Capitulo 4.

- ¿Por qué tarda tanto? – gruñó Sam, andando en círculos por la habitación.

-Un poco de paciencia, Sam. Esa información no es tan fácil de conseguir. Requiere tiempo. Mucho tiempo.

- No tenemos mucho tiempo. Llevamos aquí dos días. ¡Dos días, Cas! Hay que encontrar una manera de traerlo de vuelta con nosotros. – Castiel observó al pequeño de los Winchester pasear por la habitación, desde la cama en la que estaba sentado.

- ¿Y si él no quiere volver? – Sam dejó de andar, parando frente al ángel y dedicándole una mirada envenenada.

Ambos se encontraban en Alexandria, Minnesota, siguiendo el rastro de Dean y los augurios que Bobby había encontrado. Sam empezaba a hacerse una ligera idea de lo que estaba pasando con su hermano, pero aun le faltaban muchos datos. Aun así, consiguió encontrar un patrón en sus ataques y, si sus suposiciones no estaban equivocadas, Dean debería aparecer en un pueblo a menos de 500 kilómetros de donde estaban.

Le llevo bastante encontrar esa pauta en los ataques, además de revisar entera la enorme carpeta que Bobby le dio antes de salir. Si solo tuviera más tiempo para conseguir información y poder confirmarlo…

- Cas… hablas como si Dean estuviera con Lucifer por voluntad propia. – le reclamó, enfadado. El ángel levantó las manos en son de paz, tratando de calmar al pequeño.

- No he dicho eso, Sam. Pero tu hermano no parece estar haciendo nada bajo coacción. Y sabes que no puede ser poseído.

- Le tienen que estar forzando de alguna manera. – replicó Sam, volviendo a andar en círculos por la habitación. – Lo se. Dean no es así. No es un asesino.

- El tiempo que paso en el Infierno torturando le cambio. Tu mismo lo dijiste. Que no volvió igual. A lo mejor…

- ¡No! – gritó Sam, interrumpiéndole. - ¡Volvió destrozado, pero no convertido en un asesino a sangre fría! – se pasó una mano por el pelo, revolviéndoselo. Le estaba dando una jaqueca horrible. – Tú no lo entiendes…

Castiel suspiró derrotado. No conseguiría convencer a Sam de que su hermano podía no estar haciendo todo eso forzado. La fe que tenia en Dean era demasiado profunda y ciega.

Iba a seguir discutiendo con el pequeño pero una leve ráfaga de viento y un aleteo le distrajeron. Un segundo después, Anna apareció en la habitación, justo en medio de los dos. Parecía nerviosa y alterada. Sam prácticamente corrió hacia ella.

- ¡Anna! Dime que encontraste algo, por favor. – la chica negó con la cabeza. A Castiel le extrañó mucho lo exaltada que venia, a pesar de no traer novedades.

- Lo siento, Sam. Aun no he podido averiguar nada sobre ese tema. Los demonios están especialmente silenciosos y cuidadosos en lo referente a Dean. Temen demasiado a las represalias de Lucifer. – el cazador suspiró frustrado y se alejó hacia una de las ventanas. – Pero si se donde encontrarle.

- En Morris. – Anna pareció sorprendida. – Se hacer mi trabajo, Anna. Y eso no nos servirá de nada si no sabemos como alejarlo de Lucifer. – gruñó.

- Pues va a tener que servirte, si es que quieres evitar que lo maten antes de que encontremos una solución a eso.

- ¿Qué quieres decir? – preguntó el cazador, volviéndose hacia los ángeles. Anna se cruzó de brazos, encarándole.

- Han enviado un escuadrón hacia Morris. Si nadie lo impide, Dean y su grupo pueden darse por masacrados. – Sam los miró espantado.

- ¿Qué? ¡No pueden…! ¡No pueden hacer eso! – exclamó, acercándose otra vez a ellos en dos grandes zancadas. - ¡Es su culpa que Dean este donde esta!

- Eso a ellos no les importa. Zacharias ha enviado el escuadrón para acabar con el problema. No ha dado ninguna explicación. Solo una orden. Sin supervivientes.

Sam abrió los ojos como platos y se volvió a toda velocidad, cogiendo su chaqueta y las llaves del Impala, dirigiéndose hacia la puerta.

- ¡Joder! – exclamó saliendo de la habitación.

- ¡Sam! ¡Sam, vuelve! – no les dio tiempo a detenerle. Antes de que pudieran reaccionar, el motor del Impala rugía, alejándose por la carretera y llevándose a su conductor lejos del motel.

Castiel masculló una maldición. Intentó transportarse al interior del coche, pero no lo podía detectar. Sam aun debía guardar alguna de esas bolsas de hechizos que Ruby les dio a los Winchester antes de desaparecer. Eso le haría invisible a los ojos de cualquier ángel, incluido él. ¡Maldita sea!

Anna se reunió con él, a la entrada del motel.

- Lo van a matar, Anna. Dean va a matarlo y le juré protegerlo. – la chica miro a la carretera por donde había desaparecido el coche.

- No. Dean no va a hacerlo.

Casi llegaba a su destino cuando lo vio. El humo y el resplandor rojizo del fuego, a las afueras de la ciudad. Se guió por la enorme columna de humo y condujo, maniobrando para esquivar a la gente que huía asustada del ataque.

