*Para mi amiga Mag. Espero que este capítulo te guste. ¡Hay unas cuantas sorpresas!*


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Capítulo VIII

En la oscuridad

.

Sácate la máscara

y deja que mis sentimientos te alcancen.

Muéstrame esos ojos

que dicen un millón de cosas.

Estoy aquí,

estamos aquí, cerca el uno del otro,

cerca el uno del otro.

Necesito alcanzarte.

Estoy aquí, pero no puedo ganar.

Necesito tocarte.

He estado aquí todo el tiempo.

¿Me dejarás entrar

en tu horizonte vacío?

.

Empty horizon – Leaves' Eyes

.

La oscuridad en la celda era casi absoluta. El pozo era pequeño y asfixiante. La reja que cubría la abertura estaba demasiado lejos como para alcanzarla y las paredes de tierra y roca resbaladiza impedían cualquier intento de ascenso.

Amelia no dejaba de pensar en las posibilidades de salir con vida de aquella situación. Los fugitivos acababan de marcharse pero, estaba segura, volverían de un momento a otro.

—Dame la mano —dijo Tom de repente, logrando que Amelia lo mirara con extrañeza—. Voy a llamar a los mortífagos.

Comprendiendo el plan de Tom, extendió el brazo izquierdo, arremangándose la túnica y dejando al descubierto la marca tenebrosa. Tom la presionó con los dedos con fuerza y de pronto, Amelia sintió un molesto calor extenderse rápidamente por todo el antebrazo hasta la punta de los dedos, al mismo tiempo que el color negro del tatuaje se convertía en rojo.

—No tardarán en venir en cuanto sientan el llamado —le informó él. Apoyó la espalda contra la pared del pozo y giró la cabeza ligeramente hacia la derecha, para no tener que ver a Amelia de frente.

—No estaríamos aquí de no ser por ti —le reprochó Amelia.

Tom la miró de reojo, sin moverse ni un ápice.

—Te recuerdo, Amelia, que si estamos en esta situación es gracias a ti.

—¿Por qué tuviste que pensar precisamente en éste lugar? —le recriminó— Debimos habernos marchado desde el principio.

—Eso no te lo voy a negar —admitió él—. Pero estoy seguro que ellos ya estaba ahí desde un inicio.

—Esto es un desastre —murmuró Amelia bajando la cabeza y frotándose la frente con las manos—. Maldita la hora en que decidí seguirte.

—Me complace ver que reconoces que eres la culpable de esto —comentó Tom, regodeándose.

Amelia le regaló una mirada envenenada.

—A todo esto, ¿por qué demonios querías encontrar a los fugitivos? —le preguntó con enfado.

Tom no dijo nada. Dejó de mirarla y se limitó a ignorarla. Amelia esperó durante unos segundos a que decidiera responder, pero al final ella también desvió la mirada con una mueca de fastidio dibujándose en sus labios.

—Los rumores dicen que ellos buscan un poderoso objeto de magia oscura para Grindelwald —habló Tom. Ella volvió a mirarlo, pero él le hablaba sin posar sus ojos en ella—. Se dice que los que nos han capturado son mercenarios contratados por los auténticos seguidores, los que aún siguen libres en el continente.

—¿Qué clase de objeto es? —quiso saber ella, interesada en el tema.

—Aún no lo sé —respondió echándole una breve mirada—. Buscaba averiguarlo viniendo aquí.

—¿Cómo sabes todo esto? —le preguntó extrañada— El Profeta no ha mencionado nada sobre estos rumores.

—El Profeta se guarda mucha información importante.

—Eso es verdad —musitó Amelia apoyándose contra la pared—. Pero tú tienes acceso a esa información.

—A veces —respondió. Dejó de mirala dándole a entender que no pensaba decirle nada más al respecto.

Los minutos pasaban con tortuosa lentitud. El cielo se iba oscureciendo cada vez más y de vez en cuando se podía oír el sonido del rápido batir de alas de un murciélago rompiendo el silencio nocturno.

