilizados en duelos y cómo contrarrestarlos. Quizás debería leer el libro con mucha atención y practicar, sabía bien que tarde o temprano tendría que enfrentarse a Tom otra vez y más le valía estar preparada para luchar con las mismas armas que él.

Cuando empezó a hojear el libro en rúnico, tuvo que concentrarse bastante para no perder el hilo de lo que iba descubriendo en su lectura. Encontró algunos antiguos hechizos protectores, muy poderosos, y se preguntó si no eran aquellos los que Tom había utilizado.

Cogió su varita y con cada pequeño movimiento que hacía con ella, una cinta marcapáginas aparecía, para ayudarle a recordar dónde estaban los hechizos que debía aprender. Eran complicados de realizar y más aún de anular, por lo que, si quería tener una oportunidad de abrir el baúl de Tom, debía pasar días practicando.

Durante los días siguientes practicó durante horas. Era duro, difícil y desesperante, y Amelia veía llegar la noche agotada. Se dormía rápidamente entre los libros y con la varita aún en la mano. Sin embargo, había noches en que la desesperanza se cernía sobre ella y con ello venía el insomnio. Ver la marca tenebrosa tatuada en su piel no ayudaba a hacerla sentir mejor. Sin embargo, aprendió a verla como un incentivo para seguir luchando contra lo que representaba. Aunque de vez en cuando su entereza flaqueara y sintiera que nada de lo que hacía era suficiente.

-o-

Durante aquellos días, Amelia había desarrollado una rutina basada en convertirse en la sombra de Tom, pero él era demasiado escurridizo y lo perdía con facilidad. Conservaba las distancias, era discreta y se mezclaba entre decenas de brujas y magos con túnicas oscuras y sombreros puntiagudos —o capuchas, como ella—. Lo veía dirigirse hacia el Callejón Diagon cada mañana, pero en ningún momento pudo determinar en qué tienda entraba. No podía esperar a que volviera a aparecer, debía marcharse a su trabajo en Flourish & Blotts. Estaba alerta en todo momento por si él volvía a entrar a la librería, pero no lo hizo.

Una mañana descubrió que él se dirigía al Callejón Knockturn. Aquello era un avance, pero tampoco pudo ver cuál era su destino exactamente. Arriesgándose a llegar algo más tarde a la librería, entró en el callejón de magia oscura y echó un vistazo a las tiendas a través de los cristales. El año anterior había seguido al chico hasta el mismo sitio y lo había encontrado dentro del negocio de pociones. Preguntándose si él habría vuelto a aquel lugar se encaminó hacia allí sin descuidar las demás tiendas.

Y entonces lo vio.

Él estaba dentro de Borgin & Burkes, detrás del mostrador. Por un momento, Amelia sintió que el corazón se le detenía. Se asomó con suma precaución, cubriéndose bien la cara con la capucha, dejando a la vista solo los ojos y observó. Fingió interesarse por los objetos del escaparate, pero su mirada no se alejaba de Tom. Él no reparó en que alguien estaba fuera, tras los cristales de la vitrina, pues estaba absorto con un extraño objeto que tenía en las manos. Amelia no podía ver de qué se trataba, solo pudo notar que el joven giraba una pequeña ruedecilla, como si ajustara algún componente. Entonces lo vio darse la vuelta y entrar en la trastienda con paso decidido.

Amelia, sorprendida por lo que acababa de descubrir, se marchó rápidamente del lugar, para llegar a tiempo a Flourish & Blotts. A pesar de llegar varios minutos tarde aquella mañana, a su jefe, William, no pareció importarle. De hecho, estaba más preocupado en resolver un problema con un mago histérico y furioso que había venido a devolver un libro, pues había empezado a tener alucinaciones nada más leer el primer capítulo. Amelia se dirigió a la trastienda para no tener que escuchar al mago imitar las voces que lo acosaban durante la noche. Sin embargo, pudo seguir oyéndolo perfectamente. Por suerte, William zanjó el asunto explicándole al mago que el libro tenía muy buena reputación entre la comunidad mágica y que nadie se había quejado de algo parecido y que en su caso, seguramente alguien le estaba gastando una broma o estaba siendo víctima de un poltergeist similar a Peeves.

Al terminar su jornada a mediodía, Amelia regresó a Borgin & Burkes para asegurarse de que lo que había supuesto por la mañana era correcto, y así era. Tom estaba ahí, detrás del mostrador, atendiendo a un cliente que al parecer iba a comprar un artículo de la tienda, pues estaba dejando varios galeones sobre la mesa.

