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Capítulo XVI
El collar
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No puedes detenerte a ti mismo.
No quieres sentir
No quieres ver en lo que te has convertido.
No puedes alejarte de quién eres.
Nunca te rindas.
Where is the edge - Within Temptation
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—Volveré dentro de un par de horas, si todo sale bien. He ido directamente al sitio del que hablamos anoche. No vayas, necesito que te mantengas alerta para cuando regrese.
El cuervo de Amelia se desvaneció en el aire después de darle su mensaje. Wayne maldijo entre dientes. Estaba enfadado con la chica por no haber vuelto a la casa tal y como había prometido, molesto porque se había ido a por el horcrux sin él, preocupado de que algo malo le sucediera.
Se arrepintió por no haber insistido en acompañarla aquella mañana.
Decidido a no permitir que Amelia se pusiera en peligro, Wayne tomó su capa y se dispuso a marcharse al Bosque de Dean.
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Recordando el sitio a la perfección, Amelia se apareció muy cerca del claro donde se hallaba la cabaña. Se acercó al lugar exacto cautelosamente, atenta ante cualquier posible movimiento que le indicara la presencia de algún enemigo. No era ni mediodía, por lo que la claridad diurna le ayudaba mucho a vigilar la zona.
Caminó hasta la desvencijada cabaña sin dejar mirar a su alrededor, alerta. Se asomó con cuidado por las ventanas cubiertas de suciedad, pero en el interior no parecía haber nadie.
Amelia tenía la sospecha de que su familia podía estar ahí, por lo que, con la varita en alto y preparada para cualquier ataque, abrió la puerta y entró a la cabaña. Notó que el suelo estaba lleno de polvo, sin huellas de pisadas. A pesar de ello, la joven se dispuso a recorrer la casa entera por si existía algún sótano.
Al cabo de varios minutos tuvo que darse por vencida. En aquella cabaña casi en ruinas no existía un lugar secreto donde su familia estuviera retenida. Sintiéndose infinitamente decepcionada y a punto de perder las esperanzas, Amelia abandonó la casa y se dirigió hasta el antiguo pozo.
Se aproximó con cautela, imaginando que estaría muy bien protegido. Levantó la varita y lanzó los hechizos más potentes que conocía para romper maleficios, pero los sortilegios se defendieron creando una columna de espeso humo negro que ascendió con violencia por la abertura del pozo, extendiéndose rápidamente. Antes de que Amelia pudiera lanzara un conjuro, unos tentáculos surgieron del humo, dirigiéndose hacia ella con voracidad, envolviéndola casi por completo y tratando de asfixiarla.
Amelia hizo lo posible por zafarse de aquel agarre infernal, pero lograrlo estaba resultando ser una tarea extremadamente difícil. Y, a punto de perder la consciencia, fue capaz de lanzar una maldición que dio en el centro de la columna de humo. Una pequeña bola de fuego empezó a extenderse desde aquel punto hasta llegar a los tentáculos, provocando que se desintegraran.
Respirando agitadamente, Amelia se vio liberada por fin. Sin perder el tiempo, lanzó más hechizos para romper cualquier posible maleficio que podría seguir existiendo. Levantó la reja con un Alohomora y solo cuando estuvo segura de que nada más podría atacarla, se acercó lo suficiente al pozo como para observar su oscuro interior.
No parecía haber nada amenazante ahí abajo, por lo que, con un movimiento de su varita, hizo aparecer una escalinata formada por cuerdas, idéntica a la que Tom había creado para salir del pozo cincuenta años atrás.
Ignorando la punzada de nostalgia que aparecía cada vez que pensaba en Tom, Amelia se preparó para bajar al fondo. Pisó con cuidado cada cuerda, sujetándose fuertemente de los extremos. En unos segundos sintió bajo el pie derecho el suelo firme y, bajando el otro pie aún sin soltarse, aterrizó con suavidad.
Se giró para observar el asfixiante lugar y luego levantó la cabeza para mirar al cielo. Era un día nublado, tal y como le agradaba. Resultaba desesperanzador verlo desde aquel sitio, con temor de que apareciera alguien y cerrara la reja que cubría la abertura del pozo. Pero, a diferencia del pasado, tenía a mano su varita, por lo que no tenía nada de qué preocuparse.
Mirando de nuevo a las paredes rocosas cubiertas de musgo, Amelia sintió una vaga sensación de familiaridad. Resultaba extraño estar ahí después de cincuenta años, aunque en realidad para ella hubieran pasado sólo unos meses. Sin entretenerse demasiado, la joven empezó a recitar varios encantamientos, tratando de detectar algún hechizo realizado en el lugar para esconder algo.
Pero, por más que buscaba, no lograba encontrar nada. Estaba comenzando a perder la paciencia, cuando se dio cuenta de que una piedra de la pared, dispuesta casi a ras del suelo, empezó a brillar tenuemente, delatando así la presencia de encantamientos de ocultación.
Amelia anuló varios maleficios y al final logró sacar la piedra. Agachándose y después tendiéndose en el suelo, observó el agujero que quedaba, descubriendo así un pequeño compartimiento secreto. Era ahí donde Tom había depositado el collar que había decidido convertir en horcrux tras quedárselo a espaldas de Amelia. Fue en aquel bosque donde ella lo había perdido, tras la batalla con los seguidores de Grindelwald.
Había estado conteniendo la respiración hasta ese momento, por lo que ahora ya podía respirar con cierta tranquilidad. Después de tanto tiempo, volvía a ver aquel collar tan particular que había sido suyo. Quiso sacarlo, pero casi al instante se detuvo, pues podría haber más hechizos protectores.
Después de anular más maleficios similares a los que le habían herido al tratar de coger la diadema de Ravenclaw en el pasado, pudo por fin tocar el collar reconvertido en horcrux.
