Capítulo 10: Rastros de Rencor
Un cálido sol de verano da los buenos días a los elfos silvanos. Había pasado poco más de un mes desde la llegada de la princesa y todavía nadie la reconocía como tal; la amenaza de Annatar seguía presente en el pueblo como su hubiera ocurrido hace unos minutos.
Pocas personas en realidad se habían dignado en cruzar palabra con la extranjera; si no fuera por Legolas y el rey la elfa estaría completamente sola, desde la noche de la evaluación no había visto a ninguno de los dos elfos que la acompañaban; habían partido a la mañana siguiente de aquel día y aun no regresaban.
Se sentó ante el alfeizar de la ventana y recargó la cabeza sobre sus brazos. No tenía ánimos de salir del castillo; en esos momentos lo único que deseaba era estar junto a su hermano, aquel al que tanto amaba, aquel al que no había visto en tanto tiempo…
Suspiró.
¿Cómo sería su vida si los demás elfos la aceptaran? ¿Si la recibieran con los brazos abiertos? Sabía que no dependía de las opiniones de los demás, pues con el apoyo del rey y de su hijo tenía suficiente, pero no podía evitar sentirse así después de haber recibido las miradas tan hostiles y críticas de los elfos.
Una lágrima silenciosa surcó su mejilla; si de tristeza o de impotencia, no sabía. Tristeza ante la soledad e impotencia por no poder salir del palacio. Sí, se sentía cohibida y cada vez que se encontraba con algún Silvano, siempre le clavaban la mirada; solo eso bastaba para que sus ansias por conocer el pueblo se apagaran por completo.
Añoraba aprender medicina élfica, pero no tenía el valor suficiente para enfrentarse a todos esos elfos. Al igual que en Gildîn: solo se dedicaba a leer.
Levantó su rostro e inhaló profundamente y con su exhalación dejo que todos sus pensamientos fluyeran; no podía dejar que alguien se enterara de su sufrimiento. Como siempre, solo lo compartiría con su soledad.
Tenía que ir al gran comedor, seguramente su hermano y… el rey la estarían esperando; no era muy tarde en realidad pero últimamente ellos acostumbraban a bajar un poco más temprano; quizá para conversar entre ellos sin que ella estuviera presente.
Alineó un poco sus caireles de oro y bajó poniendo en su rostro una sonrisa que poco dejaba mostrar su nostalgia. Se adentró al comedor lista para abrazar a Legolas por la espalda dándole los buenos días.
Se paró en seco al darse cuenta que únicamente estaba el rey en la mesa; continuó caminando a paso lento y silencioso.
—Buenos días —saludó Thranduil levantando un poco la cabeza antes de que ella estuviera por lo menos a tres metros de él.
—Buenos días —respondió acercándose a su lugar habitual con un poco más de confianza.
De inmediato las bandejas con la comida comenzaron a llegar y ambos elfos comenzaron a degustar los platillos. Lúthien comenzaba a extrañarse por la ausencia del príncipe… ¡por supuesto! Legolas tendría evaluación como arquero.
¿Cómo se le fue a olvidar? Si toda la semana pasada Hoja Verde solo hablaba de lo emocionado que estaba por competir por primera vez en "Tres Flechas". Era una competencia realmente importante, muchos de los elfos estarían a poyando a sus favoritos. Las edades variaban, algunos eran en extremo jóvenes y otros eran guerreros experimentados.
—Hîr nîn* —habló la princesa interrumpiendo un bocado del gran elfo—, me preguntaba si me dejaría salir del castillo —por poco y el rey se atragantaba, realmente le sorprendía lo que la pequeña le pedía—. Legolas participará hoy en "Tres Flechas" —repuso de inmediato— y me pidió lo acompañara.
—¿Estás segura? —inquirió Thranduil con seriedad dejando a un lado la comida; la pequeña solo asintió—. Te acompañarán tres de los guardias reales y no te dejarán en ningún momento —sentenció con frialdad.
—Hannon le* —dijo sin mayor expresión en su rostro.
El resto del desayuno continuó en silencio; al finalizarlo la princesa le comunicó al rey que antes de partir se iría a poner ropajes más cómodos; Thranduil no protestó, solo le indicó que los tres elfos la estarían esperando fuera de su habitación.
Lúthien se dirigió a su habitación a paso rápido; se quitó el vestido amarillo, cambiándolo por unos pantalones verdes y una camisa larga de un verde más obscuro; se puso botas y amarró por completo su cabello, tomó una de sus capas negras. Sin mucho miramiento salió de su alcoba.
—¡Por Eru! No los había visto —exclamó la princesa algo exaltada y con una sonrisa al toparse con tres elfos; que como dijo el rey estaba justo frente a su puerta esperándola.
Ninguno de los tres dijo una sola palabra; en lugar de ello, de inmediato la escanearon con la mirada. Poco felices se les veía al ser elegidos como sus guardias personales.
Sin ninguna otra opción, Lúthien se colocó su capa y comenzó a caminar; los soldados solo se limitaron a seguirla muy de cerca. En silencio llegaron a una de las entradas que permitía el acceso al pueblo.
—El rey ha ordenado que la dejen salir —pronunció uno de los guardias reales de cabello negro. De inmediato las puertas se abrieron de par en par.
—¿A dónde desea ir, mi lady? —preguntó otro de sus guardias arrastrando con hipocresía el "mi lady".
—A la competencia de "Tres Flechas".
—¡Preparen los caba…! —la frase del guardia moreno quedó en el aire.
—¡No se molesten! —Interrumpió la princesa—. Aún falta poco más de una hora para que inicie; y desearía poder caminar por los senderos.
De mala gana sus guardias asintieron, no sin antes rodar los ojos y soltar una maldición inaudible. Ahora su trabajo de protegerla se duplicaba; cuidar que la princesita no saliera rasguñada y que por su imprudencia no terminaran doliéndole los pies por tanto caminar. Pues aseguraban que una elfa de su estatus no osaba de caminar largas veredas y seguramente se verían obligados a cargarla en menos de media hora.
Sin muchos ánimos se pusieron en marcha; dos a los costados de Lúthien y uno por detrás de ella. No pasó mucho tiempo cuando la pequeña comenzaba a aburrirse.
—¿Cómo te llamas? —preguntó la pequeña con una sonrisa al moreno de su derecha, que suponía era el líder.
—Lenwë —respondió con frialdad.
—Igual que el conductor de los elfos —mostró una sonrisa llena de asombro— del grupo de los Teleri que se rehusó a cruzar las Montañas Nubladas en el viaje hacia el oeste desde Cuiviénen; y padre de Denethor —sin darse cuenta el moreno sonrió ampliamente—. Ya veo, por eso eres el guía de este grupo.
—¿Cómo es que sabe tanto? —cuestionó Lenwë con una sonrisa de lado.
—Supongo que leo mucho —alzó un poco sus hombros y sonrió de lado; una acción que causo ternura el los elfos—. Y tú, ¿cómo te llamas? —se dirigió esta vez al elfo de su izquierda de cabello castaño.