Amelia tenía la cabeza ligeramente ladeada y apoyada contra la pared. Permanecía con los ojos cerrados. No podría dormir aunque quisiera, pero prefería fingir estar dormida a tener que seguir mirando un punto fijo en la pared.

—Te mentí —escuchó decir a Tom. Ella abrió los ojos y lo miró sin entender a lo que se refería. Él no la miraba.

—¿En qué?

—Hay un antídoto —le confesó. Entonces miró la mano izquierda de Amelia, que estaba vendada.

—¿Y por qué me lo dices ahora? —preguntó ella.

—No lo sé.

En medio de la oscuridad era capaz de ver el rostro de Tom y podía darse cuenta de lo contrariado que estaba. Durante un segundo o dos, sus ojos se encontraron con los de ella, pero él desvió la mirada. Parecía enfadado de repente. No volvió a mirarla en la siguiente media hora.

A cada minuto que pasaba, Tom permanecía inmóvil, casi como si de una estatua se tratase, perdido en sus propios pensamientos. Amelia, por su parte, estaba empezando a sentir su cuerpo agarrotado, de modo que cambiaba de posición cada cierto tiempo, sin sentirse cómoda en ningún momento.

—No sé cómo puedes estar tan quieto e impasible —comentó Amelia resoplando con cierto fastidio y tratando de estirar las piernas.

—El viejo camastro del orfanato no es muy diferente de esto —le respondió sin mirarla. Parecía haber hablado sin pensar, porque al segundo siguiente había fruncido el ceño en un claro gesto de enfado.

Amelia lo miró sin saber con exactitud qué decir. Tom no esperaba una respuesta, estaba claro. De hecho, era obvio que él prefería que ella ignorara sus palabras, haciendo de cuenta que no las había oído. Sin embargo, Amelia, por un momento, trató de comprender las circunstancias que habían llevado a Tom a ser quien era —o quien sería—. La empatía se instaló en su pecho con una dolorosa punzada, mientras veía a Tom con los ojos de alguien que no conocía sus oscuros secretos ni mucho menos su sangriento futuro.

—Hogwarts debió haber sido un hogar para ti —susurró. Sus palabras escaparon de sus labios sin que pudiera evitarlo.

Aquellas palabras lograron que Tom la mirara. Su expresión era de indiferencia absoluta pero en sus ojos chispeaba cierta irritación.

—No sientas pena por mí, Amelia —soltó con cierta dureza—. Es algo que desprecio y que no sirve de nada.

Amelia levantó las cejas.

—No lo hago —dijo fríamente—. Al menos no ahora que recordé que mataste a tu padre y a tus abuelos.

Tom le lanzó una mirada peligrosa.

—Si, como imagino, conoces la historia, sabrás también por qué lo hice —le respondió—. Y tú, mejor que nadie, puedes entender la necesidad de venganza.

—Ellos eran tu familia —expresó con incredulidad—. Era tu padre.

—Era un muggle despreciable que abandonó a mi madre cuando supo que yo existía —replicó con furia—. La despreció por ser una bruja. Y ella fue tan débil como para dejarse morir.

Amelia iba a decir algo más, pero cambió de opinión. No era el momento ni el lugar para hablar sobre aquel tema.

Minutos después empezó a notar un cambio en el ambiente. Voces lejanas parecían acercarse. Tom también se dio cuenta, porque miró hacia arriba. Amelia lo hizo casi al mismo tiempo y no tuvo que esperar mucho para ver a una silueta asomarse al pozo. El recién llegado conjuró un Lumos e iluminó el fondo. La luz les dio de lleno en los rostros, por lo que los dos tuvieron que entrecerrar los ojos.

—Soy Nott —dijo en voz baja el recién llegado—. Hemos venido todos.

