Canciones recomendadas:
Anne Conspires - The Other Boleyn Girl Soundtrack
The change – Evanescence
My heart is broken – Evanescence
Anne returns - The Other Boleyn Girl Soundtrack
Dark Night Of The Soul (Acoustic Version) – Xandria
Capítulo XI
Frente a frente
.
Odio y amor,
El mundo se hace pedazos.
Este amor fatal fue como veneno
Desde el principio.
.
October and April - The Rasmus (ft. Anette Olzon)
.
Fin de la esperanza, fin del amor, fin del tiempo.
El resto es sólo silencio.
.
End of all hope – Nightwish
.
Borgin & Burkes estaba a punto de cerrar cuando la campanilla sonó una vez más esa tarde. Fue Armand Malfoy quien entró en la tienda seguido por su hijo, Abraxas. Tom se tensó ligeramente al darse cuenta de la identidad de los visitantes, pero, como solía ser habitual en él, actuó con normalidad.
—Joven Riddle —lo saludó el señor Malfoy, visiblemente sorprendido—. Jamás habría imaginado encontrarlo aquí.
—Es algo temporal, señor —contestó Tom.
—Eso espero —comentó el mago, con un ligero y casi imperceptible tono burlón—, ya que Abraxas me ha comentado que es usted el mejor estudiante de su generación. Tengo, por cierto, contactos importantes dentro del Ministerio, por si prefiere postularse para algún puesto más acorde a sus capacidades.
—Se lo agradezco, señor Malfoy, pero prefiero conseguir las cosas por mis propios medios —respondió con amabilidad. A pesar de ello, podía entreverse su arrogancia.
—Es admirable —lo halagó, mas no sonaba sincero—. Bien, he venido a por un conjunto de dagas que el señor Burke me enseñó la anterior vez que pasé por aquí. Al final me he decidido a comprarlas.
Mientras Tom traía de la trastienda el cofre, e incluso después, Abraxas permaneció ensimismado, sin prestarle atención a las dagas que minutos más tarde su padre examinaba. Solo después de que Armand Malfoy pagara la compra y recibiera el cofre, Abraxas pareció despertar. Su mirada se tornó decidida y comunicó a su padre que tenía que hablar con Tom.
—De acuerdo, te espero afuera —le dijo. Se despidió de Tom y se encaminó a la salida de la tienda. Solo cuando la campanilla dejó de sonar, Abraxas habló.
—Riddle, no terminamos con nuestra conversación la pasada noche, en el bosque.
—Te aseguro, Malfoy, que no hace falta que sigamos hablando sobre el tema —expresó Tom con frialdad.
—¿Eso quiere decir que no pondrás objeciones a que abandone el grupo? —preguntó Abraxas con precaución, como si no creyera realmente en que no habrían repercusiones.
—Estoy seguro de que tarde o temprano te replantearás tu decisión —afirmó Tom—. Pronto me iré del país y no volveré en un tiempo. Cuando regrese, retomaremos los planes. Los demás están dispuestos a ello.
—Yo no —aseguró Malfoy con firmeza—. Y quiero que me des tu palabra de que no tomarás represalias por ello.
Tom no dijo nada al principio. Se limitó a mirar a Abraxas mientras estudiaba su expresión.
—Es impresionante lo que esa chica ha hecho contigo —dijo al final—. Jamás creí que te vería tan decidido con algo.
Malfoy no respondió, sino que se limitó a mirar fijamente a su interlocutor mientras éste parecía estar meditando en lo que diría a continuación.
—Descuida —habló luego de un tenso minuto—. No habrá represalias.
La mirada de Abraxas decía claramente que no se fiaba en absoluto de las palabras de Tom, pero que no tenía más remedio que creer en ellas.
—De acuerdo —asintió. Parecía estar a punto de marcharse, pero al último segundo cambió de opinión— ¿Puedo preguntar a dónde tienes planeado ir?
—Puedes, desde luego. Pero no esperes una respuesta por mi parte.
A pesar de la evidente aspereza en las palabras de Tom, Abraxas supo ignorarlo muy bien, porque incluso se atrevió a hacer una pregunta que quizás no sería bien recibida.
—¿Y Amelia Adams se irá contigo?
Tom se tensó ante la mención de la muchacha.
—Ella tiene otros planes —respondió fríamente.
Malfoy volvió a asentir, consciente de que era el momento de marcharse. Sin tardar mucho más se despidió y se fue de la tienda.
Odiando profundamente a Abraxas por haber mencionado a Amelia y en consecuencia lograr que volviera a pensar en ella, Tom intentó volver a centrarse en el cofre de plata del cual había estado investigando sus propiedades antes de la aparición del joven y su padre. Su jefe se lo había dado esa mañana, confiando en que descubriera algún indicio de magia oscura en el artefacto. Y, minutos más tarde, fue él mismo quien le dio a Tom, sin saberlo, una razón lo suficientemente poderosa como para dejar de pensar en Amelia.
—Quiero que vayas a ver a una mujer que tiene ciertos objetos que me interesan bastante —le dijo el señor Burke—. Se llama Hepzibah Smith, te espera a las cinco.
Tom levantó la mirada del viejo cofre que había estado examinando, asintiendo brevemente ante las palabras de su jefe. El señor Burke le dio un pergamino con la dirección y se fue a la trastienda. El joven le echó una corta mirada al trozo de pergamino memorizando su contenido y luego observó distraídamente por la ventana. Era un día frío y oscuro. La nieve había cubierto gran parte del callejón y ahora se amontonaba lentamente en los alféizares de las ventanas.
Cuando Tom se apareció cinco minutos antes de lo previsto en la calle donde se encontraba la casona de la señora Smith, pensó que debería actuar metódicamente, sin dejar que la emoción que sentía por recuperar un objeto que le pertenecía por derecho arruinara la ocasión. El señor Burke le había hablado brevemente sobre la mujer a quien iba a visitar, y le comentó sobre ciertos objetos que quería recuperar y que esperaba ella los vendiera. Pero nada le había llamado más la atención que el hecho de que el hombre mencionara un antiguo medallón que había comprado a una andrajosa mujer que parecía haberlo robado hacía casi veinte años y que había vendido a un elevadísimo precio a Hepzibah Smith. Tom supo entonces que aquella mujer que había aparecido en la tienda tratando de vender un tesoro era su madre.
Por supuesto, revisando el libro de notas del señor Burke —el cual tuvo que examinar a escondidas de su jefe pues no permitía que nadie lo tocara—, había descubierto una página que hablaba sobre el medallón de Slytherin. Habría sido fácil hacerse con él si hubiera sido capaz de descifrar el dialecto que utilizaba el mago para escribir en aquel libro. Lo cierto era que, con el tiempo, había conseguido traducir algunas palabras, pero no era suficiente para saber dónde buscar el medallón. Necesitaba más tiempo para ello. Por eso, el que su jefe lo enviara aquella tarde a buscar la reliquia era un golpe de suerte inesperado.
