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Capítulo XVII
En el castillo
.
Nos encontramos en el límite
Ellos quieren destrozarnos
Quieren que caigamos
Porque el poder está en juego
Moment of silence – Ovidiu Anton
.
—Vete a casa, muchacho. Mirándola no harás que mejore.
Wayne levantó la cabeza para mirar a la mujer que había hablado tras entrar en la habitación. Era Morgana.
—Quiero quedarme con ella —insistió. Entonces volvió a posar su mirada sobre Amelia. Estaba acostada y aún no había despertado desde que habían llegado a esa casa un par de horas atrás. Habían usado un traslador para viajar hasta esa aldea mágica de Gales desde la tienda del Callejón Knockturn.
Morgana no dijo nada durante un momento, solo se limitó a mirar fijamente al joven, casi como si estuviera usando la Legeremancia con él.
—De acuerdo —accedió al final—. Pero ahora sal, debo aplicarle una cataplasma. Quiero ver si funciona para neutralizar el veneno.
Wayne se levantó y miró una vez más a Amelia antes de salir de la habitación. Morgana descubrió la herida de la joven y suspiró, negando con la cabeza ligeramente.
—Llegaste a tiempo, querida —musitó a medida que iba extendiendo la pasta de color verde oscuro, cubriendo las heridas—. Llegaste justo a tiempo.
Cinco minutos más tarde, Morgana dejó que Wayne regresara y después ella misma se marchó a su propia habitación. El joven se acomodó en el antiguo sillón orejero al lado de Amelia, pendiente por si se producía algún cambio en su estado. Fue una noche angustiosa, porque la muchacha tuvo pesadillas que hicieron que se removiera, inquieta, al mismo tiempo que hablaba en sueños. Wayne no comprendió mucho de lo que ella había dicho, pero trató de tranquilizarla. Ella despertó, desorientada, y sin entender en un inicio lo que estaba sucediendo. Al instante volvió a dormirse, para luego repetirse la misma escena unas horas después.
Fue a la mañana siguiente que Amelia despertó con un inusual peso en su abdomen. Extrañada, abrió los ojos y no pudo evitar sonreír ampliamente ante el precioso gato de largo pelaje negro que estaba recostado sobre ella. La miraba fijamente con sus grandes ojos verdes.
—¿Y tú quién eres? —le susurró dulcemente, levantando la mano y acariciándole la cabeza—. Eres una preciosidad.
Amelia observó a su alrededor rápidamente, pero nadie más estaba en la habitación. Observó que la puerta estaba entreabierta, por lo que dedujo que el gato se había colado por ella. Decidida a disfrutar de aquella inesperada compañía, siguió acariciando al felino logrando que éste empezara a ronronear.
No supo el tiempo que transcurrió, solo sabía que era una sensación tan relajante y única que no quería que terminara. En ese momento, pudo oír que unos pasos lentos se acercaban al cuarto y pocos segundos después fue Morgana quien entró. Se veía mucho más mayor a como la recordaba y no era para menos. Habían transcurrido cincuenta años.
—Veo que ya conoces a Merlín —dijo ella, señalando al gato—. Lleva con nosotras muchos años.
—De modo que te llamas Merlín —musitó Amelia al minino. Éste respondió con un suave y corto maullido. La joven le sonrió con ternura—. Siempre me han gustado los gatos. Creo que adoptaré uno cuando termine todo esto.
—Es el compañero ideal de una bruja —comentó Morgana, acercándose. Amelia reparó en que tenía en las manos un mortero que parecía ser de piedra. La mujer lo dejó sobre la mesita de noche—. Debo aplicártelo ahora.
—De acuerdo —dijo ella, tratando de coger con suavidad a Merlín para bajarlo. Él comprendió en seguida la situación porque se retiró, dirigiéndose de un salto al sillón.
—Tu amigo me contó todo lo que te sucedió —le informó la bruja al mismo tiempo que quitaba el edredón y descubría las heridas de la joven—. Tuvo que irse temprano porque recibió un mensaje de su tío, pero dijo que regresaría pronto. Estuvo acompañándote toda la noche.
Amelia asintió. Se dio cuenta de que le agradaba saber que Wayne estaba pendiente de ella.
—¿Las heridas tienen mejor aspecto? —quiso saber mientras Morgana le aplicaba la cataplasma.
—En realidad sí —respondió ella—, espero que eso signifique que esto funciona y que estamos eliminando el veneno poco a poco. Aún así, es muy pronto para asegurar algo. Debemos ver lo que sucede hoy. Mientras tanto, estoy trabajando en la búsqueda de un antídoto.
Amelia suspiró y asintió quedamente. No podía evitar sentirse intranquila, pero confiaba en las habilidades de aquellas brujas, por lo que eso hacía que tuviera esperanzas de una pronta recuperación.
—¿Y qué hay de mi familia? —preguntó la joven, preocupada— ¿Hay algo en la bola de cristal?
—Siguen con vida —respondió la mujer sin mirarla mientras vendaba las heridas—, pero no puedo decirte más. Hay cosas que no se dejan ver. Aún así, nosotras trataremos de hallar a tu familia por nuestros medios. Mi madre no pierde de vista la bola de cristal, de modo que sabremos cualquier cambio que se produzca.
—Me preocupa que él les haga algo —comentó Amelia sombríamente—. En vista de lo que sucedió en el bosque.
—¿Te preocupa que ya no le sean útiles creyendo que ya estás muerta? —inquirió Morgana mirándola de soslayo.
—Él mismo dijo que no sobreviviría —respondió ella—. Creo que por eso no se tomó la molestia de buscarme mejor al final, antes de marcharse.
—Eso es cierto —asintió la mujer—. Estaba seguro que una mordida de su serpiente bastaría para matarte. Al fin y al cabo, estabas sola y tu varita estaba a metros de distancia. Era imposible que salieras de ahí sin ayuda.
—No contaba con que Wayne iría a buscarme.
—Así es —dijo. Entonces la miró fijamente—. Me atrevería a decir que él esperará un poco antes de actuar. Imagino que piensa que hay una remota posibilidad de que hubieses logrado sobrevivir. En ese caso, sabe que continuarás buscando los horcruxes y, por lo tanto, él tiene a tu familia para chantajearte.
—Aún así me preocupa demasiado esta situación —insistió Amelia. Sentía un nudo en el estómago.
—Lo sé, pero no hay nada más que puedas hacer.
—¿Y si busco algún otro horcrux? —propuso ella, desesperada.
—Tu misión ha terminado con el collar —aseveró Morgana mirándola seriamente—. Deja el resto para El Elegido.
—Pero...
—Hazme caso, muchacha —soltó la bruja con severidad—. Sé bien lo que te digo.
—De acuerdo —asintió la joven. Se sentía algo contrariada, pero la experiencia le decía que más le valía hacer caso de las palabras de Morgana—. Por cierto, ¿Isobel está aquí?
—Regresó a la tienda, pero vendrá por la noche —respondió la bruja acomodando el edredón sobre Amelia—. Esto ya está. Te lo volveré a aplicar mañana. Mientras tanto, lo mejor que puedes hacer hoy es descansar.
En ese momento, alguien llamó a la puerta de la casa. El sonido sonó amortiguado y lejano, pero reconocible.
—Seguramente es tu amigo —comentó Morgana—. ¿Quieres que suba?
Amelia asintió. La mujer le sonrió tenuemente y se encaminó hacia la salida de la habitación. Merlín, el gato, bajó del sillón y se fue trotando con la cola en alto detrás de Morgana. Pocos minutos más tarde, Wayne entró. Al ver a la joven, su mirada se iluminó.
