-¿Qué hay?-Susurró una voz jovial en su oído, haciendo que abriera sus ojos y observara a su alrededor, justamente para percatarse del muchacho de quince años sentado a su lado en aquel banco de colectivo.
-Diablos Cabeza de balón, me asustaste- Respondió ella, a modo de saludo, frotándose los ojos y maldiciéndose mentalmente por volver a los viejos hábitos.
-Oye- Retó él, con el seño ligeramente frustrado-Pensé que ya habíamos pasado esa etapa, Helga.-
-Hay costumbres que nunca mueren. La costumbre es una segunda naturaleza-Pronunció la chica, encogiéndose de hombros y viendo por la ventana a los transeuntes.
-¿Citando a Galeno?-Preguntó, curioso y sonriente.
-Tal vez- Dijo ella, sonriendo, cómplice.
-Escribe buenas frases-Concedió él, inclinando la cabeza aprobatoriamente- Pero no supera a las de Wodleot- Afirmó, acomodando su bolso y extrayendo un pequeño cuaderno de tapas azules. Lo hojeó lentamente y, cuándo dió con la página que quería, pronunció suavemente:-Somos muchos los que perdemos la mitad de la vida en desear cosas que podríamos alcanzar, si no perdieramos la mitad del tiempo en desearlas.-
Ella se quedó sin palabras, con la respiración imperceptiblemente alterada y un hueco en el pecho.
La mano de él empezó a palmear su rostro, pues se había quedado en una especie de shock silencioso. Cuándo logró despertar, Arnold la vió con el ceño fruncido, escrutándola con la mirada.
-¿Estás bien Helga?-
-Si ,claro, claro.- La ceja del chico se alzó, demasiado escéptico cómo para demostrar que se haya creído sus palabras- Estoy bien, es sólo que me he perdido el almuerzo, ahora cuándo vuelva a mi casa comeré algo de pizza.- Entonces, mientras pasaba nerviosa sus dedos entre el cabello, jugueteando con el, una grandiosa idea vino a su mente- ¿Quieres venir?- Dijo, cómo si la respuesta le fuese indiferente, cosa, que, a éstas alturas, era imposible.
El le sonrió, un poco incómodo y culpable- Lo lamento Helga, pero ya quedé de ir a la casa de Lila, la próxima vez será, supongo.- Ella, sin darse cuenta, hizo un pequeño puchero- Hasta podemos ir a comer pizza al muelle, si así lo deseas.- Propuso, intentando subirle los ánimos.
-Está bien- Aceptó, conteniendo las ganas de tirarse a sus brazos y de, por supuesto, matar a cierta pelirroja.
-Oh, ésta es mi parada- Anunció él, viendo por la ventanilla, dándose cuenta de que ya se estaba pasando de su destino. En el apuro de saludarla, lo hizo de una manera un tanto brusca, besando, sin darse cuenta, en la comisura de los labios.
Helga, en la novena nube, su paraíso personal, aún veía estrellas mientras habría la puerta de su casa y tiraba la mochila hacia un lado.
Ése, aquel día de clima nublado, no resultó ser tan malo cómo ella suponía en la mañana, mas bien, era todo lo contrario.
Después de todo, los días en que el cielo amenazaba con llover y las nubes se tornaban de una tonalidad grisácea, empezaban a convertirse en sus días favoritos.
