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Capítulo X
Fuego y hielo
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Entierra los recuerdos,
cúbrelos de mugre.
¿Adónde ha ido el amor que una vez tuvimos?
Nuestro destino es incierto.
¿Por qué no puedes ver lo que teníamos
y dejar que el fuego derrita el hielo?
(...)
Huyes,
te escondes
en el otro extremo del universo,
a salvo de cuanto te atormenta.
Pero el mundo se ha ido,
también el lugar al que perteneces.
Y sientes que es demasiado tarde,
así que sigues avanzando.
¿Podrás encontrar el camino de vuelta?
.
Fire and ice – Within Temptation
.
Reconocía el sitio perfectamente. Estaba de nuevo en Hogwarts, en el pasadizo secreto donde, hacía ya mucho tiempo, Tom le había dado la Marca Tenebrosa. A lo largo del estrecho pasillo, la escasa luz proveniente de las antorchas iluminaba tenuemente las paredes de piedra. Amelia estaba de pie, como si estuviera esperando algo, sin saber lo que era exactamente.
De repente, las antorchas se fueron apagando de una en una, sumiendo el pasillo en una completa oscuridad. Entonces, el leve sonido de unas pisadas comenzó a oírse, acercándose cada vez más hasta la joven.
Amelia, con los sentidos alerta, buscó su varita, pero por algún extraño motivo fue incapaz de moverse. No podía realizar ni el más mínimo movimiento. Su cuerpo se hallaba paralizado y entonces se preguntó, con pánico, si aquel visitante no la había hechizado sin necesidad de pronunciar en voz alta las palabras adecuadas para ello.
Una ráfaga de aire frío le dio en el rostro, como si alguien hubiera abierto una ventana —inexistente en aquel pasillo— dejando entrar el helado viento nocturno de una noche invernal. En medio del aullido provocado por el vendaval, empezaron a escucharse unos inquietantes y extraños susurros ininteligibles, de clara naturaleza femenina, que parecían arremolinarse alrededor de Amelia, como si quisieran decirle algo que ella no alcanzaba a entender.
El sonido de algo metálico cayéndose muy cerca de ella llamó su atención, haciendo que buscara con la mirada aquel objeto, escudriñando la oscuridad. Y entonces, como si estuviera revelándose ante ella, ese algo empezó a brillar. Entrecerrando los ojos, Amelia se dio cuenta de que se trataba del anillo de Tom. Aquel que tanto buscaba y que sabía que era un horcrux.
Necesitaba alcanzarlo y destruirlo. Pero por más que trataba de moverse para llegar hasta él, no podía lograrlo. Sentía como si decenas de manos la estuvieran reteniendo contra su voluntad. La desesperación empezaba a embargarla mientras los susurros se hacían cada vez más fuertes y claros.
«Si lo quieres, búscala. Busca a Merope»
«Merope tiene lo que tanto buscas»
«Si no te apresuras, la sangre correrá»
Cada frase iba superpuesta a la otra, dificultando su comprensión. Hubo otras que Amelia no alcanzó a entender, pero dejó de prestarles atención en cuanto notó que la presión que la paralizaba había desaparecido y que ahora podía moverse libremente. Con rapidez, avanzó hacia el anillo que aún brillaba, pero nada más tenerlo en sus manos, éste se desvaneció en el aire, como si nunca hubiera estado ahí.
El fulgor del objeto era lo único que brillaba en aquel pasillo, sin embargo ahora, la oscuridad era absoluta. Sin comprender lo que estaba sucediendo, Amelia giró, buscando algún indicio de que el anillo seguía ahí, pero lo que sus ojos encontraron fue una figura encapuchada de pie, muy cerca de ella. A pesar de la negrura del lugar, era perfectamente capaz de ver a ese ser.
Soltó un respingo involuntario, pero la figura no se movió ni un ápice. Amelia recién se dio cuenta que los susurros habían cesado y que el silencio en aquel pasillo era sepulcral. Buscó su varita en los bolsillos de su túnica, pero descubrió con horror que no la tenía. Por algún motivo, y a pesar de no hacer nada contra ella, esa figura le producía un miedo atroz.
Y entonces, aquel ser empezó a acercarse muy lentamente, casi como si flotara. Si antes había oído pasos, ahora el único sonido era el de una capa arrastrándose sobre el suelo de piedra. Amelia retrocedió sin saber a dónde se dirigía y sintió que su espalda chocaba contra la rugosa pared. Si la seguía, encontraría la salida.
Se dio la vuelta y empezó a correr con una horrible sensación de pánico en el pecho. Pero no llegó muy lejos. Algo la golpeó en la espalda, provocando que cayera de bruces. Con dificultad para respirar, trató de levantarse para seguir huyendo, pero otro hechizo la alcanzó, haciendo que se derrumbara en el suelo.
No lo veía, pero sentía que la figura encapuchada estaba a su lado, de pie. Al mismo tiempo, Amelia oyó un golpeteo insistente contra un cristal, como si una lechuza estuviera avisando que había traído una carta. Era extraño porque ahí, en aquel lúgubre pasillo, no había ventanas. Aunque quizás su confundida mente le estaba jugando una mala pasada y aquel sonido eran los pasos que había escuchado en un principio.
