El Segundo Regreso de los Reyes
Después de la Guerra del Anillo Aragorn y Legolas deben librar otra guerra para que su relación sea aceptada.
I LA CORONACION
Aragorn se miró una vez más al espejo. Sabía que fuera esperaban los dignatarios de Gondor, los soldados sobrevivientes a la batalla de la Puerta Negra, los embajadores y representantes de reinos de hombres y enanos, incluso le esperaban sus compañeros de la Comunidad del Anillo, pero decidió que esperasen un poco más.
"Después de todo, la mayoría de ellos espera al Rey de los Hombres" no pudo evitar cierta tristeza en su mirada "para muchos esto no es más que un cambio político. Elessar I ha recuperado el trono de sus ancestros y habrá que tejer nuevas alianzas en la Corte…"
Sus pensamientos se basaban en los días pasados desde la caída de Saurón. Mientras estuvo en peligro la Tierra Media todos se concentraron en la Guerra, pero en cuanto Frodo y Sam llegaron a las Casas de Curación desde el Monte del Destino, comprendieron que la restauración de la dinastía era cuestión de tiempo. Las voces se tornaron empalagosas, las sonrisas falsas. En cuanto Faramir estuvo recuperado empezó a colaborar con él, también Lególas y Gimli tenían experiencia en ordenamientos y gobierno, pero pronto le abandonarían. No pudo contener la melancolía.
"Salir a esta coronación es empezar a quedarme solo"
Tocaron a la puerta, los golpes fueron suaves y breves, pero le sobresaltaron, aún quedaba mucho del montarás en él.
–Adelante
–Perdón Majestad, pero el señor Frodo me pidió que le informara que ya todos están listos y le esperan, si usted me entiende.
–Para ti sigo siendo Trancos, Sam, el mismo Trancos que fumaba en penumbras dentro del Poney Pisador.
–Oh señor, ha pasado tanto tiempo desde entonces. Ya no somos los mismos, pero supongo que todo ha sido para bien.
–Tienes razón Sam, debemos creer que todo ha sido para bien. Un momento, sólo necesito tomar aire antes de zambullirme en esa ceremonia.
Volvió a mirarse brevemente, le pareció ver a un hombre enmascarado de felicidad. Se encogió de hombros.
–Adelante.
Y salió de la mano del jardinero Samsagaz Gamyi hacia su destino. Caminaron juntos hasta la entrada de la gran explanada en el primer nivel, donde Sam soltó su mano y se escurrió para mezclarse con la multitud.
Aragorn siguió caminando lentamente hasta un círculo sagrado marcado en el centro de la plaza. Desde la Puerta se adelantaron entonces Faramir y Húrin de las Llaves, y sólo ellos, aunque cuatro hombres iban detrás luciendo el yelmo de cimera alta y la armadura de la ciudadela, y transportaban un gran cofre de lehethron negro con guarniciones de plata.
El cofre es grande, pero no parece pesar. Ligero como los cadáveres de los niños muertos en la batalla de Cuernavilla. ¡Tan pocos inviernos vistos! Murieron los hombres de Rohan, y los de Gondor, murieron al fin los hombres de la Montaña, que te esperaban desde los tiempos de Isildur.
Está ahí, en el centro del círculo sagrado: esperas la culminación de tu destino, pero no logro verte como un Rey. Ahora se que mis años de vida y guerra en el Reino del Bosque fueron años de espera.
Te esperaba.
Al encontrarse con Aragorn en el centro del círculo, Faramir se arrodilló ante él y dijo:
—El último Senescal de Góndor solicita licencia para renunciar a su mandato. —Y le tendió una vara blanca; pero Aragorn tomó la vara y se la devolvió, diciendo:
—Tu mandato no ha terminado, y tuyo será y de tus herederos mientras mi estirpe no se haya extinguido. ¡Cumple ahora tus obligaciones!
