Capítulo 4: Tres Jinetes.
La mañana había llegado muy rápido para el gran rey elfo; apenas y logró conciliar el sueño. Aquella pequeña elfita se apoderaba de su mente, no podía dejar de pensar en todos los peligros en los que se podría encontrar; ahora más que nunca sabía que el bosque no era seguro y por supuesto era mucho más peligroso por las noches, y a pesar de que mandó diversas patrullas en su búsqueda, la incertidumbre, preocupación e impotencia no lo dejaban en paz.
Rendido al fin, Thranduil decidió levantarse de la cama. Eran aproximadamente las cinco de la mañana; las cocineras apenas comenzaban a prender el fuego, soldados llegaban a relevar a sus compañeros del turno de la noche y en muchos de los casos las hermosas gentes todavía seguían en preciosos sueños.
Lo primeo que pensó el rey fue comenzar a leer el enorme tumulto de pergaminos juntados en su escritorio; pero sabía de sobra que si comenzaba sin bocadillo en el estómago al poco tiempo su quietud desaparecería. No le apetecía salir a los jardines reales, pues prácticamente toda la noche se la pasó observándolos; salir a montar no era opción, sin duda una docena de elfos seguirían a donde fuera. Así sin poder hacer nada, optó por su primera opción, pero antes haría algo que hacía milenios no realizaba: bajaría a la cocina.
─Mirnael, ¿te enteraste del desastre de la fiesta? ─preguntó una de las cocineras a su compañera.
─Por supuesto, el reino entero lo sabe ─le hizo una seña para que se acercara─, además, una elfita se perdió. ─Fairil abrió muy grandes los ojos ante la sorpresa.
─Qué desgracia, no me imagino como se ha de sentir el rey…
─Pues culpable ─interrumpió bruscamente a la elfa─, ¿cómo más se iba a sentir?
─¿Por qué lo dices?
─Si no hubiera sido por su caprichito de hacer la fiesta fuera del reino, te aseguro que nadie hubiera salido herido.
─Tienes razón, no le importa otra cosa más que su bienestar. ─Refunfuñó Fairil─ Desde que murió la reina, todo el pueblo ha sufrido… Salir al bosque ya no es seguro: si no te asaltan, muy probablemente te conviertes en carnada de arañas.
Hubo instantes de silencio.
─Pobre niña ─tomó asiento Mirnael─; él pudo haberla salvado y buscado desde un principio… pero no, tenía que mandar a medio ejército a buscar al principito. Legolas ya está lo suficientemente grandecito como para cuidarse solo ─suspiró molesta─, ahora trata de enmendar su error mandando a un puñado de cuadrillas a buscar a la pequeña.
─Muy posiblemente dentro de muy poco tengamos que trasladarnos a otro reino, donde…
─Lamento interrumpir tan amena conversación ─Thranduil había estado escuchando todo desde el momento en el que comenzó a bajar las escaleras; las dos elfas se pusieron pálidas, a sus espaldas estaba el rey portando en alto su corona─; si no soy inoportuno y una de ustedes me puede atender ─su tono era en extremo sarcástico, dentro de él estaba una furia inigualable, pero por otra parte como el señor elfo que era tenía que guardar compostura aunque las quisiera asesinar al momento─, desearía que me trajeran un par de panecillos, una copa de vino y tres manzanas; en cuanto esté listo me llevan la bandeja a mi despacho ─se dio la media vuelta y sin decir más se retiró.
Decir que las elfas se quedaron petríficas es poco; tardaron segundos en reaccionar y ponerse manos a la obra.
Cuando la charola de comida estuvo lista nuevamente las dos se quedaron observándola sin atreverse a decidir quién de ellas se la llevaría al rey; para su salvación Elenna llego más temprano de lo inusual. Las dos elfas le contaron rápidamente lo sucedido, sin dudarlo las dos cocineras le imploraron a Elenna que hablara con el rey y no queriendo ella aceptó.
Cuando la elfa llegó al despacho de Thranduil, tocó la puerta antes de entrar; éste con voz potente le permitió la entrada. El rubio rápidamente se dio cuenta de quién le llevaba la bandeja.
─¿Por qué has tardado tanto? ─cuestionó el rey sin levantar la mirada de los pergaminos.
