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The Shadow's Bride – Peter Gundry
Grandma's house – Brian Reitzell and Alex Heffes (Red Riding Hood Soundtrack)
Capítulo XV
La verdad
.
Nadie sabe cómo es
ser la chica mala
ser la chica triste
detrás de unos ojos azules
.
Y nadie sabe cómo es
ser odiado
ser condenado
a decir sólo mentiras
.
Pero mis sueños no son tan vacíos
como mi conciencia parece estar
Tengo horas de completa soledad
Mi amor es venganza
Que nunca será libre...
.
Behind Blue Eyes (The Who Cover) – Within Temptation
...
—Confiaba en ti, Amelia.
El reproche de Wayne, dicho en tono duro, hizo que Amelia sintiera como si le echaran un cubo de agua helada encima.
—Wayne, te aseguro que esto tiene una explicación —le respondió en un susurro.
—¿En serio? —cuestionó, incrédulo, levantando las cejas con sarcasmo, pero notándose su enfado—. A mí me parece que todo está muy claro. Eres una mortífaga.
—¡Calla, por Merlín! —soltó en voz baja, temerosa de que alguien lo escuchara. Miró a su alrededor y reparó en que Molly Wealey se acercaba con una caja de madera en las manos—. Por favor, Wayne, no digas nada. Te aseguro que no soy una mortífaga. Te lo contaré todo más tarde, cuando estemos solos.
—¿Y qué me dirás? —siguió él— ¿Que el tatuaje es falso?
Amelia lo miró suplicante mientras Molly entraba en la sala y dejaba la caja sobre la mesa. Acto seguido la abrió y sacó un frasco lleno de una poción de color naranja. Wayne le devolvió la mirada. Al ver que ésta era gélida, la joven creyó que él la delataría sin reparos.
—De acuerdo, vamos a curarte —dijo Molly girando para quedar frente a Wayne—. No me gusta esa herida —comentó, preocupada, agachándose ligeramente para ver el corte que atravesaba su abdomen y retirando la túnica rota de la zona con delicadeza—. Debe dolerte demasiado.
—Hay heridas que duelen más —respondió Wayne, regalando una dura mirada a Amelia.
Molly le sonrió ligeramente, sin darse cuenta de la tensión entre los dos jóvenes. Entonces, con un movimiento de su varita, reparó la fractura del fémur y procedió a limpiar la herida del abdomen, para lo que necesitó que Wayne se recostara.
Amelia, para evitar que alguien más se enterara de la existencia de la Marca Tenebrosa en su antebrazo, le dijo a Molly que sería ella misma quien se curaría las heridas que tenía con díctamo, pues al fin y al cabo no eran de gravedad. La mujer accedió, pues necesitaba concentrarse en la fea herida que presentaba Wayne.
Mientras la joven se aplicaba el díctamo, su amigo no volvió a mirarla, pero ella le echaba continuos vistazos. No sabía si era por asegurarse de que su estado iba mejorando o por vigilar sin decía algo indebido. O, probablemente, era la mezcla de ambas cosas. Pero, por suerte, pudo respirar algo más tranquila luego de que Molly terminara de vendarlo y se dispusiera a curar a los demás heridos, dejando solos a los dos amigos. Aunque Amelia tenía serias dudas de que él seguiría considerándola su amiga después de aquel descubrimiento.
Media hora más tarde, todos se reunieron alrededor de la mesa del comedor para cenar. Entre charlas animadas y risas, la hora transcurrió rápidamente. A pesar del ambiente de alegría, Amelia se sentía fuera de lugar debido a la discusión con su compañero. De hecho, tuvo ganas de disculparse diciendo alguna mentira con tal de marcharse de La Madriguera. Pero sabía bien que no podía dejar a Wayne con los demás, con miedo de que contara su secreto. En aquel momento, no confiaba en su amigo y estaba casi segura que la delataría.
La actitud de Wayne no ayudaba, pues se pasó toda la cena regalándole miradas de enfado mezcladas con decepción, al mismo tiempo que la vigilaba por si intentaba algo contra ellos, claramente creyendo que ella no era de fiar.
Solo cuando llegó el momento de marcharse y regresar a la casa de Dean, Wayne se mantuvo al lado de Amelia, como si pensara que en cualquier momento los atacaría, dándose a la fuga después.
Nada más llegar a la pequeña casa, Dean les dijo que estaba cansado y que se iba a dormir, encaminándose al segundo piso inmediatamente después. Les dio las buenas noches y les recomendó que no se quedaran charlando hasta las tantas de la madrugada. En el instante en que se escuchó la puerta de su habitación cerrarse, Wayne miró a Amelia con la misma expresión con la que la estaba mirando durante la pasada hora.
—Ya basta, Wayne —soltó Amelia, hartándose de la actitud de su amigo—. No me juzgues antes de conocer la verdad.
—Lo lamento, Amelia, pero, ¿qué pensarías de mi si yo apareciera con esa cosa tatuada? —cuestionó.
—Nada bueno, evidentemente —admitió la joven.
—Vayamos a la sala —propuso él, suavizando ligeramente su mirada—. Y hablemos con tranquilidad.
Tras encender un par de velas dispuestas en la mesita central y sentarse ambos en los sillones, Wayne miró a Amelia de manera expectante. Entonces ella supo que había llegado el momento de contarle toda la historia. Le había prometido hacerlo, pero no sabía por dónde empezar.
—Quien-tu-sabes me dio la marca cuando me infiltré en sus filas fingiendo ser sangre pura y compartir sus ideales —dijo, sintiéndose algo extraña al no poder decir Voldemort en voz alta, ya que en una de las reuniones de la Orden del Fénix les habían explicado que al mencionar el nombre, todos los hechizos protectores se anulaban y ellos podrían ser detectados por los mortífagos rápidamente.
—Espera, ¿cómo lograste engañarle? —preguntó Wayne, atónito.
—Hace cincuenta años fue relativamente sencillo —respondió, consciente de que sus palabras podrían confundir aún más a su amigo—. Y con eso me refiero a que utilicé un giratiempo para viajar al pasado.
Wayne levantó las cejas entre sorprendido y escéptico.
—Amelia, eso es algo difícil de creer —comentó—. Quiero decir, sé perfectamente que los giratiempos existen, pero de ahí a que casualmente te topes con uno que además retrocede años... No sé, me cuesta hacerme a la idea.
—Puedes llevarme a visitar a tus abuelos —propuso Amelia con una sonrisa—, seguro que ellos me recuerdan. Después de todo, pasamos el último año de Hogwarts viéndonos todos los días.
—Estás bromeando, ¿cierto? —dijo él. Amelia podía notar que su escepticismo estaba llegando a límites insospechados.
—Te aseguro que no —respondió ella seriamente.
