30/Junio/2008: Segundo capítulo por hoy. Para algunos puede ser un poco caótico porque está visto desde varios puntos de vista. Los "narradores" son: Jeremy (investigador privado que está buscando a Aby), Hermione, Harry y Abigail. Por fin se descubre quién es el/la malo/a. xoxo

CAPÍTULO 14: RESCATE

Había trabajado muchas veces para el Ministerio de Magia y le había llegado a tomar cariño a Harry Potter. Cuando me enteré de lo de su hija primero me sorprendí porque no sabía que tuviera una hija y después sentí pena por él. Pero me alegraba muchísimo estar preparándome para algo como lo que iba a hacer esa mañana. Guardé todas mis cosas en la mochila y salí de mi casa. Cogí el metro hasta Charing Cross. Era un mago así que podía perfectamente ver el caldero chorreante. Entré dentro y me senté en una de las mesas más ocultas de la taberna.

La luz de la mañana entraba por la ventana de la habitación. Me revolví entre las sábanas de la cama. Todavía no me había acostumbrado del todo a sentir el peso del cuerpo de Harry a mi lado. Esos dos días un poco más relajados ante la posibilidad de poder encontrar a Abigail habíamos hablado sobre lo nuestro. Habíamos decidido darnos otra oportunidad ya que si salía mal, Abigail era lo suficientemente mayor como para entenderlo. Abrí los ojos y en la penumbra vi a Harry con la cabeza hundida en la almohada. Sus ojos cerrados con gesto pacífico y la sombra de una barba incipiente poblando su mentón. Me acerqué a él lentamente intentando no despertarle y apoyé la cabeza sobre su pecho. Harry no abrió los ojos pero rodeó mis hombros con su brazo. Todavía volví a quedarme dormida un poco en esa posición. Esa mañana nos levantamos en silencio. Nos vestimos sin hablar y bajamos a desayunar. La tensión se podía cortar con un cuchillo. Era el día señalado. A las doce del mediodía cogimos la bolsa llena de galeones y la dejamos en el Caldero Chorreante. No vimos a Jeremy, pero estábamos seguros de que estaba allí.

Vi entrar a dos hombres. Uno era alto y fornido, rubio. El otro era algo más bajo también musculoso y moreno. No me sonaban sus caras. Me di cuenta de que debían ser unos sicarios. Me puse en pie y me acerqué a la barra. El rubio fue el que había cogido la bolsa con la recompensa. Me acerqué a él y coloqué mi mano sobre su hombro.

- Amigo, ¿Tienes hora?- dije.

- Las doce y media- gruñó.

Ellos se fueron del bar. Yo pagué mi consumición y salí también. Había sido fácil como engañarle a un niño. Si tenía la mala suerte de perderlos en la maraña de gente que transitaba las calles de Londres y sobre todo si se metían en el metro siempre me quedaba el localizador GPS. Cuando le toqué el hombro al más alto le prendí en la chaqueta un dispositivo diseñado por mi para que reconociera también los lugares mágicos. Salieron del Caldero Chorreante. Fueron hasta Trafalgar. Se subieron en el metro. Se bajaron. Entraron en un centro comercial, dieron mil vueltas, entraron en tiendas de ropa, salieron. Volvieron al metro. Se bajaron en Charing Cross y volvieron a "El Caldero Chorreante". Pero esta vez cruzaron para meterse en el patio trasero de el bar. Se detuvieron en el número 30 de el Callejón Diagón.

¡Mierda!- exclamé.

Harry estaba sentado en el sofá de su casa. A su lado estaba Hermione, la madre de Abigail. Los dos estaban tomados de la mano. Allí también estaban varios amigos y familiares de ambos. Estaban los padres de Hermione, Ronald y Luna Weasley, Neville y Ginny Longbottom y Los señores Weasley. Estos últimos eran como unos padres para Harry. Y yo estaba allí sentado sin saber cómo decirle que alguien muy cercano a él le había traicionado.