Ya sabiendo a dónde iba él cada mañana, se apresuró en regresar al Caldero Chorreante. Habiendo practicando los hechizos necesarios lo suficiente, se atrevió a encerrarse en la habitación de Tom y tratar de anular la magia que protegía el lugar. Al tercer intento logró romper los escudos. Decidió revisar primero el baúl, intuyendo que ahí estaba lo que buscaba. Dentro encontró varios libros y al sacarlos encontró un viejo cofre. Al tratar de abrirlo descubrió que estaba protegido por la misma magia. Con la certeza de encontrar ahí el anillo se apresuró en anular el hechizo. Tardó en conseguirlo porque los nervios impedían que se concentrara, pero cuando lo logró, abrió el cofre rápidamente y al ver lo que contenía se quedó de piedra.

Frente a ella estaba la diadema de Ravenclaw. La reconocería donde fuera. Pasó siete años de su vida viéndola coronar la estatua de Rowena Ravenclaw que se encontraba dentro de su Sala Común. La había visto detenidamente innumerables veces y no podía creer que en verdad la diadema, que según la leyenda estaba perdida, estaba ahora frente a sus ojos. No era una reproducción como la de la estatua, ésta era la auténtica. Estaba segura.

Entonces recordó la extraña conversación que escuchó en Hogwarts, entre Tom y la Dama Gris, sobre la diadema perdida. Helena Ravenclaw le había dicho que la había escondido en Albania, o eso era lo que Amelia recordaba haber oído. Tom había sido tan amable con ella y le había sonsacado la información con tanta facilidad que Amelia no dejaba de sorprenderse y enfadarse a partes iguales. Generaciones de estudiantes habían preguntado por la diadema a la Dama Gris, pero ella guardaba el secreto, hasta que confió erróneamente en Tom.

¿Para qué querría Tom la mítica diadema de Ravenclaw? La respuesta era tan obvia que hasta le daba vergüenza admitir que no lo había pensado antes. Lógicamente la quería para convertirla en un nuevo horcrux. Fueron dos personas, dos videntes, las que le hablaron sobre la serpiente de siete cabezas. ¿Tom y siete horcruxes? La sola idea parecía una locura, pero bien sabía que cuando se trataba de Tom, todo era posible.

Amelia se dijo que al tener esa información privilegiada, debió haber seguido a Tom nada más salir de Hogwarts, debió haber imaginado que cuando le dijo a Malfoy que iría al extranjero se refería a su viaje a Albania. Podría haber impedido que se llevara la diadema, enviarlo por el camino equivocado o dejar que se perdiera en medio de los bosques albaneses.

Una vez más, había cometido un error, uno grave. Amelia cerró los ojos, enfadada y decepcionada consigo misma. Volvió a abrirlos y se dijo que no servía de nada lamentarse. Ahora que tenía la diadema casi en sus manos, no tenía más que cogerla.

Sin pensar en las posibles consecuencias, Amelia alargó la mano para tomar la tiara, pero nada más tocarla, un dolor lacerante perforó su piel. Con consternación observó que varias gotas de sangre caían sobre la diadema ocasionando que repentinamente se hiciera visible una especie de cúpula sobre el objeto, formada por innumerables y minúsculas púas que absorbieron la sangre, haciéndose más fuertes y alargándose unos milímetros. Segundos más tarde, la capa que protegía la reliquia volvió a hacerse invisible.

Amelia jamás había leído sobre un hechizo similar, ni siquiera en sus nuevos libros de artes ocultas. Sacó un pañuelo del bolsillo de la túnica y se envolvió la mano con él, furiosa por aquel nuevo contratiempo. Cerró el cofre que contenía la diadema y trató de sacarlo del baúl, pero éste no se movió. Lo intentó con varios hechizos, pero nada funcionó. En su desesperación, intentó llevarse el baúl, pero éste permaneció anclado al suelo. Por si no lo odiara lo suficiente, en ese momento odió aún más a Tom y a sus hechizos de protección sobre sus cosas.

Decidida a encontrar la forma de llevarse la diadema, dejó las cosas en su lugar y empezó a revisar el armario y la mesita de noche. Buscó concienzudamente por los cajones y en los posibles escondites, pero no halló nada.

Temiendo haber tardado demasiado en su incursión, decidió marcharse lo más pronto posible, no sin antes haber lanzado varios hechizos protectores sobre los objetos que acababa de revisar, en un intento de evitar las sospechas de Tom. Esperaba que aquellos hechizos avanzados que había aprendido sirvieran de algo.

