Capítulo 8: Cena de Capitanes
El gran rey elfo revisaba por última vez la logística de los invitados, alimentos, vajilla y mantelería; dándole el visto bueno para la celebración de esa noche. Esta vez no sería en uno de los jardines, si no en el gran comedor real; Thranduil no quería arriesgarse a un segundo a taque, había aprendido la lección de hace unos días en su cumpleaños.
Apenas pasaba del medio día y el rey ya había terminado con todas sus labores de gobernante. Pensó en pasar el resto del día con su hijo, pero recordó que él estaba muy ocupado en la biblioteca, así que descartó la idea rápidamente.
Sin más que hacer preguntó a Galion si los elfos de Lothlórien ya se habían cambiado de habitaciones; éste respondió afirmativamente. Durante algunos momentos se quedó pensativo y ordenó a su vasallo que buscara a Annatar, informándole que lo esperaba en su estudio. Así lo hizo el mayordomo.
Silencioso como siempre, Thranduil se encaminó a su despacho; ese día estaba siendo de lo más tedioso y su noche no fue la mejor; no pudo dormir muy bien, pues después del atardecer, Legolas se puso tenso. Normalmente su pequeño sonreía cada vez que él le dedicaba frases de aprecio; pero esta vez no, el príncipe dejó de hablar el resto del día, parecía que razonaba o dudaba de sus palabras… no, seguramente era parte de su crecimiento, ya no era un elfito y por tanto esos momentos le eran incómodos.
Cuando llegó a su estudio se quitó la corona, tomó asiento aguardando la llegada del hijo de Ernetor. Gracias a Eru su espera no fue larga y a los pocos minutos el elfo apareció por la puerta. Antes de que entrara por completo, Thranduil, con un mohín le indicó que no pasara; él se levantó dirigiéndose a Annatar.
—Buenas tardes, aranya* —saludó cortésmente el príncipe, comprendiendo que el asunto a tratar no sería en aquel lugar.
—Buenas tardes; acompáñame —pronunció con seriedad.
Ambos caminaron en silencio rumbo a las habitaciones donde antes estaban hospedados los elfos de Lórien.
—¿Ya has asistido a tu prueba de combate? —cuestionó el rey indicándole con la mirada que caminara a su costado.
—A primera hora me reuní con el capitán Falathar, él evaluó mis habilidades —contestó con firmeza en la voz—; aunque me temo no correctamente —Thranduil lo interrogó con la mirada—. Me puso en la última fila de arqueros; siendo que le di a todos los objetivos sin titubear.
—¿Cómo evaluaba tu padre a los soldados? —había notado un tono de insatisfacción en Annatar.
—Es un poco complicado. El rey de Gildîn era militar; por tanto era en extremo perfeccionista con sus soldados —respiró profundamente—. El elfo aspirante a un puesto en el ejército tenía que combatir con varios elfos; desde el de menor nivel, hasta el mejor en el área. Si aspirabas a capitán, retabas al elfo en cuestión; para ser capitán tenías que dominar estrategias, arco, lanza, espada y combate cuerpo a cuerpo. Y el mejor de los dos se quedaba con el puesto.
—Entonces todo el ejército estaba en continua competencia —de una extraña manera el método de Ernetor le llamo la atención.
—Exactamente —habló con un aire de altivez—. De esa manera se aseguraba que las mejores mentes estuvieran al frente de sus flancos. "Todos pueden ser remplazados" era el lema del rey.
—¿Qué cargo ocupabas? —Thranduil estaba intrigado con sus habilidades.
—Mi señor, no me aferro al pasado; si el capitán me puso en ese lugar sus razones tendrá. Aunque yo no las comprenda del todo —el rey por primera vez vio lo maduro que era Annatar.
—¿Cómo evaluaba estrategias? —definitivamente el método de Ernetor por militarizado que fuera le interesaba mucho.
—Ponía a ambos contrincantes a jugar ajedrez —por supuesto, ¿de qué otra manera se podía evaluar la inteligencia en el campo de batalla?; pensaba Thranduil—, para asegurarse de los resultados uno de los dos tenía que ganar por lo menos tres veces; si la situación era muy reñida, continuaban jugando hasta que uno ganara con varias partidas a su favor —explicó con seriedad.
