Canciones recomendadas:
The Witching Hour – Peter Gundry
Call From A Rising Memory - Diabulus In Musica
Meeting Tom Riddle – Harry Potter and the Chamber of Secrets Soundtrack
Capítulo VI
Little Hangleton
.
Tus palabras no tienen sentido
mientras el dolor llena el vacío.
Palabras huecas ya no harán daño.
Te arrepentirás por cada vida que has destruido.
Culpar al mundo entero nunca te hará más fuerte.
Victims of contingency – Epica
.
Eran las tres de la madrugada cuando Tom abrió los ojos repentinamente. Había soñado con Amelia, otra vez. Su mirada vagó por la habitación, deteniéndose repentinamente en un punto en específico.
Era ella, mirándolo fijamente. Estaba completamente seguro.
Su mano viajó con rapidez hasta la mesita de noche, en busca de su varita. Cuando la tuvo en la mano apuntó hacia la figura y lanzó el primer hechizo que se le ocurrió. Se levantó de la cama y se acercó hasta el lugar, sin saber con certeza lo que esperaba encontrar. Pero ahí no había nada más que la cortina que se movía levemente a causa del viento que se colaba por la ventana mal cerrada. Había una quemadura en la tela, en el lugar donde había impactado el hechizo.
Claramente, su mente le había jugado una mala pasada, confundiendo la cortina en movimiento y haciéndole creer que era Amelia quien lo vigilaba desde las sombras, acechándolo. Se sintió estúpido por dejar que un maldito sueño —o más bien una pesadilla— le afectara tanto. No podía estar constantemente pensando en ella, paranoico, preguntándose si era verdad que su fantasma le perseguía, tratando de vengarse de él y queriendo trastornarlo hasta la locura con aquellas alucinaciones.
Sin embargo, había otro pensamiento —más racional, en su opinión— que le rondaba la mente durante las últimas semanas, siendo la principal causa de las pesadillas y, aunque no lo quisiera admitir, preocupaciones. ¿Podría Amelia haber sobrevivido a la caída del acantilado?
-o-
Eran las tres de la madrugada cuando Amelia abrió los ojos repentinamente, alertada por un fuerte dolor en la mano izquierda, unida a una extraña humedad. Estiró la otra mano para tomar su varita y encender las velas con un hechizo. Se incorporó levemente y esperó unos segundos a que sus ojos se acostumbraran a la claridad. Entonces levantó la mano hasta la altura de los ojos y la miró. La herida ya casi curada había vuelto a abrirse y no paraba de sangrar.
Abrió el cajón de la mesita de noche y sacó una botellita de esencia de díctamo. Observó con cierta preocupación la herida de su mano, ocasionada por la maldición que protegía la diadema de Ravenclaw. El día en que había hablado con Dumbledore, él había estado interesado en verla para conocer el daño causado. Le explicó que lo más probable era que, a pesar de que la herida fue producida por magia oscura, no habría secuelas. Sin embargo, lejos de tranquilizarla, también le recomendó estar atenta ante cualquier cambio, pues podría haber una maldición latente.
Amelia echó en la herida unas gotas de esencia de díctamo y esperó a que el humo verdoso que acababa de aparecer se disipara, dejando a la vista la nueva capa de piel que acababa de formarse. Esperaba, por su bien, que el hecho de que la herida volviera a sangrar no significara ese cambio del que le previno Dumbledore.
-o-
Agosto empezó y con ello el último mes de trabajo en Flourish & Blotts para Amelia, pues el encargado sólo la había contratado mientras durasen las vacaciones.
Aquel nuevo mes estaba resultando algo complicado para la joven, pues, al estar cerca el inicio del nuevo curso, veía llegar a la librería a varios estudiantes que reconocía de Hogwarts. Claro está que eran de cursos inferiores, pero tuvo especial cuidado cuando vio a un par de alumnos de Slytherin de sexto año —que ahora eran de séptimo— y que los había visto en la reunión de los mortífagos tras el ataque hacia Anna y Daniel. No sabía lo que Tom podría haberles contado a los demás sobre ella, pero en el momento en que vio a aquellos dos chicos entrar en la librería, Amelia se escabulló entre las estanterías y no salió hasta que no estuvo segura de que ellos ya se habían marchado.