—Amelia —saludó con una sonrisa—. ¿Cómo estás?
—La verdad es que me siento mejor, Wayne —respondió ella devolviéndole la sonrisa— ¿Cómo te fue con tu tío?
Wayne se encogió de hombros y se dirigió hasta el sillón para sentarse. Tenía en las manos un par de libros.
—Me interrogó exhaustivamente y tuve que contarle toda la verdad.
Amelia se alarmó. Se removió, inquieta, pero Wayne puso una mano en su brazo de manera tranquilizadora.
—Descuida, no se lo contará a nadie.
—Pero, cuando dices toda la verdad —insistió ella—, te refieres a...
—A los horcruxes y a tu viaje en el tiempo —dijo serenamente—. Y a lo de tu familia y lo que sucedió en el bosque.
—¿Y qué te dijo? —quiso saber, preocupada.
—Al principio no se lo creyó, pero luego bromeó diciendo que organizaría una reunión para que te reencuentres con mis abuelos —comentó con una gran sonrisa, logrando que Amelia soltara una débil carcajada, relajándose de inmediato—. Como te dije, no hay nada de qué preocuparse.
—Está bien —musitó la joven—. Pero, ¿qué hay de la Orden? Les parecerá extraña nuestra ausencia y empezarán a hacerse preguntas.
—Eso está casi solucionado —respondió Wayne con una expresión triunfal— ¿Recuerdas que te hirieron en la última misión?
—Sí, pero no fue nada grave. Y de eso ya pasó algo más de una semana.
—Lo sé, pero podemos decir que esa herida empezó a darte problemas ahora —siguió él—. Es la verdad, pero cambiando y omitiendo algunos detalles.
—De modo que diremos que estoy recuperándome.
—Y que yo estoy acompañándote —completó Wayne—. Sin embargo, me parece que no es buena idea que mencionemos el Callejón Knockturn. Sé que te están ayudando, pero no creo que los demás lo vean con buenos ojos. Es una tontería, lo sé, pero sabes la opinión que tienen sobre la gente que frecuenta ese sitio.
—Es verdad —asintió ella, sintiéndose algo incómoda de repente. Se dio cuenta que si los demás supieran toda la verdad, incluyendo sus acercamientos a la magia oscura y lo que había sucedido con Tom, probablemente no quisieran tenerla cerca.
—De hecho, ni siquiera se lo dije a mi tío —continuó el joven—. Solo le conté que estás en casa de una bruja que conoces desde hace años y que tiene los conocimientos necesarios para curarte.
—Me parece bien —asintió Amelia, mirando con agradecimiento a su amigo. Entonces fijó su mirada en los volúmenes que él había traído consigo—. ¿Y esos libros?
—Me pareció que mientras te estuvieras recuperando, podríamos seguir aprendiendo la teoría de nuevos hechizos —sugirió, entusiasmado—. Así, cuando estés mejor, los pondríamos en práctica.
—Me parece una excelente idea —respondió Amelia, sonriendo—. Me aburriré mucho si no hago algo.
De modo que durante todo el día, los dos estuvieron leyendo y comentando lo que iban aprendiendo de los libros. Hablar de hechizos y maleficios fue un soplo de aire fresco que logró que Amelia dejara de pensar en lo que le preocupaba.
Cuando llegó la hora de dormir, y tras una visita de Isobel, Morgana hizo aparecer otra cama en la habitación para que Wayne descansara y no estuviera incómodo en el sillón. El joven dijo que no le importaba dormir sentado, pero la bruja insistió.
—¿En qué piensas? —preguntó él de repente en voz baja.
Ya se habían dado las buenas noches media hora atrás y se suponía que ya debían estar dormidos, pero Amelia no era capaz de conciliar el sueño y por lo visto su amigo tampoco.
—En nada en especial —respondió ella girando la cabeza para mirarlo. La luz que se colaba por entre las cortinas le daba en el rostro y le hacía brillar los ojos.
—Estás preocupada por todo este asunto del antídoto, ¿cierto? —dedujo él, mirándola de manera comprensiva.
Ella desvió la mirada y la fijó de nuevo en el techo.
—Sí —susurró al fin tras un corto silencio.
Si bien era cierto que le preocupaba aquello, la verdad era que había otra razón que le impedía dormir. No dejaba de pensar en Tom. Recordaba una y otra vez su último encuentro y no podía evitar sentirse extraña al pensar en que realmente no volvería a verlo nunca más. Aquella certeza le pesaba tanto que hasta le costaba respirar.
—Todo se solucionará. Ya lo verás —le aseguró Wayne.
Amelia simplemente asintió.
Los días se convirtieron en semanas y Amelia estaba perdiendo las esperanzas. La cataplasma resultó ser simplemente una solución temporal. Al día siguiente de aplicarla, las heridas volvieron a sangrar como al principio. De modo que Morgana se limitó cambiar los vendajes tres veces al día y a hacer que la joven se tomara su dosis de poción reabastecedora de sangre cada hora. Mientras tanto, la bruja trabajaba día y noche en la búsqueda de un antídoto. Wayne, por su parte, no se separaba de Amelia ni un segundo, haciendo todo lo posible por infundirle ánimo constantemente. Ella tenía que admitir que valoraba mucho que él estuviera a su lado, pero también tenía que ser consciente de que él no podía ni debía estar ahí, que tenía otras obligaciones afuera y que probablemente se estaba sacrificando demasiado por ella.
—Creo que deberías regresar con la Orden —le dijo Amelia a Wayne de repente. Él la miró sin comprender a lo que se refería. Como todas las mañanas, estaban sentados sobre la hierba del jardín con los libros abiertos en las manos. Ese día, ella no era capaz de concentrarse y fingía leer la misma página durante ya más de diez minutos—. No parece que la situación vaya a cambiar. En verdad te agradezco que trates de animarme, pero creo que deberías hacer algo más interesante con tu tiempo en lugar de estar aquí. No me malinterpretes, me gusta que pasemos tiempo juntos, pero estoy segura que tú...
—Escúchame, Amelia —dijo él seriamente, interrumpiéndola. La cogió de las manos y la miró a los ojos—. Quiero estar aquí. Pase lo que pase, no voy a dejarte sola.
Amelia, conmovida, esbozó una débil sonrisa.
Esa noche, mientras todos dormían, Amelia despertó al sentir unas fuertes punzadas en su costado. Descubrió que estaba sangrando copiosamente y que las vendas, al igual que las sábanas, estaban empapadas. Asustada, despertó a Wayne. Él se levantó de un salto y encendió la luz de la lámpara que estaba sobre la mesita de noche, descubriendo con horror lo que estaba sucediendo.
Tras pedir ayuda a gritos, Wayne se acercó a Amelia y trató de parar la hemorragia con las manos.
—¡Morgana! —volvió a gritar, desesperado, girando la cabeza hacia la puerta que unos segundos antes había abierto— ¡Morgana!
—Wayne... —susurró Amelia, sintiéndose cada vez más débil. Evidentemente, había perdido demasiada sangre.
—Quédate conmigo, Amelia —le susurró él—. Por favor, quédate conmigo.
Pero era difícil hacer caso de lo que le pedía Wayne. Sentía que los ojos se le cerraban y que la voz del joven se iba haciendo cada vez más lejana. Oyó pasos, la voz de Morgana y luego todo se apagó a su alrededor.
No supo el tiempo que había transcurrido, pero cuando Amelia volvió en sí y abrió los ojos, se dio cuenta de que sentía un inusual bienestar. Notó que la habitación estaba iluminada por la tenue luz del amanecer que entraba por la ventana. Algo confundida y tratando de recordar lo que había sucedido, movió un poco la cabeza.