Rodeó como pudo el pueblo hasta que por fin llegó a la pira de fuego en la que se había convertido la pequeña iglesia del lugar.

Dean estaba allí, frente al ardiente edificio, parado delante del párroco que se interponía entre él y un hombre de unos cuarenta y pocos con un niño de no más de diez años. Interponiéndose entre ellos y la Colt de Dean.

El mayor apuntaba a la cabeza del cura con su pistola, manteniendo en su mano izquierda su cuchillo de caza ensangrentado.

Sam reprimió las nauseas que le produjo esa imagen y se forzó a salir del coche y correr hacia su hermano antes de que fuera tarde. No vio a ninguno de los demonios que solían acompañar a Dean en los alrededores. Pero ellos no le preocupaban. Solo Dean y el fuerte sonido de batir de alas que se empezaba a oír en la lejanía. Acercándose.

- ¡Dean! – el mayor se quedó congelado al verle aparecer. Sam se colocó delante del párroco, cubriéndole con su cuerpo. El pobre hombre dio gracias a Dios porque alguien apareciera a ayudarles.

Dean gruñó una maldición, pero no bajó su arma en ningún momento.

- ¡Sam! ¡Te dije que dejaras de buscarme! – el pequeño empujó levemente al cura, para alejarlo.

- No hay tiempo para eso. – replicó. Dean arqueó una ceja, interrogante y Sam tuvo ganas de sonreír al ver ese gesto tan de su hermano que echaba tanto de menos. – Han mandado un escuadrón tras de ti. Están a punto de llegar. Van a matarte, Dean. Tienes que irte. – el mayor frunció el ceño, confuso.

- ¿Qué? – preguntó, bajando un poco la pistola. Sam terminó de alejar al cura, que se reunió con el otro hombre y el niño, y se centró en atraer la atención de su hermano.

- Están de camino. Zacharias los ha enviado tras vosotros para mataros. Tienes que irte ya. – el mayor le miró extrañado, de manera tan intensa que Sam sintió arder sus mejillas.

No entendía porque se sonrojaba. Dean solo lo estaba mirando. Pero había algo en sus ojos… un calor que había visto antes… un brillo especial…

- ¿Por qué, Sam? – le cuestionó, bajando el arma y guardándola en la trasera de sus pantalones.

- No quiero que vuelvas a morir, Dean. – sus miradas se cruzaron. El aleteo que anunciaba la cercanía de los ángeles se oía cada vez más y más fuerte.

Dean se acercó de improviso, pisando fuerte y sin dudar. Sam no apartó los ojos de los de su hermano, pero sin dejar de vigilar el cuchillo ensangrentado que aun tenía en su mano.

Intentó mantener la calma, tratando de demostrarle que no le temía, que aun confiaba en él.

El abrazo le pilló tan de sorpresa que tardó un par de minutos en poder reaccionar y devolverlo. Dean le estrechaba entre sus brazos fuerte, casi dejándole sin aire, con la cara escondida en su cuello. Podía sentir su calido aliento en la garganta, haciendo que se le erizaran los vellos de la nuca.

Dean se apartó despacio, sujetándole la cara con las manos y mirándole con los ojos brillantes, como si contuviera las lágrimas. Le obligó suavemente a que bajara la cara, lo justo para poder besarle en los labios.

El beso fue tierno, dulce, solo el roce de labios contra labios.

Fue tan inesperado como corto. Dean se alejó antes de que Sam pudiera procesar el hecho de que se habían besado. El mayor retrocedió un paso, se guardó su cuchillo en la funda que colgaba de su cinturón y miró al cielo con aire preocupado. Los ángeles estaban a punto de llegar.

- ¡Sam! – Castiel apareció junto a Sam, cogiéndole del brazo y alejándole de Dean. – Tenemos que irnos o te mataran a ti también por avisarle.

Ambos hermanos intercambiaron una significativa mirada y el mayor movió los labios, diciéndole algo sin voz, que le hizo sonreír.

- ¡Arioch! – gritó Dean al vacío. Un segundo después, el demonio estaba a su lado, mirando confuso a los cazadores y al ángel, para después centrar su mirada en el Winchester mayor. - ¡Cambio de planes! ¡Nos vamos! Avisa a los demás, los ángeles vienen hacia aquí. – ladró Dean, sin apartar la mirada de su hermano. El demonio asintió y cerró los ojos un instante.

- Los demás ya están fuera, Dean. Solo quedamos nosotros.

- ¡Bien! ¡Vámonos! – Sam le vio desvanecerse con el demonio. Notó como Castiel tiraba de su brazo y lo siguiente que supo es que estaba de vuelta en la habitación del motel.

Anna se sorprendió al verlo. Esperaba que volviera triste, enfadado o hecho polvo, como solía estar desde que empezó ese lío con Dean. No se esperaba verlo con una leve sonrisa en sus labios.

El Winchester se sentó en su cama, ignorando los regaños de Castiel y las miradas escrutadoras de Anna.

En ese momento solo existía en su mente el recuerdo de ese roce de labios y el "Gracias, enano" musitado de su hermano.

Todo lo demás… todo lo demás no importaba.

Continuara...