Capítulo 7: "PAZADISOS"
"Muerte, no seas orgullosa, que aunque algunos te llamen
Inevitable y poderosa, no lo eres, pobre muerte...
Porque aún no puedes matarme"
-"Sonetos Sacros", John Donne.
Nagini se deslizó serpenteando por el suelo de piedra a los pies de su amo. La escasa iluminación que entraba por las rendijas alumbró su escamada piel, reflectando la luz en coloreados espectros resplandecientes.
A Lord Voldemort le gustaban las serpientes porque, a diferencia de los hombres, no podían conspirar. No podían disimular su odio, carecían de astucia; eran incapaces de tramar intrigas y no permanecían despiertas por las noches, planeando como traicionarle y derrocarlo.
Tom Riddle había vivido siempre de acuerdo a una moralidad particular. Incluso antes de establecer su poder la primera vez, se había granjeado ya el respeto de todo el mundo en base al temor que le tenían, y este se fundamentaba en una absoluta falta de compasión.
Pero esta falta de compasión no se debía a una innata crueldad o a un sicótico deseo de causar dolor, sino que surgía de una profunda convicción: la de que los hombres no estaban hechos para el agradecimiento.
Siempre había desconfiado del poder del agradecimiento y creía que no se podía influir en la voluntad de otro hombre más que mediante la muerte. Pensando en esto, caminó hasta quedar de pie frente a la figura abatida del "traidor".
Pero el hombre no alzó la cabeza, ni hizo movimiento alguno que evidenciara su temor, aunque lo sentía. Estaba en cuclillas, las manos atadas con cadenas conectadas a las ataduras de sus pies; tan apretadas, que se incrustaban en su piel hasta desgarrarla. Después de todo, Bellatrix se había encargado personalmente de ello. La sádica bruja no habría dejado pasar esa oportunidad. No tratándose de él.
- El fénix es un animal que siempre ha despertado mi curiosidad...- comenzó Voldemort. Su voz estaba lejos de evidenciar algún sentimiento, bueno o malo.- Nace sabiendo que vivirá por corto tiempo y que morirá dolorosamente consumido por las llamas. Pero no conforme con esto, y a sabiendas de que no le espera un destino diferente, renace de sus propias cenizas sólo para tener el "privilegio" de vivir por otro corto periodo de tiempo y volver a morir en un mar de fuego.- apuntó su varita hasta el hombre, obligándolo a alzar su cabeza hasta él. Los flecos negros de la grasienta cabellera, cubrían parcialmente el rostro de la víctima.- Creo que esa es la mejor descripción que puedo encontrar para la gloriosa "Orden del fénix"... Para "tú" Orden del Fénix.- guardó silencio unos instantes en espera de alguna palabra o un gesto por parte del acusado, pero nada pasó.- Dime, Severus... ¿Qué pueden darte ellos como para que me traiciones de este modo?
Una triste sonrisa se dibujó en los labios de Severus Snape. ¿Que qué había entre los de la Orden como para que valiera la pena morir? El perdón. Para alguien como él, que creía haber condenado su vida al fuego eterno de su conciencia, Dumbledore y los suyos representaban la única posibilidad real de redención. Morir entre llamas no era nada comparado con vivir consumido por ellas.
Voldemort aprovechó la vulnerabilidad del hombre para indagar en su mente. Quería develar de una vez el enigma, encontrar aquella pieza del puzzle que no encajaba en su juego de lógicas. Incluso antes de que Bellatrix demostrara la traición del hombre, antes que Snape fuese lo suficientemente torpe para atacar a los propios mortífagos e impedir con ello que llegaran hasta el desprotegido hogar de los de la Orden; antes de que Snape les diera tiempo a los suyos de reestablecer el Fidelius; antes de todo eso, Lord Voldemort ya sabía de su traición, pero ahora, quería entender el porqué. ¿Por qué el mismo hombre que había dado muerte a Dumbledore, le traicionaba de este modo?.
Las imágenes de la mente de Severus eran vagas, informes. Sensaciones vertiginosas de una vida atormentada. Una infancia colmada de maltratos y gritos. Una juventud en sombras, presa de crueles bromas y de un amor no correspondido. Los ojos verdes de Lily aparecieron de pronto, envueltos en un aura amable. Luego James Potter... La envidia, el odio, el deseo de venganza... y entonces... La culpa. Y los ojos verdes de Lily perdiéndose en recuerdos. Y su rojo cabello colgando de su cabeza muerta... La culpa... Una flor blanca en su tumba... La culpa... Una mano posándose en su hombro... Dumbledore... La posibilidad de redimirse... Y luego años, siglos... Narcissa... Un Voto Inquebrantable que no podía cumplir... y nuevamente, la culpa. Y luego Dumbledore, cayendo frente a sus ojos... Y luego Dumbledore, envuelto en oscuridad... Y un descubrimiento... Un velo negro... Y oscuridad... Un velo negro... Y el miedo...Y luego todo era silencio.
-HP-
Harry se despertó empapado en sudor. Mucho tiempo había pasado desde la última vez que un sueño así lo atormentara. No recordaba bien los detalles, pero tenía una vaga idea de lo que había ocurrido. ¿Lo sabría Dumbledore? ¿Cómo podía hacérselo saber?
Por supuesto, estaba la posibilidad de que todo no fuese más que un sueño, pero, de no serlo, la vida de Severus Snape corría peligro. Se sentó de golpe, lanzando una mirada al cuarto vacío. Desde la partida de la Señora Weasley, una semana atrás, Ron y Neville se habían quedado con su cuarto, y, cumpliendo con su promesa, Antigona Abegnielle había hecho desocupar un nuevo dormitorio para él. No era tan amplio como el que le fuera arrebatado por Malfoy, pero tenía una ventana, un armario y un baño propio.
Caminando hasta la ventana, la abrió de par en par. Necesitaba aire... No... En realidad no lo necesitaba. Simplemente, quería olvidarse de lo que había soñado, y es que, recordarlo, implicaba el deber de hacerle saber a alguien el peligro que corría Snape. Y Harry no estaba muy seguro de querer ayudarlo.