─Lo lamento mucho, hîr nîn*, no volverá a suceder…
─Por supuesto que no ─levantó la vista─: no volveré a permitir que dentro de mí propio palacio juzguen mis acciones. Puedes decirle a esas dos que no habrá próxima vez; no quiero saber que dentro de mi propia morada se ande en habladurías ─sentenció─. Puedes retirarte.
Sin decir una sola palabra la elfa obedeció.
Toda la mañana Thranduil se la pasó reflexionando cada una de las palabras de aquellas cocineras; muy en lo profundo sabía que tenían la razón: el pueblo estaba vulnerable en algunos de los flancos; por otra parte estaban totalmente equivocadas con lo que sucedió con la elfita, él no podía hacer nada para salvarla en ese momento, no fue hasta que ingresaron en el palacio que incluso los mismos padres se percataron que la pequeña no estaba.
Hasta aproximadamente las nueve de la mañana el rey dejo los pergaminos y se dirigió al comedor para almorzar con su hijo. La conversación durante la comida fue nula, claramente se notaba que el príncipe aún seguía molesto.
─Legolas, quiero que desde hoy después de entrenar te dirijas a la biblioteca para comenzar tu castigo.
─Así lo hare.
Las palabras del príncipe eran frías, no emitió sonido alguno después. Ambos se levantaron y comenzaron a hacer sus deberes. Thranduil tenía que dedicar desde medio día hasta aproximadamente las cinco de la tarde para escuchar las peticiones de su pueblo, cuando bien le iba, sólo se quedaba dos horas en el salón del trono. Legolas se dedicaba a entrenar por las mañanas todo tipo de armas, lucha y estrategia, algo que adoraba con fervor.
En lo profundo del Bosque Negro, se encontraban vagando tres jinetes más otros dos caballos, todos ellos bien cargados con alforjas llenas de provisiones. Ya eran pasadas las cuatro de la tarde, el sol todavía se alcanzaba a filtrar por los espesos ramajes de los árboles.
─¿Seguros que saben por dónde vamos? ─cuestionó una voz femenina.
─Recuerda con quién estás, querida ─respondió uno de los jinetes─, tengo los mapas…
─Bien grabados en lo que tienes por cabeza ─se mofó la dama─. ¿Podríamos detenernos para descansar y comer?, me duele todo el cuerpo de estar cabalgando.
─La zona se ve segura ─echó un vistazo al lugar─, podemos estirar las piernas y comer un poco… pero no más de una hora, ¿entendido pequeña? ─la joven asintió─. Quiero llegar al reino hoy mismo.
Los tres desmontaron rápidamente, sacaron los utensilios de cocina y comenzaron a preparar la comida. Todos traían capas negras que les cubrían el rostro totalmente, ropajes grises y uno de ellos tenía la nariz y boca cubiertos con una tela negra. Dos de ellos eran elfos y con ellos iba una elfa muy joven; por las capuchas no se les alcanzaba a ver ningún rasgo facial o incluso el color de cabello.
─Mi señor, ¿se encuentra bien? ─Preguntó el jinete al elfo que tenía cubierta la cara con una tela─. Lo noto un poco inquieto.
El elfo con la mirada le indicó que algo no estaba bien y se quedó viendo fijamente a una parte del bosque. No pasó mucho tiempo cuando justamente en el lugar donde tenía clavada la mirada aquel encapuchado, se comenzó a notar movimiento; los arbustos se movían con brusquedad, los árboles se tambaleaban un poco y unos gritos infantiles se comenzaron a oír por todo el lugar.
No les tomó más de una milésima de segundo reaccionar para poder tomar sus armas e ir en auxilio del infante; a no más de unos diez metros se vislumbró una pequeña elfa que corría a toda velocidad… de la nada cuatro gigantescas arañas salieron de entre los ramales, sin dudarlo un segundo los dos encapuchados se lanzaron en contra de los arácnidos.
Con veloces movimientos clavaron flechas en el grueso estómago de dos de las arañas haciendo que éstas cayeran muertas al piso; el jinete escaló veloz un árbol y con movimientos ágiles saltó encima de una de las alimañas clavándole su espada en la cabeza, al mismo tiempo el otro elfo se deslizó por debajo del arácnido abriéndole a su paso el estómago con uno de sus cuchillos gemelos.
En menos de un minuto las cuatro arañas yacían muertas.
De forma sorprendente a ninguno de los dos se les cayó la capucha o se les movió de forma que dejaran al descubierto sus rostros. La pequeña había corrido hasta los brazos de la elfa, ocultándose en su regazo.