Teniéndolo en sus manos de nuevo, no podía evitar pensar en la ironía de la situación. El collar había sido un amuleto para protegerla de la maligna influencia de los horcruxes y, sin embargo, ahora se había convertido en uno de ellos.
Sonriendo levemente y sintiéndose victoriosa por primera vez en mucho tiempo, Amelia se levantó. Pero, de repente, su mente empezó a nublarse. Una extraña corriente comenzó a recorrer su brazo desde la mano que sujetaba el collar. Se sintió mareada y unas extrañas voces susurrantes se aproximaron más y más hasta ella.
Amelia, entendiendo perfectamente lo que estaba sucediendo, intentó guardar el collar en el bolsillo para evitar seguir tocándolo directamente, pero la desagradable sensación se intensificó, entumeciendo aún más su mente, impidiéndole pensar con claridad. El horcrux la estaba manipulando para su propio beneficio, buscando que olvidara lo que tenía que hacer.
Su respiración se ralentizó y sintió una extraña calma que la inducía a relajarse. Cerró los ojos, bajó ligeramente la cabeza y apoyó la espalda contra la pared.
Un tintineo cercano fue lo que pareció despertarla. Sintiendo como la niebla de su mente iba alejándose, abrió los ojos algo desorientada y levantó la mirada.
Su corazón dio un vuelco al ver que frente a ella se encontraba Tom.
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«—Es imposible—se dijo, sin poder creer lo que veía—. Él no puede estar aquí».
Y sin embargo ahí estaba. Atractivo, arrogante y misterioso, como siempre. Tal y como lo recordaba. Él esbozó una sonrisa maliciosa al ver su turbación y en dos pasos lentos eliminó la distancia que los separaba.
Se detuvo muy cerca de ella y, aprovechando que seguía atónita, levantó la mano y acarició su rostro con suavidad. Amelia soltó un jadeo involuntario ante el contacto.
Era demasiado real.
—Te veo sorprendida, Amelia —comentó él en voz baja—. ¿No creías que volveríamos a encontrarnos?
—No lo creía posible —susurró ella en respuesta.
—No sería posible sin tu collar —respondió Tom. Entonces la miró con curiosidad— ¿Cuánto tiempo llevo encerrado aquí?
—Algo más de cincuenta años —contestó, recomponiéndose.
—Demasiado tiempo —dijo él—. De modo que conseguiste reparar tu giratiempo para marcharte a tu época.
—Así es.
—Y vienes aquí para terminar con tu misión, ¿cierto? —inquirió suavemente.
En ese momento, Amelia se dio cuenta de que sus manos estaban extrañamente vacías. ¿Qué había pasado con el collar y su varita? Probablemente se habían caído al suelo mientras su mente flotaba en aquel estado de sopor. Al alejarse, el horcrux perdía su influencia sobre ella, pero había provocado que Tom apareciera. Era evidente que el Tom que estaba frente a sus ojos era aquella parte del alma encerrada en el collar. Lo que jamás hubiera imaginado posible era que pudiera manifestarse de forma tan real y tangible.
Su corazón latía desbocado. No lo admitiría nunca, pero realmente había extrañado a Tom. Y él parecía darse cuenta, porque se acercó aún más, rozando sus labios con los de ella.
Parecía que hubiesen pasado siglos desde la última vez que se habían besado. Amelia se dio cuenta de que aquellos sentimientos que una vez tuvo por Tom habían estado simplemente dormidos y encerrados en un oscuro rincón de su alma.
Ella subió las manos y acarició los brazos de Tom en su camino hacia su cuello. No se resistió a hundir los dedos en su cabello al mismo tiempo que sentía como él le rodeaba la cintura y la abrazaba con fuerza. A pesar de la evidente emoción por el reencuentro, aquel beso desesperado tenía un inconfundible sabor a amarga despedida.
Tras algunos segundos más, Amelia bajó las manos hasta el pecho de Tom y lo alejó de ella con suavidad, solo unos pocos centímetros, lo suficiente como para verlo a la cara.
—No trates de manipularme, Tom —le dijo con dureza—. Sé bien que con esto quieres evitar que destruya tu preciado horcrux.
—Evidentemente quiero evitarlo, Amelia —respondió él—. Pero ese no es el único motivo.
—¿Y cuál es? —quiso saber ella.
Tom le devolvió una mirada extraña que ella no logró descifrar, porque rápidamente dejó de mirarla, rompiendo el contacto visual. Parecía incómodo de repente y Amelia sabía que pocas cosas tenían ese efecto sobre él.
—Te he echado de menos.
Amelia se daba cuenta de lo mucho que le había costado pronunciar esa simple frase y también era consciente de que él parecía enfadado consigo mismo. Sabía, con esa reacción, que él era sincero. Por toda respuesta, ella acortó la poca distancia que los separaba y le plantó un suave beso en los labios.
—Yo también te he echado de menos —le susurró cuando volvió a alejarse. Entonces él se atrevió a mirarla a los ojos—. Ojalá las cosas fueran más simples.
—Nunca fueron simples —dijo él—. Y probablemente nunca lo serán. Al menos no para nosotros.
—Es verdad —admitió Amelia. Su expresión se tornó sombría—. Aún no pienso destruir el horcrux. Pienso usarlo para liberar a mi familia —entonces le regaló una mirada gélida—. Ya te imaginarás quién los retiene.
—No tengo nada que ver con eso —se apresuró a decir Tom—. Desde que él me encerró en este objeto no he sabido nada de sus planes. Es como si ya no fuéramos parte de la misma persona.
La mirada de Amelia se suavizó y asintió. De repente, tuvo la imperiosa necesidad de confesar algo que muchas veces había pensado y que nunca había admitido en voz alta. Algo que en realidad era una locura y que no dejaba de ser un absurdo deseo. Lo más probable es que tiempo atrás se habría arrepentido por haberlo dicho, pero a estas alturas ya no le importaba. De hecho, se arrepentía por no haberlo dicho a tiempo.