—¡Amelia! —oyó que decía Wayne. Podía notar en su voz el alivio que sentía.
Sintió que él le acariciaba el rostro. Amelia parpadeó un par de veces para tratar de enfocarlo mejor. Entonces pudo verlo bien. Su cabello rubio oscuro parecía estar despeinado y tenía los ojos verdes algo enrojecidos, como si hubiera estado llorando.
—Me has asustado —le susurró él, acercándose más para besarle la frente. Se alejó un poco para mirarla a los ojos—. Por un momento creí que... —calló. No pudo continuar la frase, pero Amelia asintió, entendiendo perfectamente lo que iba a decirle—. Morgana ha encontrado el antídoto a tiempo. Te lo ha puesto directamente en la herida y el efecto fue inmediato. Está fabricando una nueva dosis ahora que ya sabe qué ingredientes utilizar —sonrió, sin dejar de acariciarle la mejilla—. De modo que todo pasó, Amelia. Estarás bien.
—Es un alivio saberlo —musitó ella esbozando una sonrisa, sintiéndose infinitamente agradecida con todos ellos—. Gracias por haberte quedado conmigo, Wayne.
Él movió la mano ligeramente y sus dedos tocaron un mechón del cabello de Amelia. Lo acomodó detrás de su oreja sin dejar de mirarla a los ojos.
—Siempre estaré contigo, Amelia. Te lo prometo.
A partir de aquella mañana, las cosas mejoraron considerablemente. Durante los siguientes tres días, Morgana aplicó el antídoto consiguiendo que Amelia se recuperara por completo.
Antes de marcharse de vuelta a la casa del tío de Wayne, Isobel regresó de visita a tiempo para acompañarlos a todos en la cena. Había tratado de averiguar algo sobre la familia de Amelia sin mucho éxito. No obstante, no todo estaba perdido. Seguirían haciendo todo lo posible por encontrarlos.
—Cuando esto termine —empezó Isobel mirando a Amelia—, quiero que seas mi aprendiz. ¿Estás de acuerdo?
Aquella petición había tomado por sorpresa a la joven. Miró a Isobel asombrada mientras escuchaba a Wayne decir «¿Aprendiz?» en un tono que claramente indicaba que no comprendía lo que estaba sucediendo. Ella lo ignoró y miró a Morgana y a su madre, que la contemplaban con una pequeña y casi imperceptible sonrisa. Merlín, acomodado en una silla entre Amelia y Morgana, la miraba fijamente, casi como si también estuviera esperando escuchar la respuesta que ella daría. La joven no pudo resistirse y le regaló una sonrisa al gato. Entonces volvió a mirar a Isobel, que la observaba expectante.
—Por supuesto —aceptó al fin, asintiendo con solemnidad—. Será un honor ser tu aprendiz.
Isobel le regaló una sonrisa complacida.
—Sé que serás una excelente alumna —comentó la madre de Morgana logrando que su hija asintiera convencida.
-o-
Las primeras dos semanas tras el regreso a casa de Dean Wintergreen, ni Amelia ni Wayne formaron parte de ninguna misión, sino que dedicaron su tiempo a entrenar. Pusieron en práctica los nuevos hechizos que habían aprendido y no descansaron hasta perfeccionarlos. Solo cuando volvieron a sentir confianza en sus habilidades, regresaron a las misiones. Wayne llegó a decir que al ritmo al que iban, podrían convertirse en aurores en un par de meses y sin necesidad de pasar ninguna prueba más.
En el transcurso de las semanas, Amelia sintió arder la marca tenebrosa innumerables veces. No podía evitar sentirse preocupada y aterrada ante ello. Sin embargo, estuvo a punto de hacer caso de la llamada y marcharse al encuentro de Voldemort con la única intención de rescatar a su familia. Afortunadamente, Wayne había impedido que hiciera alguna locura. «Te matará, y lo sabes» le había dicho él severamente en cuanto supo de sus intenciones. Y ella sabía bien que así era. Además, no tenía ningún horcrux para negociar.
Sin dejar de preguntarse constantemente si su familia seguía con vida, enviaba mensajes a través de su Patronus a Morgana para que le diera alguna respuesta y ella, con el mismo método, le solía contestar que las cosas no habían cambiado. No obstante, los mensajes también hablaban de que Voldemort tenía preocupaciones más acuciantes que hacían que solo estuviera pendiente de encontrar a Harry Potter.
Una oscura noche a inicios de mayo, Amelia se marchó a su habitación con un extraño presentimiento oprimiéndole el pecho. La cena había transcurrido entre conversaciones sobre el tema que había sido comentado ese mismo día con entusiasmo en la última transmisión de «Potterwatch»,el programa de la radio mágica que contaba la verdad de lo que sucedía. Se trataba de la incursión de Harry Potter y sus amigos a Gringotts y su posterior huida a lomos de un dragón. Todos se preguntaban si la historia contada era real o quizás algo exagerada. Todos teorizaban acerca de los motivos que habían llevado al chico a entrar al banco mágico arriesgándose a ser capturado. Y Amelia se preguntaba, en silencio, si ahí había estado escondido un horcrux.
A pesar de ello, en el momento en que la joven se encerró en su habitación, en lugar de prepararse para dormir, prefirió sentarse en el alféizar de su ventana, a oscuras, observando la fotografía de su familia gracias a la pálida luz de la luna que se colaba por los cristales. Aquella sensación de nostalgia se mezclaba con ese presentimiento que hacía que se sintiera inquieta.
Suspiró con cierta preocupación y levantó la mirada para mirar al jardín, donde las oscuras siluetas de los arbustos se mecían suavemente con el viento. Un rayo brilló a lo lejos mientras densas nubes cubrían la luna. De repente, un sonido en la parte superior de la casa sobresaltó a Amelia. Aguzó el oído y pudo percibir pasos apresurados que parecían moverse por el pasillo.
La joven se levantó y dejó la fotografía en la mesita de noche, para después coger su varita y salir de su habitación. Oyó voces que discutían, por lo que se detuvo tratando de entender lo que decían.
—No puedes hacer esto, tío —escuchó que Wayne protestaba—. Estoy seguro que Amelia opinará igual que yo.
—No puedo prohibirle que vaya si es lo que quiere —respondió Dean severamente—. Ella no es responsabilidad mía, pero tú sí. No permitiré que te arriesgues de esta manera.
—¡Pero si soy miembro de la Orden del Fénix! —exclamó el joven, incrédulo—. Has aceptado que luche estos meses. ¿Ahora pretendes que me quede en casa?
—Dejar que formes parte de la Orden fue un error —sentenció el mago mientras bajaba por las escaleras con rapidez.
—No puedes protegerme siempre, tío. Soy mayor de edad y elijo ir a luchar —insistió Wayne bajando detrás de su tío.
—Es suficiente, no quiero escuchar nada más —soltó Dean dando por zanjada la discusión. Acababa de llegar al vestíbulo y se giró para mirar de frente a su sobrino, sin reparar aún en la presencia de Amelia.
—Por favor, tío —pidió Wayne, bajando el último escalón y deteniéndose—. Sabes que me escaparé y llegaré a Hogwarts de todos modos.
—No me obligues a quitarte la varita —advirtió él.
—¿Qué está pasando en Hogwarts? —preguntó Amelia, acercándose un paso hacia ellos, logrando que la miraran.
—Han llamado a toda la Orden al castillo —le informó Wayne rápidamente. Entonces empezó a anudarse la capa al cuello—. Parece que habrá una batalla. ¿Estás dispuesta a luchar?
—Desde luego —afirmó ella, decidida—. Voy por mi capa.