Adolorida, cerró los ojos mientras a su mente volvían las palabras que las voces le habían susurrado hacía escasos minutos.
«Si no te apresuras, la sangre correrá»
«Busca a Merope»
Cuando Amelia volvió a abrir los ojos, se encontraba en su cama, en su habitación del Caldero Chorreante, como todas las noches.
Confundida por el realismo de aquella pesadilla, Amelia parpadeó varias veces tratando de poner en orden sus pensamientos. Si todo fue parte de un sueño, ¿por qué seguía escuchando aquel golpeteo? Comprendiendo al instante lo que pasaba, la joven se levantó de la cama y se encaminó hasta la ventana, abriendo el cristal solo para encontrarse con que no era una lechuza quien la visitaba aquella madrugada, sino un cuervo. Lo miró con interés recordando que ella misma, en Hogwarts, le había enviado una nota a Isobel ayudándose de un cuervo.
El ave dejó el rollo de pergamino en el alféizar y se marchó, desplegando las alas con elegancia. Amelia cogió la nota y la abrió. Era de Morgana. Le informaba que la poción ya estaba lista y que necesitaba poner dentro el giratiempo.
Con una sensación de alivio y emoción, Amelia se permitió sonreír mientras empezaba a prepararse para salir. Aún no había amanecido del todo, pero si la nota le había llegado a esa hora, era importante llevar el giratiempo en ese momento. Además, era una gran ayuda para no tener que estar pensando en la pesadilla que acababa de tener.
Mientras Amelia se dirigía al Callejón Knockturn, la niebla aún flotaba en el ambiente en aquella fría mañana de otoño. No dejaba de pensar en que la idea de volver a su época se había convertido en una realidad tangible. Sin embargo, si lo pensaba bien, ¿qué esperaba encontrar ahí? ¿Lo mismo que había dejado? O quizás algo habría cambiado. Con un repentino acceso de pesimismo se dijo que no cambiaría nada si no lograba terminar su misión. Claro que también estaba la posibilidad de que todo había sucedido porque lo había provocado ella. Y esa era una opción que la desanimaba enormemente.
Sintió una punzada en su pecho al pensar en Tom y en que sus sentimientos por él estaban dificultando bastante la situación. Estaba dispuesta a buscar sus horcruxes y, a pesar de todo, destruirlos. Pero todo cambiaba cuando pensaba en lo que pasaría después. ¿Tendría el valor de matarlo? Ya lo había intentado una vez, con el veneno. Lo había hecho ignorando lo que sentía. Porque había algo mucho más importante que los caprichos de su corazón y esa era su familia.
Por eso, había decidido levantar un muro entre Tom y ella. No podía permitir que algo tan frágil y efímero arruinara la posibilidad de recuperar a su familia. Porque no valía la pena y no tenía ningún sentido.
Amelia tenía que admitir que esos pensamientos se habían convertido en una especie de mantra que se repetía a sí misma mentalmente cada día. Gracias a eso, no había vuelto a ver a Tom desde su último encuentro en Borgin & Burkes. Aunque la frase exacta debería ser que no había vuelto a hablar con él, porque sí que lo había visto unas cuantas veces en el Callejón Diagon, pero ella solía perderse entre la multitud, haciendo todo lo posible por evitar un encuentro, recordándose a sí misma que lo importante era enfocarse en su misión.
Durante aquellas semanas, Amelia había logrado descifrar el dialecto del señor Burke. Las palabras que había alcanzado a copiar se limitaban a hablar del medallón, sus características, cómo había sido conseguido y a quién fue vendido. Eso podría haber sido una buena noticia si habría copiado unas cuantas palabras más para así conocer la dirección del comprador y su apellido. Aunque el nombre de pila que había descubierto, Hepzibah, podría ser un buen dato porque, para empezar, no era un nombre común y sería relativamente fácil dar con esa persona.
Pero, con los días, había descubierto que aquella tarea no era del todo sencilla, pues había tratado de averiguar algo sobre Hepzibah y parecía que nadie sabía nada. Aquel nombre no significaba nada para las personas a quienes preguntaba y eso no dejaba de parecerle extraño.
Apartando de su mente el asunto de Hepzibah y el medallón de Slytherin, Amelia llegó a la librería de Morgana, pero la puerta aún estaba cerrada con llave. Sin embargo, a través del cristal, vio aparecer a la mujer quien le abrió la puerta.
—Tenemos poco tiempo —le informó nada más entrar Amelia—. Ven conmigo.
Amelia siguió a Morgana por la trastienda hasta una estantería que resultó ser una puerta que llevaba hacia un oscuro y húmedo sótano. Morgana tenía en la mano un candil que había cogido antes de bajar por las escaleras, iluminando de esa manera el camino. En medio de aquella lúgubre sala estaba dispuesto un caldero burbujeante y las paredes estaban llenas de estanterías repletas de libros y frascos de cristal llenos de ingredientes.
Morgana dejó el candil sobre una mesa que había cerca de las escaleras y se acercó hasta el caldero, haciendo una señal a Amelia para que también se aproximara.