"Además...", pensó Harry, intentando justificarse, "No es como si fuera tan fácil hablar con Dumbledore". Y no lo era. En el último tiempo, sólo en dos ocasiones había logrado contactar al anciano, y en ambas oportunidades, el intercambio de palabras fue frío y distante.
Había intentado hablar con Lupin al respecto, pero los de la Orden estaban teniendo demasiados problemas para controlar a los Mortífagos ahora que Scrimgeud parecía más a favor que en contra de Lord Voldemort, y que "El Profeta" acusaba a "los seguidores de Dumbledore", como a un grupo de maleantes conformado por desquiciados, hombres lobo, aurores de segunda y rateros –las hazañas de Mundungus habían llegado a sus oídos.
Pero "El Profeta" no se detenía ahí, sino que elaboraba una completa lista con los nombres de sus probables integrantes- entre los que no figuraban los Weasley, pero si, para sorpresa de todos y hasta de ella misma, Dolores Umbridge-, así como las posibles localizaciones de su lugar de reunión. ¿Y de los mortífagos?... Apenas un par de líneas.
En uno que otro ejemplar se retomaba el tema de "el elegido", algunos esperanzadores, otros, dándolo por muerto. Incluso la profecía había sido expuesta en letras cursivas, sin que nadie pudiera explicar cómo había llegado a ellos tal información; pero entre los lectores, pocos creyeron en la veracidad de esas palabras y pronto se olvidaron de tan ridículo vaticinio.
Harry se despeinó el cabello con ambas manos y se dejó caer sobre la cama. Un libro se deslizó por la colcha, dando un golpe sordo al impactar contra el suelo. Él lo recogió con el ceño fruncido: era otro de los gruesos tomos sobre Legimencia conque Antigona Abegnielle lo atosigaba. Y mientras contemplaba el libro entre sus manos y una sombra se posaba en su semblante, dos golpes contra la puerta antecedieron el ingreso al tercero y mayor de sus problemas.
- ¿Estás despierto?- preguntó Hermione, cuidándose bien de no entrar al cuarto ni cerrar la puerta por completo. Tenía esa actitud desde hacía tiempo: desde la noche en que él intentara besarla y ella recordara a Ginny.
Harry asintió en silencio, evitando mirarla a los ojos. No podía hacerlo, pues le costaba demasiado no reclamar a la joven su evasiva actitud; y es que Hermione, no sólo evitaba quedar con él a solas, sino que parecía empeñada en conseguir una reconciliación entre Ginny y él.
Por consejo de ella, Ginny había vuelto a hablarle. Por consejo de ella, eran amigos nuevamente. Y por culpa de ella, de Hermione, la pelirroja parecía convencida, más que nunca, de que aún existía un futuro para su relación con Harry. No era que la pequeña Weasley lo hubiese planteado con palabras, pues se guardaba bien de hacerlo, pero sus acciones, sus gestos y la solícita atención conque lo trataba desde hacía algún tiempo, dejaban traslucir claramente sus esperanzas. ¡Y todo a causa de Hermione y su ridícula conciencia!
- Tonks necesita que bajes...- siguió ella.- Están planeando un viaje a Londres y...
- No iré.- se apresuró a responder, cortándola en seco.
- ¿Por qué no?- preguntó ella, caminando inconscientemente hacia él.
- La última salida no me dejó una buena experiencia.- y era cierto: obligado a acompañar a los demás oculto en su capa invisible para evitar exponerse a los mortífagos, no pudo participar de las conversaciones, ni las bromas del resto. Con Ron como intermediario hizo un par de compras y con rabiosa impotencia se enteró esa tarde del cierre de "Sortilegios Weasley". Posteriormente, los gemelos explicaron que los magos parecían poco dispuestos a gastar su dinero en bromas ahora que la inestable situación de su mundo había elevado los precios de las especies básicas en un modo ridículo. Así, se vieron obligados o a cambiar de rubro –para lo cual necesitaban un dinero que no tenían- o cerrar, y optaron por esto, terminando de ese modo con uno de los últimos lazos que les unían a una época donde todo era más alegre.
- No puedes estar siempre encerrado, Harry.-dijo ella, sentándose a su lado. Aunque la puerta seguía abierta, esa cercanía en solitario era más de lo que se había permitido en el último tiempo, y Harry pensó que debía estar realmente preocupada por él.
Lentamente, ella levantó sus ojos hasta encontrar los de él.
Y lentamente, él levantó sus ojos hasta encontrar los de ella.
- No es sano vivir así...- siguió ella con un tono preocupado. Harry sentía una terrible urgencia por tocarla, pero se abstuvo. Temía que de hacerlo, la joven saliese corriendo.- El encierro constante podría terminar alterando tu juicio...
- ¿En verdad te preocupa?- preguntó él, sin dejar de mirarla.
- ¡Claro que si!- dijo ella sin poder ocultar su nerviosismo.- Somos amigos, ¿no? Para eso estamos los amigos... Para preocuparnos.
"Amigos", repitió en su mente Harry. "¿Estás segura de que es todo lo que somos? ¿Sólo amigos?", le preguntó con la mirada, y ella pareció advertirlo, pues respondió bajando sus ojos y poniéndose de pie.
- Te esperaré abajo...- siguió la joven, caminando hacia la puerta.- No tardes, ¿quieres?- preguntó con voz fingidamente controlada. En realidad todo lo que quería era huir de él... de él y de sus propios sentimientos.
Pero Harry no se lo permitiría. No esta vez. Poniéndose de pie y caminando hasta ella, tomó aire para hablar.
- Hermione...- La joven, al oír su nombre, se detuvo en el marco de la puerta mordiéndose el labio, pero evitando mirarlo.- Creo que tenemos que hablar.- las palabras sonaron a la joven como una horrible sentencia.- Por favor, no aparentes que nada ocurre entre nosotros, pues sabes que no es cierto.
