Nuevo capítulo!

Shinji kun112, gracias por los reviews, me alegro de que te guste la historia! Era justo intriga lo que quería conseguir al final del segundo capi, así que veo que no lo hice mal XD

Que disfrute del nuevo capi quien lo lea!


Capítulo III: Autoinvitación forzada

-¡Dale, Mangoku, no te dejes avasallar! –gritaba Tenma con toda la pasión de una fan emocionada ante su programa favorito.

Al final, la alumna cabezahueca no había aguantado más sin ver los capítulos que tenía grabados y había decidido aparcar el trabajo de clase de dibujo para dedicarle la tarde a "Tres samurai con espada".

Su hermana, algo preocupada por lo especialmente escandalosa que la veía ese día, le trajo la merienda sin siquiera habérselo pedido. Yakumo Tsukamoto era lo contrario que su hermana. A pesar de ser la menor, era mucho más alta que Tenma, mucho más responsable y educada y un auténtico ejemplo de buena voluntad. Quería a su hermana por encima de todo y, aunque la primogénita de las Tsukamoto solía abusar (sin darse cuenta) de la amabilidad y cortesía de su hermana pequeña, el sentimiento era mutuo. Yakumo era morena y tenía siempre una expresión de preocupación en el rostro, aunque eso no le quitaba encanto para nada. Por lo increíblemente habilidosa que era en casi todo lo que se proponía, se había ganado el corazón de muchísimos chicos... Aunque de momento ella no tenía ojos para nadie del sexo opuesto.

Por su aspecto inocente uno hubiera pensado que era fácil de engañar... Pero no era así, porque Yakumo Tsukamoto tenía una habilidad que el resto de la gente desconocía. Era capaz de percibir con una precisión milimétrica los pensamientos de las personas que tuvieran al menos un mínimo de interés hacia su persona. No sabía por qué tenía ese don ni desde cuándo, pero jamás le dio un uso incorrecto ni lo utilizó para conseguir un beneficio propio. La hermana de Tenma era, a grandes rasgos, una buena persona. Por eso no era de extrañar que estuviera siempre pendiente de ella.

-Tenma, no deberías ponerte tan cerca de la tele –avisó la chica, como tantas veces había hecho.

-Está a punto de terminar, ahora me quito –contestó Tenma, totalmente metida en lo que estaba viendo.

Yakumo se sentó junto a su hermana, aunque a una distancia algo más prudente de la caja tonta. A ella también le gustaba esa serie.

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-¿Ahora vives aquí? Me gustaba más tu otra casa, ésta es deprimente...

-¡No vivo aquí! –contestó una enfurecida Yako, pues había tenido que cargar con la enorme maleta de su compañero hasta la casa en la que se alojaba-. Es una pensión; mi madre alquiló las habitaciones para que nos quedáramos hasta que terminara ese asunto de su trabajo.

-¿Qué asunto? –preguntó el hombre sin ningún interés real.

-Eh... No lo sé... ¡Pero eso no quita que sea importante!

El hombre de los abalorios le quito la maleta a Yako, una vez más, sin aparente esfuerzo. La tiró contra el piso sin miramientos y contempló a la chica. La maleta ya no se movía.

-No pienses que no habría venido a buscarte si hubiese llegado algún cliente a la agencia... Pero resulta que durante esta semana no ha aparecido nadie.

-¿Entonces no has venido aquí porque hayamos recibido un encargo? –preguntó la chica, incrédula.

-No, he venido porque, ya que no hay clientes en casa, tal vez los haya aquí.

Yako miró al hombre con gesto escéptico. A saber lo que le rondaba por la cabeza.

-Dicen que algunos detectives desarrollan un aura nefasta a su alrededor –continuó-, por eso ocurren asesinatos y demás crímenes allá donde se encuentran.

-¿Cómo puedes ser tan macabro?

-La cuestión es, esclava, que llevo siete días sin probar bocado por culpa de una mala jugada del destino. Tal vez no sea cierto eso del aura nefasta –el hombre se acercó a la niña y la sujetó por los hombros. Había empezado a hacer mucho frío de repente, no un frío natural, sino uno de los que no podían ser registrados por ningún termómetro pero helaban la sangre igualmente-, pero lo que sí que es cierto es que tú te has ido de casa y han dejado de sucederse crímenes por los alrededores –uno de los abalorios de los mechones del flequillo del hombre empezó a vibrar con intensidad-. Y ahora que estás aquí, detecto el olor de un enigma débil en la zona.

Yako intentó zafarse de los brazos de su acompañante, pero todo esfuerzo fue inútil.

