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Night 13 – Auri


Capítulo XIII

Nieve roja

.

Buenas noches a un alma vieja,

adiós a aquella vida que viví.

Ésta es mi isla ahora

para volver a vivirla.

Ya no queda mucho

y, esta vez, esta caída sin gravedad

es la llamada tranquilizadora de una madre.

Vuelvo atrás en el tiempo, me depuro

y me desnudo,

y veo la luz:

ahora lo sé.

Night 13 – Auri

.

Amelia, tras llegar del hospital, pasó la noche en su habitación del Caldero Chorreante, pero decidió que no era una buena idea quedarse ahí. Sabía que a esa hora los sanadores se habrían dado cuenta de su fuga, por lo que avisarían al Ministerio, y ella no quería tener que lidiar con visitas indeseadas.

Sin saber a dónde más ir, habló con el tabernero por la mañana, convenciéndolo de que le diera otra habitación y pidiéndole que, si alguien venía a buscarla, le dijera que se había marchado sin decir nada. Le insistió en que su vida seguía corriendo peligro y no olvidó agradecerle por haberla salvado aquella noche, llevándola a San Mungo al encontrarla inconsciente. Amelia no podía evitar pensar en que era una suerte —o una extraña coincidencia— que él hubiera despertado de repente, alarmado, lo que lo llevó a levantarse e ir a revisar que todo estuviera en orden en la taberna, dándose cuenta de que la puerta que daba al patio trasero se hallaba abierta.

Una ínfima parte de su cerebro le gritaba a la joven de que fue Tom quien se había encargado de despertar al tabernero, llamando su atención para que reparara en Amelia. Pero la mayor parte del mismo insistía en que eso era absurdo.

Sin perder el tiempo, y haciendo caso del extraño presentimiento que la asoló al leer la noticia sobre Hepzibah Smith en El Profeta, la joven se encerró en su nueva habitación dispuesta a encontrar la forma de derrotar a Tom. Evidentemente, él ya tenía dos nuevos horcruxes, por lo que necesitaba sitios nuevos para esconderlos. Y Amelia necesitaba saber cuáles eran los lugares elegidos.

Por lo que horas más tarde, Amelia se encontraba rodeada de un montón de libros abiertos, mientras buscaba frenéticamente información que podría serle de ayuda. No lograba dar con algo que realmente le sirviera, hasta que, hojeando el antiguo manuscrito que le había dado Morgana tiempo atrás, encontró algo que podría ser la solución a sus problemas.

Se trataba de un hechizo de magia oscura que necesitaba de su sangre para ser llevado a cabo. Probablemente meses atrás se habría negado a hacerlo, pero las cosas habían cambiado. Se trataba de una magia antigua utilizada para encontrar a alguien con quien existiera algún tipo de vínculo emocional o lazo afectivo. A pesar de que ahora renegara de ello, tenía que admitir que lo que sea que hubiera entre ella y Tom, podría en ese momento ser de utilidad.

De modo que, ya de noche, Amelia supo que había llegado el momento de actuar.

Se acomodó en medio de la habitación, con el libro abierto en la página correcta sujeto en la mano izquierda y con la varita preparada en la derecha. Respiró profundamente para despejar su mente y mantenerla serena, para evitar errores.

Entonces pronunció las palabras necesarias. Inmediatamente después, una espesa neblina salió de la punta de su varita, formando un gran círculo a ras del suelo, en cuyo interior la niebla giraba en espiral de manera lenta.

Amelia dejó el libro en la mesa que tenía al lado y, con la varita, se hizo un pequeño corte en un dedo, lo suficientemente profundo como para que brotaran unas cuantas gotas. Trató de ignorar el dolor, enfocándose en dejar caer el líquido vital sobre el inicio del círculo neblinoso. Aquellas gotas empezaron a ser guiadas hasta el centro, viajando en espiral. A medida que se acercaban al final, las gotas se convirtieron en un delgado hilo rojo. Era en ese momento cuando Amelia tenía que finalizar el ritual pronunciando el nombre de Tom, mientras pensaba en la idea de encontrarlo.

Así lo hizo y acto seguido, tal y como se indicaba en el libro, la joven se internó en la densa espiral, caminando hasta el centro, donde se había formado un agujero negro que, según la teoría, era el portal que la llevaría hasta quien buscaba.

Fue en ese instante cuando Amelia tuvo que cerrar los ojos, pues sintió que empezaba a girar a una velocidad vertiginosa, casi como si viajara con un traslador, mientras la niebla la cubría por completo. En cuanto sintió la tierra firme bajo sus pies, se atrevió a abrir los ojos.

La neblina a su alrededor empezó a disiparse al mismo tiempo que una ráfaga de aire helado le daba en el rostro. El sonido del rugiente mar chocando contra las rocas y la luna brillando en el cielo estrellado le dieron la bienvenida. Se hallaba, sin lugar a dudas, en lo alto de un acantilado.

Delante de ella, a algunos metros de distancia, vio, recortándose contra la oscuridad, la silueta de alguien vestido con una larga capa negra, alejándose. Evidentemente, su aparición había provocado alguna clase de ruido, porque la figura se detuvo y se giró, varita en mano.

Fue como si el tiempo se detuviera y ellos hubiesen sido congelados. Ni Tom ni Amelia se movieron, sino que se limitaron a observarse en silencio, sin atreverse a romper aquel extraño momento.

—No, Tom, no soy un fantasma —habló Amelia al final.

—Tienes tantas vidas como un gato, Amelia —comentó él con un leve tono irónico.

La joven sonrió con cierta arrogancia.

—Utilizaste magia oscura para encontrarme, ¿cierto? —preguntó Tom, dando un paso hacia ella. Amelia no respondió, provocando que él esbozara una sonrisa de satisfacción.

—¿Qué haces aquí? —inquirió la muchacha. Su mano sujetaba con fuerza su varita, preparada para atacar en cualquier momento.

—Ya conoces la respuesta, Amelia —respondió él suavemente, dando otro paso más.

—¿Qué tiene de especial este sitio para que lo eligieras para esconder un horcrux? —siguió ella. A pesar de que su rostro mostraba frialdad y determinación, su corazón latía cada vez más deprisa y su respiración se hacía más agitada debido al inevitable nerviosismo que sentía.

Antes de responder, Tom esbozó una media sonrisa maliciosa.

—Me encantaría contarte esa historia, pero dadas las circunstancias, me parece que no es una buena idea —comentó. La miró fijamente durante unos segundos antes de volver a hablar, cambiando su expresión a una de frialdad absoluta—. Pierdes el tiempo aquí, Amelia. Jamás encontrarás nada.

—Me subestimas, Tom.

—Al contrario, Amelia, sé muy bien que tienes un gran talento con la magia. Jamás te he subestimado y reconozco que eres una digna adversaria. Es una pena, sin embargo, que hayas decidido no ser una aliada.

El ligero tono de reproche que usó Tom al final, hizo que Amelia decidiera decir algo que nunca había pensado decirle.

—Es algo que he pensado mucho, ¿sabes? —confesó, usando el mismo tono que él—. Me he pasado noches enteras planteándome la posibilidad de aceptar.

Aquellas palabras hicieron que la expresión de Tom se tornara sorprendida, pero casi al instante él se apresuró en esconder su impresión.

—Pero eso fue antes, Tom —siguió ella, incrementando su tono de reproche—. Antes del veneno. Ahora todo es diferente.

