Capitulo 14.
Pasaron tres meses en casa de Bobby, terminando de curar heridas, de que Dean pudiera repasar su adorado Impala y echarle la bronca a Sam por estropearle las marchas y para que tanto Castiel como Anna volvieran a sus labores como ángeles.
Después de eso los chicos cogieron su coche, se despidieron del viejo cazador y siguieron su camino. De la brecha que abriera Lucifer escaparon muchos demonios y alguien tenía que cazarlos.
Sam estaba preocupado por su hermano. No habían avanzado mucho. Era cierto que Dean se recupero muy bien de sus heridas y prácticamente volvía a ser el hermano mayor pesado e irritante de siempre, pero algo no estaba bien.
Desde que la ultima batalla, Dean no le dejaba tocarle más de lo necesario. Algo había conseguido, si. Después de que hablara con Castiel, el mayor se dejo curar las heridas sin protestar. Pero cuando Sam intentaba acercarse más de la cuenta o de manera no fraternal, Dean se escabullía con alguna excusa. El pequeño no hacia más que recordar los escasos momentos que compartieran antes de que Lucifer apareciera y no podía más que añorarlos.
Dos semanas después de que dejaran la casa del cazador y volvieran de una cacería infernal en la que acabaron con cuatro demonios ellos solos, Sam no pudo más. Estaba cansado de los desplantes de su hermano y de sus excusas ridículas. Solo deseaba volver a besar esos labios que lo traían loco. Así que se acabo. No más espera, no más desviar el tema, no más disculpas.
Dean entro delante de su hermano en la habitación sin imaginarse lo que pasaba por la mente del pequeño. Soltó su chaqueta con un gruñido. Estaba deseando darse una ducha y apalancarse en el sofá para ver un poco la televisión. Esa cacería le había dejado agotado y dolorido. Solo quería descansar un rato.
Se sentó en el sillón a sacarse las botas para poder ducharse y ponerse cómodo de una vez. Noto más que vio a su hermano sentarse a su lado.
- ¿Qué?
- Dean… yo… este… - el mayor se volvió a mirarle cuando le oyó atascarse con las palabras. ¿Desde cuando Sam dudaba a la hora de hablar? Sobre todo con él.
Cuando lo miro, se le seco la garganta. Sam le observaba intensamente, sus ojos más verdes de lo que los había visto en mucho tiempo, levemente oscurecidos, mordiéndose el labio nervioso. El pequeño se movió lentamente, como si pensara que un movimiento brusco podría asustar a su hermano. Deslizo la mano por el sofá hasta tocar la de Dean, sin apartar los ojos de los de su hermano, buscando algún indicio que le indicara que no debía seguir.
Dean se dejo acariciar la mano, apretando los dientes y forzándose a no cerrar los ojos y ponerse a temblar como quería. Porque cualquier toque de Sam le recordaba a Lucifer y lo que había hecho. No podía quitárselo de la cabeza. Estuvo tentado de apartarse cuando la mano de su hermano subió por su brazo, hasta llegar a su hombro, rozándole el cuello. Ahí ya no pudo evitar estremecerse.
- Sam… no. – mascullo tratando de alejarse, pero el pequeño le mantuvo sentado en el sofá, empujándole en el hombro.
- Dean, si. No puedes seguir así. Tienes que dejar que te ayude. Por favor.
- ¿Ayudarme como? – siseo el mayor, cerrando los ojos. - ¿Follandome? ¿Cómo hacia él? – Sam le acaricio el rostro, igual que aquel día que se encontraron en el callejón.
- ¿Eso es lo que piensas que busco? – le siguió acariciando la cara con dulzura, secando una lagrima solitaria que se le escapo al mayor. – Solo quiero que estés bien. – se acerco con cautela y le dio un suave beso en la frente. – Solo quiero que vuelvas a confiar en mí, como antes. – otro beso más, este en la mejilla. – Solo quiero que me dejes acercarme… ayudarte, Dean, por favor. – el siguiente beso fue en la barbilla, donde Sam pudo notar la barba de tres días que le raspo los labios.
Dean respiro hondo y abrió los ojos despacio. Sam le miraba con el ceño fruncido y una leve sonrisa, la sombra de la duda pasando por sus ojos, como si no supiera si hacia bien o no.
Quería acercarse, de verdad que si. Quería agarrar a Sam de la nuca y robarle un beso de los que hacían época. Sujetarle del pelo y obligarle a bajar la cabeza hasta poder besarle como quería. Pero cada vez que le miraba, cada vez que Sam le besaba o le tocaba, solo veía los ojos azules de Lucifer en el rostro de su hermano y esa maldita sonrisa que le ponía enfermo.
Solo podía recordar lo que ocurrió en todas esas ocasiones que el demonio lo convocaba y se echaba a temblar como si volviera a estar en esa maldita casa, en aquel maldito salón y en ese maldito sofá.
Por eso no pudo evitar apartarse y levantarse poniendo espacio entre los dos. Odiándose por ser tan débil y no recuperarse como querían todos.
- No puedo, Sam. – el pequeño se levanto, agarrandole del brazo para evitar que se fuera.
- ¿Por qué no me cuentas lo que hizo? – pidió con voz suave.
- Tú no quieres que te cuente eso.
- Oh, si que quiero. Porque si no lo haces, no voy a entenderlo nunca, Dean.
