Canciones recomendadas:
Ad Arcana – Hans Zimmer (The Da Vinci Code Soundtrack)
Je M'en Irai - Dark Sanctuary
Malfoy's Mission – Nicholas Hooper (Harry Potter and the Half-Blood Prince Soundtrack)
Les Mémoires Blessées – Dark Sanctuary
Desert Flower – Auri
Insomnia – Epica
Wolves – Aviators
Dark Spell – Lands of Past
Capítulo XIV
Reencuentros
.
¿Dónde ha quedado la duda, dónde ha quedado el misterio?
¿Dónde han quedado las noches en vela que eran mi razón de vivir?
Antes de que los años me lleven,
quiero encontrar aquella parte de mí que he perdido.
.
I want my tears back – Nightwish
...
Todo cuanto deseaba
era ver brotar tu sonrisa,
espejo del sol
y de la luna que se eleva antes del anochecer.
.
Desert flower – Auri
.
Nada más abrir los ojos, Amelia permaneció unos minutos sin moverse, recostada de lado en la cama, mirando hacia la ventana por la que ya entraba la luz del amanecer. Por un momento había creído que haber vuelto a su época había sido sólo un sueño, pero al verse dentro de su habitación en la casa de los Johnson, una antigua llama de esperanza que creía ya extinta se removió en su interior y fue el detonante para que se levantara y se vistiera rápidamente, lista para empezar a averiguar la situación de su familia.
Sabía que aún faltaba una media hora para que los Johnson bajaran a desayunar, por lo que Amelia decidió actuar sin perder el tiempo. Utilizaría el mismo hechizo de localización que había usado para buscar a Tom, de modo que sacó su varita y el libro necesario del bolso de terciopelo y pronunció las palabras adecuadas.
El proceso se repitió igual que en el pasado. La neblina salió de su varita para formar la espiral, donde Amelia vertió un par de gotas de su sangre, para después pronunciar el nombre de su madre. Esperando que se formara el agujero negro que era el portal para llevarla hasta ella, se quedó de piedra al ver que, repentinamente, todo desaparecía.
Atónita y sin entender lo que había ocurrido, lo intentó de nuevo, pero una vez más el portal no parecía querer crearse. Sintiendo un horrible nudo en el estómago, lanzó el hechizo de nuevo, pronunciando esta vez el nombre de su padre, pero las cosas se repitieron. Antes de caer en la desesperación, probó de nuevo, esta vez con el nombre de su hermana.
Pero no hubo manera de que funcionara. Evidentemente, no podía encontrar a su familia. Con las manos ligeramente temblorosas, Amelia pasó las páginas del libro con rapidez, buscando la respuesta. Al final encontró una línea que bien podría ser lo que necesitaba saber.
«Si el portal se resiste a abrirse, lo más probable es que la persona a quien se busca esté protegida por magia muy poderosa o, en el peor de los casos, muerta».
Prefiriendo infinitas veces la primera opción, Amelia se dijo que no todo estaba perdido y que simplemente necesitaba hallar otra manera de buscar a su familia. Por lo que guardó de nuevo sus cosas y se preparó para bajar a la sala. Antes de abrir la puerta pudo oír cómo los Johnson bajaban las escaleras hablando en voz baja.
No tardó mucho en unirse a ellos en la cocina y quince minutos más tarde ya estaban sentados los tres a la mesa, desayunando. Amelia estaba realmente contenta de volver a verlos, pero estaba empezando a sentirse nerviosa por el hecho de que Nina y Marcus le lanzaban continuas miradas de extrañeza.
—Te noto algo diferente, Amelia —le dijo la mujer, tras varios minutos en los que la conversación se había limitado a comentar brevemente sobre las nuevas noticias de El Profeta.
Amelia, tratando de restarle la importancia al asunto, se encogió de hombros con una leve sonrisa.
—No he dormido bien —respondió—. Probablemente sea eso.
Nina sonrió y asintió, pero Amelia se dio cuenta de que no le creía. Marcus, por su parte, frunció el ceño sin dejar de mirarla, para después cambiar su expresión a una de sorpresa. Sin embargo, no dijo nada al respecto.
Fue a media mañana cuando Amelia se dio cuenta de que los Johnson se habían encerrado en el estudio y, sospechando algo, ella se acercó a la puerta, decidida a escuchar lo que decían.
—Marcus, esto es una locura. Tiene que haber otra explicación.
—No, Nina, puedo asegurarte que es ella —insistió él—. Desde que llegó a esta casa te dije que me recordaba a alguien del pasado, pero no fue hasta esta mañana en que recordé dónde la había visto.
—¿Me estás diciendo que esa chica que conociste en los Archivos del Ministerio, hace cincuenta años, es Amelia? —inquirió Nina, incrédula.
—Exacto. Estoy seguro que fue ella quien perdió este pergamino.
Amelia imaginó que Marcus le enseñaba a Nina la antigua profecía.
—Quieres decir que viajó en el tiempo —dijo Nina al final.
—Sí. Era obvio que utilizaría el giratiempo—volvió a hablar Marcus—. A pesar de haberlo escondido, ella fue más astuta encontrándolo.
—¿Qué quieres hacer ahora? —preguntó Nina.
—Hablar con ella.
Amelia oyó pasos acercándose a la puerta, de modo que de la forma más rápida y silenciosa que pudo puso rumbo a las escaleras. Fue Nina quien salió primero del estudio y la pilló a medio camino.
—Amelia, ¿puedes venir un momento? —le pidió.
La joven se detuvo, con la mano aún en la barranda, y se giró. Asintió, para luego bajar de nuevo.
—Entra —le dijo Marcus cuando llegó hasta ellos. Tenía la expresión seria.
Solo cuando estuvieron los tres dentro del estudio, el señor Johnson se dirigió hasta la caja fuerte abierta y sacó el giratiempo, dejándolo sobre la mesa frente a Amelia. Al lado colocó el pergamino de la profecía y esperó a que ella dijera algo.
—Es verdad —admitió Amelia—. Robé el giratiempo. También me llevé algo de oro y ya lo he devuelto al regresar anoche. No falta nada. Y la profecía me la dio una vidente en el pasado —respiró profundamente y los miró, sintiéndose culpable—. Siento haber abusado de su confianza.
Marcus Johnson la miró severamente.
—Todo esto fue una gran irresponsabilidad por tu parte. Podría haberte pasado algo.
—Lo sé —asintió la joven—. Pero no pasó nada grave.
—¿Y crees que eso disculpa tu comportamiento? —le reprochó.
Amelia bajó la mirada, incómoda.
—Marcus —intervino Nina de manera conciliadora—. Me parece que no son necesarios más reproches. La niña solo lo hizo por su familia. Tú habrías hecho lo mismo de estar en su lugar.
Aquello pareció apaciguar a Marcus, que suspiró pesadamente y se sentó en su silla. Amelia lo miró y recordó entonces a su versión joven, a aquel chico que conoció en el Ministerio y que le ayudó a buscar información en los archivos.