—Tathar —contestó con una sonrisa.
—Sauce en Eldarin —se rascó un poco la mandíbula—; su traducción al Quenya sería tesarë —el mencionado abrió muy grande los ojos y se alcanzó a escuchar una pequeña risita.
—Me asombra su gran intelecto —realizó una pequeña reverencia.
—Usted, maese elfo; le ruego no se quede atrás —se giró hacia el soldado mientras caminaba de espaldas—. ¿Cómo se llama?
De los tres era el que aún mantenía su postura totalmente seria y rígida; pues era muy allegado a Falathar.
—¿No me lo dirá? —bajó la comisura de los labios con fingida tristeza, cosa que hizo que tanto Lenwë como Tathar rieran por lo bajo; Lúthien continuaba caminando de espaldas.
El elfo sólo se mantenía serio como si nada sucediese a su alrededor, los otros sólo cuidaban que no hubiera una piedra en el camino de la princesa.
—Bien; si no me lo dirás, adivinaré —se tapó la boca en señal de estar pensando—. ¿Es una planta? —el rostro del elfo de cabellera avellana seguía completamente serio—. No; entonces ¿las rocas? ... ¿algún animal? ... ¿Qué me dices de las estrellas? —en los ojos del soldado se veía la risa que reprimía— ¡Bien! Tienen que ver con las estrellas —el soldado negó—; o con el cielo… sí, eso es; es el cielo.
Los otros guardias solo reían cada vez más fuerte por los tiernos intentos de Lúthien por saber el nombre de un guardia.
—Protector del cielo —formuló la princesa—. No. Guardián, guía, amigo, hijo, enviado, soldado —una comisura de los labios del elfo se elevó un poco— ¡Perfecto! Tiene que ver con soldado, ¡ya casi lo tengo! Mh… luchador, arquero, lanzador de cuchillos, espadachín —esta vez el elfo no puedo reprimir la curva de su boca—. ¡Ya lo tengo! Menelmacar —Lúthien sonrió ampliamente por el triunfo.
—En efecto —respondió Menelmacar con una pequeña sonrisa.
—Posee una gran habilidad, mi lady —dijo entre risas Lenwë.
—Muchas gracias —se ruborizó un poco—. Qué grandes protectores tengo: Lenwë, el guía; Tathar, fuerte como el sauce y Menelmacar el gran espadachín —no fue hasta ese momento que se giró para caminar de frente, pues el elfo que iba detrás de ella se colocó a un lado de Lenwë.
—Solo somos simples guardias —habló Tathar.
—Nadie es un simple guardia; todos y cada uno tienen su importancia, es por ustedes que el reino está seguro —pronunció con seriedad pero no era cortante—. El rey los mandó especialmente para que me cuidaran; confía en ustedes.
—No es para tanto, aranel* —Tathar se sentía en verdad halagado; Lúthien abrió muy grandes los ojos y sonrió aún más ampliamente.
—Es la primera vez que alguien me llama aranel* desde que llegué —la pequeña aún no se lo podía creer y continuaba con la boca ligeramente abierta.
Ninguno de los tres dijo nada; no les extrañaba que fuera de esa manera, nadie en el pueblo había mostrado tener simpatía por ella. Pero ahora que habían conversado con la tierna elfa realmente estaban avergonzados por cómo la habían tratado; no podían explicarse cómo con una simple pregunta comenzó una de las más amenas pláticas.
Estaban realmente asombrados, ni cuenta se dieron y ya estaban riendo con la princesa; ya no les costaba reconocerla por lo que era: su princesa, hija del rey Thranduil.
El silencio no duró mucho, pronto los cuatro estaban conversando nuevamente. La pequeña reía a carcajadas cada vez que Tathar contaba una de sus muchas aventuras como elfito. Incluso Menelmacar participaba con las historias y hacía que Lúthien riera de cuando en cuando.
Poco a poco se acercaban al bullicio de la competencia que anunciaba con empezar; esta vez Thranduil no asistirá, tenía una junta con el consejo que no podía aplazar para otro día.
Por los senderos ya no se encontraba ningún elfo, todos ya estaban en las gradas. Estando a escasos diez metros del lugar, Lúthien se paró en seco colocándose la capucha hasta quedar completamente cubierta.
—No quiero que me sigan tan de cerca —los tres la interrogaron con la mirada—. No quiero que nadie sepa que estoy aquí; dudo que mi presencia les resulte… cómoda.
—Como ordene —respondieron los tres al unísono.
—Trataré de estar cerca del área de descanso; ustedes sólo no se me acerquen mucho —los guardias asintieron con una sonrisa y se alejaron a una distancia considerable.
Con mucho temor, Lúthien ingresó al lugar; tal como ella quería, nadie la reconoció, ante los ojos de los demás solo era un elfo común y corriente. Se deslizó entre las la muchedumbre; escuchó cómo el heraldo llamaba la atención de todos y comenzaba a leer las reglas y los códigos.
Se detuvo a causa de ya no poder avanzar; había muchas personas tanto en las gradas como en la parte de abajo, guardando con cuidado el perímetro de lanzamiento.
—No llegó el rey —escuchó decir a una elfa.
—Era de suponer que descuidaría a su hijo por esa… elfa —respondió un elfo con algo de repudio en su voz.
La princesa continuó avanzando, no quería seguir escuchando lo que tanto temía. Ahora por su culpa también juzgaban a su propio rey. Consiguió llegar a un árbol que estaba cerca del área de descanso, no era un buen sitio para observar pero al menos estaría cerca de Legolas cuando terminara su turno.
Comenzaron los tiros básicos y a pesar de su pésima posición ubicó rápidamente a su hermanito de cabellera rubia; observaba atónita cómo lanzaba, estaba consciente de que aún le faltaba para perfeccionar, pero vaya que destacaba entre los demás. Tomaba las flechas como si de porcelana se tratase y con esa misma delicadeza tiraba para clavar la flecha en el centro.
Pronto terminó su turno y el príncipe se dirigió a las bancas para ver lanzar a los demás. Hoja Verde no se percató de la presencia de su hermana y claramente se vio cierta tristeza en la mirada al sentirse olvidado.
Lúthien sin perder tiempo avanzó a la zona de descanso; antes de estar a menos de cinco metros Legolas la reconoció y corrió a su encuentro, dejando a un lado su arco y carcaj; la tomó por la cintura y comenzaron a dar vueltas.
Acción que no pasó desapercibida por los elfos silvanos, que creían que su príncipe levantaba por los aires a otro "elfo".
—Sí llegaste, Lithgurth —dijo el príncipe mientras la bajaba al suelo.
—Te dije que vendría —sonrió ampliamente—. ¡Oye! ¿Acaso nunca lo olvidarás? —preguntó divertida.
—Poseo buena memoria —se mofó el príncipe; la tomó de la mano y la guió a las bancas.
Claro, gran asombro desató este pequeño agarre entre los espectadores.
