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Capítulo XII

Regreso

.

Tienes el mundo, es todo tuyo

Desearía que pudieras encontrar lo perdido en ti

Agradecido por el dolor, demuestra que estamos vivos

¿Puedes sentirlo?

.

Yours is an Empty Hope – Nightwish

.

A veces siento que estoy traicionando mi memoria.

Esta vez parece que estoy perdiendo la pelea.

Encontrando que es difícil

ser conscientemente parte de la vida.

Ahí es cuando la conciencia y los sueños

empiezan a separarse.

.

The second stone – Epica


Rayos provenientes de su varita destrozaban todo a su paso como consecuencia de una extraña e inusual rabia dolorosa que se había instalado en su pecho.

Los fragmentos de cristal y madera volaban por los aires, mezclándose con las hojas que los libros perdían al ser alcanzados por los hechizos.

Solo cuando no hubo nada más que destrozar, Tom se detuvo. Respirando agitadamente, bajó la varita y observó a su alrededor.

La habitación entera estaba destrozada. Las cortinas echas jirones bailaban con el viento invernal que se colaba por el hueco que antes había sido una ventana. Los últimos fragmentos de tela y pluma provenientes de las colchas y almohadas estaban cayendo suavemente para después posarse encima de los escombros.

Frascos de tinta destrozados con su contenido derramado en el suelo. Pergaminos llenos de anotaciones en medio de los restos de su baúl. Sus túnicas destrozadas entre las astillas a las que se vio reducido el armario. Y, en medio del polvo y las piedras desprendidas de la pared, reposaba el collar de Amelia, intacto, casi como si estuviera burlándose de él.

Se acercó hasta él con lentitud. Lo levantó y lo observó durante unos segundos antes de cerrar el puño en torno a él con fuerza, ignorando el dolor producido por las puntas del colgante que se clavaban en la piel de su palma.

Lejos de sentirse mejor, Tom se sentó en el suelo, apoyando la espalda en el amasijo de madera que antes había sido su cama. Sentía que en su interior aún estaba la bestia furiosa que lo había llevado a destrozar su cuarto. Esa bestia que amenazaba con devorarlo incluso a él.

Guardó el collar de Amelia en el bolsillo interior de su túnica y, al hacerlo, sus dedos se toparon con un pequeño frasco de cristal. Lo sacó y lo sostuvo frente a sus ojos. Ahora vacío, ese frasco contenía antes un veneno.

Dejándolo caer al suelo, Tom maldijo la hora en la que había decidido utilizarlo.

Sabía perfectamente que Amelia no se detendría, que era capaz de seguirlo hasta el fin del mundo con tal de destruirlo. Ella, al igual que él, no conocía la palabra rendición. Y, guiado por un oscuro impulso, había decidido que era hora de terminar con aquella situación. Recordando que ella había utilizado veneno contra él en Hogwarts, decidió hacer lo mismo con ella.

Porque si quería seguir el camino planeado, el que había elegido antes de aparecer ella, tendría que hacer algunos sacrificios. Y prescindir de Amelia era uno de ellos.

Durante un corto instante, Amelia le había hecho dudar sobre lo que quería. Debido a ella, había pasado horas debatiendo consigo mismo sobre lo que deseaba realmente. Pero al final había llegado a la conclusión de que no tenía sentido tirar todo por la borda. Que sabía lo que debía hacer y Amelia representaba un obstáculo en sus planes.

Y, sin embargo, sabía perfectamente que ella, si por algún motivo hubiera aceptado estar de su lado, habría sido una gran aliada.

No podía obligarla, por supuesto, ni utilizar la maldición Imperius para doblegarla. Si lo hacía, nada sería igual. Ni siquiera podía borrarle la memoria, para hacerle olvidar algunas cosas con tal de conseguir su colaboración. Si usaba un Obliviate corría el riesgo de borrar más de la cuenta y empeorar las cosas. Aún no podía controlar los hechizos de tal magnitud, por lo que podría dañar su mente, ocasionando que Amelia dejara de ser ella.

Además, estaba el hecho de que ella se estaba convirtiendo en algo parecido a una debilidad, y no podía darse el lujo de tener algo así. Podría ser contraproducente en el futuro. Amelia había descolocado su vida de cierta manera y tenía que admitir que la odiaba por ello.

Pero en ese momento a quien odiaba profundamente era a sí mismo. Y eso era algo que nunca antes le había sucedido.

Y, por primera vez en su vida, sintió que había perdido algo.

-o-

Hogwarts, 31 de octubre de 1992

La llegada de Halloween se había convertido en algo digno de emoción para Amelia. Estando en segundo año sabía que la fecha se celebraba con un maravilloso banquete y que el Gran Comedor se engalanaba de manera espectacular. Confiaba en que este año el festejo no se terminara tan abruptamente como el anterior, cuando un trol entró al colegio. Aún así, aquella noche, ella y sus compañeras de habitación se quedaron despiertas hasta muy tarde hablando sobre el tema y contando historias de miedo.

Por eso, cuando ese día empezó, se marchó a clases con una sonrisa. Iba tan distraída, pensando en lo maravillosa que sería la fiesta de aquella noche, que cuando dobló una esquina chocó de frente con alguien a quien se le cayeron los libros que llevaba en las manos.

Rápidamente se agachó para ayudarle a recogerlos, murmurando una disculpa. Pero la otra persona no dijo nada, simplemente recogía sus cosas con manos temblorosas. Era una niña pelirroja.

Amelia cogió un delgado cuaderno que se había abierto por la mitad al caerse. Frunció el ceño, extrañada, al ver las hojas en blanco. Aunque imaginaba que se trataba de un diario aún sin demasiados recuerdos escritos.

De repente, la niña se lo arrebató y lo cerró con fuerza y la miró de manera acusadora. Amelia se sonrojó, sintiéndose muy avergonzada, sabiendo que no tenía derecho en hojear su diario. Reconoció entonces a la niña. Era Ginny Weasley. Iba a un año menos, pero la recordaba por la Ceremonia de Selección de inicio de curso.

Ginny se levantó y, con una última mirada ceñuda, se marchó corriendo. Amelia, curiosa por naturaleza, la siguió. Se asomó sigilosamente por una esquina y observó el largo pasillo que se extendía frente a ella. Notó que Ginny acababa de abrir una puerta, deslizándose al interior de la habitación. Cuando Amelia llegó hasta el lugar, se dio cuenta de que se trataba del baño de niñas clausurado, donde habitaba Myrtle la Llorona.