Se acercó a la puerta y la abrió con cuidado, lo suficiente como para asomarse y asegurarse que nadie venía, pero el alma se le fue a los pies al ver a Tom caminar por el pasillo. Aún estaba lejos; tenía un libro abierto en las manos y lo leía con interés, claramente no había podido resistirse a hojearlo y no había esperado a estar en su habitación. Pero al estar tan absorto en lo que leía impidió que se diera cuenta que Amelia estaba a pocos metros de distancia.

La joven, nada más verlo, cerró la puerta en el más absoluto silencio y trató de desaparecerse, pero descubrió con horror que Tom había hechizado la habitación para evitar las apariciones.

Oyó los pasos de Tom acercarse a la puerta y, tras rechazar esconderse bajo la cama, tomó una decisión algo arriesgada. Se acercó a la ventana y la abrió. Observó el tejado con cierto temor y creyó que no sería capaz de caminar sobre un terreno tan inclinado. Pero no tenía otra opción.

Con el corazón latiendo desbocado, se apoyó en el alféizar y bajó con cuidado, sintiendo la irregular forma de las tejas bajo los pies. Cerró la ventana tras ella y dio un paso al costado para esconderse al mismo tiempo que Tom abría la puerta de su habitación.

Nada más entrar, Tom notó algún cambio en el ambiente. Repentinamente alerta, dejó el libro que traía consigo sobre la cama al mismo tiempo que sacaba la varita del bolsillo de la túnica.

Homenum revelio —susurró con la varita en alto, atento ante la posibilidad de que el hechizo revelara la presencia de alguien en el interior de su habitación.

Pero nada ocurrió porque en el mismo instante en que Tom se preparaba para lanzar el hechizo, Amelia, tratando de ignorar la inestabilidad de su posición, se concentró para desaparecer y, en un abrir y cerrar de ojos, se esfumó del tejado.

Sin embargo, para Tom no pasó desapercibido el hecho de que la ventana no estuviera cerrada del todo, pues reparó en que el cerrojo estaba a un lado. Caminó hacia la ventana, con paso decidido, y la abrió. Se asomó, con la varita preparada, y echó una ojeada a cualquier sitio que pudiera servir de escondite para un intruso. Pero ahí no había nadie.

-o-

En la soledad de su habitación, Amelia se permitió meditar con tranquilidad. Era obvio que Tom había decidido ir detrás de objetos valiosos, con una particular historia detrás, para convertirlos en sus horcruxes. Amelia, aparte de la diadema —que estaba más que segura que Tom la quería para aquel fin—, conocía la existencia de dos horcruxes: el diario y el anillo.

Tom le había contado que el anillo había pasado generación tras generación desde Cadmus Peverell hasta llegar a sus manos. Según él, el anillo probaba que era descendiente del mismísimo Salazar Slytherin.

El diario, algo completamente personal, y por lo tanto en extremo valioso, era un receptáculo perfecto para su alma. Aquel horcrux, Amelia ya lo había destruido y se lo había entregado a Dumbledore. Lo que no sabía era si había servido de algo habérselo dado al profesor, como tampoco sabía si él ya estaba tomando cartas en el asunto para pararle los pies a Tom antes de que fuera demasiado tarde. Por la forma en que habían sucedido las cosas, ella ya no pudo hablar con Dumbledore, pues él aún no había regresado a Hogwarts luego de su duelo con Grindelwald. Su intención era volver a hablar con el mago, pero estaba esperando al momento oportuno, sin embargo, no sabía cuál era ese. En vista de lo que acababa de descubrir, creía que el momento había llegado. Además, quizás podría ayudarla con alguna idea brillante.

Por eso se apresuró en escribir una carta para el profesor cuidando de no dar muchos detalles por si la misiva se extraviaba. Al día siguiente recibió la respuesta. En ella, Dumbledore aceptaba la entrevista y le proponía reunirse en el Ministerio de Magia, pues estaría ahí dentro de unos días. La joven envió una corta confirmación con la ligera esperanza de que las cosas podrían tomar un buen rumbo en un futuro muy cercano.