—Por cierto, ¿por qué te vestiste de elfo? —cuestionó Hoja Verde.
—No quería que nadie me reconociera —agachó un poco la cabeza.
—Ahora ya no importa —en realidad quería decirle que su belleza no tenía por qué ser ocultada, pero eso sólo la hubiera sonrojado y hubiera puesto cualquier otra excusa que seguramente ella terminaría por ganar—. Toma asiento aquí, se ve mucho mejor y así ya no tendrás que estar en el sol.
—Muchas gracias —lo tomó de la mano en señal de agradecimiento.
—No tienes que agradecer —le sonrió de lado—. Me extraña que mi padre no mandara a una cuadrilla para colocar un entarimado y además que te dejara venir sin guardias…
—No hables tan rápido; por allá están Tathar, Lenwë y Menelmacar; sobre el entarimado… digamos que no le dio tiempo de mandar ponerlo —dirigió su vista a los concursantes.
Poco tiempo después convocaron a los concursantes para dar a conocer los resultados. Lúthien vio cómo Legolas abrazaba a una elfa pelirroja que no había visto antes y no recordaba que el príncipe la mencionara; en realidad jamás mencionó a ninguna elfa.
Sin mucho qué hacer se levantó de la banca para estirar un poco las piernas; vio a lo lejos cómo Lenwë le hacía señas para que se reunieran en un árbol cercano. No demoró mucho y rápidamente se encontró con sus guardias.
—Lady Lúthien —habló el guía en cuanto estuvieron cerca— ¿Desea ver todo el torneo?
—Para eso he venido —sonrió sarcástica.
—En ese caso, avisaremos al rey que llegara junto con el príncipe…
—¿Se marcharán? —abrió sus hermosos ojos azules por la sorpresa.
—No —respondió amablemente Menelmacar—; el rey envió a un vasallo para verificar que esté en buen estado.
—Debería regresar a su asiento —dijo Tathar que en todo momento se la pasó vigilando la zona en donde antiguamente estaba la princesa—, está por iniciar la segunda prueba.
Lúthien regreso en seguida a la banca; los tres elfos se organizaron para poder cuidar de la elfa de mejor manera y que nadie sospechara su presencia.
La segunda prueba de arquería consistía en tirar a varias dianas mientras se cabalgaba; algunas estaban colgando de algún soporte, otra en la tierra en diversas posiciones y varias serían lanzadas por elfos.
El príncipe se fue acercando a su hermana que tenía la vista clavada en el competidor de inicio. Se sentó a un costado de la elfa, pero esta no reparó en él —o eso dio a entender—. Como el primer día en que se conocieron; Hoja Verde observó cada uno de los rasgos de la pequeña.
Era increíble cómo alguien tan puro y tierno fuera tachado de maquiavélico. Sí, su hermana le parecía un ser que jamás fue tocado por maldad alguna y sin embargo día a día lo sorprendía; como en ese momento. Parecía muy concentrada y examinaba a los competidores con gran maestría, seguía cada uno de sus movimientos, arrugaba ligeramente la comisura de sus labios antes de que un elfo fallara; y por el momento su premonición era acertada.
—¿Nervioso? —Lúthien concentró su mirada en el príncipe.
—Para nada —mostró seguridad fingida; la elfa enarcó una ceja—. Quizá un poco.
—Descuida, te irá bien —sonrió mientras tomaba la mano de Legolas para mostrarle su apoyo—. Ya quiero verte usar el arco; escuché que eres muy bueno.
—Sólo sé cómo tirar —a Legolas nunca le gustó presumir de sus habilidades.
—En ese caso. Astaldo män ril rant cú olas leg* —besó tiernamente la mejilla del príncipe—. Creo que es tu turno —Legolas se levantó tomando su carcaj y arco—. Mucha suerte her… Legolas —pronunció en voz alta.
El príncipe tomó su caballo y comenzó a galopar con él, poco a poco fue subiendo la velocidad y muy pronto se encontró con una diana que colgaba de un soporte. A velocidad inhumana, colocó dos flechas y ambas dieron en el blanco. Pocos metros después tres dianas lo esperaban ligeramente en diagonal; una por una fue clavando flechas en el centro de éstas.
No tuvo tiempo de respirar cuando otra fue lanzada al aire y sin pensarlo lanzó dos flechas que dieron el blanco, justo cuando la diana estaba en la altura máxima. Dos dianas más surcaron los aires; Legolas con gran manejo del caballo, soltó las riendas y lanzó una flecha a cada blanco.
El recorrido está a punto de terminar; el último de sus obstáculos: síes dianas colocadas en el suelo con un centímetro de separación y enseguida tres que lo esperaban en un soporte.
Velocidad, precisión y astucia, eran un requerimiento para esta parte; muchos habían fallado justamente en la recta final. Mientras el corcel pasaba por cada punto, el príncipe iba apuntando a cada objetivo, uno por uno. Las tres últimas dianas las cruzó de la misma manera. Con gran agilidad saltó del caballo y lanzó su última flecha a la diana más alta.
El recorrido pareció durar horas, aunque la realidad fue que el hijo de Thranduil lo realizó en menos de un minuto. Inexplicable para los humanos e incluso para algunos elfos. No fue hasta ese momento que Legolas, dio a conocer su habilidad con el arma.
Pocos poseían su habilidad, ni los más experimentados habían realizado tal recorrido con tanta perfección. Lúthien estaba sorprendía en verdad; jamás había visto que alguien igualara o superara la habilidad de Annatar.
Gritos victoriosos y halagos no se hicieron esperar, el pueblo entero festejaba a su amado príncipe. Muchos de los elfos que estaban en la parte de descanso se levantaron con el único propósito de dar un apretón de manos al talentoso elfo.
Los competidores continuaron pasando; no dejaron que Legolas regresara al lado de su "acompañante". Lúthien se vio obligada a levantarse, pues el sol comenzaba a lastimar sus ojos; dirigió sus pasos al árbol en el que se había reunido con sus guardias, encontrándose con pequeños elfos y elfas que jugaban alegremente.
Pronto los pequeños depararon en su presencia y comenzaron a alejarse; les daba un poco de miedo la extraña figura cubierta de negro.
—Descuiden —alzó un poco los brazos en señal de no ser peligrosa—; pensaba marcharme de inmediato…
—Yo te conozco —entre los elfos se encontraba Lilien, la elfita que se había extraviado en el bosque—. ¿Quieres jugar? —a pesar de ser pequeña comprendía que nadie la quería y si decía quién era seguramente sus padres la alejarían de la princesa.
—Me encantaría —respondió con euforia; su infancia no fue muy feliz, pocas veces su padre le había permitido jugar—. Solo si todos quieren —los demás elfos al ver la cercanía que tenía Lilien (una elfa tímida) los alentó a aceptar a la joven.
No tardaron mucho cuando todos comenzaron a correr y huían de Lúthien; la princesa los atrapaba tomándolos de la cintura y columpiándolos un poco. Su deber era tener a todos los elfitos capturados.
