Capitulo 9.
Le gustaría estar en otro sitio, bien lejos de ahí. Volver a montarse en su coche, sentir el familiar olor del cuero gastado de su tapicería y estar tras el volante, conduciendo sin rumbo con Metallica o AC/DC como banda sonora.
Podría escoger su destino, elegir si ir a la derecha o si tomar el siguiente desvío a la izquierda.
Notar como alguien carraspeaba a su lado, ver esa mirada de disgusto o desaprobación, ese regaño en los ojos multicolor que siempre le hicieron sentir tan bien solo por haber conseguido enfadarlo.
Su voz protestando con el eterno puchero de crío de cinco años porque "¡Dean! ¡Eres un puerco!" o "¡Dean! ¡Estaba durmiendo!" o "¡Dean! ¡Eres un infantil y esto no tiene ni puta gracia!".
Su cuerpo estaba ahí, recostado en ese sillón, con Lucifer encima, follandole. Podía verle, oírle, sentir sus manos tocándole, su boca besándole pero su mente estaba a miles de kilómetros de allí.
Su mente estaba en una carretera perdida, sentado tras el volante de un Impala negro del 67 y chinchando a su hermano pequeño que iba de copiloto.
Lucifer lo sabía. Su cuerpo respondía, devolvía las caricias, gemía, lo disfrutaba. Pero sabía que Dean Winchester no estaba ahí. Dejo de estarlo en el momento en que le volvió a obligar que se arrodillara frente a él. En ese instante, huyo, refugiándose en sus recuerdos, alejándose de él. Y le daba rabia.
Nadie jamás había rechazado al señor de los Infiernos como lo estaba haciendo ese chico. Nunca se le resistió nadie tanto.
Ahora mismo estaba embistiéndole tan fuerte en su interior que le debía hacer daño. Pero ni por esas.
Solo quedaba una iglesia para conseguir realizar sus planes y no iba a permitir que el recuerdo de Sam Winchester se los estropeara. Y si él no podía tocarlo…
- Sammy… - tendría que ser otro el que lo matara.
Termino dentro del cazador, notando como el tatuaje se dibujaba un poco más. Se completaría del todo cuando Dean profanase la última iglesia. Solo una más…
Pero el pequeño de los Winchester no era idiota y estaba desesperado por recuperar a su hermano. Obviamente, algo había debido descubrir porque de los últimos seis ataques, solo tres acabaron con éxito. Y no podía arriesgarse a que el siguiente se estropeara. Su paciencia tenía un límite.
Lucifer se levanto notando como el cazador le miraba, le estudiaba, esperando el momento para atacarle que nunca llegaba. Le miraba con esa expresión vacía que solo ponía en su presencia, dándole a entender que no le importaba lo que le hiciera, no iba a someterse. Aun a pesar de que tenia ya los ojos casi negros.
Pero esa rebeldía se iba a acabar.
Se alejo un par de pasos del sofá y chasqueo los dedos, conjurando de la nada un inmenso espejo. Era antiguo, de cuerpo entero cuyo marco de plata estaba labrado con formas demoníacas.
- Ven. – le llamo en un susurro. El cazador se le acerco despacio, con reticencia, mirando intrigado el espejo. Lucifer paseo una de sus manos por la superficie del cristal sin llegar a tocarlo.
Dean miro sorprendido lo que el espejo reflejaba. Como si fuera una película vio a Sam acercándose y besando a Castiel. No una, sino varias veces.
Sintió tantas cosas a la vez al ver eso que casi se ahogo.
Una furia ciega que le quemaba las tripas, que clamaba por ver la sangre del ángel derramada. Unos celos tan terribles que quería gritar. Pero, sobre todo, un dolor tan profundo que estaba seguro de que había oído a su corazón romperse.
No hubo nada que delatara todo lo que pasaba por su mente, ni un solo gesto o sonido que diera que pensar.
A Lucifer no le hizo falta.
Solo necesito ver sus ojos, completamente negros, para saber que lo había conseguido.
Si él no podía tocarlo, alguien más tendría que matar a Sam Winchester. Y ese alguien, seria Dean Winchester.
