Todo empezó en Grecia

Capítulo 7

Stella tenía mensajes en su teléfono de todos los miembros del equipo. "Hemos vistos unas fotos muy interesantes" "Disfrutad" "Ya era hora" "Tendremos que celebrarlo". Los mensajes de Lindsay y Angell dejaron a Stella pensativa. Los "My God, el boss está macizo" y "Eso es un cuerpo..." le parecieron un poco descarados (la foto de Poseidón-Mac se había colado en el envío y Stella ni siquiera se había enterado de que también se la mandó a Lindsay).

Al teléfono de Mac sólo Danny se atrevió a enviar un mensaje: "Te lo dije, era AHORA. Bien hecho, boss". OK, los chicos lo sabían. Mac no pudo menos que sonreír para sí. Le daba un poco de vergüenza... Pero qué demonios, si parece ser que su debilidad por Stella era tan evidente que todo el mundo daba por hecho desde hacía años que acabarían siendo pareja... Pues ya eran una pareja. De vuelta a Nueva York habría que encarar las consecuencias, y ver de lidiar con la norma que impide la "confraternización" entre miembros que están en la misma cadena de mando. Algo se podría hacer, aunque estaba seguro de que a sus jefes no les gustaría. Tampoco les había gustado que Danny y Lindsay se casaran, a pesar de que ellos tenían el mismo nivel y no estaba uno por encima de otro en el escalafón, como ahora era el caso. Vale, que ascendieran a Stella. Hace años que se lo merecía. Si ambos tenían la misma categoría profesional, el problema dejaba de existir.

Una cosa tenía clara Mac Taylor, mientras guardaba su teléfono después de haber visto el mensaje de Danny, y era que por nada del mundo renunciaría a Stella. Antes dejaba el empleo que volver a estar solo. Estar cerca de ella de continuo, despertarse a su lado, hacer el amor con ella, le había devuelto a la vida. Sentía que tenía algo, alguien por quien luchar, alguien a quien amar. Un cierto sentimiento machista también se había apoderado de él. Ella era "suya", le pertenecía como él pertenecía a ella. También tenía muy claro que eso no se lo iba a decir a Stella... para empezar no se libraría de un buen golpe en el brazo ni de ser tachado de antiguo, pero así se sentía Mac, como un hombre que tenía una mujer, "su" mujer.

Y Stella... mientras caminaban por las estrechas y empedradas calles de Fira, la minúscula capital de la isla de Santorini, sentía la mano de Mac constantemente sobre ella. En la espalda, o sobre el hombro, o ahora rodeando su cintura hasta descansar sobre su vientre mientras posaban para una foto con el fondo del caserío blanco y las cúpulas azules. Los otros pasajeros del barco, compañeros de viaje a los que iban conociendo, se ofrecían a tomarles fotos a los dos juntos en los lugares más bonitos. Algunos resultaron ser excelentes fotógrafos, y Stella estaba radiante porque iban a conseguir una colección de imágenes que les permitirían recordar cada instante de ese viaje, que estaba resultando el tiempo más maravilloso de su vida. La mano de Mac sobre ella le hacía sentir más segura que nunca en toda su existencia. Sí, podía sonar sensiblero, incluso machista, pero por primera vez Stella sentía que pertenecía a algo, a alguien, que formaba parte de algo mayor que su propia identidad independiente. Parte de una familia, o casi. Sentía dentro de sí que podría llegar a serlo.

De vuelta al barco, la comida fue estupenda y la siesta aún más. Mac estaba empeñado en recuperar la noche anterior en que su enfurruñamiento había acabado en abstinencia… y Stella pudo comprobar que a pesar de sus temores por los daños colaterales que el pollino de la subida a Fira le hubiera podido causar en salva sea la parte, el pequeño Mac no se había dado por aludido y respondía con prontitud a los deseos lujuriosos de su dueño. Camino del camarote, Stella ya había podido advertir que algo se estaba izando… y no precisamente las velas del barco, que funcionaba a motor.

- "¡Mac!" le regañó, cuando además del significativo bulto en su entrepierna, el inspector Taylor bajó su mano más de lo decente en la espalda de Stella. Otros pasajeros iban y venían por los pasillos, no estaban solos. Él se estaba divirtiendo, y en lugar de quitar la mano masajeó la zona. Stella se apresuró a abrir la puerta y entrar. Mac cerró tras ella, la agarró por la cintura y levantándola en el aire la llevó hasta la cama bajo el brazo. Stella no podía menos que reírse… era como un troglodita salido que se lleva a su hembra a la cueva… Él mismo le quitó la ropa, arrancó más bien la suya y en un instante estaba sobre ella, gruñendo y empujando sin apenas poder controlarse. Con todo, sabía hacer que ella también disfrutara, sus embestidas largas y cada vez más rápidas volvían loca a Stella y aún antes que él, ella alcanzó su culminación. Ambos quedaron exhaustos. La noche anterior de insomnio, sentimiento de culpa y sueño agitado les pasaba factura y los dos quedaron profundamente dormidos.