—¿Sabes, Tom? —musitó. Sin poder evitarlo, desvió la mirada. Se sentía algo avergonzada por lo que iba a decir, ocasionando que su silencio se hiciera más largo. Seguía debatiendo internamente sin saber cómo continuar. Respiró profundamente y esbozó una leve sonrisa—. No puedo creer que te diga esto, pero... —calló de nuevo sintiéndose como una idiota. Levantó la mirada para centrarse en los oscuros ojos de Tom antes de volver a hablar. Él la miraba expectante—. Hubiera querido que vinieras conmigo a mi época.
La sorpresa de Tom no se hizo esperar. Su rostro expresaba un asombro genuino, pero no articuló palabra alguna.
—Hubiera deseado ser más egoísta y pedirte que sacrificaras a tu otro yo, aquel a quien odio —siguió Amelia. Dejando atrás las dudas, hablaba ahora con total seguridad y sinceridad—. En verdad quería que lo dejaras atrás y empezaras de nuevo. Esta vez sin malas decisiones. Una segunda oportunidad, Tom. Y yo habría estado a tu lado.
Tom permanecía en silencio, procesando todo lo que Amelia le acababa de confesar. Atónito, era evidente que no se había esperado aquello.
—Amelia... —empezó él, sin saber cómo continuar.
—Debes creer que soy una ilusa, ¿cierto? —musitó ella con una sonrisa triste.
—No, Amelia —negó Tom—. Lo único que me pregunto es por qué no me dijiste todo esto antes, en el pasado.
Ahora fue Amelia quien lo miró con sorpresa.
—¿Habría cambiado algo?
—No lo sé —admitió él—. Quizás.
Amelia levantó la mano y la posó sobre el rostro de Tom.
—Probablemente lo habría cambiado todo —dijo ella mirándolo a los ojos. Entonces retiró su mano y se alejó—. O puede que no sirviera de nada, en vista de que decidiste envenenarme —se encogió de hombros, con una indiferencia fingida—. Sea como sea, nunca lo sabremos. Ya es demasiado tarde.
—Sabes que yo no te haría eso —respondió él con rotundidad.
—Pero lo hiciste —insistió Amelia, con un deje de resentimiento en la voz.
—Si eso sucedió después de que creara este horcrux... —empezó Tom.
—¿Qué quieres decir? —inquirió ella, sin comprender.
—Al crear un horcrux, uno pierde algo —se detuvo. Parecía molesto de nuevo, como si no fuera capaz de explicar lo que quería. Pero Amelia lo entendió a la perfección. Una vez, hacía mucho tiempo, Morgana le había dado la respuesta.
—A cada horcrux, vas perdiendo tu humanidad —completó Amelia. Tom la miró y asintió quedamente—. Sin embargo recuerdo que una vez me dijiste que no te importaba perderla si así conseguías lo que querías.
—Lo recuerdo —dijo Tom.
—Y te aseguro, Tom, que no valió la pena —continuó Amelia fríamente—. No querrás ver en lo que te has convertido.
Él no respondió.
—De modo que es esa la razón de que me envenenaras —prosiguió la joven, sin olvidar el tono de reproche en su voz—. Un día creas el horcrux y, de repente, decides eliminarme.
—Amelia... —musitó él, pero ella lo interrumpió.
—Es una pena, Tom, que te hayas deshecho de la única persona a la que le has importado realmente.
Ambos se miraron fijamente, ella con una mezcla de tristeza y decepción, y él con algo parecido a la nostalgia. Era evidente que Tom quería decirle algo, pero no se atrevía. Lo más probable es que nunca se lo dijera.
—¡Amelia! —gritó alguien en la superficie de repente, provocando que la joven soltara un jadeo y mirara hacia arriba—¡Amelia!
—Lavinia —susurró Amelia sintiendo que su corazón daba un salto, reconociendo a la perfección la voz de su hermana pequeña. Nadie se asomaba al pozo, pero Lavinia tenía que estar muy cerca porque su voz se escuchaba claramente—. ¡Estoy aquí, Lavinia! ¡Subo en un momento!
Emocionada, Amelia bajó la mirada para encontrarse con la de Tom, pero éste la miraba alarmado.
—Es una trampa —aseveró.
—Es mi hermana —musitó, como si Tom no lo entendiera.
—Lo sé, pero él también está aquí.
La sonrisa de Amelia desapareció, comprendiendo perfectamente a lo que él se refería. Voldemort estaba a unos metros. ¿De qué otra forma estaría Lavinia ahí arriba? Por un efímero momento de alegría simplemente había pensado en su hermana, sin preocuparse del motivo por el que estaría ahí, llamándola.
Pero era obvio que Voldemort sabía que ella acababa de encontrar el horcrux. ¿Un hechizo detector, quizás? Ahora ya no importaba. Ella había planeado buscarlo, llamarlo con ayuda de la marca tenebrosa, pero él había decidido actuar primero.
—Bien —asintió ella, decidida—. Entonces es el momento de liberar a mi familia.
Tom se separó de ella y se inclinó, recogiendo del suelo la varita de Amelia y el horcrux.
—Esto no será sencillo —le dijo él seriamente, irguiéndose y entregándole los objetos—. No dejes que te tome desprevenida.
Amelia asintió y se los guardó en el bolsillo. Entonces se acercó más a Tom y lo abrazó. Él correspondió al abrazo con fuerza, casi como si fuera una despedida.
—Te quiero, Tom —susurró ella tras separarse. Nunca antes lo había dicho y creía que nunca más tendría la oportunidad de hacerlo. Después de pronunciar aquellas palabras, reparó en la chispa de sorpresa en los ojos del joven.
Lo miró una última vez antes de alejarse, sintiendo como su mano y la de Tom se separaban con lentitud.
Preparada para enfrentarse a Voldemort, Amelia se giró hacia la escalera y empezó a subir.