Sam le sintió temblar y le dieron unas ganas enormes de abrazarlo para protegerlo de todo como siempre había hecho Dean por él. Pero temía una mala reacción de su hermano si lo intentaba, así que espero pacientemente hasta que Dean se relajo un poco y soltó el aire con un suspiro derrotado.
- Cada vez que yo no quería colaborar, lo cual era casi siempre, él… él se convertía en ti.
- ¿Qué? – Dean se paseo nervioso por la habitación.
- En todas las ocasiones que me obligaba a reunirme con él… Lucifer lo sabía. Sabía lo que… y… ¡joder! – gruño, dándole un manotazo a una lámpara que acabo estrellándose contra la pared, rompiéndose en mil pedazos. – Sabía lo que sentía por ti y lo que soñaba y lo que me guardaba y lo uso contra mí. Para poner la marca teníamos que… que…
- ¿Follar? – Dean le dirigió una mirada molesta.
- ¡Que sutil, Sammy! ¡Muchas gracias!
- Vale, vale. Cálmate. Eso ya lo sabia, más o menos.
- Si, pero no que se transformaba en ti para conseguirlo. – murmuro el mayor tan bajo que Sam no estaba seguro de haber escuchado bien. Debía haberlo hecho, porque Dean estaba sonrojado a más no poder.
- Ok. Eso es… que cabronazo…
- No te haces una idea. – gruño Dean, rascándose la nuca. – Y, ahora, cada vez que te acercas… yo… no puedo, Sammy. Simplemente, no puedo.
- Cada vez que me acerco, te recuerdo eso, ¿no es así? – el mayor asintió en silencio. Sam le miro pensativo un instante antes de acercársele otra vez y cogerle el rostro. – Pues entonces déjame que te haga recuerdos nuevos, para borrar los viejos. – murmuro antes de besarle.
Dean se dejo besar para luego romper el beso, apartando la cara.
- Sam… en serio… no puedo. No hago más que verlo a él.
- Déjame intentarlo, Dean. Por favor. – volvió a susurrarle, dándole otro beso, este más intenso.
Dean se quedo estático, recibiendo el beso sin colaborar al principio. Aunque los labios que le estaban besando eran calidos, no como los de Lucifer que siempre eran fríos, y Sam le besaba con una mezcla de ternura y pasión que le calentaba el alma por segundos. Así que acabo por abrir los labios y se dejo invadir la boca por su hermano.
Sam aceptó la invitación y le besó profundo pero sin dejar la suavidad con la que había empezado. Despacito, lento, caliente, devorándole como si tuviera todo el tiempo del mundo solo para ese beso, hasta que sintió al mayor relajarse por completo y entregarse sin oponer resistencia.
Cuando se separaron, ambos se miraron a los ojos. Mismo verde oscurecido, misma pasión ardiendo, mismo deseo demasiado tiempo oculto.
Sam se arriesgo un poco más y le empezó a desabrochar la camisa, botón a botón, sin que el mayor hiciera nada para detenerlo. Arrojo lejos la camisa cuando al fin consiguió sacársela y le volvió a besar, agarrandole de la cintura, paseando las manos por el estomago de Dean, que gimió al sentirle.
Al pequeño se le calentó la sangre al oír ese gemido y le fue empujando lentamente hacia la cama. Dean metió las manos bajo la camiseta de Sam, levantándosela y pegándose más a su hermano.
Se tensó al sentir el mordisco que Sam le dio en el cuello, pero se volvió a relajar cuando el pequeño le susurro palabras tranquilizadoras mientras le seguía besando la garganta y bajando las manos para librarse de los vaqueros del mayor.
Para cuando llegaron a la cama, ambos estaban prácticamente desnudos, solo con la ropa interior, nada más. Sam se recostó sobre su hermano, deslizando sus manos por su cuerpo, acariciándole por encima del calzoncillo. Dean se revolvió bajo él, intentando escapar de nuevo, pero Sam le sujeto de la cadera para inmovilizarlo en la cama.
- Déjame hacerlo, Dean, por favor. No va a ser igual, te lo juro, no va a ser igual. – le murmuro, besándole. El mayor gimió en el beso, cerrando los ojos.
- Maldito crío consentido… - jadeo cuando las caricias de Sam aumentaron de ritmo.
Tú culpa, si soy un consentido. – rió el otro, besándole en el pecho desnudo.
No fue follar, no fue hacer el amor. Fue más bien una especie de consuelo, una forma diferente de arreglarse, de poner las cosas otra vez en su lugar, de volver a su extraña normalidad. Tampoco es que su vida fuera algo que entrara en lo común, de todas maneras.
Cuando Sam termino dentro de su hermano, Dean se sintió mejor. No bien, no completamente bien. Pero si mejor, como si de verdad Sam hubiera conseguido borrar un poco el recuerdo de Lucifer de su cuerpo con sus caricias.
Tal vez jamás estuviera bien del todo, pero mientras Sam le abrazaba esa noche en esa cama, completamente dormido y sin soltarlo, Dean pensó que no necesitaba estar del todo bien. No le hacia falta. Tenia a Sam, tenia su coche, tenia la caza.
Nop. No necesitaba estar bien del todo.
Miro hacia la ventana, al cielo aun oscuro que empezaba a clarear con la cercanía de la mañana. A la única estrella que quedaba en el cielo en ese momento y sonrió torcido.
- Te jodes, gilipollas. Esta vez tampoco lo has conseguido. Ya veremos en el siguiente milenio. Me ocupare de que alguien te este esperando, te lo prometo.
Fin!!