Entonces Faramir se levantó y habló con voz clara:
—¡Hombres de Góndor, escuchad ahora al Senescal del Reino! He aquí que alguien ha venido por fin a reivindicar derechos de realeza. Ved aquí a Aragorn hijo de Arathorn, jefe de los Dúnedain de Arnor, Capitán del Ejército del Oeste, portador de la Estrella del Norte, el que empuña la Espada que fue forjada de nuevo, aquel cuyas manos traen la curación, Piedra de Elfo, Elessar de la estirpe de Valandil hijo de Isildur, hijo de Elendil de Númenor. ¿Lo queréis por Rey y deseáis que entre en la ciudad y habite entre vosotros?
Y el Ejército todo y el pueblo entero gritaron "Sí" con una sola voz.
¿Cómo negarse a tu mandato, a tu fuerza en el combate, a tu belleza? ¿Cómo pude callar mi admiración tanto tiempo?
Durante treinta años te vi entrar y salir de mi bosque, en ocasiones te acompañé. La mayoría de las veces te dábamos hospitalidad. Siempre llegabas cansado y sucio, pero al siguiente amanecer estabas fresco: la sangre élfica se imponía en ti. Charlábamos mucho, mucho… Caminábamos por los senderos que había inventado para proteger mi soledad.
Nunca te dije que eran sendas para dos.
—Hombres de Góndor, –continuó Faramir– los sabios versados en las tradiciones dicen que la costumbre de antaño era que el Rey recibiese la corona de manos de su padre, antes que él muriera; y si esto no era posible, él mismo iba a buscarla a la tumba del padre; no obstante, puesto que en este caso el ceremonial ha de ser diferente, e invocando mi autoridad de Senescal, he traído hoy aquí de Rath Diñen la corona de Earnur, el último Rey, que vivió en la época de nuestros antepasados remotos.
Entonces los guardias se adelantaron, y Faramir abrió el cofre, y levantó una corona antigua. Tenía la forma de los yelmos de los Guardias de la Ciudadela, pero era más espléndida y enteramente blanca, y las alas laterales de perlas y de plata imitaban las alas de un ave marina, pues aquél era el emblema de los Reyes venidos de los Mares; y tenía engarzadas siete gemas de diamante, y alta en el centro brillaba una sola gema cuya luz se alzaba como una llama.
La llama de tus ojos se me rebeló con mayor fuerza al llegar a Rivendel para el Concilio. La noche anterior te vi esquivo con Arwen, y me asusté. Acostumbrado a la idea de que no merecías menos que a Estrella de la Tarde, la posibilidad de que otra persona la alejase de tu corazón me parecía remota.
Esa noche me pediste caminar por los alrededores de la cascada. Intuí que ese camino era solo para dos, pero nada me preparó para tus palabras.
–¿Te parezco viejo Legolas?
Tuve que guardar silencio unos minutos, tales eran mi asombro y mi ignorancia.
–No lo sé. Conozco muy poco a los humanos para juzgar. Tu pelo tiene hilos de plata, pero tu rostro se mantiene firme… ¿Cuántos años tiene ese hombre de Gondor, Boromir?
–Unos cuarenta, supongo.
–Cuando te conocí lucías un poco más joven que él. Desde entonces han surgido esos mechones canosos, y tus ojos... no son solo perspicaces, también hay en ellos algo severo. ¿Qué edad tienes en realidad?
–Ochenta y siete.
No pude evitar sonreír. –A esa edad no me dejaban salir del Palacio solo… Y tú haz llegado hasta Harad, en verdad los hombres son distintos.
–Legolas, siento que el último camino está ante mí y temo recorrerlo en soledad. Si llego solo a esa meta ya nunca más estaré acompañado.
Aragorn tomó la corona en sus manos, y levantándola en alto, dijo:
—Et Earello Endorenna utúlien. Sinome maruvan ar Híldinyar tenn'Ambarmetta!
