Capitulo 7.
Una semana había pasado desde la cita.
Cuando Sam regreso a su motel, Castiel y Anna le esperaban algo más que enfadados. Cuando les contó el porque se había ido, la cosa no mejoro. Sam estaba seguro de que los gritos de Castiel se debieron oír hasta en Alberta.
Anna fue más práctica. Prefirió centrarse en el tema de la profecía que le mencionara Dean.
- Si Lucifer tiene que seguir una profecía para desencadenar el Apocalipsis, tenemos una oportunidad de conseguir detenerlo. – comento la chica, interrumpiendo los gritos de Castiel, que la miro enfurruñado. – Debemos averiguar cual es y buscar su punto débil para interrumpirla.
- ¿Es que hay más de una? – la chica rió.
- Sam… hay miles sobre el fin del mundo.
Pero el trabajo se les acumulaba. Bobby estaba saturado buscando en sus libros posibles profecías que tuvieran alguna relación con la anterior de liberar a Lucifer y buscar señales que le indicaran donde podía ser el próximo ataque de Dean.
Porque lo único en lo que todos estuvieron de acuerdo era en que había que detener esos ataques, frustrarlos de alguna manera, porque estaban relacionados con los planes de Lucifer.
El ataque a Wadena no pudieron evitarlo. Llegaron demasiado tarde.
Dean y su grupo arrasó la ciudad y quemó la iglesia, matando al párroco local y a dos hombres más.
Sam tomo notas de todo. Había un patrón en todos esos ataques y estaba seguro de que eso les llevaría a encontrar la dichosa profecía.
Durante una semana siguieron buscando algún indicio, alguna pista… hasta Deadwood, Dakota del Sur.
El Impala atravesaba a toda velocidad el pueblo, esquivando con habilidad todos los obstáculos que se encontraba, hasta llegar a la pequeña parroquia, en cuya puerta derrapo Sam, frenando en seco y casi bajándose con el motor aun rugiendo. Castiel le siguio, pisándole los talones, al interior del recinto.
En el campo santo había formada toda una batalla campal. Cinco demonios peleaban, o más bien masacraban, a un grupo de cazadores. Estaban posicionados en círculo, rodeando a una figura vestida de negro que mantenía agarrado al cura del pueblo, sujetándole sin apenas hacer esfuerzo y con un cuchillo de caza en su cuello.
Sam se quedo helado en el sitio al verlo. Castiel le adelanto, tratando de parar la matanza, pero ya era tarde.
Dean… su hermano Dean, levanto los ojos y le miro fijamente mientras cortaba el cuello del pobre hombre que sujetaba.
A Sam le dieron ganas de vomitar. La sangre que manaba de la herida del párroco manchaba las manos y los brazos de su hermano. Y seguía sin dejar de mirarle directamente a los ojos, como si no hubiera una batalla a su alrededor. Ojos de un verde oscurecido que casi parecían negros.
Avanzo un paso hacia él, como un autómata. En esos momentos no conseguía pensar racionalmente. No había batalla a su alrededor, no existía un ángel y varios demonios luchando a muerte, no había varios cadáveres en el suelo. Solo estaba Dean, manchado de sangre y con los ojos casi negros, mirándole.
Por ese motivo no lo vio venir.
En condiciones normales, no le habría pillado desprevenido. Era un cazador experimentado, por el amor de Dios. Llevaba toda su vida peleando contra el mal. Un simple demonio no podía derribarle con tanta facilidad. Pero es que, simplemente, no estaba en sus cabales en ese momento.
Cuando quiso darse cuenta, un demonio de pelo castaño, alto y desgarbado, con más pinta de friky que de asesino se le había abalanzado, haciéndole caer al suelo de espaldas. Soltó un gemido, dolorido por el golpe y abrió los ojos para ver como el demonio alzaba un machete, dispuesto a clavárselo en el corazón.
- ¡ARAXIEL! ¡NO! – el grito de Dean hizo enmudecer a todos, que pararon de luchar, asustados por el bramido desesperado del cazador.
Sam ya se veía ensartado pero, para su suerte, Castiel fue más rápido apareciendo de repente a su lado y parando la mano del demonio antes de que llegara incluso a rozarle la camisa.
El pequeño se incorporo trabajosamente del suelo quedándose sentado, mientras el ángel mantenía agarrado al demonio de la muñeca, alzándolo del suelo y acercando peligrosamente su mano libre a la cabeza de su enemigo.