En un instante, Nott abrió la reja y conjuró una larga escalinata formada por cuerdas que extendió hasta Amelia y Tom, quienes se pusieron de pie rápidamente. Tom tocó las cuerdas y las jaló, comprobando su resistencia. Entonces se giró hacia Amelia.

—Adelante —le dijo.

Ella fue hacia la escalera improvisada y se aferró a las cuerdas, empezando a ascender, primero con cierta precaución y después con rapidez. Ya arriba se encontró con Nott, que vigilaba el ascenso y quien le ayudó a salir del pozo una vez llegó al borde. Se fijó en los que habían llegado y reconoció, a parte de Nott, a Avery, Selwyn, Malfoy, Rowle, Dolohov, Rosier y Mulciber. Ninguno parecía muy contento de verla o de estar ahí. Probablemente tenían mejores cosas que hacer que acudir a la llamada de Tom. Aún así, tenían las varitas preparadas mientras vigilaban los alrededores.

Tom no tardó en aparecer. Nott hizo desaparecer las cuerdas y puso la reja en su lugar, como si nada hubiera pasado. Entonces Tom les explicó rápidamente lo que había sucedido con los fugitivos y les dijo que tenían que recuperar sus varitas. La cabaña estaba a oscuras y nadie parecía haberse dado cuenta de que afuera sucedía algo.

Decidieron que Nott y Malfoy llamarían las varitas con un Accio. En menos de un minuto, Amelia y Tom las tenían de vuelta en sus manos. Iban a marcharse todos, pero de repente, un rayo rojo impactó en un árbol cercano, provocándoles un sobresalto.

Uno de los fugitivos acababa de darse cuenta de la situación y ahora los atacaba, dando la voz de alarma. Los demás no tardaron en salir de la cabaña, lanzando hechizos a diestra y siniestra para evitar que Amelia, Tom y los mortífagos lograran escapar.

Ellos respondieron al ataque lo mejor que pudieron. Al fin y al cabo, contra quienes luchaban, fuesen seguidores de Grindelwald o mercenarios, eran magos oscuros experimentados. En cambio ellos eran simples aficionados. Sin embargo, Tom y sus seguidores sacaron a relucir todo su arsenal de maleficios y Amelia puso en práctica todo lo que había aprendido hasta ese momento, incluyendo la magia oscura en la que se había atrevido a adentrarse, esperando que le sirviera para un posible enfrentamiento futuro con Tom.

Pero los mercenarios los atacaban sin tregua, salvajemente. Amelia hacía rato que había dejado de ver a los suyos. Sabía que luchaban a su lado, pero no tenía ni idea de si alguien estaba herido o si había caído. Sus ojos solo estaban fijos en un objetivo: acabar con el mago que tenía frente a ella. Y esa estaba convirtiéndose en una tarea muy difícil. Ella repelía los maleficios, otros pasaban sin llegar a tocarla, pero había algunos que sí lograban alcanzarla, hiriéndola. Pero hubo uno especialmente fuerte que la lanzó por los aires, haciendo que chocara contra un árbol y resbalara hasta el suelo.

Adolorida, se arrastró como pudo hasta quedar a cubierto detrás del grueso tronco del árbol y desde ahí trató de evaluar la situación. El duelo continuaba. Tom y los demás seguían de pie, luchando, pero Amelia notó que había un bulto de color negro en el suelo. Claramente alguien había caído ya, lo que no sabía era de quién se trataba.

Por un momento, Amelia quiso marcharse y dejar a Tom y a los demás a su suerte. Probablemente, los fugitivos le harían un favor sin saberlo. Dejó de mirar lo que sucedía y se puso de pie, decidida a desaparecerse.

De repente, alguien cayó estrepitosamente muy cerca de ella, golpeado por un maleficio. Sobresaltada, se giró para mirarlo y se dio cuenta de que se trataba de Tom. Tenía los ojos cerrados y parecía estar inconsciente.