Estaba corriendo un riesgo al estar cada día yendo y viniendo por el Callejón Diagon y trabajando en la librería, por lo que se sintió más tranquila en su siguiente día libre. Lo aprovechó para salir al Londres muggle y dirigirse hasta la hemeroteca, dispuesta a buscar algo sobre la familia Riddle. Si Dumbledore no quería contarle nada al respecto, tendría que averiguarlo ella por su cuenta.
Hojeó cientos de periódicos en sentido cronológico inverso cada vez con más desgana, sin hallar nada. Entonces, después de algunas horas, encontró por fin lo que buscaba.
.
Terror en Little Hangleton
Un escalofriante suceso asoló la tranquila localidad de Little Hangleton. En la lujosa mansión situada en la ladera de una de las colinas que rodean al poblado, se descubrió un hecho estremecedor. Los tres miembros de la familia Riddle, propietarios de la casa señorial, aparecieron muertos en extrañas circunstancias. Los cuerpos fueron descubiertos por una empleada de la casa, al entrar en el comedor por la mañana. Se sospecha que fueron envenenados, pero aún se espera a que se dictamine la causa oficial de la muerte. Por lo pronto, la policía ha arrestado a Frank Bryce, el jardinero de los Riddle, hasta ahora el único sospechoso.
.
Asombrada por lo que acababa de encontrar, Amelia anotó en un pergamino los datos más relevantes y, tras mirar el reloj, se dio prisa en regresar al Callejón Diagon, a la redacción de El Profeta, y pidió ver algunos viejos periódicos. Conociendo la fecha del suceso, mencionó el período de tiempo que le interesaba ver y el encargado le dio el archivador en el que buscar. Éste era enorme y pesado, lo llevó con dificultad hasta una mesa alejada y se enfrascó en la búsqueda de información. Revisó los periódicos de la misma semana en que salió la noticia de los Riddle en el periódico muggle y se encontró con un artículo pequeño, casi al final de la página y que podría pasar fácilmente desapercibido.
.
Encarcelado en Azkaban un mago por asesinar a tres muggles
Hace unos días se cometió un triple asesinato en la pequeña localidad muggle de Little Hangleton. El autor confeso del crimen, Morfin Gaunt, fue condenado a cadena perpetua en Azkaban.
.
Amelia anotó aquellos datos más en su pergamino, devolvió el archivador y regresó a su habitación del Caldero Chorreante. Durante toda la noche no dejó de pensar en lo que había descubierto y en lo que Tom le había dicho meses atrás sobre el anillo que poseía, el cual era ahora su nuevo horcrux.
«—Este anillo perteneció un día a Cadmus Peverell, y llegó hasta Marvolo Gaunt, mi abuelo. Ahora me pertenece a mí. Como debes saber, los Gaunt somos descendientes de Slytherin.»
Sabía que Tom no le había mentido cuando le habló de su linaje, pero Amelia tenía la necesidad de corroborar aquel dato y al día siguiente, cuando fue a trabajar a Flourish & Blotts, lo primero que hizo fue buscar un libro de genealogía mágica. Cuando lo encontró, se apresuró en buscar el apellido Gaunt. Sabía lo que iba a encontrar y por ello no se sorprendió cuando lo hizo. En el libro figuraba que los Gaunt eran la única rama descendiente de Salazar Slytherin.
Teniendo aquella información en sus manos, Amelia estaba casi segura de que el anillo estaba escondido en Little Hangleton. Teniendo una certeza por primera vez en mucho tiempo, no paró de pensar en ello en toda la mañana, esperando con ansias a que su jornada terminara.
Por la tarde, Amelia se apareció en las afueras de Little Hangleton. Había visto una fotografía general del pueblo en el periódico muggle que había consultado, por lo que tenía una imagen fiable a la que aferrarse para realizar con éxito la aparición.
Little Hangleton era un pueblo pintoresco, con cierto encanto. En la ladera de una de las colinas que rodeaban al poblado se podía divisar la que sin duda era la mansión Riddle. La joven caminó por la callejuela principal, rumbo a la gran casa. Casi llegando al final de la calle se topó con El Ahorcado, la taberna del pueblo. Se detuvo por un instante, preguntándose si ahí podría averiguar algo sobre lo que había sucedido dos años antes. Algo más de lo que decían los periódicos.
Decidida, Amelia entró en la taberna y se acercó a la barra. A esa hora de la tarde el lugar estaba casi desierto, a excepción de un par de personas sentadas al fondo del lugar y del tabernero, quien posó sus ojos en ella con desconfianza. La joven lo saludó de manera educada y se detuvo frente a él.