De modo que durante la siguiente hora, Amelia le contó prácticamente todo sobre su viaje al pasado. Le contó con detalle todo lo que sabía sobre los horcruxes y sobre que tenía que hallar uno en el presente. Al terminar su relato, podía darse cuenta de que a su amigo aún le costaba asimilar todo lo que acababa de escuchar. Ella le insistió en que tenía más sentido dar por cierta su historia que aceptar algo tan absurdo como que ella fuera realmente una mortífaga. Después de todo, su familia había sido atacada por carroñeros y la habían capturado por unos cuantos galeones de recompensa. Si fuera realmente uno de ellos, nada de eso habría ocurrido.
—Ten en cuenta, Wayne —le dijo al final—, que todo lo hice por vengarme de él.
Él se quedó mirándola de manera pensativa, hasta que, tras varios segundos, asintió.
—De acuerdo. Te conozco desde hace varios años y sé que no te inventarías esta historia —dijo, mostrándose algo más relajado—. Lamento haber desconfiado de ti, Amelia.
—Descuida. Yo habría actuado igual.
—¿Sabes dónde buscar ese objeto? —le preguntó.
—Aún no —negó ella, desanimada—. Y no tengo ni idea de dónde empezar a buscar.
-o-
Era una oscura noche de luna nueva. Amelia avanzaba por el bosque guiada solo por la luz de su varita. El sonido de sus pasos sobre las crujientes hojas caídas resonaba en el silencio. Una extraña sensación de inquietud la asolaba. Se sentía como si alguien estuviera vigilando cada uno de sus movimientos, acechando en las sombras.
Una ramita crujió a sus espaldas, provocando que ella se tensara. Aferrando su varita con más fuerza, se giró, enfrentándose a la oscuridad.
Pero ahí no había nadie.
Sintiéndose estúpida por su paranoia, continuó su camino. Necesitaba encontrar aquel maldito horcrux.
Ni bien hubo terminado de formular aquel pensamiento, un nuevo crujido resonó, esta vez a un lado del sendero improvisado que ella seguía. Se detuvo y, conteniendo la respiración, movió la varita para iluminar esa zona. El haz de luz dio de lleno en una figura encapuchada.
El corazón le dio un vuelco al verlo. Entonces, él levantó su varita, amenazante, y Amelia supo que era cuestión de segundos de que la atacara. Antes de que cualquiera de los dos lanzara el primer hechizo, la escena empezó a desdibujarse, como si todo estuviera formado por un denso humo negro.
Amelia cerró los ojos y cuando volvió a abrirlos, se dio cuenta de que se encontraba en su cama y que había echado a un lado el edredón, una prueba evidente de que había estado moviéndose, inquieta, en sueños. Con un suspiro de preocupación, volvió a cubrirse y miró hacia la ventana. Aún era de noche. Entonces empezó a repasar en su mente el sueño que acababa de tener, prestando atención a los detalles.
En él, caminaba por un bosque. Igual que en el sueño que tuvo la misma noche que llegó a la casa del tío de Wayne. ¿Era el Bosque Prohibido, quizás? ¿Era ese el sitio que Tom había elegido para esconder el collar? No estaba segura de ello, parecía demasiado evidente.
Sin embargo, probablemente debería ir ahí y buscar. Aunque sabía bien que sería una tarea muy complicada colarse en Hogwarts, estando el colegio bajo la vigilancia de los mortífagos. Sin contar que el solo hecho de rebuscar en el bosque ya podía considerarse una ardua labor.
Pensando en la posibilidad de infiltrarse usando el túnel que iba desde Hogsmeade al bosque, el mismo que Isobel le había enseñado, Amelia se durmió.
-o-
Las semanas transcurrieron con rapidez. Entre duros entrenamientos y peligrosas misiones, la Navidad llegó. Para ese entonces, Amelia y Wayne ya habían aprendido a conjurar un encantamiento Patronus a la perfección. Sin embargo, aún les faltaba aprender a hacer que éste diera un mensaje. Por lo que se pasaban sus ratos libres practicando sin parar. Aparte de aquello, la joven trataba por todos los medios de encontrar la forma de hallar a su familia, sin mucho éxito por el momento.
El día de Navidad amaneció con una suave nevada. Antes de salir de su habitación para desayunar, Amelia permaneció sentada en el alféizar de su ventana contemplando el exterior. Observó los copos de nieve caer sobre el jardín de la casa, cubriéndolo todo, transformando la metálica mesita y sus sillas en muebles dignos de la Reina de las Nieves.
Con una inevitable sensación de nostalgia, Amelia pensó en que otra vez pasaría las fiestas sin su familia. Recordó aquellas Navidades del pasado y le pareció que pertenecían a un lejano sueño y que jamás habían sucedido. Incluso aquella que pasó en Hogwarts, charlando con Tom junto al lago, le parecía ahora demasiado irreal, como si fuese un producto de su imaginación.
De repente, un tenue sonido la sobresaltó, haciendo que se girara rápidamente. Pero se relajó de inmediato al ver aparecer en medio de su habitación la figura plateada de un precioso perro de raza Golden Retriever, que movió la cola con entusiasmo a modo de saludo. Aquel era el Patronus de Wayne, por lo que no se sorprendió cuando éste empezó a hablar con la voz de su amigo.
—Amelia, ¡por fin he logrado que mi Patronus hable! —exclamó, contento—. Aunque la idea era desearte una Feliz Navidad y decirte que tengo un regalo para ti bajo el árbol.
Amelia sonrió divertida por la evidente alegría de su amigo. Observó cómo el Patronus se desvanecía luego de aquellas palabras, dejándola pensativa. Una idea había venido a su mente y quería ver si podía hacerla realidad. Entonces, cogió su varita y, concentrándose en un recuerdo feliz, hizo aparecer su Patronus, un elegante cuervo que revoloteó por la habitación. Y, por primera vez, fue capaz de hacer que enviara un mensaje.
—Mamá, papá, Lavinia —empezó con la voz ligeramente temblorosa—, soy yo, Amelia. Feliz Navidad. Quiero que sepan que los extraño y que los estoy buscando. Pronto nos reuniremos.
Cuando dejó de hablar, sintió un nudo en la garganta y los ojos anegados de lágrimas. El cuervo plateado voló hacia la pared y la atravesó, perdiéndose de vista. Amelia parpadeó con rapidez y respiró profundamente. Ya más tranquila, decidió enviar otro Patronus con una felicitación para los Johnson. Así sabrían que ella estaba bien.
Después de que el segundo cuervo se marchara, la joven salió de su habitación y se topó con que Wayne ya se encontraba en la sala. Al verla sonrió ampliamente.
—Feliz Navidad, Amelia.
La joven sonrió en respuesta y se acercó hasta él.
—Feliz Navidad, Wayne.
