* Para mi querida Mag :) *


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Capítulo VII

El águila y la serpiente

.

Sé por qué estás aquí.

No trates de escapar, querida,

sé que has sido muy mala

intentando robar algo que me pertenece.

.

Dance with the dragon (feat. JP Leppäluoto) - Dark Sarah

.

El rostro de Amelia, que al principio reflejaba arrogancia, ahora demostraba su desconcierto.

—¿Te preguntas cómo es que estoy aquí? —le preguntó Tom.

Ella no respondió, pero se esforzó en mantener una expresión neutral. Sin embargo, Tom siguió hablando.

—Empecé a sospechar que seguías viva desde el día en que alguien entró en mi habitación y tratara de llevarse la diadema de Ravenclaw —esbozó una sonrisa maliciosa—. Con tu sangre, hiciste que la protección se fortaleciera. Y en lugar de llevarte la reliquia, te fuiste con una maldición. Por cierto, Amelia, esa herida no cerrará. Cada vez tardarás más en cortar la hemorragia y llegará un día en que ni siquiera el díctamo podrá ayudarte.

—Encontraré el antídoto —le aseguró Amelia.

Tom sonrió con burla.

—No lo hallarás porque no existe.

—Entonces inventaré uno.

—Tu determinación es admirable —la elogió—. Pero llega a cansar cuando se trata de tu particular cruzada contra mí. Has sabido esconderte muy bien, vigilándome desde las sombras, pero has cometido un error al regresar aquí. No debiste hacerlo. Tenías la oportunidad de olvidar tu misión suicida y vivir tranquilamente.

—Estás muy equivocado si crees que iba a rendirme —le soltó con dureza.

Amelia no cedió ante el avance de Tom hacia ella. Él se detuvo tras dar un par de pasos. Daba la impresión de que quería evitar tener que acercarse demasiado a ella.

—En el momento en que abriste esta puerta ya supe que estabas aquí. Déjame contarte cómo —empezó. Parecía disfrutar con la turbación de Amelia—. Una de las cosas interesantes de trabajar en Borgin & Burkes es la cantidad de objetos curiosos que hay en la tienda. Estoy seguro que, con la prisa que tenías hoy, no te diste cuenta de mi más reciente adquisición, la cual no estaba en tu anterior incursión a mi habitación.

Tom señaló la pared que tenía a su izquierda y Amelia miró hacia ese punto. Ahí estaba colgado un espejo sencillo y algo desvencijado. Volvió a mirar a Tom y vio como él sacaba del bolsillo de la túnica un espejo pequeño, igual de envejecido que el que colgaba de la pared. Entonces se lo enseñó a ella.

—Obsérvalo bien, Amelia, ¿qué es lo que ves?

Amelia, empezando a entender lo que sucedía, observó el espejo. No vio su rostro reflejado como era de esperar, si no la habitación de Tom desde el punto de vista del espejo de la pared, con ellos dos de pie frente a frente. Estaba claro que aquellos dos espejos funcionaban de manera similar a las modernas cámaras de vigilancia muggles de su época.

—Muy ingenioso —musitó entre dientes mientras Tom guardaba el pequeño espejo de vuelta en el bolsillo.

Él se veía satisfecho por haber logrado pillar in fraganti a Amelia. Pero de repente, su expresión se transformó. La miró con odio y levantó su varita de manera amenazante, pero firme. Amelia sabía que él no titubearía en lanzarle la maldición asesina en cualquier momento.

—Ahora, Amelia, vayamos a lo realmente importante. Tienes en tus manos algo que me pertenece —dijo él de manera severa—. Quiero que me lo devuelvas.

Amelia sabía que el cofre y la diadema estaban hechizados para no acudir ante la llamada de un hechizo convocador, por lo que ella tenía una pequeña ventaja respecto a eso. Si lograba salir de la habitación con la reliquia, podría desaparecer de inmediato y llevársela.

—Que te pertenece —repitió Amelia levantando las cejas—. Querrás decir que lo robaste. Pero si empezamos a hablar de a quién pertenece realmente la diadema, déjame decirte que me la podría llevar con tranquilidad. Que yo recuerde, el sombrero me puso en Ravenclaw y a ti en Slytherin. Comprenderás que tengo más derecho que tú en tenerla.

—No estoy para juegos, Amelia —soltó él sin moverse. A Amelia le pareció ver un destello rojizo en sus ojos.

—¿Tú crees que estoy jugando, Tom? —preguntó ella peligrosamente— ¿Crees en verdad que voy a entregarte este cofre? Tus malditas decisiones me arrebataron lo que más quería. Le arruinaste la vida a Anna Blunt y has intentado matarme. No permitiré que te salgas con la tuya. Juro que haré lo que sea para destruirte.

Amelia lanzó el primer hechizo, un Desmaius no-verbal que pretendía tomar por sorpresa a Tom, pero que sin embargo no tuvo el efecto deseado. Él lo desvió rápidamente y contraatacó casi en el mismo instante, pero falló por poco, pues su hechizo pasó rozando el hombro de Amelia.

Una sucesión de hechizos ofensivos y defensivos cruzaba sin tregua la habitación, destrozando muebles y paredes a su paso. Amelia intentaba por todos los medios alcanzar a Tom con algún maleficio y defenderse al mismo tiempo, pero él estaba siendo implacable. La consecuencia de todo aquello fue que hubo un hechizo que Amelia no logró desviar a tiempo. El rayo impactó en ella con fuerza, arrojándola contra la ventana que se encontraba detrás, haciéndola añicos. Amelia salió despedida hacia el tejado, envuelta en una lluvia de cristales rotos. Cayó al techo inclinado muy cerca del borde y apenas tuvo tiempo de sujetarse de él.

Inevitablemente, durante la caída, había soltado el cofre y su varita. Desesperada por encontrarlos, trató de enderezarse apoyándose con las manos y observó a su alrededor. Tom la miraba desde la habitación, atento a sus movimientos y preparado para seguir lanzando hechizos. El pequeño baúl reposaba cerca de Amelia, pero no había rastro de su varita. Podía haber caído al callejón o bien podría estar oculta entre las onduladas tejas. La necesitaba con urgencia para desaparecer tras tomar el cofre.