Hermione aún no podía voltear a mirarlo. Su corazón golpeaba con tanta fuerza contra su pecho que le dolía. Un millar de pensamientos cruzaron por su mente y lo único que ella pudo dar como respuesta fue un asentimiento.
- Ambos sabemos que algo nos pasó.- siguió él, susurrando a su espalda, tan cerca de ella, que la quemaba.- No sé bien cómo ni porqué ni cuándo... – dio otro paso, y con sus dedos tocó tentativamente la mano de la joven.- Todo lo que sé es que te has convertido en alguien muy especial para mí... Algo más que una amiga.- hizo una pausa, entrelazando sus dedos con los de ella.- ¿Entiendes lo que quiero decir?- Su voz era pausada y gentil, y golpeaba contra el oído de ella en un modo tibio, obligándola a hablar.
- Si.- respondió en un susurro.- Nunca creí que fuera posible que algo así nos pasara, pero siento lo mismo por ti...- Harry sonrió.
- Hermione... mírame a los ojos...- Ella, lentamente, se giró hacia él, y más lentamente aún levantó la cabeza hasta que sus ojos se encontraron. Harry apretó levemente la mano que le tenía sostenida, con su corazón palpitando a mil por hora. " ¡Ahora o nunca!", gritó una vocecita en su mente, mientras él colocaba una mano por debajo del mentón de la joven para guiar los labios de ella a encontrar los suyos.
- ¡Espera!- suplicó ella poniendo sus manos sobre los hombros de él para detenerlo. Sus ojos dejaban traslucir los miedos que pugnaban en su conciencia.- ¿Qué hay de Ginny?
-HP-
Ginny Weasley subía las escaleras al segundo piso con una expresión sonriente. Ansiaba más que nunca salir de aquel lugar, no importaba dónde; sólo salir. Por ello había recibido tan alegremente la noticia de Tonks.
Aunque le había tomado algún trabajo convencer a su madre de permitirle quedar acompañada sólo de su hermano y amigos, una vez que lo logró, cuando comprendió que se había autocondenado a un encierro constante y que quizá habría sido más feliz en la madriguera, junto a los gemelos, el pensamiento la aterró.
Rápidamente intentó buscar una justificación, algún motivo realmente importante que justificara su estadía, algo a lo cual dedicar su tiempo ahí para olvidarse del mundo que avanzaba fuera de esas cuatro paredes, y se convenció de que esa razón era Harry.
Ginny se había propuesto que no importaba cómo, recuperaría de un modo u otro el amor de Harry Potter. Ya algo había avanzado recobrando su amistad. Tarde o temprano, lo convencería de que el amor entre ambos no había muerto –como él parecía creer- sino que estaba ahí, esperando a que él comprendiera que ella estaba dispuesta a asumir el riesgo de amarlo. Que estaba dispuesta a morir por él... Bueno, no es que realmente fuera a llegar a tales extremos, pero en el caprichoso cerebro de Ginny, la idea de morir por amor sonaba tan encantadoramente romántica que quería dejar la frase así, tal cual.
Cuando terminó de subir los escalones se dispuso a caminar hasta el dormitorio de Harry. Estaba segura de que Hermione seguía ahí, intentando convencerlo de que bajara, pero ella, Ginny Weasley, se encargaría de lograr lo que Hermione no podía... O al menos, esa era su intención, antes de pasar por el cuarto de "él" y encontrar la puerta entreabierta.
Ginny en verdad detestaba que la escalera diera justo al dormitorio de Draco Malfoy. Aborrecía la idea de tener que pasar frente a él para llegar a cualquier otro cuarto. Y, lo que más aborrecía, era verse impulsada, por alguna fuerza misteriosa, a detenerse ahí y entrar a dar un vistazo, sin comprender realmente lo que buscaba.
Aunque se justificaba pensando que lo hacía para mantener vigilado al mortífago, y a pesar de que todos estaban convencidos de que así era, ella sabía que no era ese el único motivo. No atinaba a deducir qué era realmente lo que le hacía estar al pendiente de Draco Malfoy, pero algo había ahí.
Las primeras veces, el joven se había limitado a ignorarla. Cuando las visitas se repitieron, la cuestionaba con la mirada, y, finalmente, con palabras. "¿Te designaron para vigilarme, Weasley, o te ofreciste tú misma?", le había preguntado. Ella se abstuvo de responder entonces. Inspeccionando el cuarto con la mirada, como lo hacía habitualmente, había dado la media vuelta para salir.
Hacían ya dos días de eso, y ahora, estando nuevamente frente a su cuarto, analizaba la conveniencia de volver a entrar. Pero Ginny no era una persona de muchas cavilaciones, y es que, por lo general, algo dentro de ella actuaba sin importar las consecuencias. Y esta vez ocurrió nuevamente, y su mano se adelantaba a su cerebro, empujando la puerta para terminar de abrirla.
Y ahí estaba él, erguido sobre el confortable sillón de felpa verde que había hecho traer quién sabía de donde, y es que, desde su llegada, el cuarto de Malfoy había cambiado misteriosamente de apariencia, reemplazando muebles e incorporando alfombras, cortinas, y hasta una ventana mágica para suplir la necesidad de luz. Cuándo ella preguntó a los de la Orden si esto no les resultaba extraño, se limitaron a contestar que probablemente habían venido con él desde su visita a la Mansión de sus padres, repuesta que a Ginny no le dejó tranquila en lo absoluto. "¡Deja en paz al pobre muchacho!", se había atrevido a sugerir Tonks cuando ella insistiera en el tema. La joven se preguntaba si ya todos habían olvidado quién era Draco Malfoy.
El joven, al verla entrar, levantó los ojos del libro que sostenía entre las manos y dio una aspirada al cigarrillo que se consumía entre sus dedos, fijando en ella su mirada cuestionadora, expectante.
- ¿Desde cuándo fumas?- preguntó ella con una expresión ceñuda, dejando en claro su desagrado. Él dejó escapar el humo con fastidio, pensando que la joven parecía no tener nada mejor que hacer que molestarlo constantemente.
- ¿Desde cuándo te importa?- preguntó de vuelta.