-¿Un misterio por aquí?

-Sí, no puedo detectarlo con facilidad... ¡Pero tengo tanta hambre que hasta me conformaría con una cosa así!

El hombre soltó a la chica y saltó directo al techo, donde permaneció erguido en contra de todas las leyes de la física.

-No entiendo cómo se explica que no haya habido crímenes durante una semana en una ciudad tan grande –de pronto, sonrió con el mejor gesto de buena voluntad que podía reflejar la hipocresía.-. Sin embargo, parece que la gente de por aquí va a tener la suerte de ver a la gran colegiala detective Yako Katsuragi en acción. ¿Qué me dices?

-Es que... verás...

Una enorme garra apareció a escasos milímetros de la cara de Yako. Un par de ojos con un brillo maléfico la miraron amenazantes.

-Era una pregunta retórica, me voy a contestar yo solo.

-D-de acuerdo... –intentó decir Yako, sudorosa y sonriendo de puro nerviosismo.

El hombre del traje azul se sentó sobre la cama de la habitación. Estuvo mirando los alrededores como siguiendo la pista de algo. Aunque aparentemente sólo era un tipo con unas pintas bastante extrañas, en realidad, Neuro Nôgami era un demonio venido desde el Mundo Demoníaco a la Tierra en busca de alimento. Por raro que sonara, ese monstruo bizarro se alimentaba de la maldad del corazón de los hombres, pero sólo cuando ésta se expresaba en forma de "enigmas"; componentes de un misterio que requería ser resuelto para liberar la energía que contenía. Neuro resolvía crímenes y le daba el mérito a su "jefa", Yako. Lo que explicaba la fama que se había ganado la chica sin tan siquiera habérsela buscado. En el fondo, Yako podía llegar a ser un auténtico pelele... Aunque cualquiera lo sería frente a un demonio que podía partir una vaca por la mitad con solo un dedo.

-Oye, Neuro. ¿Qué llevas en esa maleta?

-¡Eh, es cierto! –dijo el demonio con fingida sorpresa-. Metí ahí un par de trastos que igual nos eran útiles. Veo que te llevaste a Akane contigo. Bien hecho, así me ahorraste espacio en el equipaje para meter al conserje.

Yako se quedó callada unos instantes... ¿El conserje? Ése era...

-¿Has metido a Godai dentro de una maleta? –preguntó la chica, totalmente alarmada mientras abría el equipaje, dejando al descubierto a un chico rubio con cara de ira contenida que luchaba por no morirse de asfixia.

-A... aire... -decía en un hilo de voz.

-¿Cómo puedes ser así? -preguntó la chica al tiempo que abanicaba al hombre con una revista para evitar que le diera un ataque.

-Se negaba a pagar su billete en el tren y yo también me negué a pagar el mío, así que lo pagué con su dinero y me lo tuve que llevar de forma clandestina. Sólo han sido ocho horitas, a nadie le viene mal cambiar de aires de vez en cuando.

Yako iba a preguntar cómo diantres se cambiaba de aires dentro de una maleta, pero se quitó la idea de la cabeza cuando vio que su amigo volvía en sí.

-Tú... pedazo de monstruo...

-¿Ves? Está perfectamente.

Neuro agarró al conserje por la cabeza y lo levantó de golpe, obligándolo a ponerse en pie. Era tan alto como el demonio, y sus pintas de macarra no lo hacían menos amenazador.

-¡Pase que me hayas arrastrado hasta aquí, pero es que encima hay que ver la forma en la que lo has hecho! –dijo con un mosqueo terrible-. Ésta no se me olvida, so bastardo...

De no ser por que era consciente de que hacerlo hubiese sido un terrible error, Godai se hubiera lanzado sobre el objeto de su ira con intenciones puramente destructivas.

-Guarda las energías para el trabajo –contestó el monstruo-. Hoy mientras cargaba contigo detecté el rastro del enigma y lo seguí hasta el instituto en el que, casualmente, estudia nuestra "jefa" –miró a una extrañada Yako-. No sé exactamente lo que es, pero percibí una energía especial en una de las personas de los alrededores –se pasó la lengua por la comisura de los labios con ansiedad-. El misterio sigue estando por la zona del instituto, pero me gustaría investigar un poco esa energía tan rara mientras esperamos a que suceda lo inevitable.

-¿Pero a qué clase de energía te refieres? –preguntó Yako, cada vez más intrigada (a su pesar) por las cosas que comentaba su ayudante-. ¿Tiene que ver con algo del Mundo Demoníaco?

-No exactamente –respondió Neuro de forma tajante.