-o-
Tras asomar la cabeza por la abertura del pozo, Amelia pudo ver que frente a ella, al final del claro, estaba su hermana. Las separaban unos cuantos metros, pero podía verla bien. De pie, ansiosa y abrazándose a sí misma. Le pareció divisar una delgada cuerda de plata que la ataba al árbol que estaba justo detrás de ella.
—¡Amelia! —gritó la niña, emocionada. Sin embargo, en su voz había un atisbo de miedo.
—En un minuto estoy contigo, Lavinia —respondió Amelia, sintiendo como el corazón le latía a toda prisa.
La joven terminó de ascender y se apoyó con las manos en el borde del pozo para ayudarse a salir. Una vez fuera, observó a su alrededor, pero no había rastro de Voldemort. Consciente de que seguramente estaba muy cerca, vigilando sus movimientos, cerró la reja rápidamente y, al hacerlo, miró una vez más al fondo, pero Tom había desaparecido.
Sintiendo una extraña angustia, sacó su varita y empezó a correr hacia Lavinia. Estaba cada vez más cerca de recuperar a su hermana y la emoción se mezclaba con el miedo en su interior. No sabía lo que podía suceder a partir de aquel momento.
—¡Para, para! —le gritó Lavinia desesperada cuando a Amelia le faltaba muy poco para llegar hasta ella— ¡Es una trampa!
Amelia se detuvo en seco al ver aparecer una serpiente gigante. Había estado escondida detrás del árbol y ahora reptaba hacia ella, amenazante. Aterrada, la joven se quedó quieta, conteniendo la respiración. Entonces retrocedió a medida que el animal avanzaba hacia ella, dispuesto a atacarla.
Levantando la varita, Amelia lanzó el primer hechizo que se le ocurrió, pero éste no funcionó como esperaba. Sólo logró hacer enfadar aún más a la serpiente.
—¡Detrás de ti! —chilló Lavinia de repente, histérica.
Pero, casi al instante de proferir su advertencia, Lavinia desapareció.
Amelia se giró bruscamente, con la varita en alto. Sintió un escalofrío al ver a Voldemort aparecer por entre los árboles, acercándose lentamente hasta detenerse en medio del claro, dejando entre ellos una distancia considerable. Alto, delgado y con el rostro terriblemente similar al de una serpiente, la miró con más odio del que ella podía imaginar.
—Entrégame el collar —habló él, con la voz tan fría como un témpano de hielo— y te devolveré a tu hermana.
—Trae a mis padres y a mi hermana —replicó Amelia. La firmeza de sus palabras eran totalmente opuestas al terrible miedo que sentía—. Entonces te devolveré el horcrux.
La expresión de Voldemort se torció, molesto debido a que ella no había accedido. Entonces él lanzó un siseo prolongado y Amelia comprendió que estaba hablando en pársel, por que la serpiente empezó a deslizarse alrededor de la joven.
—Las condiciones han cambiado —dijo, amenazante—. Devuélveme el horcrux y te dejaré marchar.
—Lo destruiré si no liberas a mi familia —advirtió Amelia al mismo tiempo que aferraba con fuerza su varita para defenderse. Estaba aterrada, pero eso no impedía que estuviera preparada para lo que viniera.
—No tengo tiempo para juegos —soltó él con desprecio. Y, acto seguido, lanzó un nuevo siseo, ordenando algo a la serpiente.
El reptil obedeció de inmediato y se lanzó contra Amelia, hundiendo sus colmillos en su costado, provocando que ella profiriera un terrible grito de dolor. Entonces, reuniendo todas las fuerzas que tenía, apuntó su varita contra su atacante.
—¡Depulso! —gritó.
La enorme serpiente salió volando hacia atrás, retorciéndose en el aire. Amelia aprovechó aquella distracción para correr hacia el bosque y alejarse de aquel sitio.
Los hechizos pasaban por su lado, estrellándose contra los árboles, mientras ella corría en zigzag. Cada pocos segundos, ella lanzaba algún maleficio por encima de su hombro, sin detenerse. Sangrando, jadeando y con el pánico a punto de jugarle una mala pasada, lo único que quería Amelia era un sitio donde desaparecerse.
Divisó un árbol con el tronco más grueso que los demás, suficiente como para ocultarla. Defendiéndose con encantamientos escudo y lanzando contrahechizos, Amelia estaba a punto de llegar al sitio que creía su salvación. Pero de repente, algo la golpeó, lanzándola a varios metros de distancia, para después impactar con fuerza contra el árbol que había elegido para esconderse.
Con un fuerte quejido de dolor, Amelia cayó estrepitosamente al suelo del bosque. Respirando con dificultad y sujetando su varita como si la vida se le fuera en ello, trató de enderezarse, lo suficiente como para bordear el árbol a rastras. Pero observó que Voldemort volvía a aparecer en su campo de visión, mucho más amenazante y aterrador que hacía unos minutos.
—¡Crucio!
Había olvidado lo que significaba ser víctima que aquella maldición. Amelia se retorció en el suelo, gritando, mientras sentía una agonía tan terrible que por un momento deseó estar muerta.
Entonces todo se detuvo.
—Te lo advierto, aléjate de ella —oyó que amenazaba alguien. Esa voz parecía muy lejana y en un primer momento no la reconoció.
—No seas ridículo —se burló Voldemort. Su voz también parecía venir de lejos—. Apártate.
Adolorida, tirada de bruces y dándose cuenta de que había perdido la varita, Amelia abrió los ojos un poco para ver lo que sucedía. Delante de ella estaba una figura, de pie, dándole la espalda y enfrentando a Voldemort, que estaba a escasos metros de distancia. La escena se veía algo borrosa, por lo que la joven cerró los ojos con fuerza y volvió a abrirlos.
La figura se retiró a un lado y Amelia se temió lo peor. Vio a Voldemort sonreír triunfal mientras levantaba la varita, apuntándola hacia ella. Pero también vio que la otra persona se inclinaba y recogía algo del suelo. Una varita. Y, en aquel instante, la joven pudo ver su rostro de perfil.