Supuso que Ginny simplemente quería estar sola, lejos de miradas indiscretas. De modo que dejó el tema y se marchó.

No volvió a pensar en el asunto en el resto del día y ya ni se acordaba del suceso para cuando llegó la noche. Porque todo lo demás se desvaneció en cuanto puso un pie en el Gran Comedor. Bandadas de murciélagos vivos revoloteaban de un lado a otro y enormes calabazas convertidas en lámparas sonrientes flotaban sobre sus cabezas.

Sin embargo, no había creído los rumores sobre la presencia de la compañía de esqueletos bailarines contratados por Dumbledore. Y esa noche se arrepintió por no haberlo hecho. Porque, tras la suntuosa cena, los esqueletos danzaron por todo el Gran Comedor, dando ágiles giros alrededor de las mesas y haciendo sonar las mandíbulas cada vez que se detenían al lado de alguien, provocando alegres risas.

El espectáculo terminó con una avalancha de aplausos y minutos más tarde todos empezaron a retirarse a sus salas comunes. Sin dejar de hablar con Lisa y Mandy sobre lo agradable que había sido la fiesta, Amelia subió por la escalinata de mármol. Su alegría y despreocupación no la preparó para la macabra escena que les esperaba en el segundo piso.

Lo primero que vio fue a Potter, Granger y Weasley. Al principio no entendió el terror de sus expresiones, pero luego vio la pintada en el muro. Repitió las palabras en su mente hasta que reparó en la sombra oscura que colgaba debajo. Soltó un respingo angustioso al darse cuenta de que se trataba de la Señora Norris.

Inmediatamente pensó lo peor y miró con odio a los tres chicos. ¿Qué le habían hecho a la pobre gata? ¿Es que acaso querían hacer un horrible espectáculo sacado de una película de terror? ¿Y qué demonios era la Cámara de los Secretos? Amelia no entendía nada.

El corazón le latía furiosamente y estuvo a punto de ir a buscar a un profesor, pero el grito de Draco Malfoy la paralizó.

¡Temed, enemigos del Heredero! ¡Los próximos seréis los sangre sucia! (*)

Una punzada de miedo hizo que mirara hacia el chico. Su expresión inusualmente alegre le hizo comprender que hablaba en serio. Draco Malfoy no andaba por ahí haciendo bromas, y su sonrisa parecía ser sinónimo de triunfo. Amelia captó la mirada de Daphne, que se encontraba cerca de ella. Tenía los ojos ligeramente más abiertos de lo normal y parecía genuinamente preocupada. Daphne Greengrass, a pesar de ser Slytherin, era su amiga. A escondidas, por supuesto, porque no querían que chicas como Pansy Parkinson juzgaran su amistad.

Probablemente, Daphne y Amelia se reunirían al día siguiente para conversar sobre el tema de la Cámara de los Secretos, pues con seguridad Daphne le contaría lo que se hablaría al respecto en su Sala Común.

Los gritos histéricos de Filch sobresaltaron a Amelia y no se fue del lugar hasta que Dumbledore descolgó a la Señora Norris y se la llevó junto a los demás profesores.

El camino hacia la Torre de Ravenclaw se hizo en silencio, roto solo por algún suspiro de preocupación que se escapaba de sus labios. Lisa la cogió del brazo sin decir nada y la miró de manera comprensiva. Al llegar a la Sala Común, la mayoría de los estudiantes se sentaron en los cómodos butacones y empezaron a hablar de lo que acababa de acaecer.

Amelia se acomodó junto a sus amigas, escuchando atentamente lo que algunos alumnos mayores decían. Una extraña sensación llenaba el ambiente. Entre susurros preocupados y voces ligeramente temblorosas, se podía adivinar que la situación en el colegio sólo podría empeorar.

Sintiéndose muy triste por lo que le había pasado a la Señora Norris, Amelia se esforzó por escuchar todas las teorías que se hablaban alrededor, deseosa porque castigaran al culpable de semejante atrocidad.

Y así, la creciente preocupación por la amenaza hacia los sangre sucia se quedaría sólo en un susto.

-o-

Hospital San Mungo de Enfermedades y Heridas Mágicas, Londres. Diciembre de 1945.

En un primer momento, cuando Amelia abrió los ojos, no comprendió lo que hacía en una habitación de paredes blancas, con un biombo rodeando su cama. La confusión era evidente. Tras parpadear varias veces y mirar a su alrededor, cayó en la cuenta de que su subconsciente la había llevado a cuando tenía doce años. Acababa de soñar con un recuerdo de Hogwarts, de su época.

Respiró profundamente y cerró los ojos, aún con las imágenes de la pintada en el muro desfilando por su mente. Se centró en la primera parte del sueño, cuando se había topado con Ginny Weasley. Con el tiempo, había olvidado aquel detalle, pues no le había dado la debida importancia.

Ese diario era el mismo que ella había tratado de destruir. Era el diario de Tom. Y aquella niña lo tenía en su poder. ¿Cómo rayos lo había conseguido? Y luego la había visto encerrarse en el baño donde habitaba Myrtle, la primera víctima de Tom.

De repente abrió los ojos de nuevo, recordando con fuerza lo que había sucedido en el patio trasero del Caldero Chorreante. Una extraña sensación que no supo identificar en ese momento se instaló en su pecho. Evidentemente, se dijo, ya no había nada más que odio hacia Tom. Cualquier posible sentimiento distinto había sido destruido con el veneno. Pero había algo más, ¿cierto dolor, tal vez? ¿Decepción o la amarga traición, quizás? No lo sabía y era posible que ni siquiera deseara ahondar más en ello.

Por eso, para dejar de pensar en el tema, Amelia se levantó de la cama con lentitud, sintiendo cómo la cabeza empezaba a darle vueltas. Cerró los ojos con fuerza antes de enderezarse por completo. Dio pasos torpes en dirección a la abertura del biombo y, al atravesarlo, se dio cuenta de que en la habitación había otras dos camas rodeadas por sus respectivos biombos, por lo que no podía ver a sus ocupantes.

Amelia se dirigió a la puerta y la abrió, deteniéndose en el umbral, observando el pasillo desierto iluminado por grandes globos de cristal llenos de velas que flotaban por el techo. Había varios retratos de sanadores famosos colgados en la pared, intercalados con las numerosas puertas a ambos lados del corredor. El hecho de que todos los residentes de las pinturas estuvieran durmiendo le indicó a la joven que era de noche.