Todos los presentes sabían que significaba eso. Castiel iba a matarle. Sam se estremeció. Por mucho que hubiera visto al ángel hacer eso, jamás se acostumbraría.
La mano de Castiel ya casi tocaba la frente de Araxiel cuando algo la detuvo. Otra mano, esta ensangrentada, le sujetaba haciendo fuerza y manteniéndola lejos de la cabeza del demonio.
- Suéltalo, Cas. – siseo Dean, fulminando con la mirada al ángel, que lo miro confundido.
- ¿Ahora defiendes demonios, Dean? – le pregunto cuando recupero el habla, aun forcejeando con el cazador.
- Me limito a defender a mis hombres, Cas. – para asombro de Sam y de Castiel, Dean hizo retroceder la mano del ángel, apartándola más del demonio. – Ese es un concepto que tú puedes entender.
El resto asistió al enfrentamiento en un sepulcral silencio. Sam no podía creer lo que estaba viendo, pero no sabia que le asombraba más. Si el hecho de que Dean estuviera enfrentándose a Castiel por defender a un demonio o que su hermano pudiera con el ángel.
Los demonios, sin embargo, le miraban con algo parecido al orgullo reflejándose en sus ojos negros. Como si estuvieran viendo a su general defenderles en la batalla. Sam parpadeo, mirando del grupo de demonios a su hermano enfrentándose a Castiel. Eso era lo que realmente estaba pasando.
Dean apretó aun más la muñeca de Castiel hasta que este se vio obligado a soltar a Araxiel para poder confrontarle como era debido.
- ¿Dean? – los dos cazadores miraron al demonio que se había quedado sentado en el suelo, demasiado asustado por lo que estuvo a punto de sucederle como para moverse.
- Reúnete con el resto, Araxiel. Voy en un minuto. – le ordeno su hermano sin soltar la mano del ángel, que intento zafarse sin conseguirlo. - ¿Tienes prisa, Cas?
- Curiosidad, más bien. ¿Cómo te has hecho tan fuerte de repente, Dean? ¿Es cosa de Lucifer? – Dean soltó una risa seca.
- Todo lo malo se pega, me temo. No pensarías que me soltaría por aquí a enfrentarme a vosotros sin darme algún extra, ¿verdad? Eso me haría muy vulnerable. Y Lucy será un hijo de puta, pero no es estupido. – ahora fue el ángel el que rió.
- No. Eso no lo es. – forcejearon un poco más y Dean le hizo retroceder otro paso, mientras los cinco demonios se acercaba a él, cubriéndole.
- Si te sirve de consuelo, solo me lo da cuando salgo de misión. En casa sigo siendo normal. – Dean le soltó finalmente la mano y desvió la mirada hacia su hermano que seguía en el suelo, mirando la escena estupefacto. Como si se acabara de dar cuenta de que el pequeño estaba ahí, Dean se aparto bruscamente del resto y se agacho para comprobar que estaba bien. Le cogió la cara y le acaricio las mejillas con los pulgares, mirándole preocupado. Sus ojos nuevamente de un verde brillante, vivos. - ¡Sammy! No estas herido, ¿verdad?
Sam no sabía como reaccionar. Después de lo que había visto y oído, no sabía que hacer. Notaba los dedos suaves de Dean acariciándole dulcemente y la sangre manchándole la cara y no tenía ni idea si sentirse bien o asqueado.
Pero Dean le estaba mirando, todo preocupación y vulnerabilidad y Sam siempre supo que tenia el poder de romperle con una frase, con una puta palabra, con un puto silencio. Y ya había visto demasiadas veces a su hermano roto. No estaba dispuesto a ser el responsable de provocarlo esta vez.
Se acerco a él y deposito un beso dulce en sus labios que hizo a Dean cerrar los ojos un segundo.
- Estoy bien, Dean. Tranquilo. No ha pasado nada. Vete.
- Lo siento, Sammy. – Sam asintió.
- Lo se. Vete, Dean.
El mayor se incorporo y se acerco a su grupo sin mirar a nadie a la cara. Segundos después, desaparecía dejando atrás un campo santo lleno de sangre, cadáveres y a un ángel que miraba entre enfadado y sorprendido a un cazador que vomitaba junto a unos rosales.
Continuara...