Risas y carcajadas se escuchaban a varios metros de distancia; alrededor de ellos están los guardias de la princesa y algunas madres que reían encantadas por el "elfo" que distraía y hacía reír a sus pequeños.
La mayoría ya están capturados y en la zona de detención; la princesa contó a todos, solo le faltaba uno. De manera extraordinaria, ni todos los saltos y carreras hicieron que su capucha la descubriera.
Comenzó a buscar al elfito que le falta; le encantaba revivir la inocencia de un infante: cuando nada te preocupa, todo es juego y diversión. Se movía con sigilo, temiendo ser descubierta; removía cuidadosamente los arbustos más cercanos.
Sin mayor opción dirigió su vista al gran árbol, donde encontró oculto entre el follaje al último elfo de no más de cinco años —en apariencia—. Sin hablar le hizo señas para que se bajara. Como todo niño, la retó a que subiera por él. Con gran decisión Lúthien comenzó a tomarse del tronco; el pequeño comenzó a estallar en risas porque a la elfa se le atoraba la capa.
Las carcajadas continuaban por parte del pequeño elfo; Lúthien solo buscaba la manera de subir sin revelar su rostro. El elfito comenzó a reír cada vez más fuerte a causa de que la elfa encapuchada había caído de sentón en su último intento… el pequeño comenzó a tambaleare, pero solo lo podía ver la princesa para los demás estaba completamente oculto.
No lo pensó dos veces cuando corrió al encuentro de la segura caída del pequeño; tal como lo predijo, décimas de segundo después el pequeño perdió todo el equilibrio y cayó de espaldas.
La princesa alcanzó a apaciguar un poco la caída; el pequeño había caído en sus brazos pero su peso hizo que ambos cayeran y uno de los tobillos del elfito se dobló en la caída.
Llantos comenzaron a llenar el lugar, alarmados comenzaron a buscar a la madre, algunos salieron en busca del sanador más próximo; pero la mayoría se quedaron boquiabiertos, la capucha de Lúthien dejó de cubrirla.
—¡Tú provocaste que se cayera! —señaló una elfa a la princesa.
—Me levantaré con cuidado, no muevas tu pie —le susurró Lúthien al pequeño en el oído, haciendo caso omiso al reclamo de la elfa—. ¿Listo? —el pequeño asintió entre sollozos.
—¡Todo iba bien hasta que apareciste! —gritó otra elfa.
—¿A qué has venido? ¿A arruinar nuestro festejo? —reclamó un elfo.
—¡Solo provocas desastres!— un daga atravesó el corazón de la princesa; sí, sólo era un desastre, bajó su mirada forzando a sus ojos a no soltar ni una sola lágrima.
—Por orden del rey: está prohibido faltarle al respeto a la princesa —intervino Lenwë.
Los guardias se vieron obligados a formar una fila enfrente de la princesa para evitar que se acercaran más personas molestas. Una revuelta comenzó, los elfos soltaban diversas palabras hirientes contra Lúthien y sus guardias; los soldados formaron una línea evitando cualquier paso y hablando en nombre del rey.
Pronto más elfos llegaron al lugar y se comenzó a pasar la voz llegando incluso hasta el príncipe que aún se encontraba rodeado de elfos que lo vitoreaban.
Durante unos segundos, Lúthien se quedó de rodillas presa de un estado de shock; el pequeño seguía llorando. Sin perder tiempo la princesa se fue acercando poco a poco al elfito, le susurró palabras dulces al oído en Eldarin, poco entendió el pequeño, pero la hermosa lengua en boca de la princesa tranquilizaba mucho.
Tomó con mucho cuidado el tobillo y comenzó a masajearlo suavemente; ignorando por completo la discusión a su alrededor. Fue subiendo sus manos hasta la rodillas y se detuvo en esta unos instantes; con mayor lentitud comenzó a bajar las manos, el pequeño solo fruncía un poco el ceño pues el dolor era aguantable.
Con delicadeza, fue acomodando el hueso y el músculo dañado; giró con fuerza hacia la derecha su pie y luego hacia la izquierda, haciendo que tronara. Comenzó a mover el tobillo en círculos. Nadie parecía prestar atención a los implicados.
Legolas, con mucho trabajo, logró llegar junto con los guardias e hizo que todos guardaran silencio.
—¿Qué sucedió? —demandó respuesta con un poco de fiereza.
—Esa elfa —la que al parecer era la madre señaló con asco a la princesa— provocó que mi hijo…
—¡Muchas gracias! —se escuchó la cantarina voz de un niño a espaldas de los guardias.
Todos guardaron silencio centrando su atención en Lúthien y el pequeño. El elfito abrazaba a la princesa que estaba sentada en el piso; se veía con claridad como el pequeño se levantó sobre sus pies sin mayor esfuerzo.
—No tienes por qué —Lúthien alejó un poco al pequeño; para ellos dos era como si los demás no existieran.
—¡Claro que sí! —Se abalanzó sobre la elfa haciendo que ésta perdiera el equilibrio y fuera de espalda a la tierra—. Salvaste mi vida y curaste mi pie ¡ya no me duele! Ni un poquito…
—Vamos pequeño —Legolas tomó al elfo por los hombros con una gran sonrisa—, no me ensucies a mi hermana —lo tomó en sus brazos—; si no, ¿qué le voy a decir a mi padre? —extendió una mano para ayudar a Lúthien.
—Es muy bonita su hermana —susurró con inocencia el niño en el oído del príncipe.
—Lo mismo le digo —susurró Legolas en tono confidencial, pero lo suficientemente alto como para que ella los escuchara—; pero no me quiere creer, dice que nadie la considera linda…
—¡Por Eru! Si es como una princesa —continuó hablando en susurros; los dos hijos de Thranduil soltaron una cantarina risa.
—Es que —le hizo un seña para que se acercara más— es un princesa —le reveló en el tono más confidencial y en voz tan baja que apenas el pequeño alcanzó a escuchar.
De inmediato el niño saltó de los brazos del príncipe y se dirigió a Lúthien.
—Lamento haberla metido en problemas —el pequeño pasó rápidamente los ojos por toda la muchedumbre que los rodeaba, hasta ese momento tanto él como Lúthien se percataron de su presencia—; no fue mi intención… burlarme de usted y mucho menos hacer que se cayera. Para compensar mis faltas haré todo lo que usted ordene, princesa —hizo una pronunciada reverencia quedándose en esa posición; todos los presentes sonrieron inconscientemente.
—Ahora que lo mencionas —tocó su barbilla fingiendo estar pensando una tarea muy importante; lo ojos se le iluminaron al elfito—; necesito que cuides muy bien de tu madre —dirigió su vista a la elfa—, se ve que te quiere mucho y le preocupas; en un futuro trata de no causarle tantas preocupaciones. ¿Entendido? —centró su vista en el pequeño mostrándose seria.
—Entendido —colocó su mano en la frente como sabía hacían los soldados.