En ese momento, la puerta de enfrente se abrió y una mujer de rostro jovial salió al pasillo. Se sorprendió al verla pero le sonrió con amabilidad. Vestía una túnica de color verde lima con el escudo de San Mungo, un hueso y una varita cruzados.

—Deberías regresar a la cama —le recomendó con suavidad, tras cerrar la puerta detrás de ella con mucho cuidado—. Vendré a verte dentro de unos minutos y te traeré algo para comer.

Amelia, sintiéndose algo desorientada, se limitó a asentir levemente, para después dar media vuelta en dirección al interior de la habitación. No reparó demasiado en la sala, pero sí se fijó en una pequeña ventana que estaba encima de la cabecera de su cama. Observó el cielo nocturno durante unos segundos antes de recostarse de nuevo, cerrando los ojos.

No pasaron ni cinco minutos, cuando la sanadora que Amelia había visto antes entró en la habitación con una bandeja de comida. Se la entregó a la joven después de que se acomodara entre los almohadones.

—¿Cómo te sientes? —le preguntó en voz baja.

—Algo confusa —respondió la joven tras tomar un sorbo de la infusión de manzanilla— ¿Cuánto tiempo llevo aquí?

—Cinco días —le contó—. Como no sabíamos qué veneno habías ingerido, probamos con distintos antídotos. Al principio ni siquiera parecía un caso de envenenamiento, ¿sabes? Es una suerte que te trajeran a tiempo. Un poco más y no estaríamos hablando. Menos mal que Tom se dio cuenta de lo que te había pasado.

El corazón de Amelia dio un salto.

—¿Tom? —preguntó en un susurro.

—Sí, Tom, el tabernero del Caldero Chorreante —le explicó— ¿Recuerdas quién es?

Durante un efímero segundo, Amelia había esperado que la sanadora dijera que era otro Tom el que la había traído, como una señal de que de alguna forma él había sentido cierto remordimiento tras envenenarla.

Pero, siendo realista, eso no sucedería jamás. Estaba siendo una ilusa si creía que Tom sentiría algún tipo de remordimiento.

Seguramente no había dedicado ni un segundo más a pensar en ella.

—Sí, lo recuerdo —asintió al final. Ignorando la extraña sensación que se había instalado en la boca del estómago, Amelia tenía que admitir que estaba profundamente agradecida con Tom, el tabernero, por haberla ayudado.

—¿Recuerdas lo que te sucedió? —quiso saber la sanadora— ¿Hay espacios en blanco en tu mente? Debo hacerte estas preguntas para saber si ha habido daños colaterales.

—Creo que lo recuerdo todo —musitó Amelia. Cogió la cuchara y empezó a comer lentamente. Tras algunos segundos volvió a hablar—: ¿Cuándo podré marcharme?

—Eso aún no lo sé —le respondió—. Ya que al fin has despertado, necesitamos dejarte en observación unos días. ¿Por qué no me cuentas lo último que recuerdas?

—Estaba tomándome un té en la taberna antes de irme a dormir —empezó la joven. Dejó la cuchara en su plato de sopa antes de proseguir su relato—. Empecé a sentirme muy cansada, con sueño y al levantarme sentí mareos. Salí al patio para refrescarme y luego, al ver que la situación empeoraba, quise aparecerme en San Mungo, pero no pude concentrarme. Poco después perdí la consciencia.

La sanadora la miró de manera pensativa antes de volver a hablar.

—Tom nos trajo la taza de té. La examinamos, pero no había rastro de ningún veneno —le contó—. Lo más seguro es que se tratara de uno indetectable. Es por eso que, cuando sucede algo así, mandamos un informe al Ministerio y ellos se encargan de investigar el caso. De modo que un auror posiblemente vendrá a verte mañana.

Amelia asintió antes de seguir comiendo. Seguía sintiéndose algo débil y y sus manos temblaban ligeramente. La sanadora la observó atentamente, para después coger la carpeta que se hallaba en la mesita a los pies de su cama. Garabateó algo rápidamente y volvió a mirarla.

—¿Sientes náuseas? ¿Te duele algo? —le preguntó.

—No.

—Bien —siguió anotando algunas cosas más mientras Amelia terminaba de comer—. Tienes un pronóstico favorable, me atrevería a decir.

—Es un alivio —sonrió la joven tomando la taza de la infusión y bebiéndola a pequeños sorbos, sintiendo cómo la reconfortaba.

Minutos más tarde la sanadora se marchó, llevándose consigo la bandeja vacía y tras haberle explicado a Amelia que compartía habitación con otras dos mujeres y que el baño se encontraba al final de la habitación, al lado de la última cama.

De modo que Amelia, con lentitud y tratando de ser cuidadosa para no despertar a nadie, se dirigió al baño tras coger una pequeña toalla limpia que halló en la pequeña cómoda que había al lado de su cama. Dentro estaban también sus cosas.

Al encerrarse en el cuarto de baño, lo primero que hizo Amelia fue acercarse al lavabo para lavarse el rostro. El agua parecía llevarse la pesadez que sentía y pronto se sintió mucho mejor. Se miró al espejo mientras se secaba y se detuvo un instante. Se sorprendió al ver que la joven que le devolvía la mirada tenía la expresión más derrotada que había visto nunca. Tuvo ganas de odiar a esa muchacha, pero se dijo que estaba siendo muy dura consigo misma, que su aparente debilidad no era un signo de su carácter, que acababa de sobrevivir a un envenenamiento y que eso le confería más fortaleza. Que una mirada triste no significaba nada.

Pensó en el veneno que Tom había decidido utilizar contra ella e inevitablemente recordó que ella misma, hacía meses, había hecho lo mismo con él. Le había robado el veneno indetectable del baúl y lo había echado en la cerveza de mantequilla que él estaba bebiendo, mientras estaban en Las Tres Escobas.

Aquella vez el veneno había actuado mucho más rápido, por lo que evidentemente había sido más potente que el que Tom había utilizado contra ella.

Amelia apoyó las manos contra el borde del lavabo y lo apretó con fuerza, mientras bajaba la cabeza y cerraba los ojos. Estaba segura que él había elegido veneno por esa misma razón, porque ella ya lo había utilizado contra él.

No podía haber esperado otra cosa por su parte. Después de todo, ella le había dejado en claro que no se detendría y que seguiría persiguiendo sus Horcruxes. Era cuestión de tiempo que él hiciera algo para pararla.

Las cosas habían pasado tan deprisa, que Amelia no paraba de repasar en su mente los sucesos de los últimos días, preguntándose si por algún motivo las cosas habrían podido ser diferentes para ellos.

