#03.Oído

"Silencio, por favor…"

Creyó que haber escuchado la aceptación de Fleur en el altar era lo mejor que algún día podría llegar a escuchar en su vida. Era la situación más dulce que pudo imaginar y tenerla cerca realmente resultaba demasiado gratificante para él. Nunca creyó que algo así lo debilitaría de una manera caótica su vida, su semblante, su corazón.

Todo había cambiado y era perfectamente comprensible, y cambió en el justo momento en el que el "si acepto" de Fleur era pronunciado por sus labios. Y aunque él jurara que nunca lo volcarían de tal manera de nuevo, tuvo que morderse la lengua con tal de no soltar otra semejante aberración.

Tras el nacimiento de la pequeña Victoire, todo se volvió un pequeño caos, era increíble ver como semejante pequeñita cambiaba el mundo de dos adultos de tal forma, y a la vez fascinante lo desprevenidos que los había tomado.

Por eso cuando lograba tener momentos de tranquilidad como estos, él simplemente se recostaba en su sillón favorito de la sala de Shell Cottage y por unos minutos jugaba a simular que así solía ser casi siempre. Solo paz y tranquilidad.

Subía sus pies en una cómoda dispuesta para la ocasión, se recargaba contra un mullido cojín y ponía sus manos a descansar entrelazadas sobre su estómago. Cerraba los ojos y creía olvidarse del mundo.

Pero como claro, esos momentos eran rarísimos en su vida, estaba más que acostumbrado a que dicha tranquilidad se turbara tan rápido que llevaba veinte segundos comenzando a preocuparse. Veinte segundos en los que llegó a dudar que algo no anduviera bien, y es que dicho sea de paso, la quietud de esa casa siempre se obstruía como relojito.

Y él prácticamente ya estaba acostumbrado.

Todos los días a la misma hora, y después de un insipiente momento de relax, se levantaba presuroso al oír aquel sonido que se convertía en su total perdición y felicidad. Porque aquel sonido en particular resultaba un verdadero problema sobre todo para aquel que se jactaba de tener un oído por demás sensible; y podía convertir el aleteo de una mosca en un suave susurro y por consiguiente, semejante llanto en una pesadilla. La pesadilla más hermosa si lo podía decir. Ya que su felicidad recaía en que aunque tuviera el más duro de los dolores de cabeza por haberla escuchado llorar al menos tres veces al día, siempre escucharla era según él, digno de seguirse repitiendo.

-10... 9... 8... 7... 6... 5...-

Y de repente el tremendo llanto de una pequeña de unos siete meses lo alertó para que abriera los ojos y con pasos estudiados se dirigiera directamente al cuarto de la pequeña Victoire. No había razón, él definitivamente adoraba esos momentos.

Hasta que una noche, tras un largo día de trabajo en el que su agotamiento era más que evidente, las irrupciones no podían hacerse esperar.

Bill se había dejado caer en su cama, quitándose los zapatos y colocándose ropa más cómoda. Solo quería que su noche transcurriera tranquila, pues el sueño estaba haciendo de las suyas con él. Así que esperaba que su esposa regresara de acomodar la cocina cuando se giró. Unos delicados pasos se sintieron en el piso de la habitación y ni de broma pudieron pasar desapercibidos para él.

Bastaba decir que sus ojos que segundos antes estaban a punto de caer en un profundo sueño, se encontraban ahora completamente expectantes y la única razón era la enorme sonrisa que irradiaba la pelirroja que había entrado en su habitación con la determinación reflejada en su rostro de querer llegar hasta su padre.

Por eso Bill, se apresuró a levantarse y arrodillándose junto a la cama la alentó a continuar. Los tiernos pasitos que lograba dibujar en la alfombra iban seguidos de ligeros tambaleos y pérdidas de equilibrio, hasta que unos metros antes de llegar a su objetivo, resbaló.

Instintivamente su padre se tapó los oídos y espero a que su llanto llegara, pero tuvo que dejar esta acción cuando descubrió la deliciosa carcajada que comenzó a soltar. Nuevamente emprendió su tarea, mientras era alentada nuevamente a continuar su camino.

Dos pasos, tres pasos, y de pronto hubiera estado entre los brazos de su padre sino fuera porque Bill en esta ocasión fue sorprendido. Si Bill hubiera apostado hace unos años porque la voz de Fleur fuera lo mejor que escuchaba cada noche, hubiera seguro perdido irremediablemente, porque aunque era conciente de que su pequeña hija era de lo mejor en su vida, nada lo habría preparado para lo que sucedió a continuación.

El mantenía los brazos extendidos, contagiado por las risas de su hija, Fleur acababa de pararse en el marco de la puerta al observar con excesiva ternura la escena, y como si hubiera sido la mejor medicina para su espantoso dolor de cabeza, la voz de Victoire se dejó escuchar de nuevo.

-Pa...pá- Esperó. –Pa-pi-

Enmudeció. Puso los ojos como platos y solo se limitó a observar a la pequeña niña en busca de pistas que le confirmaran lo que acababa de escuchar. Su oído había resultado bellamente complacido y como si aun no lo creyera buscó la mirada de Fleur y esta le regresó una sonrisa aun más abierta, corriendo a su lado de inmediato.

-¿La has escuchado?-

-Por supuesto, amor-

-¿Y que ha dicho?-

-Ya lo escuchaste...-

-Dímelo-

-¡No!-

-Dímelo-

La pequeña pelirroja después de unos minutos llegó a su objetivo, cumpliendo por descontado las ordenes de su padre.

-¡Papá!- Y su sonrisa fue más grande que nunca.

-fin-


Beteo: Náyades... Gracias a ti linda y a todos los que pasan por la vida de este pelirrojo