El resto del recorrido, Thranduil se la pasó meditando acerca de la estrategia de guerra del rey de Gildîn. Definitivamente Ernetor tenía razón respecto a Annatar: podía dar buenas sugerencias de cambio.
El rey de los elfos se detuvo; para sorpresa de Annatar, frente al cuarto de su hermana. Thranduil pidió permiso para entrar y ésta, extrañada, aceptó.
Lúthien se encontraba sentada en el sofá cómodamente leyendo un libro; llevaba puesto un vestido verde oliva de manga larga, haciendo que sus ojos contrastaran preciosamente.
—Bien —habló Thranduil una vez dentro de la habitación—, Annatar me pidió lo cambiara de habitación —el mencionado asintió mientras se descubría el rostro—. Esto para evitar relacionarlos lo menos posible públicamente; por esa razón él se mudó a una alcoba por la cual llegará secretamente a la tuya —se dirigió a la elfa.
Mientras el rey hablaba, el príncipe caminó discretamente hasta su hermana, colocando su antebrazo en sus hombros.
—Ambos podrán hacer uso del pasadizo cuando quieran —los mellizos asintieron.
Sin decir más, el rey se dirigió hacia el closet; pidió permiso para entrar y la princesa asintió. Más que un armario era como otro pequeño cuarto con la única función de guardar la ropa, zapatos y joyas de la realeza. Abrió una de las puertas entrando en un pequeño compartimento destinado a guardar vestidos.
En ese momento se encontraba totalmente vacío y de extraña manera no había polvo o telarañas. Durante algunos minutos, Thranduil pasaba la yema de sus dedos por casi todos los bordes del armario hasta que encontró lo que buscaba: una pequeña abertura de la madera en una de las esquinas.
Pidió a Annatar que le ayudara a empujarla con fuerza; pues detrás de la madera había roca sólida y debido a que ese pasadizo no se usaba desde hacía milenios, estaría aún más difícil de remover.
Ambos elfos empujaron con fuerza la aparente pared hasta que cedió y se recorrió unos centímetros adelante. Después, Thranduil indicó a Annatar que deslizara hacia la derecha la placa de madera y roca; éste obedeció al momento y comenzó a apalancarse para deslizar la entrada secreta. Con mucho esfuerzo separó un centímetro la placa del resto del armario y gracias a esa abertura continuó moviéndose dificultosamente la entrada.
Cuando por fin el muro cedió, se pudo oler con facilidad todo el aire encerrado, unas telarañas adornaban la entrada y la obscuridad más densa estaba frente a ellos. El rey ordenó a Annatar que fuera por una antorcha y la encendiera.
Antes de entrar, el rey les pidió que no se separaran tanto de él, ya que existían bajadas muy empinadas por las cuales se podían resbalar fácilmente. Los dos hermanos se tomaron de las manos y Annatar susurró unas palabras al oído de Lúthien, fue tan bajo su tono de voz que ni Thranduil con su agudo oído pudo escuchar.
El rey avanzó por delante quemando las telarañas que tenían en su camino. Durante el recorrido les indicó que siguieran la línea roja de las paredes; lamentablemente ésta estaba casi extinta. Era importante encontrar un punto de referencia pues para sorpresa de los mellizos había más de tres pasadizos diferentes.
Mientras caminaban con cautela, Thranduil explicó que el palacio tenía muchas entradas secretas y la mayoría de ellas era justamente en los cuartos reales; esto se hizo con la intención de que si había alguna invasión o catástrofe, el rey tuviera más de una salida al bosque o en este caso a otra habitación en la cual nadie se imaginara.
Un par de veces los tres elfos estuvieron a punto de derraparse por el piso. Cuando llegaron al final del túnel, se encontraron nuevamente con la difícil tarea de remover la placa de piedra y madera; estas llevaban al armario de la habitación de Annatar.
Aunque parecieron siglos en el túnel, el recorrido lo realizaron en menos de veinte minutos. Lo realmente tardado era deslizar las puertas; pero con el uso, éstas se harían más fáciles de mover.
