Todo empezó en Grecia

Capítulo 12

La mañana había pasado como un torbellino para Mac y Stella. Tras la llegada del Stella Maris al puerto de El Pireo, en Atenas, habían despedido a Frank, Eleni y su pequeña, que salieron rápidamente hacia el hospital antes de que empezara a desembarcar el pasaje del barco. Después se habían sucedido todos los trámites de desembarco, recogida del equipaje, traslado al aeropuerto, vuelta a facturar... Mac se había hecho cargo de todo porque Stella estaba rendida, agotada. Todo el cansancio y los nervios acumulados del día anterior y la noche pasada se habían hecho presentes de repente y se encontraba francamente mal. Estaba mareada, vomitó lo poco que había desayunado... Mac se empezaba a preocupar, ella no había retenido ningún alimento desde hacía casi un día completo, lo que unido a la falta de sueño de la noche anterior era una combinación pésima para que se repusiera de su agotamiento. Cuando por fin tomaron sus asientos en el avión de vuelta a Nueva York ambos suspiraron. Durante unas horas, la mejor opción que tenían era descansar, dormir, relajarse y disfrutar de su proximidad. Stella miró hacia el exterior antes de que el avión despegara, su última mirada al que ahora sabía que era su país natal. Seguramente desde este mismo aeropuerto había despegado, poco más de treinta años antes, otro avión en el que una pequeña Stella había acompañado a su madre hacia un cambio radical y penoso en sus vidas, hacia la muerte y la orfandad, hacia la pérdida de un pasado que, todos estos años después, había venido a recuperar. Miró a Mac cuando ya estaban en el aire, dándose cuenta de que él no le había quitado los ojos de encima en ningún momento, y le sonrió, un poco triste.

- "Nunca pensé, cuando vine hace dos semanas, que en tan pocos días mi vida iba a cambiar tanto"

- "Tampoco yo cuando decidí seguirte", le respondió Mac.

- "Mac... ¿Por qué lo hiciste?"

- "Porque no podía estar allí si ti. Porque pensé que podías estar en peligro, tan lejos de mí. Porque no podía soportar estar sin verte cada día. Porque temí que no volvieras y sabía que no soportaría vivir sin ti todos los días de mi vida... Porque... Porque te quiero"

- "¿Así de claro lo tenías?"

- "No, en realidad actué por impulso, sin buscar las razones. Estaban ahí, desde luego, en el fondo creo que siempre han estado... pero han salido a la superficie durante estos días"

Stella suspiró y cerró los ojos. Le hacía bien oír a Mac decir esas cosas, la reconfortaba y le daba seguridad.

Había finalizado la maniobra de despegue y Mac se dirigió a una de las azafatas para pedir que le prepararan a Stella un té y algo suave que pudiera ser capaz de digerir antes de que se durmiera. La chica se lo trajo rápidamente, sonriendo al ver lo atento que este hombre se mostraba con su esposa (dio por seguro que lo era), lo preocupado que se había mostrado cuando al pedirle el té le había dicho que ella no se había sentido bien en las últimas horas. Stella no tenía ganas de nada, pero tomó el té y los suaves bizcochos que la amable señorita le había servido, más que nada por complacer a Mac. Él la tapó después con la manta, ayudándole a reclinar un poco su asiento de forma que encontrara una postura cómoda para dormir. No tardó ni dos minutos en caer, por fin, en un sueño profundo y tranquilo, con sus preciosas facciones relajadas y su mano entrelazada con la de él. Mac extendió también la manta sobre sí mismo, y cerró los ojos pensando en todos los sucesos de aquellos días. Qué locura, qué sucesión de acontecimientos. La muerte de Papakota y su hermano, y las circunstancias que las rodearon, los días de Atenas en que finalmente Stella y él se habían encontrado como enamorados, como amantes, como hombre y mujer que saben que están hechos el uno para el otro; después el crucero, con el sorprendente encuentro con su amigo, tan larga e injustamente olvidado, la revelación sobre los orígenes familiares de Stella y encontrar su casa, el lugar en que nació, para culminar la noche anterior con el nacimiento de una nueva vida, la de la pequeña Stella...

Todo eso había sucedido en Grecia, en unos pocos días. Y todo ello era un punto de inflexión en sus vidas, que nunca podrían volver a ser iguales. A partir de ahora les tocaba, a Stella y a él, volver a empezar. Después de Grecia. Todo empezó en Grecia, recordaba que había dicho Stella infinidad de veces durante sus visitas de aquellos días a lugares emblemáticos de la historia griega. Pues bien, a partir de ahora también en sus particulares existencias podrían decirlo, porque una nueva vida iba a empezar para ellos después de Grecia.

