Todo empezó en Grecia
Capítulo 8
El tercer día de crucero fue también soleado y con buena temperatura. Tuvieron tiempo de visitar en la mañana la encantadora isla de Patmos y de vuelta al barco, tomar el sol y darse un baño en la piscina. Ya por la tarde, después de llegar a Kusadasi, en la costa de Turquía, se desplazaron hasta la antigua ciudad de Éfeso, con las espléndidas ruinas de un pasado glorioso. Caminando por sus calles, ante la biblioteca de Celso, el templo de Artemisa, el enorme teatro... sintieron ante ellos el peso de la historia. Stella no sabía si todo le gustaba porque lo veía con Mac o lo hubiera disfrutado igual de haberlo visitado sola, o con otros amigos. Sospechaba que la presencia del hombre de su vida hacía que todo resultara más grato, y que descubrir juntos esas maravillas y compartir esos momentos con él era gran parte del encanto de este viaje.
Esa noche, la penúltima, se celebraba la cena de gala tradicional en cada crucero. El barco se engalanaba con la línea de luces de proa a popa, pasando por encima de las grandes chimeneas, y todas las luces de las cubiertas se mantenían también encendidas. Se pedía a los pasajeros traje de etiqueta, por lo que a Mac le prestó su amigo el capitán una corbata de lazo para la ocasión. Stella no necesitaba otra cosa que su vestido verde para causar sensación, y efectivamente no había discusión en afirmar que era la mujer más bella del barco. Mac se sentía el más envidiado, y por lo que pudiera pasar no se separaba de ella. Parecía un guardaespaldas, nadie podía acercarse a Stella sin hablar antes con él. Bailaron, bebieron, disfrutaron... Desde la cubierta del barco contemplaron las estrellas en silencio.
- "Stella... Creo que estos días están siendo los más felices de mi vida." Ella le miraba a los ojos
- "También para mí"
- "Te quiero. Te quiero como nunca pensé que sería capaz de querer a alguien otra vez. Tenía razón la señora del restaurante, no puedo dejar de amar por miedo a perder... lo que he perdido por ese temor es tiempo de disfrutar la vida junto a ti"
- "Yo también te quiero, Mac, te he querido siempre". Cuando se besaron, Stella sintió un cosquilleo en su interior, en su estómago, en su vientre... una sensación grata. Por fin había llegado su turno de ser feliz.
Cuando desembarcaron en Myknos al día siguiente, tras una comida trempana, el barco de Westwood y su piloto estaban listos en el muelle para ellos. Mac tenía 45 minutos para confesarle a Stella el destino de su excursión, que no se había atrevido a mencionar por miedo a que ella se negara a ir.
Milos era un piloto experimentado y rápidamente dejaron el puerto de la encantadora isla con sus molinos de viento y pusieron proa a mar abierto. Fue entonces cuando Mac le dijo que iban a Paros, y más concretamente, a Naoussa.
Stella se enfadó. Más que por el hecho de ir, por la ocultación. Parecía que Mac había tomado las riendas de la vida de ambos y aunque era verdad que ella se había abandonado a esa grata sensación de tener alguien que velara por ella, sentía que en algo tan importante como encarar su pasado debía haber sido consultada. Mac se disculpó. Pensaba que era algo que tenían que hacer, ya que estaban tan cerca. Había hablado por teléfono con los abogados de Papakota en Nueva York y ellos le habían facilitado un contacto para cuando llegaran a Naoussa. Era el agente inmobiliario con el que Papakota había tramitado la compra de su casa y que también hacía las veces de administrador en ausencia del dueño. Se llamaba Manfred Schmidt y era un alemán residente en Paros desde hacía casi veinte años. Se ocupaba de las propiedades de la mitad de la colonia extranjera de la isla. Desde que las leyes griegas habían cambiado, permitiendo adquirir fincas e inmuebles a los extranjeros, Manfred había visto como su negocio no hacía otra cosa que prosperar. Mac esperaba que fuera un tipo legal para que se ocupara también de los trámites de cambio de propiedad tras la lectura oficial del testamento. Stella seguía enfurruñada, temerosa de afrontar lo que fuera que pudiera encontrarse.
Milos les señaló con la mano al frente. No hablaba una palabra de inglés, sólo dijo "Naoussa". La ciudad era pequeña, toda blanca, y se extendía a partir del puerto sobre una ladera suave. Las casa eran bajas, y se destacaba sobre ellas la iglesia, con sus dos torres y la cúpula de cubierta roja, y también pintada por entero de blanco. Los barcos de pesca ponían pinceladas alegres de colores vivos en la imagen. Era un lugar lleno de encanto.
Desembarcaron con ayuda de Milos, que le indicó a Stella que estaría por allí el resto del tiempo para cuando quisieran volver. Mac se disponía a llamar a Manfred Schmidt, al número de teléfono que le habían dado, cuando un hombre alto y rubio se presentó ante ellos.