—Estoy de visita por el pueblo —le explicó y luego agregó con una pequeña sonrisa—, es un lugar realmente encantador.
—No es muy común ver forasteros por aquí —comentó el muggle sin un ápice de amabilidad.
Amelia, algo decepcionada por no lograr que el hombre empezara a dejar a un lado su desconfianza y hablara, probó de nuevo.
—He visto la mansión de la colina, es imponente. ¿Quién vive ahí? —preguntó con curiosidad.
El tabernero no dijo nada al principio, pero luego frunció los labios y se encogió de hombros.
—Ahora está vacía. Dicen que alguien la compró, pero aún no hemos visto a nadie instalarse ahí.
—¿Y qué pasó con los anteriores propietarios? —preguntó Amelia.
—Es una historia desagradable —dijo él, cortante—. Deberías dejar el asunto.
—Fueron asesinados —habló un hombre detrás de Amelia. El tabernero puso los ojos en blanco y suspiró con cansancio.
La joven se sobresaltó y se dio la vuelta, alejándose instintivamente. Frente a ella estaban una mujer y un hombre de mediana edad, al parecer eran las personas que se encontraban al fondo de la taberna cuando Amelia entró en el lugar.
—Oh, Dot, ya has asustado a la pobre muchacha —expresó la mujer, reprendiendo al muggle. A él no pareció importarle.
—Es lo que sucedió —continuó él—. Los mató el jardinero, Frank Bryce.
—Frank no me agrada —opinó el tabernero—, pero la policía lo soltó por falta de pruebas. No podemos asegurar nada.
—Insisto en que él no es culpable —expresó la mujer, tozudamente—. Bien pudo haber sido el Gaunt que quedaba, como represalia por lo que sucedió con su hermana hace años.
Amelia, sorprendida por la acertada deducción de la mujer, no perdió la oportunidad para preguntar más sobre el tema.
—¿Gaunt? —preguntó.
—Ya empezamos de nuevo —gruñó Dot y se dejó caer en una silla cercana. La mujer lo ignoró y procedió a contarle a Amelia lo que sabía.
—Los Gaunt fueron una familia bastante rara, vivían por la zona, en una cabaña alejada —empezó. Daba la impresión de que se moría de ganas por contar aquella historia a cualquiera que quisiera escucharla.
—¿Rara? —cuestionó el tabernero, en un tono bastante sarcástico—. Los Gaunt estaban locos y todos lo sabíamos.
—El hecho es que la chica Gaunt, Merope, se enamoró de Tom, el hijo de los Riddle, que estaba comprometido con Cecilia Hartford, una muchacha de Londres, de familia aristocrática—continuó la mujer con los ojos bien abiertos de la emoción. Hizo una pausa antes de componer una expresión de incredulidad para después proseguir con su relato—. Y no entiendo por qué, pero el joven Tom Riddle se fugó con la andrajosa Merope. Pero la abandonó cuando supo que estaba embarazada.
»La que fue cocinera en la mansión vino a contarnos que él había regresado de Londres fuera de sí, no paraba de repetir que había sido hechizado por Merope, que ella era una bruja y que lo había engañado vilmente. La odiaba, pues por su culpa había perdido a Cecilia —la mujer suspiró y compuso una sonrisa triste—. No puedo evitar sentir pena por los dos. Parecían felices cuando los veía juntos. Si no fuera por Merope…
—Ya qué más da —soltó Dot, con evidente malhumor—. Nos hemos librado de unos vecinos espantosos.
—Eres terriblemente insensible —se quejó la mujer—, nadie diría que somos hermanos.
—¿Alguien cuida la mansión Riddle? —quiso saber Amelia.
—Frank, el jardinero, sigue viviendo en una cabaña en los terrenos de la mansión —respondió la mujer.
—¿Y la cabaña de los Gaunt? —preguntó la joven.
—Está deshabitada —gruñó Dot frunciendo el ceño— No estarás pensando en visitar esos lugares, ¿verdad?
Amelia se encogió de hombros.
—Solo es curiosidad. ¿Cómo llego a la cabaña de los Gaunt?
—Vamos, yo te lo explico —indicó la mujer, cogiéndola del brazo y llevándola hasta la puerta de salida—. Aunque te advierto que dicen que en esos sitios hay fantasmas.
Salieron a la calle y la mujer le dio algunas instrucciones señalando las calles y las colinas. Amelia asintió, agradeciéndole la información y se marchó calle arriba, rumbo a la colina.