-o-

Aún era de noche cuando Amelia volvió a despertarse. En el momento en que abrió los ojos vio una silueta oscura al lado de su cama y pudo divisar el rostro de Tom en medio de la oscuridad.

Sobresaltada, la joven se incorporó, pero al segundo siguiente, él ya no estaba. Se había desvanecido en el aire.

Amelia sabía que Tom realmente no había estado ahí, sino que la imagen era un simple producto de su mente como consecuencia del sueño que acababa de tener.

Con un profundo suspiro y cerrando los ojos, la joven volvió a recostarse en su cama.

No fue capaz de volver a conciliar el sueño en lo que quedaba de noche.

Al mismo tiempo en que los tenues rayos de sol empezaron a colarse por su ventana, la sanadora entró silenciosamente en la habitación. Visitó a las otras dos mujeres antes de acercarse a Amelia. Le comunicó que su turno había terminado y que una compañera suya no tardaría en venir a verla.

Tal y como le había dicho, quince minutos más tarde, otra sanadora apareció en la habitación. Ésta era diametralmente opuesta a la que había estado de guardia durante la noche. Era más mayor y muy severa. Le hizo varias preguntas a Amelia sobre su estado mientras le hacía algunas pruebas con la varita, para después anotar sus impresiones en la carpeta. Murmuró algo sobre la incompetencia de los sanadores en prácticas mientras garabateaba rápidamente. Estaba claro que no estaba de acuerdo con lo que había escrito su compañera la pasada noche.

—Bien —le dijo al final—. Me parece que no habrá secuelas. Estarás en observación unos cuantos días más y luego, si todo va bien, podrás marcharte.

Después de que la sanadora se fuera, Amelia oyó que alguien entraba llevando consigo un ruidoso carrito que, supuso, llevaba el desayuno. Oyó también el tintineo de cubiertos y bandejas metálicas.

—¿Cómo te encuentras hoy, Marion? —escuchó preguntar a la mujer. No comprendió la respuesta, pero pudo percibir ligeros murmullos— Por supuesto que sí, la voz regresará poco a poco, tranquila.

La sanadora volvía a moverse, evidentemente dirigiéndose hasta la otra cama.

—Violet, ¿qué tal la cabeza? —oyó preguntar.

—Hoy mucho mejor —susurró en respuesta.

Entonces Amelia se incorporó entre los almohadones al mismo tiempo que la mujer aparecía con una bandeja de comida en las manos. Se la entregó con una sonrisa y Amelia se la colocó en el regazo.

—¿Cómo te sientes, Amelia? —quiso saber.

—Algo aturdida —respondió en voz baja.

—Es normal. Come con tranquilidad. Más tarde vendrá un compañero para realizarte algunas pruebas. He oído que también vendrá un auror a hacerte unas preguntas. Lo más probable es que aparezca en el transcurso de la mañana.

Pero, durante todo el día, ningún auror vino a verla. Solo al final del día el sanador que estaría de guardia aquella noche pasó a saber cómo estaba y, al enterarse de que no había descansado bien, le trajo una poción para dormir. Antes de que se la tomara, el rostro de mejillas sonrosadas de una sanadora muy joven se asomó por la abertura del biombo.

—Tienes visita —le informó a Amelia—. Un amigo tuyo viene a verte.

—Ya no es hora de visitas —respondió el sanador.

—Vamos, Richard —insistió la sanadora—, el chico está muy preocupado. Ha prometido que no tardará.

Amelia estaba conteniendo la respiración en aquel momento. No era capaz de decir nada mientras un único nombre resonaba en su cabeza: Tom. ¿Qué probabilidades había de que fuera él? ¿Quién, aparte de él, podría ser?

—¿Quieres que entre? —le preguntó el mago. Amelia lo miró y un tenue se escapó de sus labios. Richard miró a la sanadora y asintió—. De acuerdo, haremos una excepción esta vez.

Estuvo a punto de rectificarse y decir que no, que no quería ver a nadie, y mucho menos si ese alguien era Tom. Pero la sanadora sonrió y se marchó rápidamente. Segundos después quien se asomó fue Paul. Por un momento, Amelia casi se echó a reír del alivio. El sanador le dijo a Amelia que no se olvidara de tomarse la poción y se marchó.

—¿Cómo estás, Amelia? —preguntó Paul, genuinamente preocupado.

—Estoy bien, no hay nada de qué preocuparse —lo tranquilizó Amelia.

Paul se acercó y se sentó en la silla que estaba al lado de la cama de la joven.

—Iba a venir más temprano, pero no me dejaron irme antes. Acabo de salir del Ministerio —le explicó—. ¿Qué te ha pasado? Me han dicho que te han envenenado.

—Es verdad —asintió—, pero, ¿cómo te has enterado?

—Abbott me lo dijo —le contó—. El auror que se hizo cargo del caso te investigó en los archivos del Ministerio y halló el informe del altercado entre tú y Riddle. Y, al ver que fue Abbott quien llevó el caso aquella vez, habló con él. No te negaré que no fue una buena idea, ya que recordarás que mi jefe no te tiene en muy alta estima. Y él sugirió que el envenenamiento pudo haber sido ocasionado por un intento de suicidio.

Amelia levantó las cejas, entre molesta e incrédula.

—Vaya —se limitó a decir.

—Lo sé, es ridículo —se apresuró a decir Paul—. Pero el auror se lo tomó en serio y por eso le están restando prioridad a tu caso.

—Eso explica por qué nadie vino a hacerme preguntas al respecto —comentó Amelia. Lanzó un suspiro de cansancio y se reclinó entre las almohadas—. Aunque, para serte sincera, Paul, esto es realmente innecesario. Me da lo mismo si vienen o no. No cambiará nada.

—Claro que lo cambiará, Amelia —insistió él—. Sé que tú no intentaste suicidarte. Te envenenaron y lo vamos a demostrar.

Amelia lo miró y esbozó una sonrisa triste y a la vez conmovida.

—Fue Riddle, ¿cierto? —quiso saber el joven. Su expresión se había puesto mucho más seria de repente.

La tenue sonrisa se borró del rostro de Amelia. Entonces desvió la mirada.

—¿Por qué lo proteges? —le preguntó Paul. En su voz podía notarse la incredulidad que sentía.

—No lo hago —respondió Amelia al mismo tiempo que negaba con la cabeza y volvía a mirar a su amigo.

Paul la observó durante unos segundos antes de volver a hablar.

—Si conseguimos pruebas, podremos lograr que lo condenen —le dijo, convencido—. Es una amenaza para tu vida y debería estar en Azkaban.