—Este pergamino fue la razón de que entrara al Departamento de Misterios —le explicó él, ya más tranquilo—. He investigado su contenido hasta el más mínimo detalle y con el tiempo pude darme cuenta de que hablaba de El-Que-No-Debe-Ser-Nombrado. Y, gracias a la profecía pude entender el secreto de su inmortalidad. Como debes recordar, tuve que parar mis pesquisas por el peligro que conllevaba para mi familia.
Amelia asintió. Entonces Marcus la miró con curiosidad.
—A pesar de mi enfado inicial, tengo muchas ganas de conocer tu experiencia con los viajes en el tiempo. Cuéntamelo todo.
Nina soltó una risa, divertida.
—Es realmente sencillo que pases del enfado a la serenidad cuando se trata de un tema de tu interés —comentó. Marcus solo sonrió.
Durante la siguiente hora, Amelia relató su viaje desde el momento en que cogió el giratiempo. Habló sobre los años que retrocedió y cómo el artefacto se rompió, dejándola en un año equivocado. Mencionó que había empezado a averiguar cosas sobre Tom Riddle, logrando ir a Hogwarts para tenerlo vigilado y tratar de acabar con él. Le contó sobre cómo había tratado de destruir sus horcruxes, cómo él había hecho frente a la amenaza, lo que había sucedido con Anna y Daniel —diciendo además que ellos eran sus abuelos—, además de explicar sobre cómo había conseguido la información y la ayuda para reparar el giratiempo.
Lo único que omitió fue la extraña relación que desarrolló con Tom.
Marcus le hizo varias preguntas sobre el comportamiento del giratiempo y le pidió más información sobre la reparación del objeto. Amelia le explicó detalladamente todo lo que sabía al respecto.
—Es curioso, pero para ti ha pasado más de un año entre ayer y hoy —comentó él al final del relato, casi como si hablara consigo mismo.
—Es una sensación extraña —respondió Amelia, asintiendo levemente—. Y es aún más extraño saber que hay una remota posibilidad de que mi familia esté a salvo.
Nina y Marcus la miraron con extrañeza. Fue la mujer quien habló primero.
—Amelia, sé que todo esto es muy duro para ti, pero...
—No, no estoy delirando —se apresuró a responder la joven—. Alguien me dijo en el pasado, viendo mis recuerdos, que los hechizos utilizados esa noche no eran maldiciones asesinas.
—Pudo haberse equivocado —opinó Marcus—. La noticia salió incluso en el periódico muggle.
—Lo sé, y eso es algo que tengo que investigar. Debo regresar a mi casa para empezar a averiguar lo que sucedió exactamente.
Mirándola con preocupación, Nina negó con la cabeza.
—Es muy peligroso.
—He estado en el pasado durante meses, podré cuidar de mí misma —aseguró Amelia.
—Esto no es lo mismo —intervino Marcus—. Ahí afuera están mortífagos y carroñeros, deseosos de toparse con hijos de muggles o mestizos.
—Correré el riesgo. Si hay una posibilidad de encontrar a mi familia, por más mínima que sea, cualquier peligro habrá valido la pena.
Tras un pequeño silencio, Marcus suspiró y se encogió de hombros.
—Bien, supongo que tienes razón.
Fue al día siguiente, antes del alba, cuando Amelia se preparó para abandonar la casa de los Johnson. Tras despedirse de ellos con un abrazo y agradecerles por todo lo que habían hecho por ella, Nina desactivó temporalmente la magia protectora de la casa.
La acompañaron a través del porche rumbo al jardín. A pocos pasos de la cancela se detuvieron y Amelia se giró para verlos una vez más. A pesar de sus sonrisas, podía adivinar la expresión preocupada de sus rostros. Con una sonrisa tranquilizadora, les aseguró que estaría bien.
Entonces, se dio la vuelta, decidida, dando unos pasos más hasta la verja. Cuando la abrió y salió a la acera, le dio la impresión de haber atravesado un portal mágico. Cerrándola detrás de sí, pudo notar de reojo algo muy diferente a sus espaldas. Llena de curiosidad se giró de nuevo y quedó sorprendida al ver que no había rastro de la preciosa casa de los Johnson ni de su coqueto jardín. En su lugar estaba un terreno completamente vacío, salvo por la maleza que cubría toda la extensión. La muralla que rodeaba el lugar tenía un aspecto descuidado, nada parecido a la que realmente estaba ahí.
Aparte de los hechizos protectores que los Johnson activarían de nuevo, Amelia no podía evitar sorprenderse de los potentes encantamientos de ocultación que estaban de manera permanente sobre la casa.
Con una última mirada al lugar, Amelia se desapareció.
-o-
Con un ligero sonido que reverberó en las paredes de su silenciosa casa, Amelia se apareció directamente en el salón. A diferencia de la de los Johnson, la suya estaba totalmente desprotegida, lo que le permitía aparecerse sin problemas.
—Homenum Revelio —susurró, con la varita en alto.
Habiéndose asegurado de que realmente estaba sola, Amelia atravesó el salón, con una extraña sensación oprimiéndole el pecho. Antes, su casa rebozaba vida y ahora, sin embargo, se veía mustia y vacía. Se acercó al piano y levantó la tapa que protegía el teclado, sentándose después en el taburete. Sus dedos acariciaron las teclas blancas y negras con suavidad, presionando algunas y logrando que el sonido del piano hiciera que el ambiente cobrara vida de repente.
Tras tocar algunas teclas aleatorias, sus dedos se movieron de manera automática, recordando de repente una melancólica y a la vez hermosa canción que había aprendido hacía mucho tiempo. Fue como si retrocediera en el tiempo. Incluso tuvo la inequívoca sensación de que no estaba sola en aquella casa y por un momento creyó que su hermana bajaría corriendo las escaleras, pidiéndole que tocara para ella alguna de sus melodías favoritas. Casi podía ver a su familia, sentados todos en los sillones, escuchándola tocar durante alguna lejana cena navideña.
Abrumada por los recuerdos, Amelia dejó de tocar y cerró los ojos con fuerza por un momento. El sonido de la última nota quedó flotando en el aire durante unos segundos y después, la magia se desvaneció. El silencio volvió a instaurar su poder sobre aquel lugar y Amelia se levantó, bajando la tapa del teclado. Entonces abandonó la sala y se encaminó hacia las escaleras, rumbo al segundo piso.
Fue ahí donde los recuerdos se hicieron aún más fuertes y mucho más duros. Su mente empezó a torturarla con aquellas terribles escenas que había vivido en ese mismo lugar hacía más de un año. Creyó que podría soportarlo, pero a pesar de todo no era capaz de revivir esa noche.
Obligándose a no pensar en ello, Amelia recorrió las habitaciones en búsqueda de algo que le indicara el sitio que su familia podía haber escogido para esconderse. Sin embargo, no había nada y a ella solo se le ocurría un lugar, y ese era la casa donde su abuela había vivido tras casarse con Martin Adams. De modo que, al caer la noche, se apareció en los jardines de aquella casona a las afueras de Londres.