Entonces él se dirigió hasta el gran árbol navideño que estaba al lado de la chimenea decorada con guirnaldas de colores y cogió un paquete que reposaba a los pies del abeto iluminado por pequeñas luces de hadas, para después entregárselo a la joven.
—Te lo agradezco mucho —dijo Amelia, tomando entre sus manos el regalo. Entonces miró a su amigo sintiéndose avergonzada de repente—. Yo no te he comprado nada, lo siento.
—No importa —se apresuró a responder él, negando con la cabeza y dedicándole una sincera sonrisa—. Tenerte aquí es el mejor regalo del mundo.
Amelia no pudo evitar ruborizarse ante las palabras de Wayne, por lo que inevitablemente rompió el contacto visual. Sonrió nerviosamente y se sentó en el sillón, observando su regalo. Éste estaba cuidadosamente envuelto en un papel de color azul claro lleno de dibujos de copos de nieve y simpáticos renos, atado con una cinta dorada. Amelia sonrió, encantada, mientras procedía a abrir el paquete.
—Espero que te sean útiles —comentó Wayne sentándose a su lado.
Sospechando lo que era, la joven quitó el papel para descubrir tres libros de un grosor considerable cada uno. Tal y como había imaginado.
—Siempre son bien recibidos más libros —dijo, dedicándole una sonrisa a su amigo.
Observó los títulos de cada uno. Se trataba de una colección titulada Magia defensiva práctica y cómo utilizarla contra las artes oscuras.
—Me parece que estos libros te vendrán muy bien para luchar contra lo que nos enfrentamos —explicó su amigo, viendo cómo Amelia abría el primer volumen y observaba con atención las páginas llenas de datos y explicaciones.
—Estoy segura de eso —asintió ella, maravillada.
—Hagamos algo hoy —sugirió Wayne con una sonrisa llena de entusiasmo—. Ya sabes, algo divertido para olvidarse por un momento de esta absurda guerra y simplemente disfrutar. ¿Qué dices?
Contra todo pronóstico, la sonrisa de Amelia vaciló un poco y ella estuvo a punto de decir que no le apetecía hacer nada más que quedarse sola en su habitación.
—Vamos, Amelia —musitó él, notando su indecisión—. No debes encerrarte en ti misma.
Amelia observó la mirada ilusionada de su amigo y suspiró con cansancio.
—Es verdad —asintió, sabiendo que él tenía razón—. Es solo que es en fechas como ésta... —calló, dejando la frase en el aire. Pero Wayne supo exactamente lo que iba a decir.
—Es cuando más echas de menos a tu familia —completó él, mirándola comprensivamente.
—Siempre volvía a casa por Navidad —recordó ella, sintiendo añoranza por el pasado—. Una vez más, paso estas fiestas sin ellos.
—¿Una vez más? —inquirió, extrañado. Pero luego, el entendimiento iluminó su rostro y al volver a hablar había bajado mucho la voz hasta casi convertirla en un susurro— ¡Ah, ya entiendo! Había olvidado que habías pasado algo más de un año en el pasado.
—Sí, de hecho, fue la primera vez que pasé una Navidad en Hogwarts —comentó Amelia. Entonces se encogió de hombros—. No estuvo mal, a decir verdad.
—¿Quien-tú-sabes también estaba ahí? —quiso saber Wayne.
—Al parecer tenía por costumbre quedarse en el castillo —respondió ella, desviando la mirada ligeramente para evitar el tener que mirar a su amigo a los ojos.
—Imagino que era demasiado peligroso estar en el mismo sitio que él —observó, mirando con preocupación a la joven—. Te has arriesgado demasiado metiéndote en la guarida del monstruo.
Amelia tragó saliva y desvió la mirada, enfocándose de nuevo en sus libros, pasando la página de manera distraída. Wayne se imaginaba una versión mucho más joven del Voldemort actual, pero igual de aterradora y cruel. En cierta forma aquello era cierto, pero, ¿cómo explicarle que el Tom que había conocido, el que ella había querido, no era Voldemort? Sin embargo, no tenía por qué hablar de aquello. Ese era un secreto que jamás se lo contaría a nadie.
—Alguien tenía que hacerlo —respondió con decisión y un matiz de frialdad.
Ninguno de los dos volvió a tocar el tema. En lugar de eso, ambos dedicaron la mayor parte del día a divertirse. Wayne, deseoso de alejar de la mente de Amelia cualquier pensamiento sombrío, había transformado el jardín nevado en una pequeña pista de hielo, perfecta para lanzarse a patinar. El resultado fueron horas de total y completa desconexión del mundo, centrados solo en deslizarse y girar, riendo despreocupadamente.
Por la noche, Dean, Wayne y ella se reunieron en el comedor para compartir una suculenta cena navideña. A pesar del ambiente festivo de la velada, la nostalgia se coló en medio y, casi al final, la conversación giró hacia otros derroteros. Wayne y Dean estaban acostumbrados a que también estuvieran presentes los padres del chico y sus abuelos, por lo que comprendían a la perfección los sentimientos de Amelia respecto a su propia familia.
Deseando que toda aquella situación terminara pronto, los tres alzaron sus copas y brindaron por aquellos que estaban lejos.
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Castillo Greengrass, Gales
Daphne Greengrass se encontraba en su habitación, preparándose para bajar a la cena navideña familiar. Aparte de sus padres y Astoria, su hermana, también estaría Theodore Nott, su novio. Habría invitado también a su padre, pero sabía que éste estaba muy ocupado con asuntos de los mortífagos. Y sabía, además, que no le gustaba celebrar la Navidad.
Tras abrocharse el collar, Daphne se quedó sentada frente a su tocador, observando su reflejo sin verlo realmente. Aprovechando que estaba en casa por las vacaciones, esa misma mañana había enviado una carta a Amelia, teniendo cuidado de no revelar demasiado en la misma, sabiendo que todas las lechuzas podían ser interceptadas.
Lo cierto era que echaba de menos a Amelia. Y estaba muy preocupada por ella. Le había enviado varias cartas en todo aquel tiempo, pero todas habían regresado tarde o temprano. ¿Qué significaba aquello? Temía pensar en la respuesta. Por lo que prefería pensar en la otra teoría, esa que decía que ella estaba muy bien protegida y escondida. Quizás se había marchado del país. Mantenerse lejos de toda esa locura sería lo mejor para ella.
Pensando en Amelia, sus recuerdos la llevaron a un suceso en particular que compartió con su amiga, mucho antes de que las cosas en el mundo mágico se torcieran.
Hogwarts, invierno de 1994
El anuncio del Baile de Navidad había provocado una emoción mucho mayor a la previa a la primera prueba del Torneo de los Tres Magos. Daphne no había podido reprimir una sonrisa cuando Snape les comunicó la noticia y Pansy soltó una risita nerviosa, ocasionando que el profesor la mirara peligrosamente. Era evidente que a Snape le desagradaba aquella pantomima y no hacía nada por ocultarlo. Antes de marcharse con los labios crispados, los amenazó con ponerlos a seleccionar a mano ingredientes orgánicos para pociones si no se comportaban como personas civilizadas en el baile.