—La poción está en el punto perfecto. Mi madre ha consultado los astros y a esta hora hay una curiosa alineación que podría favorecer la cualidad reparadora de algunos ingredientes que acabo de echar al caldero. Son los últimos, de modo que es hora de colocar dentro el giratiempo.
Amelia sacó el objeto del bolsillo de su túnica y se lo entregó a la bruja. Ésta, tras mirarlo por unos segundos, lo cogió por la cadena y lo sostuvo encima del burbujeante contenido del caldero. Pronunció unas palabras en una lengua desconocida para Amelia y, acto seguido, soltó el giratiempo. El artefacto se hundió rápidamente y al mismo tiempo, la mujer alzó la varita y pronunció en voz baja algunos hechizos. El contenido del caldero empezó a girar de manera lenta, transmutando su color de un gris oscuro a uno más claro.
—Ya está. Reposará ahí todo un ciclo lunar —le recordó Morgana—. Será entonces cuando lo sacaré totalmente reparado.
—Gracias por ayudarme con esto, Morgana.
La bruja asintió. Entonces fijó su mirada en Amelia y frunció el ceño.
—¿Te preocupa algo, muchacha?
Amelia dudó un momento pero al final decidió comentar lo que venía pensando de camino a la tienda.
—He tenido un sueño extraño. Sobre algo que necesito encontrar.
—Deberías hacerle caso. Los detalles son la clave y es importante prestarles atención.
-o-
Eran casi las seis de la tarde cuando, dos días más tarde, Amelia se dirigía con paso firme al orfanato donde se había criado Tom. Había llegado a la conclusión de que si quería averiguar algo sobre Merope, ese era el sitio indicado. Se había bebido lo que le quedaba de poción multijugos, por lo que si alguien la viera en ese momento, vería a una mujer muggle de mediana edad, con el cabello oscuro recogido en un moño y un largo abrigo de lana gris.
Cuando llegó al sitio indicado, tocó el timbre, recordando que las veces anteriores que había estado ahí había entrado a hurtadillas, siendo invisible para los demás. Le abrió la puerta una muchacha joven de aspecto cansado.
—¿Qué desea? —le preguntó en un tono ciertamente malhumorado. Detrás de ella se podía oír la voz de una mujer reprendiendo a un niño que al parecer, había golpeado a otro niño.
—Quisiera hablar con la directora —pidió Amelia. Tuvo que alzar un poco la voz para que la muchacha la entendiera.
—¿Tiene cita con la señora Cole? —quiso saber mientras entrecerraba los ojos, tratando de ignorar lo que sucedía a sus espaldas.
—No, pero es importante que hable con ella.
La joven chasqueó la lengua y suspiró, para luego decir:
—De acuerdo, veré si puede atenderla. ¿Cuál es su nombre?
Amelia ya lo había pensado y, de camino, había decidido utilizar un nombre falso que le ayudara a conseguir la información que buscaba, por lo que no titubeó cuando respondió a aquella pregunta.
—Elizabeth Riddle.
Su interlocutora levantó las cejas con sorpresa pero no dijo nada al respecto.
—Bien, venga conmigo.
Amelia cruzó el umbral y siguió a la muchacha que se encaminó hacia la oficina. Después de llamar a la puerta y abrirla, entró para hablar con la directora, no sin antes decirle a la visitante que la esperara afuera. Tras un momento, la joven volvió a salir y le indicó que entrara. Dentro de la oficina, la directora la esperaba con una expresión de extrañeza en el rostro que sin embargo trataba de disimular.
—Es un placer conocerla, señora Riddle —la saludó tendiéndole la mano.
—Igualmente, señora Cole.
La directora del orfanato la invitó a sentarse en una de las sillas frente al escritorio, al mismo tiempo que ella se sentaba en su propia silla.
—Comprenderá que me parece realmente extraño que después de tantos años por fin aparezca un familiar de Tom Riddle —le confesó.
—Entiendo que le parezca extraño —se explicó Amelia—. Lo que sucede es que acabo de enterarme de la existencia de Tom.
—¿Qué grado de parentesco tiene con él? —quiso saber la señora Cole.
—Su padre era primo segundo. Mi familia se mudó al continente cuando yo era muy joven. Perdimos el contacto, por lo que desconocía que había tenido un hijo —relató Amelia, esforzándose porque el guión que se había aprendido la noche anterior sonara convincente—. Volví hace muy poco a Inglaterra y descubrí lo que había sucedido.
—Es una pena que volviera al país tan tarde, señora Riddle, Tom ya se marchó de aquí y desconozco donde pueda estar —habló la señora Cole. Luego se encogió de hombros y la miró con ligero reproche—. Le habría venido muy bien tener una familia.
—¿Qué puede decirme sobre la madre de Tom? —preguntó Amelia.
—No sé nada de la pobre muchacha —respondió la mujer—. Apareció aquí en la víspera de Año Nuevo, a punto de dar a luz. No sobrevivió a la noche.
—Me gustaría saber dónde está enterrada —expresó Amelia. Si debía encontrar a Merope, ¿qué mejor sitio que aquel?