Ginny hizo caso omiso a la respuesta y recorrió el cuarto con la mirada. ¿Sería posible que alguien pudiera permanecer entre esas cuatro paredes tanto tiempo sin volverse loco? Sabía que Draco a veces escapaba de su dormitorio para recorrer la casa, mientras ellos entrenaban en el sótano o dormían; Tonks y Lupin se lo permitían, y los demás lo aceptaban a regañadientes. Pero aún así, ese encierro al que el joven parecía condenado le resultaba inhumano y, de no haberlo despreciado tanto, probablemente habría sentido lástima por él.
-¿Qué buscas Weasley?-preguntó, apagando el cigarrillo contra un cenicero frente a él y dirigiendo a ella una mirada interesada.- Sabes bien que Potter no está aquí.- la joven avanzó lentamente, ignorándolo, hasta una repisa con libros, sólo por fastidiarlo.- Agradecería que en lo sucesivo fueras directamente a su cuarto para suplicarle que regrese contigo sin hacerme una visita previa.- Ginny le dirigió una mirada asesina, pero no pudo evitar que sus mejillas se tornasen rojas. Draco se puso de pie.
- Yo no... ¡No he venido a suplicarle!
- Mentira.- se puso de pie, sonriendo.
- No necesito suplicar...
- Mentira.
- Tú no entiendes...
- Mentira.
-... lo que es la amistad.
- Mentira.
- Malfoy...
- Mentira.- repitió, acercándose a ella aún más. Ginny estaba roja de ira.
- Te lo advierto...- le amenazó. Draco estaba a menos de un metro de ella, y levantó una ceja.
- ¡Conque sigues enamorada de él!- exclamó irónico.- Pobrecilla...
- ¿Cómo te atreves a...?
- Lamento informarte que ya lo perdiste, Weasley.- dio otro paso hacia ella. Ginny estaba paralizada por la cólera.
- ¿De qué demonios estás hablando?
- De que has venido a humillarte ante alguien que no te quiere.- su voz era baja, burlona, con una sonrisa curvando sus labios.
- ¡Cállate! ¿Quién eres tú para decirme esto? ¡No eres mas que un mortífago asesino al que recogieron por lástima!- el rostro de Draco demudó su expresión. Sus pupilas de dilataron peligrosamente.- ¿En verdad crees que los de la Orden no podrían echarte a patadas si quisieran? Si no te han entregado al Ministerio es sólo porque les das pena...!
Ginny no se había percatado de lo cerca que Malfoy estaba de ella hasta que una mano del mortífago le envolvió el cuello, cortándole el aire. Su otra mano la agarró por el cabello, acercándola a su rostro.
- Harías bien...- dijo en tono amenazador- en no olvidar que sigo siendo un mortífago; un asesino, cómo tú misma has dicho.- Ginny estaba paralizada por el miedo.-No me pongas a prueba.
Malfoy liberó su cuello y Ginny tosió, tomando aire. Dirigió al joven una mirada asesina.
- ¡No te atrevas a tocarme así otra vez!- le gritó. Una maliciosa idea cruzó por la mente de Draco, y en un solo movimiento la agarró por la cintura, atrayéndola hacia sí, fuertemente apretada contra su pecho.
- ¿Y cómo quieres que te toque entonces?- susurró a su oído en modo sugestivo. Un leve temblor recorrió el cuerpo de Ginny al percatarse de las prominencias de su busto apretadas contra el pecho de él, y la rabia se esfumó para dar paso a algo más.
Draco pasó su pulgar por los labios de ella y estos respondieron entreabriéndose para permitir el paso. La respiración de ambos se mezclaba en un modo electrizante y Ginny enfocó su mirada en los labios de él, que avanzaban a juntarse con los suyos. Pero antes de que el beso se produjera, sin advertencia alguna, Malfoy se separó de ella.
- Lo siento...- Ginny le respondió con una mirada confusa. Él había recuperado su venenosa frialdad, como una serpiente apunto de morder.- Las sobras de San Potter no son de mi interés...- y diciendo esto, salió por la puerta de su propio cuarto, dejándola sola.
Un sentimiento extraño envolvió a Ginny. No era rabia... Ni odio... Era algo más... Y es que Draco Malfoy había pisoteado su orgullo pasando a llevar su vanidad. ¡Su vanidad!
Apretando los dientes, cogió un cenicero de cristal que había entre los libros de la repisa y lo lanzó con todas sus fuerzas contra la pared frente a ella, haciéndolo añicos. Tan añicos como quería ver la cabeza de Malfoy en ese momento.
-HP-
Hermione tomó asiento en el borde de su cama, llena de rabia e impotencia. Ocultando el rostro entre sus manos comenzó a llorar, algo que raramente hacía. Las lágrimas no eran por ella misma, sino por toda la complicada situación en sí. Una vez que había comenzado, ya no pudo dejar de llorar y los cortos sollozos dieron paso a verdaderos quejidos en medio de las lágrimas.
Intentando controlarse, se despejó el rostro, y tuvo una clara imagen de sí misma y su miseria en el espejo que estaba en frente.
¿Por qué tenía que mencionar a Ginny? ¿Por qué tenía que salir corriendo cada vez que él intentaba confesarle lo que ella quería oír? Porque debía admitir que nada anhelaba más en el mundo que obtener una confesión por parte de Harry. Y, sin embargo, a cada intento de él, ella lo arruinaba todo y huía miserablemente.
Un ruido proveniente del cuarto junto a ella llamó su atención. Sonaba cómo cristal estrellándose contra algo, y, tratándose del cuarto de Malfoy, no dejaba de llamar su atención. Se limpió el rostro y, varita en mano, salió al pasillo. El rubio joven estaba de pie junto a la escalera. Parecía divertido.
- ¿Qué fue eso?- preguntó Hermione. Draco demudó su semblante para hacerle ver que su interrupción le fastidiaba, y, sin responder, bajó por las escaleras. Hermione le siguió, no tanto por vigilarlo, sino porque de todos modos debía regresar al comedor junto a los otros. Sin embargo, volvió a detenerse, al ver que Malfoy permanecía de pie frente al árbol familiar de los Black. Le había visto detenerse ahí en otras ocasiones y le causaba cierta curiosidad las razones que pudiera tener para hacerlo.
