Fuego

Fuego.

Fuego a lo largo de toda la playa, fuego y humo, no se veía nada más.

Intensas y enormes llamaradas ascendían desde el agua como intentando acariciar el cielo con sus lenguas anaranjadas.

Gritos.

No se oía nada más que el crujido de la madera al quemarse y los gritos de terror de hombres, mujeres y niños.

¿Estaba otra vez allí?

Intenté dar con alguna señal que me demostrara que así era, ¿dónde estaba el caballo de madera? ¿Y las murallas de mi ciudad?

No había rastro de ninguna de esas cosas y en su lugar sólo había arena, agua y fuego. Estaba claro que me encontraba en la costa.

De repente el fuego me rodeó por completo, pero yo no sentía ningún calor ni dolor, al contrario, estaba disfrutando aquel momento.

Entonces los vi, a lo lejos, sobre el mar, los barcos griegos ardían en el horizonte y con ellos todos en su interior, guerreros y prisioneros...

En ese momento me desperté, incorporándome sobresaltada.

- Fuego...-susurré. Pero obviamente al mirar a mi alrededor no encontré más que a Ulises durmiendo a pierna suelta y el sonido del silencio únicamente interrumpido por el de las olas del mar y algunas gaviotas.

Sacudí la cabeza mientras recordaba donde estaba y comprendía que sólo había tenido una pesadilla.

"¿Pero realmente era una pesadilla?"- me pregunté mentalmente mientras gateaba hacia la entrada de la tienda y miraba los barcos griegos anclados sobre la arena.

Nunca en mi vida me habría planteado hacer caso a una idea como la que cruzó mi mente en aquellos momentos. Nunca... hasta aquel instante.

Miré un segundo a Ulises para asegurarme de que realmente dormía y cuando lo confirmé por su respiración pausada y continua salí del refugio y caminé lentamente por la arena, sin calzado alguno en mis pies, para hacer el menor ruido posible.

Me alejé de la tienda y localicé la de Aquiles con la mirada, no había luz en el interior por lo que supuse que dormiría.

Tampoco había luz en ninguna de las otras tiendas, todos parecían dormir. Los griegos estaban cada uno en su refugio o por grupos, supuse que algunos de mis hermanos y hermanas troyanos también estaría con ellos, el resto dormía maniatados entre las tiendas.

Comprobé que había un par de vigilantes cerca de ellos, sentados mirando hacia el mar, distraídos, pensando tal vez en el momento en el que regresaran a casa con las manos llenas de todo lo que nos habían robado.

Tomé aire, no era momento para pensar en eso, debía darme prisa.

Miré a mi alrededor hasta que localicé lo que iba buscando, una pequeña lámpara de aceite que yacía sobre una piedra frente a una de las tiendas.

Me acerqué a ella y al tenerla a mi alcance una idea aún más macabra cruzó por mi cabeza: podía haber acabado con todos aquellos invasores en unos segundos, tan sólo prendiendo fuego a todas sus tiendas...

Pero no podía hacer aquello porque algunos de mis amigos troyanos estaban durmiendo dentro de ellas, mi plan original era mejor.

Cogí la lámpara de aceite y me encaminé muy despacio pero sin detenerme en dirección a los barcos. No podían verme porque de lo contrario mi plan se arruinaría y les daría una excusa perfecta para darme muerte de una vez por todas.

No, tenía que ser cauta, tener paciencia, y hacer aquello bien.

El camino hacia los barcos se me hizo eterno aunque apenas me separaban unos cuantos metros de ellos, pero cuando llegué al primero y toqué la madera sonreí interiormente.

Rodeé el primer navío para dejarlo entre el campamento y yo y evitar que alguien me viera y entonces busqué matorrales secos por la arena. Afortunadamente, debido al clima tan caluroso, la playa estaba llena de ellos.

Cuando hube recogido un buen montón de ellos entré dentro del primer barco encaramándome por un lateral para pasar desapercibida, dejé en el interior las ramas secas y derramé un poco del aceite de la lámpara por encima para que prendiera mejor.

Acto seguido bajé del barco y continué repitiendo el mismo proceso aunque pasando de largo por delante de algunos ya que eran muchos y si no sería imposible que el aceite me llegara para todos. De hecho, necesité regresar al campamento a por un par de lámparas más pero afortunadamente los vigilantes se quedaron dormidos muy pronto.

Pasado un buen rato, el cual me pareció una verdadera eternidad, bajé del último barco y comencé a prender fuego con la lámpara a varios trozos de tela de un par de mantas que encontré y corté con una piedra, luego fui lanzando al interior de los barcos los pedazos con piedras en su interior y dejé que el fuego hiciera el resto del trabajo.

Me alejé del campamento y me escondí tras unas rocas con la vista clavada en los barcos esperando ver aparecer las primeras llamas, pero no ocurría nada.

- Venga... vamos... por favor...- rogué a los dioses en un susurro- nunca os he pedido nada... haced que funcione esto, os lo suplico...

Seguí esperando y esperando pero no ocurría nada, mi plan había sido un absoluto fracaso, tanto trabajo inútil...

Suspiré y me levanté para regresar al campamento mientras los ojos se me llenaban de lágrimas, pero antes de dar un par de pasos vi algo saliendo de los barcos.

- ¡Humo!- exclamé llevándome inmediatamente las manos a la boca, esperando que nadie me hubiera oído. Pero al parecer nadie excepto yo se había dado cuenta aún.

En unos instantes el humo empezó a hacerse más intenso y a salir de gran parte de los barcos y poco después asomaron las primeras llamas.

Me costó reprimir un grito de emoción al verlo pero ahora era indispensable que siguiera escondida, pues no tardarían en despertar por el olor.

Como si me hubieran oído una voz rompió el silencio al grito de "¡Fuego!" pero para cuando la gente se despertó, salió de las tiendas y se dio cuenta de lo que ocurría ya fue demasiado tarde.

El fuego acababa con los barcos como si fueran simples trozos de papel, los engullía trepando por ellos con una velocidad sorprendente.

En menos de lo que habría tardado en regresar al campamento el fuego se extendió de unos barcos a otros gracias al viento que de repente surgió, como enviado desde el Olimpo. De seguro los dioses estaban de mi lado esa noche, después de todo.

Me quedé contemplando la escena desde la seguridad de mi escondite, sonriendo triunfante ante la impotencia de los guerreros griegos que luchaban en vano intentando salvar sus navíos con cubos de agua entre gritos de furia y desesperación.

- ¿Queríais Troya? Ahora no saldréis de ella...- susurré para mi con una sonrisa.