Amelia decidió lanzarse en pos de la diadema al mismo tiempo que Tom le enviaba un nuevo hechizo. No la alcanzó por poco, pero destrozó parte del tejado. Aquello le hizo perder el equilibrio y por poco cae, pero supo mantenerse en pie y volvió a tratar de alcanzar el cofre. Esta vez tuvo suerte. Con la reliquia en las manos intentó escapar. Trataría de encontrar su varita en su huida, pero si no la hallaba, correría por donde fuera hasta encontrarse lejos de Tom. Sin embargo, él se lo impidió. Amelia no había dado ni cinco pasos cuando de repente, los cristales rotos y los trozos de tejado se elevaron creando una barrera que le obligó a detenerse.

—Sabes que no tienes posibilidad de escapar, Amelia —la voz de Tom sonaba cercana. Claramente había bajado al tejado.

Ella miró hacia abajo, al callejón. Era un anexo del Callejón Diagon que en ese momento estaba casi vacío, exceptuando por los pocos curiosos que observaban la escena. Claramente eran los dueños de los negocios que habían salido a ver lo que sucedía en el tejado junto a algunos clientes. Amelia sabía que Tom jamás la atacaría mortalmente frente a tantos testigos, por lo que sopesó la posibilidad de saltar hacia abajo, al callejón, y escabullirse entre la gente.

—Devuélveme lo que me has robado —volvió a hablar Tom. Amelia se giró para verlo. Él le apuntaba con la varita.

La gente murmuraba observando lo que sucedía, pero a raíz de las palabras de Tom, una sola palabra empezó a repetirse entre susurros cada vez más altos: «Ladrona». «Es una ladrona». Aquello hizo que Tom esbozara una leve sonrisa burlona en el rostro. Amelia lo miró con odio. No permitiría que se saliera con la suya.

—Sabes perfectamente que solo estoy recuperando lo que es mío —dijo lo suficientemente alto como para que llegara a oídos de los que estaban abajo.

De repente, tres figuras aparecieron corriendo por el callejón, con varitas en mano. Los curiosos se apartaron rápidamente mientras que los recién llegados se acercaron hasta el punto donde estaban Amelia y Tom. Ninguno de los dos jóvenes apartó la vista del otro, ignorando deliberadamente lo que sucedía abajo.

—Somos aurores del Ministerio de Magia —habló un hombre, con voz alta y autoritaria—. Baja la varita, muchacho.

La expresión del rostro de Tom cambió. El odio dio paso a una indiferencia absoluta. Bajó la varita y al mismo tiempo los cristales y trozos de tejado que habían impedido el paso a Amelia cayeron al tejado.

—Muy bien. Ahora deben acompañarnos —volvió a hablar el auror—. Sigan a mi compañero.

Amelia estaba a punto de protestar, pero otro auror apareció en el tejado, saliendo por la ventana destrozada y caminando en dirección a ellos.

—La varita —pidió el mago a Tom, extendiendo la mano y esperando a que se la diera. Él accedió, sin embargo, Amelia podía notar su disconformidad, pero sabía bien que no era tan estúpido como para mostrarlo abiertamente en aquel momento. Entonces el auror se dirigió a Amelia— ¿Y la suya, señorita?

—No lo sé —respondió ella—. Al caer por la ventana la perdí.

El auror utilizó un encantamiento convocador para encontrar la varita y funcionó, pues ésta vino volando hasta su mano desde algún punto del tejado detrás de Amelia.

—Bien, vendrán conmigo al Ministerio —resolvió el mago.

—¿Esto es realmente necesario? —quiso saber Amelia. La situación no le hacía ni pizca de gracia— ¿No podemos resolver esto aquí?

—Es el procedimiento habitual, señorita —le explicó.

Sin decir nada más, Amelia y Tom siguieron al auror hasta la habitación y de ahí al pasillo. Abajo, en la taberna, se encontraron con los demás aurores, quienes ya habían tomado declaración de los testigos. Uno de ellos tomó a Amelia del brazo y se desaparecieron. Al segundo siguiente sus pies tocaron el suelo del Atrio del Ministerio de Magia y en un parpadeo los demás aparecieron a su lado, uno de ellos llevando consigo a Tom. Él evitaba mirarla, pero Amelia podía notar el profundo disgusto que surcaba su rostro.

Cinco minutos más tarde, después de un corto recorrido en ascensor que los había dejado en el Departamento de Aplicación de la Ley Mágica y un asfixiante paseo por estrechos pasillos que los habían llevado a la Oficina del Uso Inapropiado de la Magia, Amelia y Tom se encontraban sentados a una mesa, habiendo dejado entre ellos todo el espacio que les fue posible, mientras que un mago de aspecto severo se sentaba frente a ellos, al otro lado de la mesa. Se había presentado escuetamente como Arthur Abbott. A ambos lados de la entrada estaban de pie dos magos que observaban con atención a los dos jóvenes, claramente vigilando sus movimientos.

De repente, la puerta se abrió y entró de manera apresurada un joven llevando consigo varios pergaminos enrollados y una pequeña caja alargada. Era Paul Wintergreen. Amelia se sorprendió al verlo pero luego recordó que en la carta que él le había enviado le contó que trabajaría en aquel departamento. Paul, al reconocerla, se detuvo en seco. Era obvio que era sumamente extraño para él verla ahí acompañada de Tom, pero se recompuso rápidamente y se sentó al lado del mago, no sin antes esbozar una suave sonrisa a modo de saludo dirigida hacia Amelia.

—Llega tarde, Wintergreen —gruñó Abbott—. Empiece a escribir.

Paul, tras murmurar una disculpa, desplegó un pergamino y abrió la cajita de madera, sacando una pluma y un frasco de tinta.

—Infracciones: Destrozos materiales en un edificio del Callejón Diagon —dictó Abbott y Paul comenzó a escribir rápidamente—, ocasionados por un duelo sobre un tejado.

Durante media hora, Arthur Abbott los interrogó sobre lo sucedido mientras Paul anotaba todo lo que se decía. Tom contó que había encontrado a Amelia en su habitación robando aquel cofre que ahora se encontraba sobre la mesa. Amelia, por su parte, se defendió diciendo que el cofre era suyo y que Tom se lo había robado en otra ocasión y que ella simplemente lo intentaba recuperar.

—Bien —resolvió Abbott—. Solucionemos esto de una forma rápida. Quiero que cada uno me diga lo que contiene el cofre. Adelante.