—Muy bien, ahora ve con ella —el pequeño hizo una reverencia y corrió hasta donde estaba su madre.
Legolas le mostró su brazo para indicarle que la llevaría del guante hasta su lugar; la princesa aceptó con una sonrisa, dejando atrás a todos los curiosos. Los tres guardias siguieron a los príncipes por la espalda.
—¡Aranel*! —Gritó a lo lejos la madre del elfito; la pequeña comitiva se detuvo girándose hacia la elfa—. Muchas gracias —Lúthien solo asintió con una sonrisa y continuó su camino.
Todos los elfos silvanos habían quedado completamente sorprendidos por lo acontecido. Varios de ellos fueron testigos como la princesa jugaba con los niños; pocos a esa edad se mostraban tan afables con los ruidosos elfitos. Algunos más la reconocieron como el acompañante de Legolas y muy pocos se percataron de como curaba la luxación al pequeño.
Definitivamente: tenían una impresión diferente de la extranjera. Quizá pocos fueron los testigos; pero acciones como esta correrían como agua por los ríos, además de que ahora Lúthien ya no portaba su capucha y su presencia se aria sumamente notoria.
En cuanto a los príncipes, sin demora se dirigieron a las bancas. Legolas tenía que regresar al campo de tiro, dejando nuevamente sola a su hermana; no sin antes ordenarles a los guardias que no se separaran de ella, haciendo que Lenwë, Tathar y Menelmacar se pegaran por completo a la princesa. Una broma personal entre los cuatro ─que hacía alusión a lo cerca que estaban de la puerta de la alcoba de la princesa─ logró sacar una risita del príncipe.
La tercer evaluación era la más complicada: el concursante se pararía en el centro de lanzamiento mientras a su alrededor lanzaban, colocaban o pasaban corriendo los objetivos. Solo una vez en toda la historia del Bosque Negro se había logrado tirar a todas las dianas justo en el centro, tratándose de nadie más ni menos que Thranduil, que en su juventud fue un gran arquero.
Ya habían pasado diez de los concursantes que no tuvieron mucha suerte en esta etapa; llegando así el turno de Hoja Verde.
Con su porte de príncipe se paró en medio del campo de tiro, inhaló profundamente aire mientras con una de sus manos tocaba cada una de sus flechas.
Silencio.
Un caballo con galope ligero pasa por el borde de la zona con una diana en la costilla; sin perder tiempo, el elfo tomó la flecha y la lanzó dando en el blanco. Dos dianas fueron lanzadas simultáneamente a escasos metros de su posición; tomó una flecha, apuntó y dio en el blanco de la primera, repitió lo mismo con la segunda. Por el momento todo era fácil.
Dos caballos entraron por diferentes flancos al mismo tiempo galopando con rapidez; disparó al de la derecha, vio a sus espaldas y le tiró a la diana que había sido lanzada y antes de que esta flecha llegara a su destino, apuntó al otro caballo. Se giró nuevamente y comenzó a tirar a las dianas previamente dispuestas.
Lo complicado no era que estuvieran sujetas a la tierra, el verdadero problema era lo cerca que estaban una de otra dejando poco espacio para tirar. Si decidía lanzar de una por una sus flechas se acabarían con rapidez… dos dianas fueron lanzadas prácticamente frente a él; notó que las dos se llegarían a juntar y justo en ese punto lanzó su flecha atravesando ambos objetivos al mismo tiempo.
Tardó un segundo en comprender que para superar la prueba de las dianas predispuestas tendría que lanzar con suficiente fuerza como para atravesar dos dianas y hacer que la punta de la flecha quedara en la tercera.
Dos caballos salieron a todo galope sin rumbo fijo; concentró su vista en el más cercano dando en el blanco, pero lamentablemente el segundo escapó.
Analizando el tiempo que tenía y las flechas que restaban, dedujo rápidamente que solo le sobraría una flecha si hacía los tiros certeros con la flecha correspondiente al equino que huyó.
Tomó la primera flecha, tensó su arco, ancló la mano con su boca; irguió su postura. El tiempo pareció haberse congelado, apenas y notó que la flecha estaba surcando los aires; chocó contra el blanco de la primera diana con tanta fuerza que la atravesó exitosamente hasta alcanzar la tercera. El pueblo entero saltó de alegría, pero para Legolas parecía que nada ocurría.
Concentró su atención en el siguiente objetivo; como el anterior cuatro más. Repitió el mismo procedimiento pero esta vez con su agilidad característica. Solo notó cómo en el tiro de la última fila falló del centro por un centímetro.
Tal como Hoja Verde había presentido, solo una flecha quedaba en su carcaj. Todos los presentes aplaudían y gritaban de gozo; el príncipe les era tan amado que no podían evitar alegrarse por él.
El joven elfo, apenas consiente de lo que sucedía; alzó la mirada a las gradas y mostró una sonrisa de medio lado. De esas que lo caracterizaban, no por engreído sino por ser agradecido. Alzó su arco en señal de victoria y más aplausos se escucharon.
Dirigió sus pasos a la banca donde su hermana lo aguardaba, tal como había dado instrucciones, los tres guardias estaban justo detrás de la princesa, pero había un elfo sentado justo al lado de ella.
Apresuró su paso reconociendo a Belthronding; aquel elfo que poco le agradaba. Para su sorpresa, Lúthien conversaba muy afablemente con él, mostrando una sonrisa y cantarinas risas que se escuchaban a unos metros.
─¡Legolas! –Corrió la princesa al encuentro del rubio elfo saltando para que éste la tomara por la cintura─. Estuviste asombroso –le dijo con exhaustiva alegría cerca del oído.
─Muchas gracias –la fue alejando poco a poco de él, para acercarse al elfo pelinegro─. Belthronding, ¿qué tal tu suerte, el día de hoy? –trató de sonar lo más amigable posible, aunque ambos sabían que sólo era cortesía.
─No se me escapó ningún objetivo, hîr nîn* ─sonrió malicioso cruzándose de brazos sabiendo perfectamente que a Legolas le irritaría.
─Me alegro –pronunció cortante, tratando de disimilar su ira.
─Dedico mi victoria –Belthronding relajó su postura y con alegría y orgullo siguió diciendo─: a la dama dueña de mi libertad y gobernante de mis acciones: Lúthien, tan hermosa como la luz de Elbereth; bella sin duda, cual estrella en el firmamento –se arrodilló frente a la mencionada tomando y besando con delicadeza su mano.
La joven elfa sólo se ruborizó ante las palabras del galante elfo; pero, para Legolas no fue así, la acción no era para halagar a la princesa, tenía un doble motivo: hacer que Legolas perdiera la cordura preso de la ira.
─La próxima vez –el moreno se levantó dirigiéndose al príncipe─ tendrá más suerte, su alteza. Me retiro; los hijos del rey deben tener mucho de qué hablar. Supongo que ahora, Legolas, tendrás algo para que tu padre se sienta orgulloso –se mofó con toda la intención de disparar veneno con las más falsa sonrisa.
