Todo empezó en Grecia
Capítulo 9
A Stella le faltó poco para desmayarse. Su cara palideció de pronto, asustando a Mac, que la agarró por la cintura. Se llevó una mano a la boca, abierta por la sorpresa
- "¿Qué... qué significa esto?" Se sentó en el sofá, tapizado en cuero en el más genuino estilo inglés.
- "Bueno, cuando la he visto en el puerto así me he quedado yo también", comenzó Manfred. "No sabía que usted tuviera nada que ver con la casa"
- "Yo no tengo nada que ver con la casa"
- "Stella, sería mucha casualidad que no haya una relación" empezó Mac.
-"¿Qué relación, qué demonios pasa, y cómo quieres que yo lo sepa". Stella estaba empezando a llorar, sobrepasada por los acontecimientos. Mac se sentó junto a ella, abrazándola. Manfred tuvo el buen sentido de salir y dejarles a solas, dedicándose a dar luz al resto de las muchas habitaciones de la casa, abriendo puertas y ventanas.
Stella se calmó por fin, y ella y Mac contemplaron de nuevo el cuadro que ocupaba el lugar principal del salón, sobre una gran chimenea forrada de mármol blanco tallado, presumiblemente el tan afamado mármol de Paros... Era Stella. Bueno, no era Stella, era evidente que el cuadro era antiguo, y la dama representada vestía un traje que se podría ubicar hacia los años 20... Pero el cabello castaño rizado y los grandes ojos verdes en un óvalo perfecto de cara femenina eran exactamente los de Stella, y también, como probaba la fotografía que Mac le había dado, los de la madre de Stella. Entonces... ¿qué estaba pasando allí?
Mac se levantó y se acercó al cuadro, buscando la firma.
- "Me lo había parecido… Dios mío, Stella, es un Sargent, lo pintó John Singer Sargent, nada menos…". Miró otra vez la firma John S. Sargent, 1921. "Vale una fortuna".
Stella se limpiaba los ojos, ahora acercándose también ella, agarrando la mano de Mac como el náufrago que se agarra a un cabo
- "Me importa poco la fortuna que valga, pero, Mac… ¿Quién es y por qué me parezco a ella? ¿Qué nos has traído aquí, finalmente? ¿Qué más sabía Kostas Papakota sobre mí y mi familia, y por qué compró y restauró esta casa para después dejármela a mí?".
- "No lo sé, Stella, no lo sé…"
Manfred había vuelto.
- "¿De verdad no sabe qué relación tiene con la dama del retrato? Lo único que yo sé es que era la dueña de esta casa cuando yo llegué aquí, y murió al poco tiempo. Debió ser en al año 77 ó 78… Después, un hijo suyo la heredó, y apenas vino. La casa se deterioró mucho y cuando murió, la esposa la puso en venta. Ella también murió como un par de años después. La última dueña nunca vino por aquí, hasta la venta a Papakota, en el año 96. Era una mujer mayor que no quería nada de la familia de su marido, no se llevó nada. Papakotas mandó limpiar y guardar todos los documentos y cosas personales de la familia, y están en un baúl en el despacho. Insistió en que se airearan de vez en cuando y se limpiaran para conservarlos. Hay cantidad de carpetas, y álbumes de fotos antiguas…
- "Toda la historia familiar, Stella. Él lo guardó para ti", dijo Mac, mirando a Stella
El detective no pudo resistirse a preguntar.
- "¿Y el cuadro? Es muy valioso, ¿cómo es que la dueña no lo conservó?"