Llegado el día acordado para la reunión, William, el encargado de Flourish & Blotts, fue muy amable al explicarle cómo acceder al edificio del Ministerio mediante la cabina de teléfonos, que era la entrada para visitantes. Amelia siguió las instrucciones al pie de la letra y una vez dentro, tuvo que reprimir un ligero sentimiento de rencor al recordar la primera vez que había pisado el lugar, en su época, cuando fue llevada para aquel absurdo juicio. Sin embargo, el ambiente no podía ser más diferente. Aquella vez había visto muy poco y, por lo terrible de su situación, apenas había prestado atención a lo que la rodeaba, sin embargo, estaba segura que la estatua del medio del vestíbulo era otra. La que recordaba era oscura, de piedra negra. La que ahora veían sus ojos era dorada y brillante.

Tras atravesar el largo vestíbulo de imponente aspecto, Amelia se acercó para observar con más detenimiento la escultura. Era una fuente en la que se representaban las figuras de un mago, una bruja, un centauro, un duende y un elfo doméstico. Las tres criaturas miraban con adoración a los humanos. Amelia no pudo esconder una mueca de extrañeza. Dudaba que un centauro o un duende miraran de esa manera a un mago o una bruja. Cualquiera que no fuera un idiota sabía perfectamente que eran criaturas orgullosas que jamás se inclinarían ante los humanos.

Amelia se giró hacia los ascensores, dándole la espalda a la fuente, y esperó. El profesor Dumbledore le había dicho que la encontraría en aquel sitio. La joven paseó la mirada por el vestíbulo y observó el techo azul, salpicado de runas que aparecían y desaparecían. Luego bajó la vista y se fijó en todas las personas que llegaban de manera apresurada, desde las chimeneas hasta los dorados ascensores.

Entonces, vio a Dumbledore caminando hacia ella. Acababa de salir de uno de los ascensores. Varios magos se detenían un momento para saludarlo con entusiasmo y él les respondía simplemente con una cálida sonrisa.

—Señorita Adams, buenos días —la saludó cortésmente en cuanto llegó a su lado—. Un amigo mío tuvo la amabilidad de ofrecerme su despacho para nuestra entrevista. Podremos hablar ahí mientras él se toma un té en la cafetería del edificio. Pero antes, deberá usted registrar su varita para verificar su identidad. Son normas del Ministerio.

Amelia siguió al profesor hasta la mesa de seguridad, donde el mago que trabajaba ahí comprobó su varita. Posteriormente se dirigieron a uno de los ascensores junto a varios magos y brujas. La joven se sorprendió al ver a unas cinco lechuzas entrar con ellos, llevando cada una pergaminos enrollados. En cada planta que el elevador de detenía, las personas y las lechuzas iban y venían. Para cuando llegaron a la segunda planta, donde estaba el Departamento de Seguridad Mágica, no quedaba nadie en el ascensor más que Amelia y Dumbledore, aparte de varias plumas que habían perdido las aves en sus viajes.

Ambos salieron y se dirigieron por un estrecho pasillo, en silencio. Doblaron una esquina, atravesaron unas puertas dobles y llegaron hasta una zona espaciosa dividida en cubículos. Dumbledore le explicó en voz baja que aquel era el Cuartel General de Aurores. No se detuvieron ahí, sino que siguieron caminando, pero Amelia no perdió la oportunidad de echar un vistazo al interior de los cubículos al pasar al lado de ellos. Le llamó la atención que en todos las paredes estaban llenas de las mismas fotografías que mostraban a los magos más buscados, bajo el título de "Seguidores de Grindelwald dados a la fuga y con potencial peligro para la población mágica y muggle". Observó bien sus rostros, pero ninguno le resultó conocido. Vio también, sobre una mesa perteneciente a un cubículo vacío, un ejemplar de El Profeta. Alguien había rodeado con tinta, por separado, tres pequeños artículos de primera plana, llamando la atención sobre las noticias. Amelia, de manera impulsiva y un tanto inconsciente, dio un paso hacia la mesa y acercó hasta ella el periódico, fijando su atención en los titulares y leyendo rápidamente las primeras líneas de cada noticia.

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Pánico entre la población mágica británica

Numerosos habitantes del condado de Gloucestershire aseguran haber reconocido a algunos de los seguidores del ya encarcelado mago tenebroso Gellert Grindelwald. Sus fotografías han sido publicadas en la pasada edición del El Profeta y hasta ahora, el Ministerio de Magia ha recibido no menos de doscientas lechuzas informando de los lugares donde aparentemente fueron vistos los mencionados magos oscuros. Los aurores instan a la calma...

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¿Preparaba Grindelwald un ataque hacia la comunidad mágica británica antes de su caída?