—Con un poco de práctica el túnel lo recorrerán en diez o quince minutos —afirmó Thranduil—. Como saben, los presentaré en la cena de hoy —hizo presencia su altivez—. Ustedes se sentarán con el capitán Barahir; tú y Joshufel —se dirigió al príncipe— llegarán a la fiesta juntos y a la entrada darán el nombre del capitán, Galion les asignará su lugar. Lúthien —se giró hacia la princesa que estaba sentada en la cama de su hermano—, tú esperarás al capitán en el jardín de Elbereth; él te escoltará en toda la velada.
Los dos asintieron solemnemente; no dijeron una palabra más. Para regresar el rey les indicó que retornaran por el mismo lugar; pues las vestiduras de los tres estaban seriamente empolvadas y llenas de moho, despertando curiosidad en más de un elfo.
Para el camino de regreso solo Thranduil y la elfa lo recorrieron; Annatar se excusó diciendo que tenía que regresar a su entrenamiento con el capitán Falathar. De esta manera el príncipe cerró la puerta y acomodó todo de forma que no hubiera ni la menor señal del pasadizo.
En cuanto Annatar cerró la puerta, Thranduil notó cómo la elfa se comenzó a poner tensa y temblaba ligeramente; gracias a la luz de la antorcha pudo ver cierto miedo en los ojos de la princesa. Le tomó con delicadeza sus manos y pudo sentir lo frías que estaban; Lúthien, ante el roce del rey, se estremeció, pero no negó la mano que le brindaba para atravesar aquel obscuro túnel.
Ninguno de los dos dijo palabra alguna, esta vez el rey puso a la princesa frente a él, si ella resbalaba hacia atrás con facilidad él la podría detener. El ascenso era más difícil de lo que se esperaban; sin otra opción, Thranduil tomo a la pequeña por la cintura y prácticamente la llevó a empujones por las inclinadas pendientes.
Después de cuarenta y cinco minutos en aquel obscuro túnel, el rey y la princesa pudieron salir. En cuanto salieron del armario, Thranduil apagó la antorcha y la escondió dentro del compartimento; Lúthien lo esperaba en el gran closet.
—¿Sabes llegar al jardín de Elbereth? —cuestionó el rey con seriedad.
—No —respondió apenada; siempre se sentía avergonzada cuando Thranduil la trataba con frialdad, la hacía sentir como una insignificante araña.
—Del pasillo del salón del trono, te sigues del lado derecho; pasa cinco corredores, retornas a la izquierda; pasas un jardín y al terminar éste giras a la derecha. Sigues ese camino hasta llegar a unas escaleras; las subes hasta el siguiente nivel. Después caminas a mano izquierda y al fondo encontrarás un jardín de flores blancas. Es un jardín privado; les enseñas esto a los guardias —el rey le entregó una piedra blanca con unas runas a Lúthien; ella la tomó con timidez—. Con esto podrás acceder al lugar y ahí esperas al capitán a las siete y media —la pequeña asintió con la cabeza.
—¿Cómo debo de vestir? —su voz era apenas un susurro que ni un lobo alcanzaría a escuchar, pero Thranduil poseía un oído muy agudo y lo escuchó a la perfección.
—Como más te plazca —pronunció con frialdad y casi se podría jurar que con algo de molestia—. Me retiro —la barrió rápidamente con la mirada—. Te aconsejo que te comiences a arreglar —sin decir más, el rey salió de la habitación.
En cuanto las puertas se cerraron detrás de Thranduil, Lúthien se dejó caer en un sillón. Ese elfo sí que la confundía; era tan tierno y sensible, pero de repente se hacía insensible y frío como el hielo.
Comenzó a preguntarse si había tomado la decisión adecuada; quizá en lugar de quitarle un peso de los hombros al rey, le había agregado una carga enorme. Muy posiblemente, Thranduil sólo se lo había propuesto por pura cortesía y lo que en realidad quería era no tenerla en su reino.
Pero esos abrazos, las sonrisas, su carisias; no podían ser falsedad… sin embargo, el poco tiempo que pasó con él, se portó de lo más indiferente. Definitivamente el rey era un misterio andante, jamás lograría saber de qué humor se encuentra o lo que piensa.