Miró a Amelia esperando a que hablara.

—Una antigua diadema —dijo ella y luego, decidida a lograr que el mago la creyera, agregó—: Es un regalo de una antepasada mía.

Abbott asintió, después miró a Tom y esperó.

—Un equipo de pociones, con ingredientes y balanzas —respondió él.

Entonces el mago tomó el cofre y lo abrió, mirando primero él su contenido, enseñándoselo a Paul y luego girándolo para que Amelia y Tom lo vieran. Ella contuvo la respiración, atónita, mientras que él esbozaba una sonrisa de satisfacción.

—Es imposible —murmuró Amelia sin dar crédito a lo que veía mientras empezaba a sentir la ira bullir en su interior—. El cofre es idéntico.

—No te culpo, Amelia —le dijo Tom en un tono falsamente amable—. Es un cofre muy común en el Callejón Diagon. Lamento que tu preciada diadema haya desaparecido, pero puedo jurarte que no fui yo quien te la robó.

—La situación es muy clara —habló Abbott—. Solo nos falta determinar la sanción. No podemos dejar pasar por alto este incidente. Después de lo que he escuchado, agregaré más cargos para la señorita: el de allanamiento y robo.

—No presentaré cargos, señor —expresó Tom rápidamente, para luego mirar fugazmente a Amelia con una pequeña sonrisa burlona—. Es obvio que se trata de un malentendido. Y lo que se refiere a los destrozos en el edificio, me comprometo a arreglarlo nada más llegar al Caldero Chorreante.

Amelia miró a Tom con odio, diciéndose que no permitiría que él ganara. Decidió que debería hacer algo en ese momento, aprovechando que estaba metida en una situación así. Según las palabras de Dumbledore, ella no podía acusar a Tom por delitos que aún no había cometido. Sin embargo, ella estaba en su total derecho de acusarlo por los que ya había cometido. Si él fuese condenado a Azkaban, ella tendría la libertad de recorrer el país en busca de horcruxes, sabiendo que él no estaría cambiándolos de lugar ni creando nuevos.

—Yo si quiero presentar cargos —empezó Amelia con seguridad—. Es Tom Riddle el verdadero culpable del asesinato de Myrtle Warren.

—Eso es absurdo —intervino Tom, sin alterarse en lo absoluto. Sin embargo, Amelia podía notar un ligero cambio en su postura.

—Silencio —Abbott miró a Tom con severidad. Después, volvió a girarse hacia Amelia—. Continúe.

—Él inculpó a Rubeus Hagrid aprovechándose de que él cuidaba de una acromántula. Pero Myrtle no murió por causa del veneno, sino porque miró de frente a un basilisco. Y es ese el monstruo de la Cámara de los Secretos. Riddle puede controlarlo porque habla pársel.

Cualquier posible vestigio de credibilidad que podría tener Amelia se perdió con sus últimas declaraciones. Abbott suspiró por lo bajo, cerró los ojos y negó con la cabeza. Paul había dejado de escribir y miraba la escena con estupefacción.

—Si me permite, señor—empezó Paul, pero Abbott le cortó con un gesto de la mano, mas él decidió ignorarlo—, creo que debería escucharla...

—¿Acaso no me ha entendido, Wintergreen? —cuestionó Abbott abriendo los ojos y mirando a Paul de manera estricta.

—Disculpe, señor —murmuró él.

—Bien, haré de cuenta que no he oído nada sobre mitos absurdos —resolvió Abbott volviendo a dirigirse a Tom y Amelia.

—La Cámara de los Secretos no es un mito —repuso Amelia, contrariada.

—Es un mito —repitió con tozudez el mago.

—Tu inquina hacia mí te hace delirar, Amelia —soltó Tom venenosamente.

—Y según tú, ¿también fue un delirio el hecho de que intentaras asesinarme? —cuestionó Amelia con furia.

—Eso jamás ha pasado —mintió él descaradamente.

—Y no solo eso —siguió Amelia cada vez más enfadada—. También estás detrás del ataque hacia Daniel Murray y Anna Blunt. No te olvides que Daniel no logró sobrevivir.

—Aquello fue un accidente —le respondió Tom con dureza, interpretando su papel de alumno ejemplar a la perfección—. Sabes tan bien como yo que ellos quebrantaron las normas y se internaron en el Bosque Prohibido durante la noche, ¿que esperabas que sucediera? Hay que ser un loco para merodear por aquel sitio lleno de bestias salvajes.

—Pero eso no es todo, no olvidemos tu afición por la Magia Oscura...

—Ya he escuchado suficientes tonterías. No hay nada más qué hablar —sentenció severamente Abbott, interrumpiendo a Amelia.

—Señor, si comprendiera la gravedad de lo que estoy diciendo —pidió Amelia.

—¿Existen acaso pruebas que demuestren tales acusaciones? —le preguntó Abbot.

—Puedo enseñarle mis recuerdos —habló Amelia empezando a sentirse esperanzada, pero Abbott negó con la cabeza—. Puedo tomar Veritaserum y le contaré exactamente lo mismo.

—Aquello no es suficiente. No son pruebas válidas para el Wizengamot —le explicó—. Debe saber que existe un antídoto para el Veritaserum y los recuerdos se pueden modificar. Necesitamos pruebas sólidas.

—Lo entiendo, pero...

—¿Hay testigos fiables que corroboren sus palabras? —quiso saber Abbott.

—Hay dos personas que podrían ser de ayuda —empezó Amelia, pero esta vez fue Tom quien la interrumpió.

—Si te refieres a Anna Blunt, me parece que está sumida en una profunda depresión tras perder a su novio en aquel lamentable accidente. Y en cuando a Isobel McKay, bueno, creo que ambos sabemos que guarda un excesivo resentimiento hacia Avery, por lo que no dudará en tratar de hundir a todo aquel que sea amigo suyo. Como ves, Amelia, un testimonio por parte de estas personas no se puede considerar ni fiable, ni imparcial.

—Eso no es cierto, simplemente estás tratando de desacreditarlas porque te estás viendo entre la espada y la pared —expresó Amelia.

—Esto no nos lleva a ninguna parte —murmuró Abbott frotándose las sienes, harto de aquella situación. Luego se dirigió hacia Amelia y Tom—. Es suficiente. Este Departamento no está para resolver tonterías juveniles.