Minutos más tarde, Amelia alcanzó la mansión. Evitó la cabaña del jardinero y rodeó la casa grande, mirando con atención todo lo que la rodeaba, buscando un posible punto para esconder algo. Sacó la varita y murmuró un hechizo para detectar algún rastro de magia en el lugar, pero por lo pronto no había resultados.
Encontró la puerta trasera y la abrió con un sencillo Alohomora. Entró en la cavernosa cocina y lanzó un hechizo para saber si había alguien en la casa y luego volvió a lanzar el hechizo para detectar magia reciente. Salió de la cocina y recorrió el vestíbulo con cierta incomodidad. Había una extraña sensación en el ambiente, como si alguien la estuviera vigilando.
—Homenum revelio —volvió a susurrar, pero nada ocurrió.
Miró a su alrededor y se dirigió hasta el comedor. El salón estaba a oscuras, las pesadas cortinas estaban cerradas y los muebles estaban cubiertos con grandes telas blancas, protegiéndolos del polvo. Bajo la pálida luz del Lumos de su varita, todo parecía estar envuelto en un aura fantasmal, unido a la extraña sensación de angustia que parecía flotar en el ambiente. Amelia se concentró en buscar algún sitio donde Tom podría haber escondido el anillo, pero no era fácil, había cientos de escondrijos perfectos. El hechizo detector de magia no era infalible y el anillo bien podía estar escondido en un sitio indetectable. Pero no perdía nada en intentarlo.
Abandonó el salón comedor y regresó al vestíbulo. Subió por la escalera para acceder al piso superior, con su sombra proyectada en la pared como única compañía. Entonces, al llegar al rellano del primer piso y girar a la derecha, hacia el pasillo, vio una figura blanquecina atravesar una puerta cerrada. Amelia se detuvo de repente, algo inquieta. Tras lo que había sucedido en aquella casa era lógico esperar que hubiera fantasmas. Había convivido con varios en Hogwarts sin problemas y sabía bien que no representaban amenaza alguna, por lo que no había nada de lo que preocuparse.
Respiró hondo y se dirigió hacia la habitación del fondo del pasillo. Cuando entró, dentro no había ningún fantasma. Algo más aliviada, buscó el anillo por los rincones, sin éxito. Mientras volvía al pasillo para seguir subiendo las escaleras rumbo a las demás habitaciones, no podía evitar pensar en que si hablara con los fantasmas, podría averiguar lo que había sucedido aquel fatídico día. Sin embargo, bien sabía que los fantasmas eran sumamente esquivos.
En el piso superior, en la que probablemente fue la habitación del hijo de los Riddle, encontró algunas fotografías dentro del cajón de la mesita de noche. Amelia proyectó el haz de luz de la varita sobre las imágenes y las observó con atención. En todas podía ver a una joven pareja —podía adivinar que se trataba de Cecilia Hartford y Tom Riddle— en diferentes situaciones: en un baile, en un lujoso salón, de paseo por Londres, o sobre majestuosos caballos a punto de salir a cabalgar por Little Hangleton, con la vista de la mansión de fondo. En todas las escenas había un elemento en común: la felicidad de sus protagonistas. Ella, Cecilia, siempre aparecía con una radiante sonrisa en el rostro; él, Tom, se parecía demasiado al Tom Riddle que Amelia conocía. La gran diferencia estaba en la expresión de su rostro. El Tom de la foto tenía algo que su hijo no poseía: una sonrisa sincera y amor en la mirada. Se podía ver que estaba profundamente enamorado de la joven que tenía a su lado. Amelia no pudo más que corroborar las palabras que la aldeana le había dicho en la taberna.
Amelia dejó las fotos en su sitio y siguió buscando en las demás habitaciones de la casa. Para cuando terminó el registro, ya faltaba poco para que el sol empezara a ocultarse. Cuando bajó las escaleras, no pudo evitar echar una última mirada hacia el vestíbulo, con cierta sensación de tristeza por la historia que encerraban aquellas paredes. Se marchó por donde había venido, pensando en que si el anillo no estaba ahí, bien podía estar en la cabaña de los Gaunt. Lo había intentado todo, incluso llamarlo mediante un Accio, pero nada había dado resultado.
