25/Junio/2008: Hoy nos toca momento Abigail/Gabriel y Harry/Hermione. Como ahora voy escribiendo sobre la marcha (Los 10 primeros ya los tenía escritos con anterioridad) si me da tiempo hoy os subo un capítulo más o quizás dos, depende de lo rápido que los escriba. Si no tendréis que esperar a mañana. El capítulo siguiente ya es el principio del final, así que estad atentos!.

Espero que os mole este capítulo. A mi me gustó escribirlo.

xoxo.

CAPÍTULO 11: SEÑORITA AUROR

Escocia fue nuestro destino. Concretamente cerca de una población llamada Emerivale. Durante tres meses, solamente había visto la caras de mis seis compañeros, los profesores que iban y venían y aquel solitario paisaje que nos rodeaba. Vivíamos en una casa encima de un acantilado. Por un lado teníamos la montaña y por el otro el mar. Era imposible escaparse de allí sin utilizar la magia. La relación con nuestros amigos y familiares se reducía a correo vía lechuza (como en Hogwarts) . Por lo tanto hacía tres meses que no le daba un beso a papá. Tres meses que no oía la voz de mamá por teléfono. Tres meses que Liz no me contaba sus anécdotas con sus pacientes de San Mungo (Los estudiantes de Medimagia debían hacer unas horas de prácticas diarias). Tres meses que no había recibido ni una sola noticia de Gabriel. Nuestro periodo de aislamiento terminaba el día 22 de Diciembre. Aquella mañana Joanne Rowson, nuestra cuidadora, nos despertó tan temprano como siempre, pero con una insignificante diferencia, que esa mañana no tendríamos que salir a correr por la nieve. Emma Gillery era mi compañera de cuarto. No era el tipo de chica que te imaginarías para auror. Era alta, rubia, muy guapa, de ojos azules y una figura escultural. Emma y yo nos levantamos y nos pusimos a hacer las maletas. Si pensaba que en unas cosas horas volvería a ver a papá, a Liz, a Gabriel e incluso a mamá… se me ponía un nudo en la garganta de la emoción. Esos tres meses habían sido muy duros. Nos reunimos con Charlene y Phoebe en las duchas. Ellas dormían en otra habitación. Hacía unos tres días que papá me había enviado el paquete con mi nuevo uniforme. Era solamente el uniforme de gala, vamos el que tenías que ponerte en los actos oficiales. Constaba de una americana y falda por la rodilla de color azul marino con una camisa blanca y corbata azul marino. Me recogí el pelo en un moño, y volví a mi habitación para vestirme. Me puse la ropa, los zapatos de tacón, unos pendientes discretos y maquillaje ligero.

A las doce del mediodía teníamos programado un traslador que nos llevaría directamente al departamento de magia. Llegada la hora nos aferramos todos a aquel paraguas. Entre el remolino que se formaba a nuestro alrededor, el sentirme girar y los nervios de mi estómago tenía la sensación de estar a punto de marearme. Aparecimos en una habitación donde estaba Elinor Words.

- ¡Bienvenidos!- dijo con júbilo y una amplia sonrisa.

Nos llevó hacia la sala de conferencias. Al abrirse las puertas vi a un montón de gente, periodistas, gente del Ministerio de Magia. Familiares, amigos… Cuando vi a mamá, Margarita, Cielo, Nico, Gabriel y Liz sentados entre la multitud el corazón comenzó a latirme como loco. Sobre todo al ver a Gabriel. Papá estaba sentado sobre la tarima, al lado del Ministro de Magia, Percy Weasley. Nosotros seis teníamos los sitios ya reservados en primera fila. Elinor Woods subió a la tarima. Todo el mundo se puso en pie con gesto solemne. Incluso papá y el señor Weasley. Comenzó a sonar primero el himno de Inglaterra y después el himno del departamento de aurores. Que hasta ese momento no sabía que lo había. Cuando finalizó todo el mundo se sentó. El único que quedó en pie fue el Ministro de Magia. Percy Weasley se acercó hacia el atril que había a la derecha de la tarima. El discurso de Percy duró aproximadamente diez minutos en los que exaltó la noble tarea de los aurores protegiendo a la comunidad mágica. Percy era el que peor me caía de todos los Weasley, tan encorsetado, tan rígido… Siempre pendiente de que se cumplan las normas… Cuando Percy se retiró del atril papá se puso en pie. Un gusanillo empezó a removerse en mi estómago.