Volteó la cabeza para dejar de verlo y se preparó para marcharse, pero sintió una punzada dolorosa en el pecho provocada por la duda. No estaba segura de lo que debería hacer. O mejor dicho, lo que quería hacer. Porque estaba claro que debía desaparecerse del lugar. Pero ya no estaba segura de que fuera lo que realmente quería.

—¡Maldición! —susurró con enfado, girando de nuevo hacia Tom y agachándose para llegar hasta él a rastras, para evitar ser alcanzada por un posible maleficio.

El duelo, mientras tanto, continuaba. Los seguidores de Tom estaban luchando ferozmente y Amelia tenía que admitir que los había subestimado, pues estaban aguantando estoicamente la batalla campal que se había armado.

Amelia llegó hasta Tom y le buscó el pulso en la muñeca y en el cuello. Solo estaba desmayado. Ella era consciente de que estaba actuando en contra de su propio plan. Estaba ayudando a Tom cuando lo que debería haber hecho es dejarlo ahí. Y estaba enfadada consigo misma por ser tan bipolar.

Ennervate —murmuró apuntándole con la varita.

Tom abrió los ojos, desorientado. Amelia le tocó en el hombro para llamar su atención, sin levantarse del suelo.

—Vamos, Tom, pongámonos a cubierto —le instó.

Él se repuso rápidamente y la siguió hasta detrás del árbol, desde donde podían observar lo que ocurría. Podrían haber lanzado algún hechizo desde su posición, pero como todos se movían constantemente, podrían alcanzar accidentalmente a uno de los suyos.

—No creo que aguanten mucho más —comentó Tom, refiriéndose a los mortífagos.

—Debemos volver y terminar esto cuanto antes —resolvió Amelia.

Los dos se pusieron de pie y, con las varitas en alto, salieron de su escondite para unirse a la batalla de nuevo. Tom atacó con decisión y Amelia no se quedó atrás. Incluso lograron atacar al mismo individuo al mismo tiempo, abatiéndolo al instante. Después de aquello, ella pudo ver que Tom había decidido luchar contra el líder de los fugitivos, utilizando primero un par de maleficios y luego directamente una maldición Cruciatus.

Los gritos desgarrados del mago provocaron una reacción en cadena. Los demás fugitivos atacaron con más fiereza y uno de ellos logró herir a Tom, consiguiendo que parara el dominio que él ejercía sobre la maldición torturadora. Tom respondió al ataque rápidamente, deshaciéndose de la amenaza de inmediato y volvió a enfrentarse al líder, quien seguía en el suelo.

Avada Kedavra.

Tras aquel acto, la lucha siguió, mucho más feroz por parte de los fugitivos, quienes pretendían vengar a su líder caído. Solo se podía ver destellos de color verde viajando con rapidez por entre los árboles, sin dar en un blanco en concreto. La furia les hacía fallar una y otra vez y eso representaba una ventaja para Tom y sus seguidores.

Pocos minutos más tarde, entre gritos de dolor, huesos rotos y heridas sangrantes, la batalla había terminado. Todos los fugitivos habían caído. Los mortífagos estaban impresionados por haber salido victoriosos y algunos de ellos no dejaban de repetir, orgullosos, que sus contrincantes los habían subestimado. Eso sí, todos estaban muy heridos.

El bulto que Amelia había visto varios minutos atrás resultó ser Mulciber, pero, para tranquilidad de Rosier y Dolohov, estaba simplemente aturdido. Selwyn no perdió la oportunidad de mofarse de él, diciendo que se había pasado la batalla entera dormido, sin enterarse de su triunfo. Quien estaba tan mal que tuvieron que conjurar una camilla para llevárselo directo a San Mungo era Rowle. Por supuesto, no hizo falta que Tom les dijera que debían inventar una historia creíble para explicar sus lesiones a los medimagos, pues Avery y Selwyn, quienes se encargarían del herido, ya habían ideado una.