- "Pues no sé, quizás ni lo sabía. Y además, la retratada era su suegra… Probablemente no quería tener su cara delante. Ella era de Atenas, y todo esto le parecía pueblerino, remoto. Se quejaba del tiempo que llevaba llegar aquí, porque no le gustaba volar y las pocas veces que vino lo hizo en barco. Pero si el cuadro es tan valioso, podía haberlo vendido. No sé… el caso es que aquí se quedó. La señora que limpia me dijo que siempre ha estado ahí, encima de la chimenea…". Manfred se rascaba la cabeza, meditando. "Ahora que lo pienso, seguramente Theodora es quien más les pueda informar acerca de cosas de la familia, una vez me dijo que siempre había estado aquí, que incluso nació en la finca porque sus padres ya trabajaban entonces para la señora del cuadro, y vivían donde ella vive ahora, en la casa del jardinero, al otro extremo de la propiedad… ¿Quieren que la llame?".
Stella no estaba segura de querer seguir conociendo cosas… todo el asunto estaba adquiriendo unas dimensiones demasiado grandes, demasiado dramáticas. Estaba pasando de no saber nada de su familia a saberlo todo en pocos días… no se sentía preparada.
Pero Mac sí estaba preparado. Creía firmemente que cuanto antes resolviera Stella las incógnitas del pasado, antes podría encarar el futuro. Un futuro con él, esperaba. Miró su reloj. Eran ya las cinco de la tarde. No podían perder el tiempo.
- "Sí, por favor, nos gustaría hablar con ella"
Manfred salió a la terraza a telefonear. Theodora tardó menos de un cuarto de hora en llegar a la casa. Sabía que hoy era la visita de los nuevos dueños, Manfred la había advertido para que la casa estuviera en estado de revista, y se había pasado la mañana limpiando a fondo. No es que no lo hiciera bien las demás veces, pero hoy se había esmerado. Había quitado las fundas que cubrían los muebles para que se pudieran apreciar en toda su belleza… y había quedado muy satisfecha. Le tenía cariño a la casa, había trabajado allí desde que era jovencita y había sufrido mucho viendo el deterioro durante el periodo en el que estuvo casi abandonada, tras morir la señora. Había estado en casa, pendiente de la llamada del Sr. Schmidt, como habían acordado, por si las visitas necesitaban algo.
Entró por la puerta de servicio y llegó hasta el salón, tocando en la puerta para advertir de su presencia.
- "¡Pase!" atronó el vozarrón de Manfred Schmidt, tan intimidante como su misma persona.
Theodora era una mujer de estatura media y complexión fuerte. Debía tener unos 65 ó 68 años, ó eso representaba, y conservaba un pelo bastante oscuro, corto y bien peinado. Toda ella daba impresión de limpieza y frescura. Entró en la habitación, saludando con la cabeza a Schmidt, que la presentó primero a Mac, que estaba más cerca. Ella le estrechó la mano. Stella se acercó.
- "Y la Srta. Stella Bonasera". Stella tendió la mano, pero Theodora se quedó petrificada, incluso dio un pequeño paso atrás. La miraba como quien está viendo un fantasma.
- "¿Stella?... ¿Eres Stella? ¡Tienes que ser… Stella-mou, mi pequeña Stella-mou!". Se acercó a Stella y la abrazó con tanta fuerza que casi se caen ambas. Stella ponía cara de susto por encima del hombro de la mujer, mirando a Mac. "No puedo creer que sea mi Stella, mi niña pequeña… Siempre creímos que habías muerto también tú en aquel accidente en que nos dijeron que había muerto Melina, tu madre" Y con las palabras, apretaba aún más a Stella contra sí.
Stella nunca había tenido mucho contacto físico afectivo en su vida, aunque era algo que buscaba y necesitaba cuando hacía amigos. Se relajó un poco y encontró entrañable que aquella mujer, que la había conocido siendo muy pequeña, la estrujara de aquella manera. Olía a jabón sencillo, y eso le resultó incluso familiar. Dicen que el olfato es el sentido que más memoria conserva, y su olfato le estaba enviando señales que no sabía interpretar muy bien desde que cruzaron la verja de Makariki.