- Iremos a Londres esta tarde.- comenzó Hermione intentando hacer conversación.- ¿Necesitas que te traiga algo?- Draco volteó a mirarla. Parecía examinar si era estrictamente necesario responder. Finalmente, suspirando fastidiado, lo hizo.
- No. Gracias.- Hermione sonrió de todos modos, pues era más de lo que le había sacado en toda la semana, pues en las pocas ocasiones en que se encontraron, él se había limitado a ignorarla.
- Y... ¿Qué te ha parecido la comida?- siguió, envalentonada por la primera respuesta. Tras unos segundos, el rubio se encogió de hombros. ¿Para qué explicar a la sangre sucia que jamás había probado un solo bocado cocinado por ellos? Él tenía sus propios métodos para conseguir lo que necesitaba. ¡Si ellos supieran...!- Admito que no ha sido del todo buena, pero es que desde que la señora Weasley se fue, Tonks se encarga de la cocina y aunque hace su mejor esfuerzo...
- ¡Puedo oírles, sangres inmundas!- gritó desde el retrato la señora Black, interrumpiéndolos. Tonks se había encargado de cubrir el cuadro tras una gran cortina, pero ni esto los libraba de sus gritos- ¡Sanguijuelas! ¡Salgan de mi casa!...- siguió su discurso.
En opinión de Draco, los gritos de la señora Black no podían ser humanos. Rasgaban el velo de la vida cotidiana precipitándola contra todo lo que hay de doloroso y atroz en el mundo. Había una extraña conexión entre aquellos chillidos ensordecedores y los tiempos que vivían: ambos desesperanzadores, ambos constantes, ambos brutales y terribles... y sin embargo, todos parecían hacer caso omiso de su existencia. Aunque eran conscientes de que estaban ahí, que no habían terminado y que quizá jamás se librarían de ellos, hacían como si simplemente se hubieran acostumbrado, como si no importara. Podía verlo en la actitud misma de la sangre-sucia. No importaba cuan ofensivos fueran los chillidos de la anciana. Ella se limitaba a seguir con lo que hacía e ignorarla, del mismo modo en que pretendía ignorar la tragedia que vivían.
- ¿Te gustaría un té?- siguió ella, intentando retomar la conversación como si no oyese a Walburga Black. Draco asintió indiferente, pensando que, de no aceptar, ella seguiría insistiendo hasta obligarlo. Que el té fuera a terminar en el inodoro, junto al resto de la comida que le llevaban, era algo que ella no tenía por qué saber.
Hermione estaba a punto de añadir algo más, pero unas pisadas le llegaron desde las escaleras, y al percatarse de que era Harry, la joven enmudeció. Draco analizó su rostro y luego el de Potter. La tensión que había entre esos dos era evidente. El Slytherin encendió un nuevo cigarrillo y regresó su mirada hacia el tapete.
Harry cuestionó a Hermione con la vista, haciendo un gesto hacia Malfoy. Ella comprendió que le preguntaba si había tenido algún problema con el joven y negó con la cabeza.
- Iré a la cocina con los demás. Te esperaremos allá, Harry.- dijo ella retirándose. Harry la vio irse sin decir nada.
- Se nota tanto que se gustan, que dan asco.- interrumpió Draco. Harry comprendió en ello una provocación, pero no estaba dispuesto a seguir el juego, y Malfoy, al notarlo, suspiró aburrido y siguió en su tarea de mirar las líneas del árbol.
- ¿Qué es lo que buscas?- Draco alzó una ceja.- En el tapete... Te he visto observarlo muchas veces, ¿Qué es lo que buscas en él?
- Está incompleto.- respondió indiferente.- Mi abuelo paterno tenía uno muy similar. Aquí faltan nombres. Phineas Black, por ejemplo. Se limitaron a borrarlo del mapa y no hacer referencia alguna a su familia, lo cual es un error, pues se pierden las líneas familiares. O Marius Black, el squib: nada en este tapete te habla de sus hijos y eso que la chica, hasta dónde sé, fue una bruja excepcional. En cuanto a Cedrella... bueno... Se le ocurrió casarse con un Weasley, de modo que nada se pierde con borrarla.- lanzó una mirada a Harry esperando su reacción en defensa de Ron, pero éste se abstuvo de interrumpir el discurso. De algún modo le interesaba la información que Malfoy pudiera ofrecerle respecto a los Black.- También sacaron a Alphard Black y toda su familia... ¡lástima! Mi madre siempre le recordaba como un tío excelente... Y el pobre Regulus... El único Black que se atrevió a desertar de los mortífagos...- una sonrisa melancólica se posó en sus labios. Harry pensó en si Draco no se sentiría en cierto modo identificado con el hermano menor de Sirius, y no estaba lejos de la verdad.- Murió poco después de ello y en un modo nada placentero...- guardó silencio. Su blanco rostro estaba aún más pálido.
- Aquí está tu té...- interrumpió Hermione enarbolando una tasa hacia el rubio, quien, como si saliera de un transe, la tomó dubitativo.
- ¿Sabes Granger?- sonrió, recuperando su compostura.- Eres el mejor elfo doméstico que un mago podría desear.- Aunque Harry quiso decir algo, la mirada suplicante de Hermione se lo impidió, y Draco, dándose por vencido, apagó su cigarrillo y subió escaleras arriba. ¡Lástima que Potter no estuviera de humor para una pelea! Con lo aburrido que estaba, un intercambio de insultos con el cara-rajada habría sido divertido.
- No es que sea malo por esencia.- dijo Hermione respecto a Malfoy cuando quedaron solos- Es porque está tan asustado y tan inseguro de sí mismo por lo que se muestra cruel, por miedo a que los demás descubran su flaqueza y puedan herirlo.
- Pues pareciera disfrutarlo bastante...
