Capitulo 8.

Días mas tarde, estaban todos en casa de Bobby, buscando por todos los medios la profecía. El viejo cazador les llamo, minutos después de que Dean desapareciera de la iglesia para saber si habían conseguido detenerle. Casi se le paro el corazón por el dolor al oír a Castiel relatarle lo ocurrido.

Sabia de lo que era capaz Dean por proteger a Sam pero… ¿eso? ¿Hasta ese extremo? Tenían que encontrar una manera de pararle.

Sam tenía razón. Debían traerlo de vuelta pero ya.

Llevaban días mirando de principio a fin todos los libros de Bobby y eso que tenía montones y Sam pensaba que cuando acabara iba a necesitar gafas porque se estaba quemando la vista de tanto leer libros viejos y descoloridos.

Como dijo Anna, había miles de profecías sobre el fin del mundo y encontrar una que encajara con lo que estaba ocurriendo era más que complicado.

- ¿Por qué coño no podían dejar una sola para eso? – pregunto Bobby frustrado cuando desecho el libro numero veinticinco. – Si es que la gente es difícil hasta para acabar con el mundo, joder. – Sam se mordió la lengua para no reír por la cara que pusieron los dos ángeles ante la queja del viejo cazador.

- Los humanos siempre habéis sido muy difíciles de entender. – repuso Castiel, arqueando una ceja.

- Sam… ¿seguro que Dean no te dijo nada más sobre esa supuesta profecía? ¿Algo que ayude un poco?

- Nada. Ya os lo conté todo. – eso no era exactamente verdad. Bobby no sabía que se besaron. Castiel tampoco, pero después de lo que vio en la iglesia, imaginaba que algo intuiría. – Tiene que ver con lo que esta haciendo. Eso de quemar iglesias y matar curas… - el pequeño se interrumpió al sentir que se le revolvía el estomago.

Había recordado la imagen de su hermano manchado de sangre, degollando a aquel hombre.

- Lo de quemar iglesias no es nuevo. Se lleva haciendo miles de años y nadie quería el Apocalipsis. Pero lo de matar gente inocente en suelo sagrado se solía hacer para profanarlo. Eso es algo más de demonios que de humanos. – Sam parpadeo y se levanto de golpe, comenzando a revolver frenético entre un montón de libros que habían desechado.

- ¿Sam? – le llamo Bobby, extrañado por su actitud.

- ¡Un momento! Es que eso de profanar me suena. – Anna rió.

- Chico, eso de profanar lo hacen muy a menudo. – Sam volvió con un polvoriento libro que se mantenía entero de puro milagro.

- Puede, pero esta es buena. Escuchad.

"Cuando las fuerzas del mal resurjan de los abismos más profundos. Cuando doce lugares sacrosantos sean mancillados por la sangre inocente derramada y la esencia del Lucero del Alba quede grabada en la piel del que inicio todo, entonces la culminación empezara, los cuatro jinetes recorrerán la Tierra, sueltos y sin ataduras y el fin del mundo llegara. La muerte reinara sobre todo y el caos será infinito."

- El que lo inicio todo… - murmuro Castiel, pensativo. – Dean te dijo que tenía relación con la profecía de los sellos, ¿verdad? – Sam asintió.

- Así es. Y si eso es verdad, el que lo inicio todo fue él. Dean rompió el primer sello.

- ¡Joder! Debí llegar antes… - mascullo Castiel, revolviéndose el pelo y paseando por la habitación. – Debí rescatarle antes. Esto no estaría pasando si hubiera sido más rápido.

- Era imposible adivinar esto, Castiel. Los planes de Lucifer llevan años gestándose en el más absoluto secreto. – le consoló Anna.

- ¿Con lo de doce lugares sacrosantos mancillados a que creéis que se refiere? – cuestiono Bobby con la nariz metida en unos papeles.

- Imagino que a las iglesias. Lo de derramar sangre inocente en suelo sagrado para profanarlo… ¿Por qué?

- Viene a que Dean ha profanado ocho iglesias en estos cuatro meses. – repuso, levantando la vista de los papeles que tenia en las manos. Sam noto que era la carpeta que recopilaba todo lo referente a los ataques de su hermano. – Estamos a cuatro iglesias del Apocalipsis.

- ¡Que hijos de puta! – exclamo Sam, alterándose. - ¡Por eso le necesitaban! Un demonio no puede pisar suelo sagrado, pero un humano si.

- No un humano cualquiera. Tenia que ser él. – matizo Castiel, sentándose en una silla. – Le tenían escogido desde hace mucho tiempo. Todo su plan esta encajando, poco a poco, como un rompecabezas. Lleva más de treinta años organizándolo todo y Dean le ha seguido el juego todo el tiempo. – Sam levanto la cabeza como un resorte, sus ojos grises por el enfado.

- Dean no podía saber todo esto. Ninguno lo sabíamos. – siseo. Ambos, ángel y cazador, intercambiaron una mirada molesta. Anna y Bobby se levantaron en silencio y salieron de la habitación discretamente.