Se levantó con renovadas fuerzas y comenzó a preparar la tina con agua. A los pocos minutos de tener su bañera lista, Elenna tocó la puerta con la misión de ayudarla a preparar su baño. Grande fue su sorpresa al saber que la elfita ya tenía todo listo.
A pesar de no estar acostumbrada, Lúthien aceptó que Elenna le ayudara a bañarse; ya que muy probablemente el rechazarla sería una deshonra para la elfa. Había leído que en algunos países élficos así se utilizaba, así que prefería no arriesgare.
En cuanto Thranduil salió de la habitación de la elfa, se dirigió a la de su hijo; tocó la puerta y su pequeño abrió de inmediato, aunque en cuanto vio a su padre sus ojos se abrieron muy grandes.
—¿Qué te sucede? —preguntó Thranduil ante la expresión de su hijo.
—Tu ropa…
—¿Qué tiene mi ropa? —comenzaba a irritarse.
—Pues… está muy sucia —Legolas se encogió de hombros; Thranduil checó rápidamente cómo iba vestido y recordó al instante que no se había quitado la capa llena de moho, telarañas y tierra.
—¿Ya has preparado tu ropa para la fiesta? —de alguna extraña manera, el príncipe ya se esperaba que su padre le cambiara de tema.
—No. Acabo de llegar de la biblioteca —contestó escéptico.
— ¿Y qué esperas? Todavía tienes que bañarte y arreglar tu cabello —sin perder tiempo, Legolas se dirigió a su closet a sacar un traje; Thranduil lo esperó sentado en su cama.
— ¿Qué te parece este? —Thranduil suspiró profundamente al ver que su hijo había escogido uno de sus trajes de caza.
— ¿Acaso debo de decirte aún cómo vestirte? —Se levantó con pesadez y de mala gana sacó un traje blanco con bordados de plata—. Ponte este —casi se lo avienta en la cara—. Te quiero listo a las ocho en punto.
—Entendido, a esa hora saldré de mi habitación —sonrío ampliamente; Thranduil lo vio penetrantemente—. Bueno estaré a las ocho en el gran comedor.
El príncipe llamó a su ayudante de cámara y Thranduil salió de la habitación para que él también comenzara a arreglarse.
Ya en su habitación, le ordenó a las elfas que entibiaran su agua y prepararan su corona. Más de alguna se quedó pasmada al ver la capa sucia de su rey, pero ninguna se atrevió a mencionar palabra alguna.
Thranduil se metió lentamente en su tina que más bien era como un yacusi; estiró sus miembros cansados y se hundió en el agua dejando en la superficie todo su cansancio. En cuanto terminó de asearse, salió de su pequeña piscina, colocándose una bata de seda que cubría su desnudez. Se dirigió al biombo y una de las elfas comenzó a pasarle la ropa; las otras desaguaban la bañera del rey del bosque.
Cuando hubo terminado Thranduil de cambiarse, salió con su cascada de oro mojado sobre sus hombros. Se sentó frente a su tocador; las elfas le pusieron sus calcetines y las botas, mientras otra se dedicaban a secar y desenredar el sedoso cabello de su señor.
Por lo regular, Thranduil no requería más ayuda que para preparar la bañera y desaguarla; pero en ocasiones en la cual se sentía cansado solicitaba el servicio completo, aunque no le agradara que alguien más estuviera con él en ese estado. Más de una vez había sorprendido a una de las elfas admirando su cabello o sus rasgos faciales; cosa que lo enfurecía de sobre manera y terminaba echando a toda la servidumbre.
Después de una hora por fin el gran rey elfo estaba listo para la cena. Llevaba puesto un hermoso traje blanco con bordados de plata; parecido al de Legolas. Pero a diferencia de su hijo, él llevaba puesta una capa con un caudal muy grande y por supuesto que no podía faltar su diadema de oro blanco con un zafiro en el centro. Sin dejar que sus mucamas lo contemplaran más de diez segundos, salió sin dar una sola orden.
Cuarenta minutos antes de que Thranduil terminara de prepararse, Lúthien ya se encontraba en el jardín de Elbereth, diez minutos antes de lo acordado. Como había dicho el rey, los guardias no la dejaron pasar hasta que mostró la piedra con las runas.