El demonio permaneció impasible unos instantes con su "gesto ausente", mientras Yako lo miraba extrañada y Godai buscaba en las profundidades de la maleta un cartón de tabaco que (en teoría) debería haber estado en sus bolsillos.

-Una sensación relacionada con el Mundo Demoníaco sería totalmente opuesta a lo que detecto –dijo al fin-. Por eso puede resultarnos interesante estar informados al respecto –distraídamente, empujó a Godai al interior de la maleta de una patada-. Y quién sabe- añadió mientras se sacaba del bolsillo de su chaqueta un paquete de tabaco que sostenía entre sus manos con gesto divertido-, a lo mejor hasta nos sirve esa información para cuando nos enfrentemos a la resolución de ese famoso enigma que esperamos.

El paquete de tabaco se consumió de forma espontánea convirtiéndose en un montón de cenizas. El demonio sonrió a la niña mientras un grito ahogado se oía desde dentro de la maleta.

-Y fíjate, Yako –añadió poniendo su "cara buena"-, me vienes que ni pintada para esta misión.

A la joven no le gustaba nada la expresión del rostro del monstruo. Sin duda significaba problemas, y no precisamente problemillas sencillos. El único modo del que Neuro sabía utilizarla, era como cebo o como conejillo de indias para cosas horribles. ¿Qué se le habría ocurrido esta vez?

-Resulta que te estuve espiando a la salida del instituto... Una de tus amigas está impregnada con cierta energía residual muy interesante –sonrió más pronunciadamente-. ¿Dónde te apetece cenar esta noche?

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El timbre sonó en casa de las Tsukamoto. Eran las siete de la tarde pasadas y Yakumo había empezado a hacer la cena para ella y para su hermana. En vista de que la mayor estaba demasiado ocupada ultimando los detalles del famoso trabajo para clase de dibujo, fue Yakumo la que tuvo que ir a abrir la puerta. Al hacerlo, se encontró de con una de las compañeras de su hermana. De forma casi imperceptible, captó un leve pensamiento alrededor de la cabeza de la chica: "Lo siento, lo siento, lo siento...".

Yako Katsuragi sonreía tímidamente desde la puerta, con un gesto más nervioso de lo que era normal en una persona mentalmente sana. Sólo conocía de vista a la hermana de Tenma, pues la había visto un par de veces cuando ésta se había pasado por la clase de 2º C a llevarle el almuerzo a su hermana o cosas por el estilo. Por lo que presentarse tan de improvisto ante ella no era algo que le diera demasiada seguridad... y encima con una exigencia tan descarada.

-H-hola... Yakumo ¿no? –trató de decir sin que se le trabara la lengua-. T-tu hermana me dijo esta tarde que me pasara un día por aquí para que cenáramos juntas y tuviera ocasión de conocerte mejor –notó como las garras que le presionaban la espalda ganaban fuerza. Ahogando un grito de dolor, siguió hablando-. P-pues... hoy me paso... para cenar con vosotras.

Una persona cualquiera hubiera hecho preguntas y probablemente se hubiera tomado mal esa especie de reivindicación, pero a Yakumo le bastaba el saber que se trataba de una petición de su hermana para despejar cualquier duda que asomara por su cabeza. Ignoró el extraño pensamiento de la chica y su gesto nervioso y la invitó a pasar amablemente.

-Claro –dijo con algo de timidez-. Las amigas de Tenma siempre son bienvenidas a cenar. Siéntete como en tu casa.

A Yako le dio algo de lástima tener que decir lo que dijo.

-Es que... es que... no vengo sola. Hay un...

Una mano enguantada en cuero negro se posó con brusquedad sobre la cabeza de la chica, haciéndola arquear la espalda para suavizar el golpe. Una cara sonriente asomó por el marco de la puerta. El hombre de los abalorios había estado escondido ahí desde el principio, "vigilando" que su jefa fuera capaz de decir justo lo que él le había encargado.

-Buenos días, señorita Yakumo Tsukamoto –dijo con tono alegre y musical-. Soy el ayudante de la detective y tengo que decirle que es un auténtico placer conocerla.

Con amable tosquedad, el hombre apartó a la chica rubia y estrechó la mano de la menor de las Tsukamoto. Yakumo se sorprendió al ver que podía leer los pensamientos de ese individuo con una claridad impresionante, aunque no dejaba de resultarle extraño lo que veía. En la cabeza de ese extraño hombre parecía haber sólo una idea que imperaba sobre todas las demás; una única e inamovible idea: "Tengo hambre".

"Tendré que esmerarme con la cena", pensó de pronto.


Saludos!