DECLARACIÓN: Si los personajes del mundo de Harry Potter me pertenecieran, haría que todos amaran a Draco Malfoy; cambiaría el mal gusto que Harry tiene por las mujeres, y Hermione no vería en Ron más que un amigo gracioso… Pero no son míos, sino de JKR, quien es capaz de crear un mundo maravilloso del que todos disfrutamos, pero que nada sabe de romanticismo!
Título:
"HARRY POTTER Y LA BRUJA SIN ROSTRO"
(Dedicado a los amantes de Harry y Hermione).
Autor:
ALEXANDRA RIDDLECAPÍTULO 1: TIEMPOS DE GUERRA.
"La vida real no puede entregarnos
los héroes que buscamos en ella...
Para eso están los libros."
A.B. Schneider.
Era una noche oscura y fría en las afueras de un Londres desconocido por aquellos que, sin saberlo, recibían el nombre de "muggles". Una farola de modelo arcaico, con bordes metálicos carcomidos por el óxido, emitía una titilante luz que danzaba al compás del fuerte viento que daba contra ella, alumbrando en vaivenes un estrecho callejón. El empedrado del suelo, gastado por el paso de los años, estaba rodeado por una alta hilera de casas de doble pisos a ambos lados, todas provistas de un pórtico y un paso de carruajes que hablaban de una desaparecida alcurnia social. Aunque los edificios, por su porte, seguían siendo imponentes, las remodelaciones en madera barata de los frontis, les habían quitado dignidad, dándoles un aspecto vulgar y chabacano.
Una figura humana, de pie bajo la farola, emitía su robusta sombra sobre el pavimento, y esta serpenteó con una nueva corriente de aire, haciendo que el hombre se alzara el negro cuello de la capa, y hundiera las manos en los bolsillos, con el gesto inconfundible del ser humano al protegerse del frío. Tenía sus pequeños ojos negros fijos en la única casa de aquel lugar que aún tenía luz en las ventanas, pero sin despegarse de su posición, con un cigarrillo en los labios, aguardando. De pronto, se inclinó y recogió del suelo una hoja de papel arrugada que llamara especialmente su atención. La alisó para echarle un vistazo bajo la luz oscilante. Era la portada de un periódico común y corriente, cuyos titulares aludían a las extrañas desapariciones de familias completas, y a la nueva tendencia de la juventud londinense de usar extravagantes vestimentas del siglo pasado.
El hombre se sonrió de lado, dejando ver el colmillo bajo su labio torcido, evidenciando un gesto de desprecio.
- "¡ Sólo bobadas muggles!"- escupió, en un murmullo casi inaudible, quejándose para sus adentros por cuán contaminado debía estar el mundo de la magia por la "peste muggle", como para que en sus calles vagara libremente la basura de ese mundo. Estrujó el periódico entre sus grandes manos enguantadas y volvió a tirarlo al suelo. La bola de papel echó a rodar por la vereda de concreto a merced de una ráfaga de viento, yendo a dar justo contra el pórtico de la casa de luces encendidas en el momento en que una mujer de larga cabellera rubia salía a través de la puerta.
El mortífago se llevó inconscientemente una mano a su antebrazo derecho, donde tubo la impresión subjetiva de un punzaso en su tatuaje, y se ocultó detrás de la esquina más próxima, a fin de no ser visto por ella, quien, envuelta en su capa, había alcanzado ya el suelo empedrado.
- ¡Cissy, espera!- Se oyó una voz femenina desde el pórtico iluminado. Narcissa se detuvo y volteó a mirar a su hermana con la desesperanza plasmada en su rostro que pretendía inútilmente contener las lágrimas.- Debe haber algún modo de…
- No… ¡No lo hay, Andrómeda!- gritó retirando el brazo que su hermana pretendía tocar para retenerla, y enfrentó los azules ojos de aquella mujer de melena oscura que la miraba con preocupación.- ¡Ni siquiera sé para qué he venido! ¡Mírame! En la casa de un sangre sucia pidiendo ayuda a una hermana que no veo en años… ¡Cómo si pudieran hacer algo!