Mientras se daba la vuelta para ir a su habitación, escuchó que la discusión entre tío y sobrino se reanudaba. Ella los ignoró y, corriendo, entró en su cuarto. Cogió la capa que colgaba en el perchero y, tras mirar una última vez a la fotografía de su familia, salió de nuevo de manera apresurada. En el vestíbulo ya no estaban Wayne y Dean, pero podía oír sus voces alejarse cada vez más. Adivinó que habían salido al jardín, por lo que ella se encaminó hacia el lugar con rapidez. Los encontró ahí, de pie y sin parar de discutir. En cuanto la vieron, pararon de hablar. Amelia se acercó hasta ellos, incómoda con la situación.
—¿Cuál es el plan? —quiso saber ella.
—Hay que aparecerse dentro del Cabeza de Puerco, la taberna que está en Hogsmeade —explicó Dean. Entonces miró a su sobrino severamente y éste le devolvió la mirada, decidido—. De acuerdo, dejaré que vayas. Pero si te ordeno que te marches lo harás, ¿entendido?
—Entendido —asintió Wayne.
—Bien, en marcha entonces —dijo Dean.
Los tres se aparecieron casi al mismo tiempo en el interior de la oscura taberna. El mago que la regentaba estaba en ese momento detrás de la barra. Los miró con disgusto y luego echó un fugaz vistazo al exterior, asegurándose de que nadie los vigilaba.
—Recibimos el aviso —explicó Dean—. Somos de la Orden.
—Rápido, arriba —gruñó el tabernero señalando las escaleras detrás de la barra. Los tres obedecieron mientras él subía detrás de ellos.
Llegaron hasta una pequeña salita y se detuvieron en medio. Amelia observó el retrato de una niña rubia que estaba colgado encima de la chimenea.
—Otros más que entrarán, Ariana —le dijo el tabernero a la niña del cuadro. Entonces, éste se movió como si fuera una puerta, dejando al descubierto un pasadizo secreto. El mago se giró hacia los recién llegados y les dijo—: Hay que atravesar este pasillo para llegar a Hogwarts.
Los tres le agradecieron y en seguida se dispusieron a entrar. Wayne ayudó a Amelia a subir a la repisa para acceder al túnel y la siguió inmediatamente después. Escucharon a Dean subir también y luego oyeron el suave sonido que produjo el cuadro al regresar a su lugar.
Lo primero con lo que se topó Amelia fue con unos escalones de piedra muy desgastados. El pasadizo estaba iluminado con lámparas de latón que colgaban de las paredes. Caminaron en silencio prácticamente todo el trecho. Cuando notaron que la pendiente se hacía cada vez más pronunciada, la joven tuvo de nuevo ese presentimiento que la asolaba aquella noche. Viendo la situación e imaginando lo que sucedería en las próximas horas, entendía perfectamente el motivo de esa corazonada.
El final del pasadizo se encontraba tras doblar una esquina. Amelia divisó más escalones de piedra que conducían hasta otra puerta. Entonces la abrió y lo que se encontró la dejó muy sorprendida. Habían llegado hasta una habitación grande que estaba abarrotada de gente. Bastó echar un vistazo para darse cuenta de que prácticamente todos eran estudiantes de último año, los mismos con quienes ella había compartido clases. Estaban todos hablando entre ellos, visiblemente emocionados, que no se dieron cuenta de su llegada. Prefiriendo pasar desapercibida, Amelia entró rápidamente y dejó espacio para que Wayne y Dean pasaran. Fue en ese instante en que se fijó en que todos los miembros de la Orden estaban presentes también. Fue Lupin quien reparó en ellos y se acercó.
—Estamos esperando a Harry para que nos informe de la situación —les comunicó—. Nos han dicho de que acaba de llegar junto a Ron y Hermione. Según nos han comentado, ha ido a investigar algo a la Sala Común de Ravenclaw.
—¿Ha dicho de qué se trata? —quiso saber Dean.
Lupin negó con la cabeza.
—No quiere decir demasiado. Solo dijo que se trata de una tarea que le encomendó Dumbledore y que ayudará a derrotar a Quien-tú-sabes.
—Entiendo —dijo Dean.
Entonces Wayne miró a Amelia de forma significativa y ella asintió casi imperceptiblemente. Habían pensado lo mismo. Era evidente que Harry estaba buscando la diadema de Ravenclaw. ¿La habría encontrado ya?
—¡Wayne! ¡Amelia! —escuchó saludar a alguien—. Me preguntaba qué habría sido de ustedes.
Amelia se dio cuenta que Terry Boot, un compañero de su curso y casa, se acababa de acercar a ellos y los miraba con alegría.
—¡Terry! —saludó ella con una sonrisa, pero entonces esbozó una mueca de dolor al verlo. Tenía una fea herida que le atravesaba la mejilla y un moratón en el pómulo. Además, llevaba la túnica rota en la parte delantera, como si lo hubiesen zarandeado violentamente—. ¿Qué te ha pasado?
—Vaya, Terry —comentó Wayne, preocupado—. No me digas que te hicieron eso los Carrow.
—Fue por contar en la cena que Harry, Ron y Hermione habían entrado en Gringotts y que habían escapado montados en un dragón —explicó él. No parecía afectado en lo absoluto. Más bien parecía estar orgulloso—. Pero, cuéntenme, ¿qué fue de ustedes? Creí que los habían capturado.
—Nada de eso —respondió Wayne negando con la cabeza, sonriente.
—Nos hemos estado escondiendo, pero también hemos estado luchando contra mortífagos y carroñeros —le contó Amelia.
—Sí, ahora somos miembros de la Orden del Fénix —completó Wayne, con un deje de orgullo en la voz.
—¡Eso es genial! —exclamó Terry, asombrado—. Aquí hemos mantenido vivo el Ejército de Dumbledore hasta que no tuvimos de otra que escondernos en esta sala. Nadie puede encontrarnos aquí.
—¿Y Lisa cómo está? —preguntó Amelia—. ¿Y Mandy? No las veo por aquí. ¿Están bien?
La mirada de Terry se ensombreció y Amelia se temió lo peor. Recordó sin embargo que, a pesar de haber sido los mejores amigos, él y Lisa habían dejado de hablarse a causa del E.D. Ella no quería arriesgarse a un castigo por parte de Umbridge y a él le parecía un excelente idea aprender Defensa Contra las Artes Oscuras de verdad.
Creyó que el tiempo y la terrible situación dentro de Hogwarts había vuelto a unirlos, pero parecía ser que no.
—Las dos están bien —respondió Terry—. Siguen en la Torre de Ravenclaw. Nadie las persigue porque no son parte del Ejército de Dumbledore. Aún así, lo están pasando muy mal. A Lisa le tocó sufrir un cruciatus a modo de castigo.
—Demonios, es horrible —musitó Amelia, sintiéndose terriblemente mal por su amiga.
—Los Carrow son lo peor que podría haberle pasado a este colegio —dijo Terry duramente. Amelia pudo notar el odio en su mirada y, en silencio, le dio la razón.
En ese momento, escucharon un ruido y al mirar hacia la otra punta de la sala se dieron cuenta de que Harry acababa de llegar. Vieron que les decía algo a quienes estaban cerca de él. Amelia no oyó toda la conversación pero sí lo más importante: que Voldemort estaba en camino. Entonces Harry se dirigió a todos los que estaban en la sala.
—Están evacuando a los alumnos más jóvenes, y van a reunirse todos en el Gran Comedor para organizarse. ¡Vamos a presentar batalla! (*)
Hubo un clamor general y todos empezaron a dirigirse hacia la escalera, deseosos de enfrentarse a cuanto mortífago se pusiera delante. Wayne miró a Amelia, tendiéndole la mano. Ella extendió la suya y tomó la de su amigo.