Sin decir más, Belthronding se retiró del lugar dejando a Legolas plantado en el piso; como príncipe tenía que guardar compostura en todo momento, no se podía permitir armar un escándalo que no tardaría en esparcirse por todo el reino.
Pocos minutos después se dieron a conocer los resultados; en primer lugar había quedado Belthronding, aunque Lúthien sabía que su prueba había estado más fácil; Legolas quedó orgullosamente en segundo ─pero por supuesto que fue más honorado al ser tan joven y destacar de manera tan magnifica en su primera prueba─; y para finalizar, Erlo, hijo de uno de los nuevos capitanes, obtuvo el tercer lugar.
No pasaban de las dos de la tarde, el sol brillaba en todo su esplendor. Antes de iniciar la competencia Legolas había quedado con Tauriel para salir a cabalgar por los senderos del bosque.
Hoja Verde no quería cancelar con su amiga, pero tampoco planeaba dejar a su hermana. Al pobre príncipe no le quedó otra opción más que invitar a las dos a cabalgar. Se fue a donde estaba Tauriel y la llevó caminando hasta la banca donde Lúthien esperaba alguna indicación por parte de su hermano.
─Lúthien –la llamó a un metro de ella; Tauriel iba distraída despidiéndose fugazmente de los demás elfos─. Ella es Tauriel –dijo cuando esta se volteó y quedó cara a cara con la princesa─, mi mejor amiga y gran compañera de entrenamiento.
─Un placer –le extendió la mano con una gran sonrisa; la pelirroja solo la miraba con frialdad.
En un movimiento rápido, Tauriel tomó a Legolas por los hombros y lo obligó a retroceder, jalándolo prácticamente.
─No pienso hablar con ella –sentenció la elfa sin más.
─¡Oh, Vamos Tauriel! Tú tampoco empieces –trató de tomarla de la mano decidido a llevarla de regreso, pero paró en seco al notar que ésta no avanzaba.
─Legolas, ella hizo que mi padre quedara humillado ante todo el reino –dijo en un susurro.
─Lúthien es diferente al soldado que luchó contra tu padre –la elfa no parecía querer cambiar de opinión─. Hazlo por mí –la vio a los ojos poniendo cara de elfito regañado─ ¿Quieres? –suplicó con las pupilas más grandes.
─No sé porque aún dejo que me convenzas con esa cara –sonrió apesadumbrada y asintió.
Los dos corrieron a donde estaba Lúthien; la princesa hablaba con Lenwë sobre las festividades próximas. Ya estando cerca, Tauriel comenzó a sentir que no sería tan fácil tratar con la elfa como había pensado, tan solo tenerla cerca la ponía tensa.
Rápidamente Legolas le pidió a su hermana que los acompañara; esta aceptó gustosa pero algo que el príncipe no había contemplado era que los tres soldados los acompañarían en cualquier momento. Sin mucho que decir, como pudieron los guardias consiguieron cuatro caballos, para ellos y la princesa, pues tanto Legolas como Tauriel ya tenían su corcel dispuesto.
Poco más de media hora después, los seis elfos ya estaban en las orillas del palacio; Lenwë no había dejado que avanzaran más argumentando la seguridad de los príncipes. De mala gana Legolas y Tauriel acataron la orden.
Los tres guardias se distanciaron un poco brindando privacidad a los más jóvenes; antes de salir por completo de las murallas del palacio, Tathar solicitó que otros tres elfos los alcanzaran para así proteger mejor a la familia real.
─Es muy hermoso –dijo Lúthien con la vista al cielo─, los rayos penetran entre las hojas y el viento apenas sopla…
─No es nada comparado con el lago─ soltó la Silvana de golpe y sin emoción.
─¿Lago? –paró de observar su alrededor y fijo la vista en el príncipe.
─A menos de una milla hay un pequeño lago oculto por los arbustos –explicó con calma Hoja Verde.
─No creo que esté permitido ir a ese lugar –comenzaba a ponerse un poco nerviosa─… al menos no solos; supongo que el rey aceptaría con la condición…
─De enviarnos al ejército entero ─interrumpió irónica Tauriel.
─Es un lugar tranquilo –habló con calma Legolas─, ya hemos ido varias veces y no pasa nada; con Lenwë, Tathar y Menelmacar, es más que suficiente –trató de animar a Lúthien con una sonrisa.
─Supongo que tienes razón –asintió no muy segura─; iré a avisare a Tathar.
La princesa se dirigió a la zona donde estaban los soldados, dejando a su espalda a Legolas y Tauriel.
─Legolas, ¿estás seguro que es buena idea? –trató de ocultar su inconformidad con la presencia de Lúthien.
─Por supuesto –se acercó a su amiga─; no conoce más lugar que las cuatro paredes de su habitación y algunos jardines; tú mejor que nadie sabes que los elfos no podemos estar tan encerrados…
─Pero… ─trató de objetar pero le fue imposible.
─Tauriel, ya vienen los guardias, no podemos hacer nada –mostró una sonrisa de lado.
Pocos minutos después llegó Lúthien con los ahora seis guardias. Tanto el príncipe como la pelirroja se incomodaron por semejante protección; con menos ánimo, Legolas comenzó a mostrar el sendero rumbo al lago.
Por su parte, Tauriel no estaba nada conforme con la situación. Jamás habían compartido aquel lugar con nadie y ahora siete elfos conocerían su ubicación, aunado a lo anterior poco le agradaba la princesa y los guardias eran algo nuevo. En todo el tiempo que conocía a Legolas, jamás fueron acompañados por tantos soldados; a decir verdad, ningún guardia los acompañaba y de ser así guardaban mucha distancia para no ser observados.
Al poco tiempo llegaron al lago; el príncipe les pidió que solo rodearan el perímetro, puesto que necesitaban privacidad y no se sentirían muy cómodos si eran observados tan de cerca. No muy de acuerdo los seis soldados comenzaron a registrar la zona verificando que todo estuviera en orden.
Por órdenes de Lenwë los elfos no estarían a más de treinta y cinco metros a la redonda del lago; estarían entre los arbustos y en las copas de los árboles, acomodados de forma que no fueran visibles para los jóvenes elfos.
Casi en seguida de que los príncipes y la Silvana se quedaran a orillas del pequeño estanque, los guardias desaparecieron entre la vegetación.
No era muy grande el lago, aproximadamente diez metros cuadrados y metro y medio de profundidad; los rayos del sol se filtraban entre las hojas, algunas rocas servían como asientos, todo estaba completamente rodeado por árboles y espesos arbustos que impedían por completo la visibilidad de este.
─No es un lugar muy hermoso, pero se puede estar en completa tranquilidad –Legolas tomó a Lúthien por los hombros─; cuando estoy cansado de los muros del castillo, vengo con Tauriel durante unas horas.
La princesa no respondió nada, sólo se limitó a observar con detenimiento cada palmo del lugar, le gustaba ver cómo los rayos de luz iluminaban en el agua provocando un extraño reflejo, el movimiento imperceptible de las hojas con las pequeñas ráfagas de viento; de momentos cerraba los ojos e inhalaba profundamente.