En un principio había planeado conseguir la información usando la Legeremancia contra el señor Burke, pero había descubierto que él era un experto en Oclumancia, lo que dificultaría enormemente su tarea. Incluso había sopesado la idea de utilizar un Cruciatus, pero creyó que era arriesgarse demasiado y que dejaría tras de si un rastro demasiado evidente.
Sin embargo, tras los sucesos recientes, Tom había decidido marcharse del país para continuar adentrándose en las Artes Ocultas y, de paso, olvidarse de la existencia de Amelia Adams. Decidió conseguir el medallón de Slytherin a cualquier precio y por eso había planeado meticulosamente un ataque hacia el señor Burke para conseguir la información, a pesar de haber pensado en un inicio que su plan podría ser contraproducente.
Pero el destino quiso que las cosas fueran de otra manera y ahora Tom se dirigía hasta la casa de aquella mujer que tenía el medallón en su poder.
El joven caminó hasta la dirección exacta con el borde de la túnica arrastrándose por la nieve recién caída, misma que brillaba sobre sus hombros. Una vieja elfina lo recibió en cuanto golpeó la aldaba de la puerta, diciéndole con su chirriante voz que la siguiera, tras conocer el nombre del chico. Avanzó detrás de la criatura por pasillos hasta llegar a un salón que podría parecer amplio de no ser por la multitud de objetos que lo inundaban. Y sentada en el sillón más grande al fondo de la sala estaba la mujer más gorda que había visto en su vida. Ella lo miró con los ojos muy abiertos y luego esbozó una ancha sonrisa soltando una risita tonta. Tom hizo todo lo posible por no dejar entrever su desagrado.
—Así que el señor Burke te envía a ti, muchacho —dijo la mujer ladeando la cabeza sin borrar una sonrisa que pretendía ser coqueta—, creo que por primera vez me agradará hacer negocios con él —extendió su regordeta mano en una clara invitación a que el joven la tomara.
—Es un placer conocerla al fin, señora Smith —habló Tom cortésmente, cogiendo la mano de la mujer y rozándola con sus labios—. El señor Burke me habló mucho de usted.
—Oh, no muchacho, soy señorita Smith —dijo ella jovialmente en cuanto el chico soltó su mano—. Y por favor, llámame simplemente Hepzibah.
La mujer dejó de hablar pero la enorme sonrisa que surcaba su rostro no desapareció, sino que se hizo más ancha hasta el punto de estrechar demasiado sus ojos, convirtiéndolos en unas delgadas líneas surcadas por numerosas arrugas. Pero en contra de lo que pensaba realmente, Tom esbozó una encantadora sonrisa y unió las manos por detrás de su espalda.
—Hepzibah, entonces —dijo suavemente—. Mi nombre es Tom Riddle.
Hepzibah suspiró sin dejar de sonreír e indicó al joven que se sentara mientras ordenaba a la elfina traer el té. De unos segundos ésta apareció con una bandeja y la colocó en la mesita al frente de la mujer, que no dejaba de soltar risitas nerviosas, incluso mientras tomaba su té a pequeños sorbos. Tom, en cambio, deseaba irse cuanto antes de aquel lugar y no tener que soportar a tan insufrible mujer. Esperaba, por su bien, que dejara de sonreírle de aquella manera.
—El señor Burke me ha dicho que…
—Oh, claro —interrumpió ella haciendo un gesto con la mano restando importancia al asunto—. Le envié una lechuza al señor Burke diciéndole que quiero venderle unas cosas. Veo que no ha perdido tiempo en enviarte, seguramente creyendo que por fin le vendería mis más preciados tesoros.
—¿Tesoros? —preguntó Tom respetuosamente, tratando de no parecer demasiado interesado.
—Así es —confirmó Hepzibah con evidente orgullo—. Lo que ves aquí —trazó con la mano un amplio círculo a su alrededor, señalando lo que les rodeaba—, no son más que baratijas comparadas con lo que tengo guardado.
Tom se inclinó ligeramente hacia adelante y trató de establece contacto visual con la mujer.
—Y esos tesoros de los que habla, ¿puedo saber de qué se tratan?
—¡No tan deprisa, muchacho! —exclamó ella, riendo con ganas, muy divertida ante la curiosidad de Tom— Ahora solo quiero ocuparme de los asuntos que son prioritarios.
—Por supuesto —asintió Tom cortésmente, a pesar de que un instante atrás tenía los dientes apretados por la ira que empezaba a sentir ante la negativa.
—Bien, Tom, déjame enseñarte lo que quiero vender.
Hepzibah volvió a llamar a su elfina y le ordenó traer los objetos. Al cabo de un momento, la criatura regresó empujando con todas sus fuerzas un baúl, sobre el cual reposaban algunas pequeñas cajas.
—Gracias, Hokey. Veamos éste primero —cogió un paquete amorfo de la pila de cosas y lo sostuvo entre sus manos casi con miedo—. Este es un espejo de mano del siglo XVIII, sobre él pesa una maldición. Todo aquel que vea su reflejo en él envejecerá cincuenta años en unos segundos.
Tom elevó las cejas con fingido interés.
—Pero imagino que usted no se ha visto en él, ¿cierto? Se ve tan joven… —halagó Tom en un intento por ganarse aún más las simpatías de la mujer.
—Oh, tú, muchacho adulador —dijo ella soltando risitas tontas y sonrojándose—. Y tienes razón, no me he visto en él. Se lo regalé a mi sobrina preferida hace unos meses, ella estaba aquí cuando lo abrió y yo vi con mis propios ojos como ella iba arrugándose como una uva pasa al verse en el espejo —suspiró pesadamente meneando la cabeza—. Pobre chica. Iba a casarse el mes que viene, pero ahora se ha ido a un monasterio muggle —chasqueó la lengua y dejó el espejo en la mesita del té y cogió una caja musical—. Ésta caja reproduce una melodía somnífera. Quien la escucha no despierta jamás.
Hepzibah le mostró una antigua caja de madera, ricamente decorada y con una elaborada llave lateral. Tras enseñarle diversos objetos más, cada uno más raro que el anterior, la bruja por fin señaló el baúl. Éste presentaba unas manchas oscuras en el borde superior, cerca de la tapa.
—¿Ves las manchas? —preguntó ella— Es sangre. Se supone que este baúl tiene algo así como la maldición del ladrón. Si un intruso revisa el baúl, éste no lo reconoce como propietario y se cierra solo, cortando las manos, o en ciertos casos la cabeza del curioso.
—Tiene usted muchos objetos malditos, Hepzibah —comentó Tom elevando una ceja y sonriendo de medio lado.