Era Tom.
Sorprendida, contuvo la respiración. Tom volvió a su posición original y se plantó de nuevo delante de ella, apuntando a Voldemort con la varita de Amelia. Pudo ver la turbación en el rostro del mago tenebroso. Pero eso solo duró un segundo porque luego él lanzó una carcajada fría y antinatural.
—¿Te das cuenta de lo que estás haciendo? —inquirió— Estás traicionando lo que eres, defendiéndola.
—No permitiré que la mates —soltó Tom con odio.
—¿Y qué piensas hacer? —siguió él, burlón. A pesar de ello, se podía percibir su ira. Sus ojos rojos de pupilas verticales se clavaron en Amelia, sobresaltándola— ¿No ves que hagas lo que hagas, ella ya está condenada?
Tom giró la cabeza para verla y sus ojos se encontraron con los de ella. Fue solo un segundo, pero bastó para que Amelia viera la preocupación reflejada en su mirada. Entonces su expresión cambió, tornándose decidida. Notó que él levantaba la vista hacia algo detrás de ella y luego volvía a fijarla en su rostro. Amelia comprendió lo que quería decirle. Él la miró intensamente al mismo tiempo que ella asentía casi imperceptiblemente.
—¿Lo ves? —siseó Voldemort, disfrutando del momento, sin darse cuenta de lo que acababa de suceder—. Le queda muy poco. Sabes tan bien como yo que no sobrevivirá.
El primer rayo la tomó desprevenida. Era Tom quien había atacado primero, dándole a Amelia la oportunidad de escapar, manteniendo a Voldemort ocupado.
La joven trató de levantarse para alejarse del lugar del duelo, pero el dolor era insoportable. Decidida a sobrevivir, la joven hizo acopio de las pocas fuerzas que le quedaban para intentar apoyarse con las manos y enderezarse un poco. Con dificultad, logró ponerse de rodillas al mismo tiempo que un hechizo perdido pasaba rozándola. A gatas, se movió por el terreno irregular hasta bordear el árbol y sentarse, apoyando la espalda en el tronco. Soltó un quejido mientras se llevaba la mano al costado derecho, el sitio donde la serpiente la había mordido. Estaba perdiendo mucha sangre.
Tom y Voldemort seguían luchando salvajemente cerca de ella, enfrentándose en una escena que Amelia jamás creyó que sucedería. Se asomó rápidamente para ver lo que pasaba antes de presionarse la herida con fuerza, apretando los dientes por el dolor. Con la otra mano tanteó su túnica, en la zona de los bolsillos, queriendo asegurarse que el collar que había guardado seguía ahí. Pero el corazón le dio un vuelco al comprobar que no había rastro de él.
Maldiciendo entre dientes, se asomó de nuevo, suponiendo que el horcrux se había caído de su bolsillo mientras Voldemort la atacaba y torturaba. Lo buscó con la mirada desesperadamente pero no pudo dar con él. Imaginó que se había quedado tirado en el suelo, escondido entre unas raíces. No podía volver a buscarlo.
Amelia cortó una tira de su túnica para vendarse fuertemente el torso y tratar de detener la hemorragia. Habían transcurrido muy pocos minutos desde el inicio del duelo entre Tom y Voldemort. Amelia se preguntó cuánto podía durar aquello, teniendo en cuenta que ninguno de los dos podía ser derrotado. Pensó en si tenía tiempo suficiente para alejarse del lugar lo necesario. ¿Cuánta distancia habría hasta el poblado más cercano? Su varita la tenía Tom, por lo que no podía desaparecerse. ¿Sería capaz de caminar varios kilómetros sin desangrarse en el intento?
Decidida a intentarlo, se puso de pie con dificultad y, echando un último vistazo hacia atrás, empezó a caminar. Le dolía todo el cuerpo, pero se obligó a seguir andando. No era capaz de correr y sus esperanzas de salir con vida de aquella situación se desvanecían. De repente, un sonido muy fuerte, similar a un rugido, la sobresaltó. Instintivamente se detuvo, ocultándose detrás de un árbol, para después asomarse y observar lo que sucedía.
Se quedó de piedra al ver una lengua de fuego con forma de serpiente salir de la varita de Voldemort y dirigirse hacia Tom con rapidez. Él trató de detenerla con un contrahechizo, pero la serpiente giró bruscamente y abrió la boca, lanzándose hacia el suelo, como si estuviera atrapando a una presa.
Fue el grito de dolor de Tom lo que le indicó lo que estaba sucediendo. Comprendió que Voldemort había conjurado un Fiendfyre, un fuego maldito. Se dio cuenta de que a él ya no le importaba mantener a salvo su propio horcrux, que prefería destruirlo en vista de que se había vuelto en su contra.
El efecto fue inmediato. A medida que la serpiente de fuego destruía el horcrux, Tom se retorcía de dolor frente a sus ojos, gritando desgarradoramente.
Amelia sintió una horrible angustia en aquel momento. Se giró y se quedó quieta, cerrando los ojos con fuerza. Entonces, todo terminó. El silencio se apoderó del ambiente y ella abrió los ojos, pero contuvo la respiración. No quería que Voldemort o su serpiente se dieran cuenta de que ella seguía ahí. Temía que la delataran los fuertes latidos de su corazón.
Escuchó unos pasos lentos y pausados. Supuso que el mago estaba revisando la zona aledaña, buscándola.
«Gracias por intentar ayudarme, Tom —pensó Amelia, preparada para lo que viniera y al mismo tiempo aterrada ante aquella perspectiva tan trágica—. Pero ya no hay nada que hacer».
Y de nuevo el silencio.
