Capitulo 3.

Jamás se acostumbraría a esa cosa de los viajes astrales o dimensionales o lo que cojones hicieran los demonios para transportarse de un sitio a otro. Siempre acababa mareado, con el estomago revuelto y teniendo que apoyarse en la pared mas cercana para no acabar con la cara estampada en el suelo.

Arioch trato de acercarse para ayudarle, como siempre, pero le detuvo con una mirada iracunda. ¡No era ninguna damisela debilucha en apuros que necesitara ayuda! No podía demostrar debilidad delante de su grupo si no quería que le perdieran el poco respeto que había conseguido que le tuvieran en esos meses.

- A ver cuando aprendéis a coger un taxi o un coche. – gruñó molesto consiguiendo que los demonios soltaran una risa divertida.

Se habían aparecido frente a la mansión en la que se ocultaban. Dean aun se sorprendía cada vez que la veía, por lo inmensa y lujosa que era. No quiso saber a quien habrían asesinado para quedársela. Mejor no saberlo.

Era una casa de ladrillos rojos y tejado negro, con tres pisos, sótano y un garaje, con una valla blanca que rodeaba un hermoso jardín y una piscina en la parte de atrás.

El sitio seria de ensueño, si no estuviera habitado por un ejercito de demonios.

Dean echó un vistazo a su grupo, compuesto por cinco demonios, cuatro de ellos, angeles caídos.

Araziel y Baradiel eran con los que mejor se llevaba. Incluso había noches en que se las pasaba bebiendo cerveza con ellos y oyéndoles hablar de los buenos tiempos en los que los humanos les temían de verdad, como la Edad Media.

Araziel tenía la pinta de un surfero entrado en la treintena. Rubio, piel tostada, eterna sonrisa y un sentido del humor retorcido, pero extrañamente divertido.

Baradiel era todo lo contrario. Parecía un contable cuarentón por lo formal y serio que era a veces, pero sorprendía muchas veces al cazador con sus bromas cortantes y sarcásticas que conseguían hacerle sonreír más veces de las que le gustaría.

En el grupo también estaban Araxiel, otro antiguo ángel caído con eones de edad, encerrado en el cuerpo de un veinteañero con pinta de friky y Amudiel, el cual estaba poseyendo a un militar retirado. No se llevaba tan bien con estos dos como con los anteriores, pero al menos le respetaban. A Amudiel le tuvo que demostrar que sabía hacer mas cosas que disparar una escopeta cargada de sal para ganarse su respeto. Tuvo que demostrarle que también era un estratega nato y un buen líder de grupo. Le costó lo suyo pero lo consiguió.

El último del grupo era Arioch, el único que fue creado como demonio por Lucifer y al que este tenía contratado para vigilar estrechamente al cazador. Dean no sabía a veces si odiarlo o apreciarlo.

Le odiaba por no dejarle ni a sol ni a sombra y no poder escaparse por su culpa, pero en otras ocasiones, le había sido de gran ayuda, sobre todo después de sus reuniones con Lucifer.

- Los coches contaminan, jefe. Esto es más ecológico. – Araziel le dio una palmada en el hombro, empujándole hacia la casa.

- ¿De que sirve ser respetuoso con el medio ambiente, si vais a desencadenar el Apocalipsis? – preguntó el cazador con sarcasmo. Los demonios soltaron una carcajada, empezando a andar por el jardín.

- ¡Buen punto, jefe! – Baradiel se acercó, colocándose a su derecha.

- Si hacemos caso a los cotilleos y a las lenguas viperinas del Infierno, Belfegor era miembro de Greenpeace hasta que le pillo su padre. Para que luego digan que no nos preocupamos por el medio ambiente.

- ¡Eso de Belfegor es una leyenda urbana! – rió Amudiel, acercándose también al cazador.

- Todos sabemos que siempre ha sido un rarito, pero no tanto. – se unió Araxiel. Dean miró por encima de su hombro. Como siempre, Arioch se había quedado un paso por detrás y en silencio.

- Belfegor siempre ha tenido una vena rara… - las risas que provocó el comentario se cortaron de raíz cuando Dean se llevo una mano a la cabeza, gimiendo de dolor. En esta ocasión si tuvo que aceptar la ayuda del demonio, que llego raudo a su lado, impidiéndole caer. Araziel silbó.