- Quizá si podamos hacer algo…- murmuró, y en el tono consolador de su voz, Narcissa comprendió que las esperanzas de su hermana se basaban más en el afecto fraterno, que en una posibilidad real.- Algo debe poder hacerse... Sé que tú misma lo crees, pues de lo contrario no estarías aquí esta noche…
Tras aquel comentario hubo un largo silencio en que ambas miradas se enfrentaron entre la incredulidad, la desconfianza, y los deseos terribles de querer creer en aquellas palabras.
- Debo irme ahora…- interrumpió Narcisa Malfoy finalmente, volviendo a cubrir su cabellera con la capucha negra de su capa.
- ¿Volverás?- por toda respuesta, su hermana se encogió de hombros, desesperanzada.- Hablaré con Nymphadora...- fue lo último que dijo pero la rubia mujer ya había echado a andar callejón abajo, desapareciendo en la negrura espesa de la noche. Mientras tanto, a unos metros de ellas, un mortífago aplastaba lo que quedaba de su cigarrillo contra el suelo, y en su mente una sola palabra comenzaba a tomar forma, lentamente: "Traición".
-HP-
Había pasado sólo un mes desde que Harry llegara a la madriguera, pero él sentía que llevaba ahí una eternidad.
Si bien había seguido el consejo de Dumbledore, regresando durante las vacaciones a casa de los Dursley, lo hizo contando los días por dejar aquel lugar. Tras recibir la carta de Ron, llamándolo a asistir a la boda de su hermano, Harry no desperdició tiempo alguno para remover todas sus pertenencias desde aquella casa donde no había encontrado más que miseria y maltratos, siendo despedido por sus tíos con la misma indiferencia de todos los años.
La boda misma, pese a la presencia de los familiares de Fleur, y de las payasadas de los Gemelos, estuvo ensombrecida por los escándalos que los seguidores de Lord Voldemort generaban por las ciudades, tanto entre la comunidad mágica como en la muggle, para mantener al Ministerio bajo la sombra constante de una guerra inminente. Cada vez con mayor frecuencia, la marca oscura hacía su aparición sobre lo que fuera un hogar feliz, dejando vestigios de una sombra que avanzaba, ensombreciendo todo a su paso.
El miedo se podía sentir en el ambiente, y el pánico entre magos y brujas, crecía a cada instante. Algunos intentaron escapar de Inglaterra hacia otros países alejados de la discordia, hasta que Scrimgeour impidió tales migraciones, imponiéndose como único pasaporte permitido, un pase especial reservado para aurores y funcionarios del Ministerio. Las licencias para trasladores fueron removidas, y se prohibieron las apariciones entre una frontera y otra. Muchos magos intentaron huir por medios muggles, siendo interceptados en su tentativa, y los pormenores de sus frustradas escapatorias plagaban las páginas de "El Profeta".
Pero en los países vecinos la situación no era mejor. Aunque algunos mandatarios intentaban mantenerse al margen, el olor a muerte traspasaba las fronteras, obligando a enfrentar la situación como un problema global, que llamaba a la coalición.
El Ministerio había reclutado aurores de todo el mundo, generando el regreso entre otros, de George Weasley, y desde Bulgaria, Viktor Krum. Ritta Sketter se deleitó escribiendo un gran reportaje respecto a éste último, bajo el titular: "¡Adiós al Quidditch: son tiempos de Guerra!", con lo que desató aún más, el ya exaltado terror popular.
El miedo enviciaba el ambiente, colándose por los rincones de la comunidad mágica, hacia el mundo habitado por los Muggles, cuyo Ministro no hacía más que maldecir a ese desconocido al que insistían en llamar "Tú-sabes-quien".
Incluso Hermione había tenido problemas para reunirse con sus amigos. Sus padres, enterados parcialmente de la situación, no estaban muy contentos con la idea de exponer a su hija a semejante peligro, e intentaron convencerla de viajar a Francia junto a ellos, y vivir un tiempo como muggle hasta que todo pasara. Pero la joven, convencida de que la amenaza los perseguiría donde quiera que fueran, consiguió persuadirlos, tanto en base a persistencia, como del no tan ideal método de ocultar información: "Una vez que comiencen las clases,"- les dijo-" estaré a salvo de cualquier peligro". Pero las clases no comenzarían nunca: Hogwarts, por orden expresa del Ministerio, había cerrado sus puertas incluso antes de abrirlas.