A primera vista, aquella casa estaba deshabitada. Aunque en realidad, ese era el sitio donde pasaban las vacaciones ella y su familia. Sin embargo, tras entrar al vestíbulo, pudo darse cuenta que nadie había pisado aquella casa recientemente. La recorrió de arriba a abajo, revisando incluso el sótano y el ático, pero estaba totalmente vacía. Estaba claro que su familia no estaba escondiéndose ahí.
Con una creciente sensación de desánimo, Amelia se marchó del lugar y regresó a su casa, preparada para pasar la noche ahí. Tras revisar que todo estuviera en orden, activó potentes encantamientos de protección que la mantendrían a salvo y que sin embargo podrían ser cruzados por cualquiera que tuviera su sangre. Por lo que si, por algún milagro su familia regresaba, podrían entrar sin problemas.
De nuevo en su habitación y recostada en su cama, Amelia se sintió realmente en casa por primera vez en mucho tiempo.
-o-
Al día siguiente, Amelia se marchó muy temprano. Se apareció en el parque de St. James y desde ahí caminó hasta Scotland Yard, decidida a infiltrarse y buscar el archivo del caso de su familia. Le costó mucho conseguir aturdir a una joven agente de policía y esconderla en un sitio cercano y solitario, bajo el encantamiento desilusionador. Sabía bien que no disponía de mucho tiempo, por lo que, tras cambiarse de ropa, arrancó un cabello de la mujer y lo echó dentro del frasco de poción multijugos, la que le había dado Morgana en el pasado. Se la bebió con rapidez y, tras la transformación, abandonó su escondite en dirección al edificio.
A pesar de haberse convertido en un miembro uniformado de la policía que podía moverse con libertad por el lugar, no podía evitar sentirse intranquila. Evitó a cualquier persona por precaución y se encaminó hacia la sala de archivos. Tardó algunos minutos en hallar el lugar, pero una vez dentro, empezó a buscar con rapidez.
—¡Marlow!
Amelia saltó en su sitio y se giró, asustada. A unos pasos de ella se encontraba un joven policía que la miraba con una sonrisa.
—No creí que te asustarías, Agatha —comentó—. Tú, que no le tienes miedo a nada —entonces la miró de manera suspicaz, pero sin perder la sonrisa—. A no ser que estés haciendo algo indebido.
—Para nada —negó Amelia, sin dejar que el nerviosismo la delatara—. Solo buscaba el archivo de un caso.
—¿De qué caso se trata? —quiso saber, interesado, poniéndose algo más serio.
—Del asesinato de los Adams —respondió Amelia, tratando de mantener la voz firme—. Ocurrió hace algo más de un mes.
—Si es tan reciente, es posible que el caso siga abierto —opinó el joven—. ¿Le has preguntado al jefe?
Amelia negó con la cabeza. Entonces él volvió a sonreír.
—Creo que ya entiendo lo que pretendes —dijo él, logrando que Amelia se tensara—. Quieres resolver un caso estancado para ganar puntos con el jefe, ¿cierto?
Sin saber qué respondería Agatha Marlow ante ello, Amelia simplemente se encogió de hombros.
—Ya que hablamos de casos estancados, tengo una nueva teoría sobre los asesinatos de Whitechapel —dijo él, emocionado, bajando un poco la voz—. Ya sabes, los de 1888.
—No me digas que crees haber descubierto la identidad de Jack el Destripador —aventuró Amelia.
—Eso quiero creer, Agatha —asintió—. ¿Hablamos de ello al terminar el turno?
—Claro.
—¿Quieres que hable con Wells por si sabe algo del caso que buscas? —propuso él.
Sin saber quién era Wells o si era una buena idea aceptar la ayuda, Amelia accedió. De modo que el joven se marchó rápidamente y ella se quedó ahí, continuando su búsqueda por las infinitas carpetas que llenaban los estantes. A pesar de buscar concienzudamente por las anotaciones de los lomos y siguiendo el orden alfabético o las fechas, no halló nada.
Miró su reloj, algo inquieta. Faltaban veinte minutos para que la hora se cumpliera, por lo que pronto volvería a recuperar su apariencia. Estuvo a punto de marcharse, pero el joven regresó.
—Wells no sabe nada del caso de los Adams —le contó—. Incluso me atreví a preguntarle al jefe, pero me asegura que nadie ha llevado ese caso y que ni siquiera lo conoce. Dice que se acordaría si fuera tan reciente. ¿Estás segura de los datos que me diste?
Amelia, empezando a sospechar sobre lo que pudo haber sucedido, negó con la cabeza.
—Pude haberme equivocado. Siento haberte molestado con esto —dijo, empezando a marcharse—. Nos vemos luego, debo irme.
Dejando al joven algo extrañado, Amelia caminó rápidamente hacia la salida. Recorrió los pasillos y pronto llegó al vestíbulo. En pocos minutos llegó a donde tenía escondida a la verdadera Agatha y, sin perder el tiempo, volvió a cambiarse, devolviendo el uniforme a la joven.
Ayudándose de un encantamiento de levitación, Amelia sacó a Agatha del armario de la limpieza donde la había escondido y la llevó hasta el pequeño vestíbulo del edificio de viviendas donde se encontraban. La dejó cerca de la puerta y ella misma subió por las escaleras hasta el descansillo. Se aseguró de que quedaba fuera de la vista de cualquier vecino y apuntó su varita hacia la joven inconsciente.
—¡Ennervate!
Agatha se movió ligeramente y Amelia escondió su varita. Entonces bajó los escalones con rapidez.
—¡Oh, por Dios! —exclamó preocupada, corriendo hasta Agatha— ¿Está usted bien? ¿Se ha hecho daño?
—¿Qué ha pasado? —inquirió ella, sin entender nada— ¿Dónde estoy?
—Me parece que se ha desmayado —respondió Amelia, ayudándola a levantarse— Scotland Yard está a la vuelta de la esquina, ¿necesita que la acompañe?
—No, no —negó rápidamente—. Lo último que quiero es que alguien sepa que me he desmayado. Me mandarán a casa y tengo que investigar el... —entonces se calló y miró de reojo a Amelia, como si creyera que había hablado de más—. No importa. Gracias por tu ayuda.
Amelia sonrió, sintiéndose culpable por lo que había hecho, pero tranquilizándose ante el hecho de que la joven estaba bien. Agatha abrió la puerta y salió a la calle, musitando un «¿Por qué habré entrado en este edificio?» lleno de extrañeza.
Sin querer tentar más a la suerte, Amelia también salió y se dirigió al lado contrario por el que se iba Agatha Marlow.
-o-
Aquella noche, Amelia subió al desván de su casa para ver si hallaba algo que le ayudara a descubrir el paradero de su familia. Después de la visita a Scotland Yard una cosa estaba clara: su familia estaba viva. No había otra explicación si nadie conocía el caso. Sin embargo, la noticia en el periódico muggle era lo que parecía querer echar por tierra la esperanzadora teoría.
Eran más de las diez de la noche y llovía a cántaros. En el desván se podían escuchar las gotas de lluvia chocar contra el tejado con mucha fuerza, logrando que Amelia dejara de pensar en lo que le atormentaba y que simplemente se limitara a revisar las cajas y baúles llenos de objetos.