Y el augurio de una nueva vida llevó otra vez a Mac al último pensamiento de aquella mañana, antes de sucumbir al breve sueño que había disfrutado. Stella quería una familia Eso era algo tan evidente que no había que ser un lince para darse cuenta. Sólo hacía falta ver su mirada cuando le entregó en brazos, unos meses atrás, a su ahijada Lucy Messer, sólo hacía falta ver su cara cuando entró en la habitación infantil, su habitación, en su casa de Naoussa, sólo había que mirarla con la pequeña Stella en brazos, la noche anterior... Stella quería una familia. Más que eso, la necesitaba. Y Mac no estaba seguro de poder dársela. El pensamiento le estaba empezando a torturar. ¿Y si él no podía darle los hijos que tan evidentemente ella deseaba? ¿Debía ser tan egoísta como para condenarla a renunciar a la maternidad por él?

Decidió que antes de seguir en esa línea, lo que debería hacer es saber a qué atenerse. Es decir, recuperar la cita pendiente desde aquel triste 12 de septiembre de 2001 y comprobar con el especialista si realmente existe un motivo físico que le impediera ser padre, ser el padre que Stella quería para sus hijos. Y si ese motivo existe, pensó Mac... ¿Qué va a ser entonces de nosotros?

Sus pensamientos se vieron interrumpidos por la azafata preguntando sus preferencias sobre el menú. Mac pidió pasta y verduras, y prefirió no despertar a Stella. Ahora mismo, tras el ligero tentempié que había tomado y que al parecer le había sentado bien, era mejor dejar que descansara y durmiera todo lo que su cuerpo necesitara para recuperarse.

Tampoco se despertó Stella con el trajín de bandejas de comida al ser servida, ni cuando, suavemente, Mac desenredó su mano de la de ella para poder comer. Apenas un suspiro y unas palabras ininteligibles para acurrucarse un poco más en el asiento sin perder la respiración y profunda que indicaba un sueño tranquilo. Mac la miraba sonriendo. Se la veía tan vulnerable... No era la Stella fuerte, independiente y segura de sí misma que todos conocían y estaban acostumbrados a ver. Bueno, sí era, pero mostrando un lado que sólo en esta intimidad particular nacida entre los dos ella se permitía mostrar. Su lado frágil, indefenso, el reflejo de aquella infancia despojada de afectos, de sentido de pertenencia a un lugar o a una familia... Por nada del mundo quería que volviera a sufrir, por nada del mundo estaba dispuesto a hacer que ella renunciara a nada... y esperaba que eso no le costase tener que renunciar a ella.

Stella durmió durante ocho horas seguidas, despertándose sólo con el ruido de bandejas a la hora de la cena.

- "Hola, bella durmiente..." le dijo Mac al ver que abría los ojos. Ella se estiró discretamente, con un movimiento que a Mac le pareció de lo más sexy. Se inclinó hacia ella y la besó.

- "Eh, eso tenía que haber sido antes, el beso del príncipe para despertarme..." Se estiró otra vez. "He debido dormir bastante rato ¿no?"

- "¿Rato?... Has dormido ocho horas. Lo necesitabas, Stella. Ambos lo necesitábamos, después de la pasada noche. Yo también he dormido unas horas. Ahora nos servirán la cena y ya estamos prácticamente llegando"

- "Vaya, qué viaje más rápido. Miró el reloj, que marcaba las 20.30, en hora de Atenas. ¿Qué hora es en NY?"

- "Hay que retroceder siete horas... Llegaremos a las 15.00, hora local"

- "O sea, habremos estado 10 horas en el avión y sin embargo hemos salido a mediodía y llegamos a las tres de la tarde... Qué cosas..."

- "Y cenados... Ya podemos simplemente llegar y acostarnos hasta el día siguiente"

- "¿Acostarnos? Mac Taylor, últimamente sólo piensas en una cosa..." Mac se rió, tomando su mano y besándosela.

La azafata les trajo su cena. Mac había pedido para los dos una ensalada de arroz que a Stella le resultó muy apetecible. Se encontraba bien, y a pesar de la postura había descansado el cuerpo y la mente, y sus ojos reflejaban otra vez su chispa habitual. Comió con ganas. Cuando terminó su plato se dedicó a picar del de Mac, que comía mucho más lento.