Convencer a Harry de permitirle estar a su lado había sido casi tan difícil. El joven parecía empeñado en creer que su sola presencia exponía a cualquiera que le rodeara a un peligro inminente. Harry había considerado ciertamente la idea de vivir con los de la Orden, en la casa que Sirius le dejó, pero la Señora Weasley fue la primera en oponerse a tal idea, obligándolo a quedarse junto a ella, para cuidar así de su seguridad. Sin embargo, la misma Molly había recomendado a Hermione que aceptara el consejo de sus padres, pero la joven se rehusó.
Y ahí estaban ahora: Hermione absorta en la lectura de su nuevo libro junto al tibio fuego de la chimenea, Harry y Ron en el sofá frente a ella, jugando un partido de ajedrez mágico, Molly terminando un nuevo suéter en su mesedora y Ginny… Nuevamente encerrada en su cuarto, como era su costumbre desde la llegada de Harry.
- Harry…- llamó Ron, sin obtener respuesta de su amigo.- ¡Harry!
- ¿Qué?
- Es tu turno…- el moreno analizó el tablero sin mucho entusiasmo, y realizó su siguiente jugada sin preocuparse mayormente por el resultado. Su pensamiento en ese momento estaba más bien en la desagradable situación que vivía con la menor de los Weasley. Una sensación de terrible culpabilidad lo embargaba cada vez que la señora Weasley le dedicaba una sonrisa. ¿Cómo no, cuando él era el causante directo del sufrimiento de la única hija de la mujer que se había comportado todo ese tiempo como la madre que nunca conoció. Y por otro lado, estaba la propia Ginny, cuya fría actitud lo incomodaba terriblemente, aunque, contrario a lo que Harry habría esperado, no había ahí un sentimiento doloroso por el amor al que renunció. No. Durante su estadía con los Dursley pensó que al volver al verla le consumiría el mismo fuego que tan intensamente lo había unido a ella el año anterior, y que ya no podría contenerse y se olvidaría de Voldemort y le pediría miles de disculpas y acabaría suplicándole que regresara con él. Pero no fue así. Como si aquel sentimiento al que con tanta libertad habían llamado "Amor", de pronto ya no existiera entre ambos, y no fueran más que las cenizas de un fuego antiguo; lindos recuerdos de una historia muerta, llevada por el viento.- Harry…- volvió a hablarle Ron, esta vez con una ceja alzada en expresión de fastidio.- Si no te interesa jugar, sólo dímelo y lo dejamos así, pero no soporto que dejes pasar horas entre un movimiento y otro…
- Lo siento, Ron. Es sólo que…
- ¿Que qué?
- No lo sé… Supongo que estoy cansado…
- ¡Y con razón!- exclamó la señora Weasley levantándose sobresaltada de su asiento y apuntando hacia el reloj.- Si ya son más de las doce. ¡Es hora de que se vayan a la cama! ¡Vamos!
- Madre, todos aquí somos mayores de edad, incluso Harry…- Apeló Ron, pero al mismo tiempo guardaba el tablero mágico, a sabiendas de que su alegato sería en vano.- Ya no puedes estarnos enviando a la cama cuando se te ocurra.
- ¡Claro que puedo hacerlo!
- ¡No!- siguió Ron, alzando la voz. Pero levantándose del sillón ya dispuesto a obedecer a su madre y retirarse a su cuarto.- ¡No puedes!
- Tu madre tiene razón, Ron.- intervino Hermione, ganándose una mirada de odio del pelirrojo.- Aunque según las leyes del mundo mágico tienes derecho a ser considerado como un adulto, mientras no tengas un sustento propio que te independice de tus padres, estás legalmente obligado a obedecerles…
- ¿Y a ti quién te preguntó?- fue la desagradable respuesta del muchacho, y mientras la señora Weasley daba con un libro en la cabeza de su hijo a modo de reprimenda, y Hermione subía las escaleras hacia la habitación de Ginny, corriendo enfurecida, Harry entornaba los ojos. La última visita de Viktor Krum al lugar, y las largas cuatro horas que pasó hablando con Hermione en los alrededores de la madriguera, habían creado en Ron una actitud nada agradable hacia la joven. Harry esperaba en lo más profundo de su alma que aquellas asperezas se limaran más pronto que las que había entre él y Ginny.
-HP-
Minutos después de que Harry y Ron apagaran las luces de su cuarto, los gritos provenientes del primer piso los hizo alzarse de sus camas, compartiendo una mirada intrigada.