—Oh, Tom, no es lo que crees —dijo ella soltando un risa—. La gente me regala cosas, compro algunas porque me gusta su aspecto, o encuentro algo en el desván. Por supuesto, otras personas prueban por mí sus propiedades, aunque a veces hay desafortunados accidentes —se encogió de hombros—. Nunca se es demasiado cuidadoso. Por eso tengo muchos otros objetos de los cuales no investigué sus propiedades.
En ese momento se oyó un estruendo que resonó por toda la habitación. Tom llevó la mano a la varita automáticamente, pero Hepzibah soltó un suspiro de cansancio.
—¡Hokey! —llamó— ¿Otra vez la armadura?
—Sí señora, pero ya lo arreglo todo —chilló de manera ahogada la elfina, como si estuviera bajo unos escombros.
—Hokey suele tropezar con una vieja armadura hecha por duendes —explicó ella a Tom—. Eso me hace recordar que también quiero venderla. No la necesito.
—Bien, informaré de todos estos objetos al señor Burke y vendré a verla la semana que viene.
—Pero Tom, no has tomado nota de nada —se sorprendió la mujer dejando su taza de té en la mesilla, sin dejar de extender el meñique.
—No se preocupe, recuerdo todo de lo que hemos hablado.
—Así que aparte de apuesto, resulta que eres muy listo —elogió guiñándole un ojo, que más bien pareció un tic nervioso —. Me atrevo a decir que en Hogwarts el Sombrero Seleccionador te puso en Ravenclaw.
—Siento contradecirla, pero mi casa fue Slytherin —habló él con un deje de orgullo en la voz.
—Oh, bueno, seguro fuiste el mejor de tu clase.
—Así es, Hepzibah —asintió levemente.
—Nada de falsa modestia —sonrió ella, moviendo un dedo regordete en dirección del chico—, me gustas, muchacho.
La mujer fijó su mirada en un cuadro colgado en la pared lateral, que representaba a una joven rubia con un cesto en las manos lleno de flores, paseando por un campo de girasoles. Hepzibah suspiró con añoranza y habló sin mirar a Tom.
—Hace tanto tiempo que nadie me regala flores, ¿sabes querido? Me gustan mucho, Tom, sobre todo las begonias.
-o-
La primera nevada había llegado. La nieve crujía bajo sus pies mientras Amelia se dirigía hasta una antigua casona. Tras varios días de intensa búsqueda había dado por fin con el nombre completo de la persona que ahora tenía el medallón de Slytherin en su poder. Se trataba de Hepzibah Smith, una bruja un tanto especial, según le había dicho el encargado de Flourish & Bloots.
Después de buscar por distintos lugares, Amelia se dio cuenta de que no había hablado con su antiguo jefe, William. Por lo que cuando fue a verle para preguntarle si conocía a alguien llamado Hepzibah, él le contó que la señorita Smith era una ferviente lectora de novelas románticas, por lo que cada mes le enviaba un nuevo libro. De hecho, esa semana acababa de llegar una nueva novela que estaba a punto de enviarle vía lechuza.
Amelia, sin pensarlo demasiado, se ofreció a llevarle el libro personalmente. William lo dudó un momento, diciéndole que no debería compartir los datos de sus clientes, pero, tras la insistencia de Amelia, accedió. Lo había convencido porque al fin y al cabo ella había trabajado en la librería y no sería la primera vez que llevaba un pedido a las casas de los clientes.
Esa era la razón de que caminara hacia la casa de Hepzibah Smith aquella tarde, con un paquete para la mujer metido en el bolso. Tenía cierta sensación de intranquilidad a medida que avanzaba y se preguntaba cuál sería la mejor manera de abordar el tema del medallón. William, a pesar de decirle que solo se trataba de entregar un libro, le había recomendado tener mucho tacto al hablar con ella pues era muy sensible y podría ofenderse con facilidad.
Cuando se encontraba a un par de metros de la entrada, el portón se abrió y Tom apareció frente a ella, saliendo de la casona. Amelia se detuvo en seco. Él hizo lo mismo al verla. Claramente, ninguno de los dos esperaba encontrarse ahí, tal y como evidenciaban sus miradas cuando se cruzaron. Pero aquella sorpresa desapareció inmediatamente dando paso a una absoluta frialdad.
El sonido de la puerta cerrándose detrás de él apenas los inmutó.
—Continúas siguiéndome —comentó Tom con la voz inexpresiva.
—No lo hago —respondió Amelia con el mismo tono—. Nos hemos encontrado por casualidad.
—¿En serio? —inquirió Tom, levantando las cejas con incredulidad—. No creo en las casualidades, Amelia. Te conozco lo suficiente como para saber lo que buscas aquí.
Amelia frunció levemente los labios con disgusto.
—No todo gira a tu alrededor, Tom. Lamento que tu egocentrismo no te permita ver la realidad.
Tom esbozó una mueca burlona en respuesta. Amelia le dedicó una dura mirada y caminó hacia la puerta, evitando rozarle siquiera con el hombro, para luego tocar la aldaba con fuerza, descargando su enfado a cada golpe. La puerta no tardó en ser abierta por la elfina de la casa. La joven le explicó la razón de su visita y la criatura mágica la hizo pasar sin problemas. Antes de entrar, Amelia se dio la vuelta para mirar a Tom y le sonrió de manera altiva. Él, por su parte, la miró con desconfianza, como si no creyera que esa fuera realmente la razón de su visita.
Amelia dejó de mirarlo y siguió a la elfina rumbo al interior de la casona, recorriendo pasillos hasta llegar a un amplio salón repleto de los más variados objetos, dispuestos en pequeñas mesas y casi sin espacio entre unos y otros. Fue ahí donde la elfina se detuvo y habló, con su chillona voz, sobre la nueva visita, dirigiéndose a un gran sofá ubicado al fondo del salón. Amelia tuvo que moverse un poco hacia la derecha para poder ver mejor a la persona que ocupaba el sillón y no pudo evitar sorprenderse.
Por algún motivo, cuando William le había dicho que Hepzibah Smith era una señorita aficionada a las novelas románticas, su mente había creado una imagen de manera automática. Se había imaginado a la mujer como una versión similar a la que había sido Anna cuando la conoció en Hogwarts, pero no podría estar más equivocada, pues frente a ella se encontraba una mujer mayor, muy gorda, con una elaborada peluca pelirroja y vestida con una vaporosa túnica de color rosa brillante.
—Oh, de acuerdo, Hokey, muchas gracias —habló Hepzibah. Luego hizo un gesto con la mano, de manera muy elegante—. Acércate, muchacha, no seas tímida y siéntate aquí.
Sintiéndose algo incómoda, la joven se acercó, esquivando un par de mesitas para después sentarse en el sofá que quedaba frente a la anfitriona. Luego sacó de su bolso el paquete.
—Le he traído un nuevo libro desde Flourish & Bloots, señorita Smith—dijo, entregándole el volumen.