Durante el almuerzo de aquel día, no existía otro tema de conversación. Pansy insistía en sacar el tema sin dejar de mirar a Draco, esperando a que el chico la invitara, pero sus intentos fueron infructuosos. Millicent, en cambio, observaba ceñuda a todos, claramente malhumorada. Tenía toda la pinta de planear enviar un maleficio a cualquiera que se atreviera a pedirle que le acompañara al baile.
—Tranquila, Millicent, seguramente habrá alguien que quiera invitarte —le dijo Pansy, algo molesta por no lograr que Draco la haya mirado siquiera. Sin embargo, sí recibió una dura mirada por parte de Millicent como respuesta a su comentario.
—No has dado en el clavo, Pansy —susurró Daphne.
—No es el hecho de si alguien me invita o no —aclaró Millicent—, el problema está en que detesto bailar.
Tracey soltó una carcajada y negó con la cabeza.
—Entonces no bailes, pero al menos sonríe un poco. A lo mejor te invita alguien a quien tampoco le gusta bailar.
Millicent relajó la dura mirada que tenía y sonrió levemente, volviendo a prestar atención a su puré de patatas. Daphne, sonriendo, volteó la vista y se encontró con la mirada de Theodore. Sostuvo su mirada por unos segundos hasta que decidió desviar la vista y ocuparse de coger su vaso de jugo de calabaza. De repente, sentía que las mejillas le ardían. Echó una nueva mirada de reojo a Theodore, pero esta vez él estaba centrado en sus asuntos. No lo quería admitir en voz alta, pero la idea del baile la había emocionado y no podía evitar preguntarse si Theodore la invitaría. Estaba enamorada de él, pero a diferencia de Pansy, ella no andaba pegada a él como su sombra. Eran amigos y disfrutaban charlando, sobre todo desde que viajaron en el mismo compartimiento en el tren a principios de curso.
En ese momento se dio cuenta de que necesitaba hablar con una amiga. Miró a los lados y sus ojos encontraron a Pansy. Daphne negó con la cabeza imperceptiblemente. No, Pansy no podría guardarle el secreto. Aquella misma noche su casa al completo lo sabría todo, incluyendo Theodore. Y es que eso no sería porque Pansy fuese mala persona, si no porque era incapaz de entender el significado de la frase «no se lo cuentes a nadie». Tracey podría ser una buena opción, pero sus comentarios demasiado realistas —o pesimistas, según se viera— referentes a chicos y citas no serían de mucha ayuda en aquel momento. Y Millicent probablemente le diría que suspirar por un chico era una pérdida de tiempo.
Entonces miró hacia la mesa de Ravenclaw y sus ojos buscaron a Amelia, su amiga secreta que era hija de muggles, de quien se hizo amiga en su primer año, al viajar juntas en el Expreso de Hogwarts el 1 de septiembre. La encontró casi inmediatamente, estaba ignorando olímpicamente lo que sus compañeras hablaban a su lado, emocionadas. Amelia, al parecer, consideraba más interesante el postre que tenía enfrente. Entonces levantó la mirada y se topó con que Daphne la miraba a lo lejos. Le sonrió a modo de saludo y Daphne le correspondió. Le hizo una señal con la cabeza, casi imperceptible, a modo de pregunta, a lo que Amelia respondió asintiendo. Hacía tiempo habían ideado aquel método de comunicación sencillo para cuando quisieran hablar. El lugar de encuentro era a orillas del Lago Negro.
Por lo que después de la comida, Daphne dejó que Amelia se fuera primero y luego la siguió. La encontró cerca del lago congelado, en las lindes del Bosque Prohibido. Era un lugar que les gustaba mucho a las dos y para su buena suerte, nadie pasaba por ahí en aquella época del año. Claro que la excepción eran los estudiantes de Durmstrang, que tenían anclado su barco en el otro extremo del lago. Pero ellas estaban ocultas de cierta manera por las ramas de los árboles, lejos de miradas indiscretas. A veces pensaba que Amelia se sentía ofendida por esconder de aquella manera su amistad, pero ella le había dicho numerosas veces que no le importaba y que incluso lo encontraba divertido.
La última vez que sacaron el tema fue cuando un chico de séptimo año de su casa, Slytherin, había roto con su novia Gryffindor. Habían estado viéndose en secreto, pero todos se enteraron de su relación y su ruptura luego de que algunos estudiantes fueran testigos de una discusión suya en medio de un pasillo. La chica le había gritado que estaba cansada de esconderse y que quería que los amigos de él la aceptaran como a una más. No hacía falta ser adivino para saber que aquella escena sería el detonante para una inevitable ruptura. Y que además, las consecuencias serían desagradables, pues desde que la noticia había corrido como la pólvora por el castillo, los compañeros de casa de los dos implicados en la relación empezaron a despreciarlos, echándoles en cara el hecho de haber confraternizado con un miembro de la casa enemiga.
Después de aquello, Amelia le había asegurado que quería seguir siendo anónima y no pasar por lo que estaba pasando la expareja.
—Debes de ser la Reina de las Nieves si no estás congelada —le dijo a modo de saludo al acercarse a la orilla del lago.
Amelia dejó de observar el horizonte y se giró para verla, sonriendo. Daphne caminó hasta ella y se detuvo a su lado sin decir nada más.
—Todo el mundo se ha vuelto loco con el anuncio el baile —comentó Amelia, entre divertida y hastiada—, apenas he soportado la cháchara de mis compañeras sobre el acompañante. Al menos Lisa es la más cuerda y no hizo nada escalofriante como dar saltitos y chillidos de emoción.
Daphne sonrió. Amelia le gustaba, era directa y sincera, nada romántica y sin embargo, daba buenos consejos referentes a chicos. Era paradójico, pues ninguna de las dos había salido con alguien, pero el hecho de saber qué hacer se debía a que había espiado conversaciones de chicas mayores en el baño y su Sala Común.
—Seguro que irás con él al baile —le dijo Amelia cuando Daphne terminó de contarle lo que pensaba—. Creo que sería un tonto si no te invita y sabes mejor que yo que Theodore Nott es listo.
Daphne se sonrojó un poco ante la mención del chico.
—No he podido evitar mirar a Pansy en el Gran Comedor —le confesó Amelia—, sin ánimo de ofender, parecía una culebra tratando de llamar la atención de Draco Malfoy.
Las risas no se hicieron esperar. Daphne sabía que Pansy se enfadaría si las escucharía, pero no podía evitar estar de acuerdo con las palabras de Amelia.
Castillo Greengrass, Gales
Aquel recuerdo había hecho que Daphne sonriera con nostalgia. Esperaba que Amelia estuviera a salvo, donde quiera que fuera eso.