- Bueno... no se puede negar que algo de placer le causa el irritar a la gente y saber que le tienen miedo- sonrió. De algún modo extraño, la tensión entre ambos había desaparecido.- Vamos, llevan rato esperando por ti en la cocina.
Harry asintió, pero antes de seguirla, las últimas palabras de Malfoy asaltaron su mente, y sin poder evitarlo se acercó al tapete, frenando sus ojos en el nombre del hermano menor de Sirius, en aquel joven cuya posición y creencias le habían hecho sentirse siempre atraído por el mundo que Voldemort ofrecía, pero que, una vez en ese mundo, se había visto sobrepasado por el verdadero significado de ser un Mortífago. A los diecinueve años, Regulus Arcthurus Black desertó de las filas de Lord Voldemort y pagó con su vida el atrevimiento. Un frío helado recorrió a Harry de pies a cabeza al repasar aquel nombre ahí escrito, y sólo pudo ver tres letras: R.A.B..
-HP-
La cocina estaba inundada por un agradable aroma a pimientos fritos. Neville y Ron terminaban de preparar los bocadillos para la salida de esa tarde y Luna ayudaba a Tonks a limpiar los trastos sucios con la varita, mientras recordaba aquellas palabras que las voces repetían en sus sueños: "El portal se defiende solo... tan insondable como la verdad que oculta, tan engañoso como la mentira que custodia... Si algún mago lograra entrar, bien podría jamás hallar la salida. Laberinto eterno para almas... y para hombres." Lamentablemente, Luna no lograba comprender su significado, ni tampoco adivinar de quién eran las voces.
De pronto, una extrema palidez se posó en su rostro al sentir una extraña presencia sentarse en la mesa frente a ella. La blanca luz que entraba por la ventana, caía directamente sobre el hombro de aquel ser, iluminándole un lado de la cara. Ella advirtió las facciones alargadas, la nariz ancha, y aquellos ojos tan negros como un pozo sin fondo...
Luna dio un paso hacia la imagen, extendiendo una mano, pero entonces, sin ningún aviso, la imagen empezó a vacilar tornándose borrosa y se desvaneció ante sus propios ojos. Una brisa fría recorrió la cocina y sacudió las llamas de la estufa donde hervía una cacerola.
- ¡¿Qué diablos fue eso!- exclamó Ron, estremeciéndose por la corriente de aire.
- Está muerto...- sentenció Luna. Harry, que acababa de entrar al lugar, fijó en ella sus ojos. De algún modo, ya adivinaba las palabras siguientes.- Snape está muerto.
-HP-
Cuando Draco regresó a su cuarto, esperaba cuando menos encontrar ahí a la pelirroja, pues no le había visto bajar. Sin embargo, no había nadie ahí y asumió que la muchacha debió encerrarse en alguno de los cuartos vecinos.
Tras dejar la taza que Hermione le diera sobre una mesa, avanzó hasta los fragmentos del cenicero que Ginny había roto y sonrió. Acto seguido, se inclinó hasta ellos y con un movimiento de sus manos, volvió a unir el cristal. ¡Y aquellos pobres diablos de la Orden creían que por no tener varita estaba indefenso! Ciertamente era más difícil hacer todo sin aquel pedazo de madera para concentrar su poder, pero, cualquiera que conociera un poco de historia, recordaría que los magos más antiguos y poderosos, aquellos que habían escrito los grandes libros en que se basaba todo conocimientos actual, no habían necesitado de varita alguna para ser quienes eran. No es que Draco aspirara a seguir su ejemplo, pues nada ansiaba más que recuperar la vara de ébano y mango de platino que alguna vez le había vendido Olivander. ¡Cuánto más fácil era conjurar hechizos con esa varita! Pero, en las circunstancias actuales, no le quedaba más que acceder a ciertas condiciones impuestas por los de la Orden, y valerse de la magia antigua.
Encendió un nuevo cigarrillo y confirmó que la cigarrera quedaba vacía. Tendría que incluirlos en el nuevo listado de compras, por lo que caminó hasta la repisa desde dónde tomó papel y pluma y agregó un par de palabras al listado. Sólo esperaba que Kreacher pudiera cumplir prontamente con su encargo, pues, habiéndose acostumbrado al vicio, sería difícil pasar toda una noche sin fumar. ¡Si Potter y los otros supieran que había conseguido por cuenta propia el elfo doméstico que los de la Orden le negaran, sonrió al pensarlo. ¿En que en verdad creían que sólo por omitir el detalle de que el propietario de la casa era también propietario de un elfo, él jamás se enteraría?.
Kreacher había llegado a ofrecerle sus servicios la misma noche en que él regresara de la mansión. Draco recordaba haberle visto alguna vez en su casa, conversando con su madre. ¿Qué podía ser más conveniente que un elfo doméstico, una criatura que podía traspasar muros y hechizos son restricciones? Ni siquiera el Fidelius podía impedir la entrada del elfo familiar a aquel hogar, y Draco no podía estar más agradecido por ello.
Terminando el listado, enrolló el papel. Aseguró la puerta para que nadie pudiera entrar durante su ausencia, y se ubicó frente al armario para ingresar al sistema de pasadizos que le habían ayudado a escapar la primera vez. En su aburrimiento, le había recorrido ya tantas veces, que lo conocía como la palma de su mano, con toda la serie de intrincadas conexiones que comunicaba un cuarto y otro. Y es que Draco se percató de que todos los dormitorios tenían una entrada a través de los armarios, pero sólo quien supiera de su existencia podía verlos y traspasarlos. Descubrió además, que los espejos de las habitaciones eran en realidad ventanas por las que se podía espiar estando entre los pasadizos. A través de ellas había presenciado una serie de discusiones entre el hombre lobo y la bruja de cabello azul; vio a Weasley y Longbottom haciendo chistes a costa suya; a Lovegood caminando insomne por las noches, cuando las pesadillas la atormentaban; a Potter y la Sangre-sucia evitándose durante las prácticas que hacían en el sótano. En una ocasión había incluso llegado a creer que del otro lado estaba Severus Snape hablando con la bruja vestida de negro. Pero cuando intentó acercarse para comprobarlo, ya los ecos se habían alejado por el pasillo y no pudo seguirles. Quien quiera que fuera, tenía una voz muy semejante a la de su antiguo profesor de pociones, y parecía pedir ayuda a la mujer. Una ayuda que, según Draco pudo deducir por los altibajos de sus palabras, le había sido negada.