Hepzibah sonrió y lo cogió con parsimonia. Mientras quitaba el papel que protegía el libro miró a la joven con curiosidad.
—¿Cómo te llamas, jovencita?
—Amelia Adams.
—Bien, Amelia —volvió a sonreír—. ¿Quieres un té?
—Sí, gracias.
Mientras Hokey, la elfina, salía de la sala de forma apresurada, Hepzibah terminaba de desenvolver el libro para después mirar la portada con una expresión emocionada en el rostro.
—Scarlett L'Amour es una magnífica escritora, ¿no crees?
—No he leído sus libros —respondió Amelia, quien jamás había escuchado ese nombre.
—¿En serio? —se extrañó la mujer—. Siendo tan joven no comprendo cómo no te has adentrado en los romances tan maravillosos que relata.
—No me atrae la literatura romántica.
Hepzibah Smith la miró con incredulidad. En ese momento Hokey regresó con la bandeja del té que colocó en la mesita central, para después servir el líquido humeante en dos tazas y ofrecerle una de ellas a Amelia y la otra a su ama. Ésta cogió la taza con cuidado sin dejar de observar con ojo crítico a su visitante.
—¿Qué tienes en contra de este tipo de literatura? —preguntó al fin.
—Nada —se apresuró en responder la joven—, solo que prefiero leer otro tipo de libros.
—¿Cómo cuáles? —quiso saber. Acto seguido se llevó la taza a los labios y dio un pequeño sorbo a su té, todo sin descuidar en ningún instante el tener el dedo meñique alzado.
—Sobre magia en general, para ampliar mis conocimientos.
—Una muchacha inteligente, entonces —comentó sonriendo.
Amelia esbozó una pequeña sonrisa en respuesta antes de beber un poco de su té.
—Por cierto, Amelia —dijo Hepzibah de pronto—, te agradezco que me hayas traído el paquete hasta aquí, pero no deja se sorprenderme, pues William me lo envía por correo todos los meses sin problemas —se detuvo para soltar una risita—. Por supuesto, querida, no me malinterpretes, me encanta la compañía, y mucho mejor si ésta es joven.
—Me ofrecí para traérselo personalmente porque me hacía mucha ilusión conocerla, señorita Smith.
Hepzibah levantó las cejas con sorpresa y sonrió, mostrándose complacida.
—¿Por qué querías conocerme, Amelia?
—He escuchado que le gusta coleccionar objetos interesantes —habló, decidida a arriesgarse—. Como el medallón de Slytherin.
El rostro de asombro de la mujer era todo un poema. Amelia creyó que ella se enfadaría por su atrevimiento, pero, para su buena suerte, volvió a sonreír con cierta altanería y asintió.
—Es verdad —habló con un tono lleno de orgullo—. No sé cómo lo has sabido, pero el medallón está entre mis más preciadas posesiones. Pero, no es la única. ¿Has escuchado hablar de la copa de Hufflepuff?
Esta vez fue el turno de Amelia de sorprenderse. Primero por el aparentemente nulo sentido común de la mujer que, de tenerlo, le ayudaría a no fiarse de cualquiera que apareciera frente a ella. Y segundo por la revelación en sí. ¿Sabría Tom aquello?
—Desde luego —respondió—, ¿también la tiene?
—Por supuesto, querida —sonrió con orgullo—. Déjame contarte que la copa ha ido pasando de generación en generación en mi familia. Como habrás adivinado seguramente, soy descendiente de Helga Hufflepuff.
—Es increíble, no tenía ni idea —confesó Amelia.
—Así es, querida —asintió—. Te mostraría las reliquias, pero comprenderás que no se las voy enseñando a cualquiera que pase por aquí. No te ofendas, claro.
—Lo entiendo perfectamente, señorita Smith. Pero me parece que las reliquias podrían estar en peligro —empezó Amelia, segura de que era mejor advertir a la mujer cuanto antes.
—Por supuesto, siempre lo están —respondió ella restando importancia al asunto—. Siempre hay quienes quieren hacerse con ellas. ¿Pero sabes qué? ¡No podrán! —exclamó con alegría, moviendo el dedo índice en un signo de negación—. No. Tengo activados hechizos muy poderosos que los protegen día y noche.
—Podrían hacerle daño a usted con tal de llevárselas.
—No seas agorera, muchacha —dijo ella con una sonrisa falsa.
Amelia dudó durante un momento en si debía o no ser totalmente clara con Hepzibah. Se tomó el resto de su té mientras decidía lo que debía hacer y al final habló.
—Sé de alguien que planea robarle las reliquias. Mi deber es advertirle.
—Yo también sé de muchos que desearían ponerle las garras encima a mis tesoros, pero ya te lo dije, es imposible.
—Solo le digo que no se tome a la ligera este asunto. Y que no confíe en Tom Riddle.
—¿Cómo dices? —preguntó la mujer. Su rostro mostraba verdadero asombro—. ¿Qué tiene que ver Tom en esto?
—Es quien pretende robarle.
—¡Eso es absurdo! ¡Imposible! Él es un muchacho realmente encantador.
—Hágame caso —insistió Amelia—, no estaría aquí si no fuera verdad. Lo conozco mejor que usted y sé perfectamente lo que busca. A pesar de lo agradable que pueda parecer, todo en él es una mentira.
Hepzibah bufó, irritada de repente. Su buen humor se había esfumado y ahora su sonrisa era más falsa que nunca.
—Te agradezco que me trajeras el libro, Amelia. Dile por favor a William que me envíe por correo, como siempre, el próximo.
Amelia, enfadada, se levantó del sillón, consciente de que para su desgracia casi todos con quienes se cruzaba parecían tener especial predilección por creer a Tom y desconfiar de ella. Maldiciendo mentalmente la situación, le dio las gracias a Hepzibah por el té y dejó que Hokey la acompañara hasta la puerta.
—Cuida bien a la señorita Smith y vigila esos tesoros —le recomendó a la elfina antes de cruzar el umbral. Sabía bien que Hokey había sido testigo de aquella conversación y por lo tanto podría resultar de ayuda para evitar que Tom se saliera con la suya.
—Hokey siempre ha cuidado de su ama —dijo la elfina en respuesta.
Amelia suspiró con pesar en cuanto la puerta se cerró tras ella. Le resultaba desesperante el efecto que Tom causaba en las personas. Claramente, se había ganado la simpatía de Hepzibah y ni siquiera las palabras de la joven habían logrado sembrar algo de duda sobre él.
Afuera ya había anochecido y en aquel momento la nieve caía con suavidad. Las farolas iluminaban la calle dándole un aspecto mágico y acogedor. Podría desaparecerse, pero Amelia prefirió dar un paseo. Se puso la capucha de la capa y se ajustó la bufanda antes de proseguir su camino.