- Bueno dime ya lo que has averiguado- dijo Harry exasperado.

- Los vi. Los seguí. Me hicieron dar mil vueltas por Londres. Luego volvieron al callejón Diagón.

- ¿Y?

- Harry, ¿Confías en todos tus amigos?- dije de repente.

- Sí.

- Estos son los hombres ¿Te suenan de algo?- dije mostrándole las fotografías de los hombres que había seguido.

- Sí… este es Matthew Anderson y este Jones Hicks. Delincuentes comunes. No han hecho nada más que traficar con algunas cosillas… obras de poca monta. ¿Estos han secuestrado a Aby? No los creía tan inteligentes como para hacerlo.

- No. Hay alguien más, el cerebro de la operación. La mujer de la que nos habló la señora Owen. Es esta.

Saqué una fotografía de el dossier que había llevado. Vi cómo Harry y Hermione empezaban a ponerse blancos. Y cómo todos se iban acercando para mirar. Creo que los únicos que no entendía nada o casi nada eran los padres de Hermione.

- ¡¡Maldita sea!! ¡¡Os dije que no lo hiciéseis!!- Bramó la mujer- ¿Acaso es que sois cortos de entendederas?

- No nos siguió nadie jefa. Y si nos siguieron al salir de El Caldero Chorreante, estoy seguro que en el metro los perdimos.

- ¡Mil galeones! ¡Por mil galeones habéis echado a perder mi fantástico plan!. ¡Maldita sea Grant! ¡Ven aquí ahora mismo!

Un elfo doméstico se apareció ante aquella mujer. Le tenía tanto miedo como en sus tiempos, Dobby había temido a Lucius Malfoy.

- ¡Quiero que la tengas a pan y agua! ¡Nada de lujos! ¡Es una orden! Y en cuanto a vosotros… me las vais a pagar. ¡Crucio!

Tenía que salir de allí, correr, escapar. No podía ser. Yo tenía la culpa. Yo las había juntado. Había permitido que se conociesen. En el bosque empecé a golpear un arbol con todas mis fuerzas sin darme cuenta de que mis dedos y mis nudillos habían empezado a sangrar. Sentí que me cogían por los brazos.

- Ya vale Harry- dijo Hermione suavemente.

Estallé en llanto. El dolor de mis manos solamente hacía incrementar los sentimientos de culpabilidad. La sensación de que yo había metido a Abigail en la boca del lobo.

- Ya está Harry… sabemos quién ha sido… Es cuestión de horas de que encontremos a Abigail. Y después todo el peso de la justicia se cernirá sobre ella.

- ¿Cómo pude dejar engañarme? Me engañó durante dieciocho años. ¿Te das cuenta de cómo me siento? Tú… ella… tú te fuiste por su culpa…

- Harry no sabemos si fue ella la del anónimo. Igual solo se aprovechó de la situación…

Hermione me abrazó. No podía decir si estaba furiosa con ella o conmigo por que no era capaz de saberlo. En su mirada solamente podía encontrar amor, tanto amor como había encontrado aquella vez hacía tantos años el día que ella volvió de viaje. Hermione me llevó hacia casa. Ahora si era nuestra casa. Liz había ido y fue la que me curó las heridas y después me envolvió las manos en venda.

Me sentía débil. Sin fuerzas. Al principio Grant me trataba muy bien. Sí, estaba prisionera pero él me cuidaba. Me daba conversación, me traía libros y me hacía comida rica. Pero un día de la noche a la mañana me vi comiendo solo mendrugos de pan seco y agua. ¿Qué era lo que había cambiado? Grant me aseguró de que no podía contármelo, pero deduje que tenía que ver algo con mis secuestradores. Tenía hambre, mucha hambre. De repente oí pasos en el pasillo. Me empecé a poner nerviosa porque la única visita que tenía era Grant y él se aparecía. Me encogí en la cama a pesar de los fieros rugidos de mi estómago. ¿Y si eran mis secuestradores? ¿Y si iban a matarme?. Fueron tan solo unos segundos pero nunca había sentido tanto miedo en mi vida. Noté que intentaban abrir la puerta usando la manecilla. Si hubiera podido pensar con claridad me hubiera dado cuenta de que los secuestradores usarían la llave. Y de repente la puerta salió disparada. Yo me enrollé sobre mis piernas y grité. Segundos después sentía los brazos protectores de papá a mi alrededor.