- "¡Eh!, glotona... que esto es mío" Y luchaban con los tenedores, ella queriendo pinchar algo de su plato, él intentando impedírselo.

- "Mío, mío... Se ve que eres hijo único, Mac, tienes que aprender a compartir las cosas". De pronto, Stella dejó la broma de los tenedores y le miró a los ojos. "Siempre pensé que si tenía familia, no querría un sólo hijo. Me gustaría tener al menos dos, que se criaran juntos y aprendieran a compartir todo como hermanos... ¿qué piensas tú?"

Mac recordó los pensamientos que le habían asaltado durante parte del viaje, pero no quiso preocuparla.

- "Dos está bien. Pero mejor tres o cuatro..." Ella le miró, abriendo los ojos y levantando las cejas, interrogante. "No te preocupes, dejaré que te repongas entre uno y otro". Stella le dio un codazo

- "Dejaré que te repongas... Pero bueno, lo que hay que oír..." Se rió. "Mac, ya no somos tan jóvenes, no creo que haya tiempo para tanto"

- "Habla por ti, querida, los hombres no tenemos esos problemas". Interiormente se enojaba consigo mismo por seguir por ese camino, sabía que quizás él sí tuviera problemas... pero la diversión momentánea era tentadora. Stella le propinó otro codazo en las costillas. Al cabo de un rato de tonterías, Stella recuperó la seriedad.

- "Mac, qué vamos a hacer con... lo nuestro ¿Has pensado en cómo encararlo en el laboratorio, si vamos a decir que estamos saliendo... o será mejor dejar que todo vaya pasando de forma natural, sin hacer grandes anuncios?"

- "La verdad es que no lo sé. No sé cómo podremos evitar que el asunto llegue más arriba y me recuerden la política de "no romance" con los subordinados. Si van a por mí por esto, la sanción puede ir desde una amonestación hasta el despido, al fin y al cabo, hay unas normas y nos las hemos saltado. No sé... creo que es mejor llevar el asunto discretamente, al fin y al cabo parece que la impresión, o la sospecha, de que estamos juntos está bastante extendida hace años y nadie se ha quejado, de momento. Quizás podamos seguir así"

- "¿Quieres decir, cada uno en su casa y sólo "salir"? No creo que eso sea compatible con los cuatro niños que decías antes, Taylor"

- "Cierto, aunque de momento podemos empezar a encargar el primero con dedicación y ya iremos viendo qué tal se nos da, mientras solucionamos asuntos"

- "Entre ellos el tema de Papakota. Mac, ¿me acompañarás a ver al abogado del profesor? No creo que pueda con ello yo sola". Él la besó la mano.

- "Estaré contigo. No te voy a dejar escapar ahora que eres una rica heredera...". Ella le dio de nuevo un codazo, sonriendo. Es lo que Mac quería, que no se dejara llevar otra vez por los pensamientos tristes que el profesor y toda la historia alrededor provocaban en ella.

Habían recogido las bandejas y por la megafonía se anunció que estaban iniciando la aproximación al aeropuerto, llegaban a casa. Stella se maravillada de lo corto que le había parecido el viaje de vuelta. El aterrizaje fue perfecto, hacía un día precioso en Nueva York y el equipaje no se había perdido. No se podía pedir más. Cuando salieron de la zona de llegadas, otra sorpresa les esperaba. Danny y Lindsay les hacían señas sonrientes, mientras la pequeña Lucy pataleaba en su sillita. Stella se abrazó a Lindsay, soltando una lagrimita, mientras Danny estrechaba primero la mano de Mac para después darle un abrazo rápido y unas palmaditas en el hombro. Después cambiaron parejas y Lindsay abrazó fuerte a Mac mientras Danny hacía lo propio con Stella. Lucy hacía ruiditos extraños, reclamando la atención de los adultos. Su padrino se inclinó sobre ella, mientras la niña le intentaba agarrar la nariz, riendo contenta. Después, Stella le tuvo que dejar agarrar su pelo, que desde que tenía pocos días de vida la había fascinado. Nada entretenía más a Lucy que jugar con los rizos de su madrina. Stella la sacó de la sillita, ansiosa de tenerla en brazos. Los hombres se encargaron de trasladar el equipaje a la flamante furgoneta familiar de los Messer, mientras ellas les seguían, riendo con las monadas de la pequeña.

- "Y bien... ejem, ejem... empezó Danny. ¿Dónde debo llevaros? ¿A casa de Mac? ¿A casa de Stella? ¿Se puede saber qué vais a hacer de vuestra vida?"