Entonces se topó con un baúl cubierto por una sábana polvorienta, en lo más profundo del desván. Llegó hasta él y al retirar la sábana vio las iniciales A. B. pintadas. Se dio cuenta de que se trataba del baúl de su abuela, Anna y se apresuró a abrirlo.
Dentro estaban los objetos y libros que había utilizado en Hogwarts. Y, atadas con una cinta blanca, estaban varias cartas que supuso serían de Daniel. Bajo éstas, estaba lo que parecía ser un libro, pero al abrirlo descubrió que se trataba del diario de Anna.
Cogió las cartas junto con el diario, para después cerrar el baúl. Salió del desván y bajó las escaleras de regreso a su habitación. Se acomodó junto a la ventana, disponiéndose a leer las memorias de su abuela.
Con una extraña sensación de melancolía, Amelia leyó las vivencias de Anna en Hogwarts, sus encuentros con Daniel y su trágico destino. Leyó sus palabras describiendo la infinita tristeza en la que se había sumido al regresar a Londres y luego su aparente recuperación al entrar en la Escuela de Enfermería.
Volvió a recordar la historia con Martin y cómo había roto la varita de Anna. Para Amelia fue absolutamente desgarrador leer las palabras de su abuela describiendo el momento y su posterior reacción. Entonces se topó con que ella mencionaba la posibilidad de utilizar el agua del río Lethe que aún tenía guardado, pues no podía soportar vivir así y prefería olvidarlo todo.
Sin embargo, a la página siguiente, Amelia descubrió que Anna hablaba de ella y de su última visita, escribiendo que le había dado la fuerza necesaria para seguir adelante. Después empezó a hablar de su recuperación y de que se encontraba mucho mejor. Y, pocas páginas más adelante, escribió de nuevo sobre Amelia, contando quién era en realidad y que se había marchado a su época.
Amelia leyó con interés cada palabra, conociendo los sucesos que Anna había vivido a través de los años. Descubrió con sorpresa que su padre, a pesar de ser hijo de magos, nunca demostró ni un ápice de magia, por lo que Anna, aliviada por no tener que lidiar con la furia de Martin, escribió que se hallaba contenta de que su hijo no recibiera nunca la carta de Hogwarts. Sin embargo, paradójicamente, también escribió que a pesar de todo, se encontraba decepcionada de que Daniel, su hijo, no pudiera disfrutar de la magia. Por lo que fue criado como un muggle y en su casa no volvió a mencionarse la palabra magia nunca más.
Tras leer aquello, Amelia confirmó lo que había estado pensando desde hacía algunos meses. Su padre era squib. Eso lo explicaba todo. Con un suspiro cerró el diario y observó la lluvia a través de la ventana. Permaneció así durante varios minutos antes de levantarse y bajar las escaleras, rumbo a la oscura sala.
Las luces de las farolas de la calle entraban tenuemente por las ventanas, creando alargadas sombras sobre el suelo de madera. Amelia, guiada sólo por aquella escasa iluminación, se sentó frente al piano y empezó a tocar una nostálgica canción. El sonido del piano con la lluvia de fondo creó de repente un ambiente mágico. Inexplicablemente, ella se sintió como si fuese un fantasma dentro de su propia casa. Un espíritu atrapado entre aquellas paredes que tocaba el piano en noches de lluvia y que deambulaba silenciosamente por los pasillos el resto del tiempo.
Cuando la canción terminó, aquella extraña sensación permaneció unos minutos más. Entonces, un sonido lejano y difuso resonó en la noche. Eran las campanadas de la iglesia cercana que anunciaban la medianoche. Sin embargo, un repentino ruido proveniente de la puerta de entrada hizo que sus sentidos se agudizaran. Alerta, se levantó y cogió su varita. Sabía bien que su casa estaba protegida por los encantamientos que había activado, por lo que nadie que no fuera su familia podría entrar.
El sonido se repitió. Claramente alguien golpeaba la aldaba de la puerta. Con el corazón latiendo rápidamente, se acercó hasta la ventana que estaba más cerca de la entrada y movió un poco la cortina, asomándose con precaución, tratando de ver al inesperado visitante. Pero solo podía divisar una silueta oscura que se resguardaba de la lluvia con un paraguas.
Amelia contuvo la respiración y esperó, viendo al individuo levantar la mano y golpear la aldaba al mismo tiempo que resonaba la última campanada. Sin saber qué hacer, ella no se movió ni un milímetro. El visitante retrocedió un poco y levantó la vista, observando las ventanas del segundo piso. Fue en ese momento en que él apartó ligeramente el paraguas y la luz de una farola cercana le iluminó el rostro.
Era Wayne Hopkins, su mejor amigo de Hogwarts. A quien había visto por última vez en el Ministerio, antes de aquella farsa de juicio, y a quien perdió de vista en el momento de la huida.
Rápidamente, Amelia se acercó hasta la puerta y la abrió. El muchacho ya se había dado la vuelta y estaba a media calle, alejándose.
—¡Wayne! —lo llamó, logrando que éste se girara.
El joven volvió rápidamente sobre sus pasos y Amelia cruzó el umbral. Protegidos de la lluvia gracias al paraguas de él, ambos se abrazaron con fuerza, realmente emocionados por el inesperado reencuentro.
-o-
—Estoy realmente aliviado de saber que estás bien.
Amelia sonrió ante las palabras de su amigo. Se encontraban sentados en el sofá de la sala mientras la lluvia seguía cayendo en el exterior.
—Lo mismo te digo a ti, Wayne.
—He venido varias veces estas semanas —le contó—. Cada vez a distinta hora, pero nadie me ha abierto la puerta hasta hoy.
—He vuelto hace relativamente poco —le explicó—. Estaba con una familia que me ayudó al escapar del Ministerio.
—¿Y tus padres? —preguntó, extrañado—. ¿Y tu hermana?
—Debo encontrarlos.
Amelia le contó brevemente la situación, relatando lo que había sucedido aquella lejana noche y la conclusión a la que había llegado tras su descubrimiento de esa mañana.
—¿Tienes alguna idea de dónde puedan estar? —inquirió él, con interés.
—No —musitó lacónicamente. Su voz dejó entrever la tristeza que sentía y Wayne lo notó, por lo que no dudó en rodear sus hombros con su brazo, en un ademán afectuoso.
—¿Por qué no vienes conmigo? —propuso él. Amelia lo miró sin entender—. Ahora estoy viviendo en casa de mi tío Dean, es miembro de la resistencia.
—¿Tu tío es mago? —preguntó Amelia, extrañada. Wayne asintió—. Creí que tus padres eran muggles.
—Mi padre sí, pero mi madre es bruja —explicó.
—Entiendo.
—Entonces, ¿qué me dices? —siguió él—. Estarás a salvo con nosotros y quizás mi tío pueda ayudarte a encontrar a tu familia.