En ese momento, Astoria entró en la habitación, regalándole una amplia sonrisa.
—Theodore acaba de llegar— le anunció.
Daphne sonrió a su vez y se levantó de la silla, encaminándose junto a su hermana hacia la puerta, dispuesta a pasar una velada agradable.
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Bosque de Dean, Gloucestershire. Enero de 1946
Tom atravesaba el oscuro bosque con un solo objetivo en su mente: esconder su horcrux. No tardó demasiado tiempo en llegar al claro donde se erigía una desvencijada cabaña. Se había aparecido a una distancia prudente por si se topaba con algún indeseable, pero, por lo que parecía, la noche estaba tranquila y sabía bien que nadie en su sano juicio deambularía por el bosque tras una tormenta invernal.
Al llegar a los alrededores de la cabaña observó detenidamente la zona, dirigiendo sus pasos hacia el antiguo pozo. Ignoró la punzada que sintió de repente al pensar en Amelia y él encerrados en aquel minúsculo lugar, tras ser capturados por los seguidores de Grindelwald. En su lugar, prefirió centrarse en meditar sobre qué podría ser aquel objeto tan poderoso que buscaban aquellos fanáticos. A pesar de haber revisado la cabaña concienzudamente horas antes de que llegaran los aurores, no había podido hallar nada que le indicara la naturaleza de aquel objeto. Evidentemente, aquellos magos no deseaban dejar ni una sola pista sobre su misión.
Se detuvo al lado del pozo y sacó del bolsillo el horcrux. Lo miró durante algunos segundos, sabiendo que sería la última vez que lo tendría en sus manos. Era extraño pensar que ese collar había pertenecido a Amelia y que era lo único que tenía de ella. ¿Por qué le importaba tanto? ¿Por qué había decidido convertirlo en horcrux? Realmente no quería responder a esas preguntas. No quería admitir que existían unas inexplicables sensaciones que le oprimían el pecho cada vez que pensaba en Amelia o la tenía frente a él.
Tom maldijo entre dientes. Creía que aquellos inútiles sentimientos desaparecerían para siempre tras crear un nuevo horcrux. Lo cierto era que había logrado que menguaran bastante durante muy poco, momento en el que un oscuro impulso lo había llevado a envenenar a Amelia. Pero, para su desgracia, aquella cruel indiferencia no fue permanente, sino que se marchó tan rápido como vino provocando que una desconocida sensación lo asolara por las noches, torturándolo en lo que parecía ser remordimiento.
Con la creación de dos nuevos horcruxes con el medallón de Slytherin y la copa de Hufflepuff, Tom podía estar casi seguro de que había logrado arrancar de su pecho esos sentimientos. Y sin embargo, en cuando vio que Amelia lo enfrentaba en aquel acantilado, demostrándole que seguía viva, un inusual alivio lo recorrió por completo. Sí, ella lo odiaba y quería vengarse de él, quería hacerle pagar por haberla envenenado, pero por algún extraño motivo él no hizo lo que le dictaba ese cruel impulso que parecía dirigir sus actos. De alguna forma u otra había logrado controlarlo y no lanzó un Avada Kedavra en ningún momento. A pesar de eso, el duelo fue feroz y al final se marchó, dejando herida a Amelia, sabiendo que era probable que no sobreviviera.
Preguntándose de qué le servía tener esos sentimientos, Tom depositó el horcrux en el sitio que había elegido y lo protegió con poderosos maleficios. Era paradójico escoger el pozo por lo que representaba para él y al mismo tiempo desear desterrar lo que sea que sentía. Confiaba en que escondiendo el collar y alejándose del país durante algún tiempo para centrarse en lo verdaderamente importante, conseguiría liberarse por fin de Amelia y su recuerdo.
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Casa de Dean Wintergreen, Londres. Enero de 1998
Con el paso de las semanas, cada vez había más misiones dentro de la Orden. Y al mismo tiempo, los sueños de Amelia se hacían más constantes, como si su subconsciente le gritara algo que consideraba importante. Evidentemente, ella estaba segura de que el sitio que aparecía en sus sueños era el Bosque Prohibido y por lo tanto estaba planeando meticulosamente una incursión a los terrenos de Hogwarts. Pero, si ir ahí era la respuesta, ¿por qué seguía soñando con lo mismo? A no ser que estuviera equivocada.
La solución llegó una fría noche de finales de enero, cuando Amelia tuvo un nuevo sueño. En él, volvía a caminar por aquel bosque, buscando el horcrux. Esta vez no aparecía ninguna figura encapuchada y ella proseguía hasta dar con un claro, donde divisaba una cabaña destartalada que le parecía muy familiar.
Pero en ese momento la escena se transformaba, llevándola hasta una habitación tenuemente iluminada, donde había una pequeña mesa en cuya superficie reposaba una bola de cristal. No parecía haber nadie, pero una voz a sus espaldas la recibía con un «Has tardado mucho en venir». Aquella voz le recordaba a la de Morgana y sin embargo, sonaba diferente. Pero, aparte de aquel detalle, reconocía a la perfección el lugar.
De modo que al despertar, Amelia se dio cuenta de que aquel sueño era una señal más que evidente de que debía hablar con Morgana. Aparte de eso, también le resolvió una duda. No se trataba del Bosque Prohibido, sino del bosque donde Tom y ella habían sido capturados por los seguidores de Grindelwald. Aquella cabaña había servido de guarida para esos magos y, aunque no lo viera en aquel sueño, sabía que muy cerca se encontraba el antiguo pozo.
¿Era aquel el sitio donde Tom había escondido su horcrux? Amelia sintió una extraña presión en el pecho al pensar en la razón que lo había llevado a elegir ese lugar.
Con un suspiro, se dijo que ir a aquel bosque era mucho más seguro que tratar de infiltrarse en Hogwarts. En vista de la nueva información, Amelia se vio obligada a cambiar sus planes. Hasta aquel momento, había ideado la forma de ir al castillo con mucho cuidado, trazando un plan detallado. Wayne se había dado cuenta de que parecía mucho más ensimismada que de costumbre y, tras insistir demasiado, logró que Amelia le contara lo que pensaba hacer. Evidentemente, se había ofrecido a acompañarla y aunque ella le dijera que podría hacerlo sola, se dio cuenta de que le vendría muy bien tener ayuda en aquella misión.
Por lo que tras aquel sueño, Amelia decidió hablar con Wayne sobre un cambio de planes.
—Estoy casi segura de que el horcrux está en el Bosque de Dean, en Gloucestershire —le susurró. Estaban sentados en el sofá, leyendo cada uno un libro, eligiendo el hechizo que practicarían al día siguiente.
—¿No que decías que estaba en Hogwarts? —inquirió él, extrañado.