Casi todos tenían algún hueso roto y Nott resultó ser quien se encargó de curarlos, pues había aprendido a realizar con éxito varios hechizos sanadores. Pero Dolohov, aparte de huesos rotos, tenía un hemorragia importante, por lo que también se marchó a San Mungo.

Amelia, quien también había sufrido heridas, que ya había logrado vendar con trozos que había arrancado de su túnica, y fracturas que Nott ya había curado, permanecía algo apartada del grupo, lo que le permitió fijarse en la más que evidente aversión que había entre Abraxas Malfoy y Marcus Avery. Se preguntó entonces cuál sería el motivo que los tenía tan molestos con su mutua presencia.

Poco a poco, todos se fueron desapareciendo y Tom, que ya se encontraba mejor, decidió, sin decirle nada a nadie, entrar en la cabaña que había servido de refugio a los fugitivos. Amelia sabía que le interesaba el objeto que los mercenarios andaban buscando, por lo que no le pareció extraño su comportamiento. Con la curiosidad de saber si Tom al final había descubierto de qué se trataba el objeto, decidió esperar a que él saliera de la cabaña.

Mientras ella aguardaba con la vista fija en la cabaña, escuchó a Nott y a Malfoy hablar en voz baja. Entonces Nott se despidió de ella y de Abraxas y se desapareció. Amelia pensó que Malfoy también se marcharía, pero para su sorpresa se quedó en su sitio, mirando a la cabaña, claramente esperando a Tom al igual que ella. Parecía nervioso. Amelia quiso preguntarle lo que le ocurría, pero nunca habían hablado más allá de un saludo cordial cuando era preciso.

No tuvieron que esperar mucho. Dentro de unos pocos minutos Tom apareció, caminando con rapidez hacia ellos. Amelia trató de descifrar su expresión queriendo hallar algo que indicara que había encontrado lo que buscaba, pero él permanecía impasible y de cierta forma parecía decepcionado. Aunque quizás solo fuera la impresión que le dio.

—Riddle, quiero hablar contigo —empezó Abraxas con la voz firme.

La actitud de Malfoy hacia Tom era totalmente diferente a lo que Amelia estaba acostumbrada a ver. Él estaba distinto, no lo trataba como si fuese alguien superior ni intentaba agradarle. Lo había llamado por su apellido en vez de utilizar la palabra Voldemort para dirigirse hacia él, pero Tom pareció considerarlo un simple lapsus porque permaneció imperturbable.

—Te escucho, Malfoy.

Amelia podría haberse marchado ya, pero, movida por la curiosidad, decidió quedarse y escuchar la conversación. Fingió estar revisándose las vendas improvisadas que cubrían sus heridas a unos pasos de distancia de donde estaban Tom y Abraxas.

—No quiero seguir siendo parte de esto —expresó Malfoy con tanta seguridad que Amelia levantó la mirada, sorprendida, y lo miró. Tom también estaba asombrado por la revelación.

—Si es por lo de esta noche... —empezó Tom, pero Abraxas negó con la cabeza.

—Lo de esta noche no tiene nada que ver —explicó. Cogió aire y lo soltó, en un intento por tranquilizarse. Amelia se dio cuenta de que las manos le temblaban ligeramente, pero que él hacia lo posible por controlarlas—. Estuve a punto de ignorar el llamado, pero creí que lo correcto era explicarte en persona mi decisión.

—Creo haberte dicho desde un principio que las deserciones no eran algo que me tomara de buena manera —comentó Tom con un toque filoso en la voz.

—Lo sé bien. Pero también sé que pueden haber excepciones.

—Aquí no hay excepciones —soltó Tom con dureza.

—¿Acaso lo que te preocupa es que los demás crean que no eres capaz de conservar a tus seguidores? —preguntó Abraxas con una sonrisa burlona— ¿Crees que empezarían a cuestionar tu valía como líder?