Bajando por la ladera de la colina divisó la cabaña del jardinero y muy cerca de la puerta estaba un hombre quitando las malas hierbas del jardín. Suponía que se trataba de Frank Bryce. Dudó entre si debería acercarse o no. Al final decidió dar un pequeño rodeo y aproximarse a la cabaña, como si estuviera subiendo desde el pueblo, pues no quería que él supiera que ella había estado en la mansión.
Frank Bryce levantó la mirada al oír pasos acercarse y al verla se enderezó, mirándola con extrañeza. Dio un par de pasos hacia ella dejando en evidencia que tenía una pierna rígida. Parecía ser aún joven, no aparentaba tener más de treinta años, aunque la expresión ceñuda del rostro le daba más años.
—¿Necesita algo? —le preguntó con cierto tono hostil.
Amelia pensó que la amabilidad no parecía ser un rasgo distintivo de los habitantes del pueblo. Sin embargo, comprendía a la perfección el recelo que sentían ante los forasteros, de quienes no sabían si fiarse.
—Soy una visitante —se presentó al detenerse a un par de metros de distancia—. En el pueblo me han contado la historia de la mansión y subí para verla.
—Y también le han hablado de mí, ¿cierto? —quiso saber el hombre sin dejar de lado su hostilidad. Amelia, con cierta incomodidad, asintió—¿Le contaron que aún creen que soy culpable?
—¿Y lo es? —le preguntó Amelia tratando de transmitir tranquilidad.
Frank Bryce suspiró con cansancio, entonces negó con la cabeza. Tenía una expresión de derrota.
—No dejaré de repetir que yo no tuve nada que ver —habló algo más sosegado—. Pero cuando una idea se les mete en la cabeza a esta gente, no hay nada que hacer.
—Entiendo —dijo la joven. Dio un paso hacia adelante y volvió a detenerse—. Y aquel día, ¿no vio nada extraño? Alguna persona del pueblo o de los alrededores. Alguien desconocido. Algo fuera de lo normal.
—¿Por qué ese interés en esta historia? —Bryce parecía contrariado.
—Me gusta resolver misterios —respondió encogiéndose de hombros—. Y al parecer este caso sigue abierto, ¿o me equivoco?
Él simplemente volvió a negar con la cabeza.
—Solo quiero mantenerme alejado de esto. Bastante he tenido que soportar con todo este asunto.
—De acuerdo —asintió Amelia algo decepcionada—. Lamento haberlo molestado.
Iba a darse la vuelta para marcharse, pero la voz de Bryce la detuvo.
—Lo dije en la comisaría, lo único extraño que vi fue aquel muchacho que nadie más en el pueblo vio y por lo tanto creen que me lo inventé.
—¿Qué muchacho? —preguntó ella con extrañeza.
—Era un joven de pelo oscuro, vestía una larga capa negra. Lo vi la noche del asesinato, subiendo por la colina hacia la mansión —le contó sombríamente. Entonces miró hacia la casa grande— Tenía cierto parecido con el hijo de los Riddle.
Amelia comprendió entonces que el Ministerio se había equivocado y Morfin Gaunt no era el asesino de los Riddle. El verdadero culpable era Tom. Sabía que Voldemort no tenía escrúpulos, pero fue aterrador llegar a la conclusión de que Tom había acabado con la vida de su propio padre y sus abuelos. Sin embargo, nada relacionado con Tom debería sorprenderla.
Aún con cierta sensación de malestar, Amelia se despidió de Frank Bryce y se marchó colina abajo, rumbo a la cabaña de los Gaunt. Cuando la alcanzó se quedó mirándola por algunos segundos. La pequeña y ruinosa casa era de piedra, tenía las paredes cubiertas de musgo y la ortiga que crecía alrededor alcanzaba las sucias ventanas.
Faltaba relativamente poco para el anochecer, por lo que Amelia se dio prisa en entrar a la casa. Conjuró un Lumos y, una vez dentro, recorrió con la mirada el mugriento salón. Caminó lentamente, iluminando con la varita cada rincón del lugar y buscando el anillo en cualquier posible escondrijo.
Había una sensación opresiva en aquel ambiente. Amelia tenía ganas de terminar el registro lo más rápido posible para poder marcharse. La angustia y la desesperanza parecían ser parte de los cimientos de aquella morada.
Dentro había vivido una familia mágica, por lo que utilizar el hechizo para detectar restos de magia podría no ser de mucha ayuda. Sin embargo, lo intentó. Recorrió las tres habitaciones de la casa, cada una más mugrienta que la anterior, sin éxito en encontrar el anillo.