—No son tonterías —protestó Amelia—. Es algo muy grave, más de lo que cree.

Pero Abbott la ignoró. Hizo un gesto a los magos que esperaban a ambos lados de la puerta y éstos se acercaron.

—Llévenlos a salas separadas —les ordenó.

Igual a como habían llegado, cada uno cogió del brazo a ambos jóvenes, por separado.

—Esto es una injusticia —manifestó Amelia, airada, dirigiéndose a Abbott antes de que el mago que la tenía del brazo se la llevara fuera.

Amelia maldijo en voz baja mientras Tom sonreía con burla.

—Borra esa estúpida sonrisa de tu rostro —soltó Amelia con furia, pero aquello solo hizo que Tom la ensanchara aún más.

El mago del Ministerio, sin decir ni una palabra, dejó a Amelia en una minúscula sala, donde lo único que había era una mesa cuadrada y dos sillas dispuestas frente a frente. En sí, era casi idéntica a la anterior, exceptuando por el tamaño.

—¿Qué pasará ahora? —le preguntó Amelia, pero el mago no respondió y se marchó, cerrando la puerta detrás de él.

Amelia bufó y se sentó en una de las sillas. Se había metido en un buen lío. Y quizás incluso sus palabras acusando a Tom habían hecho más mal que bien. ¿Acaso tan difícil era escucharla? ¿Pero qué clase de incompetentes trabajaba en el Ministerio? Cansada de aquella situación, apoyó la frente en las manos y cerró los ojos fuertemente. Maldijo a Tom en su mente una y otra vez. De repente, la puerta se abrió y Amelia se irguió como un acto reflejo. Era Paul quien entraba.

—Amelia, ¿cómo estás? —quiso saber. Se podía adivinar la preocupación en su rostro. Se sentó frente a ella y se inclinó hacia adelante, en un intento por acercarse a ella—. Abbott accedió a permitirme hablar contigo. No puedo creer que nos encontremos en esta situación. Creí que estabas viajando por Escocia.

Amelia suspiró. Miró a Paul con cierta culpa y se preguntó si debería contarle la verdad.

—No quería que nadie supiera nada de mí. Lo siento, Paul —se disculpó.

—Todo lo que le has contado a Abbott, ¿es verdad? —le preguntó con precaución. Amelia asintió— ¿En verdad Riddle trató de asesinarte?

—Todo es cierto, Paul —confirmó, inclinándose también. La expresión de su interlocutor se tornó horrorizada—. Él creía que estaba muerta y he estado siguiéndolo como un fantasma, tratando de acabar con él. Pero esta tarde las cosas se torcieron y nos vimos cara a cara de nuevo. Esa no era la idea, pero él ya había empezado a sospechar que era yo quien lo perseguía.

—Espera un momento —le pidió, irguiéndose —. Tú no pensabas denunciarlo al Ministerio, sino que planeabas vengarte por tu cuenta.

—Exacto.

Al instante, la expresión de Paul cambió. La miró con reprobación y negó con la cabeza, decepcionado.

—No puedes hacer eso, Amelia, ¿en quién te has convertido?

Amelia lo miró perpleja. No podía creerse lo que acababa de escuchar.

—Solo actúo en base a lo que me ha ocurrido —respondió fríamente después de unos cuantos segundos de silencio—. ¿Querías que lo denunciara? Acabo de hacerlo, ¿de qué me ha servido? Abbott me acaba de demostrar que el estúpido sistema no funciona como debería. Dime Paul, ¿que opción me queda?

—La de seguir la ley —contestó con dureza—. Puede que ahora te parezca complicado, pero podemos castigar a Riddle sin que tengas que mancharte las manos. ¿O es que acaso crees que después podrás dormir tranquila por las noches?

—Te aseguro que no he tenido ni una sola noche tranquila desde que él me arrebató lo único que tenía —soltó con rabia—. Y cuando logre matarlo, eso cambiará.

—¿Que te arrebató lo único que tenías? —repitió él con extrañeza— ¿Hay algo más que aún no sé?

Ella se reclinó al respaldo de la silla y cruzó los brazos, componiendo una expresión de indiferencia cuando bien sabía que había hablado más de la cuenta.

—Hay cosas que prefiero no contar —respondió de manera evasiva.

—¿Y ese asunto de la diadema? —quiso saber— Me parece muy extraño.

—Es parte de las cosas de las que prefiero no hablar.

Se miraron por unos segundos, entonces él suspiró y se levantó. Ya no parecía decepcionado.

—Haré lo posible por convencer a Abbott para iniciar una investigación. Si con tu palabra no es suficiente, encontraremos las pruebas necesarias. Quiero ayudarte.

—Te lo agradezco, Paul —dijo Amelia, ya más tranquila.

Pero Paul rodeó la mesa y se acercó hasta ella. Puso la mano en su hombro mirándola con seriedad.

—Quiero que me prometas que no seguirás con aquel plan que tienes —le pidió.

—No puedo prometerte nada.

Él iba a replicar, pero su expresión cambió a una de gran preocupación.

—Amelia, ¡estás sangrando! —exclamó tomando su mano izquierda y empezando a examinarla. Rápidamente sacó un pañuelo de su túnica y cubrió la herida con él.

—No es necesario, Paul —trató de protestar, en un intento por quitarle importancia al asunto—. No es tan grave.

—Presiona aquí —le indicó—. Iré a buscar díctamo y vendas.

Paul salió de la sala a toda prisa y en menos de cinco minutos estaba de vuelta. Sin decir ni una palabra aplicó en la herida unas gotas de díctamo y le vendó la mano. En todo momento, él no se atrevió a mirarla a los ojos e incluso cuando Amelia le agradeció el gesto él rehuyó su mirada.

Después de eso, Paul se marchó y Amelia permaneció sola en la sala al menos durante una media hora. Ya estaba empezando a desesperarse cuando la puerta volvió a abrirse y fue Abbott quien entró, seguido por Paul. Ambos tenían la expresión seria y había cierta tensión entre ellos.

—Bien —empezó Abbott sentándose frente a Amelia—. No veo la necesidad de seguir con esto. Esta vez no habrá sanción, pero considérelo una advertencia, porque a la siguiente vez no seré tan flexible. Le devuelvo la varita —se la entregó, colocándola sobre la mesa—. Y ahora puede marcharse.