Malfoy estaba metiéndose en terreno peligroso. Tom entornó los ojos y apretó la mandíbula, claramente molesto. Su interlocutor también lo notó porque cambió rápidamente su expresión burlona por una de seriedad.

—Y si lo que te preocupa es que cuente algo sobre ti o los mortífagos, te puedo asegurar que jamás hablaré de ello.

—¿Qué fue lo que te llevó a tomar esta decisión? —quiso saber Tom, hablando en un tono tranquilo— Tengo curiosidad por saberlo. ¿Es que acaso ya no compartes nuestros ideales? ¿Te molesta la presencia de Avery? Después de la discusión que tuvieron no me extrañaría que no quisieras verlo.

—¿Te lo contó él? —preguntó, extrañado.

—No hizo falta. Tu mente y la suya son un libro abierto para mí. Y echarles un vistazo para comprender su actitud mientras Nott les curaba los huesos me pareció lo más acertado.

—Acordamos que no usarías la Legeremancia conmigo —protestó Abraxas con fastidio.

—Estarás de acuerdo conmigo en que a veces hay excepciones —replicó Tom con malicia, repitiendo las palabras que Malfoy había dicho minutos atrás.

—No, Riddle, no me gusta que te inmiscuyas en mi mente.

—No te preocupes, no he visto más que lo estrictamente necesario —comentó Tom, con un deje burlón en la voz—. Solo que te aconsejaría no dejarte manipular por ella.

El enfado de Malfoy se acrecentó. Amelia lo miró con curiosidad, preguntándose quién sería "ella".

—Quien me ha manipulado siempre has sido tú —soltó—. Ella simplemente me ha abierto los ojos.

La expresión de Tom indicaba claramente que estaba a punto de maldecir a Abraxas, pero, sorprendentemente, se contuvo. En ese momento, Amelia notó varias luces a lo lejos, moviéndose con rapidez por entre los árboles, cada vez más cerca. Sin perder el tiempo, ella se acercó hasta Tom y Abraxas.

—No hay tiempo para discusiones. Hay que marcharse —les dijo, señalando su descubrimiento.

Sin quedarse a ver quiénes eran los que se acercaban, los tres se desaparecieron al instante.

Amelia apareció en el patio trasero del Caldero Chorreante, desde donde durante el día entraba al Callejón Diagon. El lugar estaba casi a oscuras, la única iluminación provenía de una antigua farola colgada de la pared de la taberna. Con un par de segundos de diferencia, Tom apareció junto a ella. Amelia se sobresaltó, sin entender lo que hacía él ahí.

—¿Te has mudado de nuevo al Caldero Chorreante? —le preguntó, extrañada.

—No. Supongo que es la costumbre de regresar aquí —le respondió, algo contrariado. A Amelia le pareció que aquella solo era una excusa inventada sobre la marcha.

Se miraron por un instante, algo incómodos de repente. Amelia echó un rápido vistazo hacia el oscuro pasillo que conducía a la taberna y luego a la pared que escondía la entrada al Callejón Diagon, evitando hacer contacto visual de nuevo con Tom.

—En fin, es hora de que me vaya —dijo.

Aquella situación era de lo más surrealista. Se suponía que ella no debería querer quedarse a charlar con él, como si fuesen amigos. Pero eso era precisamente lo que ella quería en ese momento. Enfadada consigo misma, se dio la vuelta y empezó a caminar hacia la taberna, pero la voz de Tom la detuvo.

—Ha sido una noche interesante, ¿no crees, Amelia?

Amelia no sabía si él había usado Legeremancia con ella y le estaba dando la excusa para quedarse, como ella quería —aunque el propósito que él tuviera en ese caso no estaba claro—; o simplemente él también quería lo mismo que ella.