─¡Por Eru! ¡¿Qué demonios eran esas cosas?! ─Exclamó entre sorprendido y molesto el jinete─. Se supone que nos marchamos de ese maldito lugar para llegar a uno mejor ─refunfuñó molesto y sarcástico─. Sí, claro, ¿cómo no? "Allá estarán seguros" ─agudizó la voz─. Pues vean cómo no tuve que luchar por mi vida.
La elfa rodó los ojos ignorando sus quejas mientras que el otro encapuchado puso su mano en su hombro tratando de tranquilizarlo.
─¿Cómo te llamas, pequeña? ─Preguntó la elfa limpiando las lágrimas de la infante─ Él no te hará daño ─dijo en cuanto notó la mirada penetrante de la elfita hacia su compañero molesto─, es buena persona… pero acá entre nos, es algo gruñón ─ la joven susurró la última frase, tratando de sonar divertida─ ¿Cuál es tu nombre? ─insistió.
─Yo… ss… soy ─le temblaba la voz a la pequeña─ mí… nom… mí nombre ─tomó mucho aire para finalmente soltar─: me llamo Lilien.
─Tienes un hermoso nombre, Lilien… ¿Qué te paso? ─la pequeña comenzó sollozar─. Tranquila, no te forzaré a nada… ¿quieres comer algo? Te ves hambrienta ─la elfita asintió.
Los cuatro comieron rápido temiendo un nuevo ataque; Lilien comía con mayor rapidez, como si no hubiera probado alimento en meses. Los encapuchados comenzaban a preocuparse por el estado de la pequeña: su cara estaba toda llena de polvo y se veía con claridad el paso de las lágrimas, su vestido estaba hecho tirones, las sandalias estaban rotas, el cabello enmarañado con ramas saliendo de él; en brazos, piernas y parte del rostro tenia diversos rasguños.
─¿Por qué llevan gorros tan grandes? ─cuestionó un tanto más calmada la elfita.
─Es como una protección ─contestó muy amable el jinete─, para evitar que las criaturas nos vean.
─Yo me puedo poner una, así ya no me perseguirán.
─Claro, mh… déjame ver qué podemos hacer respecto a eso ─se levantó y rebuscó en una de las maletas─. Toma: puedes ponerte esta ─le extendió una pequeña capa negra─, es la más pequeña que tenemos, pero te cubrirá de las malvadas arañas y del frío ─la elfita sonrió y se la puso con rapidez.
─¡Me queda perfecta! ─exclamó animada; todos sonrieron al ver a la pequeña estirando las manos y con el cuerpo nadando en la tela, incluso del elfo con la cara cubierta se escuchó una delicada risa.
─Claro que sí… tenemos que irnos lo más pronto posible ─ordenó el jinete─. Lilien, montarás con ella, sus brazos son tan cómodos que hasta una roca estaría cómoda.
Con suma rapidez levantaron el pequeño campamento. Como se había dicho, la elfita cabalgó con la joven, dejando libres las piernas y brazos de los otros dos elfos en caso de requerir recurrir a las armas. Lilien rápidamente se sintió protegida.
Cabalgaron en silencio durante un par de minutos.
─¿De dónde vienes? ─la joven acarició las mejillas de la elfita.
─Vivo con mis padres en el reino del bosque ─titubeó un poco─; ayer por la noche hubo una gran fiesta en honor al rey y… y… de la nada nos comenzaron a atacar.
«Yo traté de correr con mis padres pero una pequeña araña me persiguió ─siguió, comenzando a sollozar en silencio─; corrí, corrí y corrí hasta que no pude más… no sabía dónde estaba y creo que me quedé dormida en un pequeño hueco de un árbol… Unos animales me persiguieron y luego las arañas… ─sacudió la cabeza tras decirlo, como queriendo borrar el suceso ─ Después los encontré a ustedes ─los sollozos se fueron convirtiendo lentamente en llanto─. Quiero a mi nana* y a mi ada*.»
─Tranquila, nosotros también vamos para el reino.
El resto de la tarde, los tres elfos se la pasaron contándole historias y canciones a Lilien; cabalgando a paso lento.
Ya pasaban de las ocho de la noche, Thranduil estaba en su despacho ordenando los últimos papeles que había en su escritorio.