Se sentó en una de las bancas de madera blanca; no era la única en el lugar, había más elfas admirando la belleza del jardín. El lugar se llamaba así por una razón y era que en él, por las noches, se podía ver cómo las flores irradiaban brillo propio. No había flor de otro color que no fiera banco: lilis, rosas, alcatraces, nardos y demás. Todo estaba muy hermoso y la luna se reflejaba en el riachuelo cristalino.
Al principio se quedó inmóvil en la banca, pero después de dos minutos que le parecieron eternos comenzó a recorrer el lugar. Claro que las miradas y murmullos no se quedaron atrás apenas fue notada su presencia. Con su mano acariciaba con una delicadeza impresionante.
—Tú debes de ser Lúthien —a las espaldas de la princesa se escuchó la voz de Barahir. La joven elfa se giró con una sonrisa en el rostro— ¡Por Eru que el rey no exageró tu belleza! —tomó su mano y la besó; la elfa sólo se ruborizó un poco—. ¡Por todos los valares! ¿Cómo haré que pases desapercibida?
—Usted debe de ser el capitán Barahir —dijo con una gran sonrisa en el rostro.
—Así es, vanimelda gil*. Me encuentro a su servicio. —De inclinó en una profunda reverencia—. Pero por favor, tutéeme, dígame Barahir.
Lúthien asintió con una sonrisa.
—Lo mismo digo, Barahir, solo dime Lúthien.
—Lúthien Wenuial*, ¿me concederías el honor de pasar esta velada en tu compañía? —el capitán le ofreció su brazo; la elfa lo aceptó con una gran sonrisa, para ella que la trataran con tantos halagos era algo totalmente nuevo.
Las elfas del lugar sólo observaban la escena, atónitas; en el reino era bien sabido que Barahir era el capitán más joven y un galante caballero. La elfa que pasara un día con él era muy afortunada, pero el capitán jamás deba tantos elogios y por supuesto que la cena de ese día no era un secreto.
En pocas palabras, el capitán era un elfo cotizado que trataba bien a las elfas, pero jamás daba a entender que quería algo más que una amistad.
Sin prestar la menor atención a las miradas de las elfas, los dos se encaminaron al gran comedor. Cada pasillo parecía ser el mismo y con cada vuelta que daban, la princesa se perdía cada vez más; el diseño del castillo era en verdad laberíntico.
—Ahora comprendo por qué dejaste sorprendido al rey —rompió el hilo el capitán.
—¿Qué? —preguntó distraída; Barahir sonrió y negó con la cabeza.
—Que, ahora que te conozco, comprendo por qué el rey se sorprendió tanto contigo —Lúthien le indicó con la mirada que no comprendía nada—. Cuando el rey me hablo de ti…
—¡¿El rey te habló de mí?! —hasta ahora comprendía la situación.
—Sí, así fue —sonrió ampliamente—. Debo admitir que me esperaba encontrar a una elfa un poco más grande. Me has sorprendido mucho… no todos los días llegan elfos de Lothlórien y arman tremendo escándalo; aunado a lo anterior, una elfa en extremo joven viaja con dos experimentados guerreros y el gran rey los deja libres así como así.
—Creí que el rey lo mantenía en secreto.
—Así era; hasta que Falathar dijo que ustedes eran un nos bandidos hijos de Morgoth —ambos se vieron y comenzaron a reír a carajadas—. Ahora dime, ¿cómo voy a hacer que nadie note tu presencia en la fiesta? Si incluso con esa capa negra resaltas.
—No tengo la menor idea —soltó al aire.
Ambos continuaron caminando mientras charlaban y en muchas ocasiones estallaban en risas. Cuando estuvieron en la puerta, Barahir le ayudó a Lúthien a quitarse la capa y la capucha.
—Es más fácil que entre el mismo Sauron en la fiesta y pase desapercibido a que tú lo hagas —pronunció con gran sarcasmo; Lúthien sólo sonrió encogiéndose de hombros.
Vestía un hermoso vestido blanco con polvo de estrella que se entallaba en la cintura; las mangas de desprendían en hermosos holanes de su brazo blanco; llevaba unas sandalias de cuero gris; el cabello lo llevaba en media coleta con dos trenzas de adorno; una delgada diadema de plata adornaba su cabeza; sus caireles caían sobre su espalda en perfectos espirales de oro reflejado en plata.