Cansada, abandonó la casa y cerró la puerta tras ella. Se alejó del lugar y fijó su mirada en el valle que se extendía frente a ella. El sol estaba a punto de desaparecer por completo del horizonte y los últimos rayos de sol del día iluminaban el pueblo dándole una peculiar calidez. Era una imagen preciosa.
Con aquella vista de Little Hangleton, Amelia desapareció del lugar, rumbo al Callejón Diagon.
-o-
Continúan las búsquedas de los desaparecidos
El Ministerio de Magia continúa con las búsquedas sin resultados positivos. Por el momento, no hay rastro de las brujas y los magos que desaparecieron en el condado de Gloucestershire.
Según varios testigos, los seguidores de Grindelwald que permanecen fugados han sido vistos por la misma zona y se cree que pueden estar escondiéndose en el Bosque de Dean. Los aurores opinan que ellos son los causantes de las desapariciones.
Por el momento, ningún mago oscuro ha sido capturado por la zona.
.
Amelia dejó el periódico en la mesa de su habitación, suspirando levemente y pensando en la noticia que acababa de leer. No se hablaba de otra cosa aquellos días. William, el encargado de Flourish & Blotts, se mostraba preocupado, ya que tenía familia por la zona de las desapariciones y temía por ellos. En el Caldero Chorreante, muchos comentaban que los seguidores de Grindelwald se estaban preparando para atacar a Dumbledore. Pero todos estaban de acuerdo en que los aurores los atraparían más pronto que tarde.
Con una mirada de ligera culpa, Amelia observó la carta que reposaba al lado del periódico. Era de Paul. La cogió y volvió a leerla, preguntándose si era correcto responder.
.
Amelia,
No logré encontrarte en el Expreso de Hogwarts ni en King's Cross. Habría querido despedirme personalmente y desearte buena suerte en el viaje que me contaste que emprenderías. ¿Qué lugares estás visitando? ¿Planeas volver a Londres pronto? Si es así, me encantaría verte.
Yo empezaré a trabajar en el Ministerio, en el Departamento de Aplicación de la Ley Mágica. Estaré en el escalón más bajo de la jerarquía del Departamento, pero no te negaré que estoy sumamente emocionado ante esta oportunidad.
Espero que estés pasando una estancia agradable en Escocia.
Paul.
.
Amelia guardó la carta en su baúl, rechazando por el momento la idea de responder a la misiva. Le había mentido a Paul, diciéndole que estaría viajando por Escocia y ahora guardaría silencio, no quería que nadie tuviera noticias suyas. Al menos no todavía. Cualquier cosa podría llegar a oídos de Tom y no quería correr ningún riesgo.
Cerró el baúl y se dirigió hasta la cama, donde reposaba una túnica muy elegante que había conseguido en el Callejón Diagon. La dependienta de Madame Malkin había accedido a prestársela por unos pocos galeones, con la condición de no dañarla y devolvérsela a más tardar a la mañana siguiente. Amelia solo la necesitaba por una hora, de modo que no había problema.
En la mesita de noche tenía la poción multijugos que Isobel le había dado y junto a ella un vaso vacío y, envueltos en un pañuelo, algunos cabellos procedentes del abrigo de una mujer muggle con la que se había topado en el ajetreado Londres muggle.
Amelia se vistió cuidadosamente, se arregló el cabello recogiéndolo en un elegante moño y se preparó mentalmente para tomar la poción. Decidió utilizarla en dos ocasiones, pues en la botellita no parecía haber más que dos tragos, por lo que vertió la mitad en el vaso vacío y echó dentro uno de los cabellos. Al instante, la pócima adquirió un suave tono marrón. La joven respiró hondo y tomó el contenido del vaso. La poción sabía terriblemente mal, pero no era tan repulsiva como había leído que podía ser. Sintió un extraño hormigueo en todo el cuerpo y cerró los ojos, esperando a que aquella molesta sensación parara. Los abrió escasos segundos después, cuando todo pasó. Se miró al espejo y una mujer de cuarenta años le devolvió la mirada. Vestida con aquella túnica parecía una aristocrática sangre pura.
Guardó bien lo que quedaba de la poción sin usar y se marchó al Callejón Knockturn. No podía evitar sentirse tremendamente nerviosa mientras caminaba por el callejón, dirigiéndose hasta un establecimiento en particular. Durante las tardes de la semana pasada había vigilado a Tom y lo había visto salir al Londres muggle en algunas ocasiones. Al regresar, él solía traer consigo pequeñas cajas de madera que, al volver a su puesto en Borgin & Burkes, entregaba a su jefe.