El hecho de que aparentemente varios de sus seguidores hayan sido vistos en Inglaterra en días pasados así lo confirma. La pregunta es ¿continuarán con sus planes de ataque a pesar que su líder haya sido derrotado por Albus Dumbledore? ¿Debe el gran mago temer posibles represalias por haber librado a la comunidad mágica de esta terrible amenaza?

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Más desaparecidos en Gloucestershire

Ayer se denunció la desaparición de un grupo de cuatro magos que salieron de acampada al bosque de Dean hace varios días. No es el primer caso similar que ocurre. La semana pasada, el joven ayudante del boticario del Callejón Diagon desapareció sin dejar rastro mientras buscaba plantas que suelen recogerse de noche en el bosque...

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Y al lado del titular de la última noticia había una única palabra garabateada con tinta: "¿Coincidencia?"

Un suave carraspeo sacó a Amelia de su ensimismamiento en la lectura del periódico. No había tardado demasiado, pero fue suficiente para que Dumbledore lo notara.

—La curiosidad es una cosa muy poderosa, ¿no lo cree? —le comentó con una ligera sonrisa, mirándola por encima de sus gafas.

Amelia murmuró una disculpa, avergonzada, y dejó el periódico sobre la mesa, tal y como lo había encontrado. Se apresuró en acercarse hasta el profesor, quien empezó a caminar de nuevo en cuanto ella lo alcanzó.

—Le sugiero que no se distraiga —le aconsejó con voz amable—, o no nos quedará tiempo para hablar.

—No había visto ese ejemplar de El Profeta —le explicó ella rápidamente—. Solo me llamó la atención lo que decía...

—Es comprensible, señorita Adams, muy comprensible —asintió el profesor—. No se sienta avergonzada por ser curiosa. Al contrario de lo que pueda parecer, la curiosidad es la chispa que nos hace investigar y adentrarnos en mundos desconocidos y, a menudo, maravillosos. Sin embargo, al igual que la mayoría de las cosas, todo tiene un límite y hay que saber verlo.

Dejaron atrás el Cuartel General de Aurores, atravesaron varios pasillos y al final, Dumbledore se detuvo frente a una puerta. La abrió y entró en la oficina. Ésta era pequeña, pero muy ordenada. No tenía ventanas, pero había un cuadro mágico que representaba el Londres victoriano.

El profesor cerró la puerta detrás de Amelia y la invitó a sentarse en la silla de visitas, mientras él ocupaba la que se encontraba detrás del escritorio. Ante la petición del mago de contarle lo que había sucedido desde que se había marchado al continente, Amelia se enfrascó en un breve relato sobre lo acaecido, omitiendo oportunamente algunos detalles que consideró irrelevantes.

Cuando terminó su relato, Dumbledore, quien la escuchó con suma atención, unió las manos por encima de la mesa y asintió.

—Imaginaba que algo así había sucedido luego de descubrir con estupefacción que alguien había logrado burlar la seguridad de mi despacho para llevarse ciertos objetos de gran importancia —habló él, pensativo. Amelia lo miró alarmada—. El diario que usted me dio ha desaparecido. Y los recuerdos que me mostró han sido eliminados del pensadero. Afortunadamente, lo esencial no se ha ido de aquí —se señaló la sien con el dedo índice y le sonrió con complicidad. Luego adquirió una expresión seria—. En vista de que el señor Riddle ha usado la Legeremancia contra usted, es lógico suponer que se dio por enterado de nuestra conversación y quiso borrar pruebas que lo incriminaban. Tuvo que utilizar hechizos muy poderosos para borrar recuerdos del pensadero.

—¿No hay ninguna prueba que lo incrimine de allanar su despacho? —preguntó Amelia, sabiendo de antemano la respuesta.

—Ninguna —negó el profesor—. Él ha sido muy cuidadoso.

—No me sorprende —murmuró Amelia con cierta decepción.

—Con los datos que tenemos, voy a investigar por mi cuenta. Pero otra vez le recomiendo, señorita Adams, que tome las cosas con calma y no actúe con insensatez.

—De acuerdo, profesor —accedió Amelia. Se removió en su asiento, de repente inquieta y decidió preguntar algo que rondaba por su mente varios minutos—. En vista de que Riddle se interesó por la diadema, no puedo evitar preguntarme si existe otro objeto legendario que él podría estar buscando.

—Me atrevería a suponer que va detrás de las reliquias de los fundadores —respondió Dumbledore con seguridad.