Sin atreverse a mover ni un músculo, Amelia esperó durante algunos segundos que se le hicieron eternos, pero nadie apareció frente a ella amenazándola con la varita. ¿En verdad Voldemort se había marchado creyendo que ella había logrado huir? ¿Le estaba dando acaso una falsa sensación de seguridad para atacar repentinamente y sin previo aviso? ¿Era todo una trampa?
Amelia, sin fiarse demasiado del repentino cambio en el ambiente, movió la cabeza hacia un lado, asomándose ligeramente. El sitio donde Tom y Voldemort habían estado luchando estaba vacío. Parecía como si nada hubiera pasado. Era como si ninguno de los dos hubiese estado ahí jamás.
La joven se asomó por el otro costado, alerta ante cualquier posible movimiento. Pero, aparentemente, estaba sola. Se preguntó si tenía sentido regresar sobre sus pasos y recoger su varita. Evidentemente, era mejor plan que caminar sin rumbo por el bosque, sangrando y arriesgándose a desplomarse en cualquier momento.
Reanudando la marcha, Amelia se dio la vuelta y empezó a caminar lentamente, mirando con atención hacia todos los lados, como si esperara que Voldemort o su serpiente aparecieran de repente para atacarla. Terriblemente adolorida y cada vez más débil, la joven alcanzó el sitio de la batalla. Paseó la mirada por el suelo, buscando su varita y lo que halló primero fue su collar.
Se acercó hasta él y se arrodilló para recogerlo. Estaba destrozado y no era ni la sombra de lo que alguna vez había sido. Nada más tocarlo, se rompió en pedazos más pequeños. Lo observó durante un momento si saber a ciencia cierta qué era lo que sentía.
—¡Amelia! —gritó una voz masculina a lo lejos, sacándola de sus cavilaciones y sobresaltándola.
Extrañada, vio como Wayne corría hacia ella. Tenía grabado en el rostro un profundo alivio. Se arrodilló a su lado y la abrazó, pero la soltó rápidamente al darse cuenta de que Amelia había soltado un quejido de dolor. La miró con preocupación y entonces sus ojos se toparon con la túnica ensangrentada. Antes de que dijera nada, Amelia se adelantó.
—¿Qué haces aquí, Wayne? —inquirió— Te dije que te quedaras en la casa hasta que volviera.
Wayne frunció el ceño.
—Si creías que iba a quedarme sentado mientras tú te enfrentabas al peligro, estabas muy equivocada —replicó—. Además, me parece que puedo serte de ayuda. ¿Quién sino te llevará a San Mungo?
—No hace falta ir a San Mungo —protestó Amelia—. Tengo algunas pociones curativas en mi habitación. Seguro que alguna sirve para mordeduras de serpiente.
—Me quedaría mucho más tranquilo si un sanador te revisara —insistió Wayne, alarmado aún más si cabía ante la mención de una serpiente.
Una fuerte punzada en la herida hizo que Amelia se doblara sobre sí misma cerrando los ojos de dolor y profiriendo una maldición entre dientes. Sintió las manos de su amigo posarse en sus hombros.
—Amelia —escuchó que le decía. Podía notar la preocupación en su voz—. Me parece que no estás bien. Hazme caso, vayamos a San Mungo.
—De acuerdo —musitó ella—. Busca mi varita, por favor, tiene que estar por aquí.
Las punzadas se estaban volviendo más seguidas, provocando que Amelia empezara a sentirse mareada. Escuchó que Wayne utilizaba un encantamiento convocador para llamar a su varita.
—Ya la tengo, Amelia —le informó—. La estoy guardando junto a la mía. Ahora vayámonos. ¿Puedes tenerte en pie?
Amelia asintió y, ayudada por Wayne, empezó a levantarse. Su amigo la sujetó con fuerza mientras se desaparecían.
-o-
La llegada a San Mungo fue caótica. Tras aparecerse en la calle frente a unos grandes almacenes abandonados de aspecto destartalado, Wayne le dijo a uno de los maniquís del sucio escaparate el motivo de la visita. Éste se movió, permitiendo que los jóvenes entraran atravesando el cristal.
Dentro, la sala de espera estaba llena y Wayne tuvo que pedir a gritos que ayudaran a Amelia. A partir de aquel momento, todo se volvió confuso para ella. Vio que alguien que parecía ser un sanador hacía aparecer una camilla flotante y luego sintió que la obligaban a recostarse ahí. Pudo oír que alguien le decía a Wayne que se quedara en la sala y que más tarde le darían alguna información sobre ella.
Sintiendo que todo giraba a su alrededor, Amelia decidió cerrar los ojos mientras la transportaban en la camilla. Las voces y sonidos se hicieron cada vez más lejanos a medida que desaparecían.
Cuando volvió a abrir los ojos, descubrió que se encontraba dentro de una habitación luminosa, recostada sobre una cama rodeada por biombos. Ya había despertado en aquel sitio una vez, en el pasado. ¿Sería incluso la misma habitación o eran todas iguales?
Estaba sola y se preguntaba cuánto tiempo había estado dormida. Amelia respiró profundamente y comprobó que a pesar de que el dolor parecía haber remitido un poco, seguía sintiéndose como si le hubieran dado una paliza. No tuvo ganas de pensar en lo que había sucedido. Se limitó a mirar fijamente a un punto del techo, distrayéndose con la línea anaranjada que se colaba por la ventana. Claramente era el atardecer. No supo el tiempo que permaneció así, pero el leve sonido de unos pasos la alertaron. Observó al biombo y dentro de un par de segundos entró en el cubículo una mujer de mediana edad, vestida con una túnica de color verde lima.
—¡Oh, ya estás despierta! —exclamó la sanadora, regalándole una sonrisa— ¿Cómo te sientes?
—Un poco mejor —respondió Amelia. Entonces esbozó una leve sonrisa, aliviada—. No fue tan grave, ¿cierto?
La sonrisa de la sanadora vaciló un poco y Amelia se dio cuenta de que no todo estaba bien.