Mac despertó al cabo de una hora. Lo primero que sus ojos vieron al abrirse fue el cuerpo desnudo de Stella, dormida, yaciendo junto a él de costado, dándole la espalda. Admiró las curvas perfectas y suaves de su hombro, la cintura y la cadera… la pierna larga y bien torneada, un poco doblada la rodilla hacia delante, como ocultando su sexo a alguien que estuviera mirando desde el otro lado, de frente. La mano de Mac se deslizó sobre su cintura, arriba, hacia el hombro y el pelo rizado, que apartó para dejar despejado el esbelto cuello y la nuca. Después bajó hacia su cadera, arriba y abajo por la preciosa curva y la llevó hacia delante, al ombligo, el vientre y más abajo, a la zona oculta entre los muslos de la mujer. Stella seguía dormida, pero su cuerpo era receptivo a la mano exploradora y Mac escuchó un suspiro. Cuando insistió hacia abajo, ella giró y quedó tumbada sobre la espalda, abriendo los muslos ahora a esa mano acariciante. Mac vio que sus pechos se adelantaban, los pezones crecían y se ponían duros. Ella le estaba esperando, aún sin darse cuenta. Su mano acariciaba ahora la suave piel del interior de los muslos, cada vez más arriba. Stella levantaba las rodillas ligeramente, separaba las piernas, se preparaba para recibirle. Y de pronto se despertó. Mac tenía ya una erección gloriosa, pero esta vez no tenía prisa. Su mano continuó jugueteando entre los muslos de Stella

- "Creí que estaba teniendo un sueño erótico y ya veo que la realidad supera los sueños", se rió por lo bajo, mientras Mac tapaba su boca con la suya. "Mac, te juro que no sé de dónde sacas tanta energía…"

- "Soy un marine entrenado, y llevo mucho tiempo en la reserva… Así que todos mis músculos, todos, están deseando ejercitarse al máximo…" Como si quisiera empezar por la lengua, su beso fue profundo, largo y les dejó a ambos sin aliento. Siguió por el cuello y el pecho, lamiendo, succionando, dando pequeños mordiscos aquí y allá, hasta volver a Stella loca de deseo… el ombligo le fascinaba y su boca apenas podía separase de él para seguir su camino hacia abajo, a los rizos más oscuros que entretanto había ido acariciando con suavidad, bajando distraídamente los dedos para comprobar si la zona alcanzaba su punto de humedad y deseo. Los espasmos le indicaban que alcanzaba más que eso, y pudo ver que Stella alcanzaba el orgasmo aún sin haber empezado a penetrarla. Tuvo que calmarse y respirar hondo para no acompañarla allí mismo, la visión de su cuerpo arqueándose de placer ante él era algo que le volvía loco de deseo. Se situó sobre ella y al tiempo que volvía a besar su boca, entró en ella suavemente, estimulado en su camino por los últimos espasmos de la vagina de ella. Se dijo que debía volver a lograrlo y empezó su tarea, suave y pausadamente, acompañado por besos, caricias, y un trabajo tan lento como rápido había sido apenas una hora antes… Su segundo orgasmo, tercero en esa misma tarde, fue más intenso y prolongado, Stella acallaba sus gritos agarrándose fuerte al torso de Mac y enterrando su cara en el pecho de él. Nunca se había sentido tan viva.

Apenas tuvieron tiempo para una ducha rápida y ya estaban desembarcando en el puerto de Heraklion, en Creta. Al atardecer visitaron el palacio de Cnosos, recordando la historia del Minotauro en su laberinto. Y allí estaban, en los lugares en que la historia sucedió, o la leyenda se creó. Disfrutaban de la mutua compañía y del placer intelectual de conocer y pisar aquellos lugares que figuran en los libros de Historia, aquello que sólo habían visto en libros o películas, sobre todo Stella cuyo conocimiento del mundo helenístico era, gracias a la influencia del profesor Papakota, significativamente superior. Los únicos momentos tristes eran aquellos en que Stella recordaba al hombre que tanto había significado en un educación, aquella presencia que había sido la única constante en su niñez y juventud, y que nunca había dado el paso de confiar a Stella la verdadera relación que le había unido a su madre, y su amor por ella, hasta el último momento de su vida.

A ratos Mac tomaba la cámara y en lugar de fotografiar los lugares arqueológicos o de interés histórico, o el paisaje o cualquier cosa interesante de tantas como veían, se dedicaba a seguir a Stella con el objetivo, y a tomar imágenes de ella. No se cansaba de mirarla, quería conservar en su mente cada movimiento, cada mirada, cada sonrisa… iba a empapelar su despacho con esa cara preciosa y ese cuerpo de diosa.