Aquellas palabras tuvieron un impacto importante en Amelia. Había leído, hacía mucho tiempo, en "Hogwarts, una historia", que cada fundador tenía un objeto mágico legendario. Sin embargo, no se mencionaba al respecto nada más que hoy en día se consideraban meros mitos de la magia antigua. Al parecer, aquello no era cierto.

—Podría hablarme de ellas, por favor —pidió ella—. No sé más que lo que se cuenta en el libro de la historia de Hogwarts.

—De hecho, podría enseñárselo —propuso Dumbledore, levantándose de la silla—. Vamos hacia donde se guardan los archivos del Ministerio.

Amelia hizo lo mismo y salieron de la oficina. Recorrieron el mismo camino por el que habían venido, pero de regreso, hacia los ascensores. Bajaron hasta el Departamento de Misterios y a partir de ahí utilizaron las escaleras, pues los niveles más bajos eran inaccesibles para el ascensor debido a su antigüedad. Llegaron a lo que Amelia reconoció como las Salas del Tribunal, pues había estado ahí para su juicio en su época, pero siguieron de largo y continuaron bajando más escaleras hasta llegar al siguiente —y aparentemente— último nivel.

Frente a ellos se extendía un pasillo desierto, y al final, estaban unas altas puertas dobles, de madera oscura. Llegaron hasta ellas y Dumbledore las abrió, entrando con paso firme. Amelia, quien esperaba un lugar pequeño y descuidado, quedó sorprendida al ver lo enorme que era el sitio, con numerosas y altas estanterías llenas de archivadores y pilas de pergaminos. Reunidos ahí, estaban siglos de historia mágica. Al ver su fascinación, Dumbledore le comentó en voz baja:

—Este lugar va cambiando cada vez. Se hace más grande para albergar tantos documentos relacionados con nuestro mundo.

Entonces llegaron hasta el mostrador circular, donde una mujer mayor estaba muy ocupada uniendo con la varita un montón de pergaminos, para posteriormente archivarlos. Levantó la mirada al oír pasos y sonrió ampliamente.

—¡Albus! —exclamó con entusiasmo— Cuánto tiempo, ¿qué te trae por aquí?

—Es agradable volver a verte, Agnes —saludó Dumbledore con aprecio—. Hoy me acompaña la señorita Adams, tiene mucho interés en unos antiguos archivos y quiero enseñárselos. Esto ha cambiado mucho desde mi última visita, ¿podrías ayudarme a encontrar un pergamino en específico?

—Le diré a mi nuevo ayudante que los acompañe —les informó, luego giró la cabeza y llamó al asistente—: ¡Johnson! Tengo trabajo para ti.

Apresurados pasos les indicaron que Johnson venía casi corriendo. De repente, detrás de una estantería, apareció un joven llevando en los brazos una pila de pergaminos enrollados. Entonces vio a Dumbledore y sonrió con amabilidad. A Amelia le pareció vagamente familiar.

—¡Profesor Dumbledore! —saludó, acercándose hasta ellos.

—Señor Johnson, no pensaba encontrarlo aquí —comentó el profesor con una sonrisa—, lo imaginaba viajando por el mundo visitando santuarios de dragones.

La sonrisa se borró ligeramente del rostro del joven y esbozó una mueca decepcionada.

—A mi familia le parece un poco peligroso que me dedique a los dragones y mi padre me consiguió este trabajo, en su opinión, bastante seguro.

—Supongo que su familia no quiere que usted termine como el profesor Kettleburn —opinó Dumbledore en un tono de broma.

Johnson volvió a sonreír y asintió. Entonces Agnes le quitó los pergaminos de las manos y los dejó en la mesa.

—Luego te encargas de esto —soltó, autoritaria—, ahora lleva al profesor y a la joven a la sección que te digan.

—De acuerdo —accedió Johnson—, ¿qué es lo que necesitan encontrar?

—Información y leyendas sobre los fundadores de Hogwarts —explicó Dumbledore.

El ayudante de Agnes los guió por los largos pasillos hasta llegar a una de las paredes de la gran sala, cubierta del suelo al techo de estanterías. A un extremo se encontraba una escalera de caracol que los llevó a un segundo y luego a un tercer nivel. Amelia, sin soltarse de la barrandilla, miró hacia abajo y observó las filas de estantes que se extendían por todo el lugar. En verdad se trataba de un sitio impresionante.

Siguieron caminando hasta que Johnson se detuvo frente a una estantería determinada.