No se escuchaba ni un solo ruido, el lugar estaba completamente exento del aleteo de los pájaros, o el correr de los ciervos, ni una ardilla, nada en absoluto se escuchaba por aquel lugar.
Inundada con aquella paz, Lúthien abrió sus ojos vislumbrando una sonrisa de lado dedicada a Legolas.
─No toda la belleza es externa, Legolas –la princesa apretó suavemente una de las manos que el elfo aún tenía en sus hombros.
─Mi padre me dijo que tu mirada era penetrante; ahora sé a qué se refiere –centró su atención en los ojos de su hermana correspondiéndole a su tímida sonrisa.
─El rey suele alagar de más mis dotes élficos –desvió la mirada del príncipe dirigiéndose a una roca que estaba cerca de Tauriel─. Lo realmente magnífico aquí es cómo derrotaste a todos esos elfos "experimentados". Es magnífico ¿no lo crees? ─cuestionó a la pelirroja sonriendo ampliamente.
─Sí, muy sorprendente –Tauriel no pudo ocultar su incomodidad.
─¿Siempre eres tan callada? –la curiosidad de la princesa era grande y su sonrisa lo demostraba por completo.
Eso era más de lo que Tauriel podía soportar; ¿cómo podía esa elfa tratar de entablar una conversación? ¿Acaso no sabía quién era su padre?, no podía olvidar tan fácil cómo toda su familia se vio humillada por una simple reprimenda de su padre a Lúthien. Hasta su nombre le fastidiaba. ¿Cómo se atrevía a usar el nombre de tan célebre elfa?
Aunque la princesa no le hubiera hecho nada a Falathar, sería imposible que Tauriel se llevara bien con Lúthien. Para la pelirroja, la princesa era una elfa que solo se preocupaba por su propia felicidad, no sufre dolor y por supuesto no conoce la humillación; por ello, ella no podía entender cómo se había sentido toda su familia. Lúthien nunca podría comprender que no todos tienen la vida eternamente soluciona; por eso las dos elfas eran muy diferentes entre sí.
─Creo que sí eres callada –la sonrisa de la princesa se desvaneció por completo─. Legolas mencionó que eras su compañera de entrenamiento. ¿Qué arma te gusta usar? –el príncipe solo observaba de lejos cómo Tauriel fulminaba con la mirada a su hermana y cómo ésta ignoraba por completo la hostilidad de la pelirroja─; no es necesario que respondas. Tienes un cabello muy hermoso, es tan rojo como el de… Maedhros, el noldor hijo de Fëanor…
─¡Ya es suficiente! –Se puso de pie apartando con brusquedad de su cabello la mano de Lúthien─. Tolero tu actitud eternamente alegre y el que seas indiferente a mi sufrimiento, pero que me insultes no lo permito…
─Pero, no he hecho nada… ─los azules ojos de Lúthien se abrieron grandemente mientras se protegía con su manos.
─¡Y lo niegas! –Tauriel estaba completamente colérica y cada palabra de la "princesa" la enfurecía cada vez más─; ¿en qué parte de Arda el comparar a un Silvano con un Noldor no es un insulto?
─También son elfos –susurró por lo bajo.
Lúthien era una Noldor de la más pura sangre; pero como Thranduil lo dispuso nadie se enteró de eso, para todos los Silvanos ella era una sindar, una descendencia pura de los Teleri.
Poco sabía la princesa del odio que se tenían entre esos dos clanes; era consciente de la matanza que hubo entre Noldor y Teleri, donde la familia de Maedhros salió victoriosa. No podía creer que ese rencor se guardara a pesar de que ya habían pasado varias edades.
─Exacto, también son elfos; elfos que asesinaron a sus hermanos –su enojo y frustración aumentaban con rapidez─, me comparas con un asesino… ¿no te bastó con avergonzar y humillar a toda mi familia?
─Lo siento –se disculpó con los ojos nublados la princesa─; pero no comprendo por qué dices que te he humillado.
─Mi padre es Falathar –soltó dándole la espalda; ante estas palabras Lúthien se quedó petrificada.
─No discutan –Legolas alejó a Tauriel de donde estaba su hermana─, podemos olvidar lo que acaba de suceder y continuar con nuestro paseo…
─No, no puedo seguir cerca de esa elfa –empujó a Legolas dispuesta a montar su caballo.
Tauriel se limpió sus ojos nublados por la ira; se sentía impotente por no poder hacer nada para defender a su padre. A punto de montar escuchó cómo alguien se acercaba corriendo hacia donde estaba.
─Te pido una disculpa –Lúthien tomó el cuello de la yegua de Tauriel para evitar que esta se marchara─, nunca fue mi intención humillar a tu familia. Sé que no era momento ni lugar para que Annatar arreglara ese problema; pero no puedes culparlo por vencer limpiamente a tu padre…
─En primera, no había ningún problema que arreglar –saltó de su caballo encarando a la princesa─; segundo, ese elfo es un tramposo; no sabe usar una espada y se engalana con los golpes bajos que da…
─¡¿Golpes bajos?! –era la primea vez que Legolas veía que su hermana se exaltaba; la princesa se tomó de un costado frunciendo el ceño─ ¿Goles bajos? Golpes bajos los de tu padre; Annatar es mucho mejor guerrero, más de lo que tu padre puede aspirar algún día –se mofó enojada.
Lúthien comenzó a sentir como cada vez sus cotillas se comprimían más y más; ella sabía perfectamente que las perlas no le permitían enojarse… pero jamás permitiría que insultaran a su hermano; por él sería capaz de soportar cualquier tortura.
─Mi padre era un gran capitán –respiró profundamente tratando de controlar su ira, pues si no se tomaba un respiro posiblemente la princesa terminaría con algún golpe─; hasta que tú y tus malditos guardias llegaron –una lágrima de frustración se escapó de sus ojos verdes─ ¿Qué le contaste al rey?... puras mentiras…
─Tauriel, tranquilízate por favor –trató de intervenir el príncipe.
─¿Qué fue lo que le contaste al rey? –insistió con la mirada clavada en Lúthien que estaba inmóvil con la vista clavada en el piso.
─Eso ya no importa –Legolas luchaba por quitar la hostilidad al lugar; tomó a Tauriel por los hombros pero ésta se resistía a moverse del lugar.
─Claro que importa, Legolas –quitó bruscamente las manos del príncipe de sus hombros─. No sé qué le contó al rey; pero por su culpa ahora mi padre no puede aspirar a ningún cargo elevado en el ejército, solo será un soldado más; perdió la confianza del rey.
─Ella no tuvo la culpa –trató de calmar a su amiga pero le fue imposible.
Rendido sin poder tranquilizar a la pelirroja dirigió sus pasos a su hermana que parecía muy afectada y ahora guardaba silencio. A un metro de ella notó cómo una diminuta lágrima corría por sus mejillas, su semblante pálido demostraba sus heridas internas; sin perder tiempo corrió hacia ella, tomó su cara tratando de enderezar su postura pero ésta se resistía a moverse.