—¿Qué querías que hiciera, Amelia? —inquirió, repentinamente enfadado—. Tú no estabas dispuesta a dejar tu misión. A pesar de todo, me demostraste que estabas decidida a acabar conmigo. ¿Qué pensabas que haría? ¿Que me quedara viendo cómo destruías uno a uno mis horcruxes? Debía terminar con esta situación de una vez. Sé bien que tú, en mi lugar, habrías hecho exactamente lo mismo.

—Bien, entonces terminemos con esto de una maldita vez —resolvió Amelia, decidida, echándole una mirada llena de odio. La explosiva mezcla de sentimientos que le empezaba a quemar el pecho fue el detonante para que levantara la varita y lanzara un maleficio.

Tom, como era de esperar, detuvo el hechizo con un encantamiento escudo y lanzó una maldición dirigida hacia Amelia. Ella se movió en el último instante antes de contraatacar con rapidez.

Los hechizos se sucedieron uno tras otro, sin tregua, no solo buscando dañar, sino también como una especie de absurda demostración de poder. Cuando algunos hechizos chocaban en el aire, un potente estruendo resonaba, casi como si fuera un trueno. Las chispas volaban y los rayos que no habían alcanzado su objetivo se perdían más allá del abismo en el que se encontraban.

Rayos rojos, azules y violetas iluminaban lo alto del acantilado sin nadie en kilómetros a la redonda que se percatara de ello. Era de noche y había empezado a nevar, de modo que cualquier habitante de una posible aldea que existiera cerca, preferiría estar en su casa, al lado de la chimenea, y no investigando el origen de las extrañas luminosidades que surcaban el cielo en medio de un gélido paraje.

La furia con la que luchaban Tom y Amelia dejaba entrever sentimientos reprimidos. Cada hechizo, cada maleficio enviado, tenía un inconfundible aire de reproche. Pero ningún enfrentamiento podía durar eternamente y éste estaba destinado a terminar pronto, pues la debilidad que ellos estaban empezando a sentir hacía que el duelo se hiciera más pausado.

Heridos y sangrando, era casi imposible seguir luchando y sin embargo seguían haciéndolo, de manera obstinada. Entonces la situación pareció que llegaba a su fin cuando Tom lanzó un maleficio que Amelia no logró detener, llegando a su pierna y rompiendo el hueso con un sonoro crujido. Soltando un furioso grito de dolor, ella cayó al suelo de costado, golpeándose en el proceso el hombro con una de las prominentes rocas cubiertas de nieve. A pesar de ello, tuvo la fortaleza necesaria para levantar su varita y enviar una potente maldición hacia Tom, tomándolo desprevenido y logrando que el rayo morado le llegara al pecho, ocasionando que, con la fuerza del impacto, cayera de espaldas al suelo rocoso.

Al ver que Tom no parecía moverse, Amelia, respirando con dificultad y extremadamente adolorida, se recostó completamente en la nieve. El viento silbaba, llevando consigo los copos de nieve de un lado a otro, sintiendo como caían algunos sobre su rostro. Tras mirar al cielo nocturno durante un par de segundos, cerró los ojos con fuerza y trató de recordar el hechizo para curar huesos rotos, pero por más que lo intentara, no lograba dar con las palabras exactas. Y, si era sincera con ella misma, estaba empezando a olvidar la mayoría de los hechizos que conocía. Su mente comenzaba a entumecerse a causa del dolor y ni siquiera era capaz de concentrarse para desaparecer.

Escuchó un quejido y abrió los ojos, girando la cabeza, descubriendo que Tom se acababa de levantar con dificultad y ahora avanzaba hacia ella, cojeando ligeramente. Una vez más, y haciendo un gran esfuerzo, Amelia apuntó su varita contra él, lanzando el mismo hechizo de antes. Esta vez fue mucho más débil y el joven pudo conjurar un encantamiento escudo a tiempo y, con otro simple movimiento de varita, desarmó a Amelia.

—Esto no terminará a menos que uno de los dos se rinda —dijo él con voz queda, acortando la distancia entre ellos.

Amelia lo miró, sintiendo cómo la cabeza le daba vueltas debido al dolor. No era solo por la pierna, tenía varias heridas en el cuerpo que sangraban y que había tratado de taponar con las manos sin éxito. A pesar de eso, se esforzó por enderezarse apoyándose con las manos.

—Mírate, Amelia, casi ni puedes respirar y aún así no quieres detenerte —comentó, agachándose a su lado. Aunque lo intentó ocultar, una mueca de dolor cruzó su rostro—. Debo admitir que tu coraje me parece impresionante. ¿O es acaso insensatez?

—Esto no ha terminado, Tom —musitó Amelia, tratando de que su voz sonara firme.

—No tienes posibilidad alguna de sobrevivir hoy, Amelia. Si pensaste que podrías herirme lo suficiente como para mantenerme lejos —hizo una breve pausa mientras inhalaba aire superficialmente. Era evidente que el solo gesto de hablar le dolía. Aparentando que nada sucedía, continuó— mientras buscabas mis horcruxes, déjame decirte que tu plan ha fracasado.

—No lo creo —dijo Amelia. Entonces miró hacia el pecho de Tom, donde impactó el último hechizo que le envió. Había un corte en la tela por la que brotaba la sangre—. No irás muy lejos con esa herida.

—Ya veremos.

Haciendo todo lo posible por no demostrar el dolor que sentía, Tom se levantó. La herida de su pecho no era la única que tenía, pero parecía ser la más grave. Varias gotas de sangre habían caído sobre la nieve, tiñéndola al instante. Echando una última mirada a Amelia, él se desapareció.

Maldiciéndolo mentalmente y temblando por el dolor, ella trató de levantarse, pero le fue imposible. Miró a su alrededor, preguntándose dónde demonios podía haber caído su varita tras el Expelliarmus de Tom y rogando porque no hubiera volado hasta el agua.

Consciente de que no podría caminar para buscarla, trató de concentrarse para hacer magia sin varita y llamarla hacia ella. La situación era muy complicada, pues el dolor ocupaba toda su mente. Repitiendo mentalmente las palabras decenas de veces sin éxito y diciéndolas en voz alta otras tantas, estaba comenzando a desesperarse.

Furiosa, sabiendo que su única esperanza de marcharse de ahí era volviendo a tener la varita en su poder, soltó un «Accio varita», gritando con todas sus fuerzas. Y, para su gran sorpresa, ésta vino volando rauda directo hacia ella.

Con un suspiro de alivio y sintiéndose tremendamente débil, Amelia aferró en su mano su varita y se concentró en desaparecer. Pero su mente no colaboraba y las neblinas que la adormecían parecían amenazarla con hacerla caer en un profundo y oscuro abismo.

-o-

Cuando Amelia abrió los ojos, tuvo una inconfundible sensación de déjà vu. Estaba recostada sobre una cama, desorientada, sin entender lo que hacía en aquella pequeña y oscura habitación de paredes de piedra y cortinas cerradas, solo iluminada tenuemente por una vela dispuesta en la mesita que estaba al lado de la puerta.

Quiso moverse, pero el intenso dolor que sintió de repente la obligó a quedarse donde estaba. La cama crujió ligeramente y, mientras Amelia trataba de recordar algo que le indicara el lugar donde se encontraba, oyó pasos acercándose, como si subieran por una escalera. Observó la puerta, alerta, y en pocos segundos ésta se abrió.

Fue Morgana quien entró en la habitación, llevando consigo un vaso. No se sorprendió al verla despierta, simplemente se limitó a dedicarle una mirada severa.