Amelia imaginaba que existía un motivo oculto por el cual Tom quisiera trabajar en aquel negocio. Se suponía que ahí vendían y compraban objetos de gran valor, casi siempre relacionados con las artes oscuras. ¿Era ahí donde Tom conseguiría las restantes reliquias?
La joven llegó a Borgin & Burkes y, antes de atreverse a entrar, miró a través del cristal del escaparate. No veía a Tom por ningún lado y nadie estaba detrás del mostrador. Entonces se acercó a la puerta y la abrió, componiendo una expresión de seguridad absoluta en el rostro, aunque no era capaz de acallar los fuertes latidos de su corazón que le recordaban lo nerviosa que estaba. La campanilla sonó anunciando su llegada y Amelia entró en la tienda aparentemente vacía. Observó con curiosidad los objetos que la rodeaban, dispuestas en vitrinas. Entonces oyó unos pasos que venían desde la trastienda y frente a ella apareció el jefe de Tom, el señor Burke.
—Buenas tardes, madame —la saludó cortésmente, con una leve inclinación de la cabeza— ¿Busca algo en particular? ¿O prefiere que le enseñe los objetos más extraordinarios de la tienda?
—Sí, busco algo —respondió con la voz ligeramente temblorosa. Caminó hasta el mostrador y cuando volvió a hablar lo hizo con más confianza—. Desearía coleccionar objetos que pertenecieron a los fundadores de Hogwarts.
El señor Burke levantó las cejas en señal de sorpresa.
—Objetos así no se ven todos los días —comentó él—. Es más, diría que es imposible conseguirlos.
—Qué decepción —musitó Amelia recorriendo con la mirada la vitrina que tenía a su derecha, esforzándose por interpretar un papel—. Tendré que buscar en otro sitio estos tesoros con los que decorar los salones de mi castillo.
Su comentario tuvo el efecto deseado. El señor Burke abrió los ojos con más interés, creyendo seguramente que ella era dueña de una gran fortuna y por lo tanto tenía la posibilidad de desembolsar tanto oro como quisiera con tal que conseguir las preciadas reliquias.
—Bueno, si esos objetos son tan importantes para usted... —empezó el señor Burke.
—¿Podría tratar de conseguirlos? —quiso saber Amelia, esperanzada, metida de lleno en su papel— Supongo que usted, teniendo un negocio tan magnífico como éste, tendrá una serie de contactos que podrían serle de utilidad para conseguir objetos de valor.
—Por supuesto —asintió con orgullo—. Le contaré un secreto, madame. Una vez tuve en la tienda una reliquia de los fundadores, el medallón de Slytherin, para ser más preciso. Lo vendí hace mucho.
—¿Quién lo compró? —preguntó Amelia con genuina curiosidad.
—Eso no puedo decírselo, madame, usted entenderá que debo guardar en secreto la identidad de mis clientes.
—Por supuesto. Lo entiendo perfectamente —asintió la joven.
—Quisiera volver a tenerlo en la tienda, pues es una pieza única —habló el señor Burke—. Y si usted desearía comprarlo...
—Desde luego —se apresuró en contestar.
—Veré qué puedo hacer. Hablaré con el comprador y veré si accede a venderlo. Le adelanto que el medallón no será nada barato.
—El oro no es ningún problema —respondió Amelia fingiendo despreocupación. El señor Burke sonrió satisfecho.
En ese momento la puerta se abrió haciendo que la campanilla tintineara. Amelia se tensó instintivamente. Oyó pasos detrás de ella, acercándose cada vez más. El señor Burke desvió la mirada hacia el recién llegado y luego volvió a mirarla.
—Discúlpeme un momento, madame —se excusó, alejándose un par de pasos hacia el otro mostrador.
Amelia asintió y contuvo la respiración. Una figura pasó por su lado y se detuvo muy cerca. La joven se atrevió a mirarlo. Desde que había llegado sabía ya quién era.
Tom Riddle le devolvió la mirada, indiferente. Sin embargo, la saludó con cortesía y luego entregó al señor Burke la delgada caja de madera que había traído consigo. Éste la abrió y sacó de su interior una antigua daga con extrañas inscripciones en la hoja. La giró entre los dedos, examinándola brevemente, y luego la guardó de vuelta en su caja.