Pero Amelia permaneció sentada. Tenía enormes ganas de insistir en que Abbott le hiciera caso en sus acusaciones hacia Tom. Pero él no tenía ganas de seguir escuchándola, porque se levantó y se marchó con rapidez.

—Vamos, te acompaño al Atrio —le dijo Paul, acercándose a ella, quien ya se había levantado.

—Es imposible que tu jefe me tome en serio —comentó con tono malhumorado mientras salían de la sala y empezaban a caminar por el pasillo.

—Hemos tenido una discusión —le contó Paul—. Él, según me dijo, te cree una desequilibrada y a Riddle una víctima.

—Es un imbécil —murmuró Amelia con fastidio.

—Eso no te lo voy a negar —le confesó en voz baja—. Me está resultando muy difícil trabajar con él. El tuyo no es el único caso que se toma a la ligera. Después de esto, tengo planeado ir a hablar seriamente con el jefe del Departamento. Puede que él le de a este asunto la debida importancia. Te escribiré si hay novedades.

—Muchas gracias, Paul.

Dejaron atrás los pasillos laberínticos y entraron en el ascensor. Cuando llegaron al vestíbulo y estaban a punto de despedirse, Amelia le preguntó a Paul sobre el cofre de la discordia.

—Se lo llevó Riddle —le respondió—. Abbott dejó que él se marchara antes de ir a hablar contigo.

Una vez de regreso en el Caldero Chorreante, lo primero que hizo Amelia fue ir a la habitación de Tom, pero su sorpresa fue mayúscula cuando descubrió que él se había marchado llevándose todas sus cosas. El cuarto estaba como si nadie se hubiera alojado ahí las últimas semanas.

Amelia bajó a la taberna y le preguntó al encargado sobre Tom. Entonces él le contó que se había marchado hacía poco. La pregunta era ¿a dónde?

Teniendo la impresión de que avanzaba en círculos, Amelia se encerró en su habitación, sintiéndose cansada del pasado y de todo lo que conllevaba estar ahí. Por momentos, deseaba no haberse metido en aquella situación. Y para colmo, tenía una preocupación más, la de la herida maldita en su mano. ¿Cuánto tiempo le quedaba? ¿Alcanzaría a cumplir con su misión?

Mientras tanto, no podía torturarse por aquella nueva derrota, pues si bien no había logrado hacerse con la diadema, sí que había conseguido el anillo. Lo sacó del bolsillo interior de la túnica y lo miró, sin poder creer que por fin lo tenía en sus manos. Ahora, lo que tenía que hacer era destruirlo.

-o-

Amelia terminó de trabajar en Flourish & Blotts aquella semana. Al iniciar septiembre y con ello las clases en Hogwarts, los negocios del Callejón Diagon se convirtieron en más pacíficos. Notó que Tom seguía trabajando en Borgin & Burkes, solo que por las tardes, al salir del establecimiento, lo veía desaparecer. Así evitaba que ella lo siguiera a donde quiera que fuera.

Una de las cosas que Amelia debía hacer era echarle un vistazo al libro de notas del señor Burke, por lo que una tarde decidió que era el momento perfecto para infiltrarse en el negocio. Lo hizo poco antes de la hora del cierre, junto a un cliente y escondida bajo el encantamiento desilusionador. Esperó junto a un armario grande hasta que el cliente se marchara y el señor Burke entrara en la trastienda. Fue entonces cuando Amelia aprovechó para esconderse dentro del armario.

Por la rendija podía observar lo que sucedía. Vio que el señor Burke regresaba al mostrador y sacaba del mueble que tenía al lado el libro de notas. Lo abrió, buscando algo en particular. En ese momento apareció Tom, saliendo de la trastienda.

—¿Necesita algo más, señor Burke? —le preguntó.

—No, muchacho, puedes marcharte —respondió sin levantar la mirada del libro.

—Bien, hasta mañana, señor.

—Hasta mañana —murmuró el mago de manera distraída.

Supo que Tom se había marchado por el sonido que produjo la puerta. No tenía más que esperar a que el señor Burke también se fuera. No pasaron más de cinco minutos hasta que el mago guardó el libro y fue hasta la puerta para cerrarla con llave. Después se marchó al interior de la tienda. Amelia oyó sus lentos y pesados pasos subiendo por la escalera rumbo al nivel superior.

Solo cuando todo estuvo en el más absoluto silencio, Amelia se atrevió a salir de su escondite. Se acercó hasta el mostrador y, tal y como había visto hacer al señor Burke, sacó el libro de notas del mueble que estaba al lado. Lo abrió por la mitad, pero se quedó de piedra al ver que todo estaba escrito en un dialecto que desconocía. Sin embargo, aunque no tuviera ni idea de lo que decía en la información, Amelia sí podía adivinar de qué objeto se trataba, pues en la esquina superior había una fotografía mágica en blanco y negro que lo mostraba. Solo quedaba encontrar la del medallón.

Amelia pasó las páginas cada vez con más desesperación, pero aún no lograba encontrar la página que necesitaba. Al final, la halló. La fotografía mostraba al medallón de Slytherin, idéntico a como lo había visto en aquel dibujo del antiguo pergamino que Dumbledore le había enseñado en los Archivos del Ministerio.

Aunque quisiera, Amelia no era capaz de descifrar aquel dialecto y necesitaría mucha ayuda y tiempo para poder entender algo. Debía copiar la información para llevársela, por lo que sacó un trozo de papel en blanco y un lápiz del bolsillo, olvidándose por el momento de la pluma y tinta tradicionales. Con cuidado, pero de manera rápida, dibujó los trazos, poniendo especial atención en oír lo que ocurría a su alrededor. Por eso se sobresaltó cuando el silencio que la envolvía fue roto por el sonido de una puerta abriéndose, la que estaba al final de las escaleras de la trastienda.

Amelia escondió de prisa el papel y el lápiz de vuelta en el bolsillo. No había alcanzado a copiar todo, por lo que tomó una decisión descabellada. Trató de arrancar la hoja del libro, pero no pudo. Comprendió que el libro estaba hechizado para que nadie pudiera hacer lo que ella había intentado. Lo devolvió al estante con algo de torpeza provocada por el nerviosismo y se apresuró en rodear el mostrador para marcharse, al mismo tiempo que el señor Burke bajaba por las escaleras.