- ¿Qué habrá pasado ahora?- preguntó Ron, al comprobar que las exclamaciones de su madre no eran las de una mujer en apuros, sino más bien las que solía usar cuando algo la alteraba demasiado. Harry se encogió de hombros, confundido, y ambos siguieron oyendo.
Pero los gritos no acababan, y la preocupada voz del Señor Weasley pidiendo a su esposa que se calmara así como la frase "son solo niños", que la mujer ocupó repetidas veces, les hizo saber que hablaban de ellos... Y que era algo grave.
Una sola mirada entre ambos amigos bastó para que compartieran el mismo propósito, y alzándose sigilosamente de sus camas, avanzaron por el pasillo hasta la baranda de la escalera, desde donde podían tener una mejor visión de lo que ocurría en la sala. Ahí estaban ya, en sus pijamas, Hermione y… Ginny.
- ¿Qué ocurrió?- preguntó Ron, y la castaña le hizo callar poniendo el dedo sobre sus labios. Harry sintió los ojos de Ginny fijos en su rostro, como dos llamaradas de fuego quemando ahí, pero al instante en que volteó a mirarla, ella regresó la vista al cuadro frente a ella.
Los gritos de la señora Weasley llegaban más claros esta vez. De lo poco que Harry entendió, algo había disgustado a la mujer: una noticia traída por su esposo, y que se la había dado a leer a ella de una carta. La misiva, aún abierta sobre la mesa, era apuntada constantemente por Molly, mientras se negaba a oír a su marido, diciendo frases sin sentido como "¡No los dejaré ir!" o "¡Ellos no pueden hacerles esto!", con las cuales los cuatro jóvenes comenzaban a hacerse una idea sobre la naturaleza de la noticia.
De pronto, marido y mujer salieron por la puerta que daba hacia el patio, el uno persiguiendo a la otra, y la carta quedó olvidada.
- ¿Tienen alguna idea de lo que pudo haber pasado?- preguntó Ron tímidamente.
- ¿Podría ser que…?- siguió Ginny, pero sin atreverse a plantear tal posibilidad.
- Será fácil averiguarlo…- Harry alzó su varita en dirección al trozo de papel, y aunque lo hizo lentamente, pensando que Hermione podría mostrar objeción en aquello, encontró en el rostro de ella un gesto de aprobación.- ¡Accio carta!
El papel voló hasta sus manos, y los otros tres jóvenes se sentaron en torno a él, atónitos, mientras sus ojos vagaban por las letras.
"Estimados Arthur y Molly,
Ciertos sucesos de los que no podemos hablar aquí, han generado un gran cambio de planes.
La reunión se realizará en el cuartel de la Orden, a la hora acordada, pero deberán traer con ustedes a los chicos. Ha llegado el momento que habíamos estado evitando.
Afectuosamente,
Remus Lupin."
-HP-
En el mismo instante en que cuatro amigos leían una carta, el más joven de los mortífagos intentaba inútilmente conciliar el sueño. Pero Draco Malfoy sabía que el esfuerzo era en vano. Desde que Voldemort le encomendara la misión de matar a Albus Dumbledore, el muchacho de ojos grises no había tenido una sola noche de sueño pacífico.
-"Tú no eres un asesino, Draco"- llegaba a su mente la voz del anciano como un murmullo lejano. Un susurro que lo atormentaba constantemente. Tapó su cabeza con la almohada, intentando alejar ese pensamiento, y dio contra el duro colchón. ¿Cómo era posible que él, Draco Malfoy, siempre tan cuidado y protegido, durmiera ahora en aquella pocilga? Había nacido para ser mimado por su madre, atendido por los elfos y envidiado por todos y, sin embargo, ahí estaba ahora, pasando noches de insomnio y frío, en aquel lúgubre castillo abandonado que Lord Voldemort insistía en hacer llamar su "cuartel".
Todo mortífago decente podía regresar a su hogar cuando le viniera en gana, y dormir cómodamente en su propio lecho. Pero no él. ¿Cómo regresar a la mansión Malfoy, cuando, gracias a las declaraciones de "el-niño-que-desgraciadamente-no-murió", él era, después del mismo Lord Voldemort, uno de los magos más buscados del mundo de la magia. Y todo esto ocurría a él, el único heredero de los Malfoy, que jamás había pasado un día sin lucir una nueva camisa, ni una semana sin restaurar su perfecto peinado, a Draco Malfoy, cuyos más leves caprichos y disgustos habían suscitado ansiedades y mimos durante toda su vida.