—Los vendajes evitan que sangres, pero las heridas siguen abiertas —le explicó—. El veneno impide que se cierren. Mientras buscamos el antídoto, recibirás cada hora una poción de reabastecimiento de sangre.
—Entiendo —musitó Amelia, preocupada e intranquila de repente—. ¿Puedo ver a Wayne? Es el amigo que me trajo aquí.
—Claro, le diré que puede subir —asintió la sanadora. Luego se acercó un poco más hacia ella y bajó la voz—. Pero antes, hay algo que debes saber. Cuando te registramos, nos dimos cuenta de que tu nombre está en la lista de personas buscadas por el Ministerio.
—¿Cómo? —se extrañó.
—Hijos de muggles que han huido de la ley —susurró. Amelia se alarmó, pero la sanadora puso una mano en su hombro—. Tranquila, nadie piensa delatarte. No eres la única de esa lista que ha pasado por aquí. El problema es que los carroñeros hacen redadas imprevistas. Aparecen de repente por el hospital en busca de algún fugitivo que estuviera escondiéndose en el edificio.
—Eso quiere decir que no puedo quedarme mucho tiempo aquí —dijo la joven.
La sanadora negó con la cabeza, apenada. Le apretó el hombro con suavidad, como dándole apoyo, y le sonrió, para después salir de la habitación. Unos minutos más tarde fue Wayne quien entró, acercándose hasta ella para besarle la frente con afecto. Entonces se sentó en el sillón que estaba al lado de la cama de la joven y se inclinó hacia adelante, extendiendo su mano para posarla sobre la de Amelia.
—¿Cómo estás? —quiso saber.
—Me siento mejor —respondió ella—, pero la sanadora me dijo que el veneno mantiene abiertas las heridas.
—Me lo dijo a mí también —le contó él, mirándola con preocupación.
—Estoy segura que hay una solución —musitó Amelia—. Necesito que me lleves con Morgana.
—¿De nuevo? —inquirió Wayne levantando las cejas, algo irritado—. Fuiste hoy a verla y terminaste herida en medio del bosque. No sé qué es lo que te dijo para que te fueras corriendo a por el horcrux de repente, pero entenderás que...
—No hablé con ella hoy. No estaba ahí, sino su aprendiz —lo interrumpió Amelia—. Que además es una amiga del pasado. Pero Morgana ya me curó una herida maldita hace un tiempo. Por eso sé que ella puede darme un antídoto. Además —bajó la voz un poco—, no podemos quedarnos mucho tiempo aquí. No sabemos en qué momento pueden hacer una redada.
—De acuerdo, pero iremos mañana —accedió él—. Debes descansar y recuperar fuerzas. Otra desaparición tan pronto podría empeorar tu situación.
—Está bien —susurró Amelia. Cerró los ojos y se acomodó mejor. Una leve punzada le dio en el costado, donde tenía la herida.
—Por cierto —escuchó que le decía Wayne. Ella abrió los ojos y volvió a girar la cabeza para mirarlo—, no se permite que los familiares y amigos se queden en el hospital durante la noche, pero han hecho una excepción con nosotros debido a nuestro problema con el Ministerio y voy a quedarme a dormir aquí —le informó el joven—. De modo que no tienes de qué preocuparte, estaré alerta ante cualquier posible intrusión.
—¿Y qué pasa con tu tío? —preguntó Amelia— ¿Sabe que estamos aquí?
—Le envié un mensaje explicándole la situación —respondió él—. Está muy enfadado, pero también preocupado.
—Me imagino —comentó ella en voz baja.
Estuvieron unos pocos segundos en silencio antes de que Wayne hiciera la pregunta que ella sabía llegaría tarde o temprano.
—Amelia —empezó el joven, mirándola con curiosidad—, ¿me contarás lo que sucedió hoy?
La joven lo miró durante un momento antes de asentir. No podía contarle todo, pero sí la gran mayoría. No era una buena idea hablarle de Tom. ¿Cómo lo explicaría? De modo que le contó lo que ocurrió desde el encuentro con los carroñeros, pasando por la conversación con Isobel, hasta su llegada al bosque. A partir de ese punto, Amelia condensó drásticamente la información. Relató que halló el horcrux, que se encontró con su hermana al salir del pozo, descubriendo que la enorme serpiente estaba esperándola. Le habló sobre la repentina aparición de Voldemort. Le contó cómo la atacó y torturó. Omitió la intervención de Tom y simplemente dijo que el mago tenebroso, en un intento por matarla, destruyó el horcrux accidentalmente.
—¿Y qué pasa con tu familia ahora? —preguntó Wayne cuando Amelia terminó de contarle lo que había pasado.
—No lo sé —susurró ella sintiendo cómo las esperanzas de encontrar a su familia iban disminuyendo.
—Los encontraremos, Amelia —le prometió él, apretándole la mano.
Ella simplemente asintió.
Unas cuantas horas más tarde, Amelia estaba profundamente dormida. La sanadora le había dado una poción que la había dejado somnolienta en seguida, por lo que no había tardado nada en acomodarse mejor y cerrar los ojos.
Mientras tanto, Wayne no se había separado de ella ni un minuto. Estaba sentado al lado de la cama, con la varita en las manos, preparado por si algún carroñero decidía aparecer.
Fue casi a medianoche cuando la sanadora entró rápida y silenciosamente a la habitación. Wayne se levantó de un salto al ver que alguien aparecía, pero se relajó al reconocer a la mujer.
—Están aquí —susurró ella, nerviosa—. Creo que alguien les avisó. No hay tiempo que perder —entonces se acercó al pequeño armario y empezó a sacar las cosas de Amelia—. Deben marcharse.
—Despierta, Amelia —musitó él, tocándole el rostro—. Despierta.
La joven abrió los ojos y miró a su alrededor, desorientada. Pero, tras parpadear un par de veces y mirarlos a ambos, pareció comprender la situación, porque antes de que le dijeran algo, ella se incorporó bruscamente y trató de bajar de la cama.