—¿Quién está ahí? —preguntó el señor Burke, amenazante, antes de entrar en la tienda.

Pero Amelia corrió hasta la puerta, abriéndola con un simple Alohomora,y se desapareció.

-o-

A la mañana siguiente lo primero que hizo Amelia fue ir a hablar con Morgana. Necesitaba preguntarle sobre aquel extraño dialecto. Al llegar a la librería y explicarle lo que necesitaba, la bruja la hizo pasar a la trastienda. Le dijo que la esperara mientras buscaba unos libros sobre el tema.

Amelia aprovechó para echar un vistazo a las cosas de la sala. Le llamaron la atención unos pergaminos sueltos sobre varios libros apilados en una mesa. Sabía bien que no le concernían en lo absoluto, pero sus ojos se toparon con dos palabras que no podían pasar desapercibidas para ella. Atónita, tomó el pergamino entre sus manos y leyó con atención.

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"Ha iniciado ya el camino sin retorno del Señor Tenebroso.

Ha separado su alma buscando la inmortalidad.

No habrá paz para los impuros

y las tinieblas se cernirán sobre quien se enfrente a él".

.

Escuchó a Morgana volver a la sala y Amelia se giró, aún sujetando el pergamino. Morgana dejó sobre la mesa los libros que llevaba en las manos.

—¿Qué es esto? —le preguntó Amelia, señalando el pergamino.

Morgana se acercó, lo cogió y lo miró brevemente, para después devolvérselo.

—Puedes llevártela. Es una de las profecías de mi madre —le explicó—. Conversamos al respecto y estamos de acuerdo en que te concierne a ti.

Amelia asintió.

—Ven —continuó Morgana, caminando hasta la mesa—, hay unos cuantos libros que quiero enseñarte.

La joven la siguió y se sentó. Morgana le mostró libros sobre códigos secretos. Amelia, por su parte, le enseñó la hoja de papel en la que había alcanzado a copiar la mitad de la información sobre el medallón de Slytherin del libro de notas del señor Burke.

—No conozco este dialecto —le confesó frunciendo el ceño sin dejar de mirar los trazos—. Puede que sea un código personal creado por alguien. Si así fuera, existe una serie de patrones básicos que se repiten en los códigos secretos —le explicó. Después empujó los libros hacia ella—. Aquí tienes información valiosa al respecto. Con esto, quizás puedas descifrarlo.

—De acuerdo, gracias —dijo Amelia, echándole un vistazo a los libros—. Por cierto, ¿hay buenas noticias respecto a mi giratiempo?

—Iba a comentártelo —respondió, levantándose y dirigiéndose hasta la mesa llena de libros y pergaminos—. He encontrado algo muy interesante en un antiguo manuscrito.

Después de buscarlo entre la pila de libros, Morgana regresó a la mesa con un volumen antiquísimo en las manos. Lo colocó con gran cuidado sobre la madera y lo abrió lentamente, con delicadeza, como si temiera destrozarlo. Una cinta indicaba la página que quería enseñarle a Amelia.

—Es una poción de magia oscura —le indicó Morgana y miró a Amelia como si esperara que se mostrara disconforme. Para su satisfacción, la joven solo asintió—. Su objetivo es reparar objetos poderosos. Podría funcionar con un giratiempo. Según las instrucciones, tardaría varias semanas en preparar la pócima. Cuando esté lista tendrás que traerme el giratiempo, que debería reposar dentro del caldero durante un ciclo lunar completo. Eso sí, tardaré en conseguir los ingredientes necesarios. Además, como no menciona nada sobre giratiempos, yo seguiré investigando más por si encuentro algo que podamos usar, a parte de la poción.

—Me parece perfecto —comentó Amelia, sintiéndose conforme ante la que probablemente sería la solución para poder marcharse de ahí.

Sin embargo, había algo que empañaba sus esperanzas. La herida de su mano había vuelto a sangrar la noche anterior y esta vez había necesitado más cantidad de díctamo para cerrarla. No podía evitar pensar en lo que Tom le había dicho al respecto y eso le preocupaba enormemente.

—Necesito ayuda con algo más —mencionó Amelia.

Le contó a Morgana sobre la herida, cómo se la había hecho y lo que Tom le dijo. Morgana la escuchó con atención y pidió verla. La examinó y después realizó varios hechizos en voz muy baja. Luego echó sobre la herida algunas pociones que hicieron que Amelia cerrara los ojos con fuerza para soportar el dolor que le producían.

—La maldición no es irreversible —le comunicó después de varios y angustiosos minutos—. Puedo hacer un antídoto.

Con la promesa de un antídoto, Amelia se dio la libertad de dejar de preocuparse tanto. Morgana le recomendó seguir con la esencia de díctamo en caso de ser necesario hasta que ella consiguiera lo necesario para realizar la poción que neutralizaría la maldición.

Ya iba a marcharse, cuando Amelia recordó otro asunto sumamente importante.

—¿Cómo podría conseguir veneno de basilisco? —le preguntó a Morgana. Ella la miró sorprendida.

—Estoy segura de saber para qué lo quieres —musitó—. Pero debes saber que es algo muy difícil de conseguir y que no será nada barato. Pero haré lo posible por conseguirlo.

Lo que le preocupaba a Amelia era el hecho de que probablemente Tom ya se había dado cuenta de que ella se había llevado el anillo. Cada día que pasaba le parecía que él aparecería en su habitación de repente. Cada vez que ella volvía a su cuarto después de cenar, le parecía que él ya la esperaba ahí, escondido en las sombras. Desde que se habían vuelto a ver, la paranoia no la había abandonado.

—Déjame verlo —le dijo Morgana de repente.

—¿Cómo? —preguntó Amelia, confusa.

—El horcrux que quieres destruir —indicó—. Lo llevas contigo a todas partes, ¿cierto?

—Sí.

—Tienes suerte de tener ese collar —comentó Morgana señalando su cuello—. Te protege de la influencia de un horcrux. Intenta no perderlo.

Amelia asintió. Entonces sacó el anillo del bolsillo y se lo enseñó a Morgana. Ella lo tomó entre los dedos y lo miró con mucho interés. Amelia estaba algo nerviosa, prefería tener el anillo en su poder. No es que no confiara en Morgana, es que no confiaba en el horcrux y la influencia que ejercía sobre las personas.