Durante unos segundos, Barahir se cuestionó con quién estaría saliendo y si estaba a su altura, aunque éste no se quedaba tan atrás con sus vestiduras. Una túnica azul fuerte con bordados negros que le llegaba a media pierna, pantalón del mismo tono, botas negras, una capa de un azul más intenso que se arrastraba por el piso; su cabello en media coleta adornada con dos delegas trenzas en las orillas y una diadema de plata en su frente.
Sin más, Barahir dejó la capa de la elfa en uno de los percheros, le tendió el brazo y al entrar, Galion les indicó su lugar. Fue muy hábil por parte del capitán caminar con la elfa por las mesas sin que nadie se percatara de su presencia. La llevó prácticamente pegada a la pared y la cubría lo más que podía con su capa y su hombro; ya que él era uno de los elfos más altos de todo el bosque.
Al llegar a la mesa, Joshufel, Annatar y Glored —primo del capitán—, ya estaban aguardándolos. El capitán y la elfa se sentaron juntos dándole la espalda al resto de los invitados, quedando frente a los demás elfos.
—Reto superado —exclamó el capitán con gran alegría; la princesa respondió con una sonrisa. Sobra decir que Annatar casi se come con la mirada al elfo que escoltaba a su hermanita—. Me presento, yo soy Barahir capitán de las áreas del sur.
—Un placer; Annatar —contestó éste con frialdad.
A los pocos minutos llegó Thranduil y la comida se comenzó a servir. En la mesa principal estaba a la derecha del rey su hijo; a su izquierda un asiento vacío y después Orel con su esposa y del lado del príncipe, Borlach con su mujer.
La comida era estupenda al igual que la música; en cuestión de una hora la pista se comenzó a llenar y los elfos acompañaban a los instrumentos con sus voces. Como de costumbre, Thranduil se limitó a observar y sin que nadie se diera cuenta, buscaba a Lúthien, que estaba bien cubierta por el capitán del sur. Legolas, por otra parte, pidió permiso para retirarse e ir a buscar a Tauriel.
—Te ves muy bien —Hoja Verde le llegó por la espalda a Tauriel; ésta lo invitó a tomar asiento a su lado.
—Lo mismo digo, Legolas.
—Gracias por tu ayuda de hoy…
—No lo menciones, es un gusto para mí —los dos sonrieron, la elfa tomó un poco de agua—. ¿Ya te enteraste?
—¿De qué? —su curiosidad se notó de inmediato en su voz.
—Se rumora que Barahir ya tiene una "querida" —se acercó a su amigo en tono confidencial; el príncipe arqueó una ceja.
—¿Barahir? ¿Hablas en serio?
—Sí; yo misma vi cómo trasladaba a una elfa con mucho recelo. Además, ¿no crees que ya es algo tarde como para que no esté en la pista de baile?
—Es muy sospechoso. Hay que acercarnos a saludarlo y de paso conocemos a la afortunada —se levantó y le extendió su mano a su amiga.
—Vamos.
Los dos se pusieron en camino; pero Thranduil hizo sonar su copa indicando que era hora del brindis, por tanto el príncipe tenía que estar a su lado. Rápidamente, Legolas se trasladó al lado de su padre, no sin antes dejar a Tauriel en su mesa.
En cuanto el príncipe estuvo en su lugar, el rey volvió a chocar su cubierto con su copa. Todos los convidados se levantaron haciendo que Lúthien solo viera de lejos al rey; Barahir, con delicadeza, le pidió que lo acompañara. Ya era hora y para el capitán era un misterio por qué quería Thranduil a la elfa cerca de él en el brindis. Nadie le prestó la menor atención a la pareja que caminaba por las sombras.
—No tengo una mejor manera de agradecer lo bien que sirven en el reino —comenzó a hablar con solemnidad el rey—, arriesgando día a día sus vidas, siendo leales a su pueblo —todos aplaudieron al unísono—. El bosque es un gran reino no por su líder, sino por su gente que trabaja sin descanso, luchando por la paz y prosperidad —Thranduil levantó su copa, los demás imitaron su movimiento—. ¡Por más meses de paz!