Todos se rieron.

- "Ya me gustaría a mí saber qué vamos a hacer de nuestra vida, y cómo". Mac se rascó la cabeza. Stella habló por él.

- "Danny, de momento tenemos que ir cada uno a nuestra casa. Traemos los equipajes básicamente compuestos por ropa sucia después estas semanas fuera... y tendremos que ocuparnos del correo y las demás cosas prácticas... Hay trabajo para unas horas, menos mal que hemos dormido en el viaje"

- "Bien, os doy cuatro horas, pero esta noche os espero a cenar en mi casa, y quiero enterarme de todo... TODO (miraba por encima de los cristales de las gafas a la pareja) y quiero ver todas las fotos, también, así que os traéis las tarjetas de las cámaras, las memorias Flash o lo que se necesario"

- "Todas las que se puedan ver..." Lindsay miraba a Stella con aspecto cómplice. Stella se sobresaltó. "Preciosas las cuatro que me enviaste, Stella".

Stella se puso a echar cuentas ¿Cuatro? Había enviado las de la cena en el hotel, las que el camarero les hizo bailando... y creía recordar que eran tres... Ay, Dios, qué otra foto se habría colado en el envío...

La confusión en la cara de Stella divertía enormemente a Lindsay.

- "La mejor, la de Poseidón", le dijo en un susurro inclinándose hacia ella. La boca de Stella se abrió de par en par.

Los días siguientes pasaron en un suspiro. Stella estaba sobrepasada, no le gustaba que todo fuera tan rápido, tener tan poco control sobre las cosas. Empezando por sí misma. No sabía qué especie de desorden se traía, como consecuencia probable del jet-lag, que tenía cambiado el sueño, el hambre y las digestiones. Se dormía de día, y también de noche, nada le sentaba bien, hasta el punto de vomitar casi todos los días, y un par de mañanas había estado totalmente mareada. Ya había solucionado, al menos de momento, el asunto del testamento de Papakota, firmando la aceptación de la herencia y dejando que el abogado iniciara el trámite cambio de titularidad de los bienes, pago de impuestos y demás. Mac tenía razón, la cuantía era importante. Sólo con los depósitos en los bancos se podían pagar sobradamente todos los gastos, y aún quedaba un capital disponible después de que los inmuebles quedaran libres de cargas. La casa de Naoussa y su contenido, y el apartamento en una de las zonas más cotizadas de Nueva York constituían el grueso de la herencia, y su valor era realmente importante. Para Stella, que nunca había tenido propiedades y vivía de su sueldo en un apartamento de alquiler, aquello era un sueño que aún no se sentía capaz de manejar.

Respecto a Mac, Stella también estaba desconcertada. Habían pasado las noches juntos, unos días en casa de él y otros en el apartamento de Stella, pero ese sentido de provisionalidad le provocaba inseguridad, no se sentía a gusto. Y le parecía que Mac tampoco estaba cómodo. Se había marchado el viernes por la tarde, pronto, sin dar muchas explicaciones. Él tenía libre el sábado, mientras que Stella debía cubrir un turno de fin de semana, de modo que Mac le había dicho que iba a aprovechar para visitar a su madre. Stella sintió que no esperase a que ella le acompañara, se vio de alguna manera excluida. Ella ya conocía a Millie Taylor, y ambas mujeres habían simpatizado profundamente. Había acompañado a Mac y a su madre en las últimas navidades, como amiga de la familia. Ahora que era algo más que una amiga para él, le gustaría haber estado presente para contárselo juntos. O quizás es que Mac aún no quería contárselo a su madre, lo que aún la preocupaba más.

Lindsay había estado observando a su amiga, viendo la tristeza crecer en los ojos de Stella a medida que avanzaba la tarde de ese viernes. El sábado ambas debían trabajar, así que pensó aprovechar algún rato para tener una conversación a fondo con Stella. Cuando por fin Lindsay terminó el análisis que tenía entre manos y dejó el laboratorio, Stella aún estaba en los vestuarios, su chaqueta colgaba en la percha y su taquilla abierta. Lindsay se disponía a recoger sus cosas e ir a reunirse con su familia cuando vio que Stella salía del servicio. Estaba pálida, parecía haber adelgazado durante la última semana.

- "Eh, Stella, qué pasa ¿no te sientes bien?"