—¿Te divierte jugar con fuego, muchacha? —inquirió a modo de saludo.

La joven, quien no se esperaba aquello, no fue capaz de articular palabra alguna.

—El giratiempo ya casi está listo —continúo Morgana, acercándose a ella—. Lo mejor que puedes hacer es regresar a tu época.

—Aún no he terminado aquí —expresó Amelia. Su voz sonaba extrañamente ronca.

—Niña insensata —gruñó, mirándola con impaciencia—. Toma, esta poción te ayudará a curarte más rápido.

Morgana la ayudó a incorporarse lo suficiente como para tomarse la pócima sin problemas, antes de volver a recostarse.

—¿Cómo llegué aquí? —quiso saber Amelia.

—¿No lo recuerdas? —le preguntó, extrañada. La joven negó con la cabeza—. Te apareciste en el callejón y te desplomaste en la puerta de mi librería.

Entonces, como si fuesen flashes, Amelia recordó que tras recuperar su varita decidió aparecerse en el Callejón Knockturn, para pedirle ayuda a Morgana. No quería regresar a San Mungo y la bruja era su única opción. Recordó también aparecer en medio del callejón. Se acordaba haber tratado de llegar a la puerta de la librería, arrastrando la pierna rota y quedando sin fuerzas en la entrada. A partir de ahí no recordaba nada.

—Sí, ahora me acuerdo —respondió en voz baja.

—Estabas muy herida y te traje al cuarto de invitados —siguió hablando Morgana—. Te curé los huesos rotos y varias heridas superficiales, pero otras son más graves y algunas son producto de maldiciones. Esas tardarán un poco más en curarse. La poción que acabas de tomarte te servirá de mucho para eso, aparte de las cataplasmas que te puse mientras estabas inconsciente.

—Te agradezco mucho la ayuda, Morgana —habló Amelia con sinceridad. La mujer asintió.

—Ahora descansa. Vendré a verte por la mañana.

Morgana apagó la vela y se marchó, cerrando la puerta detrás de ella, dejando a la joven pensando en lo que le había dicho al inicio, sobre que el giratiempo estaba casi listo. Recordó entonces lo que Tom le había dicho sobre que su familia podría estar viva. Y, por primera vez en mucho tiempo, quiso dejarlo todo y marcharse a su época.

A la mañana siguiente, Amelia despertó aún más confundida que por la noche. Había vuelto a tener aquella pesadilla recurrente sobre Voldemort y no había ayudado nada el hecho de encontrarse en una habitación desconocida, llena de vendajes y terriblemente adolorida. Pero pronto recordó dónde se hallaba y no tardó en tranquilizarse.

Morgana vino a verla poco después. La bruja le dio otra ración de pócima antes del desayuno y le revisó las heridas, colocando una nueva cataplasma sobre ellas y cubriéndolas con vendajes. Mientras lo hacía, le aseguró que su recuperación, a pesar del estado tan lamentable en el que había llegado, sería rápida.

Esa misma tarde Amelia recibió una carta. Una lechuza había llegado hasta su ventana, picoteando el cristal varias veces para llamar su atención. Al estar su cama cerca, la joven estiró el brazo soltando un leve quejido de dolor y abrió la ventana, lo suficiente como para que el ave entrara en la habitación sin problemas. Así lo hizo la lechuza, que se acercó hasta ella y permitió que le quitara la carta que estaba atada a su pata.

Entonces el ave, en lugar de marcharse, se quedó posada sobre la cama, mirándola atentamente con sus grandes ojos ambarinos. Amelia reconocía esa actitud y dedujo que el ave tenía órdenes de no regresar sin la contestación. De modo que se apresuró en abrir la carta, intrigada ante quién podría ser el remitente.

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Amelia,

Estoy muy preocupado. He sabido por mi jefe que te has escapado de San Mungo. ¿Qué ha sucedido? ¿Cómo estás?

Es importante que nos veamos, debo hablar contigo. Es sobre otro asunto. ¿Puedes reunirte conmigo esta noche, a las nueve, en el Caldero Chorreante?

Envíame, por favor, la respuesta con la lechuza. Estará esperando.

Paul.

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Sintiéndose algo preocupada, Amelia soltó un suspiro. Entonces, con cuidado, se giró hacia la mesita de noche en cuyo interior encontró varios trozos de pergamino, una pluma y un frasco de tinta. Morgana se los había dejado junto a varios libros con la idea de que se distrajera con algo durante el tiempo que estaría ahí, en cama.

Después de mojar la punta de la pluma en la tinta, garabateó torpemente una respuesta, haciendo lo posible para que la letra no se viera temblorosa.

.

Paul,

Tranquilo, todo está bien, no tienes nada de qué preocuparte.

Esta noche no será posible, lo siento, pero te enviaré un mensaje en cuanto pueda.

Amelia.

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Llamó a la lechuza para que viniera hasta ella y en la pata le ató, con el mismo cordel, el pequeño pergamino enrollado que contenía su respuesta. Entonces el ave remontó el vuelo y se fue por la ventana, tal y como había venido.

Tres días más tarde, Amelia se sentía mucho mejor y vio que estaba en condiciones de regresar a su habitación del Caldero Chorreante. Así se lo dijo a Morgana y la mujer, pese a estar de acuerdo, le insistió en que antes de que se marchara debía tener una conversación seria con ella.

De modo que ahí estaba, bajando las escaleras junto a Morgana, rumbo a la salita de la trastienda donde, como ya era habitual, esperaba la anciana vidente. Esta vez no había una taza de té ni una bola de cristal en medio de la mesa. Aquella mañana, la bruja estaba distraída con la lectura de un raro volumen lleno de inscripciones desconocidas para Amelia. Solo cuando se sentaron en las sillas vacías, la anciana levantó la mirada.

—Esta vez has vuelto, aún no era tu hora, jovencita —le dijo en un ronco susurro cerrando el libro—, pero déjame advertirte que si continúas, estarás realmente en un grave peligro. Debes marcharte.

—Aún debo hacer algo aquí —respondió Amelia, olvidando por un momento que había sopesado seriamente la posibilidad de coger el giratiempo e irse.

—¿Y si aquello que crees que debes hacer no está en tu destino? —le preguntó la vidente. Tenía una mirada extraña.

Amelia frunció el ceño, intrigada.

—¿A qué se refiere?

—Mis poderes me han dejado ver algo importante —respondió.

—¿Qué es lo que ha visto? —quiso saber Amelia, aún más intrigada que antes.

—Tu misión aquí ya ha terminado. Ahora es asunto de El Elegido terminar con la amenaza.

—¿El Elegido?

—Será, en un futuro, el único con el poder para derrotar al Señor Tenebroso.

Entonces Amelia asintió, recordando de repente todas las conversaciones a susurros en Hogwarts, los rumores que recorrían el mundo mágico y las teorías al respecto. Todos en su época se preguntaban si realmente Harry Potter era El Elegido. Muchos lo dudaban, pero escuchando lo que acababa de decirle la vidente, era lógico pensar que todo era verdad.

—Pero eso significa que pasarán años sin que nadie haga nada —protestó Amelia—. Yo quiero terminar con esto ahora y sé que puedo lograrlo.

—¿No me has entendido, muchacha? —soltó la bruja, algo molesta— No hay nada que hacer si tu destino es otro. Te acabo de decir que si continúas, estarás en peligro. Y esta vez nada podrá ayudarte. Escucha mi consejo: márchate.