- "¿Son ustedes los americanos? ¿Los que van a ver la casa de Papakota?". Extendió la mano sonriente, pero cuando miró a Stella su sonrisa se transformó por un segundo en una mueca de sorpresa. Mac y Stella estrecharon la mano tendida. "He visto llegar el barco del capitán Westwood y me lo he imaginado. Le conozco, mi socio en Mykonos le vendío su casa. Él les puede dar referencias mías, y yo me quedo tranquilo también sabiendo que son amigos suyos". Se rascó la cabeza, sin saber cómo seguir. "Aún no me puedo creer que el profesor Papakota haya muerto, siempre esperé que por fin viniera a vivir a su casa. Sólo estuvo aquí una vez, cuando firmó los documentos de compra, hace muchos años. Me encargó que hiciera la rehabilitación de la casa exactamente como fue en sus buenos tiempos, sin prisa pero sin dejarlo, siempre enviando el dinero puntualmente. Y nunca lo vio terminado"
- "La dueña de la casa será la Srta. Bonasera, Stella. Yo soy Mac Taylor, amigo suyo". Stella sitió otra vez disgusto de que Mac definiera su relación como únicamente de amistad. En fin, sabía que Mac siempre era precavido.
- "Nos gustaría verla, si puede ser". Stella se decidió a hablar. Tenía un nudo en el estómago desde que habían avistado la ciudad. El lugar donde había nacido. Poco más de treinta años atrás, la pequeña Stella Bonasera había dado sus primeros pasos por estos lugares. Le parecía irreal, no recordaba absolutamente nada. Y sin embargo... esa luminosidad de las casas blancas con sus ventanas azules... Sentía como si ya lo conociera. Tonterías, se dijo, llevamos tres días por el Egeo viendo islas en las que todas las casas son así, y todas las iglesias parecidas...
Manfred les indicó el camino hacia donde había aparcado su coche.
- "Iremos en coche para evitar la cuesta, pero en realidad la casa se ve desde aquí". Se volvió hacia el extremo del puerto y señaló a lo alto de la ladera, del lado opuesto a la iglesia. Había una casa tras una barrera verde de árboles. Se veía una torre y el piso superior, completamente blancos. Una terraza rodeaba la esquina opuesta a la torre. "Allí la tiene, con las mejores vistas de Naoussa. Ésa es Makariki, que viene a significar Lugar feliz. Se ve toda esta parte de la ciudad y el puerto, pero tiene una finca trasera que baja por la otra ladera hasta la playa de Kolympitres, que es famosa por sus extrañas rocas ¿La conocen?"
- "No, yo nunca había estado aquí", le explicó Mac, "Y la Srta. Bonasera dejó este lugar siendo una niña pequeña y nunca había vuelto, no lo recuerda".
Manfred sonrió ahora, moviendo afirmativamente la cabeza, como comprendiendo algo que a ellos se les escapaba. A Mac no le pasó desapercibido su gesto, acostumbrado a interpretar las reacciones de testigos y acusados en los interrogatorios.
- "Pues se está convirtiendo en un lugar turístico de primer orden. No me extrañaría que pronto empiece a recibir ofertas a cual más suculenta por su propiedad Srta. Bonasera... Es la mayor finca de esta parte de la isla, y está en el mejor lugar. Papakota la compró en el momento óptimo, cuando los precios aún eran asequibles y los extranjeros todavía no podían ser propietarios. Dado que él conservaba su nacionalidad griega, y que podía pagar en dólares... lo tuvo fácil. Hoy quizás no podría hacerlo, todo se ha disparado de una manera increíble. No es que me queje... mi negocio es éste, pero reconozco que ahora los precios son desorbitados".
Llegaron al coche y Manfred les condujo por las callejuelas estrechas hasta lo alto, donde la verja de Makariki fue abierta por el alemán para deja pasar el coche a una corta avenida de adelfas que adornaban, floridas, ambos lados del camino. Stella estaba encantada. Realmente parecía un lugar feliz. Al bajar ante la casa y contemplar su fachada, algo en ella le resultó acogedor y grato.
- "El jardín antiguo, detrás de la casa, tiene un cenador y un estanque, ya lo verán. Ahora les enseñaré la casa". Estaba abriendo la puerta principal. "Todas las semanas viene una señora a limpiar, Papakota pagaba por mantener la casa lista para usarse, por eso siempre creí que alguna vez vendría, de pronto..." Abrió las ventanas del hall, de donde partía hacia el piso superior la escalera de madera tallada. Les indicó el camino. "Y éste es el salón principal..." Abrió también las contraventanas para dejar pasar la luz, aún intensa, de la tarde.
Stella se había retrasado contemplando la escalera. No sabía por qué, pero la sensación que tenía era rara. Bueno, nunca antes había heredado una casa, ni siquiera comprado una, su apartamento era alquilado, y quizás ese hueco que se le estaba formando en el estómago se debiera a eso, a la emoción de sentirse propietaria de algo, pero todo era muy extraño. El dibujo de los tornos de madera de la barandilla la fascinaba.
Manfred y Mac estaban ahora en medio del salón, provisto con muebles antiguos, de sólida y oscura madera. Manfred miraba a Mac, esperando su reacción. Y Mac no podía creer lo que veía. Miró a Manfred, aún con cara de sorpresa y el alemán, con su sonrisa enigmática, afirmó con la cabeza como lo había hecho cuando vio a Stella por primera vez. Allí estaban los dos cuando Stella entró por fin en el salón y se reunió con ellos. Sus ojos dieron una vuelta a todo el espacio hasta que por fin se posaron sobre aquello que los dos hombres tenían de frente. Los dos la miraron, esperado su reacción...
Bueno, un poco de intriga, que este Fic es demasiado soso... Espero no tardar mucho en continuar.