─¿Quería verme, aranya*? ─entró Barahir haciendo una reverencia.
─Así es ─dejó de hacer lo que estaba haciendo─ ¿Han sabido algo de la elfita?
─Lamento informarle que por desgracia no se ha encontrado rastro alguno de la niña…
─¿Y los demás capitanes? ─en sus ojos se notaba una clara preocupación.
─Nadie sabe nada… es como si se la hubiera tragado la tierra.
─Ya casi ha pasado un día de su desaparición… Sigan buscando, no paren hasta encontrarla ─ordenó severamente.
─Así se hará ─realizó una reverencia.
─Puedes retirarte.
El capitán hizo un ademán de partida y en la entrada de la puerta chocó con una de las sirvientas, haciendo que ésta casi cayera al suelo. Con hábiles movimientos la sostuvo en sus brazos, ofreció una disculpa y se retiró; la elfa sólo se sonrojó ante su descuido. El rey únicamente rodó los ojos al ver tal escena.
─Hîr nîn*, la cena está lista ─dijo la sirvienta.
─Bajo enseguida. Dile a Nienna que me prepare un tónico para el dolor de cabeza; puedes retirarte.
Thranduil se recostó sobre el respaldo de su silla frotándose las sienes. Había tenido un día muy agotador: durante cinco horas había escuchado las quejas sin parar del pueblo, todas hablando de la mala seguridad; al llegar a su despacho se encontró con cinco tumultos de papeles por revisar y firmar, la mayoría informando sobre el traslado de miles de enanos y los problemas que tenían por pasar por el bosque sin pagar; otros más eran los últimos informes de los capitanes diciendo que nuevos grupos de arañas llegaban al bosque.
Por todo eso se vio obligado a comer sólo un par de panecillos sin darse tiempo siquiera de disfrutarlos.
Se estiro un poco poniéndose en marcha al comedor. Al llegar al lugar se percató que su hijo ya estaba ahí; Thranduil se sentó en la cabecera de la mesa como siempre. Al poco tiempo las bandejas con comida comenzaron a llegar.
─¿Cómo estuvo tu día? ─preguntó el rey mientras cortaba un pedazo del filete.
El príncipe se volteó fingiendo una sonrisa, pero en sus ojos se notaba lo estresado que estaba.
─De maravilla, adar*, es emocionante revisar cada una de las hojas de los libros polvorientos.
Thranduil sonrió.
─Me alegra que te guste tanto ─ambos continuaron comiendo─. Entiende: esto no hubiera pasado si no te hubieras retirado tanto. ─Legolas ignoró sus palabras; el rey tomó su copa de vino─. Me enteré que ayer salvaste la vida de Tauriel, ¿es cierto? ─tomó su bebida; un brillo se notó en los ojos del príncipe.
─¿Quién te lo ha dicho? ─Legolas estaba muy sorprendido.
─Recuerda que soy el rey, sé todo lo que pasa en mi reino – se metió un bocado a la boca y lo masticó─ ¿Entonces es cierto que le salvaste la vida?
─Bueno, yo no diría que le salvé la vida… sólo me estaba defendiendo.
─El simple hecho de matar a la más insignificante araña y evitar que lastime a tu compañera, significa que la salvaste, y por lo que sé, no fue sólo una insignificante araña. ¿O me equivoco? ─Legolas sonrió─. Cuéntame que fue lo que pasó.
En un instante el príncipe contó entusiasmado a detalle todo su encuentro con los arácnidos; Thranduil, a pesar de asustarse ante el relato de su hijo, mantuvo su posición y reaccionaba de cuando en cuando sorprendido. Sin duda alguna esto le dejaba muy en claro que su hojita ya era capaz de mantenerse con vida él solo.
El resto de la cena fue muy tranquila, hablaron de muchos temas y cada uno de vez en cuando soltaba una risita cantarina. Cuando terminaron los platillos, para sorpresa del chef ambos pidieron postre y la conversación continuó muy amena.
A no más de cuarenta millas del reino se encontraban los tres jinetes y la elfita. La oscuridad era muy densa, sin embargo ninguno se atrevía a encender una antorcha por temor a llamar la atención de las criaturas que rondaban el bosque.
─¿Podemos acampar aquí? ─pidió fastidiada la joven elfa.
─¡No! ─Contestó el jinete─. No descansaremos en ninguna parte de este bosque; además ya no estamos muy lejos.