—Es exactamente la misma pregunta que me hizo Tom antes de marcharse —le contó—. Quizás ese sea el sitio donde pueda usted encontrarlo en algún momento.
Aquel comentario le aseguró a Amelia que iba por buen camino. Tom había elegido la tumba de su madre como escondite para el anillo.
—Es lo más probable —comentó en respuesta.
La señora Cole cogió un lápiz y un papel y escribió algo. Luego entregó la hoja a Amelia quien observó su contenido. Se trataba de la localización de una iglesia.
-o-
Al día siguiente, a la hora del té, Amelia bajó a la taberna. Nada más verla aparecer, el tabernero se dirigió a ella y le entregó una carta.
—La trajo el enlace con el correo muggle —le explicó.
Amelia le dio las gracias y, mientras esperaba a que le sirvieran un té, abrió la carta. Era de Anna. Las palabras estaban escritas de manera apresurada y algunas manchas de lo que parecían ser lágrimas delataban que su amiga había escrito esa carta llorando. Muy preocupada, Amelia leyó rápidamente la misiva.
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Amelia,
Ven a verme, por favor, necesito hablar contigo. Es realmente importante. Ha pasado algo horrible.
Anna.
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Olvidando que esa noche había planeado empezar con la búsqueda del anillo, Amelia se tomó el té de manera apresurada y volvió a subir a su habitación. Se vistió con ropa muggle y partió rumbo a la casa de su amiga. Cada vez que pensaba en esa casa recordaba que, muchos años después, ella misma viviría ahí.
Se apareció en un callejón cercano y caminó dos manzanas hasta la casa. El cielo gris oscuro presagiaba una tormenta y las primeras gotas de lluvia comenzaban a caer. Cuando llamó a la puerta ésta tardó unos minutos en ser abierta. Esta vez, sin embargo, no le abrió la señora Blunt, si no que fue la propia Anna, quien se lanzó a los brazos de Amelia nada más verla.
—Has venido —sollozó—. Gracias, gracias.
—¿Qué ha pasado? —le preguntó Amelia, asustada— ¿Quién te hizo daño?
Anna se alejó unos pasos y, tomando del brazo a su amiga, la arrastró hacia el interior de la casa. Ninguna dijo nada hasta que no se sentaron ambas en el sillón que habían ocupado la anterior vez, en la sala de estar. Amelia pudo observar el lamentable estado en el que se hallaba su amiga. Vestía un camisón holgado y llevaba encima una manta gruesa que le envolvía prácticamente todo el cuerpo y que sujetaba con fuerza. El pelo rubio estaba trenzado de manera descuidada y unas oscuras ojeras en conjunto con los enrojecidos ojos evidenciaban que Anna llevaba horas llorando.
—Estamos solas —le susurró la joven limpiándose las lágrimas con un pañuelo—. Mis padres han salido, llevarán a mi hermana pequeña con mis abuelos. Quieren alejarla de mi histeria.
Anna dijo la última palabra con un intento de tono burlón, unido a un deje de amargura. Amelia no dijo nada, pero recordó inmediatamente que la primera vez que vino a aquella casa, de incógnito y nada más llegar al pasado, escuchó una voz infantil que provenía del piso superior.
—He cometido un grave error —continuó hablando Anna—. Me he casado con Martin Adams.
Amelia abrió los ojos con sorpresa ante aquella inesperada noticia y fue incapaz de decir algo coherente. Miles de cosas pasaron por su mente, pero no pudo expresarlas con claridad.
—Mi madre me convenció. Solo lo hice porque estoy embarazada —siguió la joven, hablando atropelladamente—. Pero el hijo es de Daniel.
—Espera —logró decir Amelia, aún más sorprendida que antes—. ¿Cómo es que no me contaste nada cuando vine a verte la anterior vez?
Anna se encogió de hombros y se limpió la nariz enrojecida con el pañuelo que sujetaba en la mano.
—No lo sé —susurró—. Te lo quise contar, ¿sabes? Pero no me atreví y no quería que me juzgaras.
—Anna... —empezó Amelia, pero su amiga la cortó con un débil gesto de la mano.
—Lo sé, debí haber confiado en ti —musitó—. Me casé con él unos días después de que vinieras a verme. Mi madre me dijo que debería estar agradecida de que Martin se hiciera cargo de un hijo que no era suyo. No dejó de repetirme que sería una vergüenza para la familia el que yo me convirtiera en madre soltera.
Amelia no dijo nada. Por un lado, se sentía contrariada por las convenciones sociales de la época y no podía evitar sentir cierto rechazo. Pero por otro lado, ella sabía que Anna, su abuela, debía casarse con Martin Adams, quien ella conocía como su abuelo. Sin embargo, nunca habría imaginado que su verdadero abuelo era Daniel Murray, un mago. Y eso la llevaba a preguntarse cómo es que su padre no había ido a Hogwarts siendo hijo de magos.
—Iba todo bien, Amelia, te juro que yo estaba tranquila —habló Anna con un leve tono de desesperación—. Pero un día decidí compartir con Martin mi más grande secreto. Y ahora me arrepiento de ello como no tienes idea. Le conté que era una bruja y le enseñé mi varita. ¡Se puso como un loco! —exclamó, volviendo a sollozar—. Me arrebató la varita, la rompió por la mitad y lanzó los trozos al fuego. ¡Me quedé paralizada y no supe reaccionar a tiempo!