—No te separes de mi lado, ¿de acuerdo? —le pidió él. Había preocupación y miedo en su mirada, pero también aplomo y determinación.
Amelia asintió, sabiendo perfectamente que en su propia mirada se reflejaba lo mismo. Sin soltarse en ningún momento, los dos atravesaron la sala y comenzaron a subir por la escalera. Era un trecho largo, iluminado por antorchas. A los pocos segundos llegaron a uno de los pasillos del castillo y se encaminaron detrás de sus compañeros en dirección al Gran Comedor.
Quince minutos más tarde, Amelia y Wayne estaban de pie detrás de otros miembros de la Orden, mientras que todos los estudiantes estaban sentados alrededor de las largas mesas de las casas. La profesora McGonagall hablaba desde la tarima, indicando lo que se haría a continuación y explicando el proceso de evacuación. Muchos alumnos estaban dispuestos a quedarse a luchar, por lo que la profesora les dijo que los mayores de edad podrían hacerlo.
Y, de repente, una voz fría y clara resonó en todo el comedor, sobresaltando a todos y provocando que muchos soltaran gritos de terror. A Amelia se le heló la sangre al reconocer esa voz como la de Voldemort. Inconscientemente, apretó la mano de Wayne. En respuesta, él también le apretó la mano y la miró, con la preocupación reflejada en los ojos. Ella le devolvió la mirada y se dio cuenta de que sentía un miedo aterrador.
Escucharon lo que Voldemort les decía. No hacía falta ser un genio para darse cuenta de que nadie le iba a entregar a Harry, por lo que la batalla se desarrollaría irremediablemente. Aún así, tenían tiempo hasta la medianoche para preparase.
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En pocos minutos, los estudiantes que se marcharían empezaron a ser guiados por los prefectos hacia el punto de evacuación. Los que se quedarían a luchar permanecieron en el Gran Comedor a la espera de instrucciones. Entonces Kingsley Shacklebolt se dirigió hacia todos los que defenderían el colegio para indicarles la estrategia que seguirían. Tras un poco de esfuerzo debido a que los estudiantes estaban deseosos de que les fuera asignada una posición, las tropas se dividieron.
Amelia y Wayne, junto a varios de sus compañeros de casa, subirían junto al líder de su grupo, el profesor Flitwick, a la Torre de Ravenclaw. Desde ahí tendrían una visión privilegiada de los terrenos, por lo que podrían lanzar hechizos sin dificultad.
De modo que, sin perder el tiempo, los dos se dirigieron a su destino junto al resto de su grupo. Dean había salido a los jardines con los otros miembros de la Orden y, antes de marcharse, les pidió a su sobrino y a Amelia que tuvieran mucho cuidado.
Los jóvenes caminaban deprisa por los pasillos topándose con más grupos de gente que iban en direcciones contrarias y con estudiantes que estaban desesperados por salir de ahí a tiempo, siendo guiados por los prefectos.
Al llegar a la Torre de Ravenclaw, Flitwick les dio algunas instrucciones y todos se apostaron en las ventanas, varita en mano, preparados para defender el castillo.
Amelia miró su reloj brevemente, inquieta. Faltaban cinco minutos para la medianoche. El corazón le latía violentamente y sentía una mezcla de expectación y miedo. Observó los terrenos y no vio movimiento alguno todavía.
—¿Crees que Potter destruyó todos los horcruxes ya? —le preguntó Wayne repentinamente en un susurro. Amelia lo miró. Estaban juntos frente a una ventana, aguardando.
—Eso espero —musitó ella tras un corto silencio. Desvió la mirada hacia los terrenos y la fijó en la oscuridad con preocupación —. En verdad espero que la diadema haya sido el último horcrux que quedaba por destruir.
—Ojalá sea así —asintió él, mirando a su vez el exterior también—. De ese modo esto terminará pronto.
Y entonces, varios puntos luminosos brillaron a lo lejos.
La batalla había comenzado.
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—¡Ahora, muchachos! —gritó Flitwick con su voz chillona. El mago de baja estatura estaba subido a una mesa para alcanzar a asomarse por la ventana y, tras lanzar la orden a sus alumnos, empezó a enviar hechizos a los mortífagos.
Los jóvenes en seguida se dispusieron a actuar. Sin descanso, los rayos de distintos colores salieron volando desde la torre hasta impactar contra los magos tenebrosos que los atacaban. No todos eran alcanzados, muchos se defendían y lanzaban poderosos maleficios en represalia. Éstos llegaban hasta los muros del castillo y los hacían retumbar.
Un hechizo particularmente fuerte destrozó parte de la torre, ocasionando que un trozo de pared junto al ventanal se destruyera. Era el sitio preciso donde Amelia y Wayne se encontraban. Tuvieron que retroceder rápidamente para evitar caer al vacío, pero, una vez que volvieron a acomodarse cerca del hueco que había quedado, regresaron a su tarea. Continuaron atacando y repeliendo hechizos cada vez más deprisa.
Los mortífagos, a pesar del esfuerzo de la defensa, iban ganando posición y se acercaban cada vez más al castillo. Muchos se iban quedando por el camino, abatidos por los hechizos que eran lanzados desde torres y ventanas, pero la mayoría avanzaba inexorablemente.
Un nuevo impacto destruyó el techo de la torre casi por completo. Los trozos de tejado mezclado con vigas de madera y grandes piedras empezaron a caer sobre sobre el suelo de la sala común en ruinas. Podría haber aplastado a todos, de no ser por Flitwick, que con mucha habilidad y rapidez evitó que aquello pasara. Con un movimiento de su varita, envió todo el amasijo de restos del techo a los terrenos, contra los mortífagos, derribando a un buen número de ellos.
La lucha continuó. En poco tiempo, un golpe mucho más fuerte que los anteriores hizo temblar la torre, amenazando con destruirla por completo. Sin arriesgarse a quedarse, Flitwick ordenó que todos bajaran deprisa. Al llegar al pasillo al final de la escalera de caracol, el ambiente no difería mucho del que acababan de dejar. Había polvo suspendido en el aire y trozos de piedra cubrían el suelo. Los estudiantes lanzaban hechizos a diestra y siniestra por los agujeros que antes habían sido ventanas. Una chica estaba agazapada en un pedestal vacío mientras una amiga suya trataba de calmarla. Al parecer, había resultado herida y ahora solo quería marcharse a casa.
Todos quienes habían bajado de la torre empezaron a ayudar a lanzar hechizos hacia el exterior, recorriendo el pasillo en busca de algún área desprotegida. Cada pocos minutos resonaba un sonido similar a un cañonazo y el castillo entero temblaba. Todos tenían que detenerse, poniéndose a cubierto para no ser alcanzados por alguna piedra que se desprendía y caía.
Amelia y Wayne corrían juntos, luchando. Ella no supo el tiempo que pasaron así, saltando por encima de grandes rocas, casi tropezando con trozos de yeso que habían formado parte de alguna estatua, protegiéndose de maldiciones y encontrándose con compañeros caídos.
Era un ambiente desolador.
De repente, Amelia se detuvo en seco al ver a una figura encapuchada dirigirse rápidamente hacia ellos. Detrás, venían más como él. Los mortífagos habían logrado entrar en el castillo. Todos los que se encontraban en el pasillo se defendieron con maestría. Los gritos y bramidos de la batalla resonaban por el lugar en medio del caos. Un mortífago enmascarado luchaba contra Amelia y Wayne. A pesar de su experiencia con la Orden, estaba resultando complicado vencerlo. Al final lo lograron y sin perder el tiempo atacaron a otro que estaba luchando contra tres muchachas.