─Lúthien estás… fría –de inmediato la preocupación embargó a Legolas; pues un elfo, sin importar las condiciones, pocas veces bajaba su temperatura corporal, a menos que estuviera muy enfermo o gravemente herido.
─¡Exacto! –Exclamó Tauriel con ira─; mi padre lo descubrió y Annatar lo atacó sin más. Tan sólo por decir que estaba fría…
─Él sólo me defendió de las agresiones del capitán –dijo Lúthien con mucho esfuerzo, aún seguía enojada.
Sus piernas comenzaron a perder fuerza cayendo de rodillas al suelo; Legolas la tomó entre sus brazos sin saber qué hacer, comenzó a gritar a los guardias. Trató de ayudarla a levantarse pero su hermana sólo fruncía el ceño con cada movimiento.
Por su parte la Silvana solo observaba la escena convencida que sólo fingía para poder ganar aquella conversación. No había otra explicación, nadie se pone tan mal sin recibir un solo rasguño, así de fácil.
Pero a pesar de que esa idea también estaba en la cabeza del príncipe, le era imposible no preocuparse, de hecho esa idea lo perturbaba mucho. Rápidamente llegaron los guardias con las espadas en alto, listos para atacar; pero su sorpresa fue grande al ver a la princesa casi inconsciente en los brazos del príncipe.
Sin perder tiempo llamaron a los caballos que acudieron presurosos ante el silbido de sus amos. A gran velocidad montaron su caballo, Lenwë le había dicho al príncipe que él se llevaría a la princesa, pero cuando llegó la hora de moverla, con la poca energía que tenía, se aferró a la casaca de su hermano.
Preocupados y con los nervios al máximo, ayudaron a acomodar a la princesa en el equino de Legolas. Todos comenzaron a trotar a gran velocidad; Tauriel que aún seguía atónita sin comprender nada siguió a los demás.
Mientras cabalgaban, Legolas sentía cómo Lúthien soltaba aire adolorida con cada salto del caballo. Le hablaba al oído pero cada vez su conciencia la abandonaba, hasta que quedó totalmente inconsciente, sostenida únicamente por los brazos de su hermano.
Uno de los guardias apretó el paso para avisar a un sanador. A gran velocidad llegó el pequeño séquito de soldados, las puertas las encontraron abiertas. Casi al instante, Tathar –que de los tres fue el que más se encariñó con la princesa─ saltó de su caballo y tomó a Lúthien en sus brazos. Corrió a gran velocidad por todo el castillo hasta llegar a su habitación donde tres sanadores la esperaban, la recostó con delicadeza en la cama y salió con una gran pena de la alcoba.
Legolas llegó detrás de Tathar y desde la puerta observó cómo los tres curanderos la examinaban buscando el daño. Se recargó en el marco de la puerta sin fuerzas y con la preocupación marcada en cada fibra de su cuerpo. Con temor, observó cómo al quitarle la camisa a su hermanita, en todo su costado estaba morado y sus costillas parecían quebradas.
Todo eso era demasiado para él; una lágrima de desesperación cayó por su mejilla y enseguida otras más lo acompañaron. No estaba acostumbrado a ver heridas y mucho menos unas tan graves. Cerró la puerta, no soportaría seguir observando aquella escena.
Recargó todo su peso en la pared; sentía que en cualquier momento sus fuerzas le fallarían y lentamente su espalda se fue resbalando por el muro, ocultó su cara entre sus rodillas.
Escuchó a lo lejos pasos que se acercaban y unos muy conocidos; a los pocos segundos la figura de su padre apareció por el pasillo, con el rostro serio y caminando a velocidad. Thranduil observó momentáneamente a su hijo y después ingresó a la habitación.
Definitivamente el rey no se esperaba ver a Lúthien de aquella forma, a simple vista tenía tres costillas fracturadas, un gran hematoma en la caja torácica, todo su costado derecho completamente morado y en el estómago se podían ver diversos moretones como si la hubieran pateado constantemente.
Incertidumbre, preocupación y miedo se reflejaron en su hermoso rostro; temía por la vida de su… hija. Quienes la atacaron seguramente no fue solo a ella... Legolas; estaba a un lado de la entrada con la mirada entristecida. Él también tenía que estar mal.
Haciendo un gran esfuerzo controló sus emociones y salió al encuentro de su hijo.
─Legolas –llamó en voz baja a su hijo, el joven centró la mira en su padre─, ¿te encuentras bien? –el príncipe sólo asintió.
Thranduil lo escudriñó con la mirada pero de inmediato adivinó que su dolor no era físico sino emocional. Extendió su mano para ayudar a que su hijo se pusiera en pie. Con gran pesar, Legolas tomó la mano de su padre. Sus ojos le interrogaban si su hermana estaría bien.
─Dime, ¿qué fue lo que paso? –cuestionó con serenidad, tenía que demostrar tranquilidad o si no su hijo se preocuparía aún más.
─No… no lo sé –su voz se le entrecortaba y bajó su mirada apenado; Thranduil sólo lo veía penetrantemente sin comprender sus palabras─. Estábamos platicando –continuó─, después ella y Tauriel comenzaron a discutir… ambas estaban muy enojadas… ─cada palabra se atoraba en su garganta.
De inmediato el rey comprendió por qué estaba así: tenía vetado enojarse y de hacerlo sería torturada internamente. Abrazó a su hijo tratando de consolarlo; él sabía por qué Lúthien estaba tan lastimada pero de ninguna manera podía contarle la verdadera razón a su pequeño.
─Ella estará bien –lo consoló mientras acariciaba su cabello─. Tranquilo, no le pasará nada…
Su frase quedó en el aire, pues se escuchó con claridad cómo un elfo corría velozmente por las escaleras. Apenas llegó al pasillo, centró su atención en la familia real y sin perder tiempo corrió hacia ellos seguido de otro elfo.
─¿Dónde está la princesa? –cuestionó sin aliento; el rey con un movimiento de cabeza señalo la puerta.
El elfo se disponía a entrar, pero se quedó clavado en la entra sin atreverse a mover el picaporte. Con gran duda colocó su mano sobre la puerta, con sus ojos clavados en el suelo. Apenas una grieta se dejó ver y…
Hîr nîn*— Mi señor
Hannon le*— Muchas gracias
Tesarë*— Sauce
Menelmacar*— «Espadachín del Cielo», la constelación de Orión
Aranel*— Princesa
Astaldo män ril rant cú olas leg*— Astaldo bendiga e ilumine el curso del arco de Hoja Verde.
Astaldo— también conocido como Tulkas, valar de la guerra
Notas de autor: Ya se es muy cruel de mi parte dejarlos así, pero el capitulo se extendió más de lo que esperaba...
Dejen sus comentarios y sugerencias; si quieren también amenazas de muerte que bien merecidas las tengo...