—Creía que así era, pero he tenido un sueño que me ha sacado de mi error —le explicó.
—¿Otro sueño? —musitó. Miró por encima del hombro para asegurarse que su tío no los oía, pero éste estaba concentrado leyendo El Profeta, a mucha distancia de ellos—. No te ofendas, Amelia, pero el otro sueño te llevaba a Hogwarts y ahora éste te lleva a otro sitio. ¿Estás segura de que podemos confiar en tus dotes clarividentes?
Amelia frunció el ceño.
—No soy una adivina, Wayne. Ya me gustaría serlo, pero no lo soy. Simplemente a veces tengo sueños que me indican o me muestran de cierta forma algo que desconozco.
—¿Y cómo llamas a esos sueños? —cuestionó con una ceja levantada—. La profesora Trelawney estaría orgullosa de tu don y seguramente te ayudaría a sacarle provecho.
—Me parece que ella estaría decepcionada de que no viera Grims o algo parecido —bromeó Amelia, logrando que su amigo soltara una carcajada—. En fin, el anterior sueño no me llevaba a Hogwarts, lo interpreté mal. Ahora me mostró un detalle que reconozco y puedo estar segura del sitio exacto.
—De acuerdo —asintió él—. De modo que has estado ahí antes.
—Así es —dijo, y antes de que Wayne siguiera preguntando al respecto, ella decidió cambiar de tema—. Pero antes, necesito ir al Callejón Diagon.
—No es muy sensato pasearse por ese sitio hoy en día —comentó—. ¿Qué necesitas hacer ahí?
—¿Recuerdas que te hablé sobre Morgana y su madre, la vidente? —le preguntó.
—Me acuerdo. Pero, ¿crees que seguirán ahí? Quiero decir, ya eran muy mayores en esa época y han pasado cincuenta años.
—Antes de marcharme del pasado, la vidente me dijo que quien esté ahí en mi época podría ayudarme —le contó.
Wayne miró hacia la ventana, pensativo, antes de volver a hablar.
—No te olvides que los mortífagos y carroñeros campan a sus anchas por el Callejón Diagon—susurró—. Participamos con la Orden, ¿y si algún enemigo nos reconoce?
—Bueno, aún me queda algo de poción multijugos —sugirió ella.
—También necesitaremos identificaciones falsas —siguió él—. Por si acaso.
Reclinándose completamente en el sillón, Amelia observó a su amigo, pensando en una posible solución a aquel dilema.
—Quizás debería ir sola —propuso.
—No, iré contigo —se apresuró a responder Wayne, muy seguro.
Amelia negó con la cabeza.
—Creo que la marca podría ser mi mejor identificación —susurró, inclinándose hacia él—, ¿no crees?
—Vamos, Amelia, ¿y si te pones en peligro? No estaré tranquilo dejándote ir sola.
—Wayne, me he enfrentado a Quien-tu-sabes completamente sola —le recordó—. Podré arreglármelas con un par de carroñeros estúpidos. Además, necesito que te quedes aquí. En cuanto me vaya, activarás de vuelta el encantamiento antiaparición, no podemos dejar la casa desprotegida. Cuando esté a punto de regresar te enviaré mi Patronus y desactivarás momentáneamente el conjuro.
—No lo sé, Amelia —musitó Wayne no muy convencido—. Me da miedo que pueda pasarte algo.
—Sé defenderme, eres testigo de ello —insistió ella—. No soy una damisela en apuros.
—Me consta que no lo eres —se apresuró a responder Wayne—. Pero no puedes culparme por sentir preocupación.
Amelia suspiró y miró a su amigo con aprecio. Entendía perfectamente que se sintiera así.
—Bien —musitó él, mirándola con una expresión que indicaba que estaba aceptando algo con lo que no estaba de acuerdo—. Lo haremos así, si estás segura.
—Te lo agradezco —sonrió ella—. Verás que todo irá bien.
Mientras Wayne la miraba con algo parecido a la desilusión, Amelia sintió una punzada de culpabilidad por no permitirle acompañarla. Dean dejó el periódico a un lado y musitó un «Más mentiras» lleno de disgusto, refiriéndose claramente a las noticias, antes de levantarse del sofá, darles las buenas noches a los jóvenes y marcharse escaleras arriba.
—Será mañana —decidió Amelia cerrando el libro—. En cuanto tu tío se marche al Ministerio.
-o-
Al día siguiente, tal y como habían planeado, Amelia se desapareció del jardín trasero de la casa rumbo a Charing Cross. Una vez ahí se dirigió rápidamente al Caldero Chorreante y luego caminó hasta la entrada del Callejón Diagon.
Había muchos cambios en el lugar, comparados con los recuerdos que tenía de la última vez que estuvo ahí, durante su primera misión con la Orden. Era la hora en la que los negocios solían abrirse, pero muchos de ellos estaban cerrados e incluso tapiados con tablas. Otros pocos tenían los cristales rotos y dentro se podía divisar que el sitio había sido saqueado. Aunque había nuevos establecimientos que no reconocía y que podía adivinar, por sus escaparates, que estaban dedicados a las artes oscuras.
Lo que seguía igual que el día de la misión eran las paredes y ventanas llenas de carteles con la fotografía de Harry Potter y un «Indeseable nº 1» escrito en letras grandes.
Había unas pocas personas en varios puntos del callejón, agazapadas en los rincones, con las túnicas sucias y rotas, pidiendo unas monedas a quienes pasaban por su lado, pero siendo ignoradas olímpicamente por los transeúntes. Y, doblando la esquina, apareció un grupo de gente que provocó que los mendigos huyeran despavoridos.
Amelia los vio viniendo en su dirección y apretó el paso, dándose cuenta de que se trataba de carroñeros. Intentó no mirarlos, pero aquellos individuos estaban cada vez más cerca. La joven trató de controlar el nerviosismo extremo que sentía y se obligó a caminar con naturalidad. Creyó que ellos pasarían de largo en cuanto la vieran entrar al Callejón Knockturn, pero el que dirigía el grupo reparó en ella y le cortó el paso, esbozando una mueca burlona.
—¿A dónde vas, rubita? —le preguntó, inclinando la cabeza hacia un lado—. ¿No deberías estar en Hogwarts?
—Me he graduado el año pasado —respondió Amelia sin amedrentarse y mirando con dureza a su interlocutor.
—¿Y cuál es tu nombre? —quiso saber él, sin borrar su sonrisa sarcástica, mientras otro carroñero sacaba una libreta.
—¿Realmente esto es necesario? —inquirió la joven, molesta. Entonces, con toda la arrogancia que pudo reunir en ese momento, levantó la manga de su túnica y le enseñó la Marca Tenebrosa—. ¿No te parece suficiente con verla?
El carroñero levantó las cejas con sorpresa y el que tenía en la mano la libreta se acercó hasta él.