Eran las palabras que había pronunciado Elendil al llegar a los Mares en alas del viento: «Del Gran Mar he llegado a la Tierra Media. Y ésta será mi morada, y la de mis descendientes, hasta el fin del mundo.»
No comprendí tus palabras hasta el día siguiente, cuando el Concilio rebeló el peligro del Anillo y tu filiación con la remota Númenor.
Estaba prisionero entre mi calidad de Príncipe y la de mensajero. Mi padre hubiese preferido que Halladad asistiera, pero mi hermano mayor estaba demasiado ocupado en mantener a raya a las cristuras de Suaron. Se suponía que mi cometido era buscar consejo, pero… A ti te seguiría hasta Mordor, hasta el fin del mundo.
Entonces, ante el asombro de casi todos, en lugar de ponerse la corona en la cabeza, Aragorn se la devolvió a Faramir, diciendo:
—Gracias a los esfuerzos y al valor de muchos entraré ahora en posesión de mi heredad. En prueba de gratitud quisiera que fuese el Portador del Anillo quien me trajera la corona, y Mithrandir quien me la pusiera, si lo desea: porque él ha sido el alma de todo cuanto hemos realizado, y esta victoria es en verdad su victoria.
Entonces Frodo se adelantó y tomó la corona de manos de Faramir y se la llevó a Gandalf; y Aragorn se arrodilló en el suelo y Gandalf le puso en la cabeza la Corona Blanca, y dijo:
— ¡En este instante se inician los días del Rey, y ojalá sean venturosos mientras perduren los tronos de los Valar!
Eres Rey amigo Aragorn, haz llegado a tu meta. Estuve a tu lado en ese último camino, ¿significa que no viajaré a Valinor junto a mi padre? Valinor no me parece tan deseable al contemplar tu rostro.
En Cuernavilla dijiste "Me quedaré con ellos", tuve que meditar para poder decir "Y yo contigo".
La noche antes de partir hacia El Sagrario te acercaste despacio y tomaste mi mano. Allí estuvimos hasta el amanecer, de pie y tomados de la mano, contemplando los fuegos de tu ciudad que pedía ayuda. Traté de no pensar.
Ante la entrada del Paso de la Montaña, buscando al Ejército de los Muertos, Gimli, acostumbrado a los profundos aposentos de Erebor, dudó. Yo no tardé en entrar: solo quería seguirte.
Marchamos hacia la Puerta Negra como antes Gil–Galad e Isildur. En las noches intenté pedir consejo a las estrellas, pero jamás me dejaste solo. Finjimos chequear las guardias una y otra vez. Era un silencio lleno de culpa el nuestro, un silencio donde surgían las siluetas de Elrond, Arwen, Eowyn, Thranduil.
La última noche me obligaste a detener el paso, caíste de rodillas, sostenías mi mano para que no huyera. No deseaba tus palabras, la certeza me impediría escapar.
–No es a ella a quien amo, pero seré Rey y me debo al honor.
Y cuando Aragorn volvió a levantarse, todos lo contemplaron en profundo silencio, porque era como si se revelara ante ellos por primera vez. Alto como los Reyes de los Mares de la antigüedad, se alzaba por encima de todos los de alrededor; entrado en años parecía, y al mismo tiempo en la flor de la virilidad; y la frente era asiento de sabiduría, y las manos fuertes tenían el poder de curar; y estaba envuelto en una luz. Entonces Faramir gritó:
—¡He aquí el Rey!
Y de pronto sonaron al unísono todas las trompetas; y el Rey Elessar avanzó hasta la barrera, y Húrin de las Llaves la levantó; y en medio de la música de las arpas y las violas y las flautas y el canto de las voces claras, el Rey atravesó las calles cubiertas de flores, y llegó a la ciudadela y entró; y el estandarte del Árbol y las Estrellas fue desplegado en la torre más alta, y así comenzó el reinado del Rey Elessar, que inspiró tantas canciones.