—Sí —respondió lacónicamente, volviendo a girar para mirar a Tom. Para su sorpresa, tampoco él parecía saber muy bien lo que hacía. Y eso era sumamente extraño en Tom Riddle, quien siempre parecía tener bien controladas sus acciones. Pero aquello solo duró un segundo, porque después él volvió a tener su habitual expresión de seguridad.

—Con un incentivo poderoso puedes ser más mortífera que cualquiera de mis seguidores —la halagó—. Y lo has demostrado en el bosque.

Al principio, Amelia no respondió. Estuvo a punto de decir algo, pero luego cambió de idea. Se vio inclinada a creer que Tom tenía un motivo para sus palabras, y ese motivo casi nunca solía ser algo bueno.

—¿A dónde quieres llegar con eso? —preguntó con desconfianza.

—Me gustaría que volvieras a ser parte de los mortífagos.

Amelia lo miró atónita, sin dar crédito a lo que estaba escuchando.

—Estás loco —expresó. Entonces, con cierta irritación, se subió la manga de la túnica y le enseñó la marca tenebrosa. Tom la miró de soslayo.—. El que tenga esta maldita marca no significa nada.

—Esa maldita marca salvó tu vida esta noche —le recordó, pero ella decidió ignorarlo.

—¿Acaso no recuerdas por qué me la diste? —siguió ella.

—Por supuesto que lo recuerdo —acotó él—. Todo fue una artimaña por tu parte para llevar a cabo tu plan de venganza.

—Entonces, ¿por qué quieres que sea una seguidora de verdad, cuando sabes que jamás podré aceptar tus ideales?

—Tienes un gran potencial, Amelia —habló él, acercándose un poco, pero dejando entre ellos cierta distancia—. No deberías desperdiciarlo.

—¿Desperdiciarlo? —repitió Amelia entornando los ojos.

—Sabes que esto terminará solo de una manera —le dijo de manera sombría—. Y será una verdadera pena que una bruja como tú esté del lado equivocado.

—Lo que es una verdadera pena es que un mago como tú, con tus capacidades y que podría conseguir grandes logros, haya preferido convertirse en un despreciable asesino —soltó duramente.

—No lo entiendes, Amelia —protestó él, tratando de rebatir sus palabras.

—Te aseguro que lo entiendo, Tom —musitó fríamente—. Ya sabes de dónde vengo y por lo tanto puedes creerme cuando te digo que has convertido el mundo mágico en un lugar aterrador, donde todo es miedo y dolor, donde todos te temen, odian y buscan secretamente tu caída. Donde nadie te recordará por tu prodigiosa mente, sino por ser un monstruo que no dejó más que destrucción a su paso.

—Sabes tan bien como yo que los muggles representan nuestras cadenas, nos obligan a permanecer escondidos. Y ya es hora de que les demos el lugar que se merecen —replicó con cierto tono vehemente.

—¿En verdad crees que los muggles terminarán por doblegarse? —preguntó con escepticismo unido a un leve tono burlón—. Ellos han creado armas poderosas con las que podrían aniquilar a la comunidad mágica. Y no faltarán aquellos que busquen hacer terribles experimentos con los magos, en busca del secreto del por qué algunos nacen con magia.

—Todo lo que dices solo corrobora lo que ya sabía —dijo él—. Los muggles no deberían convivir con nosotros.

Amelia suspiró con cansancio y cerró los ojos.

—Sí, los muggles pueden llegar a ser horribles —afirmó abriendo los ojos—. Pero también los magos. Todo depende de sus decisiones y de cómo éstas afecten a los demás. Toda acción tiene sus consecuencias, Tom, y no puedes pretender someter a toda una población sin esperar represalias por su parte.

—Sé muy bien qué esperar, Amelia.

Ella lo miró a los ojos. La luz mortecina del candil los hacía brillar de una forma extraña y antinatural. Sin embargo, no había odio en ellos. De hecho, en medio de la tenue iluminación, el halo de misterio que envolvía siempre a Tom se hacía más evidente que nunca. Muy a su pesar, Amelia tenía que admitir que se sentía fascinada.