Sintiendo como suyo el dolor de Anna y odiando profundamente a Martin, Amelia se acercó y la abrazó, dejando que llorara.
—Debes dejarlo —le dijo Amelia con la voz firme cuando Anna se tranquilizó—. No mereces que te trate así.
Anna se incorporó lentamente y se limpió el rostro. Miró a Amelia durante algunos segundos, pero, para su sorpresa, negó con la cabeza.
—¿Y qué haré después? —preguntó en un hilo de voz—. Mis padres me dejaron en claro que no me recibirán aquí si me separo. Esa sería otra vergüenza para la familia. Además, ellos odian la magia y les pareció acertado lo que me hizo Martin. No les importa lo mucho que significa para mí el mundo mágico.
Amelia bufó, sintiéndose cada vez más enfadada por la situación.
—Esto es ridículo —soltó—. Eres su hija y deben protegerte por encima de todo. Estás sufriendo, ¿acaso no lo ven? Sé que tú querías continuar con la magia en cuanto te sintieras mejor, no puedes permitir que te arrebaten algo que amas.
Los ojos de Anna volvieron a llenarse de lágrimas y su voz se convirtió en un susurro, temiendo romperse en cualquier momento.
—Sabía que eras la única que me apoyaría.
Amelia sintió un nudo en la garganta y se dio cuenta de que también tenía los ojos empañados. Solo pudo asentir mientras parpadeaba con rapidez para evitar que alguna lágrima furtiva se dejara caer. Anna, por su parte, apretó la mano de Amelia con fuerza, en un silencioso gesto de agradecimiento.
—Puedes venir conmigo. Olvida lo demás y juntas saldremos adelante —habló Amelia, ignorando que cualquier decisión respecto a su familia podría impedir su propio nacimiento, según algunas teorías de viajes temporales.
Anna pareció pensarlo. Entonces tragó saliva con dificultad y suspiró pesadamente.
—El problema, Amelia, es que no soy tan fuerte y valiente como tú. Me gustaría serlo, pero me temo que no puedo. No soy capaz.
—No debes menospreciarte. Eres capaz de todo lo que te propongas.
Anna sonrió con tristeza.
—Yo quería ser jugadora profesional de Quidditch —le contó con añoranza. Su mirada se perdió en el infinito—. Daniel lo sabía y me apoyaba. Estaba segura que ese sería mi futuro. Iba a presentarme a las pruebas de los diferentes equipos durante el próximo verano. Daniel iba a ser medimago. Solía decirle que sería una suerte tenerlo en San Mungo, teniendo en cuenta mi historial de estancias en la enfermería de Hogwarts. Éramos felices, Amelia. En verdad lo éramos.
Amelia desvió la mirada, sintiéndose de repente culpable. Anna no tenía que haberse metido en el asunto de la Cámara de los Secretos y ella debió contarle la verdad sobre la situación para que dejara sus investigaciones.
El sonido de la puerta abriéndose la sacó de sus cavilaciones. Anna soltó un respingo y se giró hacia la puerta de la sala de estar, que se había quedado abierta.
—Escóndete —susurró con urgencia—. Mis padres no deben verte.
Sin perder el tiempo en preguntas, Amelia se levantó de un salto y, tras un rápido vistazo a su alrededor, decidió ocultarse detrás del sillón. Lo hizo casi al mismo tiempo que los pasos de los padres de Anna se detenían junto la puerta.
—Creí que a esta hora ya estarías con un aspecto más decente —oyó que decía la señora Blunt con un ligero tono de reproche—. No creo que quieras que Martin te vea así, ¿verdad?
—No quiero volver a verlo, madre —dijo Anna con firmeza—. Ya lo dije cuando volví a casa a pedir ayuda y lo repito ahora.
—No uses ese tono con tu madre —la reprendió el señor Blunt—. Sabes perfectamente que solo queremos lo mejor para ti.
—Y les aseguro que lo mejor para mí es alejarme de Martin —insistió Anna con desesperación—. Si estoy así es por su culpa, por no entender lo que soy.
—Es suficiente, no quiero volver a escuchar lo mismo —el padre de Anna zanjó la discusión y Amelia oyó sus pasos alejarse.
—La culpa es tuya, hija, por estar en esta situación —siguió hablando la señora Blunt—. Si no fueras tan tonta, no te habrías dejado seducir por ese muchacho en Hogwarts y ahora no tendrías este problema.
—Se lo suplico, madre, por favor, basta —pidió Anna.
—Sube a tu habitación y arréglate, no soporto verte así.
—Al menos, si hablara con Amelia, quizás me sentiría mejor —propuso Anna.
—¡Ni lo pienses! —exclamó—. Esa chica no volverá a esta casa. Vino aquí con mentiras, diciendo que era tu compañera en la escuela de enfermería, ¡pero ahí nadie la conoce!
—¡Es mi amiga! —la defendió—. Yo le pedí que dijera eso porque sabía que no ustedes no aceptarían que continuara comunicándome con mis compañeros de Hogwarts.