Tras sopesar aquella posibilidad, Amelia tuvo que admitir que probablemente era una buena idea acceder. De modo que dejó a Wayne esperándola en la sala y subió rápidamente a su habitación. Metió dentro de su bolso de terciopelo algo de ropa, junto con las cartas, el diario de Anna y una fotografía de su familia.
De vuelta con su amigo, no tardaron en salir de la casa. Caminaron un trecho resguardándose de la lluvia bajo el paraguas de Wayne hasta llegar a una zona poco iluminada. Entonces Amelia se agarró del brazo del joven y ambos se desaparecieron.
Aterrizaron en el frondoso jardín trasero de una pequeña casa de ladrillo rojo. Nada más pisar el césped, Wayne sacó su varita y conjuró un encantamiento antiaparición. Inmediatamente después entraron a una sala donde, para sorpresa de su amigo, los esperaba su tío. Tenía la expresión preocupada, pero nada más ver a su sobrino, ésta cambió a una de profundo enfado.
—Sabes perfectamente que no puedes salir de aquí cuando se te dé la gana —espetó severamente—. Tus padres confían en que te mantendré a salvo, pero me es muy difícil cumplir con mi palabra si tú no pones nada de tu parte.
—No creí que te enterarías de mi pequeña escapada —respondió Wayne en tono suave y ligeramente divertido, en un intento por eliminar la tensión del ambiente.
Su tío frunció el ceño.
—No te hagas el gracioso conmigo, Wayne. Si no estaríamos en esta situación de peligro constante no me preocuparía que salieras a visitar a tu amiga.
—Lo sé, tío, y lo siento —se disculpó el joven.
Amelia, que se había quedado en un discreto segundo plano, se sentía muy incómoda con aquella situación.
—Será mejor que me vaya —le dijo a Wayne.
—Ni hablar —se negó él, mirándola. Luego se giró hacia su tío—. Le he ofrecido a Amelia quedarse con nosotros, tío Dean. Está buscando a su familia y sé que la Orden puede ayudarla.
El tío de Wayne soltó un suspiro de cansancio. Miró a ambos jóvenes de soslayo antes de levantarse del sillón.
—De acuerdo —accedió—. Hablamos mañana sobre el tema de tu familia, Amelia. Mientras tanto, Wayne te enseñará el cuarto de invitados. Yo me voy a dormir. Buenas noches.
—Gracias tío, buenas noches.
Después de que Dean saliera de la sala y se dirigiera a su habitación en el segundo piso, Wayne guió a Amelia por el pasillo de la planta baja en dirección al cuarto de invitados.
—Tienes más mantas y almohadas en el armario —indicó él al llegar al lugar—. Y el baño está al final del pasillo. ¿Necesitas algo más?
—No, nada más, Wayne. Te lo agradezco.
El muchacho sonrió con afecto y le acarició el hombro.
—Ya verás cómo encontraremos a tu familia —dijo con seguridad—. Ahora descansa.
Wayne se marchó y Amelia cerró la puerta. Se apresuró en cambiarse y en pocos minutos ya estaba en la cama, arropada con el mullido edredón. A pesar de querer dormir, no podía parar de pensar en cómo la situación había cambiado. Le daba la impresión de estar estancada en su búsqueda y ahora posiblemente tenía más esperanzas de encontrar a su familia.
Eran más de las dos de la madrugada y Amelia seguía sin poder conciliar el sueño. La habitación que le habían dado era acogedora y la cama era bastante cómoda. Sin embargo, no paraba de pensar en todo lo que había sucedido hasta ese momento. Y, para su desgracia y sin planearlo, los recuerdos de Tom se colaron en su mente de repente, atormentándola de nuevo.
Decidida a dejar de pensar en él al menos por esa noche, Amelia se levantó y salió del cuarto silenciosamente, dirigiéndose por el pasillo hasta la sala. Encendió un par de velas dispuestas en la mesita central y se sentó en el sillón, mirando las llamas danzantes fijamente, tratando de apartar de sus recuerdos a Tom.
Dentro de unos segundos desvió la mirada y parpadeó rápidamente, aún con la imagen del fuego grabado sus retinas. Suspiró y se puso de pie, para después caminar lentamente por el salón. Fijó su atención en las fotografías colocadas en la parte superior de la chimenea y se acercó para observarlas, en un intento por distraer su mente.
Las fotografías eran mágicas, por lo que sus protagonistas se movían y sonreían con entusiasmo. Observó en una de ellas a Wayne y a sus padres, otra donde aparecían ellos además de su tío y una pareja mayor que supuso serían los abuelos de su amigo. Había otras fotografías más de personas que no reconoció y una en particular que la dejó de piedra.
Estaba tan sorprendida que tuvo que dar media vuelta y coger el candelabro, para acercarse de nuevo a la fotografía y poder verla mejor a la luz de las velas.
Si al principio creyó que se había confundido, ahora no cabía la menor duda. Los que sonreían a la cámara eran Paul y Joanna y, a juzgar por la vestimenta de ambos, se trataba del día de su boda. Ambos estaban igual a como los recordaba. Resultaba sumamente extraño saber que hacía apenas unos días había visto a su amigo cincuenta años más joven.
—¿Amelia?
Amelia soltó un respingo y se dio la vuelta rápidamente, moviendo de manera brusca el candelabro en el proceso.
—Tranquila, no pretendía asustarte —se disculpó Wayne, acercándose hasta ella.
—No pasa nada. Estaba mirando las fotografías y me llamó la atención ésta —respondió, señalando la que estaba observando.
Wayne sonrió.
—Son mis abuelos, Joanna y Paul Wintergreen —explicó—. La foto está tomada el día en que se casaron, en Edimburgo. Hay una anécdota curiosa en torno a su boda que mi abuela contó en varias ocasiones, ¿quieres que te la cuente?
—Por supuesto —asintió Amelia, genuinamente interesada.
—Estuvieron a punto de no casarse porque mi abuela estaba segura que mi abuelo seguía enamorado de una muchacha con la que ambos estudiaron —le contó—. Ella dice que se trataba de una chica extraña que había llegado desde Beauxbatons para cursar séptimo en Hogwarts. Supuestamente, poco después de graduarse se fue del país y nunca más supieron de ella.
A pesar de su turbación, Amelia se obligó a sonreír despreocupadamente.
—Es una historia muy curiosa —comentó—. ¿Cómo están ellos ahora?
—Muy bien. Se mudaron a las afueras hace varios años y viven tranquilos en una preciosa casa con un huerto.
Esta vez, Amelia sonrió con más tranquilidad. Observó de nuevo la fotografía y tuvo que admitir que a pesar de todo, Paul y Joanna hacían una buena pareja. Sin embargo, resultaba extraño que su mejor amigo, Wayne, era en realidad nieto de Paul.
Se dio la vuelta y se dirigió al sillón, dejando el candelabro de nuevo sobre la mesita.
—¿Necesitas algo que te ayude a descansar? —le preguntó Wayne sentándose a su lado—. Un vaso de leche con miel, por ejemplo. Eso me ayuda a conciliar el sueño.
—De acuerdo, me parece bien —accedió ella esbozando una pequeña sonrisa.