- Como muchos de los presentes sabéis, no estoy solamente aquí como jefe del departamento de aurores. Estoy aquí como padre. Mi hija es una de las seis personas que entrarán este año en el departamento de aurores. No puedo negar que como padre me hubiera gustado que escogiese una profesión más segura. Aunque nos llenen tiempos de paz, ser auror siempre entraña sus peligros. Pero después de todo es mi hija, la quiero y tengo que aceptar lo que ella quiera ser. Si pensáis que habéis pasado lo peor, no tardareis mucho en pensar lo contrario. Pero hoy no debéis pensar en eso. Os doy mi más sincera bienvenida al departamento de Aurores del Ministerio de Magia.

Elinor Woods comenzó a llamarnos uno por uno. Cuando llegó mi turno me puse en pie. Me aproximé a la tarima. Subí los dos peldaños y me acerqué a papá. Él me sonreía. Una sensación de calidez me embriagó como una manta calentita y suave. Papá, saltándose todo tipo de protocolo me estrechó entre sus brazos, apretándome con fuerza. Sentí que una indiscreta lágrima salía de mis ojos.

- Estoy muy orgulloso de ti, mi niña- dijo él en mi oído.

Nos separamos y puso la insignia del departamento de aurores (un escudo con dos varitas cruzadas) en la solapa de mi chaqueta. Después volví a mi asiento. Elinor dio por finalizado el acto, instándoles a los familiares y amigos que se dirigiesen hacia la cafetería. Nosotros debíamos quedarnos allí para las fotografías. Cuando por fin me pude reunir con los míos en la cafetería del Ministerio de Magia que estaba en el Atrio, me sentí aliviada. Todos me dieron besos y abrazos, pero el más esperado para mi fue el de Gabriel. Después de los saludos iniciales, de que Liz se pusiera como una loca a sacarnos fotografías pude por fin abordar la mesa donde había dulces típicos del mundo mágico, zumo de calabaza y cerveza de mantequilla. Después de estar allí un rato, hacerme fotos con mis compañeros, etc… mi madre me dijo que era hora de volver a casa. Todos nos utillizamos la aparición para llegar a mi casa. Cielo, Nico, Margarita y Gabriel tuvieron que repartirse para aparecerse con alguno de nosotros. Cielo y Nico dormían en la habitación de invitados. Margarita lo hacía en la mía, mamá en la habitación de papá y papá en el sofá cama de su escritorio.

El reloj despertador me sacó del mundo de los sueños en el que estaba inmersa. Margarita se revolvió a mi lado en la cama, pero ni siquiera se despertó. Me levanté con sigilo y fui hacia el cuarto de baño. No me importaba que fuese el día de Nochebuena, tenía que salir a correr. Quería seguir manteniéndome en forma. Así que me puse la ropa de correr y salí de casa. Cuando volví estaban todos desayunando en la cocina.

- Si que eres madrugadora, chica- dijo Nico.

- Seguro que no aguantarías ni cinco minutos a mi ritmo, abuelete- dije riendo.

- ¿Me ha llamado abuelete?- dijo Nico a Cielo.

- Sí. Pero técnicamente lo eres cariño- matizó Cielo.

- Voy a ducharme que huelo fatal- dije corriendo escaleras arriba.

Mis cansados músculos agradecieron el contacto con el agua tibia. Después me puse un chándal y bajé a ayudar a mamá con los preparativos de la cena.

- Gaby, Magy y tú podíais ir decorando el salón- dijo mamá.

Yo asentí con la cabeza. Encontré una caja enorme en el desván con adornos de Navidad. Fue un día genial. Gabriel, Margarita y yo estuvimos decorando toda la casa y cuando acabamos salimos a jugar con la nieve. Por unos momentos me pareció retornar a la infancia en la que éramos Gabiel, Margarita y yo. Cuando Margarita se cansó de estar afuera entró dentro de casa. Gabriel y yo nos quedamos afuera hasta que se hizo de noche, corriendo, jugando como dos niños.

Entré en la cocina después de darme un baño calentito y vestirme para la cena. Mamá y Cielo habían tomado la cocina por asalto. Tinkerbelle andaba de un lado para otro obedeciendo las peticiones de mamá y Cielo. A Cielo le hacía mucha gracia nuestra elfina doméstica.

- El mundo mágico es maravilloso- dijo sonriendo.

- ¿Puedo echar una mano?- dije.