—Y así es. Quiero que te desligues por completo de ese mundo que no te ha traído más que problemas.
Tras esas rotundas palabras, la madre de Anna se marchó de la sala de estar.
—Amelia —susurró Anna tras algunos segundos—, puedes salir.
Amelia se levantó y se acercó hasta su amiga, quien trataba de no mirarla directamente a los ojos, claramente avergonzada.
—Lamento que hayas sido testigo de esto —musitó.
—Tranquila. Soy yo quien lamenta que tengas que pasar por esto —susurró. Luego tomó la mano de Anna y la miró a los ojos—. Ten en cuenta que mi oferta sigue en pie. Puedes venir conmigo. Sabes dónde encontrarme.
Anna asintió.
—Gracias por todo, Amelia.
—Debo irme. No quiero traerte problemas.
—Sal por la puerta de servicio —le aconsejó Anna—. De ese modo no te escucharán. Vamos, te enseño el camino.
—No hace falta, mi casa era muy parecida.
Con una última mirada a una hundida Anna, Amelia salió de la sala de estar y, en completo silencio, cruzó el pasillo rumbo a la cocina. Ahí se apresuró a salir por la puerta de servicio y luego subir por la pequeña escalinata hasta la calle.
Afuera ya había anochecido y llovía con fuerza. Debería desaparecerse ya, pero no era capaz de pensar claramente en el Caldero Chorreante. La conversación con Anna no paraba de dar vueltas en su cabeza y no podía evitar sentirse tremendamente triste —y al mismo tiempo enfadada— por lo que estaba sucediendo. Incluso no pudo evitar que unas lágrimas escaparan de sus ojos, confundiéndose al instante con las gotas que caían del cielo. Al final, después de caminar un trecho bajo la lluvia, se escondió en un callejón y por fin logró visualizar el patio trasero de la taberna mágica, deseosa de llegar a su solitario y silencioso refugio.
-o-
Mientras caminaba por el pasillo hasta la puerta de su habitación, Amelia oía las gruesas gotas de lluvia golpeteando el tejado del Caldero Chorreante. Sin dejar de pensar en Anna, sacó la llave y abrió la puerta, pero se alarmó cuando vio que había luminosidad adentro, lo que indicaba que las velas estaban encendidas. Rápidamente, con la varita en mano, entró al cuarto de manera brusca, preparada para atacar si fuera necesario.
—Buenas noches, Amelia.
Tom estaba sentado en la silla del escritorio, con un libro en las manos. Su voz sonaba tranquila y su expresión era de absoluta normalidad.
—¿Qué haces aquí? —le preguntó Amelia en tono hostil, sin bajar la varita.
—Tienes libros muy interesantes —comentó el joven ignorando la pregunta. Cerró el libro y lo dejó sobre la mesa. Entonces se levantó.
—Contesta a mi pregunta —insistió ella.
—Solo quiero hablar, Amelia, no hace falta que uses la varita —respondió sin alterarse—. No habrá un duelo.
Con una mirada de desconfianza, la muchacha bajó la varita, la volvió a guardar en el bolsillo y cerró la puerta. Después se quitó el abrigo mojado y lo colgó sobre el perchero. Entonces se giró hacia Tom y se cruzó de brazos.
—Bien, ¿qué quieres?
Tom levantó las cejas ante la evidente hostilidad de Amelia pero no dijo nada al respecto. Ella había decidido levantar un muro entre ellos, consciente del peligro que representaban sus sentimientos hacia él.
—Desde nuestro encuentro en Borgin & Burkes me has estado evitando —habló Tom. Caminó hasta la ventana y observó el paisaje, con las gotas de lluvia golpeando con fuerza el cristal—. Y ni siquiera entonces me diste una respuesta definitiva. ¿Has decidido algo?
Amelia tragó saliva. ¿Por qué le costaba tanto decirle que no aceptaría jamás su propuesta? En el fondo sabía que era porque temía romper esa frágil tregua que se había formado entre ellos. Donde no se atacaban y podían comportarse como eran, sin máscaras ni mentiras. Una tregua que quería que fuera eterna.
—Y tú, ¿qué has decidido? —decidió responderle con la misma pregunta, en un intento por ganar algo de tiempo.
—Es complicado —musitó él sin mirarla—. Para ambos. Por eso entiendo que aún no estés segura de tu decisión.
Amelia suspiró y relajó su postura. Comprendía a la perfección que era una situación extremadamente difícil para ambos. Caminó hasta quedar a su lado, mirando también hacia la ventana. Él la miró durante un par de segundos antes de continuar observando los grises tejados del Callejón Diagon.
—Es complicado —repitió ella en un tenue susurro, soltando después un suspiro.
Durante unos minutos estuvieron en silencio, con el sonido de la lluvia de fondo, cada uno perdido en sus propios pensamientos. Entonces, y solo entonces, Amelia se atrevió a admitir que le gustaba demasiado la compañía de Tom. Que había disfrutado con sus conversaciones y debates en la biblioteca de Hogwarts. Que soñaba a menudo con él y que su corazón saltaba cada vez que lo veía.