- "No te preocupes, estoy bien. Sólo cansada"

- "Stella, estos días te he visto cansada, mareada, con sueño, con un humor muy variable, a ratos eufórica, otros melancólica... Dime una cosa... ¿No estarás...? Talmente lo parece, me recuerdas a mí en los primeros días de mi embarazo".

Las lágrimas empezaron a correr por las mejillas de Stella

- "No, te lo aseguro, no estoy embarazada. Yo también pensé hasta hoy que quizás lo estuviera... llevaba unos días de retraso... Pero acabo de comprobar que no, esta tarde se ha resuelto. Tengo el periodo, no estoy embarazada"

Lindsay la abrazó

- "¿Querías estarlo? Embarazada, quiero decir"

- "Lo que más quisiera en el mundo"

- "Pues nada, a seguir intentándolo. No hay nada más divertido, de todas formas, que el intento..."

Stella sonrió entre las lágrimas.

El sábado se despertó sola por primera vez desde que Mac y ella estaban juntos. Cuando se sentó en la cama, toda la habitación dio vueltas a su alrededor. Se sintió peor que nunca. Cuando se fue a duchar, después de que se sintió un poco segura para ponerse en pie, vio que durante la noche no había manchado nada, después de la hemorragia abundante de la tarde anterior. Su cuerpo le mandaba señales que no sabía interpretar, finalmente tendría que terminar por visitar a su médico. Llamó a Lindsay para que la recogiera, camino del laboratorio, porque no se sentía capaz de conducir. Para cuando llegó, Stella ya había vomitado dos veces, pero se sentía mejor. El mareo inicial se había pasado. Esperaba que fuera una mañana sin sobresaltos en el laboratorio, no estaba como para salir al escenario de un crimen. Lindsay le preguntó cómo se sentía y le contó lo que había pasado por la mañana, incluido el cese de su periodo. Lindsay la miró, ojos abiertos como platos.

- "Stella, estás embarazada. Más veces de las que la gente piensa hay un sangrado que se puede confundir con la menstruación, porque se suele dar en los días en que debería presentarse... Tienes que hacerte la prueba, Stella, tienes todos los síntomas..."

- "Pues eso es lo extraño, que es demasiado pronto para los síntomas. No, Lindsay, no quiero hacerme ilusiones. Todo esto es consecuencia del viaje, de los nervios de estos días pasados, de algún virus que haya podido pillar, seguro..."

- "Lo que tú digas, jefa... Pero yo me haría la prueba"

Stella no volvió a pensar en ello durante todo el día. Se encontraba mucho mejor, comió con hambre y la comida le sentó estupendamente. El trabajo en el laboratorio fue tranquilo y les permitió procesar bastante material nuevo que había aparecido como evidencia en un caso sin resolver. Al final del turno, Lindsay insistió en que les acompañara a cenar, pero Stella no quería abusar de sus amigos. No quiso tampoco que Lindsay la llevara a casa, tenía que comprar para la cena y para el día siguiente, y la tarde era agradable para moverse por la ciudad, en taxi y caminando. Echaba de menos a Mac, pero se decía a sí misma que tenían que despegarse un poco o acabarían hartos uno de otra y viceversa. No le esperaba hasta el día siguiente, así que tendría que organizarse su propia velada. Al fin y al cabo lo había hecho siempre hasta apenas hacía un mes. No se explicaba como eso le parecía ahora tan lejano.

Cuando ya llegaba a casa hizo la última compra en la farmacia de la esquina de su calle. No lo creía, pero ¿y si Lindsay tenía razón? Al fin y al cabo quizás fuera mejor salir de dudas. Verdaderamente era extraño que tampoco durante todo el día había vuelto a manchar...

Ya en casa, lavó las verduras y las guardó, organizó un poco la casa y por fin se sentó. Había traído el periódico que había dejado a mediodía sin terminar de leer. Los fines de semana el suplemento cultural siempre ofrecía cosas interesantes. Se dispuso a seguir la lectura. Sobre la mesita baja, la foto de ella y Mac ante el Partenón, que había puesto en un marco, llamó su atención. La tomó en la mano y se quedó mirándola, pensando en aquel momento feliz en que la imagen se tomó, la mañana del día en que habían hecho el amor por primera vez...


(El relato encaja ahora con el Epílogo "Y los sueños... ¿sueños son?", que ya he publicado y quizás algunos ya habéis leído... en ese caso ya sabéis lo que sigue. Para los que no, lo incluyo como Capítulo 13 de esta trama, pero es lo mismo. Después sólo queda un último capítulo, el final)