—¡Por más meses de paz! —exclamaron los demás bebiendo junto con su rey; él les indicó que se sentaran para escuchar los demás avisos de costumbre.
Antes de comenzar, Thranduil buscó rápidamente con la mirada al capitán del sur indicándole que aguardara un momento más en las sombras. Con gran velocidad le dio a entender al heraldo que se acercara y tomara nota; al mismo tiempo que le decía a su hijo que no tomara asiento.
—Soy consciente de su gran trabajo… pero mucho me temo que las filas de orcos han ido en aumento. —Se escuchan murmullos—. Por eso me veo en la obligación de cambiar de estrategia —en algunos rostros se notó la preocupación—; ahora serán evaluados de diferente manera; todos tienen que demostrar ser dignos de su puesto. Se enfrentarán con los demás elfos y los más capaces serán los que lideren mis tropas. —La multitud se comenzó a alborotar, Thranduil con una mirada fría congeló todos los murmullos—. Deberán mostrar todas sus habilidades: estrategia, arco, lanza, esgrima, equitación y combate cuerpo a cuerpo; en el caso de los capitanes y generales.
Fueron pocos en verdad los capitanes y tenientes que se molestaron; los demás entendían las razones de su señor. Thranduil le indicó a Barahir que se acercara; aun así éste siguió ocultando a la pequeña con esmero. La figura del rey cubría por completo la del príncipe.
La elfa se acercó por la parte de atrás de la mesa, Thranduil le agradeció a Barahir por sus servicios; tomó a la elfa por los hombros colocándola a su lado en la silla vacía. Nuevamente los murmullos renacieron al ver a la extraña elfa que escoltaba Barahir y que posteriormente se situó del lado izquierdo del rey.
Legolas tenía la mira al frente como buen príncipe, sabía los movimientos y aunque se moría de curiosidad de ver quiénes eran, no movió ni un solo músculo.
—No todas las noticias son malas —habló con fuerza—: un grupo de elfos obscuros ahora vigila nuestra frontera —algunas sonrisas se deslumbraron en los rostros de los elfos—. Como algunos sabrán, hace unos días un extraño grupo de elfos irrumpió en el reino —la cara de Legolas no pudo ocultar la emoción al saber que su padre al fin hablaría de lo ocurrido—, provocó algunos destrozos y quebrantó algunas leyes; pero también mostraron lo letales que son: salvaron la vida de una pequeña elfa y eliminaron a casi una docena de arañas —su mirada se posó en el capitán del oeste.
—Dos de los elfos —prosiguió; de mediato Annatar y Joshufel se levantaron comprendiendo a dónde quería llegar— son recomendados por Lady Galadriel —las expresiones de sorpresa no se hicieron esperar, Thranduil señaló a los recomendados de la reina de los galadrim—. Son tan cautelosos que no fueron descubiertos por la guardia del oeste —las miradas se sentaron en el capitán de ese flanco—. Junto con ellos venía la señorita —tomó por los hombros a Lúthien—; princesa de Gildîn… y mi hija.
Si el rey hubiera dicho que se alió a Sauron, seguro causaba menos alboroto que esas últimas palabras. La cara del príncipe se encontraba completamente desencajada pero permanecía con su postra rígida.
Claro que más de alguno dijo por lo bajo que era la hija bastarda del rey; aunque suene imposible o impresionante, esto llegó a sus oídos.
—¡No permitiré que nadie cuestione mi autoridad! —parecía que Thranduil había crecido unos centímetros, su voz retumbó por todo el comedor y de inmediato las voces se apagaron. No había nada más peligroso en todo el reino que el mismo rey enojado.
—He decidido adoptar a la princesa —de alguna extraordinaria manera esta sola frase calmó todas las conjeturas adelantadas de sus súbditos—. A cambio de ello, la riqueza del pueblo aumentó considerablemente, además de ganar guerreros que cuidan las fronteras. —Guardó silencio calmando un poco sus alterados nervios—. Lúthien será tratada como mi hija y la princesa del bosque negro. No se tolerarán rumores acerca de mi decisión.
Sin decir más, Thranduil permitió que los músicos continuaran; Barahir, que había permanecido unos metros alejado de la mesa, tenía su boca más que abierta. Con la cabeza llena de dudas se marchó a su lugar.