- Mi niña… qué miedo hemos pasado por ti…¿Estás bien?.

- ¿Y mamá?- pregunté.

- Está en casa. Esperándote. ¿De verdad que te sientes bien?

- Tengo hambre.

Papá rió. Me cogió en brazos como si pesase lo mismo que una pluma y nos desaparecimos. Mamá estaba sentada en el sofá. Papá me posó en el suelo pero apenas tenía fuerzas para sostenerme. Mamá me abrazó llorando. Las dos llorábamos. Papá me llevó a mi habitación. Unos pocos minutos después Tinkerbelle apareció con una bandeja de comida a rebosar. Yo comí como si no hubiese probado bocado en toda mi vida. Después de eso me dejaron que durmiera. Cuando me desperté ya era bien entrada la mañana siguiente. Cuando entré en la cocina Tinkerbelle estaba preparando mi desayuno mientras que mamá y papá charlaban animadamente. Allí había algo que no me cuadraba.

- Ma… ¿Has dormido aquí?- dije.

Papá y ella intercambiaron una mirada cómplice. Mmm… eso tampoco me cuadraba. Antes de mi desaparición su relación era buena, amistosa y cordial. Parecían dos enamorados. Entonces algo en mi cerebro hizo clic.

- Verás hija… nosotros… hemos decidido…- empezó mamá.

- Bueno resumiendo que nos hemos dado cuenta de que estábamos locos el uno por el otro y nos estamos dando una oportunidad.

Durante unos segundos en la cocina no se oyeron más que besos, abrazos y felicitaciones. Siempre supe que se querían, pero verlos juntos besándose como dos adolescentes era un poco extraño. Después del desayuno oímos la chimenea hacer el ruido que hacía cuando alguien llegaba por la Red Flu. Era como si Papá Noel estuviera bajando por la chimenea. Llegaron dos personas. Yo esperaba ver a alguien de mi familia (Ron, Ginny, Liz, etc…) pero eran Tonks y Jeremy. No conocía a Jeremy hasta ese momento, el hombre que se había encargado de encontrarme.

- No te preocupes Harry, Cho está bajo la supervisión de los aurores esperando el juicio de Wizengamot. Es casi seguro que la lleven a Azkaban. Sus secuaces dicen que utilizaba la maldición Cruciatus.

- ¿Ella ha dicho algo?- dijo Hermione.

- Creo que lo que le pasa es que no está bien de la cabeza. Está comprobado que ella escribió el anónimo que llevó a Hermione a Buenos Aires. No te puedes ni imaginar la cantidad de información, cosas tuyas que tenía Harry… Resultaba casi grotesco. Decía que lo único que quería era haceros sufrir. A ti- dijo Tonks mirando a papá- por abandonarla- y a ti, Hermione, por meterte entre Harry y ella. Odia profundamente a Abigail...

- El único que parece algo inocente en todo esto es el elfo doméstico de la señorita Chang- dijo Jeremy hablando por primera vez.

- Él me cuidaba… no quiero que le suceda nada. Era muy bueno conmigo. Él solo cumplía órdenes.

Esa misma mañana tuve que acompañar a Tonks y a Jeremy al departamento de aurores para que me tomasen declaración. Papá dijo que no era necesario, pero yo mejor que nadie sabía que eso tenía que hacerse. Y por duro que resultase era un mero trámite. Después de un par de primeros días un poco agitados, mi vida volvió a la normalidad con la excepción de que mis padres parecían dos chiquillos enamorados. Al principio se me hacía raro. Pero después me daba gusto verlos tan felices.