Wayne asintió y se apresuró a salir de la sala en dirección a la cocina. Pocos minutos después él regresó con dos vasos llenos de leche.
—Gracias, Wayne —musitó, tomando entre sus manos el que su amigo le entregaba.
Dejando el suyo sobre la mesa, Wayne se acercó a un sillón individual y cogió una manta de tartán que colocó sobre los hombros de Amelia.
—Wayne, no hace falta —protestó ella.
—Estoy seguro de que estarás mejor así —insistió él cogiendo otra manta y cubriéndose con ella antes de sentarse al lado de la joven.
—Bueno, eso es verdad.
Durante algunos minutos estuvieron en silencio, bebiendo el contenido de sus vasos a pequeños sorbos, perdidos cada uno en sus propios pensamientos.
—¿Qué hay de tus padres? ¿Dónde están? —quiso saber Amelia.
—Escondidos —respondió Wayne—. Corrían peligro quedándose aquí. De modo que junto con mi tío idearon un plan para sacarlos del país y así mantenerlos a salvo. Con algunos días de diferencia debía reunirme con ellos, ya sabes, por si estaban buscándome por lo del registro de nacidos muggles.
—Pero eres mestizo y aún así te presentaste en el Ministerio —recordó Amelia, extrañada.
—Al Ministerio le molestan los mestizos tanto como los nacidos muggles —respondió él—. Pero me presenté ahí principalmente para asegurarles la huida a mis padres. No quería que por mi culpa capturaran a mi familia, de modo que dejé que se fueran en el traslador y luego fui al Ministerio.
—Eso fue una completa estupidez —opinó, algo enfadada.
—Eso mismo me dijo mi tío en cuanto se enteró.
—¿Cómo lograste irte de ahí? Ya te habían confiscado la varita, ¿cierto? —quiso saber ella.
—Aún no —negó con la cabeza—. Pude irme sin problemas en cuanto empezó la huida general.
—¿Te reunirás con tus padres pronto?
—No lo sé —se encogió de hombros—. Estoy seguro con mi tío y mis padres están a salvo. Además, están de acuerdo en que me quede un tiempo aquí. Todo depende de cómo evolucione la situación.
—Entiendo —musitó Amelia dejando el vaso ya vacío sobre la mesa. Entonces se reclinó completamente contra el respaldo del sillón y cerró los ojos, respirando profundamente. Se sentía mucho más relajada que antes.
No se dio cuenta del momento en el que se quedó dormida, solo supo que el escenario había cambiado y que ahora se encontraba en la Sala Común de Slytherin. Podía oír el susurro del agua contra las ventanas y el crepitar del fuego en la chimenea. Sabía que era muy tarde y que nadie más que ella estaba en aquel lugar. Entonces escuchó el leve sonido de unos pasos y se dio la vuelta, encontrándose de frente con Tom. Él se acercó sin dejar de mirarla y se detuvo tan cerca que casi podía tocarlo. Acortando aún más la distancia, él la rodeó con sus brazos, estrechándola contra su pecho con fuerza, para después darle un beso en la frente que extrañamente le pareció una despedida.
—Te quiero, Amelia —le susurró.
El corazón le dio un vuelco y contuvo la respiración, sorprendida. Quería decirle que ella también lo quería y que deseaba que aquella no fuera la última vez que se vieran.
—Tom...
Pero en ese momento la escena se disolvió, como si nunca hubiese existido. Casi al instante, Amelia abrió los ojos y se topó con que seguía en la sala junto con Wayne. Al ver que se había despertado, él le sonrió levemente.
—Vaya, me he quedado dormida —comentó Amelia en un susurro, moviéndose para sentarse al borde del sillón, a punto de levantarse.
—¿Quién es Tom? —preguntó Wayne repentinamente. Amelia lo miró, extrañada y él le devolvió la mirada algo avergonzado—. Acabas de hablar en sueños y mencionaste ese nombre. Es solo curiosidad —agregó, como si se estuviera disculpando.
—Habré dicho otra cosa y no me entendiste bien —mintió Amelia, restándole importancia al asunto.
—Seguramente fue eso —asintió Wayne, volviendo a sonreír. Sin embargo, no parecía muy convencido.
—Será mejor que me vaya a dormir —decidió ella, levantándose.
Wayne también se puso de pie e insistió en acompañarla hasta su habitación. Atravesaron el pasillo en penumbras en completo silencio y al llegar a la puerta, Amelia hizo el ademán de quitarse la manta para devolvérsela a su amigo, pero éste la detuvo.
—Quédatela —le instó.
—De acuerdo. Buenas noches, Wayne.
—Buenas noches, Amelia.
La joven cerró la puerta y pudo oír los pasos de Wayne alejándose. Entonces se dirigió hasta su cama y se sentó, pensativa, arrebujándose en la manta.
Podía jurar, sin temor a equivocarse, que en el plano real había sido su amigo quien le había dado el beso en la frente y que le había susurrado que la quería. Por supuesto, en el plano onírico, había sido Tom. Evidentemente, la escena del sueño no tenía ninguna posibilidad de convertirse en algo real, simplemente era la respuesta a los oscuros anhelos que aún permanecían en algún rincón de su alma.
Sin querer ahondar demasiado en el hecho de que se sintiera tan triste de repente, se recostó de lado en su cama y cerró los ojos, deseosa de dejar de sentir aquella extraña sensación en su pecho.
-o-
Una hora más tarde, Amelia se despertó después de haber tenido un sueño en el que se sentía muy intranquila. En él, caminaba por un bosque oscuro y tenebroso, de grandes árboles de raíces nudosas y con el suelo cubierto de hojas muertas. Tenía la inequívoca sensación de estar buscando algo. Algo sumamente importante.
Sin embargo, no logró alcanzar su objetivo. El sueño terminó repentinamente.
Amelia suspiró y se giró en la cama, hacia el otro costado. La luz de la luna que se colaba por la ventana le daba algo de luminosidad a la oscura habitación. No sabía la hora que era, pero era evidente que aún podía dormir un poco más. Cerró los ojos, pero una repentina sensación de quemazón en el interior de su antebrazo izquierdo le hizo volver a abrirlos, alerta.
Se dio cuenta rápidamente de lo que significaba aquello al mismo tiempo que el corazón le daba un salto. Se incorporó conteniendo el aliento y se subió la manga del camisón, extendiendo el brazo para verlo mejor a la escasa luz.
—Maldición —susurró, preocupada.
La Marca Tenebrosa se había vuelto de un negro suave después de llegar al presente, a diferencia del pasado, cuando todo el tiempo estaba más oscura aunque Tom no la llamara. Ahora, en cambio, había adquirido un intenso tono negro unido a la molesta quemazón. Imaginaba que las cosas, de alguna forma u otra respecto a la marca, habían cambiado en cincuenta años.
Evidentemente, Voldemort llamaba a sus mortífagos y ella, muy a su pesar, era parte de ellos. Sin embargo, lo único que podía hacer era ignorar la llamada y hacer de cuenta que nada sucedía.
