Todo empezó en Grecia

Capítulo 2

La lujosa habitación tenía dos camas, dos enormes camas adosadas. Mac se despertó con algo que le hacía cosquillas en la cara. Eran los rizos de Stella, con medio cuerpo cruzado sobre la cama de Mac y las largas piernas estiradas y desnudas sobre la suya propia. Sus sábanas estaban hechas un lío de vueltas, testigos mudos de que ella había tenido un sueño agitado, aunque aparentemente profundo. Mac no quería mirar con detalle hasta dónde llegaba a tapar el fino camisón, pero los ojos se le iban hacia ese punto contra su voluntad. Se obligó a mirar al lado contrario, a su pesar. No estaba bien, ella estaba indefensa. Y Mac Taylor no era un mirón. Aún así, volvió un poco la cabeza sin poder evitarlo. Las piernas de Stella… no eran unas piernas cualquiera. Largas, bien formadas, preciosas. Perfectas.

¡Mac!, se regañó él solo. Exasperado y decepcionado consigo mismo, se levantó. Una ducha fría no le vendría mal.

Stella se despertó a tiempo de ver salir a Mac de la ducha y buscar su ropa interior en la semideshecha maleta. Él no se había dado cuenta de que estaba despierta, y había salido secándose aún con la toalla. La tiró sobre la silla. Stella pudo contemplar ahora, con los ojos entrecerrados, a un Mac totalmente desnudo que se desperezaba antes de empezar a vestirse. Estaba de espaldas. ¡Vuélvete!, pensaba, asombrada de sí misma. Y como si obedeciera disciplinadamente la orden, el ex-marine se volvió, colocó su ropa en una silla, y ella pudo contemplarlo en toda su gloria.

Sin duda, Mac Taylor era un hombre bien proporcionado. Viéndolo desnudo salía ganando, su torso era ancho y bien musculado, igual que sus piernas. Poco velludo, sus atributos masculinos eran notables, pero no exagerados. Stella lo encontró encantador, sintiendo un hormigueo en su zona íntima.

¡Stella!, se regañó a sí misma. Una ducha fría, es lo que estaba necesitando. Pero de momento no pudo resistirse a seguir fingiendo que estaba dormida. Mac acabó de vestirse y se acercó a la cama. La contempló un buen rato y finalmente deshizo el lío de sábanas y la tapó con una de ellas. A Stella el corazón le latía a mil por hora… ¿No era un encanto de hombre? A veces pensaba que le gustaría que fuera más agresivo, pero… no sería Mac, el hombre al que adoraba, el hombre del que estaba, desde hace tiempo, realmente enamorada.

Empezó a desperezarse, y la cara sonriente de Mac le dio los buenos días.

- "Arriba, perezosa, Atenas está a nuestra disposición y hay mucho que ver"

Y tanto, que había que ver. Stella y Mac daban gracias a sus zapatillas cómodas que les estaban permitiendo llevar un día maratoniano.

- ¡Todo empezó en Grecia Mac! Imagínate que hace 2400 años esto ya estaba aquí… Subían hacia la Acrópolis, y cuando por fin entraron en la ciudad alta, la primera vista del Partenón a la derecha y el Erecteion a la izquierda les había dejado mudos. Tantas veces vistos en los libros de Arte, pero nada se podía comparar a estar allí, cogidos de la mano. Stella estaba tan emocionada que parecía a punto de llorar, recordando como tantas veces el profesor Papakotas le había hablado de los monumentos de Atenas. Mac la atrajo hacia sí, tomándola por la cintura. Un chico pasaba y Mac le dio su cámara para que les tomara una foto. Su primera foto en Grecia.

Después de pasar la mañana sin cansarse de contemplar los monumentos y la vista de Atenas, fueron descendiendo hasta Plaka para comer. Un pequeño restaurante con mesas bajo los árboles de una de las recoletas plazas del barrio antiguo les ofreció la más fresca ensalada griega, musaka, dolmades y demás delicias de la cocina local. Mac no estaba muy por la labor de comer hojas de parra, y su cara y muecas de desconfianza ante tales cosas que él no contaba como comestibles hicieron reír, por fin, a Stella. Oírla reír era música para los oídos de Mac, lo había echado tanto de menos... Estaba dispuesto a hacer cualquier tontería, él, el siempre mesurado y serio Mac Taylor, con tal de escucharla reír feliz, al menos en ese momento.