─Me llevas diciendo eso todo el camino.
─Descansaremos sólo si el señor así lo ordena ─ambos elfos voltearon a ver al otro jinete y éste hizo un movimiento con su mano indicando que prosiguieran─. ¿Ves?, te lo dije, esta zona no es segura.
─¿Ya casi llegamos? ─se escuchó hablar a Lilien algo adormilada.
─Sí, ya casi ─respondió el jinete.
─Reconozco esta parte del bosque. ─La pequeña se quitó la capucha de la cara─. Sólo tenemos que ir todo derecho.
─¿Qué les dije?, yo sí sé en dónde estoy ─exclamó victorioso.
Continuaron su travesía en silencio hasta que a lo lejos vislumbraron un par de antorchas; pero algo se acercaba con velocidad y rompiendo todo a su paso. Sin dudarlo los dos elfos cargaron sus arcos con una flecha.
Un grupo de siete arañas se acercaba peligrosamente. Como la vez pasada, los dos encapuchados clavaron flechas en el estómago, garganta y cabeza de las arañas dejándolas sin vida; desenfundaron sus cuchillos gemelos y atacaron a las que quedaban, dejando rápidamente al pequeño grupo de arañas sin vida.
Antes de que el guía terminara de matar al último arácnido; rápidamente una docena de elfos los rodearon apuntándoles con flechas.
─¿Quiénes son ustedes y por qué cabalgan tan de noche? ─cuestionó Falathar.
─Somos elfos, vamos rumbo al reino ─el jinete se bajó con cuidado de la araña dejando su cuchillo en el piso.
─¿Cuáles son sus motivos? Quítense las capuchas ─ordenó el capitán.
─Lo siento capitán, pero nuestros motivos de traslado no son de vuestra incumbencia; y el rostro sólo se lo mostraremos a su rey.
─¿Por qué han venido armados a este reino de paz?
─¿No es obvio, mi capitán?, necesitamos protección de estas alimañas. Si sois tan amables de mostrarnos el camino al palacio, se los agradecería ─dijo el guía.
─No permitiré que avancen un paso más sin antes ver sus rostros…
─Mi señor, ya le he dicho que no mostraremos el rostro a no ser que sea el rey; llévenos ante su presencia.
─Regístrenlos ─ordenó irritado el capitán─ y si es necesario quítenles a la fuerza las capas…
─Si uno de ustedes se atreve a tocar a mis señores, nuestros rostros serán lo último que vean ─amenazó el jinete apuntando con una flecha a Falathar.
─Amárrenlos a todos.
─¡No hagan eso!, ellos son buenos ─saltó Lilien, que hasta el momento había permanecido oculta en el regazo de la elfa; todos los elfos quedaron sorprendidos cuando la vieron pues ninguno de ellos se percató de su presencia.
─Tú eres la pequeña que se perdió ¿no es así? ─ el capitán se acercó al caballo de la elfa.
─Sí, ellos me salvaron y me alimentaron…
─Nosotros venimos en son de paz ─interrumpió el guía, que para este momento estaba totalmente rodeado de elfos que le apuntaban con flechas.
─De ser así no deberán tener problema alguno con que los registremos, al igual que sus pertenencias.
─No permitiré que alguien le falte el respeto a mis señores… será mejor que nos aten ─extendió las manos, los otros dos imitaron su movimiento.
La cuadrilla de elfos ató las manos de los encapuchados con fuertes amarres. Falathar mandó a uno de los elfos por refuerzos en caso de que los jinetes decidieran escapar.
Los llevaron hasta llegar a una torre de vigilancia donde se llevó a cabo el mismo interrogatorio; los extranjeros no respondieron a ninguna de las preguntas. El guía fue el único que habló diciendo únicamente que todo eso lo respondería en presencia del rey. Sin otra opción, los elfos se vieron obligados a llevarlos al palacio donde seguramente Thranduil los mandaría sin dudar a las mazmorras. La pequeña fue llevada en uno de los caballos de los soldados para ser devuelta lo más pronto posible a sus padres.
Oropherion y Thranduilion seguían conversando apaciblemente los sucesos que ocurrían en sus vidas; para la desgracia de Thranduil sus sospechas eran ciertas: no había aventura que realizara su hijo sin que Tauriel estuviera incluida en ella, muy pocas veces mencionó a otros elfos que los acompañaban.