Apagando el cigarrillo, descorrió las perchas cargadas de ropa y quedó frente al fondo de madera del armario y, sin esperar más tiempo, lo atravesó, ante los asombrados ojos de Ginny Weasley.
- HP-
Ginny se había decidido a hacer pagar a Malfoy por su atrevimiento. Escondida tras las cortinas de felpa, con su varita en mano, aguardaba por el mejor momento para maldecir al mortífago. Sólo necesitaba que el rubio estuviera lo suficientemente desprevenido como para que no supiera lo que lo golpeó. Pero, justo cuando pensaba caerle encima, fue testigo de cómo el joven se perdía a través del armario.
Permaneció unos instantes de pie frente a este, preguntándose qué clase de magia había ahí. ¿Se necesitaría algún contrahechizo?. ¿A dónde llevaría ese portal? ¿Habrían posibilidades de sellarlo para siempre, evitando así que Malfoy pudiera regresar? ¿Debía informar a los de la Orden? ¡No! Si algo había aprendido Ginny, era que Tonks y los otros la consideraban una paranoica y si es que Malfoy regresaba a tiempo para negar la existencia de aquel portal, probablemente se reirían de ella. No pensaba darles ese gusto. Tras unos minutos de cavilaciones, decidió que desenmascararía a Draco Malfoy ella sola y se introdujo en el armario asombrada de cómo el fondo de madera desaparecía frente a sus ojos.
- HP-
Draco había dejado la lista y el dinero en el lugar acostumbrado. Gracias al viaje que planeaban Potter y los suyos, tendría oportunidad de hablar más tranquilamente con Kreacher por la tarde. Regresando por los estrechos pasillos oscuros vio a Tonks posando frente al espejo mientras cambiaba el color de su cabello constantemente. El cuarto siguiente, en un desorden que sólo Weasley y Longbottom podían permitirse, estaba vacío. Y después, una sombra moviéndose entre las sombras le dio a entender que alguien ocupaba un dormitorio que Draco siempre había creído abandonado. Intrigado, se detuvo frente a él y descubrió del otro lado a Antigona Abegnielle. "¡Conque es aquí donde duerme la bruja!", pensó. Habían muchas cosas que le extrañaban en ella, cosas que él había notado mientras observaba los ensayos de Potter y los suyos en el sótano, y que los demás parecían pasar por alto.
La bruja estaba inclinada sobre una especie de caldero, con el cuarto sumergido en la oscuridad. Draco adivinó que preparaba una poción. Intrigado, se acercó un poco más y un escalofrío recorrió su cuerpo al percatarse de que ella volteaba su rostro hacia el espejo, buscando el origen de algún ruido. ¿Habría notado que la observaban, se preguntó el rubio. Pero la bruja, tras unos instantes contemplando en silencio, se levantó de la silla, dejando el caldero humeante, y se perdió de la vista de Draco, quien oyó una puerta cerrarse desde el dormitorio.
- ¡Lo sabía!- Gritó una voz a su lado y Ginevra Weasley emergió de la oscuridad, apuntándole con la varita. Draco la contempló aterrado. ¿Qué pasaría si la bruja se daba cuenta de que estaba siendo espiada? ¿Y si los de la Orden se enteraban? Asustado hasta la médula, se inclinó hacia la pelirroja intentando detenerla- ¡Suéltame!- Gritó Ginny, pretendiendo liberarse del fuerte agarre de las manos que la habían asido por los brazos.- Les diré a todos la clase de mal nacido que eres. Todos han puesto en peligro incluso sus vidas por ocultarte, y tú les pagas espiándolos descaradamente. ¡Suéltame!
- ¡Cállate!- susurró él con urgimiento a su oído, pero ella no se callaría. Para Ginny, aquella inesperada situación tras los muros de la casa, no tenía más explicación que la maldad innata de Draco Malfoy.
- ¡Ahora sí que Hermione me creerá! Ella y Harry, confiando tan ciegamente en ti, creyendo que en verdad podías cambiar...
- Cierra la boca, Weasley, o nos meterás en problemas...
- Yo he sido la única que siempre supo lo que eras realmente. No debían confiar en ti, no debían, y ahora quién sabe cuánto tiempo nos has estado espiando y entregando información a tu Señor...
- No sabes lo que dices...
- ¡Claro que lo sé! Sigues siendo un Maldito Mortífago, sigues siendo...- Pero no pudo decir nada más. Frente al pánico que le producía el miedo a ser descubierto por Antigona, abrumado por la necesidad de hacer callar a Ginny, y olvidando completamente las consecuencias, Draco arrimó a la pelirroja contra la pared, cubriéndole la boca con su mano. Y al instante siguiente, sin saber cómo, reemplazaba su mano por su boca.
En el instante mismo en que el beso se produjo, ella sintió como si un golpe eléctrico recorriera su cuerpo. Sus deseos de gritar quedaron olvidados y temblaba levemente, sostenida contra el pecho del joven. Veía ocurrir aquel inexplicable suceso con sus ojos en shock, pero bien abiertos, y un escalofrió la recorrió de pies a cabeza. Él fue consciente de ello.
Draco la atrajo más hacia sí, esta vez aferrándose a su cintura, separando cortamente sus bocas y tomando aire para encontrar sus labios nuevamente y presionarlos con ansiedad. Ella había cerrado sus ojos y se entregaba al beso dócilmente, abolida toda resistencia. Y Draco sintió como la joven le devolvía el beso y como sus manos ascendían a través de su pecho, hasta enlazarse por detrás de su cuello.