Dedicaron la tarde al Museo Arqueológico Nacional. No dejaban de maravillarse en cada sala de los tesoros que alberga. La estatua de Afrodita a punto de darle con la sandalia a un pesado dios Pan que quiere algo más de ella mientras un pequeños Eros juguetea entre ambos dejó a Mac parado y más que admirado.

- "Caramba, estos escultores sí sabían lo que era una mujer estupenda". Daba vueltas a la escultura, admirando a la diosa desde todos lo ángulos, cejas arqueadas y sonrisa pícara. "¿Y la tendencia a usar tan poca ropa, es algo natural en los griegos... o será por el calor?".

Stella se acercó a él y le dio un codazo, haciéndose la ofendida.

- "¿Cuándo me has visto a mí con poca ropa?"

Mac visualizó de pronto la imagen de aquella misma mañana, y sintió que tenía que despejar la mente de esa imagen o acabaría por sonrojarse.

- "Nunca, nunca" y añadió por lo bajo "Qué más quisiera..."

- "¿Qué?" Stella no creía lo que creía haber oído...

- "No, nada, que hasta ahora me he tenido que conformar con atisbar el escote..." Mac estaba lanzado, y se sorprendía a sí mismo. Stella se había quedado con la boca abierta. Él le puso la mano bajo la barbilla y empujó hacia arriba, cerrándosela.

- "¡Mac!" Le reprochó ella en un tono agudo

- "¡Qué!" respondió él en el mismo tono, imitándola, burlón. "¿Qué te crees que soy, un pedazo de madera? Uno es hombre... y los hombres hacemos esas cosas... Es inevitable, está en nuestra naturaleza. ¿Qué pasa, nunca has mirado a un hombre... de esa manera, ya me entiendes?"

Stella se acordó de todas la veces que había admirado el trasero de Mac sin que él se enterase... y un conato de rubor asomó a sus mejillas. Agitando a un lado y otro la cabeza Stella siguió su recorrido... Mac se anotó un punto mientras la seguía. El que no hubiera respondido era bien significativo.

Pero el turno de Stella llegó ante una de las piezas estrella del museo, el Poseidón de bronce. Era... impresionante, era... perfecto. Stella nunca había contemplado en tres dimensiones un cuerpo masculino tan bien estructurado. La proporción, la perfección del acabado... Esos músculos, las piernas, los brazos, los glúteos, la postura, en disposición de lanzar un desaparecido tridente... absolutamente perfecto en su completa desnudez.

- "¿Lo ves?" Comentó Mac, irónico, "Otro que tenía mucho calor"

- "Es perfecto" comentó Stella "Qué pedazo de cuerpo"

- "Bah, no me has visto a mí... En ciertos aspectos (y Mac señalaba con su frente la entrepierna de Poseidón) este tipo no tiene nada que hacer a mi lado..."

Stella no pudo evitar la risa. No sabía qué le estaba pasando a Mac, empezaba a creer que la copita de ouzo que había tomado en la sobremesa era lo que le estaba afectando para mostrarse tan desinhibido.

- "Eso habría que verlo" aventuró ella, aunque realmente tenía que reconocer por lo que ya había contemplado por la mañana que, al menos en ese aspecto, Mac tenía razón.

- "Lo verás, lo verás, puedes estar segura. Soy de los que sostienen sus opiniones hasta el final si saben que tienen razón..."

Al mismo tiempo que hablaba, Mac se había apartado un poco y estaba ensayando la postura del dios. La miró fijamente: "Lo verás".

Aún tuvieron ocasión de admirar la perfección del Hermes de Praxíteles, y otras esculturas del periodo helenístico, con la insuperable definición de los pliegues de las túnicas, en un trabajo escultórico apabullante.

Cenaron pronto, justo frente a su hotel, deseando ya sentarse después del intenso día. Mac repasaba una guía que adquirieron en el museo, con las obras más representativas de entre todo lo expuesto. Estaban en una terraza en la calle, y una tiendecita junto al restaurante llamó la atención de Stella. Se llamaba Made-in-Greece y tenía en el escaparate un vestido largo, verde, precioso. Completaba el conjunto un collar de cuentas transparentes verdes y miel, montado en plata... Cuando terminaron de cenar entraron a curiosear. El vestido era realmente precioso, como una túnica sin espalda, con generoso escote delantero en V que se unía tras el cuello, bajo la nuca. Se ajustaba a las caderas y caía en pliegues por las piernas. El color... justo el de los ojos de Stella. Estuvo tentada de probárselo, pero no lo hizo. Mac insistía, pero ella resolvió que no necesitaba un vestido largo. La chica que atendía les explicó que todos sus artículos eran únicos, de jóvenes diseñadores del país. Los precios no eran baratos, de tienda para turistas, pero tampoco demasiado elevados en relación a la calidad que evidenciaban. Mac insistió en regalar algo a Stella y ella sólo aceptó una pulserita, a juego con el collar del escaparate, que se llevó puesta.