─Lamento haberme tardado tanto, aranya* ─entró Nienna al comedor, en sus manos llevaba un vaso de cristal con un líquido verdoso─, pero los materiales al parecer estaba escasos.
─No te preocupes, al parecer ya no lo necesito ─el tono de su voz era amable─, el estar con mi hijo me relaja.
─Me agrada escuchar eso… Si ya no necesita mis servicios me paso a retirar, con permiso.
─Propio ─contestaron al mismo tiempo el rey y su hijo; la elfa realizo una reverencia y se dispuso a marcharse.
─Hîr nîn* ─antes de que Nienna avanzara un metro entró Orel sumamente alarmado.
─¿Por qué el alboroto? ─cuestionó Thranduil un poco molesto por tan escandalosa entrada.
─Mi señor, encontramos a la niña… ─el elfo se fue acercando.
─¿Y por eso tanto ajetreo? ─sonrió son darle importancia─. Me alegro de que la pequeña esté de vuelta; llévenla lo más pronto posible a casa.
─La elfita ya está con sus padres, pero… en realidad los soldados no la encontraron.
─¿Y entonces cómo es que está de regreso? ─el rey comenzaba a impacientarse.
─Fue encontrada por tres bandidos.
Thranduil se sorprendió pero su rostro no lo demostró al igual que el de su hijo. –
─Uno de los capitanes fue amenazado a muerte por uno de ellos, están totalmente vestidos de negro, no se les ve ningún rasgo facial, aunque aseguran ser elfos… es todo lo que nos han respondido, se niegan a dar más información, excepto a usted ─Oropherion se quedó pensativo.
─Llévalos al salón del trono ─Orel se inclinó y se retiró; el rey suspiró cansado mientras se frotaba las sienes─. Nienna, ¿me podrías dar el tónico?
La elfa, que no se había marchado del lugar, se acercó extendiéndole el vaso a Thranduil que se tomó rápidamente el líquido.
─Ada*, te ves muy agotado ¿Por qué no lo dejas para mañana? ─Legolas posó su mano en el hombro de su padre.
─Estas situaciones no se pueden dejar en espera… son asuntos que se tienen que arreglar de inmediato, son problemas que tienen que ver con la falta de seguridad.
─Si gustas yo te puedo acompañar.
─No ─negó con la cabeza─, mejor vete a descansar, tú también estás muy cansado.
El príncipe no queriendo obedeció a su padre despidiéndose de él con un beso en la mejilla. Thranduil por otra parte se dirigió a su estudio para colocarse la corona, respiró profundamente para ir por fin al salón del trono.
Cuando llegó se alegró al no encontrar a nadie; subió las escaleras para poder tomar asiento en el trono. A los pocos minutos entraron Orel y Falathar, detrás de ellos por lo menos media docena de guardias, todos apuntando con lanzas a las tres figuras de negro que apenas y se distinguían; Thranduil se sorprendió mucho de ver a tantos soldados armados para tan sólo tres prisioneros; comenzaba a preguntarse qué cosa tan grave harían para poner semejante seguridad.
─Mi señor ─Falathar habló en voz alta y potente─, hemos encontrado a estos tres bandidos quebrantando las leyes de su reino.
─¿Cuáles son los cargos de los que se les acusan? ─Thranduil se veía poderoso e imponente sentado en el trono portando la corona en alto, con la mirada penetrante y el rostro serio.
─Usar los caminos sin pagar tributo ni pedir permiso, amenazar de muerte con un arma a un capitán, impedir ser registrados con lujo de violencia hiriendo a tres de mis elfos, negarse a responder las preguntas realizadas, alborotar a las arañas, interrumpir la paz de nuestro bosque, falta de respeto total hacia los generales; y por si fuera poco, no se quitan las capuchas, si intentamos moverlas responden con golpes ─el capitán del oeste estaba muy molesto.
─¿En dónde fueron capturados? ─el rey, a pesar de que estaba muy preocupado e intrigado en cómo habían encontrado a la niña, su rostro se mantuvo severo y sin expresiones; tanto Falathar como Orel se preocuparon ante tal pregunta.
─Fueron sorprendidos a cuarenta millas del reino… ─contestó temeroso Orel.
─Yo diría que nosotros los sorprendimos a ustedes ─interrumpió brutalmente el guía.