- Joder… le ha faltado tiempo. – gruñó, observando como Arioch ayudaba a Dean a entrar a la casa. – Acabamos de llegar y ya esta convocándonos.

- Debería usar otra manera de llamarnos. Un día le va a reventar la cabeza al chico. – replicó por lo bajo Amudiel, siguiendo a los otros dos al interior de la mansión.

- Entonces no lo disfrutaría tanto, el bastardo.

El grupo se internó en la casa, dirigiéndose directamente al salón que había en la primera planta. Era la habitación más grande del edificio, con un mueble bar, una enorme librería y una chimenea rodeada de cómodos sillones que nadie usaba. Solo Lucifer la usaba. Los demás solo podían entrar si eran convocados. Como habían sido ellos.

Antes de entrar, Dean se zafó del agarre de su compañero y respiro hondo, sacudiéndose la ropa y poniendo su cara de poker. El resto resopló. Ya sabían que iba a ocurrir. Llevaban tres meses viéndolo.

Entraron sin llamar e, inmediatamente, los cinco demonios clavaron una rodilla en el suelo, mostrando respeto a su señor, que se encontraba sentado en uno de los sillones junto a la chimenea encendida.

Lucifer era imponente. El humano no dejaba de sorprenderse cada vez que lo miraba y eso que lo veía mas veces de las que hubiera querido.

Lucifer no estaba poseyendo ningún cuerpo. El que tenía era suyo. Y Dean odiaba darles la razón a los demonios, pero resultó verdad eso de que era el ángel más hermoso de la creación.

Alto, con media melena rubia ligeramente ondulada, los músculos de su cuerpo bien definidos, piel clara y un rostro muy atractivo. No tenía los ojos negros, ni rojos, ni amarillos… eran de azul hielo cortante que parecía que te leían la mente. Y tal vez lo hiciera… quien sabía…

Lucifer observó un segundo a los demonios arrodillados ante él y luego fijó la vista en el cazador que seguía en pie, en medio de ellos. Dean arqueó una ceja y ambos se retaron con la mirada.

Amudiel le dio un golpecito en la pierna a Dean, pero no sirvió de nada. El chico no se inmuto y no apartó sus ojos de los de Lucifer.

Ese tira y afloja duró solo medio minuto hasta que, con un gesto de fastidio en su cara, Lucifer arqueó una ceja y Dean volvió a llevar una mano a su frente, ahogando un gemido de puro dolor, acabando por poner la rodilla en tierra. El resto suspiraron resignados. Todos los días igual.

- ¿Qué tal ha ido la misión? – cuestionó Lucifer mirando a Amudiel directamente. Este se sobresaltó.

- Bien, señor. Todos los objetivos han sido eliminados. Tal y como ordenó. – la mirada de Lucifer volvió hacia Dean.

- ¿Algún contratiempo? – los otros demonios intercambiaron una rápida mirada y luego se volvieron hacia Dean, que resopló fastidiado.

- Nos cruzamos con Castiel y Sam. – gruñó molesto, frotándose aun dolorido la cabeza.

- Que casualidad… - el cazador soltó una risa despectiva.

- No fue ninguna puta casualidad. Me estaban buscando. ¿O es que pensabas que Sam se quedaría de brazos cruzados cuando se enterara de lo que hacia? Obviamente, quiere matarme. – Lucifer despidió a los demonios con un gesto. Estos abandonaron la habitación rápidamente, dejándoles a los dos solos.

- La verdad, es que tenía la esperanza de que viniera a buscarte. – Dean sonrió, incorporándose.

- No te hagas ilusiones, Lucy. No vas a poder disfrutar destrozando mis esperanzas de huir. Ya me encargare yo antes de que me maten. – el demonio se recostó en el sillón, riendo bajito.

- ¿Y librarte tan fácilmente de mi, Dean? Con lo bien que me lo paso contigo…

- Lo imagino.

- ¿No pasó nada más? – el cazador se cruzó de brazos y paseó hasta la ventana mas cercana para mirar al exterior.

- Bueno… Sam me apuntó con su arma, yo le apunté con la mía, vino la caballería y luego… nada. Cada mochuelo a su olivo. Le amenacé con matarle delante de todos, si eso te hace feliz. – terminó de relatar con ironía.

- Estoy seguro de que lo hiciste, Dean. Puedes irte… por ahora.