—Puede ser falsa, deberíamos comprobarlo —le dijo en voz baja, pero Amelia lo oyó.
—Perfecto —dijo ella con superioridad—. Llamemos al Señor Tenebroso. Le encantará poner en su lugar a tan incompetentes servidores que no saben reconocer la verdadera marca.
—Bueno —dijo el carroñero que había estado interrogando a Amelia, esbozando una falsa sonrisa—. No me parece sensato molestar al Señor Tenebroso con asuntos tan nimios. Dejemos que la señorita se dirija al Callejón Knockturn, que es lo que pretendía hacer, ¿verdad?
Amelia levantó la cabeza en un gesto arrogante.
—Así es.
Entonces el carroñero se retiró y dejó libre la entrada al callejón. Después de dedicarle una gélida mirada, Amelia empezó a caminar, doblando la esquina. Recorrió el corto camino hasta la puerta de la librería y giró para detenerse frente a la puerta. Fue entonces cuando volvió a mirar hacia el sitio de donde había venido, topándose con que el grupo seguía en su sitio y el que los dirigía continuaba mirándola, como si estuviera vigilando sus movimientos. Antes de marcharse, él le regaló una nueva sonrisa falsa unida a una reverencia dibujando un arco en el aire con la mano derecha, en un claro gesto burlón.
Amelia se apresuró a entrar en la librería, con el sonido de las campanillas anunciando su llegada. Alertada por ello, una mujer salió a recibirla, apareciendo desde la trastienda y, al verla, se detuvo sorprendida. La joven, por su parte, no la reconoció, pero tenía que admitir que le parecía vagamente familiar.
—Has tardado mucho en venir —musitó a modo de saludo, pronunciando las mismas palabras que Amelia había oído en su sueño—. Vamos, seguro que recuerdas el camino.
La mujer hizo un ademán para que la joven la siguiera y ésta empezó a caminar lentamente hasta la misma sala donde tantas veces había hablado con Morgana y su madre. ¿Qué había sido de ellas y quién era esta bruja? Sentándose en la misma silla de siempre, Amelia no dejó de observar a la recién conocida que se acomodó frente a ella. Tenía el cabello entrecano en el que aún podían verse algunos mechones de un suave color rojo, acomodado en una trenza gruesa que caía sobre su espalda. Podía ver las pecas de su rostro y unas cuantas arrugas que lo surcaban. Era mayor, pero no tanto como Morgana cuando la conoció, cincuenta años atrás. Y los ojos eran de un celeste tan particular, que era absurdo no reconocerlos.
—¿Isobel? —inquirió en un susurro, infinitamente sorprendida.
Ella sonrió y le apretó la mano con aprecio.
—Me alegra tanto volver a verte, Amelia.
—¿Cómo es que estás aquí? —quiso saber, sintiendo de repente una enorme emoción al volver a encontrarse con ella— ¿Qué fue de Morgana y su madre?
—No eres la única que ha frecuentado a estas dos extraordinarias brujas —le respondió—. Soy la aprendiz de Morgana. Ella y su madre me han permitido encargarme de la tienda por el momento y ahora viven tranquilamente en una aldea mágica en Gales.
—Espera, ¿las dos?
—No te sorprendas. Hay un pequeño secreto en torno a su longevidad —musitó, sonriendo enigmáticamente.
Amelia se inclinó más hacia la mesa, mirando a Isobel con curiosidad.
—¿Puedo conocerlo? —pidió—. Al fin y al cabo, ustedes conocen mi secreto.
—Es justo —admitió ella—. Al ser aprendiz recibes los conocimientos necesarios de la Alquimia, pero es con tus propias investigaciones que puedes alcanzar la piedra filosofal y, por ende, el Elixir de la Vida.
Aun más sorprendida que antes, Amelia miró a Isobel con la boca ligeramente abierta.
—¿Me estás diciendo que han alcanzado la inmortalidad?
Isobel se encogió de hombros.
—Algo así. Quiero decir, vivirán cuanto quieran, mientras sigan tomando el elixir.
—Entiendo —asintió, todavía sin hacerse demasiado a la idea—. Y tú, ¿lo has conseguido ya?
—Me falta poco —respondió—, pero creo que muy pronto tendré la piedra.
—Es impresionante —comentó Amelia, mirando a su amiga con admiración— ¿Cuándo te hiciste aprendiz?
—Un par de años después de que te marcharas —le contó. De repente, su expresión adquirió un matiz sombrío—. Antes de eso traté de encontrar a Riddle para vengarme por lo de Abraxas. Pero él había desaparecido prácticamente por la misma época que tú y no volví a saber nada más de él hasta que apareció en escena Quien-tu-sabes.
—¿Y los horcruxes?
—Los busqué incansablemente teniendo en cuenta todo lo que me habías contado, pero fue en vano. Ni siquiera pude dar con el que supuestamente estaba en aquel acantilado —admitió. Entonces soltó un suspiro de cansancio—. Aunque luego Morgana y su madre me insistieron en que dejara eso en tus manos y en las de El Elegido. Fue entonces cuando dediqué todos mis esfuerzos en aprender lo que Morgana me enseñaba.
—¿Qué pasó con Abraxas? —quiso saber Amelia. La verdad es que estaba algo contrariada por la situación. Abraxas Malfoy y Avery fueron quienes, por órdenes de Tom, habían atacado y herido a Anna y Daniel, siendo los causantes de la muerte del chico. Por otro lado, era Abraxas a quien Isobel quería, por lo que se obligaba a sí misma a no demostrar la antipatía que sentía por él.
—Tardó en recuperarse, pero lo hizo. Tiempo después nos casamos y te aseguro, Amelia, que fuimos muy felices. Hace pocos años murió a causa de la viruela de dragón. Tuvimos un hijo, Lucius, que es ahora un mortífago caído en desgracia —musitó, esbozando una amarga sonrisa—. Es por su causa que dejé la mansión en Wiltshire y me instalé aquí. Nada parecido, evidentemente, pero mucho más tranquilo, considerando que Quien-tu-sabes decidió disponer de la mansión a su voluntad. Lucius no tiene nada que decir al respecto aunque deteste esa situación. Es una marioneta en sus manos, igual a como lo fue Abraxas en su día en Hogwarts. Solo que ahora todo es mucho peor.
—Lo siento, Isobel, has debido pasarlo muy mal —dijo Amelia mirándola de manera comprensiva. Y, antes de que asimilara todo lo que acababa de escuchar, la mujer la miró fijamente y volvió a apretarle la mano con fuerza, componiendo una expresión muy seria y preocupada de repente.
—Pero es de ti de quien debemos hablar ahora. De ti y de tu familia.
El corazón de Amelia dio un salto y abrió mucho los ojos.
—¿Sabes dónde están? —inquirió—. Dime que alguna de ustedes ha visto la respuesta en la bola de cristal.