—No sólo es una amenaza para mí, Paul —confesó la joven de manera sombría—. Si nadie le para los pies, pasarán cosas terribles.

—Convenceré a Abbott —le aseguró—. ¿Tienes un sitio seguro al que ir cuando te den el alta?

—Sí.

Prefirió no decirle que ese sitio era perfectamente conocido por Tom y que, visto según la lógica, eso lo convertía en un sitio inseguro. Pero también sabía que Tom, de nuevo, creía que ella estaba muerta. Y por eso no volvería a buscarla.

—Dejarás todo en manos de la ley, ¿verdad, Amelia? —quiso saber Paul. El tono severo de su voz hizo sentir a Amelia como una niña pequeña. Frunció el ceño antes de responder.

—No te preocupes por eso—contestó de manera evasiva.

—Amelia —empezó Paul, con voz ligeramente desesperada—, deja de jugar con fuego. ¿Qué más quieres que suceda para que entiendas que no debes exponerte de esta manera al peligro? Has sobrevivido de milagro. Puede que la próxima vez no tengas tanta suerte.

—Todo saldrá bien —respondió tozudamente—. Es importante que me ocupe yo. Pero te aseguro que me harías un favor si lograras encerrar a Tom en Azkaban.

Paul miró a Amelia como si pensara que ella era una batalla perdida. Resignado, suspiró y la miró a los ojos.

—Prométeme que tendrás cuidado.

—Te lo prometo.

En ese momento, Paul cogió la mano de Amelia y depositó un suave beso en el dorso, ocasionando que la joven se sonrojara violentamente.

—No soportaría perderte —le confesó él.

Amelia no respondió. Sentía de repente un nudo en la garganta que no desapareció hasta mucho después de que Paul se marchara.

Decidida a dormir sin soñar aquella noche, cogió el frasco de poción que le había dejado el sanador en la mesita que estaba al lado de su cama y se bebió el contenido con rapidez, deseosa de poder descansar tranquilamente, sin recordar ni pensar en absolutamente nada.

-o-

—Le traje flores.

Hepzibah abrió los ojos, embelesada. Con evidente parsimonia, cogió las flores que Tom le entregó y las colocó en un jarrón que tenía en la mesa que se encontraba al lado de ella, preparado con antelación. Observó con una sonrisa maravillada sus preciadas begonias, extremadamente satisfecha por el hecho de que Tom hubiera comprendido su indirecta.

Mientras el joven le explicaba lo que al señor Burke le interesaba comprar y le entregaba un pergamino en el que estaba escrito el precio que su jefe estaba dispuesto a pagar por cada uno de los objetos, Hepzibah Smith no había parado de sonreír con coquetería.

—Tom, querido —dijo ella, mirando por encima el pergamino, sin detenerse a leer con atención—, he pensado en vender más cosas. Además, me gustaría comprar algunas. ¿Podrías contarme qué objetos curiosos hay en la tienda? Algo que creas que pueda gustarme.

Tom esbozó una falsa sonrisa que encandiló aún más a la mujer.

—Hay un collar de ópalos, Hepzibah —le contó con suavidad—. Sería perfecto para usted.

—¿Es el que está maldito? —preguntó ella— El señor Burke me habló de él y me enseñó una fotografía. Es precioso, desde luego, pero por desgracia no podría lucirlo como es debido.

—Podría ser parte de su colección de objetos únicos —insistió Tom.

—Lo pensaré —respondió ella, sonriendo—. Ahora tomemos un té. Hoy tengo una tarta de hojaldre y nata. Sé bueno y acepta acompañar a esta pobre vieja.

—Será un placer, Hepzibah.

La mujer, encantada con su visita, estaba dispuesta a continuar negociando con Burke con tal de seguir viendo a Tom. Ese adorable muchacho, como ella lo llamaba, era amable con ella y la adulaba, la hacía sentir muy bien con sus palabras y, aunque era obvio que él podría ser su nieto, nada impedía pellizcarle la mejilla con picardía.

Pero la vieja Hepzibah no era capaz de ver que cada uno de sus gestos provocaba en el joven un profundo desagrado. No veía la frialdad detrás de ese rostro amable ni podía imaginar que en su mente se maquinaba un plan para hacerse con un medallón que estaba a buen recaudo en lo más profundo de la casona.

—Por cierto, Tom —habló ella de repente, dejando la taza de té en la mesita—. La anterior vez vino a verme una muchacha muy extraña. Dijo llamarse Amelia Adams. ¿La conoces, querido?

Tom no se esperaba aquello. Inevitablemente se tensó ante la mención de Amelia y su mente, casi como si conspirara en su contra, lo bombardeó con los recuerdos de la noche en que ella y él se encontraron después de ver cada uno por su lado a Hepzibah.

—Estudiamos juntos en Hogwarts —respondió él, tratando de que su voz sonara neutral.

—No te negaré que me escandalicé bastante, pues ella trató de desacreditarte utilizando sucias artimañas —le contó, visiblemente molesta—. La eché de casa, por supuesto. Sinceramente, Tom, me pareció que estaba algo desequilibrada. Porque, ¿de qué otra manera podría llamar a una persona que aparece de repente en mi casa, acusándote a ti de querer robarme?

Haciendo lo posible por ignorar la molesta sensación que estaba empezando a sentir al escuchar a Hepzibah hablar con tal desprecio de Amelia, Tom sonrió de manera tranquilizadora, dispuesto a convencer a la mujer de que no había nada de qué preocuparse. Ella, por supuesto, creería cualquier cosa que él le dijera. Y así fue, porque cinco minutos más tarde, Hepzibah reía con su habitual despreocupación.

Pocos días después, Tom volvió a visitarla, pues el señor Burke lo enviaba de nuevo para mejorar la oferta por la armadura fabricada por duendes. Como la anterior vez, apareció un ramo de flores, esta vez rosas, por arte de magia. Y una vez más, Hepzibah tenía preparado un jarrón vacío.

Tom era bueno en escuchar con fingido interés la cháchara de las personas, lo había hecho con Slughorn y ahora lo hacía con Smith. No era alguien impaciente, pero esta vez la paciencia amenazaba con acabársele muy pronto. Sonreír, halagar y obsequiar flores era el precio que tenía que pagar. Podría haber sido más sencillo, hechizar a la elfina o a la bruja y averiguar el lugar donde guardaba lo que le interesaba, pero había decidido ir despacio. Cada paso estaba meticulosamente planeado. No podía simplemente llevarse objetos sin esperar que alguien lo relacionara a él con los hechos. No era algo que debía tomarse a la ligera. Por lo que había que hacer ciertos sacrificios, y dejarse pellizcar la mejilla era uno de ellos. Aunque no sabía si eso era peor, o lo era el tener que aplacar el deseo de usar un Cruciatus.