Morgana puso el anillo en la mesa y sacó su varita. Apuntó hacia el objeto y lanzó un potente hechizo que lo desintegró por completo. Amelia quedó atónita.

—¿Cómo lo ha destruido? —preguntó en un susurro.

—No era un horcrux —le informó.

—¿Qué?

—Si fuera un horcrux no le habría pasado nada —le explicó.

—Sí, eso lo sé, pero...

—Has robado el que no era.

Entonces Amelia lo entendió.

Tom ya sabía que ella vendría. Puso el espejo para vigilar su habitación, pero no arriesgaría sus preciados horcruxes. Por eso puso objetos falsos. El cofre de la diadema que contenía un equipo de pociones y una réplica exacta del anillo.

Una vez más, no tenía nada.

-o-

Durante los siguiente días, y decepcionada por aquel nuevo trago amargo, Amelia decidió encerrarse en su habitación para leer los libros de códigos secretos y así tratar de descifrar la página que hablaba sobre el medallón de Slytherin. Era sumamente importante que lo encontrara antes de que lo hiciera Tom.

Necesitaba encontrar tres horcruxes que obviamente Tom ya había escondido en cualquier lugar del país. Quizás continuaban en su habitación, pero estaba el hecho de que Tom ya no se alojaba en el Caldero Chorreante. Por eso, Amelia lo espiaba todas las tardes, cuando él se iba de Borgin & Burkes, esperando saber a dónde se dirigía. Pero él seguía desapareciendo nada más salir del negocio. Había hablado con el tabernero, por si Tom simplemente se había cambiado de habitación, pero él le había dicho que no.

Una tarde, Amelia tomó una muy arriesgada resolución.

De nuevo bajo un encantamiento desilusionador, Amelia esperó a Tom afuera de Borgin & Burkes, junto al punto exacto en el que él se desaparecía a diario. Contuvo la respiración cuando él salió de la tienda y se dirigió hasta ella. En el mismo momento en que él se preparó para desaparecer, ella se aferró a su brazo.

Tom no pudo evitarlo. Se desaparecieron juntos.

Pero al llegar a su destino, Tom sujetó a Amelia por el brazo con fuerza para evitar que huyera y le apuntó con la varita.

Finite incantatem. Expelliarmus.

El encantamiento desilusionador fue anulado y la varita de Amelia salió volando por los aires.

—Amelia —saludó él con tranquilidad, como si aquella fuera una situación normal y no le sorprendiera en lo absoluto verla cara a cara otra vez— ¿Qué quieres esta vez?

Amelia no respondió. Se soltó bruscamente y se alejó de Tom, dando un par de pasos hacia atrás sin desviar la vista de él. Notó que estaban en medio de un bosque. La idea era seguirlo hasta donde él vivía, pero su plan no había funcionado. Claramente Tom había pensado en otro sitio rápidamente.

—¿Descubrir dónde vivo para seguir buscando mis horcruxes? —siguió Tom, esbozando una sonrisa maliciosa—. Siento decepcionarte, pero he encontrado lugares más seguros donde esconderlos.

—Tenía la esperanza de encontrar alguna pista que me llevara hasta ellos —le confesó Amelia, sonriendo de la misma forma que Tom.

—Entonces tendrías que irte sin haber hallado nada. Tu continua persecución me está haciendo tomar más medidas de seguridad de las que normalmente pondría.

Un crujido cercano hizo que los dos se tensaran y miraran a su alrededor, repentinamente alertas. Un cuervo graznó y se alejó volando, dando a entender que era él el causante del sonido.

—¿Dónde estamos? —preguntó Amelia. Entonces buscó con la mirada el sitio donde podría haber caído su varita. No era tarea sencilla, pues la hojarasca cubría el suelo.

—En el Bosque de Dean —le respondió Tom de manera distraída, mirando hacia los árboles.

—¿Por qué pensaste en este sitio? —quiso saber, extrañada.

—Fue el primero que se me ocurrió —repuso, para luego lanzarle una mirada de reproche—. Después de que arruinaras mi idea de regresar a mi habitación.

—Has estado aquí antes —comprendió Amelia, ignorando las últimas palabras. No era una pregunta, sino una afirmación. Tom decidió no responder—. ¿Acaso has venido en busca de los seguidores de Grindelwald? Los que dicen que se esconden aquí.

Tom la miró.

—Sí —confirmó—. He venido al bosque un par de veces, pero no he visto a ninguno.

—Me parece que no es una idea sensata estar aquí —comentó Amelia—. El hecho de que no hayas visto a ninguno no quiere decir que no estén cerca.

—¿Tienes miedo? —le preguntó, burlón.

Amelia bufó.

—Se llama sentido común —soltó con impaciencia—. Y tengo un mal presentimiento respecto a este lugar. Ahora, si eres tan amable, ¿podrías devolverme mi varita?

Contra todo pronóstico, y sabiendo que Tom era perfectamente capaz de marcharse en ese momento o incluso lanzarle una maldición asesina sin pestañear, él levantó su propia varita y convocó con un Accio la de Amelia. La giró, dejando la parte del mango libre para que ella la tomara. Rápidamente, Amelia estiró la mano y la cogió, volviendo a tener la conocida sensación de seguridad al tener en su poder su varita. Pero aquello solo duró un segundo, porque ésta volvió a escapar de sus manos.

Al principio creyó que Tom estaba burlándose de ella, pero se sorprendió al ver que al mismo tiempo que su varita salía volando, la de Tom también escapaba. Él estaba igual de aturdido que ella.

De repente, unos pasos apresurados resonaron sobre el terreno y detrás de los árboles aparecieron varios magos vestidos con túnicas desaliñadas. Amelia y Tom se pusieron lado a lado, enfrentando a los recién llegados. No hacía falta preguntarles nada, sabían bien que se trataba de los seguidores de Grindelwald. Éstos los rodearon rápidamente y uno de ellos se acercó mucho más. Amelia reconoció su rostro por los carteles de «Se busca». Era él quien tenía en la mano izquierda las varitas de Amelia y Tom. Probablemente era el líder.