Y nuevamente los recuerdos de aquella nefasta noche llegaron a su mente: "Tú no eres un asesino, Draco…". Aquel viejo insensato le había ofrecido la única oportunidad real de escape a toda aquella situación, pero ahora estaba muerto… y Draco tenía la culpa.
Se sentó al borde de la cama, pasándose las manos por el cabello, que había crecido en el último tiempo, y lo acomodó por detrás de su oreja, intentando alejar aquel recuerdo tormentoso donde el viejo director le ofreciera una salida. Si tan sólo Dumbledore no hubiese mostrado aquella misericordia insensata, esa estúpida necesidad de ayudar incluso a quien había intentado asesinarle durante todo un año, tal vez entonces ya no estaría muerto. Habría vivido, y, con él vivo, lo peor que podría ocurrir a Draco sería terminar en Azkaban junto a su padre, y no muriendo en vida como lo venía haciendo desde que el Señor Oscuro le concediera su "bendito" perdón.
La misma noche en que el anciano murió, él y Snape llegaron ante Lord Voldemort. Como era de esperar, la incapacidad de Draco para cumplir con su objetivo, no fue algo que agradara al mago. Draco estaba seguro, por la mezcla de rabia y asombro que había en los ojos del Lord Tenebroso, que no estaba entre sus planes que él sobreviviera aquella noche. La idea era, más bien, que muriera en el intento.
Pese a las objeciones de Snape, quien intentaba alegar en defensa de Draco, Lord Voldemort descargó su rabia sin miramientos con una serie de crucciatus sobre el joven, mostrando gran placer al oír los gritos de dolor que le arrancaba cada vez que el hechizo golpeaba su cuerpo. Él podía recordar claramente cómo todos los Mortífagos se habían agrupado en torno al espectáculo, observando sin decir palabra, algunos incluso con satisfacción en sus ojos.
Cada vez que aquel escenario tomaba forma en sus recuerdos, se maldecía internamente por la debilidad mostrada entonces. Estaba avergonzado de que los demás le hubieran oído gritar y suplicar como un niño, pero sabía que no pudo hacer nada para detenerse a sí mismo, y sabía también que de no ser porque el Lord atendió finalmente las súplicas de Narcisa y acabó con la tortura, él mismo habría rogado por una muerte rápida.
Minutos después de que todo acabara, con él aún atormentado por el dolor y apenas conciente de quién era, debió dar gracias por el "perdón" que aquel engendro le concediera, prometiendo que la próxima vez no habría errores. El Señor Oscuro advirtió que así lo esperaba, y desde esa noche, Draco vivía atormentado por la llegada de esa "próxima vez". Porque, ¿qué pasaría si aquella nueva misión le exigiera dar muerte a alguien? ¿Qué pasaría cuando estuviera nuevamente frente a un ser humano, muggle o mago, con cuya vida debiera acabar? Draco recordaba perfectamente cómo había sentido su estómago revolverse la noche en que debía concretar su plan, y cómo temblaba la varita en su mano. ¿Sería capaz ahora de hacer lo que antes no pudo?
Y nuevamente, las palabras de Dumbledore retumbaban en sus oídos tan claras como aquella noche: "Tu no eres un asesino, Draco…".
El joven apoyó la rubia cabeza entre sus manos, agarrándose los cabellos con fuerza, intentando sacar de ahí la tormentosa voz del viejo… Esa voz que lo perseguía hasta en sueños. Y entonces, fue interrumpido por el tímido golpeteo contra la puerta de la habitación.
Lentamente, caminó hasta el otro extremo del cuarto. ¿Qué podía ser tan importante como para llamarlo a esas horas de la noche, cuando la mayor parte del tiempo apenas y consideraban su existencia? De pronto, temió lo peor, y al instante mismo en que abrió la puerta, y se encontró ahí con la encorvada figura de Petter Pettigrew sonriendo, Draco deseó no haberse levantado de esa cama jamás.
-Fin del Capítulo I-
Prometo actualizar pronto...
Con cariño, Alex