Y por fin la mujer le enseñó algo verdaderamente valioso. Se sorprendió, por supuesto, en cuanto supo que la mujer tenía también en su poder la copa de Hufflepuff. Pero en cuanto tuvo en sus manos por primera vez el guardapelo de Slytherin se sintió orgulloso por tener algo que le pertenecía legítimamente. Sin embargo, al mismo tiempo, volvió a sentir aquel rencor inconmensurable al oír hablar de su madre de aquella manera tan despectiva. Andrajosa y posible ladrona, que no tenía ni idea del valor del medallón. Tom cerró con fuerza los dedos en torno a la gruesa cadena, ocasionando que los nudillos se le blanquearan. Hepzibah Smith no tenía el valor, ni la inteligencia necesarios, para ahondar en los poderes del medallón, y tampoco tenía el derecho de poseerlo.

Por eso, cuando ella alzó la mano para coger el medallón y arrebatárselo, Tom quiso coger la varita e impedir que ella volviera a llevárselo. Le pertenecía a él. Estuvo a punto de perder el control, pero todo fue tan rápido. Y él pensaba demasiado las cosas. Por eso dejó que la cadena se deslizara por sus dedos y regresara al cofre.

Fue en ese momento, después de que la mujer colocara el medallón en medio del terciopelo rojo de su estuche, en que ella notó un extraño destello rojizo en los ojos del joven. Un extraño presentimiento y un escalofrío casi imperceptible la recorrieron de prisa, oprimiéndole el pecho. Pero al segundo siguiente creyó que se lo había imaginado todo. Más bien se obligó a creérselo, pues ¿cómo podrían brillar los ojos de Tom de aquella manera? Aun así, una inusual inquietud la llenó y se instaló permanentemente en ella, como un nudo en su garganta que le impedía respirar bien. Sus risas de niña tonta se hicieron más forzadas y se encontró deseando que Tom se marchara.

Y solo entonces se preguntó si aquella joven que le había advertido sobre Tom, la tal Amelia Adams, tendría razón.

Alentada por un presentimiento, Hepzibah decidió posponer cualquier negociación con Burke, excusándose con que saldría de viaje. Evidentemente, aquello era mentira y Tom lo sabía bien. Fingió desearle buena suerte antes de marcharse, mientras la mujer le dedicaba una sonrisa nerviosa.

Dos días más tarde, amparado por una tormenta de nieve, Tom entró sigilosamente a la casona Smith, moviéndose por los pasillos como un fantasma. El lugar estaba en penumbras, incluso los cuadros dormían. Parecía una casa desierta, excepto por los ruidos que provenían del sótano, donde se hallaba la cocina. El joven se acercó lentamente y bajó los escalones de piedra. El leve sonido de sus pasos fue silenciado por un fuerte ruido de cacerolas cayéndose con gran estrépito. Evidentemente, la vieja elfina había chocado contra una estantería.

Al acercarse, Tom observó a la criatura correr de un lado al otro de la cocina, llevando cosas y preparando una bandeja que seguramente llevaría a su ama. El joven aprovechó el momento en que Hokey abrió un armario y se hundió en su interior para acercarse a la mesa. Sacó del bolsillo un pequeño frasco de veneno que vació por completo en la humeante taza de cacao. Dio media vuelta y subió por las gradas, escondiéndose en un pasillo cercano. A los pocos minutos, la elfina apareció con la bandeja en las manos y se dirigió por el lado contrario del corredor, escaleras arriba.

Hokey no se percató de que alguien la seguía silenciosamente y Hepzibah tampoco se dio cuenta de que el ardor en su pecho era consecuencia de un veneno. Ni siquiera tuvo tiempo para pensar o preocuparse. La mujer dejó caer la taza que se hizo añicos al impactar contra el suelo.

Cuando Tom se asomó por la puerta, escondido en las sombras, observó con satisfacción la escena. Hepzibah Smith yacía muerta en el sillón de orejas frente a la chimenea, en una pequeña sala de estar. Su regordeta mano descansaba laxa sobre el reposabrazos y tenía la cabeza ligeramente agachada, apoyada en una de las orejas del sillón. Parecía dormir. Pero Hokey gritaba desesperada, chillando a su ama y zarandeándola con toda la fuerza de la que sus pequeñas manos eran capaces.

Tom apuntó con la varita al pequeño cuerpo de la elfina y lanzó un hechizo aturdidor. Cuando la criatura cayó al suelo, el joven, sin dejar su posición, se hundió en los recuerdos de Hokey. Usar la Legeremancia con un ser desmayado era tan sencillo que a veces resultaba aburrido, pero aquella vez no había elección. Y sin perder mucho tiempo encontró lo que buscaba, el lugar exacto donde se escondía lo que buscaba.

De modo que, como ya había hecho una vez, implantó una falsa memoria en la mente de la anciana elfina, antes de dirigirse al desván que había visto en los recuerdos. Una vez dentro, y tras anular numerosos hechizos protectores, se acercó a la estantería donde en lo más alto, y dentro de un antiguo cofre, le aguardaban los tesoros. Cuando los tuvo en sus manos, fuera de sus cajas, el brillo de los objetos lo cegó por un instante. Observó la copa y el guardapelo. No había nada igual a un triunfo como aquel. Recorrió con la punta del dedo la "S" del medallón de Slytherin y una sonrisa maliciosa se le formó en los labios.

En el mismo instante en que Tom Riddle cruzaba el umbral de la casa con ambas cajas ocultas bajo la capa, Hokey volvía en sí lentamente y, al ver a su ama, lanzaba el grito más lamentable que se haya escuchado jamás en aquella casa.

Aquello fue lo último que Tom escuchó antes de cerrar la puerta y salir, imperturbable, al frío aire invernal.

-o-

Desde la visita de Paul, el estado de Amelia mejoró considerablemente. Los frecuentes mareos que sufría, impidiéndole estar de pie durante un tiempo prolongado, disminuyeron a medida que los días pasaban. A pesar de que insistiera en que realmente se sentía mucho mejor, los sanadores no estaban de acuerdo y creían que el veneno pudo haberle afectado de cierta manera, pues, a pesar de tomar pociones para dormir sin soñar, éstas no parecían surtir efecto y ya eran varias noches en las que Amelia se despertaba bruscamente tras haber tenido pesadillas.