De manera inesperada, un potente viento proveniente de ninguna parte recorrió con violencia el pasillo. En ese mismo momento, una fuerte explosión sacudió el lugar, provocando que numerosos trozos de piedra cayeran de los muros y el techo. Amelia, de manera instintiva, se hizo a un lado rápidamente, cubriéndose la cabeza con los brazos.
Escuchó gritos mientras ella cerraba los ojos con fuerza y se aferraba a su varita. Sintió que alguien la lanzaba hacia un costado y que caía sobre ella. Se dio cuenta que esa persona le sujetó la cabeza con una mano para que no se golpeara contra el suelo. Las explosiones se sucedieron una tras otra en medio de gritos desesperados, desatando el infierno sobre ellos.
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Cuando todo pareció parar, Amelia se atrevió a abrir los ojos. Sobre ella estaba Wayne, protegiéndola con su cuerpo. La había empujado al pasillo adyacente, a salvo del caos.
—¡Amelia! ¿Estás bien?—le preguntó en un susurro preocupado.
—Eso creo —musitó ella—. Gracias, Wayne.
Wayne asintió y luego trató de moverse a un lado, pero entonces soltó un «Demonios» por lo bajo, entre dientes, y miró hacia atrás.
—¿Qué te ha pasado? —quiso saber ella, alarmada, mientras trataba de incorporarse. Entonces vio que una piedra de grandes dimensiones estaba aprisionando la pierna del joven—. De acuerdo, Wayne, no te muevas. Retiraré la piedra.
Con cuidado, Amelia se movió para levantarse. Entonces se aseguró que su varita seguía a salvo y, sin dudarlo, realizó un Wingardium Leviosa que levantó la roca unos centímetros, lo suficiente como para que Wayne pudiera retirar la pierna. Pero de pronto, él miró hacia algo detrás de la joven.
—¡Cuidado, Amelia! —gritó.
Ella se giró, a tiempo de ver a un mortífago sin máscara levantar la varita para atacarla. Amelia movió la suya con rapidez, lanzando la piedra que levitaba contra el mago, derribándolo al instante. Estando segura de que él no volvería a levantarse, se dio la vuelta para mirar de nuevo a Wayne.
—¿Puedes moverte? —quiso saber, agachándose a su lado para examinar su pierna.
—Creo que está rota —dijo él. Tenía los dientes apretados y Amelia adivinó que, pasada la explosión de adrenalina, él estaba empezando a sentir el dolor— ¿Sabes realizar el hechizo que repara los huesos?
—He visto cómo se hace —comentó ella, insegura—, pero no sé si saldrá bien.
—Inténtalo, por favor —pidió él.
Pero antes de que ella hiciera algo, una voz fría y clara resonó por todo el castillo, haciendo que Amelia soltara un respingo. Voldemort hablaba de nuevo. Ambos jóvenes se quedaron congelados mirándose mutuamente con evidente preocupación, mientras escuchaban lo que el mago tenebroso les decía a todos los combatientes. Les daba una hora de tregua y, al mismo tiempo, prácticamente obligaba a Harry Potter a entregarse.
Cuando Voldemort dejó de hablar, un silencio antinatural reinó en el ambiente.
—¿Crees que Harry decida entregarse para matar a Voldemort? —preguntó Amelia tras un par de segundos.
—Podría apostar a que sí —respondió Wayne—. Eso si ya destruyó todos los horcruxes.
Amelia asintió. Entonces, sin previo aviso, movió su varita y pronunció las palabras necesarias. Se oyó un crujido, Wayne soltó un gruñido de dolor, y el hueso volvió a su lugar.
—Me parece que ya está —dijo ella—. ¿Te duele menos?
—Ya no me duele tanto —comentó él, moviendo la pierna. Entonces volvió a mirar a su amiga y le dedicó una pequeña sonrisa—. Te lo agradezco mucho, Amelia.
Ella sonrió a su vez. Ambos se pusieron de pie y observaron el desastre a su alrededor. El pasillo estaba desierto, lleno de polvo y piedras. Amelia comprobó que, de no ser por Wayne, estarían sepultados bajo las rocas. Los dos se pusieron alerta de repente al oír voces y pasos acercándose al sitio donde se encontraban. Esperaron con la varita en mano, pero quienes aparecieron frente a ellos eran tres miembros de la Orden.
—¿Hay algún herido aquí? —preguntó uno de ellos. Era Kingsley Shacklebolt.
—Hay muchos de los nuestros bajo las piedras —respondió Amelia señalando al pasillo en ruinas a sus espaldas.
—Estábamos luchando contra varios mortífagos antes de la explosión —explicó Wayne.
—De acuerdo —asintió el mago—. Nos encargamos nosotros.
—Ustedes vayan al Gran Comedor —recomendó Emmeline Vance—, estamos llevando ahí a todos los heridos y a los que no sobrevivieron.
—Si encuentran a alguien vivo, llévenlo ahí —pidió Hestia Jones—, ¿de acuerdo?
—Sí, claro —respondió Amelia.
—Por supuesto —dijo Wayne a su vez. Entonces los miró con preocupación—. ¿Mi tío está bien?
—Tranquilo —sonrió Hestia—. Está ayudando con los heridos.
Wayne asintió aliviado. Amelia puso una mano en su hombro y él le sonrió con aprecio. Entonces, sin decir nada más, se encaminaron por el pasillo hacia las escaleras. A cada paso que daban, la sensación de desesperanza crecía. El ambiente ruinoso y los cuerpos de los caídos demostraban la magnitud del desastre. Amelia y Wayne se acercaban a cada uno para revisar si seguían con vida, pero por el momento no había buenas noticias.
La joven, cada vez más desanimada, se asomó por la puerta de un aula destrozada por completo y la observó. El muro exterior había caído, dejando el salón de clases expuesto a la intemperie. Trozos de madera de los pupitres junto con piedras cubrían el suelo. Los libros yacían desparramados por todas partes y, entre ellos, sobresalía una pequeña mano. Se acercó hasta ella y se inclinó, tocándole la muñeca para buscarle el pulso. Su corazón dio un salto al notar un suave latido.
—¡Wayne! —llamó ella, girándose hacia la puerta— ¡He encontrado a alguien que aún vive!
El joven no tardó en aparecer por el umbral. Se acercó hasta ella con rapidez.
—¿Estás segura? —quiso saber.
—Totalmente —asintió Amelia—. Compruébalo tu mismo.
Después de que Wayne le tomara el pulso también, se apresuraron a mover las piedras con cuidado. Retirándolas y acomodándolas a un lado ayudados por la varita, pudieron ver por fin a la pequeña niña que yacía inconsciente en el suelo. Wayne hizo que ella levitara hasta hacerla posar suavemente sobre una camilla que Amelia hizo aparecer.
Dirigiendo la camilla flotante, la joven encabezó la marcha hasta el Gran Comedor. Una vez ahí, se detuvieron sorprendidos. Las mesas habían desaparecido. En la tarima estaban los heridos y habían acomodado en una hilera en medio del comedor a los que no habían sobrevivido. Había grupos de gente, abrazados, en diferentes lugares.
—¡Oh, no! —soltó la profesora Sprout al acercarse a Amelia y Wayne, mirando afligida a la camilla que traían consigo—. ¿Qué hacías aquí, mi niña? Deberías haberte ido a casa con los demás.
—Está viva —le comunicó Amelia—. La hemos encontrado bajo unos escombros.
—Gracias a Merlín —musitó la profesora—. Llévenla a la tarima.