El cazador reprimió el escalofrío que amenazaba con recorrer su cuerpo y salió del salón todo lo tranquilo que pudo. No respiró con tranquilidad hasta que las puertas de la habitación se cerraron tras él.

Se pasó una mano por la cara agobiado y empezó a andar por el pasillo, rumbo a la cocina, esquivando al resto de demonios. No le gustaba relacionarse con los demás habitantes de la casa. Solo con su grupo.

Sabía lo que pensaban de él. Y el cariño era mutuo.

Para los demonios de mayor rango, él solo era el nuevo juguetito de Lucifer, su nueva forma de matar el tiempo hasta que se aburriera y se deshiciera de él.

Para los demonios menores era una molestia, como poco. Muchos le despreciaban abiertamente y la única razón por la que seguía vivo era porque temían demasiado la ira de Lucifer.

Claro que eso no había evitado que Dean quitara de en medio a unos cuantos con el cuchillo de Ruby. Al menos se había dado ese gustazo.

A los únicos que soportaba cerca y que le caían bien eran los de su grupo. Y Amy.

- Oh… el cazador ha vuelto… ¿aun vivo, Deannie? – el resto simplemente le revolvían el estomago.

- Alouqua… que sorpresa… - una chica de unos veinte, con larga melena rubia y vestida provocativamente apareció tras una esquina, moviéndose seductora y sinuosamente, como un gato.

- Deannie… ¿Cuándo vas a venir a jugar conmigo? – le preguntó, acercándose y colocando una mano en el pecho del chico. Este se la retiro, despacio y la rodeó para seguir andando.

- Nunca y lo sabes. No me van los sucubos, Alo. Y ni se te ocurra usar tus poderes conmigo o se lo contare al mandamás, a ver qué piensa. – la demonio gruñó a sus espaldas, haciéndole sonreír.

No soportaba a esa súcubo. Llevaba intentado que se acostara con ella desde que llegó a ese maldito sitio. Y no entendía un no por respuesta.

Paro cuando llegó frente a unas puertas azules. Al abrirlas, el aroma de comida, especias y del café recién hecho le recibió, dándole al bienvenida. La cocina era su habitación preferida de la casa y no precisamente por la comida.

- ¡Dean! ¿Ya habéis vuelto? – una chica, casi una niña, se le echó encima, abrazándole, rodeándole el cuello con los brazos.

Amy era otro ángel caído y Dean no ententendia como podía estar en el bando de los demonios. Era demasiado simpática, demasiado dulce, demasiado tierna para estar ahí. Y él la adoraba.

- Hola, Amy. Dime que tienes café… y una caja de aspirinas… - la chica le soltó y fue a buscar el botiquín, ceñuda.

- ¿Cuándo vas a dejar de enfrentarte a él? Un día te vas a quedar sin esa cabezota tan dura que tienes. – le regañó, tendiéndole dos aspirinas y un vaso de agua que el cazador aceptó sonriendo, sentándose junto a la mesa.

- Cuando las ranas críen pelo, cariño. – respondió, tragándose las aspirinas. La demonio bufó.

- Vas a conseguir que te mate, Dean. Y algunos no queremos que eso pase.

- Y otros lo están deseando.

- Razón de más para no darles el gusto. - Amy se sentó frente a él y le acarició la mejilla. - ¿Es verdad que te encontraste con tu hermano? – Dean se tensó y apartó con delicadeza la mano del demonio.

- Veo que las noticias vuelan. – repuso con sequedad, dando un sorbo a su café. La chica hizo una mueca.

- No hay nada que le guste más a un demonio que un sabroso cotilleo… a parte de matar y destripar humanos, claro. Deberías descansar. Tienes muy mala cara. – le dijo finalmente, mirándole con atención. Dean negó en silencio.

- Estoy bien. Solo me duele un poco la cabeza. Además… - el cazador se interrumpió con un gemido lastimero y agarrándose la cabeza con las dos manos. Amy le miro con lastima. - ¡Mierda! ¡Joder! ¡El hijo de puta esta cabreado! – gruñó dolorido.

- Te ha vuelto a llamar. Eso no es buena señal, Dean.

- Tengo que irme. – suspiro, levantándose. – Te veré después, depende de que humor este.

La demonio lo vio salir de la cocina, preocupada. Todos en la casa sabían lo que Lucifer hacia con Dean cuando le llamaba a solas. Y a ninguno le hacia maldita la gracia el asunto, soportaran al humano o no.

Continuara...