—¿Más jóvenes aventureros extraviados? —preguntó el mago, burlón, soltando después una ronca carcajada. Varios de los que estaban alrededor lo secundaron— Desde que salió la noticia en El Profeta, los insensatos muchachos caen como moscas, creyendo que podrán entregarnos al Ministerio para recibir la recompensa.

—No estamos aquí por eso —repuso Tom con firmeza—. Nos interesa su lucha y no pretendemos convertirnos en enemigos suyos.

—Eso podría interesarme. El problema está en que no me creo estas patrañas —soltó con una expresión feroz—. De modo que actuaremos como con los demás que aparecieron por aquí.

Se dio la vuelta y empezó a caminar. Al mismo tiempo, los demás fugitivos se acercaron y cogieron a Amelia y Tom por los brazos de manera brutal, llevándolos casi a rastras por el bosque, sin importarles lo mucho que se resistieran o exigieran a gritos que los dejaran marchar.

Amelia pensó en que la escena se repetía, en una maldita y extraña coincidencia. Aquel día en que se había vuelto a encontrar con Tom, también terminaron siendo llevados y encerrados. Solo que esa vez los magos fueron aurores y ahora los que los tenían cautivos eran fugitivos de la ley. Y la diferencia era que éstos probablemente planeaban asesinarlos. La pregunta era ¿por qué no lo habían hecho ya?

Eran demasiados y no tenían ni una oportunidad de escapar. Entonces Amelia divisó a lo lejos una cabaña de madera de aspecto desvencijado y supuso que esa era la guarida de los seguidores de Grindelwald.

Muy cerca de la cabaña había un antiguo pozo de piedra. Se detuvieron ahí. Amelia notó que la abertura del pozo estaba cubierta con una pesada reja de metal. Era un pozo convertido en celda. Uno de los magos abrió la reja y los que tenían a Amelia sujeta por los brazos la empujaron hasta el borde.

—Esperen —dijo el líder de repente, acercándose y acariciando la mejilla de Amelia con los dedos al mismo tiempo que le regalaba una mirada lasciva. Ella ladeó el rostro bruscamente, asqueada. Él soltó una carcajada y sujetó su rostro con brutalidad, obligándola a mirarlo.

—Aleja tus asquerosas manos de mí, maldito psicópata —soltó Amelia con odio.

—Me parece que esta noche me divertiré contigo —le dijo con la sonrisa torcida.

—Apártate de ella —habló Tom, amenazante, sorprendiendo a Amelia, pues ella no esperaba que él interviniera.

El mago le lanzó una mirada peligrosa y Amelia aprovechó para hacer un esfuerzo por soltarse. Él retiró la mano por fin y luego hizo un gesto con la cabeza hacia los magos que sujetaban a Tom y estos lo acercaron hasta el pozo. Hasta ese momento, todos ellos habían quedado detrás de Amelia, pero ahora ella podía ver a Tom. Jamás lo había visto con aquella expresión salvaje en el rostro. Incluso le pareció ver un destello rojizo en sus ojos. No la miró, sino que tenía la vista fija en el líder de los fugitivos.

—Pagarás esto muy caro —dijo él con rabia contenida, antes de que los que lo tenían sujeto lo empujaran con fuerza hacia la abertura del pozo y lo soltaran rápidamente, dejándolo caer.

Amelia jadeó involuntariamente, mirando el sitio donde Tom había desaparecido. Las carcajadas de los fugitivos no se hicieron esperar. Ella sintió su corazón latir violentamente, presa del terror que la inundaba al imaginar lo que la esperaba.

De repente, otro de los miembros del grupo apareció de repente, corriendo desde la cabaña y acercándose al líder, le susurró algo que Amelia no alcanzó a oír pero que fue lo suficientemente importante como para que él decidiera olvidarse de ella. Hizo el mismo gesto de antes y Amelia sintió cómo la empujaban hacia el pozo. La vertiginosa sensación de caer no tardó en aparecer.

La oscuridad era absoluta. El miedo y el pánico se apoderaron de ella. Y luego solo un golpe sordo y dolor. Había caído de bruces y tenía los ojos fuertemente cerrados. Reconoció el tacto y el olor de la tierra fría y húmeda bajo su mejilla y las palmas de sus manos. Casi inmediatamente sintió que le tocaban en el hombro y en la espalda al mismo tiempo.

—¿Amelia? —oyó a Tom susurrar.

Ella abrió los ojos y tras parpadear numerosas veces se acostumbró a la oscuridad. Recién entonces pudo ver a Tom inclinado a su lado. Ella movió las manos y trató de incorporarse. Para su sorpresa —una vez más—, Tom la ayudó a sentarse lo más cómodamente que pudo y luego él mismo se sentó al frente.

—¿Estás herida? —le preguntó.

Amelia tenía la sensación de haber recibido una paliza, pues le dolía todo el cuerpo y al respirar sentía un dolor punzante en las costillas.

—Creo que no me he roto nada —contestó en voz baja—. ¿Y tú?

—Estoy bien —respondió él simplemente.

Se miraron por unos segundos en los que ambos sabían que ninguno estaba siendo completamente sincero con el otro. Sin embargo, no dijeron nada más.

Amelia rompió el contacto visual y miró hacia arriba. La reja ya había sido colocada y al parecer los fugitivos se habían marchado ya. El trozo de cielo que se podía ver mostraba la naciente noche. Pronto, la luna iniciaría su recorrido a través de la bóveda celeste y con suerte, se asomaría por los cuadrados metálicos, siendo testigo silenciosa del cautiverio de dos personas que no deberían estar ahí.


N/A: En primer lugar, quiero pedir disculpas por haber tardado tanto en subir un nuevo capítulo. Las obligaciones muggles a veces no permiten que uno escriba tanto como quiere.

En recompensa, éste capítulo es el más largo que escribí hasta ahora. Espero que lo hayáis disfrutado y me lo hagáis saber con vuestros reviews.

La anterior vez olvidé recomendaros algunos fanfics que escribí hace tiempo. Ya que en el anterior capítulo viajamos a Little Hangleton, visitamos la Mansión Riddle y revivimos de cierta manera la historia de Tom Riddle Sr., Cecilia y Merope, me gustaría recomendar tres pequeñas historias relacionadas con ellos. Los títulos son "Little Hangleton", "Ilusiones Perdidas" y "Pléyade". Las encontraréis en mi perfil.

Victoria.