Sin embargo, también debía admitir que tenía que olvidar ese sentimiento que la inundaba cada vez que Tom la miraba a los ojos. Que debía ignorar aquella calidez que sentía al tenerlo cerca. Que necesitaba desterrar de su mente los recuerdos de sus instantes juntos que solo le nublaban la razón y la alejaban de su objetivo.
Pero, al llegar a ese punto de sus cavilaciones, se daba cuenta que lo más difícil de todo era tener que admitir que ya no quería seguir con su plan original, en el que tenía que matar a Tom. Porque ahora lo único que deseaba con todas sus fuerzas era que él decidiera elegir otro camino y se olvidara de Voldemort. Sin embargo, también tenía que admitir que la sola idea era absurda. Que conocía a Tom lo suficiente como para saber que aquello era absolutamente improbable que ocurriera.
Y sin embargo, le daba miedo reconocer que en los rincones más oscuros de su mente la idea de aceptar la propuesta de Tom no era algo descabellado.
No tenía sentido continuar con aquello. ¿Qué más daba lo que sentía por Tom, si él no sentía lo mismo por ella? ¿De qué servía admitir que estaba enamorada, cuando él solo la quería tener cerca por ser una buena duelista?
Con cierta sensación de tristeza y decepción, empezó a girar para alejarse de la ventana y de paso, alejarse de Tom. Pero para su sorpresa, él la detuvo cogiéndole de la mano con suavidad. Ella lo miró, atónita, y se topó con su expresión confundida. Amelia podía jurar sin temor a equivocarse que él nunca se había sentido tan confuso como en aquel momento.
Y a pesar del desconcierto inicial, las dudas y temores inevitables, esta vez fue Tom quien la besó. Amelia no se apartó, sino que se permitió abrazarlo por el cuello mientras él rodeaba su cintura con sus brazos.
Afuera llovía con más fuerza que antes y los truenos retumbaban en la habitación. Cada sonido atronador era para Amelia un recordatorio de que estaba actuando como una insensata. Acababa de decidir que lo mejor era olvidarse de lo que sentía, pero Tom se lo estaba poniendo muy difícil. «¿Mejor para quién?» graznó una molesta vocecilla en su mente.
La lucha interna entre los sentimientos y la sensatez estaba casi terminando, pues era esta última la que en ese instante estaba perdiendo la batalla. Porque entre caricias y respiraciones agitadas no había lugar para la cordura.
Los besos se volvieron cada vez más apasionados y Amelia se dio cuenta de que le estaba quitando la capa a Tom al mismo tiempo que él le desabrochaba a ella el vestido. Y con una última pizca de sensatez, Amelia pensó que probablemente se arrepentiría a la mañana siguiente.
Entre besos interminables y ropa que iba quedando olvidada en el suelo, Amelia supo que ya no había vuelta atrás, por lo que decidió olvidar por un momento todo lo que no fueran las sensaciones que la inundaban al sentir a Tom acariciándola.
Sintió la suavidad de las sábanas bajo su espalda y la calidez de Tom sobre ella. Oyó la lluvia cayendo con tanta fuerza que parecía que el cielo caería sobre sus cabezas. Sintió la piel de Tom bajo sus manos y hundió las uñas en su espalda, arañando con fuerza. Escuchó su propia respiración y la de él sonar al unísono. Sintió los labios de él recorriendo la línea de la mandíbula y bajando hasta el cuello, donde la besó y mordió con suavidad. Y sintió sus manos entrelazarse.
Amelia sabía con certeza que mientras viviera no olvidaría jamás aquel instante. No podría olvidar a Tom mirándola a los ojos antes de volver a besarla. Ni olvidaría la embriagante sensación de hundir los dedos en su oscuro cabello.
En aquel momento, el mundo a su alrededor carecía de importancia.
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Las velas se habían consumido hacía mucho, dejando la habitación a oscuras. La fuerte lluvia se había convertido en una leve llovizna que no tardaría en desaparecer. Amelia dormía profundamente en los brazos de Tom, sin embargo, él permanecía despierto, mirando al techo sin verlo realmente, perdido en el torbellino en el que se habían convertido sus pensamientos.
Aún era de madrugada cuando Tom, de manera cuidadosa para no despertar a Amelia, se levantó de la cama y empezó a vestirse. Al final, tras ponerse la capa, se giró para ver a la joven una vez más. Seguía dormida, de lado y cubierta por las sábanas. Su rubio cabello estaba desparramado sobre la almohada y unos mechones caían sobre su rostro. Estuvo tentado a retirarlos y, tras dos segundo de vacilación, lo hizo, rozando en el proceso la mejilla con las yemas de los dedos, provocando que Amelia moviera la cabeza un poco, aparentemente sin despertar.
Tom se alejó y se dirigió hasta la puerta, preguntándose si un día no se arrepentiría de marcharse y odiando profundamente tener que cuestionarse aquello.
—Te vas como viniste. Sin avisar.
La mano de Tom que estaba sobre el picaporte se congeló de repente. Giró la cabeza para mirar a Amelia, quien se acababa de incorporar sobre la cama, cubriéndose lo mejor que podía. Lo miraba con una mezcla de desconcierto y decepción.