Sin embargo, Amelia estaba planeando cuidadosamente su huida de San Mungo. No podía seguir en aquel estado de reposo y necesitaba, ahora más que nunca, continuar con su misión. Había convencido a los sanadores para que le dejaran dar un paseo por los pasillos del hospital, explicándoles que no estaba tan mal como para estar todo el día en su cama, sin nada que hacer.

De modo que Amelia pudo descubrir que se hallaba en la tercera planta y con ello pudo elegir la que sería la ruta más adecuada para marcharse sin ser vista. Se había dado cuenta de que siempre estaba siendo vigilada, por lo que tampoco podía hacer nada que pareciera sospechoso.

Una mañana especialmente fría, al salir de su habitación, se topó con un cambio significativo en el ambiente. Lo primero en lo que reparó fue en las esferas de luz del techo, que habían sido pintadas de rojo y dorado, similares a bolas de Navidad. Podría parecer absurdo, pero Amelia había perdido la cuenta de los días que llevaba en el hospital y, por si eso fuera poco, no tenía ni la menor idea de la fecha en la que se encontraban.

El acebo alrededor de las puertas le daba cierta calidez a los pasillos que ya estaban hastiando a la joven. Pero lo mejor de todo fue descubrir que había árboles de Navidad en todos los rincones. Por supuesto, la idea de pasar esas fechas en un hospital era deprimente, pero podría tolerarlo gracias a la estupenda decoración.

No obstante, la mañana en que la visitó un sanador sospechosamente similar a un psicólogo muggle, supo que había llegado el momento de poner en marcha su plan de huida. No importó que dijera que ese día había amanecido sin haber tenido sueños extraños, el sanador insistió en hacerle varias preguntas sobre sus miedos y problemas personales. El sanador le explicó que debería enviar un informe psicológico al Ministerio, para el caso del envenenamiento, por lo que sería mucho mejor si ella colaboraba. Evidentemente, Amelia tuvo que mentir en varias respuestas, pero fue muy sincera en otras, aunque en el fondo estaba muy disgustada con el interrogatorio.

Solo cuando el sanador habló con mucho tacto sobre pensamientos suicidas, la joven comprendió la razón de que la estuvieran reteniendo tantos días en el hospital y que estuviera vigilada casi constantemente. De la mejor forma de la que fue capaz, y sin exaltarse, Amelia explicó que realmente no tenía motivos para ello. E insistió en que el asunto del veneno era cosa de alguien que quería quitarla de en medio.

Casi al final de la tarde vino por fin un auror del Ministerio. Se disculpó por haber tardado tanto en ir a visitarla, pero le explicó que habían esperado a recibir su informe psicológico y que además habían estado investigando el origen del veneno, interrogando al tabernero del Caldero Chorreante y a sus proveedores.

El auror no tuvo reparos en preguntarle directamente, según él para no perder el tiempo, si había intentado suicidarse. Amelia, empezando a cansarse de aquella absurda teoría, respondió un "No" cargado de enfado.

—Me alegra saberlo —respondió él, ignorando la molestia de la joven—. ¿Tiene idea de quién pudo haberle suministrado el veneno?

—Por supuesto —respondió Amelia—. Fue Tom Riddle. Seguramente le suena el nombre. Aparece junto al mío en un antiguo informe del Ministerio.

—Lo recuerdo —asintió—, pero también sé que aquella vez fue todo originado por un malentendido.

—¿En el informe dice que él ya había intentado asesinarme en otra ocasión? —quiso saber Amelia.

El auror levantó las cejas con visible sorpresa.

—No aparece nada de eso.

—No me sorprende —musitó Amelia, su enfado se había acrecentado—. Al final Abbott ignoró lo que dije. Paul Wintergreen, su ayudante, escribió todas mis palabras, pero veo que de nada sirvió.

—¿Por qué no me cuenta a mí lo que dijo ese día? —propuso el mago.

Después de asentir levemente, Amelia le contó al auror lo que Abbott y Paul habían escuchado y lo que el primero había omitido convenientemente en el informe final. No olvidó mencionar que la antipatía que inexplicablemente sentía Abbott hacia ella era la causa evidente de que en ningún momento hubiera tomado en serio sus declaraciones.

Y al parecer el auror que tenía frente a ella tampoco lo hacía, porque el incómodo silencio que se produjo al final de su relato fue lo que le dio a entender a Amelia de que realmente estaba sola en su lucha contra Tom.

—De acuerdo —dijo al final, tras garabatear algo en su libreta—. Investigaré a Tom Riddle y hablaré con él. ¿Sabe dónde puedo encontrarlo?

—Sé que trabaja en Borgin & Burkes, en el Callejón Knockturn.

Quizás ese dato fue lo que más sorprendió al auror, porque de repente, una extraña chispa de alerta saltó en sus ojos. No dijo nada y solo se limitó a escribir. Cuando volvió a mirarla para agradecerle el haber respondido a sus preguntas, el mago volvía a tener la misma expresión seria de un principio.

Solo cuando se quedó sola, Amelia se permitió pensar con detenimiento en el nuevo plan que iba tomando forma en su mente. Salvo unos cuantos detalles importantes referentes a la manera en que llevaría a cabo la primera parte de la operación, estaba convencida de que de una forma u otra tenía que llegar a su principal objetivo: encontrar a Tom y alejarlo. Enviarlo a Azkaban o a San Mungo. Todo para tener la libertad de buscar sus Horcruxes. Estaba harta de que él se adelantara a sus pasos y no quería ir por ahí temiendo que él volviera a atacarla. Había llegado el momento de pararle los pies de una maldita vez. Y la renovada sed de venganza que había inundado su alma sería un aliciente para ello.

Estaba claro que no podía confiar en nadie ni esperar que fuera el Ministerio quien hiciera algo. Era obvio que si quería conseguir algo, tenía que ser ella quien actuara.

Pasadas las nueve de la noche, sabiendo que ya nadie pasaría por la habitación, Amelia se atrevió a leer los informes que estaban en la carpeta que se hallaba en la mesita a los pies de su cama. Se suponía que no podía tocarlos, pero Amelia hacía caso omiso de la prohibición y, en silencio, los leía cada noche antes de dormir, en un intento por averiguar lo que los sanadores opinaban de su estado, ya que a veces parecían no ser completamente sinceros con ella. La mayoría de las veces era solo su impresión, porque en los papeles no decía nada que no supiera. Aunque discrepara en algunas cosas, como en que los sanadores escribieran que ella tenía alucinaciones durante la noche. Y es que Amelia no estaba de acuerdo. Sucedía que, desde su primera noche en San Mungo, había tenido pesadillas recurrentes con Tom y Voldemort. Podría parecer lo mismo, pero no era como Amelia lo veía. Para ella, eran dos personas completamente diferentes.