Sprout los siguió mientras Amelia guiaba la camilla para posarla suavemente en un sitio vacío. Madame Pomfrey se apresuró en acercarse para examinarla.
—Es Rose Zeller —le dijo Sprout a Amelia—. Alumna de mi casa. Está en tercer año aunque parezca de primero por su baja estatura —comentó, con una sonrisa triste—. Es la más pequeña de su curso —suspiró con pesar—. Es una niña muy especial. Espero que se recupere.
En ese momento, Dean apareció junto a ellos. Acababa de traer a un estudiante herido y se mostró infinitamente aliviado al ver que su sobrino y Amelia estaban bien. Tras el reencuentro, les pidió que lo ayudaran a buscar más heridos en los terrenos. Los jóvenes aceptaron de inmediato y siguieron al mago, pero Amelia se detuvo antes de salir del Gran Comedor, pues acababa de divisar a lo lejos a Mandy Brocklehurst, una compañera de su casa.
—Wayne, espera —le dijo a su amigo—. Creo que he visto a Mandy.
—Terry, Lisa y los demás deben estar con ella —comentó Wayne, interesado. Entonces se giró hacia Dean—. Ahora te alcanzamos, tío.
El mago asintió y se marchó. Entonces Amelia se apresuró a caminar hasta Mandy mientras Wayne la seguía. Pero, al llegar hasta ella, se dio cuenta de la gravedad de la situación. Terry era uno de los caídos. Vio a Lisa inclinada a su lado llorando amargamente mientras Mandy sollozaba en silencio, de pie. También estaban ahí Anthony Goldstein y Michael Corner, ambos con una expresión abatida en el rostro.
Sin poder creer lo que veían, Amelia y Wayne se acercaron hasta sus amigos. Lisa levantó la mirada un poco al notar su presencia y su ojos enrojecidos se abrieron con sorpresa. Rápidamente se levantó y se lanzó hacia Amelia para abrazarla. La joven correspondió al abrazo con fuerza mientras su amiga lloraba. La triste escena le recordaba demasiado a cuando Anna había perdido a Daniel en el pasado.
—Me salvó, Amelia. Terry dio su vida por mí —musitó Lisa entre lágrimas, con la voz rota por el llanto—. Me siento tan culpable. No debí haber vuelto a luchar.
—No es tu culpa, Lisa —le susurró Mandy, que se había acercado hasta ellas—. El único culpable es Quien-tú-sabes y sus malditos mortífagos.
Lisa asintió débilmente mientras soltaba a Amelia y regresaba a sentarse junto a Terry sin parar de llorar.
—Me alegra saber que tú y Wayne están bien —dijo Mandy mientras ella y Amelia se abrazaban—. Pero esto aún no ha terminado y temo que vaya a peor. Ya nadie tiene fuerzas para seguir luchando.
—Lo sé —musitó Amelia—. Esto está siendo muy duro.
Tras estar unos minutos más con ellos, Amelia y Wayne se marcharon a los terrenos en busca de Dean. Por el camino iban silenciosos. La muerte de Terry les había afectado mucho pero no podían darse el lujo de derrumbarse en aquel momento. Había que continuar.
Durante el resto de la hora se dedicaron a recoger heridos junto al tío de Wayne, llevándolos al castillo para que Madame Pomfrey los examinara. La mujer tenía junto a ella a varios alumnos que estaban ayudándola con las curaciones. Sin embargo, había muchos por los que nada podía hacerse.
Era injusto, tal y como habían oído decir a la profesora Sprout.
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Amelia y Wayne iban a salir de nuevo del Gran Comedor cuando oyeron el angustioso grito de una mujer. Luego, la risa burlona de otra mujer, algo más alejada de la primera.
Todos los que estaban cerca corrieron hasta las puertas del castillo y se encontraron con que la profesora McGonagall era quien había lanzado el grito de desesperación. No hizo falta preguntar qué estaba sucediendo. La escena era terrible. Voldemort y sus mortífagos estaban a escasos metros de los escalones de piedra que llevaban al colegio. Hagrid estaba junto a ellos, sollozando. Y, en sus gigantes brazos, estaba el cuerpo de Harry Potter.
Muchas personas soltaron exclamaciones de negación, sin poder creer que Harry había muerto. En seguida, los supervivientes empezaron a insultar a los mortífagos a gritos, pero Voldemort los hizo callar en seguida.
Amelia sintió que alguien le tiraba de la manga de la túnica y giró la cabeza, dándose cuenta de que se trataba de Wayne. Él la miró y le indicó con un gesto que regresaran dentro. Rápidamente, volvieron al destrozado vestíbulo alejándose de la multitud apostada en las puertas del castillo.
—¿Qué crees que pudo ir mal? —le preguntó él en un susurro, apremiante—. Potter ha muerto. ¿Acaso no destruyó todos los horcruxes?
Amelia miró a su alrededor, sintiéndose más nerviosa a cada segundo que pasaba.
—No lo sé —admitió—. No tengo ni idea de cuáles encontró. Quizás se le pasó uno.
—Ahora es tu misión, Amelia. Encontrar el que falta —dijo Wayne seriamente—. Te ayudaré con esto.
—Morgana me dijo que mi misión había terminado con el collar —insistió ella logrando que Wayne resoplara—. Su madre me aseguró que no tenía que hacer nada más.
—¿Y si se equivocaron?
—No lo creo —aseguró ella.
—Tienes una fe ciega en lo que te digan, ¿cierto? —repuso él algo irritado.
—Confío en ellas, Wayne —soltó Amelia, enfadada.
—De acuerdo —asintió el joven, levantando las manos levemente en señal de rendición—. Pero eso no cambia que ahora las cosas vayan peor de lo que imaginábamos.
Afuera, parecía que la batalla se hubiera reanudado. Los gritos y bramidos eran ensordecedores.
—Quizás deberíamos hablar con los amigos de Harry —propuso Amelia poco convencida—. Contarles que sabemos todo sobre los horcruxes. Así podremos darnos cuenta de cuál es el que falta.
—Esa es una buena idea —admitió Wayne.
De repente, toda la multitud que estaba afuera volvió al castillo corriendo. Amelia y Wayne regresaron al Gran Comedor rápidamente, siendo empujados hacia el interior por los más desesperados. Al instante, se armó la batalla. Estudiantes, profesores, miembros de la Orden, mortífagos, e incluso centauros y elfos domésticos se enzarzaron en la contienda de inmediato. Y, en medio de todo, estaba Voldemort, atacando sin piedad a cualquiera que estuviera cerca.
Amelia había perdido de vista a Wayne, pero no tenía tiempo de buscarlo, pues un mortífago estaba a punto de atacarla, por lo que ella empezó a luchar contra él con furia. Logró derrotarlo con un poco de esfuerzo y después empezó a luchar contra otro. Éste cayó mucho más rápido, pues un elfo le había clavado un cuchillo en el tobillo mientras lanzaba un chillido agudo a modo de grito de guerra.
Tras largos e interminables minutos de batalla, algunas personas empezaron a lanzar exclamaciones de sorpresa que fueron haciéndose cada vez más fuertes. Intrigada, Amelia buscó con la mirada el motivo y se topó con que Harry acababa de aparecer. Sorprendida, vio como él se enfrentaba a Voldemort. El silencio cayó sobre el Gran Comedor con fuerza, mientras todos miraban con temor y a la vez expectación, preguntándose si realmente ese sería el inicio del fin.
Sin decidirse a luchar todavía, una extraña y reveladora conversación se desarrolló entre los únicos duelistas que quedaban en medio del corro que se había formado en torno a ellos.