—Es aquí. Los documentos están divididos en secciones. A este lado están los hechos comprobados —señaló la parte izquierda y luego la derecha—, y al otro los mitos. ¿Quieren que busque un archivo en particular?

—Se lo agradezco, señor Johnson, pero no hace falta —habló Dumbledore con amabilidad—. Vaya con Agnes, seguramente lo necesita más que nosotros.

El joven se despidió y se marchó. Cuando se perdió de vista, Dumbledore se acercó a la estantería de la derecha y movió algunos rollos grandes de pergaminos.

—Ha pasado demasiado tiempo desde que vi el pergamino que buscamos—comentó el profesor sin dejar de buscar—, y el lugar ha cambiado bastante. Espero que siga aquí.

Amelia esperó en silencio, atenta a los antiguos manuscritos que Dumbledore iba haciendo a un lado, hasta que al final se detuvo en un pergamino del fondo del estante. Entrecerró los ojos tratando de enfocar algún detalle particular que seguramente pensaba reconocer y, aparentemente satisfecho, lo sacó, llevándolo hasta una mesa situada al lado del barandal y empezó a extenderlo con sumo cuidado.

—He aquí, señorita Adams, las reliquias de los fundadores —habló Dumbledore con tono solemne.

La joven se acercó, mirando con interés las figuras que iban quedando a la vista a medida que el profesor desenrrollaba el antiquísimo pergamino. Casi contuvo la respiración al ver los dibujos perfectamente elaborados. Estaban representados los escudos de cada casa, la reliquia y el animal representativo protegiéndolo. Detuvo su mirada en cada uno; el león de Gryffindor estaba apoyado en una espada, como si la abrazara; la serpiente de Slytherin estaba envuelta con la cadena de un medallón; el tejón de Hufflepuff estaba detrás de una copa, en actitud defensiva; y el águila de Ravenclaw —que de hecho se parecía más a un cuervo— estaba posado, alerta, sobre la diadema.

—¿Se sabe algo sobre dónde pueden estar las reliquias? —preguntó Amelia en voz baja, tratando de memorizar cada detalle de los objetos.

—Se dice que la espada de Gryffindor solo aparecerá ante un verdadero miembro de su casa —relató, señalando el dibujo del arma—. Hay antiguos escritos sobre momentos decisivos en la historia mágica donde un Gryffindor la portó, luego de haber demostrado una inmensa lealtad y valor hacia Hogwarts o su Casa —hizo una pausa y se permitió una leve sonrisa—. Por eso me atrevo a afirmar que el señor Riddle nunca la encontrará.

Amelia también sonrió, mostrándose de acuerdo.

—Es cierto, pero el medallón... —la joven dejó la frase en el aire, dando a entender que no pensaba lo mismo de la mencionada reliquia.

—El medallón es ya otra historia —Dumbledore suspiró pesadamente y lo señaló en el pergamino—. Al ser Tom un descendiente de Slytherin, resulta lógico pensar que su familia lo haya tenido durante siglos, pero siendo huérfano, es difícil encontrar algún dato fiable, mas no imposible.

—¿Sabe usted algo sobre sus antepasados? —quiso saber Amelia— La razón por la que Tom terminó en un orfanato.

—Si le soy sincero, sé muy poco —respondió el profesor de manera esquiva—. Pero he de ahondar más en el asunto.

Amelia, dándose cuenta de que él no pensaba compartir con ella aquellos conocimientos, se dijo que no serviría de nada insistir, de modo que preguntó sobre la última reliquia, aun sabiendo que podría estar perdiéndose información valiosa.

—Sobre la copa de Hufflepuff —habló él—, lo único que puedo decirle es que probablemente fue pasando de generación en generación.

—Entiendo.

—Señorita Adams —dijo Dumbledore girando la cabeza levemente hacia ella—, no voy a pedirle que no investigue, porque sé que es precisamente lo que hará nada más salir de aquí. Pero siendo completamente sincero, preferiría que dejara todo en mis manos de ahora en adelante. Quiero que comprenda la importancia de que se mantenga al margen.

—Si no quiere que me inmiscuya más, ¿por qué me ha mostrado esto? —quiso saber Amelia, contrariada, señalando el pergamino de las reliquias.

—Me parece que podría serle de utilidad saber algunas cosas, en especial cuando regrese a donde pertenece —le explicó, dejando de mirarla y envolviendo de nuevo el pergamino.

—Quiere que me marche a mi época —más que una pregunta, era una afirmación.