—Escucha, Amelia —empezó él—. Solo te pido que pienses bien en lo que te he dicho. En verdad quiero que seamos aliados en lugar de enemigos.

Amelia lo miró por un instante y se acercó cautelosamente hasta él. Tenía por costumbre desconfiar y ahora creía que Tom utilizaba la misma treta que ella en Hogwarts. Suponía que él, al ver que ella no pensaba rendirse, prefería tenerla de su lado.

Sin embargo, por algún motivo, Tom le parecía sincero. Y eso no dejaba de parecerle extraño. Pero fue eso, precisamente, lo que la llevó a ser sincera también.

—Yo te pido lo mismo, Tom.

Estaban muy cerca el uno del otro y ninguno hacia amago de querer alejarse. Amelia sentía su corazón palpitar cada vez más rápido, mientras que el nerviosismo empezaba a ocasionar que se le formara un nudo en la garganta. Notó el roce accidental de su mano con la mano de Tom. Y luego el inevitable roce entre sus labios.

Amelia tenía que admitir que había deseado ese momento en silencio muchas veces, pero siempre lograba imponerse su lado más racional. Por eso sabía bien que ese instante estaba destinado a terminar. Que no podía, ni debía ser. Aunque en lo más profundo de su alma estuviese deseando no apartarse de Tom, ella hizo lo contrario. Rompió el beso y, con ambas manos sobre el pecho de Tom, lo alejó suavemente, casi como si no quisiera hacerlo realmente —y sabía bien que así era—. Retrocedió un par de pasos sin dejar de mirarlo. Él se veía algo desconcertado.

Amelia, con la sensación de que había perdido un momento único e irrepetible, ignoró las ansias de volver hacia Tom y retrocedió un paso más.

—Debo irme —susurró. Merlín sabía que era lo que menos quería hacer— Buenas noches, Tom.

Y sin darle la posibilidad de decirle algo, ella se dio la vuelta y entró en la taberna. Adentro la oscuridad era casi total, exceptuando por un par de lámparas de aceite que indicaban el camino hacia las escaleras. Se dirigió hacia la planta superior con rapidez, casi como si huyera. Recién en el pasillo, iluminado por unos cuantos candelabros ubicados en las paredes, se atrevió a parar y a girarse. Escuchó con atención, con la vaga esperanza de que Tom la hubiese seguido, pero el silencio era absoluto.

Sintiéndose estúpida por ello, volvió a caminar hacia su habitación. No era nada lógico querer tener a Tom cerca. Y definitivamente carecía de cordura el hecho de que se sintiera tan atraída hacia él. Porque su relación —o lo que sea que tuvieran, eso no estaba nada claro— no podía terminar de una buena manera.

Al llegar a la entrada de su cuarto, Amelia sacó la llave del bolsillo de la túnica y la introdujo en la cerradura, la giró y abrió la puerta, que se movió con un suave chirrido. Sacó su varita y con un movimiento de ésta encendió las velas, que le dieron un aspecto fantasmal a su habitación.

Se encerró y puso varios hechizos de protección, con la idea de evitar que Tom pudiera entrar. Quizás estaba pecando de paranoica, pero si una parte de ella deseaba tener a Tom a su lado, la otra parte, la racional, deseaba con todas sus fuerzas mantenerlo lejos de ella. Al menos el tiempo suficiente para poder encontrar y destruir sus horcruxes, para después enfrentarse a él en la batalla final.


N/A: He terminado de escribir este capítulo hace dos semanas, pero no quería subirlo sin revisarlo. ¡Espero que os guste!

Podéis decirme lo que queráis en los reviews, incluso vuestras teorías más descabelladas sobre lo que podría suceder de ahora en adelante, ¡me encantará leerlas!

Os agradezco mucho los reviews que me habéis dejado hasta ahora, siempre me emociona leer vuestras opiniones.

Victoria.