Ambos respiraban frenéticamente, hasta que un nuevo murmullo proveniente del exterior hizo que él acabara el contacto. Ginny abrió los ojos, lentamente, para encontrarse al joven haciendo seña de guardar silencio. Y por primera vez ella fue consciente de que Antigona aparecía del otro lado, caminando sigilosamente hasta el caldero. Lo inquietante que podía resultarle aquella bruja, no era una cuestión en la que Ginny pudiera pensar en aquel momento. Estaba demasiado concentrada en controlar su respiración, y ordenar sus pensamientos como para dar relevancia a nada. Y cuando Antigona por fin abandonó el cuarto nuevamente, y Draco volvió a mirarla sin decir nada, Ginny vio como la extraña escena se disolvía en un solo color: el bellísimo gris de los ojos de Draco. Por que al final, ¿qué son las luces y sombras de la vida sino distintas tonalidades del gris? Y, sin poder controlarlo, casi inconscientemente, suspiró.
Draco advirtió aquella nueva actitud de la joven. Pudo leer a través de sus ojos azules, la telaraña de ilusiones románticas que se tejían en la mente de Ginny, y le fue imposible no sonreír. Y ella comprendió que aquella sonrisa irónica esbozada en los labios del muchacho no podía traer nada bueno. De pronto, la vergüenza y la rabia se apoderaron de la pelirroja. De pronto, el muchacho de pie frente a ella volvió a transformarse en Draco Malfoy. De pronto, comprendió cuán poco valor había tenido para él aquel beso al que ella daba tanta importancia, y la indignación hizo presa de ella, y sin saber como, ni poder controlarlo, su mano se alzó con violencia hasta estrellarse en la blanca mejilla de Draco.
Pero antes de que el rubio reaccionara, antes que pudiera dar alguna respuesta al inesperado golpe, sintió una palabras dichas a su espalda y Ginny Weasley se desplomó justo frente a él, sobre el suelo frío.
Draco intentó volverse ante su oponente, pero de pronto se sintió impelido contra la pared, e incapaz de moverse, mientras Antigona caminaba lentamente hasta ubicarse frente a él. ¿Que clase de bruja era aquella? ¿Qué había hecho a la pelirroja? ¿Y qué podía hacerle a él, fueron las preguntas que lo asaltaron de un momento a otro.
- Despreocúpese, señor Malfoy,- comenzó ella, sonriendo por detrás de su velo.- Su amiguita no ha sufrido mayores daños. Me he limitado a borrar de su cabeza un par de recuerdos que podrían comprometernos a ambos.
Draco enarcó una de sus cejas intrigado. ¿Se suponía que la bruja pensaba ayudarle? ¿Por qué?
- Porque quiero pedirle un favor,- siguió ella, sorprendiendo a Draco. ¿Sería acaso que la mujer realmente podía leer su mente? Eso explicaría muchas cosas.
- ¿Cómo lo hace?
- ¿Qué cosa?- sonrió ella.
- Leer la mente... Usted ve los pensamientos de todos sin que siquiera lo noten, pero no es legimencia... En ningún momento dice el hechizo. En el único ser que he visto un manejo similar de la magia sin varita es en...
- Lord Voldemort... –respondió fría.- Lo sé.
Draco sintió un escalofrío recorrer su cuerpo frente a la sola mención del nombre. Antígona dio un paso hacia adelante, acercándose aún más. Sus cabezas quedaban casi a una misma altura y la rígida posición de Draco contra el muro le permitió a ella analizar el rostro del muchacho con mayor detenimiento, llegado incluso a rozar, con su dedo enguantado, una de las mejillas del muchacho, que ladeó la cara para escapar del toque, pero sin lograrlo.
- Tienes mucho de Lucius, sin duda, pero heredaste el atractivo aristocrático de los Black... – Draco le dirigió una mirada extrañada.- Si, conocí a su padre. En ese entonces Lucius era algo mayor que usted mismo... Admito que cuando le vi por primera vez en esta casa, creí que tenía frente a mí a la fiel copia de Lucius Malfoy; pero le he estado observando, señor Malfoy. ¡OH, sí, no es usted el único al tanto de la existencia de estos pasadizos...
- ¿Y qué ha visto?- preguntó adelantándose. El dedo de Antígona descendía lentamente por su cuello.
- Que usted es muy distinto- siguió.- Lucius estaba cegado por los prejuicios. Se creía dueño del mundo, pero servía a otros... ¡Al hijo de un muggle, ni más ni menos! Usted, en cambio, parece haber superado esa etapa. Porque usted lo cuestiona todo. Puede que ni usted mismo lo sepa, señor Malfoy, pero tiene algo que muchos ambicionan y que pocos han tenido.
- ¿Y qué sería eso? ¿Algún poder especial?- preguntó burlesco. El dedo de la mujer se deslizaba ahora por su pecho, deteniéndose justo en el lugar donde debía estar su corazón.
- Una completa falta de escrúpulos.- su dedo presionó contra el pecho de Draco hasta causarle daño.- Pero no es de eso de lo quiero hablarle.- dijo, separándose de él y retrocediendo un paso.- Como dije antes, hay algo en lo que necesito su ayuda.
- ¿Y si no quiero ayudarle?- preguntó, presintiendo ya la respuesta.
- Sería una lástima tener que entregarlo al Ministerio.- rió. Un escalofrío recorrió el cuerpo de Draco llegando hasta la misma médula de sus huesos.- Sólo imaginar un rostro tan lindo como el suyo consumido en el encierro de Azkaban... ¡Qué desperdicio sería!- siguió.- Pero estoy segura de que usted es un joven inteligente, y aceptará lo que le propongo... ¿verdad?- Draco le sostuvo la mirada un largo rato y ella pudo leer en sus ojos la respuesta... y sonrió.
-Fin del Capítulo 7-
Gracias a todos por seguir la historia... Sus comentarios y mensajes alegran mis tardes y me alientan a seguir escribiendo, pues de lo contrario, hace rato que habría desistido de continuar este fic (El tiempo se me esfuma en cada capítulo y mis calificaciones han comenzado a reflejarlo) En cuanto tenga tiempo agradeceré personalmente a cada review, ok? Un beso enorme y cuídense mucho. Alex.