—No he cambiado nada —susurró Amelia, sintiéndose de repente angustiada—. Vine aquí para cambiar las cosas, pero no he logrado nada.

—Te parece que no has hecho nada, pero la realidad es muy diferente. Tu futuro es la consecuencia de tu pasado. Usar el giratiempo era parte de tu destino —le explicó—. Y aún tienes una tarea que completar, pero en tu época.

—¿Qué tarea? —inquirió la joven, extrañada— ¿No dijo que ahora todo era asunto de El Elegido?

—El collar, niña, el collar —musitó con impaciencia—. Ese es tu asunto y de nadie más. Te encargarás de encontrarlo y destruirlo cuando llegue el momento.

Durante unos minutos, nadie dijo nada más. Amelia permaneció en silencio, repasando en su mente todo lo que había escuchado. Una parte de ella deseaba regresar a su época y averiguar la verdad sobre su familia, pero la otra parte temía irse para no perder la oportunidad de buscar y destruir los horcruxes en el pasado. Porque, a pesar de todo, aún tenía la remota esperanza de que las cosas podrían arreglarse a tiempo para no tener que esperar a la intervención de El Elegido.

—¿Hay alguna posibilidad de saber si mi familia está bien? —preguntó de repente.

—Mis poderes no llegan para tanto —dijo la vidente—. Hay muchos años hasta ellos.

—Pero me habló sobre El Elegido y mi tarea en mi época —expresó Amelia, contrariada—. También nos separan muchos años.

—Es diferente —respondió—. Hablé sobre eso en estado de trance en una profecía que hice hace unas noches. No lo vi en la bola de cristal.

Una vez más, Amelia se quedó en silencio. Después de musitar un «Entiendo», repitió en su mente las palabras de la mujer una y otra vez, como si de alguna forma buscara el valor para decidir de una vez por todas algo que era obvio que tenía que hacer.

—Bien. Regreso a mi época.

Dicho en voz alta sonaba más aterrador que en su mente. Tenía miedo de lo que podía encontrar allá, miedo de haber dejado pasar una oportunidad de destruir a Voldemort. Pero si la madre de Morgana insistía en que esa no era su misión, debía creerle. Ya le había demostrado muchas veces que hacerle caso era lo más sensato.

Entonces Morgana sacó algo de su bolsillo y lo puso sobre la mesa. Era el giratiempo.

—Está listo para ser usado —le dijo, empujando el objeto hasta la joven. Se veía más tranquila, como si la decisión de Amelia la hubiera serenado.

Amelia tomó el giratiempo entre sus manos y lo observó con atención. La grieta que tenía antes había desaparecido, luciendo exactamente igual a como estaba cuando lo cogió del despacho de Marcus Johnson. A medida que sus dedos envolvían la larga cadena, una pregunta empezaba a formularse en su mente. ¿Y si retrocedía unos años? A la época en la que Tom aún no había creado su primer horcrux.

—Escúchame bien —empezó Morgana, como si hubiera leído los pensamientos de Amelia—. El giratiempo, a pesar de estar reparado, no aguantará demasiado. Un viaje largo de regreso a tu época será lo máximo que podrá resistir antes de volver a romperse. Sería una suerte que se mantuviera intacto, pero es un instrumento muy frágil e inestable. No te arriesgues con esto.

—De acuerdo —asintió. Pero en su mente no paraba de repetirse que quizás viajando al pasado podría eliminar la amenaza de raíz. Si no podía regresar, lo aceptaría, pero al menos habría matado a la serpiente.

—Ahora bien —siguió Morgana—. He leído que los giratiempos tienen memoria y por lo tanto tienen grabado el momento exacto en el que fueron accionados. Si éste no se hubiera roto, lo más probable es que pocos días después de tu llegada te hubiera llevado de regreso a tu época, con un efecto rebote. Sin embargo, ahora que está reparado, es cuestión de tiempo de que se accione. Unas horas antes de que se active empezará a brillar, avisándote que el momento se acerca. Es entonces cuando debes regresar al lugar donde apareciste en esta época y esperar.

—Entiendo.

Entonces Morgana se levantó y cogió un pequeño frasco de cristal oscuro que reposaba en una mesita cercana y se lo entregó a Amelia.

—Esto es muy importante —le dijo—. Es una poción que te servirá para regresar a tu época, para evitar envejecer los cincuenta años que hay hasta ese momento. Está hecha especialmente para ti, pues uno de sus ingredientes es tu sangre.

—¿Mi sangre? —preguntó, extrañada.

—Cogí un poco mientras estabas inconsciente —le explicó. Amelia asintió—. Su efecto dura varias horas y deberás tomarla cuando el giratiempo empiece a brillar. Ésta otra —indicó, cogiendo otro frasco, algo más grande que el anterior, cuyo contenido la joven reconoció—, es poción Multijugos. Estoy segura de que sabrás utilizarlo de la mejor manera.

Amelia guardó los frascos cuidadosamente en los bolsillos interiores de su túnica junto al recién recuperado giratiempo. Se levantó lentamente y observó a las dos mujeres. Podía asegurar, sin temor a equivocarse, que Morgana y su madre se habían encariñado con ella. Amelia tenía que admitir que le había ocurrido lo mismo con ellas.

—Habrías sido una buena aprendiz —le dijo Morgana, esbozando una muy leve sonrisa. Amelia sonrió a su vez.

—Me hubiera gustado serlo —confesó la joven—, pero he aprendido mucho con ustedes en este tiempo. Gracias, muchas gracias por todo.

—Si decides pasar por la librería en tu época, puedes decir sin temor a quien esté aquí que nos conociste —le dijo la vidente—. Podría serte de ayuda en algún momento.

—De acuerdo, lo tendré en cuenta.

Después de unas cuantas recomendaciones más y a punto de que Amelia se marchara, Morgana le dijo una última cosa.

—No lo busques más.

Y ella, entendiendo que se refería a Tom, simplemente asintió en respuesta.

-o-

Nada más dejar atrás el Callejón Knockturn, Amelia entró en la Oficina de Correos y envió una nota a Paul, diciéndole que podrían verse esa misma noche, en el mismo sitio y a la misma hora que le había propuesto él. Aprovechó también para enviarle una carta a Isobel, donde le decía que quería hablar con ella lo más pronto posible.

Luego de aquello se dirigió hasta el Caldero Chorreante, donde, de forma muy discreta y silenciosa para no llamar la atención, subió las escaleras y se encaminó por el pasillo rumbo a su habitación. Ya dentro, encerrándose con varios hechizos de protección, se dio prisa en darse un baño y cambiarse de ropa, poniendo especial precaución en cubrir con vendas las heridas que aún tardaban en sanar.

Y, por la tarde, Amelia se encaminó hacia la casa de Anna.

Acababa de llamar a la puerta por segunda vez y parecía que realmente no había nadie. Estaba a punto de marcharse y tratar de entrar por la puerta de servicio, cuando la puerta se abrió y la madre de Anna apareció frente a ella. Al reconocerla, su expresión cansada pero amable se endureció notablemente. Evidentemente, no había vuelto a considerar la opción de que su hija mantuviera sus amistades de Hogwarts.

—Buenos días, señora Blunt —saludó Amelia esbozando una sonrisa que no fue correspondida—. Me gustaría ver a Anna.

—Anna no está para visitas —respondió con severidad.

—Por favor, solo he venido a despedirme —le explicó—. Me marcho de la ciudad y quería verla por última vez.