- Dean tuvo opciones. Pudo negarse. Pudo no vender su alma, en primer lugar. – eso enfureció aun más al pequeño. ¿Les estaba echando la culpa de lo que estaba pasando? Mandaba cojones…

- Dean me quiere. Y esos hijos de perra se aprovecharon de eso. Dean no tiene culpa de que el de Ojos Amarillos se fijara en mi madre y en mí. – Castiel se levanto y avanzo hasta él, quedando los dos frente a frente, mirándose con rabia. – Dean no es culpable de quererme de esa manera tan suya. ¿Quieres culpar a alguien? ¡Culpa a Lilith, a Lucifer, al Ojos Amarillos! ¡Culpa a mi padre por obligarle a estar siempre protegiéndome, haciéndole sentir que solo valía para eso!

Sam sintió que se ahogaba. Todo ese dolor, toda esa rabia que llevaba acumulada desde hacia mucho tiempo y que no pudo desahogar en su momento, la estaba soltando delante del ángel, pagándola con él.

No era justo. Lo sabía. Castiel no tenia toda la culpa de lo que ocurría, pero es que tenia esa puta costumbre de llevar a la gente al límite hasta que reventaba por algún lado. Con Dean hizo lo mismo. Solo que su hermano reacciono de manera diferente.

Castiel dejo caer los hombros, repentinamente cansado. Cuando volvió a hablar su voz fue poco más que un susurro.

- Debí notarlo antes… - Sam parpadeo confuso.

- ¿Qué?

- Debí darme cuenta antes. Vi las señales y las ignore. Tenia tanta fe en la voluntad del Señor… estaba seguro de que no dejaría que tu hermano ignorara su misión… calculamos mal. Tendría que haber visto… - se interrumpió, respirando hondo un par de veces. - Tu hermano me pidió, un par de días antes de que se uniera a Lucifer, me pidió… no… me suplico que le jurara que te protegería.

- ¿Dean hizo que? ¿Por qué? – Castiel se encogió de hombros.

- Supongo que ya tenía decidido aceptar la propuesta de Lucifer, o tal vez ya lo había hecho. Pero me hizo prometerlo. Tu hermano ha dado por esta misión mil veces más de lo que se le pidió. Le forcé a hacer cosas que no desearía ni a mi peor enemigo, a enfrentarse a situaciones que ningún alma humana debería ni oír. No pude negarme cuando me pidió eso.

Castiel le daba la espalda ahora, pero Sam no necesitaba verle para saber que tenía una expresión de tristeza en su rostro. Ese anteriormente inexpresivo rostro que ya no sabía esconder sus emociones.

Pero no fue eso lo que le llamo la atención. Fue el tono dulce que usaba para hablar de Dean, la forma en que pronunciaba su nombre, la pena y el arrentimiento que denotaba su voz reconociendo su parte de culpa en todo el asunto.

Eso fue lo que le hizo darse cuenta de todo.

- Cas… tu… tu estas… - el ángel se dio la vuelta, rápidamente, encarándole.

- No me malinterpretes, Sam. En cierta manera, Dean es el culpable de que sienta, con sus manías y sus tonterías. Lo que debió molestarme, solo consiguió picar mi curiosidad. – se paso una mano por el pelo. – Se lo que sientes por él. Se lo que siente por ti. Y entre eso que habéis construido durante estos años, no puede interponerse nadie. No hay sitio para nada más. – Sam se sonrojo. – Esto de los sentimientos es nuevo para mi, pero si se que os quiero a los dos. Puede que primero quisiera a Dean, pero no se puede querer a tu hermano sin quererte a ti también. Vais en un lote.

Sam rió por el comentario. Aunque sabía que era cierto. Dean no podría querer a alguien si no aceptaba que su hermano pequeño iba pegado a él. Era así de raro.

Se acerco al ángel, que lo miro intrigado. Castiel no sabía si había hablado de más o si había dicho algo inadecuado. Era muy consciente de lo que estaba ocurriendo entre los dos hermanos pero, como había dicho, eso de las emociones era demasiado nuevo para él y aun no sabía manejarlo. Tal vez hizo mal en confesar eso a Sam, pero es que ya no podía más.

Sam se quedo parado frente a él, a dos palmos de distancia, agachándose para darle un casto beso en los labios que al ángel le supo a gloria.

- Gracias. – le susurro sobre sus labios. – Gracias por sacarle del Infierno y devolverme a mi hermano. – otro beso suave. - Gracias por hacer que se enfrentara a sus miedos. – un beso más, igual que los otros. - Gracias por hacerle esa promesa, porque eso le hizo feliz. Y gracias por quererle, porque se lo merece. – termino con otro leve beso. Castiel le dedico una pequeña sonrisa.

- De nada… supongo… - Sam rió.

- Ahora vamos a buscar una solución que nos lo traiga de vuelta, para que también te pueda dar las gracias.

Continuara...