—Con cuidado —la previno él, preocupado, pero Amelia lo ignoró.
—¿En qué parte del hospital están? —preguntó al mismo tiempo que empezaba a desatarse la bata para cambiarse.
Wayne se dio la vuelta rápidamente y murmuró que iría a vigilar el pasillo.
—Acaban de entrar en el hospital. Estarán ahí un rato mientras le exigen a la pobre Gwen, la recepcionista, que les muestre la lista de pacientes —le respondió la sanadora, ayudándola a vestirse—. Nosotros estamos en la primera planta.
—De acuerdo —susurró Amelia abrochándose la túnica. Luego miró a su alrededor—. ¿Dónde está mi varita?
—La tengo yo —dijo Wayne volviendo a entrar en el cubículo y entregándosela a la joven—. Vamos, el pasillo está desierto.
En silencio, los tres salieron y se encaminaron hacia las escaleras. La sanadora fue quien primero bajó. Al llegar al piso inferior les hizo una señal para que se detuvieran mientras ella se asomaba. Se oían voces lejanas, pero la mujer volvió a hacerles una señal y todos continuaron.
El sonido de unos pasos fuertes se iba haciendo más cercano, por lo que la sanadora les instó a entrar en una de las primeras habitaciones de la planta baja. Se encerraron ahí mientras aguzaban el oído. Oyeron a los pasos alejarse escaleras arriba. Podían deducir de que se trataba de al menos cinco personas.
—Vamos —susurró la sanadora.
Salieron de la habitación y se encaminaron por un pasillo en dirección a las puertas dobles que llevaban a la recepción. Caminaron de prisa pero sin hacer ruido. Pronto los carroñeros se darían cuenta de la huida, por lo que debían apresurarse.
Se detuvieron al llegar al final del pasillo. La sanadora se asomó, abriendo un poco las puertas.
—De acuerdo. Sólo están la recepcionista y una sanadora en prácticas. Las distraeré y entonces ustedes se irán por la puerta, ¿entendido? —susurró, girando la cabeza hacia Amelia y Wayne que asintieron. Entonces le entregó una pequeña caja a la joven—. Son varias pociones de reabastecimiento de sangre. Lamento no poder ayudarte más.
—Gracias —susurró ella tomando la caja.
La mujer sonrió y se marchó hacia sus compañeras.
—¿Están bien? —escucharon que preguntaba.
—¡Oh, Amy! —exclamó quien creyeron que era Gwen, la recepcionista— ¡Es horrible ver a esos energúmenos otra vez!
—Detesto cuando aparecen —protestó otra voz, mucho más aguda.
—Vamos a tomar un té —propuso la sanadora—. Nos hará sentir mucho mejor.
—Sí, sí. Es una buena idea —aceptó Gwen—. ¿Vienes, Florence?
Amelia se asomó y vio cómo las tres mujeres cruzaban la puerta que estaba detrás del mostrador de recepción. Entonces se giró hacia Wayne.
—Ahora —le informó.
Salieron de su escondite y se encaminaron hacia la puerta principal. En el momento en que la abrían, fueron conscientes del ruido que hacían unos apresurados pasos acercándose cada vez más por el pasillo detrás de las puertas dobles. No hacía falta preguntar para saber que se trataba de los carroñeros.
Amelia y Wayne salieron de San Mungo a toda prisa y se desaparecieron.
En un abrir y cerrar de ojos estaban frente a la tienda de Morgana. Respirando agitadamente, Amelia golpeó la puerta repetidas veces hasta que la luz de un candil iluminó el interior. Isobel, al reconocerla a través del cristal, se apresuró en abrir la puerta y dejarlos entrar.
—Vamos, a la sala de atrás —habló Isobel, echando el cerrojo a la puerta de nuevo.
—¿Cómo te sientes, Amelia? —le preguntó Wayne, preocupado, mientras ella se sentaba y dejaba la caja con las pociones sobre la mesa.
Ella no respondió. Se limitó a cerrar los ojos y a bajar la cabeza. Durante el tiempo que había durado la huida, Amelia no había sentido dolor. Sabía que eso se debía a la adrenalina. Sin embargo, ahora que estaba tranquilizándose, podía sentir de nuevo esas horribles punzadas en su costado, recordándole que seguramente estaba sangrando.
Oyó a Wayne explicarle rápidamente la situación a Isobel. Sus voces sonaban demasiado lejanas y ella volvía a sentirse como cuando llegó a San Mungo.
De repente, Amelia empezó a inclinarse hacia un lado, completamente inconsciente. Wayne se percató de ello y la sujetó de inmediato.
—Cógela en brazos y sígueme —ordenó Isobel—. La llevaremos con Morgana.
N/A: Lo sé, dije que haría lo posible por publicar este capítulo antes, pero lamentablemente no pude hacerlo. Agosto fue un mes complicado para escribir.
Ahora bien, quiero contaros una cosa. El primer borrador de la historia está escrito en un cuaderno. Poco a poco, he estado copiando a Word todos los capítulos. A cada transcripción, las cosas van variando. Borro algunos detalles, voy agregando nuevas escenas. Esa es la razón por la que, en los últimos capítulos, he estado alargando más las cosas. Iba a publicar éste capítulo completo, pero era demasiado largo. Y ese es el motivo por el que éste, que iba a ser el último, se transforme en el penúltimo. Es gracioso, lo sé, porque llevo un tiempo con lo de "¡Ésta historia se acaba con el siguiente capítulo!" y nada. Parece que me voy sacando de la manga más capítulos. Pero estoy segura de que agradeceréis que la historia se alargue un poco más. Eso sí, ya que el siguiente capítulo ya está escrito, la espera no será larga. Esta vez, esperaréis muchísimo menos.
Gracias por seguir pendientes de esta historia. Significa mucho para mí.
Victoria.