- "No supe nunca supe dónde estaba mi familia, me crié en América como huérfana. Hasta hace unos días no sabía que yo había nacido en Grecia"
- "¡Ay, Dios mío. Nunca supimos cómo buscarte, porque comunicaron la muerte de Melina, pero nada de la niña… La señora mandó cartas para preguntar, pero la respondieron que no había ninguna niña, viva ni muerta, nadie sabía nada. Eso acabó con la señora, tu bisabuela. Adoraba a tu madre, que era su nieta y llevaba su mismo nombre. Cuando supo que había muerto, y supusimos que tú también, envejeció de repente y murió al año siguiente. Tenía 78 años, aún no era tan mayor. Le echó en cara a su hija María, tu abuela, que Melina se había ido por su culpa, por toda la historia en torno a tu padre y tu nacimiento…"
- "¿Usted sabe lo que pasó?"
- "Sí, más o menos. Tu madre era hija única y nieta única, la heredera de la familia, ya que su tío Konstantinos, el hermano mayor de tu abuela María, no tuvo descendencia. Habían buscado para ella un novio adecuado, también rico y de excelente familia. Pero tu madre, Melina, conoció a un chico italiano que había venido a Atenas para especializarse en restauración de obras de arte, lo mismo que ella, y se enamoraron. La familia se opuso frontalmente a su relación, y cuando Melina presentó a Alessandro a sus padres fue por lo visto un momento muy desagradable. El muchacho se sintió ofendido y decepcionado, y le dijo a Melina que volvía a su tierra, que si le quería se fuera con él. O se iba con él, o habían terminado para siempre… Tu madre no supo reaccionar, no se atrevió a oponerse así a su familia, y le pidió que se quedase, que con el tiempo se irían suavizando las cosas, pero él se marchó, y le dijo a tu madre que no quería saber más de ella. Poco después, tu madre se dio cuenta de que estaba embarazada. Sus padres se horrorizaron, aquello era demasiado para la buena sociedad de Atenas, a pesar de ser ya los años 70, y mandaron a Melina aquí, a Paros, con su abuela. Las dos Melinas se adoraban, y la abuela no le reprochó nada. Tuvo aquí a su niña, a ti… el bebé más bonito del mundo. Pero ella había estudiado, era una artista brillante, empezaba a destacarse como restauradora de obras de arte y esta isla se le quedaba pequeña. De la Universidad y el gobierno le ofrecieron un par de años más tarde un viaje a América como conservadora de las obras de arte que viajarían para ser expuestas en varios museos americanos… Como iban a ser varios meses, te llevó con ella. No sabes como te quería, por nada del mundo hubiera pasado tanto tiempo sin ti. De manera que se marchó… y fue la última vez que os vimos". Theodora estaba llorando para estas alturas de la narración, Stella también.
- "Yo no sabía que esta casa era de mi familia. Me he llevado un susto al ver el cuadro"
- "Ah, el cuadro… El hombre que le compró la casa a tu tía-abuela insistió en incluirlo en los bienes que compraba… A ella no le importó, no quería ver a su suegra ni en pintura, nunca mejor dicho que en este caso…" a pesar de las lágrimas se rió de su propia ocurrencia, y los demás con ella. "Ese hombre me dijo que había visto el cuadro en una exposición en Atenas para la que había sido prestado, cuando aún vivía el Sr. Konstantinos, tu tío-abuelo, y que le había seguido la pista hasta dar con la casa porque tenía un interés especial en ella y en el cuadro. No entendí muy bien qué quería decir, pero él no explicó más. También me hizo contarle la historia, como ahora se la cuento a ustedes. Para que luego digan de los culebrones de la tele…"
- "¿Entonces yo nací aquí?"
- "Aquí, en esta casa, en la habitación azul. Vamos te la enseño… y tu habitación. Está igual que cuando te fuiste, cuando tenías dos años recién cumplidos". Al tiempo que hablaba, se levantó, agarró a Stella de la mano y se dirigieron a la escalera.