La señora Blunt pareció meditarlo por algunos segundos, como si estuviera debatiendo entre si creerle o no. Al final accedió y permitió que entrara. Recorrieron en silencio el pasillo y el salón hasta la pequeña sala de estar donde la dejó esperando mientras iba a buscar a Anna. Su amiga no tardó en aparecer y nada más verla, se abalanzó para abrazarla mientras le susurraba lo mucho que la había echado de menos.

—¿Cómo estás? —le preguntó Amelia cuando se separaron.

—Estoy mejor —le dijo con una sonrisa mientras se sentaban en el sillón—. Las cosas van bien. He estado yendo a terapia y me ha ayudado mucho.

Amelia la miró atentamente. Anna realmente se veía mejor. No había rastro de su aspecto hundido de la anterior vez que la había visto. Su rostro tenía su habitual luminosidad y su cabello estaba recogido en un sencillo moño. A pesar del vestido holgado, su embarazo era más que evidente.

—¿Y Martin? —quiso saber Amelia— ¿Lo has dejado?

La sonrisa de Anna vaciló un poco pero no desapareció. Entonces negó con la cabeza.

—Mis padres me convencieron de que volviera con él —le contó—. Es lo mejor para todos. Ahora estoy aquí porque él está de viaje y prefiere que mi madre esté pendiente de mí. No le gusta dejarme sola.

En ese momento, Amelia fue consciente de que el aura de tristeza aún permanecía sobre Anna, solo que ella se había esforzado por mantenerlo a raya, sin que le afectara demasiado. Consciente de que lo que pensaba decir podría ocasionar que su amiga se entristeciera aún más, se arriesgó a hablar.

—Me tranquiliza saber que estás mejor y espero en verdad que tengas una vida feliz.

—Amelia... —empezó Anna, temerosa, presintiendo lo que su amiga le diría.

—Me voy, Anna. Me marcho de aquí.

Soltando un suspiro desolado, su amiga susurró:

—¿A dónde irás?

Amelia estuvo a punto de decirle que se marchaba a su época, pero sabía perfectamente que aunque quisiera no podía contarle la verdad.

—Estaré viajando por distintos lugares —respondió de manera evasiva.

—¿Volverás algún día? —preguntó Anna en voz baja. Sus ojos se habían empañado de repente y Amelia temió que estuviera a punto de llorar.

—No lo sé. Quizás —mintió Amelia.

Anna la miró con infinita tristeza y se acercó para abrazarla con fuerza.

—Me alegra tanto que nos hayamos hecho amigas, Amelia —le susurró.

—A mí también.

Permanecieron abrazadas durante un buen rato y Amelia pudo notar que Anna sollozaba silenciosamente. Ella misma había dejado escapar varias lágrimas. Era una situación muy dura, deseando con todas sus fuerzas poder contarle que eran familia, que eran abuela y nieta, y que sin embargo ya no volverían a verse ni siquiera en su época.

Cuando se separaron y Amelia se levantó dispuesta a marcharse, sabía que se arrepentiría toda la vida por no haber hablado. A pesar de eso, caminó hasta la puerta cerrada de la sala de estar y se detuvo, con la mano sobre la manija. Cerró los ojos con fuerza e inspiró profundamente, como si con ello se estuviera infundiendo valor. Entonces abrió los ojos, decidida, y se giró.

—No soy de esta época —confesó.

Por fin lo había dicho y sintió de repente un inmenso alivio.

Anna la miró, atónita, para luego cambiar su expresión a una de entendimiento.

—El giratiempo —musitó, impresionada.

Amelia asintió. Recordaba perfectamente que Anna lo había encontrado por accidente en su baúl buscando un libro que quería tomar prestado.

—Entonces, ¿quién eres en realidad? —quiso saber. Su voz fue apenas más alta que un susurro.

—Soy tu nieta.

El rostro de Anna era un poema, con sus grandes ojos azules más abiertos de lo normal.

—Oh, por Dios, creo que me estoy mareando —musitó llevándose una mano a la frente y cerrando los ojos.

Apresuradamente, Amelia volvió a su lado y se sentó en el sillón.

—Anna, respira hondo —le instó, tocándole el rostro con las manos—. ¿Necesitas que llame a tu madre?

—No, no —negó con la cabeza, volviendo a abrir los ojos—. Tranquila, estoy bien. Es solo que... —la miró de frente. Se veía más pálida de lo normal—. No puedes ir por ahí diciéndole a la gente que eres su nieta sin esperar esta reacción. ¡Tenemos la misma edad! Ni siquiera me he hecho a la idea de que seré madre y ahora resulta que también soy abuela.

—Técnicamente lo serás en un futuro muy lejano —corrigió Amelia, logrando que Anna soltara una tenue risita.

—Esto es sorprendente. Me tomará unos días hacerme a la idea —comentó, bajando ligeramente la cabeza y mirando hacia un punto fijo de la alfombra. Luego volvió a mirar a Amelia y entrecerró los ojos con sospecha—. ¿Lo sabías desde un principio? ¿Sabías que era tu abuela cuando llegaste a Hogwarts?

—Lo supe cuando preparabas el equipaje para marcharte del castillo, al ver la cajita de música y al descubrir que tu segundo nombre era Lavinia —le contó Amelia—. En mi familia siempre ha sido «Abuela Lavinia», ¿sabes? Quizás me hubiera dado cuenta mucho antes de haber sabido ese detalle. Aunque debo admitir que tus ojos me parecían demasiado familiares.

—Al dejar Hogwarts decidí empezar una nueva vida y ahora todos me llaman Lavinia —recordó con una sonrisa melancólica. Entonces su expresión cambió rápidamente a una de emoción, exactamente igual a la que tenía cuando la conoció en la escuela—. Vamos, cuéntame todo sobre el futuro. ¿Qué ha sido de mi vida?

Amelia la miró sin saber qué decir, preocupada por hablar de más y arruinar las cosas, pero inmediatamente Anna negó con la cabeza.

—No, no me cuentes nada. Quiero que todo me tome por sorpresa —decidió, aunque podía notar la chispa de curiosidad que aún permanecía en su mirada—. Mejor dime otra cosa. Lo que me contaste aquel día que viniste a verme, sobre que tu objetivo era acabar con Riddle, o mejor dicho, con El Heredero de Slytherin, ¿era verdad?

—Totalmente. Lo único que omití ese día fue que había llegado al pasado para ello.

Anna se reclinó completamente en el respaldo del sofá y la miró, pensativa.

—De modo que él sigue siendo una amenaza allá en el futuro —dedujo acertadamente.

—Así es —musitó de manera sombría—. Una terrible amenaza.

—¿Has logrado detenerlo? —preguntó en voz baja.

Amelia, sintiéndose de repente avergonzada, negó con la cabeza.

—He hecho todo lo posible, pero no fue tan simple como yo creía —le explicó—. Hace nada una vidente me habló sobre una profecía en la que se menciona a un Elegido para acabar con la amenaza. Ese alguien no soy yo y ella me dijo que debería regresar a mi época.

—Por eso te marchas —dijo, soltando un profundo suspiro. Amelia asintió—. Me encantaría que te quedaras, pero tienes familia ahí que te espera.

Amelia tragó saliva, sin saber cómo reaccionar. Una cosa era confesar que era su nieta y otra muy distinta era decirle que en su época toda su familia estaba muerta. ¿Para qué mencionar aquello? No tenía sentido que viviera sabiendo ese detalle.

Sonrió, esperando que eso convenciera a Anna. Al parecer funcionó.

