Capítulo 11: Susurros de Media Noche

El elfo se disponía a entrar, pero se quedó clavado en la entrada sin atreverse a mover el picaporte. Con gran duda, colocó su mano sobre la puerta, con sus ojos clavados en el suelo. Apenas una grieta se dejó ver, inhaló profundamente y lleno de temor lentamente se fue introduciendo en la habitación sin atreverse a alzar la vista.

Sus ojos verdes cual bosque en una noche estrellada se nublaron al contemplar a su dulce hermana postrada en una cama. Sintió cómo sus pulmones se quedaban sin aire y su cuerpo cada vez pesaba más obligándolo a recargarse en la puerta.

Una sola lágrima brotó de sus ojos, absorbida por el paño que estaba condenado a usar. Annatar era un gran guerrero, temerario y calculador, pocas veces se contaba que lo habían desarmado o que caía preso del temor; sus acciones demostraban valor y veía la luz en los lugares más obscuros…

Pero su hermana, su hermanita siempre ha sido su debilidad; con una sonrisa podía desarmarlo, sólo hacía falta que sus ojos se clavaran en él para que estuviera hechizado y sus movimientos fueron los deseados por ella. No temía al enemigo; pero ver que los luceros de su querida Lúthien derramaran lágrimas lo corrompían, podían volverlo loco… en ese momento sentía miedo de perderla, de ya no poder decirle cuánto la amaba.

Cómo extrañaba cantarle por las noches hasta que cayera rendida por el sueño, o abrazarla a las orillas de la costa mientras la brisa de las olas empapaba sus rostros… la vida no es como se quiere, esas perlas lo estaban matando lentamente porque lo alejaban de ella.

Posó su mirada en Lúthien buscando en vano sus ojos, en lugar de ello vio cómo uno de los sanadores acomodaba una costilla y la metía con fuerza en su lugar, cerró los ojos pues todo lo que le hacían él lo sentía, podría jurar que alguien movía sus huesos y los acomodaba a su antojo; su carne machacada y la sangre coagulada bajo su piel, el gran trabajo que hacían sus pulmones para recibir aire.

Pensó que esa sería su tortura por demostrar sentimientos —lo cual tenía vetado—, pero ese dolor no era propio; siempre fueron muy perceptivos los dos y sentían el sufrimiento de su gemelo, lo que el sentía era el sufrimiento de su hermana; algo psicológico.

Salió del lugar con su porte de guerrero inquebrantable, tenía que encontrar al culpable y éste se lo pagaría con creces, fue muy claro en la evaluación de capitanes y por nada del mundo fallaría a su promesa.

—Annatar —le llamó el rey cuando pasó a su lado—, a mi estudio —ordenó con seriedad; al príncipe aún se le veía muy consternado.

El hijo de Ernetor asintió no de buena gana y con una leve reverencia esperó a que el rey caminara por delante. Esos pasillos ya eran muy conocidos y el recorrido demasiado familiar.

El recorrido fue silencioso pero lleno de tensión; en pocos minutos ya estaban en el despacho de Thranduil. Annatar cerró la puerta tras de él, bajó algunos escalones y de inmediato se puso en posición de descanso esperando alguna orden de su señor.

—No la atacaron —dijo adivinando los pensamiento de Annatar—; hubo un confortamiento verbal que provocó su ira —explicó, conservando la seriedad; el príncipe de Gildîn solo asentía con la respiración—. Siéntate —llenó su copa de vino.

Hîr nîn*, la frontera norte está libre de arañas —explicó con formalidad ignorando por un momento su sufrimiento cumpliendo con su deber—; había más de un nido, me temo que los demás están en los lindes del reino. Por el momento no presentan mayor amenaza; pero nada impide que esas criaturas se expandan al bosque. Algunas huyeron al noroeste y otras se fueron más al norte. No hubo muertes, solo dos heridos pero nada grave; estarán en pie a lo sumo en dos días.

Thranduil no daba crédito a cómo aquel soldado era capaz de ver por los demás sin demostrar su sufrimiento por un ser querido; además de dar informes tan precisos, siendo el trabajo de Barahir; como teniente sólo debía dar notificación de los daños a la cuadrilla.

Notó que a pesar de que ambas perlas estaban blancas no se había descubierto el rostro; aun llevaba el uniforme del ejército lleno de telarañas y sucio por el trabajo duro.

—Mañana a primera hora manda a una cuadrilla a investigar; no más de tres soldados —tomó un poco de vino y en ese momento el hijo de Ernetor descubrió su rostro dando entender a Thranduil que ahora tenían que hablar de temas más personales.