Sus pesadillas tenían evidentemente un significado importante. Veía en ellas a Voldemort, frente a ella, en medio de una oscura sala y rodeado por sus Mortífagos. Eran sueños que no dejaban de ser inquietantes. Y era peor cuando despertaba, asustada, solo para ver que el ser que alimentaba sus pesadillas estaba de pie junto a su cama.

Pero aquello no era posible. Era solo la última visión de una imagen del mal sueño que acababa de tener, grabada en sus retinas. No lo recordaba bien, pero le parecía haber despertado un par de veces gritando, enfrentando a Voldemort y exigiéndole que la dejara en paz.

No se acordaba del todo porque el sanador que estuviera de guardia aparecía para sedarla rápidamente, obligándola a tomar una poción. No despertaba hasta la mañana siguiente, a menudo perdiéndose la hora del desayuno.

La pesadilla que más solía repetirse era una en la que había presenciado cómo Voldemort, ataviado con una larga capa negra cuya capucha le cubría prácticamente todo el rostro, lanzaba un Avada Kedavra hacia Tom, que se encontraba al lado de Amelia. Recordaba a la perfección cómo ella se inclinaba junto a él, observándolo y tocando su rostro esperando inútilmente que volviera a la vida, mientras sentía cómo sus ojos se llenaban de lágrimas. Podía recordar su ira y su dolor mientras levantaba la cabeza y maldecía a gritos a Voldemort. Y él reía. Simplemente reía. Una risa antinatural, fría, como si fuera la voz del mismísimo demonio. Era en ese momento en el que ella trataba de atacarlo lanzando hechizos que él bloqueaba sin dificultad, para después enviarle un Cruciatus en respuesta.

Era entonces cuando solía despertar.

Amelia cerró los ojos mientras sentía que un escalofrío le recorría el cuerpo. No hacía falta ser un genio para no entender lo que querían decirle sus sueños. Evidentemente, ya no había vuelta atrás. Tom —o mejor dicho Voldemort—, se había encargado de matar lo que quedaba de humanidad en él. Ya no sería nunca más aquel Tom del que se había enamorado.

¿Cómo explicarle eso a los sanadores? Era simplemente impensable siquiera intentarlo. Y por eso, la última sanadora que había sido testigo de la alucinación de la pasada noche, había escrito en el informe que ahora leía Amelia algo que fue para ella como un jarro de agua helada.

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"Debido a las constantes alucinaciones, que al parecer son un grave efecto secundario del veneno, considero necesario que la paciente continúe ingresada hasta la remisión de los síntomas. De lo contrario, veo muy poco probable la recuperación completa, por lo que la paciente deberá ser trasladada a la unidad de Daños Permanentes".

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Amelia maldijo en voz baja. Ella sabía que con el tiempo sus pesadillas acabarían. No era necesario permanecer más tiempo en San Mungo. Ya había perdido suficientes días ahí, sin dedicarse a lo que realmente tenía que hacer.

Por lo que, en completo silencio, abrió la pequeña cómoda que se encontraba cerca de su cama y sacó todas sus cosas. Se vistió rápidamente y acomodó sus almohadas debajo de las cobijas, para aparentar que ella seguía ahí, durmiendo.

En los bolsillos de su túnica aún estaba la botellita de veneno de basilisco que llevaba consigo aquella noche y su varita. Cogiendo ésta última practicó un par de hechizos simples antes de hacer el encantamiento desilusionador sobre ella.

Así, siendo aparentemente invisible, dejó la que había sido su habitación aquellos días y se encaminó por los pasillos que ya había estudiado previamente durante sus paseos diarios. Tenía en mente una ruta fija ya planificada que siguió sin desviarse. De vez en cuando tenía que detenerse y esperar, agazapada al lado de un árbol navideño o detrás de algunas sillas que se topaba por el camino, hasta que el sanador que pasaba por ahí se perdiera de vista.

Siguiendo su camino, Amelia bajó rápidamente por las escaleras, dejando atrás la tercera planta, tratando de que el sonido de sus pisadas no la delatara. Cada vez que llegaba a una nueva planta, se aseguraba de mirar con cautela al pasillo que se extendía a partir de ahí para ver si había alguien de quien tendría que esconderse. Solo cuando llegó a la planta baja se permitió ir con más calma. Observó a lo lejos el mostrador de la mesa de Información y las sillas de madera de la sala de espera, ahora vacías.

Se movió un poco para tener visión de la bruja recepcionista, para así lanzarle un hechizo aturdidor, pero se dio cuenta de que ella ya estaba dormida. De modo que, echándole continuos vistazos para asegurarse que siguiera así, Amelia siguió caminando. Cuando llegó hasta el mostrador se detuvo por un momento, pues la bruja se movió ligeramente, sin despertar. Estaba reclinada por completo en el respaldo de su silla, con la cabeza inclinada hacia un lado. Tenía abierto sobre la mesa un ejemplar de El Profeta y al lado había una pila de ediciones pasadas del periódico, colocadas una encima de otra de forma descuidada.

Era el titular de uno de esos el que llamó la atención de Amelia, ocasionándole que un sudor frío la recorriera por completo mientras extendía la mano y cogía ese ejemplar, olvidando repentinamente a la mujer que estaba sentada a escasos centímetros, con el evidente peligro que suponía para la joven si de repente se despertara y viera un periódico flotar frente a sus ojos.

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Hepzibah Smith, envenenada por su elfina

La acaudalada dama ha sido encontrada muerta en su casa...

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Amelia dejó de leer. Se guardó el periódico dentro de la túnica y se marchó apresuradamente, dejando atrás la iluminada sala de espera de San Mungo para adentrarse en la oscura y fría noche invernal londinense.


(*) Frase extraída del libro Harry Potter y la Cámara de los Secretos.

N/A: En este capítulo menciono a Daphne Greengrass y su amistad con Amelia. Os recomiendo que leáis un pequeñísimo fanfic —un drabble, para ser más exactos— que escribí hace tiempo sobre el momento en el que se conocieron. Se llama "Inesperada Amistad" y lo encontraréis en mi perfil.

¿Qué creéis que pasará en la recta final de esta historia?

Espero que os haya gustado. Nos leemos en el próximo capítulo.

Victoria.