Tras caminar un trecho, Amelia se dio cuenta de que alguien la seguía. Intuía que se trataba de Tom. No dejó entrever que se había dado cuenta de su presencia y, en el primer recodo, giró hacia un callejón. Rápidamente se escondió bajando las escaleras de servicio de una casa y esperó. Tal y como imaginaba, Tom no tardó en aparecer.
Amparada por las sombras, pudo observar la expresión del chico escudriñando la oscuridad, adentrándose más en el callejón, buscándola. Fue entonces cuando Amelia salió de su escondite.
—Así que estabas esperando a que saliera de la casona, ¿verdad, Tom? —habló ella con un deje burlón en la voz.
Tom, que le daba la espalda en ese momento, giró para encarar a la muchacha.
—¿Qué es lo que quieres esta vez? —siguió Amelia con dureza.
—¿Has conseguido que Hepzibah Smith te muestre el medallón de Slytherin? —quiso saber él. Avanzó hacia ella hasta quedar a muy poca distancia. Podía ver en su rostro la expectación por la respuesta.
—¿Por qué supones que sé algo que, según tú, no debería saber? —le preguntó Amelia con una media sonrisa enigmática.
Con su particular expresión arrogante, Tom se acercó aún más hasta ella.
—Vamos, Amelia, creo que llegados a este punto es inútil pretender que desconoces algo sobre mis planes. Me parece que será mejor para ambos si hablamos claro.
Amelia lo miró directamente a los ojos sin dejar de lado su expresión.
—¿Qué te hace pensar que Hepzibah Smith decidió enseñarme a mí el medallón de Slytherin?
—No lo sé —admitió él. Sin desviar la mirada y sin titubear, levantó la mano y acarició levemente el rostro de la joven con el dorso de los dedos. Ella se estremeció involuntariamente ante el contacto y él sonrió satisfecho—. Supongo que es porque resulta sencillo confiar en ti.
Dedicándole una fría mirada, Amelia apartó la mano de Tom de su rostro.
—No intentes manipularme, Tom —le advirtió con un toque filoso en la voz.
—No lo hago, Amelia. Eres bastante inteligente como para caer con halagos y palabras bonitas. Y es esa una de las cosas que más me gustan de ti.
A pesar de sentir que el calor subía repentinamente a sus mejillas, Amelia se obligó a mantener la cabeza fría y a no permitir que las palabras de Tom le afectaran de alguna manera.
—Lo sigues haciendo. Continúas con tu intento de manipulación —soltó con reproche. Tom simplemente le sonrió—. Acabemos con esto de una buena vez. No, no he visto el medallón.
—Pero te habló sobre él —insistió, recuperando su habitual seriedad y olvidando su gesto burlón de segundos atrás.
—Así es.
—De modo que te ganaste su confianza.
Amelia dudó durante un instante. Se daba cuenta perfectamente de que Tom no sabía aún que, a parte del medallón, Hepzibah tenía en su poder la copa de Hufflepuff. Escondiendo muy bien la satisfacción que sentía al haber conseguido algo más que él, la joven simplemente se encogió de hombros.
—Podría decirse —dijo al final.
—Bien —resolvió—. Deberías volver a visitarla. Sé amable con ella y, con suerte, te enseñará sin problemas el medallón. Es entonces cuando lo robarás para mí.
Amelia, entre sorprendida e incrédula, levantó las cejas.
—Te recuerdo que es precisamente eso lo que intento evitar. No quiero que robes el medallón y mucho menos que me envíes a hacerlo por ti —respondió con acritud.
—Aunque lo intentes evitar, lo conseguiré tarde o temprano —le aseguró él.
—¿Lo ves? —soltó, esbozando una sonrisa triunfal, al mismo tiempo que retrocedía un paso, con la idea de darse la vuelta para marcharse—. Realmente, no necesitas mi ayuda.
De repente, Tom parecía disgustado. Desvió la mirada durante un segundo antes de volver a hablar.
—No tengo muchas ganas de volver a esa casa —no parecía muy contento por haber hablado y por eso Amelia supo que decía la verdad.
—Y quieres obligarme a mí a volver.
—No voy a obligarte, Amelia. Pensaba hacer un trato.
Amelia lo miró con desconfianza.
—¿Qué clase de trato?
—A cambio de poner fin a tus intentos por sabotear mis planes y a ayudarme a conseguir el medallón, te doy mi palabra de que te ayudaré a reparar tu giratiempo para que puedas regresar a tu época.
Sorprendida de que él le ofreciera ese trato, Amelia lo miró durante un momento, sopesando sus palabras. No podía evitar preguntarse sobre cuáles serían sus motivos reales, después de todo, solía sospechar siempre de sus intenciones. Pero ahora estaba claro que solo quería alejarla de su vida. Lo entendía perfectamente y odió tener que reconocer que una parte de ella, la más profunda y oscura, se decepcionara ante ello.
—No puedo ayudarte con Hepzibah Smith, Tom —habló al final—. Le advertí sobre ti y no creo que me reciba otra vez —ante su confesión, notó que la expresión de Tom se tornaba irritada. Amelia, entre malhumorada y sarcástica, siguió hablando—. Has hecho bien tu trabajo, ella confía plenamente en ti.
—Me ocuparé yo mismo—dijo él tras unos tensos segundos—. Pero, olvidando esta parte, el trato sigue en pie.
—Quieres alejarme a toda costa, ¿no es así?
—Comprenderás, Amelia —empezó con tranquilidad, dando pasos lentos muy cerca de ella hasta detenerse detrás de la joven—,que no puedo seguir permitiendo que vayas persiguiéndome, tratando de destruir mis horcruxes.
Amelia no se giró, sino que permaneció anclada en su sitio mientras sentía cómo Tom se acercaba más.
—Me vas distrayendo de mis verdaderos objetivos y eso es algo que no me gusta —le susurró al oído.
—Tendrás que soportarlo —le dijo Amelia fríamente—, porque no me iré hasta que no acabe contigo.
Escuchó que Tom reía suavemente.
—Pierdes el tiempo, Amelia. Tus intentos por acabar conmigo son vanos.
—No importa el tiempo que tarde, Tom —habló con firmeza, girándose y enfrentándolo con una mirada decidida—. Destruiré uno a uno tus horcruxes y entonces iré a por ti.
—Oh, Amelia —musitó él con una sonrisa burlona— ¿No ves que tu misión está condenada al fracaso? En todo este tiempo no has logrado nada.
—Es lo que tú crees. He destruido tu diario —le contó con una expresión triunfal.
La sonrisa burlona de Tom se ensanchó al mismo tiempo que él daba un paso en dirección a Amelia, quedando aún más cerca de ella que antes.
—¿En verdad crees que lo has destruido? —le preguntó con sorna— No, Amelia, no lo hiciste. Lo que le echaste encima no era veneno de basilisco.
—Por supuesto que lo era —insistió ella, empezando a sentir que el calor le subía a las mejillas. De repente, la preocupación se instaló en su pecho mientras se preguntaba si Tom le decía la verdad o solo estaba jugando con ella.