Fue en ese instante en que Wayne encontró a Amelia a lo lejos y se apresuró en llegar hasta su lado. Cuando lo hizo, la tomó de la mano logrando que lo mirara. Entonces ella apretó la mano del joven en respuesta.
Al mismo tiempo que la luz del amanecer iluminaba el Gran Comedor, Harry y Voldemort gritaban cada uno un hechizo diferente. Los rayos luminosos chocaron provocando un estallido y la varita de Voldemort escapó de su mano. Harry la atrapó y la maldición asesina que el mago tenebroso había lanzado se volvió contra él.
Tras un instante de estupor y silencio en el que todos observaron el cadáver de Voldemort en el suelo, los gritos y vítores resonaron con fuerza.
Todo había terminado por fin.
Y, en medio de la algarabía a su alrededor, Amelia no pudo evitar pensar en Tom. Se sentía infinitamente aliviada de que Voldemort por fin había sido derrotado, pero tenía una profunda sensación de tristeza por Tom. No podía parar de repetirse en su mente que él no tendría porqué haber llegado hasta ese extremo de haber tomado otro camino. Que él podría haber tomado otras decisiones cambiando radicalmente el futuro, no sólo el suyo, sino el de toda la comunidad mágica.
Sin embargo, tampoco estaba segura de que ese otro camino podría haber existido realmente alguna vez. Quizás solo era un absurdo deseo que aún permanecía en su corazón.
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Las mesas habían vuelto a aparecer en el Gran Comedor. Todos estaban sentados celebrando el triunfo pero también estaban rotos por las pérdidas. Era alivio, más que felicidad, lo que flotaba en el ambiente.
—Al final tenías razón —comentó Wayne en un susurro—. Tu misión ya había terminado —Amelia lo miró y él esbozó una tenue sonrisa—. Debí haber imaginado que Potter estaba fingiendo su muerte.
—Es algo que suele funcionar —comentó ella recordando que, tiempo atrás, había hecho lo mismo con Tom.
—Aunque me parece que tú también deberías recibir algún tipo de reconocimiento —opinó él, observando a Harry, que estaba al otro lado del Gran Comedor rodeado por gente que no paraba de agradecerle lo que había hecho—. Tú también arriesgaste tu vida para detener a Voldemort.
—Como tantos otros —respondió ella.
Wayne la miró como si se hubiera vuelto loca.
—No todos viajaron al pasado —le recordó en voz muy baja—. Ni tampoco se rompieron la cabeza buscando horcruxes.
—Quizás tengas razón —admitió Amelia—. Pero él siempre tuvo una carga aún mayor sobre sus hombros todos estos años. Míralo.
Ambos lo observaron. El chico acababa de sentarse junto a Luna Lovegood. Se veía exhausto.
—Está agobiado con tanta atención, Wayne —siguió ella—. Sinceramente, yo prefiero seguir siendo anónima.
Wayne se giró para mirar a Amelia y sonrió.
—Es un buen argumento.
—¿Por qué no salimos de aquí un momento? —sugirió Amelia.
—¿A dónde quieres ir?
—No lo sé —se encogió de hombros—. A pesar de la celebración, resulta duro estar aquí. Hay gente que conocimos que no ha sobrevivido.
—Te entiendo.
Ambos se levantaron y se dirigieron hacia la salida del Gran Comedor. En la última mesa, muy cerca de las puertas, estaba un pequeño grupo de estudiantes de Slytherin. Amelia vio entre ellos a Daphne, cuya mano estaba entrelazada con la de Theodore. A una corta distancia se encontraba Draco Malfoy junto a sus padres. Todos ellos estaban silenciosos y no parecían estar seguros sobre si tenían derecho a estar ahí o no.
Amelia no sabía si era una buena idea acercarse a su amiga o esperar a otro momento, por lo que no se detuvo y siguió de largo hasta atravesar las puertas con Wayne a su lado. Ya estaban en el vestíbulo cuando unos pasos apresurados salieron detrás de ellos.
—¡Amelia!
Daphne los había alcanzado. Amelia se dio la vuelta, encontrándose con que su amiga le sonreía ampliamente.
—Me alegra tanto saber que estás bien —le dijo Daphne antes de que se abrazaran, entusiasmadas por el reencuentro—. Tienes que contarme lo que has estado haciendo.
—Ya hablaremos, Daphne —le prometió Amelia—. Pero, ¿no hay ningún problema con que tus compañeros nos vean?
Al separarse, la sonrisa aún permanecía en el rostro de su amiga. Ésta negó con la cabeza.
—Ninguno —aseguró—. Ya no. Después de todo lo que sucedió, creo que nadie hablará más sobre el menosprecio a los hijos de muggles.
—Será un alivio —comentó Amelia con una sonrisa.
—Nos vemos después, entonces —se despidió Daphne, tras lo cual regresó al Gran Comedor.
Reanudando la marcha, Amelia y Wayne se encaminaron hacia la entrada del castillo y salieron al exterior. Entonces se sentaron en los primeros peldaños de la escalinata de piedra. La luz de la mañana iluminaba los terrenos mostrando los innumerables destrozos y haciendo que todo se viera mucho más lamentable.
Amelia permaneció en silencio un buen rato, pensando sólo en su familia. No supo si Wayne adivinó sus pensamientos o no, porque él pasó una mano por su espalda, abrazándola. Ella se reclinó un poco hacia él y apoyó la cabeza sobre su hombro. Entonces cerró los ojos.
Podía notar la luz del sol a través de sus párpados y sentir la calidez de Wayne a su lado. También era consciente del dolor de sus heridas y de que necesitaba urgentemente una poción revitalizante.
De repente, escuchó que Wayne la llamaba por su nombre.
Ella abrió los ojos y vio, sorprendida, como una figura plateada acababa de aparecer frente a ellos. El Patronus tomó la forma de un gato y, cuando habló, lo hizo con la voz de Morgana.
—Amelia, ven cuanto antes a nuestra casa. Hemos encontrado a tu familia. Ya están a salvo.
(*) Diálogo extraído del libro Harry Potter y las Reliquias de la Muerte, Capítulo 30.
N/A: He aquí el último capítulo, mis queridos lectores. Sin embargo, no es el final de la historia, pues aún queda un epílogo con alguna que otra sorpresa. ¡Os recomiendo estar atentos! Dentro de unos pocos días lo podréis leer.
Mientras dura la espera, quisiera recomendaros tres fanfics que escribí hace un tiempo y que están relacionados de cierta manera con "Matar a la Serpiente". En primer lugar está "Sobrevivir", una historia con Lisa Turpin de protagonista, junto a Mandy Brocklehurst y Terry Boot (personajes canon). Aquí se relata lo terrible que fue el año de los Carrow en Hogwarts. Después viene "La decisión del águila", que podría considerarse la continuación del anterior. Esta vez se relata la Batalla de Hogwarts desde el punto de vista de Lisa y podréis saber qué sucedió con Terry exactamente. Y, si queréis saber algo más sobre Rose Zeller (la niña que encuentran Amelia y Wayne y que también es un personaje canon), os recomiendo "Buried Alive", una pequeña viñeta sobre ella en la batalla. Estas historias están en mi perfil. De todos modos os dejo los links aquí abajo:
s/9783177/1/Sobrevivir
s/8996988/1/La-Decisi-del-
s/9755605/1/Buried-Alive
Espero en verdad que os haya gustado este capítulo. Al igual que toda la historia, está escrito con un cariño infinito.
Como habéis podido leer, relaté la batalla siguiendo el canon del libro. Lo único que tomé de la película es la banda sonora.
Contadme en un review lo que opináis tras haber leído la conclusión (o la casi-conclusión, debería decir) de esta historia.
Nos leemos muy pronto.
Victoria.