- No mi niña, pero no te vayas, quiero decirte algo- dijo mamá con su tono más solemne. O una de dos, había hecho algo o me iba a dar una noticia importante- ¿Qué te parece si me vengo a vivir a Inglaterra?. Me iría con los abuelos hasta que encontrase un lugar permanente donde vivir.

- ¿Qué me va a parecer? ¡Me parece genial! ¿Pero de qué trabajarás?

- Hace unos meses pedí el traslado. Trabajaré en el Ministerio.

Mamá y yo nos abrazamos. Cielo le dijo cuánto la iba a echar de menos y fue cuando salí de la cocina dejándolas solas. Ron, Luna, Ginny y Neville ya habían llegado con Liz.

No se en qué momento de mi vida me enamoré de ella. Y tampoco entiendo por qué Abigail en lugar de Margarita o cualquier otra chica del Hogar. Solo se que hasta que no estuve a miles de quilómetros de ella no me di cuenta de todo lo que significaba para mi. Echaba de menos sus pequeños gestos. La forma en que se enroscaba un mechón de pelo en el dedo. Su sonrisa. Sus ojos. La forma en que se encargaba de los chicos más pequeños del hogar. Su manera de ser dulce y encantadora. Lo sexy que se vuelve inconscientemente cuando está bailando o cantando. Todas esas cosas suyas que la hacen única y especial. Llevaba en San Mungo dos días sin despegarme casi de su cama. La noche de Nochebuena se fue para la cama estornudando y tiritando de frío. A media noche Hermione me despertó para decirme que se la llevaban a San Mungo, que volaba de fiebre. Y desde entonces apenas le había bajado la fiebre. Cuando mejor estaba solamente dormía empapada en sudor. Cuando estaba peor deliraba y decía cosas sin sentido. Hermione y Harry habían ido a casa a darse una ducha y cambiarse de ropa. Era el día veintisiete por la mañana. Yo estaba leyendo un libro mientras que de vez en cuando levantaba la vista para vigilar a Abigail. Me di cuenta de que se revolvía más de lo normal. Aparté mi libro y me acerqué a ella.

- Aby… Aby ¿Me escuchas? ¿Estás bien?- dije.

Abigail abrió los ojos como si le costase un esfuerzo sobrehumano. Me miró como si estuviera sorprendida de que estuviera allí con sus preciosos ojos entrecerrados.

- Gaby… eres tú…

- Sí, tranquila, estoy aquí- dije cogiéndole con fuera de la mano. Con la otra mano le aparté el pelo mojado de la cara- Estás volando de fiebre. ¿Sucede algo?

Abigail se había quedado mirándome fijamente. En sus ojos verdes tenía una mirada que me hacía estremecer desde la punta del dedo gordo del pie hasta el último pelo de mi cabeza.

- Te amo Gaby, te amo, te amo, te amo… eres el hombre de mi vida…

- Mira si después te vas a arrepentir de hablar así, señorita. Estás delirando.

Me intente autoconvencer de que Abigail estaba delirando. Pero el corazón me latía más deprisa cada vez que recordaba la forma en que me había dicho "Te amo". Dos palabras tan sencillas pero que significan tanto.

Abrí los ojos como si mis párpados pesasen toneladas. Al abrirlos vi a papá y a mamá en el sofá de la habitación completamente dormidos. Papá estaba sentado en un extremo del sofá con la cabeza apoyada en el respaldo. Y mamá estaba tumbada a lo largo del sofá, con la cabeza apoyada sobre las piernas de papá. Era bonito verlos así, juntos. Inspeccioné la habitación. Paredes blancas e inmaculadas con una cama de hospital, una mesita de noche, un armario, el sofá y un cuarto de baño. Me sentía sudorosa y sucia. De repente la puerta se abrió y la sonrisa de Liz entró por la puerta. Papá y mamá se despertaron sobresaltados.

- Vaya, Aby, veo que estás despierta. ¿Qué tal te encuentras?

- Bien… creo- estornudo- ¿Qué ha pasado?

- Llevas dos días con fiebre bastante alta y delirando. Déjame que te tome la temperatura.

Liz se acercó a mi y me colocó un termómetro debajo del brazo.

- Perfecto, te ha bajado la fiebre. Dentro de un rato vendrá un sanador a reconocerte ¿vale?

Liz se inclinó sobre mi y me dio un beso en la mejilla. "Me alegro de que estés bien, amiga" dijo antes de irse. Me tuvieron en San Mungo hasta el día siguiente por si me volvía a subir la fiebre. Pero como no volvió a subirme, me dieron el alta en seguida.