—No, Amelia, si lo fuera, habría destruido el diario y lo habría dejado inservible —le explicó—. Cuando lo recuperé del despacho de Dumbledore vi que estaba dañado, pero con el tiempo he notado que ha empezado a regenerarse.
—Eso no es posible.
—Entiendo perfectamente tu confusión —le dijo, pero Amelia podía notar que él disfrutaba al ver su desconcierto—. Yo mismo vi en tus recuerdos, aquella noche en el acantilado, lo que pasó. Evidentemente se trataba de un veneno potente, pero no lo suficiente como para destruir un horcrux. Me atrevo a pensar que Slughorn lo compró creyendo que en verdad era veneno de basilisco. A simple vista son bastante similares, de modo que es fácil confundirse.
Amelia desvió la mirada y se alejó de Tom, caminando un par de pasos en dirección a la salida del callejón. Se sentía estúpida y no paraba de pensar en que todo lo que hacía terminaba mal. ¿Era verdad lo que Tom le decía o era solo un invento suyo para mortificarla? Un intento de desanimarla y lograr que se marchara.
Levantó la vista hacia el cielo nocturno sintiendo como los copos de nieve caían suavemente, rozando su rostro. Inspiró el aire frío de la noche, infundiéndose valor para seguir con su misión. Pero el crujir de la nieve detrás de ella la puso alerta. Tom volvía a acercarse.
—¿Y si no hay nada de lo que debas vengarte?
Sin entender a qué se refería, Amelia se dio la vuelta de nuevo, quedando frente a Tom.
—¿Has pensado que es posible que no exista un motivo por el que busques venganza?
—¿De qué hablas? —le preguntó con cierta cautela.
—Al ver tus recuerdos también vi lo que sucedió la noche en que atacaron a tu familia y a ti —empezó él. Amelia se tensó ante la mención—. Y he notado que no hubo maldiciones asesinas de por medio.
Eso fue algo que Amelia no se esperaba. Su corazón dio un salto y fue incapaz de articular palabra alguna.
—No puedo estar seguro de qué maldiciones utilizaron, pero un Avada Kedavra siempre es verbal —le explicó—. Y los rayos verdes que viste fueron hechizos no verbales.
—¿A dónde quieres llegar con esto? —logró decir la joven. Había estado conteniendo la respiración hasta ese momento. Se daba cuenta de lo que Tom quería decirle, pero necesitaba escucharlo de él, para poder estar segura de que no eran alucinaciones suyas.
—Puede que tu familia esté viva.
Amelia sintió que la cabeza empezaba a darle vueltas al mismo tiempo que el corazón le empezaba a latir con más fuerza. Daría cualquier cosa, lo que sea, con tal de que aquello fuera verdad. De nuevo, se alejó de Tom. Solo que esta vez se acercó a la pared más cercana y se apoyó en ella con ambas manos, bajando la cabeza e inspirando el frío aire de la noche profundamente, tratando de poner en orden sus pensamientos.
—¿Y lo que yo vi? —susurró para si misma— ¿Y la noticia en el periódico muggle?
De repente, el pánico se apoderó de ella. ¿Acaso había llegado al pasado creyendo que había sucedido algo que no era? Si Tom tenía razón, ¿qué había sido de su familia mientras ella estaba en casa de los Johnson? ¿Estaban en peligro? ¿Se habían escondido? ¿Acaso los papeles se habían invertido y su familia creía que era ella la que estaba muerta?
—Es solo una posibilidad, Amelia —le dijo Tom—. No sabrás la verdad si no regresas a tu época.
Amelia se irguió lentamente y no se giró hacia Tom de inmediato. Dejó de apoyarse en la pared y se esforzó por pensar fríamente. Solo entonces se dio la vuelta. Observó a Tom, quien permanecía a poca distancia de ella, con una expresión ligeramente expectante. Sin permitir que la llama de la esperanza la cegara, decidió que primero debería sopesar la posibilidad de que todo fuese mentira.
—Sé bien que eres capaz de decirme cualquier cosa con tal de que me marche —habló tratando de que su voz sonara firme.
—Es decisión tuya si regresas o no —expresó él fríamente. Entonces dio un paso hacia Amelia y su expresión adquirió un matiz amenazante—. Pero mantente alejada y no trates de perjudicar mis planes.
Amelia retrocedió ante su avance y sintió su espalda chocar contra la pared. La distancia entre ellos era muy corta, por lo que la joven puso sus manos sobre el pecho de Tom, en un intento por mantenerlo a raya. No se amedrentó ante la mirada de él y levantó el rostro de forma desafiante.
—¿Y si no lo hago?
Tom, sin dejar de mirarla, tomó las manos de Amelia con firmeza y, retirándolas de su pecho, las estampó contra la pared, sujetándolas a ambos lados de la cabeza de ella, inmovilizándola, al mismo tiempo que cortaba aún más la distancia entre ellos.
—Te lo advierto, Amelia, si no te detienes me veré obligado a arrancar el problema de raíz.
—Correré el riesgo, Tom —respondió Amelia, decidida.
Mirándose a los ojos con intensidad, casi con odio, era impensable siquiera imaginar que la situación acabaría por otros derroteros.
La mirada de Tom se desvió durante una fracción de segundo a los labios de Amelia y luego volvió a enfocarse en sus ojos. Un copo de nieve se había posado sobre sus pestañas.
Sin hacer el más mínimo gesto de querer evitarlo, los dos se unieron en un beso intenso y apasionado mientras la nieve caía con suavidad sobre ellos.
De haber sabido que ese era el último beso que se daban, Amelia no habría decidido alejarse. No habría ladeado la cabeza, rompiendo el beso de esa manera. Y no habría dicho lo que estaba a punto de escaparse de sus labios, inducida por el orgullo.
—No creas que esto cambia algo —le susurró sin atreverse a mirarlo a la cara.
Tom no dijo nada. Soltó las manos de Amelia y dio un paso hacia atrás. De repente, ella fue consciente del frío que sentía y algo le dijo que eso no tenía nada que ver con el clima.
Con la certeza de haber perdido una oportunidad que quizás nunca había existido y sintiendo un extraño vacío en su pecho, Amelia levantó la mirada para observar la indescifrable expresión de Tom. No se quedó mucho tiempo así. Al segundo siguiente volvió a desviar la mirada para empezar a caminar hacia la calle principal.
—Después de todo, tú y yo no somos tan diferentes —oyó que le decía Tom.
—Eso no es cierto —soltó a la defensiva, girándose de nuevo.
—¿Olvidas acaso que yo te vi luchando en el bosque? —le preguntó, volviendo a acortar la distancia entre ellos— Utilizabas la magia oscura sin dudarlo. Acéptalo, Amelia, en el fondo te gusta el poder que te da.