Cuando llegaron al hotel, Mac se dejó caer sobre la cama, agotado, mientras Stella decidió que lo mejor para relajarse sería tomar un baño de burbujas. Al cabo de unos minutos, estaba sumergida en la bañera. Mac llamó a la puerta y ella le mandó pasar. Sólo los hombros y la cabeza, con los rizos recogidos en alto, emergían de un mar de espuma blanca.

- "Voy a bajar al bar, me tomaré una copa. Me parece que no me necesitas para nada... ¿O quieres que te frote la espalda? "

Ella le intentó salpicar con espuma, pero él corrió hacia la puerta.

- "¡Mac!... No bebas más ouzo, está visto que te trastorna..." Él se fue, riendo

Pero Mac no se dirigió al bar del hotel. Salió de nuevo y volvió sus pasos hacia le tienda que habían visitado. Ya estaba a punto de cerrar, pero la chica le reconoció.

- "Quería saber si el vestido verde será de la talla de la señora que estaba conmigo... ¿La recuerda?"

- "Perfectamente, señor, y sí, es la talla perfecta para ella. Además, le sentará increíblemente bien a sus ojos"

- "Eso creo, aunque yo no entiendo mucho. Pero todo le sienta bien en realidad..." La joven sonrió. Se había fijado bien en la pareja, en la mirada de adoración de él, en lo pendiente que estaba de todo lo que ella hiciera.

- "Lo voy a comprar para darle una sorpresa. Creo que le gustará. Y también el collar"

La chica ensanchó más su sonrisa.

- "No sólo le gustará... Le va a encantar, apuesto lo que quiera. Y con todo puesto... será una diosa. Su esposa es una mujer extraordinariamente bella... pero eso ya lo sabe usted ¿cierto?"

- "Ella no..." De nuevo iba a explicar que no era su esposa, pero otra vez dejó la cosa correr... "Ella no necesita ponerse nada para estar preciosa..." Según hablaba, mientras la joven preparaba el vestido y ponía el collar en un estuche, se dio cuenta de lo que estaba diciendo. "Quiero decir (se estaba sonrojando, ante la sonrisa de la dependienta), que no necesita ponerse nada especial, con cualquier cosa está guapa".

- "Pero con este vestido, estará divina, se lo garantizo".

- "Será una sorpresa para mañana por la noche, hasta entonces lo esconderé ¿Se arrugará mucho si lo dejo tanto tiempo doblado?".

- "Puede hacer una cosa, dejarlo en la recepción del hotel para que se lo tengan planchado mañana a la hora que solicite" le sugirió la simpática joven. La cara de Mac se iluminó, qué excelente idea. Además, así no tenía que subirlo a la habitación y no corría el riesgo de que Stella lo descubriera.

La joven preparó los paquetes y le ofreció, de regalo, los pendientes a juego con el collar y la pulserita que antes habían comprado. Mac se lo agradeció, a pesar de que el gasto había sido considerable. Con todo ello volvió al hotel. Un botones se hizo cargo del vestido, con las instrucciones de que estuviera planchado al día siguiente por la tarde, y listo para subirlo a la habitación cuando él se lo pidiera. Le explicó que era una sorpresa y que no debía decir nada.

- "No se preocupe, señor", le dijo mientras cogía con discreción la propina que Mac le ofrecía, "su esposa no sabrá nada".

- "Ella no..." Mac desistió "Ella no debe enterarse, ése es el punto".

Mac aprovechó para hacer la reserva en el Roof Garden, el lujoso restaurante de la azotea del hotel, para la noche siguiente. El recepcionista le aseguró que pediría que les colocaran en la mesa con la mejor vista de la puesta de sol sobre la Acrópolis.

Con el estuche conteniendo el collar y los pendientes en su bolsillo subió a la habitación. Lo guardó en uno de los compartimentos de su maleta y lo cerró. Oyó a Stella canturrear y al poco salir del baño envuelta en un albornoz.