-o-
—De acuerdo, Amelia, cuéntame lo que sucedió con tu familia —le pidió Dean, el tío de Wayne, al día siguiente a la hora del desayuno.
Una vez más, Amelia relató su historia, omitiendo evidentemente la parte de su viaje en el tiempo. Ni siquiera se lo pensaba contar a Wayne en un futuro cercano, de modo que más le valía no decir nada indebido.
—¿Tienes alguna fotografía de tu familia? —le preguntó Dean—. Esta noche tengo una reunión con la Orden y quizás alguien sepa algo o puedan ayudar a localizarlos.
—Por supuesto —accedió Amelia, antes de ir rápidamente a su habitación y coger de su bolso la fotografía en la que aparecía junto a su familia durante las navidades pasadas.
Al volver, se la entregó a Dean. Éste la cogió y tras mirarla durante algunos segundos, asintió.
—Te la devolveré más tarde —dijo él, guardando la fotografía en el bolsillo interior de su túnica—. Mientras tanto, seguiremos con nuestra rutina de fin de semana. Empecé a entrenar a Wayne para que esté preparado por si tiene que luchar —le explicó a la joven—. ¿Quieres unirte a nosotros?
Amelia esbozó una suave sonrisa de emoción.
—Desde luego.
Por lo que cinco minutos más tarde, los tres entraron a una sala aparte de la casa, donde podrían practicar sin problemas y sin el evidente peligro de romper el mobiliario. Dean le explicó a Amelia lo que ya le había enseñado a Wayne. Se trataba de una defensa y un ataque muy básicos, lo principal para empezar. Luego hizo una demostración con su sobrino y cuando le tocó el turno a ella, se defendió bastante bien, logrando que ambos la felicitaran.
—¡Excelente, Amelia! —exclamó Wayne, sorprendido—. Parece que fuiste a las clases del E.D.
Ninguno de los dos había asistido a aquellas clases en Hogwarts, pues no querían arriesgarse a un castigo por parte de Umbridge. Lo habían hablado mucho aquel año y estaban decididos a mantenerse al margen. Lisa también opinaba igual, pero tenía un conflicto con Terry, su mejor amigo, quien sí se había apuntado al E.D.
—Probablemente ahora lo habría hecho —respondió Amelia con una sonrisa—. Las cosas han cambiado.
—Es verdad —asintió su amigo.
Durante el resto de la mañana, Dean les enseñó algunos nuevos hechizos defensivos y ofensivos que practicaron numerosas veces. Por la tarde, después del almuerzo, pusieron en práctica lo que habían aprendido horas antes en un pequeño duelo. Amelia tenía que admitir que el haberse batido en duelo con Tom le había dado cierta experiencia, por lo que en ese momento se movía con soltura y agilidad por la sala, repeliendo hechizos y respondiendo en consecuencia.
Satisfechos por los buenos resultados y muy cansados, Amelia y Wayne dejaron la sala para relajarse en el jardín. Recostados sobre el césped, lado a lado, observaron los anaranjados tonos del cielo al atardecer mientras hablaban despreocupadamente sobre sus avances con los nuevos hechizos aprendidos.
Por la noche, Dean se marchó a su reunión con la Orden, dejando que Amelia y Wayne cenaran solos. Casi como si fueran los viejos tiempos en Hogwarts, los dos jóvenes charlaron animadamente mientras comían en la cocina. La sensación general era de alegría absoluta, como si nada malo pudiera tocarles o como si las cosas no podían hacer más que mejorar.
Dean regresó casi a medianoche, sorprendiéndose al ver que su sobrino y Amelia seguían despiertos. Los mandó a dormir diciendo que no los quería ver cansados en el entrenamiento del día siguiente, pero antes, le devolvió la fotografía a la joven.
—Nadie los conoce —le informó—. Ni los han visto. Pero harán lo posible por encontrarlos.
Amelia sintió como si la burbuja de optimismo en la que se encontraba se desinflara repentinamente.
—De acuerdo —musitó, tratando de que no se notara su decepción.
—No te desanimes, Amelia —le dijo Wayne, que observaba la escena—. Ya es un gran avance saber que Scotland Yard no tiene conocimiento del caso. Eso solo puede significar que algún mago o bruja ha ayudado a tu familia, borrando toda la información de los archivos e incluso de los recuerdos de los agentes.
—Lo sé —asintió Amelia—. Y es precisamente eso lo que me mantiene con esperanzas.
Después de darse las buenas noches, Amelia se marchó a su habitación y se acercó a la ventana, pensativa, aún con la fotografía de su familia en sus manos.
Durante más de un año había creído que nadie había sobrevivido, tomando como una dolorosa verdad la noticia del periódico muggle, aunado a lo que ella misma había presenciado. Sin embargo, tras las palabras de Tom en el pasado haciéndole ver lo que podía haber sucedido en realidad, había decidido regresar al presente en la búsqueda de la verdad. Tenía que admitir, por lo tanto, que estaba agradecida con él por haberle hecho notar aquel detalle que había pasado desapercibido para ella debido a su reticencia a recordar esa noche.
Amelia dejó la fotografía en su mesita de noche y empezó a prepararse para dormir. Cuando se recostó en su cama quince minutos más tarde, no dejó de observarla mientras caía en un profundo sueño, imaginando el día en el que volvería a encontrarse con su familia.
Con el paso de las semanas, Amelia y Wayne mejoraron considerablemente sus habilidades duelistas. Dean les enseñaba nuevos hechizos durante el fin de semana, dejando que el resto de días los dos jóvenes practicaran por su cuenta debido a que él tenía que marcharse a su trabajo en el Ministerio de Magia. Fue ahí donde, según les contó un día, Arthur Weasley lo había reclutado para la Orden del Fénix.
Aquel tiempo siendo su huésped, Amelia no podía recibir cartas debido a la protección extrema que cubría la casa. El lugar era inmarcable. Eso era algo muy útil considerando que necesitaban esconderse, teniendo en cuenta además que los miembros de la Orden tenían otro método para comunicarse: el Patronus corpóreo. Un método, según Dean, infalible y cuyos mensajes no podían ser interceptados.
A pesar de ello, Dean le dijo a Amelia que podía escribirle una carta a sus padres y que él se encargaría de enviarla vía lechuza de modo seguro, sin riesgo de que quien no debía leyera el mensaje. De modo que ella así lo hizo, pero sus esperanzas se vinieron abajo cuando unos días más tarde el tío de Wayne le devolvió la carta diciéndole que la lechuza no había podido encontrar a su familia.
Por supuesto, la respuesta podía ser la misma que la razón por la que Amelia no podía recibir cartas, pero una parte de ella se desesperaba al no poder comunicarse con su familia para saber dónde se escondían.
En vista de las circunstancias, Dean le ofreció enviar su Patronus corpóreo con un mensaje a su familia. Éste atravesaría cualquier barrera mágica, por lo que ellos lo recibirían aunque no podrían enviar una respuesta. La idea era principalmente que ellos supieran que Amelia estaba bien y que los estaba buscando.
Así lo hicieron y el Patronus de Dean —un majestuoso caballo— se marchó galopando, atravesando las paredes como si fuera un fantasma.