Amelia no respondió. Tom sonrió satisfecho.
—¿Lo ves? He acertado. A ti, como a mí, te gusta investigar sobre magia antigua y no te amedrentas ante los hechizos oscuros. Podríamos, sin problemas, estar del mismo lado.
—Oh, Tom, si sólo se tratara de eso —respondió con acritud—. Has iniciado una guerra contra los nacidos muggles. ¿Cómo podríamos estar del mismo lado si yo soy una hija de muggles?
—Tu abuela es una bruja —le recordó—. Y lo más probable es que...
—¿Y qué más da? —lo interrumpió— Eso no lo sabías. Ni siquiera yo lo sabía. Y estoy segura de que, olvidando ese detalle, jamás te habrías acercado tanto a mí. De hecho, incluso me atrevería a afirmar que habrías enviado al basilisco a por mí.
Esta vez fue Tom quien no respondió.
—Me dejaste muy en claro que si no hago lo que tú quieres, encontrarás la manera de hacérmelo pagar —siguió ella con dureza—. Comprenderás, Tom, que no soy una marioneta que puedas manejar a tu antojo. No soy como tus mortífagos. Y sé que tarde o temprano te cansarás y no dudarás en deshacerte de mí —al no obtener una respuesta por su parte, ella le regaló una mirada decepcionada—. Tu silencio solo me indica que tengo razón.
Retrocedió un par de pasos, preparada para desaparecer del lugar, tratando de que en su mente se formara la imagen del patio trasero del Caldero Chorreante. Pero en ese momento era sumamente complicado concentrarse en algo tan simple.
—Las cosas podrían ser diferentes —le dijo Tom.
A través de esas pocas palabras, Amelia podía darse cuenta de que Tom quería decirle algo más, pero que probablemente jamás lo haría.
—Quizás —le respondió.
Y, en un abrir y cerrar de ojos, Amelia desapareció.
-o-
Dos días más tarde de aquel último encuentro con Tom, Amelia, decidida a proseguir con su misión, abandonó la seguridad de la cálida habitación del Caldero Chorreante y se adentró en la fría noche invernal, camino a la última morada de Merope.
Amelia había pasado los últimos dos días bastante mal, sin saber qué hacer o en qué creer. Las palabas de Tom daban vueltas sin parar en su mente, confundiéndola y ocasionando que tuviera accesos de pánico repentinos en los que no hacía más que preguntarse desesperadamente sobre lo que había hecho. La idea de haber cometido un enorme error viajando al pasado no la dejaba tranquila. Si realmente había sido así, el tiempo perdido era demasiado valioso y no sabía lo que había sucedido con su familia —si es que realmente habían sobrevivido— desde el día de los hechos hasta que viajó al pasado. La idea de que habría sido mejor averiguar lo que había ocurrido realmente en lugar de crear planes descabellados para matar a Voldemort no permitía que pudiera conciliar el sueño.
Por eso, para evitar pensar en que su viaje había ocasionado más problemas que soluciones, Amelia resolvió continuar con su plan inicial. Su giratiempo estaba siendo reparado, por lo que pronto podría marcharse. Pero antes, haría todo lo posible por destruir los horcruxes. Encontraría el anillo y lo destruiría y evitaría que Tom se hiciera con el medallón de Slytherin y la copa de Hufflepuff.
Mientras caminaba por una calle escasamente iluminada, Amelia tuvo la sensación de estar siendo vigilada. Miró a su alrededor con precaución, pero la calle estaba desierta. Quizás estaba siendo demasiado paranoica y realmente no había nadie, pero no podía evitar pensar en que alguien podría estar siguiéndola.
Apretó el paso y en pocos minutos encontró la iglesia que buscaba. Era una pequeña capilla de piedra con un cementerio aledaño. Abrió la pequeña verja que custodiaba el acceso al camposanto y entró lentamente.
Caminó por entre las tumbas, mirando las inscripciones de las lápidas, buscando el nombre de Merope. La nieve crujía bajo sus pies, dejando huellas que la delataban. En un momento dado, Amelia notó unas huellas recientes que se abrían paso por un estrecho sendero. Haciendo caso a una corazonada repentina, ella las siguió y al final halló lo que buscaba.
En la lápida solo decía Mrs Riddle junto a la fecha de su muerte, 31 de diciembre de 1926.
Las huellas solo indicaban que Tom había estado ahí antes que ella. De hecho, podría seguir en el lugar. Sabiendo que probablemente esa había sido la razón de la repentina sensación de ser observada, Amelia volvió a mirar a su alrededor, esperando ver a Tom en algún sitio, vigilándola. Pero una vez más no vio a nadie. Sin embargo sabía bien que era relativamente sencillo esconderse en aquel lugar.
Inquieta y con el corazón latiendo cada vez más rápido, Amelia observó con atención la lápida y la nieve a su alrededor. Notó que había una pequeña depresión al pie de la piedra. Se inclinó y sacó su varita. Murmuró unos cuantos hechizos buscando un posible rastro reciente de magia. Y lo halló. Preguntándose si eso se debía a que Tom acababa de esconder el anillo o que por el contrario lo había sacado para cambiarlo de sitio, empezó a cavar con la ayuda de un hechizo.
Dándose cuenta de que había una pequeña porción de tierra removida, buscó con más ahínco, pero para su decepción no halló nada.
Otra vez había llegado tarde.
La decepción y la rabia se mezclaron en su interior sabiendo que no encontraría el anillo ahí.
Después de unos segundos en los que permaneció mirando fijamente el hueco que había hecho, como si esperara que por algún milagro el anillo se materializara de repente, colocó la tierra en su lugar y la cubrió con nieve, disculpándose mentalmente con Merope por haberse atrevido a hurgar en aquel lugar.
Se levantó con más desánimo del que recordaba haber tenido. El sonido de unas pisadas llamó su atención, ocasionando que volteara para mirar y sus ojos se toparon con una figura alta y encapuchada, observándola a lo lejos, medio oculta por el tronco de un árbol.
Amelia empezó a caminar en dirección a la figura, pero ésta, al verse descubierta, empezó a caminar rápidamente, huyendo de ella. Imaginando que se trataba de Tom, la joven casi corrió queriendo alcanzarlo, pero él rodeó un estatua grande que representaba a un ángel y, para cuando Amelia llegó al lugar, éste se había marchado.
Mirando en todas las direcciones, Amelia escudriñó en la oscuridad ayudándose de un Lumos, pero no había rastro de la figura encapuchada.
Si realmente se trataba de Tom, ¿por qué no la había enfrentado? ¿Por qué había preferido huir?
Temiendo que ese ligero cambio en el comportamiento de Tom significara algo preocupante, Amelia decidió marcharse de una vez.
-o-
De regreso en el Caldero Chorreante, Amelia se quedó en la taberna para tomarse un té. El lugar estaba vacío y las pocas velas que aún quedaban encendidas le daban al ambiente un aspecto mortecino.