—¿Te envió el Ministerio para este trabajo o fue decisión tuya? —quiso saber, intrigada.

—Lo decidí yo. Pero prométeme, por favor, que nunca le contarás esto a nadie —le pidió Amelia—. Ni siquiera a mí misma en el futuro.

—No te preocupes, jamás hablaré sobre este asunto tan curioso —prometió.

Abrazándose de nuevo y por fin aliviada por haberle contado una parte de la verdad, Amelia se despidió de Anna para siempre.

-o-

Cuando Amelia regresó a su habitación, no tardó en recibir las respuestas de Isobel y Paul. La primera le decía que podía pasar a verla a la mañana siguiente, mientras que el segundo le respondía con un escueto «Estaré ahí».

De modo que cuando se acercaba la hora, Amelia bajó a la taberna y se llevó una sorpresa al ver que Paul ya estaba ahí esperándola. A pesar de que su mirada se iluminó al verla, él mantuvo seria su expresión.

—No será esto una trampa para llevarme al Ministerio —aventuró Amelia.

Paul relajó el rostro ante el comentario de la joven y se permitió sonreír levemente.

—No, nadie sabe que me he comunicado contigo —respondió.

Entonces se encaminaron hacia la parte más oscura de la taberna, eligiendo una mesa apartada del resto, oculta detrás de una columna.

—Amelia, ¿por qué te escapaste de San Mungo? —le preguntó Paul en cuanto se sentaron frente a frente.

—Iban a trasladarme al ala de daños permanentes —le contó encogiéndose de hombros—. Comprenderás que no iba a quedarme ahí esperando a que me encerraran.

—¿Daños permanentes? —se extrañó.

—Un error de diagnóstico. Estoy mucho mejor, Paul.

El joven la miró de manera pensativa durante un momento.

—Dijiste que querías contarme algo —dijo Amelia, buscando cambiar de tema.

—Sí, es sobre algo que averiguó el auror que lleva tu caso —empezó, bajando la voz e inclinándose ligeramente hacia ella—. Él inició una investigación exhaustiva sobre tu pasado y el de Riddle. Pero se ha llevado una sorpresa al descubrir que no figuras en el Registro de Brujas y Magos del Ministerio. Es como si no existieras. Es más, no se explica que hubieses sido admitida en Hogwarts.

Amelia se reclinó en el respaldo de la silla y se cruzó de brazos. Miró a Paul durante un momento, pensando en lo que era mejor decir. Por un momento estuvo a punto de soltar una mentira, como ya venía siendo habitual en ella desde que llegó al pasado, pero por primera vez en mucho tiempo tenía que admitir que estaba harta de eso.

—Vamos, Amelia, ¿qué está pasando? —preguntó Paul, ligeramente desesperado.

Soltando un suspiro de cansancio, la joven relajó su postura y se inclinó sobre la mesa.

—Creo que es hora de que sepas la verdad.

Paul la miró entre sorprendido y confuso.

—Pero antes debes jurarme que jamás se lo contarás a nadie.

Después de que Paul le diera su palabra, Amelia procedió a contarle quién era realmente. Le habló de dónde venía y por qué había llegado al pasado. Omitió varios detalles que consideraba que podrían representar un problema, pero lo que dijo fue suficiente para el muchacho.

—Esto lo explica todo —comentó al final del relato de Amelia. La miró fijamente durante unos segundos—. Aunque para serte sincero, jamás hubiera imaginado que ésta sería la verdad.

Amelia sonrió levemente.

—Ya no le daré más problemas al Ministerio —dijo—. Regreso a mi época.

La mirada de Paul se ensombreció repentinamente.

—Es duro saber que no volveré a verte.

Sintiéndose algo incómoda, Amelia bajó la mirada. Entonces Paul estiró el brazo por encima de la mesa y cogió la mano de la joven, apretándola con suavidad. Ella volvió a mirarlo.

—Te quiero —confesó él mirándola a los ojos.

Amelia sintió que el corazón se le encogía.

—Paul... —susurró sin saber cómo reaccionar.

—Y realmente voy a extrañarte —continuó. Aunque intentaba no demostrarlo, su expresión tenía un matiz de tristeza—. Desearía que te quedaras, pero entiendo que debas marcharte.

Colocando la mano que tenía libre sobre la de Paul, Amelia esbozó una suave sonrisa.

—Me alegra haberte conocido, Paul.

Paul se levantó sin soltar la mano de Amelia y se acercó hasta ella, rodeando la pequeña mesa, deteniéndose al lado de la joven. Entonces ella también se levantó y ambos se fundieron en un sincero abrazo.

—Cuídate mucho —le susurró él, dándole un beso en la mejilla.

—Tú también —musitó en respuesta, sintiendo un nudo en la garganta, dándose cuenta de que realmente apreciaba a Paul.

A pesar de todo, Amelia tenía que reconocer que en otras circunstancias probablemente se habría enamorado de él. Pero la situación era muy compleja y ahora que Paul sabía la verdad, estaba segura de que también se daba cuenta de que no tenía sentido continuar albergando esos sentimientos y de que ella no podía ni debía influir en su futuro. O al menos eso creía ella.

-o-

A la mañana siguiente, Amelia se despertó muy temprano y bajó a la taberna para desayunar en completa soledad. Eligió la misma mesa donde había estado con Paul la noche anterior y mientras tomaba su té a pequeños sorbos, no dejaba de pensar en lo que haría a partir de aquel momento.

Desde que había recuperado el giratiempo, lo llevaba consigo en todo momento, atenta ante cualquier posible cambio que le estuviera avisando de que el momento de llevarla de regreso a su época se acercaba. Pero mientras tanto, el giratiempo estaba igual que siempre.

Cuando terminó de desayunar, Amelia regresó a su habitación y empezó a prepararlo todo para su próximo viaje. Mientras esperaba a que Isobel llegara, empezó a mirar todas sus cosas y a preguntarse si tenía algún sentido llevarse algo. En un primer momento se dijo que se iría igual a como había llegado: sin nada. Pero tras observar sus libros y hojearlos, cambió de opinión. Los consideraba demasiado valiosos como para abandonarlos y olvidar sus interesantes contenidos.

De modo que, tras ordenar todo, comenzó a pensar seriamente en realizar un encantamiento de extensión indetectable. Recordaba a la perfección que había obtenido una buena nota en los EXTASIS gracias a ese encantamiento, por lo que no debería resultarle ningún problema realizarlo de nuevo.

Isobel no tardó en llegar. Cuando llamó a la puerta y Amelia la dejó pasar, la joven miró extrañada a su alrededor.

—¿Te marchas a algún sitio? —inquirió, mirando el baúl abierto y las pilas de libros sobre el escritorio.

—De eso quería hablar contigo —respondió Amelia cerrando la puerta. Isobel la miró con curiosidad—. Vamos, sentémonos. Esto nos llevará un buen rato.

Después de mentir durante más de un año, hablar con sinceridad sobre quién era y de dónde venía resultó ser liberador. Ya lo había comprobado al hablar con Anna y con Paul, pero a Isobel podía contarle algunos detalles que había omitido con los demás.

—Me estás diciendo —dijo Isobel estupefacta— que Riddle y los mortífagos no son sólo una amenaza pasajera. Que allá en tu época están haciendo estragos.

—Sí.

—Maldición —susurró Isobel mirando hacia la ventana con expresión preocupada—. Esto es más grave de lo que creía.

—Así es.