Ahora los murmullos eran de lo desconsiderado del rey para con el príncipe. Todo mundo vio la cara de desconcierto de Hoja Verde y no se acercaba para nada a una expresión alegre. En cambio, el semblante de la nueva princesa permaneció en extremo serio; como si la obligaran a estar en aquel lugar y le aterrorizara.
Gracias a la gran altura que poseía Thranduil, ni Lúthien ni Legolas se podían ver en absoluto; la princesa ignoraba por completo la existencia del joven elfo.
—Lúthien —habló con suavidad Thranduil que aún seguía de pie; ésta se sobresaltó—, quiero presentarte a mi hijo —la expresión de la elfa era todo un poema sin duda; mientras decía lo anterior el rey se fue sentando lentamente.
Legolas seguía en un estado de shock, como si estuviera clavado al piso. El rey tomó por la mano a Legolas y a Lúthien; obligándolos a quedar de frente. El príncipe mostraba cierta resistencia.
—¡Demuestra tus modales, jovencito! —lo reprendió el rey; éste obedeció no queriendo.
Los dos hijos del rey giraron su rostro con lentitud, quedando de frente al mismo tiempo. Si la expresión anterior de sorpresa de la princesa era grande, esta sin duda la superaba dando hasta risa; lo mismo sucedió con el príncipe.
—¡Creí que tu nombre era Lithgurth! —exclamó con rapidez el príncipe mostrando una gran sonrisa.
—¿Lithgurth? ¿De dónde has sacado semejante conjetura? —Respondió con una sonrisa muy grande—. Espera, me llamaste como un veneno de orco ¡oye! —fingió estar ofendida.
—¿Ustedes ya se conocían? —se metió en la conversación el rey, pues los dos elfos platicaban prácticamente encima de él.
—Sí —respondió un muy sonriente Legolas—. La conocí en la biblioteca…
—Y él me tiro de las escaleras —acusó con una sonrisa.
—¡Legolas! —la cara de espanto de Thranduil hizo que los dos elfos estallaran en risas.
Las cantarinas risas de los príncipes no pasaron desapercibidas para el resto de los convidados que, al escucharlos, sin duda enfocaron su vista en la mesa del rey.
Ahora el que no comprendía lo que sucedía era Thranduil; no se esperaba que su pequeño tomara todo eso a grandes carcajadas.
El resto de la cena pasó muy rápido; Legolas y Lúthien conversaban animosamente haciendo constantes bromas de su nuevo vínculo familiar, fue tanto su entusiasmo que el príncipe se tuvo que sentar en el lugar vacío de Orel. Algunos de los elfos se animaron a presentarse ante la nueva princesa, que para sorpresa de muchos, Hoja Verde reaccionó con sobreprotección hacia la elfa.
Cuando todo hubo acabado, el príncipe se ofreció a escoltar a su nueva hermana hasta sus aposentos. Thranduil guardó un poco la distancia.
—Hîr nîn* —escuchó la voz de Barahir a sus espaldas.
—¿Dime?
—Estuve escoltando toda la noche a tu hija y ¿no me dijiste nada? —no había reclamo en su voz, sino más bien sorpresa.
—¿Qué te ha parecido? —cuestionó con una media sonrisa de lado.
—Es una joven singular en verdad; muy sorprendente su forma de ser, imposible no reírse estando con ella…
—Mañana comenzarán las evaluaciones por la mañana—cortó de la nada Thranduil con seriedad, quedando de nuevo únicamente como rey ante el capitán y no como el amigo que era.
Traducciones:
Aranya*— Mi rey
Vanimelda gil*— Hermosa estrella
Wenuial*— Doncella del Crepúsculo
Hîr nîn*— Mi señor
Notas de Autor: Espero y les siga gustando la historia.
¿Que opinan de la forma en la que reacciono Legolas? o ¿Como Thranduil comunico al pueblo de su nueva hijita? ¿Se lo esperaban?
Quiero saber que es lo que opinan: hasta la siguiente actuaizacion
Antes quiero agradece a Mell-chu por editar mis textos y hacer que esta historia tenga más sentido.