─¿Alguien me puede explicar cómo tres jinetes con sus caballos pasaron sin ser vistos por todo el bosque hasta llegar a las puertas de mi casa? ─Thranduil estalló de ira; los dos capitanes bajaron la mirada sin atreverse a decir nada con el fin de defenderse.
Oropherion indicó con la mano que los dos capitanes se movieran de lugar para poder ver más de cerca a los tres prisioneros; así lo hicieron los dos. Cundo se movieron la sorpresa de Thranduil fue aún mayor al percatarse que las tres figuras eran sumamente delgadas, las capas los cubrían por completo impidiendo que su rasgos físicos se notaran, los tres estaban atados de pies y manos, la figura de en medio era más delgada y ligeramente más bajita que las otras dos.
─¿Quiénes sois vosotros y qué motivos os traen a mi reino? ─la voz del rey resonó por todo el lugar.
─Somos elfos, venimos de Lothlórien… ─contestó el guía.
─Imposible ─interrumpió Orel─, los galadrim no vienen al bosque sin una nota previa de la dama blanca; además los elfos grises nunca han venido a trasladarse al Boque Negro.
─Prosigue ─ordenó Thranduil.
─Mi rey, no diremos una palabra más, a menos de que podamos hablar a solas.
─Estás loco si crees que los dejaremos a solas con el rey – ─vocifero Falathar.
El otro elfo encapuchado movió las manos acercándolas a la capa, los guardias apuntaron con velocidad hacia él indicándole que si se movía no dudarían en matarlo, sin embargo este ignoró la advertencia y con suma rapidez sacó un sobre de sus ropajes. Orel se lo arrebató de inmediato; cuando lo tuvo en sus manos lo examinó raídamente y cuando giró el sobre vio la insignia de protección de la dama blanca; lleno de temor se la entregó a su rey.
Thranduil se levantó del trono, abrió el sobre y sacó una pequeña misiva escrita por la propia reina; la carta decía lo siguiente:
Thranduil Oropherion Rey del Bosque Negro
Escucha con atención lo que
te tienen que decir; tal vez
resulte difícil de comprender
pero es la verdad.
No traía ni una palabra más. Durante unos segundos el rey se quedó en estado de shock, no comprendía cómo esos delincuentes se habían ganado la confianza de la estrella de la mañana; meditó en breves instantes qué era lo mejor que podía hacer, pero si Galadriel confiaba en ellos, él también confiaría en el buen criterio de la reina.
─¡Desátenlos de inmediato y retírense lo antes posible! ─ordenó impositivo Thranduil.
─Pero, aranya*… ─intervino Falathar.
─Es una orden ─su mirada era mortal, por supuesto que su buen humor se había desvanecido por completo.
No queriendo todos acataron el mandato de su señor desatando rápidamente a los extranjeros y marchándose sin decir una sola palabra, dejándolos a solas. Cuando la puerta se cerró el rey se sentó cansado en el trono.
─Quítense las capuchas ─ordenó tratando de recuperar la compostura.
Ninguno de los tres obedeció al instante; no fue hasta que a Thranduil le pareció ver cómo las perlas de dos de los anillos que portaba uno de los elfos, pasaron de ser negras a blancas en un instante.
Los tres jinetes se quitaron la capa al mismo tiempo dejándola caer en el piso; la sorpresa de Thranduil fue aún mayor al ver a tan peculiar trio que se vio obligado a levantarse...
Notas de autor: Se que nunca los había dejado a medias, pero en este caso era necesario es una parte esencial de la historia y tiene que quedar muy en claro cada uno de los aspectos.
Tan bien les quiero pedir una enorme disculpa por haberme tardado tanto tiempo en actualizar, por eso los compensare subiendo el siguiente capitulo a más tardar el viernes.
Si quieren ver imágenes y saber en cuanto se actualice el fic; favor de seguir la pagina en facebook Thranduil Oropherlion y Legolas Thranduilion.
Quejas, amenazas de muerte, sugerencias; todas ellas son bien recibidas
Antes de irme quiero agradecer a mi nueva lectora Ran1982 por seguir la historia y a mi amiga Mell-chu que siempre me ayuda en corregir los errores que pueda tener el fic; mejorando la lectura.
Saludos desde México.
Traducciones:
Hîr nîn* - Mi señor
Aranya* - Mi rey
Ada* - Papá
Adar* - Padre
Reeditado