- "Aquí nos diste el mayor susto de tu vida", Theodora señalaba la escalera… "Con un año y apenas empezando a andar, subiste casi todos los peldaños, agarrada a los tornos de la barandilla… y te caíste rodando casi desde arriba". De pronto se paró en un escalón superior al de Stella, la agarró la cara y buscó en la zona del nacimiento del pelo, sobre la sien izquierda. Casi tapada por los rizos, una cicatriz de unos dos centímetros era el recuerdo de aquella aventura. Theodora se la besó diez veces. "El médico te lo tuvo que coser, sangraste muchísimo… tu abuela estaba histérica… tu madre llorando… y tú, pasado el primer susto volviste a subir toda la escalera ese mismo día y apareciste en el piso de arriba a la primera ocasión en que te perdimos de vista". Mac se rió.
- "Eso suena muy propio de Stella… Nunca se ha resignado a que algo le salga mal o a no poder con ello".
En el piso superior, la primera puerta que abrió Theodora era la de la habitación infantil. Stella entró, y buscó tras de sí la mano de Mac, su apoyo físico, para afrontar lo que estaba viendo. Una cuna de barrotes dorados, una cama infantil parecida, con angelitos sobre lo alto de la cabecera… Toda la ropa blanca, y la pared pintada con motivos de flores color vainilla sobre fondo azul pálido. En una de las paredes, había un pequeño retrato hecho al pastel en un marco antiguo de madera de forma ovalada. Era la cara de un bebé de un año y medio, más o menos.
- "Ésa eres tú, Stella-mou. Tu madre te pintó"
Stella se sintió desfallecer otra vez, estaba viendo la firma. M. Nikopolidis, 1976. Y debajo, escrito en griego, Mi Stella. Tuvo que sentarse. Theodora se preocupó, pero al saber que hacía ya muchas horas desde que habían comido, inmediatamente se le ocurrió la solución. Tenían que comer algo. Les dejó para ir a la cocina y prepararlo.
Stella no podía dejar de mirar el pequeño cuadro, las lágrimas corriendo por sus mejillas. Mac la estrechaba contar su pecho, mirando cómplice a Manfred, que no sabía qué hacer o decir, sintiendo que allí estaba de más. Él se volvió al salón. Stella y Mac quedaron a solas, en aquel precioso cuarto infantil que había guardado durante 33 años la ausencia de su dueña, ahora de vuelta.
- "No puedo manejar todo esto, Mac, son demasiadas cosas a la vez…"
- "Lo sé. Lo sé. Pero recuerda que estoy contigo".
De vuelta en el yate de Frank, camino de Mykonos y del Stella Maris, Stella se acurrucó en la cama del pequeño camarote bajo la cubierta y en unos minutos se había dormido. Parecía exhausta. Le dio pena tener que despertarla para volver al gran barco cuando llegaron, casi una hora después. Stella no quería ir a cenar, pero Mac la obligó. A media cena, se tuvo que levantar para ir al baño y vomitó. Mac estaba allí para sujetarla el pelo… A Stella le daba vergüenza que él la viera así, pero la reconfortaba su solidez, y su brazo fuerte alrededor de la cintura. Se le pasó pronto, y después de un rato estaba mucho mejor.
Estaban esperando en el salón a que el capitán Westwood volviera de la boda a la que había asistido en Mykonos y les presentara a su esposa, como habían acordado. Stella había reclinado su cabeza en el hombro de Mac, sentados uno al lado del otro. A pesar del ruido de la música (un pianista tocaba en vivo canciones famosas de todas las épocas) y de las conversaciones, a pesar del ir y venir de camareros con copas tintineantes, Mac se dio cuenta de que Stella, de nuevo, se había dormido. No sabía qué hacer, si sonreír o preocuparse. Le puso los labios en la frente para comprobar si tenía fiebre, y le pareció que no. Entonces se quedó allí, rodeándola con su brazo, y sintiendo en el cuello su respiración suave y tranquila…