—Dices que te batiste en duelo con Riddle hace unos días, ¿que fue de él? ¿Sabes algo? —preguntó con interés tras unos segundos.

—La vidente me dijo que estaba recuperándose —respondió. Entonces se encogió de hombros—. No sé nada más.

—¿Y si intentamos algo? —propuso Isobel—. Ya sé que ella te dijo que no estaba en tu destino, pero ¿y si se equivoca?

—Hasta ahora no se ha equivocado nunca —comentó Amelia—. Y la verdad, viendo cómo no he sido capaz de destruir ningún horcrux, no lo pongo en duda.

—Bueno —Isobel asintió con la cabeza—, en eso tienes razón. No es normal que a pesar de todo lo que has hecho, la posibilidad de destruirlos se te escapara entre los dedos. Hay que reconocer que cuando esas cosas pasan, es que no hay que seguir insistiendo.

—Eso es verdad. Aunque... —Amelia hizo una pausa, sin saber si lo que diría a continuación era una buena idea o no—. He estado pensando en retroceder unos años, a cuando Tom aún no tenía su primer horcrux. Sería mucho antes del asunto de la Cámara de los Secretos.

Isobel la miró, pensativa.

—No es una mala idea —dijo al final—. Pero temo que te quedes atrapada en ese año. Me dijiste que el giratiempo no aguantaría mucho.

—Me llevaré anotaciones de todo lo que sé sobre la reparación del giratiempo. Si se rompe de nuevo, puedo buscar a Morgana y pedirle ayuda con la poción. Le explicaré la situación y estoy segura que lo entenderá.

—Si estás segura —la joven soltó un suspiro—, adelante. Me gustaría acompañarte, pero me paso el día en San Mungo y no puedo dejar a Abraxas ahí. Es cierto que su madre lo acompaña por las noches, pero quiero estar pendiente de su estado.

—Espera, ¿qué ha pasado con Abraxas? —preguntó Amelia, sin entender lo que estaba sucediendo.

—¿No has leído El Profeta estos días? —se extrañó. Amelia negó con la cabeza—. Hace casi una semana alguien atacó a Abraxas y ahora está al borde de la muerte en San Mungo.

—¿Qué? —soltó Amelia, estupefacta.

—Lo que oyes —dijo Isobel. De repente, su fachada impasible se derrumbó y la evidente preocupación se instaló en su rostro—. Según su elfo, él salió de su habitación a medianoche y se marchó de casa en completo silencio. El padre de Abraxas tuvo que amenazarlo con liberarlo si no decía lo que sabía, porque el elfo tenía órdenes de no revelar lo que había visto. Fue otro elfo, cuando se encargaba del jardín temprano por la mañana, el que descubrió a Abraxas afuera de los terrenos de la mansión. Cuando lo vio creyó que estaba muerto. El elfo despertó a sus padres y cuando se dieron cuenta de que aún respiraba lo llevaron a San Mungo.

—Por Merlín, Isobel —musitó Amelia—. Es terrible.

—Estoy segura de que has llegado a la misma conclusión que yo —de repente, su expresión se endureció—. ¿Por qué saldría Abraxas a medianoche si no es para encontrarse con Riddle? Es evidente que discutieron y se batieron en duelo. Su madre me dijo que tenía unas heridas horribles y que hallaron su varita aún en su mano. Yo sabía que aunque Riddle le dijera que no habría represalias, las habría igualmente. Incluso Abraxas no le creyó, ¿sabes?

—Me lo imagino —comentó Amelia sombríamente, recordando de repente a Tom frente a ella después de envenenarla.

—Estuve planeando algo contra Riddle, para vengarme por lo que le hizo a Abraxas. No descansaré hasta darle su merecido —expresó Isobel, decidida, con la rabia llameando en su mirada—. Por eso me viene muy bien lo que me has contado sobre él.

Amelia asintió. Se dio cuenta entonces de que aunque ella regresara a su época, Isobel podría hacer algo contra él en su propia época. O al menos intentarlo. Quizás ella podría tener más éxito.

—Sé que yo también he ido detrás de él por venganza, pero eso no me impide pedirte que por favor tengas cuidado con lo que haces. No subestimes a Tom, él no es como Avery.

—Tranquila —sonrió Isobel—. Lo sé.

Isobel observó a Amelia durante unos segundos, con la cabeza ligeramente ladeada, antes de volver a hablar.

—Eres muy valiente al haber decidido llegar aquí. Si no volvemos a vernos, Amelia, espero que todo te vaya muy bien.

—Lo mismo te digo, Isobel.

Una vez más, siguiendo el mismo ritual que con Anna y Paul, Isobel y Amelia se abrazaron, conscientes de que aunque quisieran que sucediera lo contrario, realmente no volverían a verse jamás.

-o-

Fue al día siguiente, al anochecer, cuando Amelia descubrió que el giratiempo había empezado a brillar. Una extraña y suave luz azul salía del interior del reloj de arena, haciendo que su corazón latiera más rápido ante la perspectiva de la inminente partida. Ahora aquel viaje se hacía más real que nunca.

Haciendo todo lo posible por mantener la calma, Amelia preparó su equipaje y a medianoche salió de su habitación por última vez. Resultaba curioso que todas sus posesiones se redujeran a un sencillo bolso de terciopelo negro, pero la realidad era que había logrado realizar con éxito un encantamiento de extensión indetectable y había guardado todas sus cosas, sin prescindir de ninguna, en el inmenso espacio que se había creado dentro del pequeño bolso.

Fue muy extraña la sensación al cruzar el pasillo, sabiendo que abandonaría esa época para siempre. El cúmulo de sentimientos le oprimían el pecho casi impidiéndole respirar. Tratando de ignorarlos, Amelia bajó por los crujientes escalones de madera rumbo al bar casi vacío. Ahí se acercó a la barra y le devolvió al tabernero la llave de la habitación que había ocupado. Pagó los últimos galeones que debía y se despidió de él, antes de dirigirse al patio trasero donde, visualizando un callejón en específico, se desapareció.

Amelia llegó al oscuro callejón y se aseguró de que se encontraba sola. El nerviosismo que sentía desde que vio al giratiempo brillar se había acrecentado a pasos agigantados. Antes de salir de su habitación ya se había tomado la poción que le había dado Morgana, por lo que un paso ya estaba dado. Ahora venía lo más arriesgado.

Tras lanzar un profundo suspiro para serenarse, Amelia sacó el giratiempo de detrás de su túnica y lo observó. Su brillo se había hecho más intenso, por lo que debía darse prisa. Recordando que cada vuelta representaba un año, la joven llevó sus temblorosos dedos a la diminuta rueda y accionó el giratiempo.

Nada más dar la primera vuelta, repentinamente adquirió más seguridad y las restantes vueltas las dio con mucha más confianza. Entonces se detuvo, dejando que el artefacto funcionara. Una sucesión de luces y sombras, voces y gritos, giró a su alrededor. Y tan pronto como había empezado, todo terminó.

Había retrocedido diez años.

Era medianoche y una suave nevada caía. Amelia soltó el aire que había estado reteniendo y, decidida, dejó el oscuro y angosto callejón en el que había aparecido y salió hacia la calle desierta, donde al final se extendía el destartalado edificio que albergaba el orfanato.

Habiendo estado ahí de visita un par de veces, conocía el camino a la perfección, por lo que evitó que la reja de entrada chirriara gracias a un hechizo y con un Alohomora abrió la puerta principal. Atravesó el vestíbulo en penumbras y subió las escaleras en completo silencio en dirección a la habitación de Tom.