- "Guauuu, estoy como nueva... Mac, deberías hacer lo mismo. Qué rápido has vuelto ¿no?"

- "No había ambiente, la gente debe estar aún cenando, ya sabes que aquí lo hacen más tarde... Por cierto, reservé mesa para mañana por la noche, el restaurante del último piso es una maravilla"

- "Mac, ¿no te estás pasando?"

- "No, tranquila, no me estoy pasando. Ya me tocaba tener unas buenas vacaciones ¿no crees que me lo merezco?"

- "Sí, desde luego, te lo mereces". Se acercó y le besó en la mejilla. Mac sintió que el cosquilleo le llegaba desde los pelos del cogote hasta la uña del dedo meñique de cada pie. Sin decir nada se fue al baño, dispuesto a ducharse. Se le había ocurrido un plan... y si lo pensaba mucho no se iba a atrever a ponerlo en práctica, así que decidió pensarlo poco...

Stella se recostó en la cama, colocando las dos almohadas apoyadas en el cabecero tapizado para mantener la espalda en alto, y tomó la guía del museo que habían comprado para volver a recordar las maravillas que había visto. Oyó el agua correr y a Mac cantar O sole mío, con una voz de barítono bastante buena... Vaya, vaya, pensó, otro talento oculto de Mac Taylor...

Estaba aún con la guía cuando sintió abrirse la puerta del baño. Al cabo de unos instantes, un carraspeo la hizo mirar hacia allí. Cuando estuvo seguro de que miraba, Mac hizo su salida. Ataviado como el Asclepio de la escultura clásica que habían visto, con la toalla de baño de tamaño extra grande del hotel convertida en túnica anudada sobre un lado del pecho, cayendo en amplios pliegues desde el hombro y dejando descubierto parte del torso... Se paró en actitud meditativa, como el dios de la Medicina. Stella se atragantaba de risa, aplaudiendo. No reconocía a este Mac Taylor, de verdad. Tomó el móvil de la mesilla y le hizo una fotografía, aún muerta de risa.

Pero si ya ver a Mac disfrazado con la túnica le resultaba difícil de creer a Stella aún teniéndolo delante de sus ojos, lo que hizo Mac a continuación la dejó... a punto del colapso. Con un movimiento rápido, deshizo el nudo de la toalla, tiró de ella y se la lanzó a la cama, tapándola en parte. Y él se quedó... tan desnudo como vino al mundo, tan desnudo como Stella lo había visto por la mañana. Al instante, tomó la postura de la estatua de Poseidón a punto de lanzar el tridente. Stella se tapaba la cara con las manos, haciendo aspavientos y dando gritos ahogados.

- "Te dije que lo verías... ¿Tengo algo que envidiar al tal Poseidón, o él me tiene que envidiar a mí? Se requiere una mirada experta para juzgarlo. Una mirada atenta, que analice todos los aspectos... ¡Stella!"

Stella se moría de vergüenza. Aún tenía el teléfono en la mano, en modo cámara, y en su confusión, se le ocurrió hacer otra foto. Mac estaba de nuevo en pose, mirando hacia la pared, y no se enteró, pues había luz suficiente en la habitación y no se activó el flash. Un demonio en la cabeza de Stella la impulsó a tomar más fotos, disimuladamente, mientras se levantaba y hacía el recorrido alrededor de Mac como hace unas horas había hecho en el museo alrededor de Poseidón.

- "Ummm, no está mal... iba diciendo. Nada mal..." Cuando casi había completado la vuelta, Mac la miró inesperadamente y vio que le estaba tomando fotos.

- "NOOOO, no te habrás atrevido..." y se dirigió hacia ella

- "No, que no... que..." Cerró el teléfono y pretendió escapar de Mac. Lo consiguió en la primera vuelta, pero él la alcanzó junto a la cama. Stella se subió en ella, y pretendía salir por el otro lado, pero él la agarró una pierna haciéndola caer sobre las almohadas. La inmovilizó con su peso, encima de ella, mientras, entre risas, ella se retorcía intentando escapar. De pronto, ambos se dieron cuenta de la situación. Stella se quedó quieta. Él la miró, la respiración agitada y... su desnudez le impedía ocultar lo que estaba sintiendo por esa mujer. Stella, sin tener que mirar, lo sintió también... presionando sobre sus caderas. Mac bajó la cabeza hacia ella y sus labios se encontraron, primero dulcemente, después lengua con lengua, deseo con deseo, pasión con pasión...