Sabiendo que ahora su familia sabría que estaba bien, Amelia se concentró en entrenarse junto a Wayne. Se pasaban el día perfeccionando sus habilidades mágicas, leyendo en el salón o el jardín o simplemente conversando. De vez en cuando, al leer las noticias de El Profeta, el pesimismo caía sobre ellos, pero sabían que eso no servía de nada y buscaban la forma de que eso no les afectara demasiado.
En vista de sus progresos, Amelia y Wayne hablaron sobre que sería una buena idea ser parte de la Orden del Fénix. Se lo contaron a Dean, quien al principio no estuvo de acuerdo y se mostró reacio a llevarlos a las reuniones, pero un par de semanas después los sorprendió con la noticia de que los llevaría al cuartel general de la Orden.
De modo que ahí estaban, en una casa a la que llamaban La Madriguera. Un sitio curioso y en cierta forma acogedor. Los recibieron algunos miembros de la familia Weasley, Fleur Delacour, quien había sido la campeona de Beauxbatons y Remus Lupin, quien había sido el profesor de Defensa Contra las Artes Oscuras en Hogwarts. Además, también estaban algunos magos y brujas que Amelia nunca antes había visto. Se presentaron uno tras otro y ella trató de recordar sus nombres posteriormente. Una bruja de porte elegante llamada Emmeline Vance; Elphias Doge, un anciano mago; Hestia Jones, una bruja de mejillas sonrosadas y amplia sonrisa que los saludó con entusiasmo; Kingsley Shacklebolt, que en ese momento estaba muy atareado preparando un plan de vigilancia junto a Nymphadora Tonks, una joven bruja con el cabello corto de color rosa chicle.
Dean les dijo que había más miembros nuevos, pero que no habían podido asistir a esa reunión. Pero los que estaban presentes se mostraron de acuerdo en que Amelia y Wayne podrían ser de ayuda en las misiones menos peligrosas, hasta que se acostumbraran al ambiente y mejoraran sus habilidades.
-o-
La oportunidad de demostrar su valía llegó un mes más tarde, a finales de noviembre, cuando Dean les comunicó que podrían participar en una misión. Sus duros entrenamientos dieron como resultado que ahora serían parte del grupo que se desplazaría al Callejón Diagon de incógnito.
—Tenemos información confidencial sobre que los mortífagos planean atacar a alguien que no accedió a colaborar con ellos —informó Lupin. Se le veía algo apesadumbrado, sin embargo, hablaba con mucha resolución.
—¿Sabemos quién es? —preguntó Emmeline Vance.
—No conocemos su identidad —respondió él—. Solo que es dueño de una de las tiendas que aún permanecen abiertas. Nos posicionaremos a lo largo del callejón, pendientes de la aparición de los mortífagos o carroñeros.
A continuación, extendió un plano del Callejón Diagon sobre la mesa y empezó a señalar los sitios estratégicos en los que debía ubicarse cada uno de los miembros. A Amelia y Wayne les dio la zona cercana al Caldero Chorreante, la más segura en su opinión. Estuvo de acuerdo en que Dean tenía que quedarse cerca por seguridad, al ser la primera misión de ambos jóvenes.
Después de que todo quedara claro, se desaparecieron de tres en tres rumbo a Charing Cross. Ahí, actuando con normalidad, se dirigieron al Caldero Chorreante y de ahí al Callejón Diagon. Amelia, Wayne y Dean entraron en la tienda de libros de segunda mano, atentos ante cualquier aparición sospechosa.
Cada cierto tiempo, Amelia miraba de reojo a la ventana, preguntándose si no era precisamente esa tienda la que estaba en peligro. Pero la calma se mantuvo durante unos quince minutos antes de romperse con un terrible estruendo que llegó desde el otro lado de la calle.
Inmediatamente, los tres salieron corriendo a tiempo de ver a varios mortífagos destrozando los cristales del escaparate de la tienda de artículos de Quidditch con potentes hechizos. Algunos miembros de la Orden que estaban más cerca ya estaban enfrentándose a ellos y en pocos segundos los demás llegaron para ayudar.
En un abrir y cerrar de ojos, Amelia se encontró en medio de la lucha que se había armado, lanzando hechizos a diestra y siniestra, reaccionando rápidamente para bloquear algún maleficio. Por el rabillo del ojo podía notar que Wayne luchaba a su lado con decisión, pero dejó de fijarse en él y en los demás para concentrarse en derrotar a su oponente.
En medio de aquella situación, Amelia se atrevió a utilizar todo el arsenal de magia oscura que había aprendido en el pasado y con el que había luchado contra Tom. Con un poco de esfuerzo, y no pocas heridas, logró dejar fuera de combate al mortífago con el que luchaba y rápidamente se apresuró en atacar a otro que estaba cerca.
Varios mortífagos ya habían sido derrotados y los que aún quedaban en pie se dieron cuenta de la clara desventaja que tenían, por lo que uno tras otro se marcharon, formando columnas de humo negro, elevándose rápidamente y perdiéndose de vista en el horizonte.
Algunos miembros de la Orden ataron fuertemente a los mortífagos vencidos y se los llevaron. Otros se quedaron y entraron en la tienda de Quidditch, en cuyo interior se había refugiado el dueño. Lupin le explicó que iban a protegerlo y que lo mejor era que cerrara la tienda por un tiempo y que se escondiera junto a su familia.
Dean, dándose cuenta de que Amelia y Wayne habían resultado heridos, se apresuró a llevarlos de regreso a La Madriguera, donde Molly Weasley los recibió con el rostro lleno de preocupación.
—Estamos bien —se apresuró a decir Wayne—. No son más que rasguños.
Pero Molly no le hizo caso y le indicó que se sentara en la silla, mientras ella iba a por las pócimas curativas. En realidad, Wayne le estaba restando importancia a su estado, pues tenía la pierna rota y un largo corte en su abdomen que sangraba profusamente, manchando su túnica cada vez más.
Amelia, sin embargo, había salido mejor parada, pues solo tenía algunas heridas que no eran de gravedad. Insistió en que su amigo se sentara y Dean, sabiendo que su sobrino estaba en buenas manos y que Molly lo curaría en un santiamén, cruzó la habitación para ayudar a Bill Weasley, que tenía un gran trozo de cristal, proveniente del escaparate, clavado en el brazo.
Sentándose al lado de Wayne, Amelia se dio cuenta de que mientras lo había ayudado a acomodarse, la manga de su túnica se había levantado, dejando al descubierto la Marca Tenebrosa. Sintiendo que el corazón le daba un vuelco, se apresuró a arreglarse la manga, tapando el antebrazo. Entonces miró a su amigo, esperando que no se hubiera dado cuenta de nada, pero éste le devolvió la mirada, consternado.
Había visto la marca.
N/A: Habéis leído el penúltimo capítulo. ¿Qué os ha parecido? Contadme, ¿cómo creéis que acabará la historia?
Espero que os haya gustado.
Nos leemos en el próximo capítulo.
Victoria.