—Excelente, Tom —lo felicitó—. Ahora ve al estudio y compárala con las restantes, estoy seguro de que es la daga que falta en la colección.
Amelia, tranquilizándose porque obviamente Tom no tenía ni la más remota idea de quién era ella realmente, lo siguió con la mirada mientras se dirigía a la trastienda y desaparecía de su vista. El señor Burke volvió a acercarse, deteniéndose frente a ella.
—Bien, madame, contactaré con usted en cuanto obtenga una respuesta favorable por parte de mi cliente —abrió una de las puertas del mueble que tenía al lado y sacó un grueso libro. Lo puso en el mostrador y lo abrió. Parecía ser un libro de notas. Dio vuelta a las hojas con rapidez y se detuvo en una hoja en blanco—. ¿Cuál es su nombre, madame?
Amelia dudó durante un momento antes de tomar una resolución.
—Preferiría pasar por aquí, si no le molesta. Suelo venir seguido al Callejón Diagon.
—De acuerdo, como usted prefiera —respondió el señor Burke cerrando el libro de notas y devolviéndolo a su lugar—. Le adelanto, madame, que la negociación con mi cliente puede tardar un poco y no le aseguro que acceda a vender el medallón.
—No hay problema. Tómese el tiempo que considere necesario.
-o-
Aquella noche, Amelia no dejó de pensar en el medallón de Slytherin y en el libro de notas del señor Burke. Iba a anotar ahí su nombre, lo lógico era pensar que también estaba escrito ahí el nombre de la persona que había comprado el medallón. Y también era lógico suponer que Tom ya había revisado ese libro con anterioridad. Lo que significaba que posiblemente ya sabía dónde se encontraba la reliquia y que quizás ya la tenía en su poder. Solo quedaba regresar a la habitación de Tom lo más pronto posible.
Por eso, a la tarde siguiente, decidió que era el momento. Vigiló a Tom y vio que aquel día su rutina no sería tan distinta de la que ya conocía. Tenía varias horas hasta que él volviera al Caldero Chorreante. Por lo que al regresar a la taberna, subió al piso de las habitaciones, pero en lugar de dirigirse a la suya, tomó el pasillo de la derecha y caminó hasta la última puerta. La abrió con un Alohomora y, como la anterior vez que estuvo ahí, anuló los hechizos de protección, pero no logró anular el hechizo que impedía la aparición. Claramente necesitaba practicar más.
Buscó el medallón de Slytherin por toda la habitación, pero no había rastro de él. Tom podría haberlo escondido en otro sitio o quizás ni siquiera lo había encontrado aún. Sin embargo, en el baúl, halló una pequeña cajita y Amelia tuvo la certeza de que era la misma que Isobel había visto en manos de Malfoy y Avery, tratando de enterrarla en el bosque. La abrió, conteniendo la respiración y no pudo evitar sonreír triunfalmente al ver que, tal y como había imaginado, la cajita contenía el anillo de Tom, la reliquia de los Gaunt, y que ya era un horcrux, según le había dado a entender él mismo en Hogwarts.
Recordando la dolorosa experiencia al tratar de tocar la diadema de Ravenclaw, esta vez tuvo más cuidado y anuló los hechizos que protegían el anillo. Entonces lo tomó entre sus dedos y, como nada ocurrió, lo guardó en el bolsillo interior de la túnica, dejando la cajita vacía de vuelta en el baúl. Entonces fijó su atención en el cofre que contenía la diadema y lo cogió. Pero en ese preciso momento, la puerta de la habitación se abrió bruscamente y Tom apareció en el umbral, con la varita fuertemente sujeta en la mano.
Amelia se levantó rápidamente, sin soltar el cofre ni la varita. El silencio los envolvió durante unos pocos segundos en los que ninguno se atrevió a moverse. Se dedicaron a mirarse fijamente, con la tensión flotando en el ambiente. Al final, Tom rompió la quietud del momento. Dio un paso al costado y cerró la puerta tras él. Amelia lo miró desafiante.
—Te ves demasiado viva para ser un fantasma —comentó él con ironía.
Amelia simplemente sonrió con arrogancia.
N/A: Ya era hora del tan ansiado/temido encuentro entre Amelia y Tom, ¿no os parece? ¿Qué creéis que puede pasar de ahora en adelante?
Ya sabéis, los reviews son la mejor manera de saber si os ha gustado. Espero que sí :)
Victoria.