—Es importante que lo haga —aseguró él con seriedad, mirándola fijamente durante unos segundos antes de tomar el pergamino y llevarlo de vuelta a la estantería de donde lo había sacado.

—El giratiempo está roto —le recordó Amelia—. Sin él es imposible volver. A no ser que usted me ayude a repararlo.

—Me temo que eso no será posible, señorita Adams —respondió él acomodando los restantes pergaminos—. Tengo asuntos muy importantes que atender y durante los próximos meses no estaré en el país, regresaré poco antes del inicio del siguiente curso en Hogwarts.

Amelia no dijo nada y Dumbledore no notó su expresión entre extrañada y decepcionada. Le acababa de decir que lo dejara todo en sus manos y que ella se mantuviera al margen, entonces, ¿cómo pretendía hacerse cargo él de la situación si de repente tenía que marcharse a Merlín sabía dónde? A no ser que esos asuntos tan importantes tenían que ver de cierta manera con Tom. Si ese fuera el caso, estaba segura que el profesor no le confiaría nada. Además, le había dicho que era necesario que regresara a su época, entonces, ¿por qué parecía no importarle si ella conseguía reparar el giratiempo o no? En ese momento el profesor se giró hacia ella y la miró como disculpándose por su negativa.

—De todos modos, no sé prácticamente nada sobre giratiempos —le explicó. A Amelia le pareció que aquello no era del todo cierto—, me he dedicado a investigar otras ramas de la magia, para serle sincero. Sin embargo, estoy seguro de que hallará la ayuda adecuada para repararlo. Incluso entre estos archivos puede hallar algo que le sea de utilidad. Estoy seguro que a Agnes no le molestará su presencia.

¿Por qué Dumbledore le negaba esa ayuda? Puede que le estuviera diciendo la verdad pero había algo que le decía que él simplemente no quería involucrarse con un giratiempo. Recordaba bien cuando se lo había enseñado en Hogwarts, como una prueba de que ella realmente venía de otra época. Lo había examinado en pocos minutos y se lo había devuelto rápidamente, como si temiera tener aquel objeto entre sus manos. El señor Johnson le había dicho que un giratiempo era un objeto demasiado poderoso y que había que tener fuerza de voluntad y sentido común para no utilizarlo. Amelia había roto aquellas dos reglas y por algún extraño motivo suponía que Dumbledore también las rompería si tuviera la oportunidad.

—De acuerdo —accedió.

—No se desanime —la alentó—. Encontrará la forma de marcharse a casa.

—Y así dejaré de arruinar las cosas —musitó Amelia sombríamente—. Lo más probable es que mi sola presencia en el pasado haya cambiado algunas cosas.

Dumbledore la miró pensativamente durante unos segundos antes de responder.

—¿Y no ha pensado, señorita Adams, que los hechos de su futuro son en realidad las consecuencias de su intervención en el pasado?

Sí, lo había pensado, y era una opción que no le gustaba demasiado. Aquella idea la había torturado noches enteras impidiéndole conciliar el sueño. ¿Acaso era ella la culpable de que ahora ya no tuviera familia?


N/A: Se dice en los libros que en el Ministerio, para la comunicación interdepartamental, se usan los memorándum, aviones de papel de color violeta claro con el sello del Ministerio de Magia a un lado. En el pasado, se usaban lechuzas, pero dejaban todo lleno de excrementos. Supuse que en la época en que se desarrolla esta historia aún se utilizaban lechuzas.

N/A 2: En este capítulo menciono al profesor Kettleburn. He aquí una breve información sobre él:

‹‹Silvanus Kettleburn era el profesor de Cuidado de Criaturas Mágicas durante prácticamente todo el siglo XX hasta 1993, cuando se retiró para pasar tiempo con «los miembros que le quedan». Hagrid tomó el relevo ese año. Kettleburn tenía fama de profesor imprudente. Tendía a subestimar los riesgos relacionados con el cuidado de criaturas. ››

No sé si estáis al tanto de las novedades de Pottermore, pero J.K. Rowling nos reveló más sobre este excéntrico profesor. Si os interesa, podéis echarle un vistazo a la web de Pottermore o al diccionario. org.

N/A 3: Sobre el pergamino en el que se muestran las reliquias de los fundadores, me inspiré en una escena del trailer oficial de una película fan llamada "Voldemort: Origins of the Heir".

Contadme en un review qué os ha parecido este capítulo. Espero que os haya gustado tanto como a mí me ha gustado escribirlo.