Una vez frente a la puerta cerrada, la abrió con mucho cuidado, deslizándose dentro como si fuera un fantasma. Sobre la cama yacía una figura, durmiendo. Y entonces sus ojos se toparon con un Tom mucho más joven a como lo había conocido. En ese entonces era un niño que aún no había conocido la magia oscura y que sin embargo ya había dado muestras de crueldad, tal y como había leído en su expediente al visitar por primera vez el orfanato, nada más llegar al pasado.

Si quería acabar con la amenaza, debía hacerlo de raíz. Habiendo llegado a un punto en el que era necesario tomar decisiones drásticas, Amelia sacó su varita y apuntó a Tom, obligándose a recordar todo lo que había ocasionado que lo odiara. Entonces pensó en sus padres, en su hermana, en Anna y Daniel. Y no hubo ninguna duda.

Avada Kedav... —empezó, pero no pudo terminar de formular la maldición.

El giratiempo se activó de repente, empezando a girar y envolviéndola de nuevo en un cúmulo de formas y destellos. En un santiamén todo se detuvo y la oscuridad de la habitación regresó. Confundida, Amelia miró a su alrededor. Estaba en el mismo sitio, pero otro niño ocupaba la cama que antes había ocupado Tom. En la pared de al lado del escritorio estaba colgado un calendario que indicaba el año en el que se encontraba, 1946.

Había vuelto.

El giratiempo la devolvió, con un efecto rebote, al punto de origen. Observando al artilugio con precaución, dándose cuenta de que el brillo era más intenso que nunca, Amelia se desapareció rápidamente, antes de que alguien reparara en su presencia.

Fue en otro callejón solitario donde se apareció, más ancho que el primero y ubicado en la misma zona que la casa de Anna. Era en ese callejón, que realmente era un pequeño solar donde en el futuro estaría la casa de los Johnson, donde Amelia había aparecido en el pasado.

La joven se dirigió hasta el punto donde creía que apareció hacía ya un año. Dejó un margen de algunos metros para evitar encontrarse consigo misma y esperó, sintiéndose preparada para marcharse. No iba a tentar más a la suerte con viajes al pasado. Sacudió la cabeza muy levemente, como para ahuyentar de su mente los pensamientos negativos. Le había asegurado a Morgana que no buscaría más a Tom y acababa de incumplir su promesa. Quizás había sido lo mejor que el giratiempo no le hubiera permitido actuar. Quizás no. No lo sabía.

Aunque como había dicho la vidente, no estaba en su destino acabar con él.

Amelia sintió que algo frío caía en su mejilla. Levantó el rostro hacia el cielo y se permitió sonreír levemente mientras los copos de nieve caían con suavidad. Sin poderlo evitar, sintió tristeza ante el hecho de abandonar para siempre aquella época.

La magia del giratiempo no tardó en funcionar de nuevo, llevándola de regreso a 1997.

Esta vez, las parpadeantes luces que giraban rápidamente a su alrededor estuvieron ahí mucho más tiempo, haciendo que Amelia cerrara los ojos para evitar marearse. Cuando dejó de escuchar aquellos sonidos inteligibles y el silencio lo invadió todo, se atrevió a abrir los ojos.

Se encontraba en el salón de la casa de los Johnson.

La puerta del estudio de Marcus Johnson estaba entreabierta y una estela luminosa indicaba que la luz estaba encendida dentro. Podía oír un leve ruido de movimiento de hojas de papel y el rasgar de una pluma. Entonces Amelia se asomó silenciosamente por la puerta.

Fue algo realmente curioso verse a sí misma. Su yo antiguo dejó la pluma sobre el escritorio y observó la nota de despedida que acababa de escribir. En ningún momento levantó la mirada para observar a la puerta, sino que tomó entre sus manos el giratiempo que colgaba de su cuello y empezó a girar la pequeña rueda.

Amelia, por un momento, tuvo el loco impulso de detenerse a sí misma, de advertirle que no era una buena idea, pero bien sabía que no debía hacerlo.

Un ruido en la parte superior de la casa sobresaltó a la antigua Amelia, que dejó de girar el artefacto, haciendo que la magia funcionara. Antes de que ella desapareciera, levantó la mirada, alarmada y sus miradas se cruzaron durante una milésima de segundo.

Y en un abrir y cerrar de ojos, Amelia ya no estaba.

Sabiendo lo que la esperaba, era sumamente extraño imaginar que su otro yo recién estaba por empezar su aventura. Llegaría al Londres de 1945 y, en algún momento muy cercano, se toparía con Tom, sin imaginar hasta qué punto llegarían las cosas entre ellos, sin más sentimientos que el odio y las ansias de venganza corriendo por sus venas.

Sin dejar atrás un ligero sentimiento de nostalgia, Amelia entró en el estudio y se acercó al escritorio. Leyó la nota recién escrita y, con un movimiento de su varita, la destruyó. Entonces se giró hacia la estantería y movió los libros que escondían la caja fuerte muggle. Aún recordaba la clave y la abrió, devolviendo los galeones que se había llevado y dejando en su lugar el giratiempo.

Entonces su mirada se fijó en un pergamino envejecido que estaba al fondo de la caja fuerte. Teniendo un extraño presentimiento, estiró la mano y lo tomó.

.

"Ha iniciado ya el camino sin retorno del Señor Tenebroso.

Ha separado su alma buscando la inmortalidad.

No habrá paz para los impuros

y las tinieblas se cernirán sobre quien se enfrente a él".

.

Ahora lo entendía todo. Ese era el pergamino que le había dado Morgana, en el que estaba escrita la profecía de su madre. El mismo que había perdido en el Ministerio, en los Archivos, y que la vidente le había dicho que no lo buscara y que dejara que siguiera su camino. Fue el joven Marcus quien lo había encontrado, quedándose con él. Probablemente al principio no comprendió su significado, pero Amelia recordó que él le había contado que durante una época había soñado con derrotar a Voldemort, habiendo descubierto que su secreto eran los horcruxes.

Evidentemente, todo estaba conectado. Antes de saber que viajaría al pasado, Amelia ya había estado ahí. La vieja profecía era la prueba.

La muchacha devolvió el pergamino a la caja fuerte y colocó los libros en su lugar. Se aseguró de que todo estuviera en orden y se dirigió hacia la puerta, apagando la luz antes de marcharse escaleras arriba, hacia su antigua habitación.

A cada paso que daba, la sensación de familiaridad era cada vez más fuerte. Una vez dentro de su cuarto se encerró, para después guardar su varita en el bolso de terciopelo. Los Johnson sabían que se la habían confiscado en el Ministerio, por lo que mientras estuviera ahí no podía aparecer con una nueva.

Sin hacer mucho ruido escondió el bolso en lo más profundo del armario y se cambió de ropa, recostándose de lado sobre la mullida cama y cubriéndose con las cobijas.

Lo último que pensó Amelia antes de quedarse dormida, fue que en ese momento, tras dejar atrás el pasado, tenía la impresión de que el último año no había sucedido jamás y que simplemente era parte de un extraño y lejano sueño.


N/A: Me alegra traeros un nuevo capítulo. He terminado de escribir la última escena recientemente, sin parar de escuchar la última canción que os recomiendo ("Night 13", de Auri). Me ha inspirado mucho.

Como veis, el final de la historia está cada vez más cerca, pero aún hay algunos detalles por resolver. ¿Qué creéis que sucederá?

Espero que este capítulo os haya gustado.

Victoria.