Isobel le regaló una mirada abatida y negó con la cabeza.
—Tenía que haberlos ayudado —empezó—. Morgana me explicó con detalle todo lo que tenía que saber y, llegado el momento, debía ir a Scotland Yard a llevarme a tu familia. Lo habíamos planeado todo, íbamos a esconderlos en un lugar seguro.
—Pero, ¿por qué no intervenir antes? —cuestionó Amelia, sin entender—. Sacarnos a todos de la casa antes de la llegada de los carroñeros.
—Yo también quise hacer eso —respondió Isobel—. Pero la madre de Morgana me dijo que era necesario que llegaras al pasado. Por lo que esperamos a que todo sucediera antes de actuar. Los dieron por muertos y salió la noticia en el periódico muggle. Fue entonces cuando la bola de cristal mostró que habían despertado.
—¿Y qué es lo que salió mal? —insistió la joven.
—Cuando fui a por ellos, descubrí que ya no estaban en el lugar y que nadie sabía nada del caso. Fue como si nunca hubiesen estado ahí —siguió, consternada—. Y había un rastro inconfundible de magia en el ambiente.
—Les borraron la memoria y destruyeron el expediente—susurró Amelia, recordando su incursión a Scotland Yard. Y entonces, una teoría que llevaba pensando mucho tiempo y que no se atrevía a aceptar volvió a aparecer en su mente. Algo que no quería que fuese verdad y que sin embargo era la única respuesta que tenía—. Los tiene él, ¿cierto?
Comprendiendo perfectamente a quién se refería, Isobel asintió lentamente. Amelia sintió que la tierra se abría a sus pies y que estaba a punto de caer en aquel profundo abismo.
—¿Cómo es que no lo vieron? ¡Aquello podría haberse evitado! —soltó ella, desesperada— ¿Para qué sirven las bolas de cristal si no es para prevenir desgracias?
—Esto no funciona así, Amelia —le explicó Isobel—. Ya me gustaría que todo fuese tan sencillo. Podría haber visto lo que le sucedería a Abraxas o a Lucius, podría haber evitado que tomaran malas decisiones, pero no fue posible. Hay cosas que no pueden verse, que están ocultas. Otras cuya interpretación no es tan simple como parece. Y muchas otras cambian de acuerdo a las decisiones de la gente, por lo que no hay nada determinado en esos casos.
Amelia suspiró con una mezcla de enfado y desolación, mientras negaba con la cabeza y bajaba la mirada.
—Pero, ¿lo viste? —preguntó, volviendo a mirar a su amiga— ¿Viste en la bola de cristal que Quien-tu-sabes tiene a mi familia? ¿Estás segura de ello?
—Completamente. Sabemos que están vivos, encerrados en algún sitio que no podemos determinar y totalmente incomunicados con el exterior.
—¿Qué hay de la Mansión Malfoy? —sugirió Amelia, esperanzada— Dijiste que Quien-tu-sabes está ahí.
—Fue lo que pensé —admitió Isobel—. Después de todo, la mansión tiene sus propios calabozos. Fui a visitar a mi familia un día y me paseé por el lugar. Descubrí que Quien-tu-sabes tiene a varios prisioneros pero ninguno es de tu familia. Incluso traté de averiguar algo sobre ellos usando la Legeremancia con algunos de los mortífagos, pero nadie sabía nada.
—Tiene que haber otro lugar donde los tenga retenidos —dijo la joven, cruzando los brazos y mirando hacia la chimenea, pensativa—. He tratado de encontrarlos con un hechizo localizador, pero no funciona. Traté de enviarles lechuzas, pero han regresado con la carta. Incluso les he enviado un mensaje con un Patronus y no sé si lo han recibido. En teoría, el Patronus debería travesar cualquier barrera mágica.
—Es una opción interesante —opinó Isobel—. Lo más probable es que hayan recibido el mensaje. Por cierto —agregó, mirándola intrigada—, ¿has tenido sueños al respecto? Sobre algo que te indique su paradero.
—Por más extraño que parezca, solo he tenido una serie de sueños que me indican dónde está el horcrux que debo encontrar —le contó, volviendo a mirarla—. Y lo más raro es que no he soñado ni una sola vez con mi familia.
—Suele suceder. Los sueños son como las bolas de cristal o los posos de té, no nos muestran todo lo que queremos saber —le explicó.
Amelia suspiró y asintió. Entonces se reclinó contra el respaldo de la silla y continuó observando las danzantes llamas de la chimenea.
—¿Por qué tuvo que hacer esto? —musitó, tras algunos segundos de silencio—. ¿Por qué los tiene retenidos si no los necesita?
—Al contrario —respondió Isobel—. Me atrevería a decir que son una excelente moneda de cambio para él.
—Por los horcruxes —completó Amelia—. Por los que yo encuentre.
—Exacto.
—Sin embargo —siguió la joven, sintiéndose cada vez más desesperanzada—, algo me dice que haga lo que haga, él no cumplirá su palabra.
Permanecieron en silencio una vez más, durante varios minutos. Al final, Isobel tomó las manos de Amelia, logrando que ella la mirara.
—Esto terminará muy pronto —le anunció. No eran palabras de aliento guiadas por la esperanza, era algo más real y tangible que eso. Amelia podía notarlo—. Te lo aseguro.
N/A: ¿Recordáis que os dije que éste sería el último capítulo? Me retracto, aún queda uno más ;) Todo es consecuencia de que mientras escribía éste me di cuenta de que se iba haciendo más largo de lo que había planeado en un inicio, por lo que dejé para el siguiente las restantes escenas. ¡Así estiramos un poquito más la historia!
Para quien ha lanzado la teoría de que Voldemort tiene a la familia de Amelia, ¡habéis acertado! Os enviaría algún premio si pudiera ;)
En éste capítulo os muestro a Daphne Greengrass, a su hermana Astoria (la que en el futuro se casará con Draco Malfoy) y menciono a Theodore Nott. ¿Os acordáis de ellos? Son personajes canon.
Mientras dura la espera para el que será de verdad el último capítulo, os recomiendo leer dos pequeños fanfics que escribí hace un tiempo. Ya que en este capítulo hemos visto a Daphne y un retazo de su amistad con Amelia, me parece interesante que leáis "Inesperada Amistad", una viñeta sobre el momento en que estas dos amigas se conocen, e "Invierno", en el que se relata un momento oscuro del año en que los Carrow gobiernan Hogwarts, donde Daphne recuerda a Amelia. Estas historias están en mi perfil o, si preferís, os dejo los links aquí abajo:
s/9913209/1/Inesperada-Amistad
s/10415056/1/Invierno
Espero que este capítulo os haya gustado. Contadme en un review todo lo que pensáis al respecto. ¿Habéis visto la nueva portada? ¿Qué os parece? :D
Nos leemos muy pronto.
Victoria.