—No quería despertarte —dijo él, alejándose de la puerta.
Amelia no dijo nada. Entonces se levantó, sujetando las sábanas alrededor de su cuerpo, en una extraña similitud con una estatua griega. Se quedó de pie, sin acercarse demasiado a Tom.
—Nunca seremos absolutamente sinceros entre nosotros, ¿cierto? —susurró la joven.
Tom desvió la mirada por un momento, luego volvió a mirarla a los ojos. En la habitación en penumbras, con la escasa luz que se colaba por la ventana, Amelia pudo observar su indescifrable expresión en la que creyó vislumbrar algo que nunca antes había visto. Pero la impresión solo duró un par de segundos porque él dejó de mirarla.
—Esto nos está haciendo débiles —musitó él más para sí mismo que para Amelia, pero ella lo escuchó perfectamente.
—Y por eso huyes.
La mirada de Tom se clavó en su rostro. Amelia hubiera dado lo que fuera por saber qué era lo que pasaba por su mente en aquel momento, qué era exactamente lo que quería decirle y que sin embargo no podía expresar.
—Tom, sobre las decisiones que debemos tomar... —empezó Amelia con una ligera duda.
—No creo que sea el momento de tomar decisiones —dijo él. No parecía muy convencido.
Entonces, alentada por un extraño impulso, se acercó hasta Tom y lo cogió de la mano. Él, mirándola a los ojos, levantó la otra mano y acarició el rostro de Amelia. Luego la besó.
Cuando se separaron, pocos segundos después, Amelia observó a Tom y en aquel momento habría jurado que él aceptaría su propuesta. Podía estar segura sin necesidad de usar la Legeremancia. Lo que expresaban sus ojos era suficiente para darse cuenta de lo que pasaba por su mente. Pero la efímera ilusión se desvaneció de repente. Su expresión cambió y él retrocedió, soltándola.
—No puedo ser quien quieres que sea.
Amelia lo miró con incredulidad.
—No se trata de eso, Tom —dijo, negando levemente con la cabeza—. No quiero cambiar quién eres. Solo quiero que conserves tu lado humano.
Durante una breve fracción de tiempo, Tom la miró sin decir nada. Como si estuviera sopesando las palabras de Amelia. Sin embargo, al final, su mirada adquirió un matiz de indiferencia.
—Si para conseguir lo que quiero tengo que perder esa humanidad —expresó fríamente—, que así sea.
La joven, sintiéndose profundamente decepcionada, notó de repente un nudo en la garganta que le impedía hablar.
—Estás cometiendo un grave error —logró decir.
—Tal vez —asintió él—, pero es lo que debo hacer.
—Bien —resolvió Amelia, con dureza—. Si es esta tu decisión...
—Lo es.
—Entonces imagino que comprenderás que no podré ser parte de tus seguidores —manifestó con frialdad.
—Lo entiendo perfectamente—dijo él con la misma frialdad.
Aquello significaba que su tregua había terminado. Que volvían a ser enemigos. ¿Acaso realmente alguna vez dejaron de serlo? ¿Acaso su frágil relación había sido solo un maldito espejismo que los había cegado?
La frialdad e indiferencia traspasaron las palabras y aparecieron en las miradas de ambos, como si estuvieran representando una obra absurda en la que los dos tenían el mismo papel.
Sin ningún cambio en su expresión, Tom se dio la vuelta, dispuesto a marcharse. Mientras él se acercaba a la puerta, Amelia se preguntó cómo demonios las cosas se habían torcido de aquella manera. Y, sin pensarlo siquiera, una pregunta escapó de sus labios.
—¿Eres consciente de que una vez que cierres esa puerta y te marches, no habrá vuelta atrás?
Tom ya había abierto la puerta y en ese momento estaba a punto de cruzar el umbral, pero se detuvo al escuchar la voz de Amelia. No se dio la vuelta, pero pareció meditarlo por unos segundos. Entonces giró la cabeza hacia el costado, para hablarle por encima del hombro, sin mirarla.
—Lo sé.
En cuanto Tom cerró la puerta, Amelia no pudo evitar que una lágrima traicionera resbalara por su mejilla. Se la secó con rabia, como si quisiera borrar aquel rastro y fingir que esa lágrima nunca había existido.
Odió a Tom y se odió a si misma por saber desde un principio que aquello estaba condenado al fracaso y, a pesar de ello, haber tenido la suficiente osadía en imaginar que quizás, y solo quizás, las cosas podrían ser diferentes.
Con una horrible sensación que jamás había sentido, maldijo la hora en que se había enamorado de Tom Riddle.
N/A: Espero que os haya gustado este nuevo capítulo.
Como os comenté la anterior vez, este capítulo iba unido al anterior, pero decidí dividirlo. Ahora, tras agregar varias cosas veo que fue lo mejor, me gusta como ha quedado. ¿Qué os ha parecido a vosotros? Ya sabéis, cualquier cosa que queráis decirme, el espacio para el review está aquí abajo ;)
Como ya estamos en el mes de la Navidad, aprovecho para desearos a todos una felices fiestas y un excelente comienzo de año.
Hasta el próximo capítulo.
Victoria.