Esa noche la cena fue mucho más distendida. Mac habló a solas con Frank previamente, y su amigo se rió mucho cuando le pidió perdón y le contó lo celoso que había estado después de presentarle a Stella y pensar que el capitán se interesaba por ella… en ese sentido. Tuvieron también una conversación de carácter más práctico, pues Mac estaba interesado en saber la forma de llegar a la isla de Paros la tarde en que el barco hiciera la escala en Mykonos, el último día de viaje. Le contó a Frank a grandes rasgos la historia que acababan de conocer del origen de Stella, y la casa que heredaría en Naoussa, la pequeña ciudad de esa isla en la que se supone que había nacido. Quería llevar a Stella allí, y tener una primera toma de contacto, aunque fuera por una sola tarde. Frank estuvo my contento de poder ayudar a su amigo en eso. Él era propietario de un yate, y avisaría a su piloto para que estuviera listo a la llegada del Stella Maris y les trasladara a Paros.

- "Naoussa está en el norte de la isla, el punto más cercano a Mykonos. Son apenas 45 minutos de travesía. Tendréis varias horas para visitar la ciudad, y cuando queráis volver, Milos os traerá de nuevo. Yo os acompañaría, pero mi esposa y yo estamos invitados a la boda de unos amigos esa misma tarde, han hecho coincidir la fecha con el día de mi escala, así que no puedo dejar de asistir, Mac"

- "No te preocupes, ya nos haces suficiente favor si nos proporcionas tu barco… Por favor, los gastos que ocasione me los pasarás"

- "Ni hablar, eso corre de mi cuenta. Ya que no puedo invitaros a cenar en mi pueblo…"

Stella se les unió en ese momento. Mac le explicó a medias el plan para el día de la escala de Mykonos, contándoles que Frank y su esposa tenían una boda, por lo que no podían estar con ellos, pero que harían una excursión.

- "Pero podréis conocer a Eleni esa misma noche, la última del crucero. Ella embarcará con nosotros para volver a Atenas. Faltan pocos días para el parto y quiere estar con su madre en la capital, hemos arreglado todo para que la niña nazca allí"

Se dirigieron a la mesa. Stella y Mac eran invitados permanentes, pero otras dos parejas cenaban también esa noche con ellos, todos gente agradable y que seguían bien la conversación en inglés, a pesar de ser italianos una de las parejas y españoles la otra. El capitán Westwood les contó cómo a su edad, y con su historial de solterón conquistador, con una novia en cada puerto como buen marino, había acabado casado con una joven griega y estaba a punto de convertirse en padre novato. Reventaba de orgullo, eso era evidente. Hasta se sacó del bolsillo interior de su elegante chaqueta de uniforme la foto de la última ecografía tridimensional de su niña y la mostró a sus invitados. La verdad es que la tecnología es increíble, la carita de la niña se apreciaba perfectamente. Frank insistía en que se parecía mucho a él, si bien los demás no se atrevían a precisar tanto.

- "Pues resulta que me casé con el prefecto del nomoí o provincia de las Cícladas…" Continuó contando como había conocido a su esposa, Eleni, que era la gobernadora provincial más joven de Grecia, a sus treinta años. Dado que el turismo es la base económica de la provincia, los armadores de barcos de cruceros y sus capitanes son frecuentemente invitados por las autoridades a todo tipo de eventos, a fin de mantener una relación de cordialidad que a todos les conviene… Así fue presentado el capitán Westwood a la nueva prefecta al poco tiempo de ser nombrada. La fascinación fue inmediata y mutua, Frank procuraba pasar con ella el tiempo libre de cada escala en las Cícladas, y se veían ya fuera en Santorini, Mykonos o en Siros, donde está la capital provincial, Ermoupolis. Ella le contó que pensaba comprar una casa en Mykonos y al poco tiempo estaban buscando juntos. Encontraron una preciosidad sobre el mar, tremendamente destartalada y se enamoraron de ella. La compraron, la arreglaron y cuando estuvo lista, dos años atrás, se casaron. Pensaron que si habían sobrevivido a las obras, su amor había pasado la prueba de fuego. Cuando Eleni le dijo, hacía ahora ocho meses, que iban a ser padres, Frank había llorado como un niño. Su vida era completa. Hacía un trabajo bonito y que le procuraba felicidad a otras personas, tenía buena salud, había encontrado una mujer a la que amar y que le correspondía, y ahora iba a dejar su huella en el mundo, un hijo. Eso era grande.

Mac le miraba sonriente mientras hablaba. Se alegraba sinceramente por su amigo, se le veía tan feliz. Y él mismo tenía la esperanza de que su vida también siguiera un camino similar. Le faltaba bastante por recorrer… pero ya estaba en ruta. Tenía a Stella junto a él, y eso era más de la mitad. Después, paso a paso, tiempo al tiempo…


Seguimos de crucero por el Egeo, tan ricamente. El Stella Maris se ha convertido en aquel "The love boat" de "Vacaciones en el mar"... pero ¿qué mejor cosa que hacer en un barco que quererse dos que se quieren?