- Esto es una estupidez…
- Puede.
- Y una trampa.
- A lo mejor.
- ¡Anna! No estas ayudando. – la chica miro a Castiel, divertida.
- Pues deja de decir lo evidente, Cas. Sea lo que sea, lo vamos a descubrir pronto. Pero si hay alguna posibilidad de terminar con esto, no vamos a desaprovecharla.
- No tiene sentido… - Castiel paseo la mirada por la fabrica en la que se encontraban. Era una vieja fábrica abandonada a medio camino entre Iowa y Nebraska y que estaba prácticamente en ruinas. – Están a punto de conseguirlo, ¿por qué iban a querer estropearlo todo ahora?
- Tal vez porque algunos no queremos esto. – ambos ángeles levantaron la mirada y se encontraron cara a cara con cuatro de los cinco demonios que formaban el grupo de Dean.
- Araziel. – saludo el ángel al demonio rubio, que le sonrió burlón.
- Castiel, cuanto tiempo. No te veo desde… desde mi caída, si. Nunca me escribiste. – Castiel sonrió.
- No me llegaba el sueldo para tanto sello. Para que llegue ahí abajo, hay que gastarse una millonada.
- Ya. – el ángel se cruzo de brazos.
- Bien. Estamos aquí, como pedisteis. ¿Qué queréis? – Araziel se llevo una mano a la barbilla, poniendo una chistosa expresión pensativa que hizo reír por lo bajo a los demonios.
- Hombre… pues querer, querer, quiero una casa en las Bahamas… pero como no va a poder ser, me conformare con que detengáis a Lucy. – los ángeles parpadearon, sorprendidos.
- ¿Detenerle? ¿Por qué? ¿Por qué queréis vosotros detenerlo? Lleváis meses trabajando en esto. – les cuestiono Castiel, receloso.
- La mitad a disgusto, créeme. – contesto Baradiel. – Tener al jefe en casa es muy molesto. No nos deja hacer nada.
- Y eso sin contar que sin los humanos… ¿que hacemos nosotros? – replico Araxiel.
- Eso si a Lucifer no le da la vena y nos quita de en medio también. – termino Amudiel. El resto asintió.
- Lucifer esta muy ansioso porque todo salga bien. Mañana atacara otra iglesia. Hoy esta "reunido" con Dean, terminando de colocarle la marca para que todo funcione a la perfección.
- Podemos ir y tratar de detenerle, pero… eso solo lo retrasaría.
- ¿Aun no habéis encontrado la forma de romper esa profecía? ¡Joder, tíos! Que torpes sois.
- Vete a la mierda. – gruño Castiel. Araxiel se acerco, tendiéndole un trozo de papel doblado.
- Si con esto no encontráis la manera de detenerlo, es que no queréis hacerlo. – los demonios desaparecieron, dejando a los ángeles solos en la fabrica.
Castiel abrió el papel mientras Anna miraba por encima de su hombro.
- ¿Qué es? – le pregunto.
- Vamos a tener que comprobarlo bien… muy bien… pero creo que es la solución a nuestros problemas… o al menos a uno de ellos.
- ¿Dean?
Sam abrió con cautela la puerta de la habitación y entro en silencio cuando comprobó que no había nadie.
Había recibido otro mensaje de texto de su hermano, citándolo en ese motel. Más coordenadas y ninguna posdata esta vez.
Soltó la llave de la habitación sobre la mesa y se quito la chaqueta, dejándola sobre una silla. Al darse la vuelta se dio cuenta de que no estaba solo.
- ¡Dios! ¡Dean! – el pequeño casi salto por la sorpresa. - ¡Que susto me has dado! – su hermano estaba sentado en la cama, jugueteando con una navaja en sus manos y observándole desde su asiento, con los ojos negros destilando rabia.
- ¿Y Castiel?
- ¿Querías que viniera? – cuestiono Sam, confuso.
- No.
- ¿Entonces? – Dean se levanto de la cama, sin dejar de jugar con la navaja.
- Porque me hubiera ahorrado la molestia de tener que buscarle para matarlo… bueno… te matare a ti primero y luego iré a por él.
Continuara...