El tabernero le había dicho que cuando terminara el té dejara la taza sobre la mesa y que se fuera a dormir sin avisarle. Se veía muy cansado cuando entró en la habitación que había detrás de la barra. A juzgar por la ausencia de sonidos, Amelia suponía que él se había quedado dormido.
No supo el tiempo que pasó ahí, ensimismada en sus pensamientos, tomando el té a pequeños sorbos mientras contemplaba la botellita de veneno de basilisco que tenía posada sobre la mesa. La había sacado de su bolsillo, pues la había llevado consigo esperando poder utilizarla para destruir el anillo.
Aquel pequeño frasco, que había conseguido Morgana para ella, contenía el único veneno capaz de hacer frente a un horcrux. Realmente se parecía, en consistencia y color, al veneno que había conseguido en el despacho de Slughorn y que había resultado ser falso. Confiaba en Morgana, por lo que estaba segura que éste era el veneno auténtico.
Se sentía cada vez más cansada y somnolienta, por lo que se guardó de nuevo el frasco en el bolsillo y apuró lo que quedaba del té. Se levantó, sintiéndose algo mareada. Supuso que se debía al sueño, por lo que no le dio importancia y empezó a caminar en dirección a las escaleras. Le pareció ver por el rabillo del ojo a alguien encapuchado ocupando una de las mesas más alejadas, en la zona más oscura, que hasta ahora había permanecido escondida detrás de una columna. Giró la cabeza un poco, pero se dio cuenta de que ahí no había nadie. Quizás su mente estaba jugándole malas pasadas.
Sintiéndose cada vez más mareada, Amelia se encaminó hacia el patio trasero para respirar el aire frío de la noche, esperando que la despejara un poco. Una vez ahí respiró profundamente varias veces, pero la sensación de debilidad era cada vez mayor.
Empezando a sentirse asustada y sospechando sobre lo que le ocurría, trató de desaparecerse para llegar a San Mungo, pero perdía fuerzas a cada segundo que pasaba y no era capaz de concentrarse. Se apoyó en la pared y cerró los ojos. Unos pasos lentos hicieron que volviera a abrirlos.
En medio de la oscuridad era difícil determinar si realmente había alguien ahí o si el sonido de pasos eran solo un producto de su imaginación. Pero la figura encapuchada que apareció frente a ella era demasiado real.
—Por favor, necesito ayuda —le pidió en voz baja—. Creo que me han envenenado. Debo ir a San Mungo.
Pero la figura no respondió, sino que se acercó hasta ella con lentitud, casi como si disfrutara al verla así. Amelia, al mismo tiempo que comprendía lo que estaba sucediendo, sintió que las fuerzas la abandonaban por completo, provocando que cayera de rodillas sobre la nieve. Sus manos trataron de aferrarse a la pared de piedra para tratar de levantarse, pero fue incapaz de hacerlo.
—Tu obstinación te ha llevado a esto, Amelia.
Tom se inclinó junto a ella, quitándose la capucha. Amelia, respirando con dificultad, lo miró con odio. Con toda la fuerza de la que fue capaz, levantó una mano y se aferró a la capa de Tom.
—Te arrepentirás de esto —logró decir con rabia, en voz baja.
—Esto no tendría que haber terminado así —le respondió.
En su expresión no había nada. Impasible, como siempre. Ni siquiera Amelia pudo vislumbrar un atisbo de algo distinto en lo más profundo de sus ojos. Solo había lugar para la frialdad.
Amelia soltó la tela mientras sentía que su cuerpo se inclinaba hacia un costado. Trató de apoyarse pero la extrema debilidad de sus brazos no le era de mucha ayuda. Terminó tendida en el suelo, de lado, sintiendo el frío del hielo atravesar su piel como un cuchillo.
—No debiste buscar el anillo —le dijo él—. Seguir con tu misión sólo ha precipitado tu fin.
—Te dije que no me detendría —respondió quedamente.
—Gran error.
Su voz era tan tranquila, monótona e indiferente, que era terriblemente sorprendente ver que quien hablaba acababa de envenenar a alguien y que ahora lo estaba viendo morir sin sentir ni una pizca de remordimiento.
Amelia lo miró a los ojos, buscando algo, lo que fuera, que le indicara que aún había algo de la humanidad que creía haber visto en él en algunos momentos pasados. Pero tuvo que admitir que no tenía sentido buscar algo que quizás nunca había existido y que probablemente ella se había empeñado en ver.
Tom le regaló una mirada extraña que no logró descifrar, antes de inclinarse sobre ella y besar su frente suavemente.
—A pesar de todo —le dijo en un frío susurro cuando se alejó un poco—, has llegado a importarme.
—Y sin embargo me haces esto—musitó ella cada vez más débil.
—Lo siento, Amelia.
A su mente regresaron algunos recuerdos. Pasaron de manera fugaz, como si quisieran dejar una huella antes de desaparecer. Y todos tenían que ver con la efímera mirada que algunas veces compartían ella y Tom. En Hogwarts, en el bosque mientras permanecían cautivos, en Borgin & Burkes y en su habitación.
En aquel momento parecía como si aquellos instantes jamás hubieran existido y que solo habían sido un producto de su fantasiosa mente.
Hundiéndose cada vez más en un profundo letargo, Amelia observó a Tom levantarse con lentitud sin dejar de mirarla. A cada débil parpadeo que daba, notaba la silueta de Tom tornarse más borrosa hasta que desapareció.
Él se había marchado.
Amelia cerró los ojos y lanzó un suave y trémulo suspiro. Pensó en su familia, recordó sus rostros y se dijo que ya no le hacía falta ningún giratiempo para volver a verlos.
N/A: Tras tomarme unas pequeñas "vacaciones" sin escribir, inducidas claramente por la falta de tiempo y en algunos momentos por la falta de inspiración, he aquí un nuevo capítulo. Me he puesto manos a la obra y, poco a poco, por fin lo he terminado.
Como habéis podido leer, las cosas se han torcido. Y mucho. Estoy segura que no os esperabais este giro, ¿me equivoco? Y con esto os adelanto que el final de la historia está muy cerca. Calculo que habrá dos o tres capítulos más. Cargados de mucha emoción, por supuesto ;)
Si alguno de vosotros ha leído otros fanfics míos, en concreto "El Medallón", se habrá dado cuenta que en la primera parte de este capítulo está escrito el primer capítulo de dicho fic. Me gusta demasiado como para no agregarlo, de modo que ahí está. Por si os interesa, a quienes no lo leyeron en su día, "El Medallón" está compuesto por tres viñetas cortas que se leen en un momento. Lo encontraréis en mi perfil.
Nos leemos en el próximo capítulo. Espero que hayáis disfrutado con éste tanto como yo disfruté al escribirlo.
Victoria.