Aranya*, ¿cuántas perlas cambiaron en mi ausencia? —su semblante continuaba apacible pero sus ojos demostraban abatimiento y cansancio.

—Tres: azul, rosa y amarillo —cruzó sus manos en la orilla de la mesa—; todas hoy a medio día. Por eso no sufriste consecuencias en cuanto viste a… Lúthien.

—Por supuesto —susurró por lo bajo—. ¿Hay alguna festividad cercana? —por primera vez Thranduil vio una tenue sonrisa en Annatar, tan pequeña que parecía no saber cómo mostrarse.

—En dos días es la cena de capitanes —más que afirmación el rey cuestionaba al elfo por su pregunta.

—Mi señor; las perlas solo reaccionan cuando es necesario —explicó con un poco de alegría en la voz—; en esta ocasión puedo demostrar mis sentimientos, cantar, bailar… puedo ser un elfo otra vez —el príncipe no lo podía creer y su felicidad se demostraba en el semblante que el rey solo conocía por serio.

En ese momento se percató que el elfo que tenía enfrente era tan alegre como su hermana. Durante algunos días se había preguntado el por qué no desobedecían el veto, pero hoy se dio cuenta que hasta la más mínima falta a las reglas los dejaría en una cama.

—Annatar, vete a descansar —el joven asintió—; tu hermana es tratada adecuadamente, mañana podrás verla —pronunció sabiendo cuáles serían los deseos del príncipe.

El joven hizo una reverencia y se retiró; el rey alcanzó a escuchar como Annatar estrujaba con fuerza a un soldado que los esperaba cerca del estudio, adivinando que se trataba de Joshufel.

Apenas comenzaba a ocultarse el sol; el rey no sabía por qué el hablar con Annatar le había hecho olvidar lo conmocionado que estaba cuando salió de la habitación de Lúthien… ahora que lo recordaba, no sabía cuál era el veredicto de los sanadores. Con un poco de preocupación se dirigió a la habitación de la princesa donde estaba seguro encontraría a Legolas.

Antes de llegar al aposento de Lúthien entró al suyo; se lavó a cara y dejó su corona y capa en su lugar. Había tenido un día pesado, la reunión de consejo sólo lo preocupaba más; se rumoraba del mal creciente en el oeste y de las repercusiones que tendría; además de la afirmación de la construcción de una fortaleza al norte de sus tierras, que de manera increíble no se habían percatado hasta ahora que ya estaba prácticamente terminada.

Con su mente despejada salió de su habitación para ir directo a la de la princesa. Abrió la puerta y vio a su hijo sentado en el sofá vigilando con detalle todo lo que los sanadores hacían. Apenas y depararon en su presencia; tomó asiento junto a su hijo que ya se le notaba más calmado.

Hîr nîn* —habló uno de los sanadores—; afortunadamente las costillas no perforaron los pulmones, fue un golpe demasiado fuerte. Dormirá toda la noche, le hemos suministrado un analgésico para neutralizar el dolor, ahora solo necesita reposo absoluto y en unas semanas estará completamente curada.

El rey solo asintió y casi al instante los tres salieron del lugar. Todo el cuarto olía a menta y a hierbas molidas y machacadas; un aire demasiado fresco y tranquilizador.

Legolas miró a su padre que parecía no estar afectado en absoluto por lo sucedido; sabía que sería difícil impresionarlo pero no imaginaba que fuera tan insensible.

—¿Ada*? —cuestionó el príncipe en voz baja.

—¿Sí? —Thranduil vio directamente a los ojos de su hijo.

—Tauriel dijo que Falathar había descubierto que Lúthien se ponía fría con facilidad —aunque su cara no lo demostró, los ojos azules del rey enseñaron su asombro y lo desprevenido que lo tenía aquella afirmación—. Por eso el padre de Tauriel la ofendió…

—Legolas, son cosas que no podemos afirmar —interrumpió con seguridad en la voz pero no en sus pensamientos—; solo los implicados saben la verdad de lo sucedido; tú y yo sabemos que las marcas que tenía en las muñecas no eran tan recientes.

No muy convencido el príncipe asintió. Dos horas después, Thranduil ordenó al príncipe que se machara a descansar, no podían hacer nada por el momento y lo mejor era dejarla tranquila. Legolas insistió en velar su sueño, pero su cuerpo no soportaría la larga noche, su prueba fue complicada y sus fuerzas estaban menguadas. En un intento por convencer a su hijo, el rey le prometió velar el sueño de Lúthien por unas horas más.

—Dulces sueños, Lithgurth —susurró Legolas en el oído de su hermana antes de salir del lugar, dejándola a solas con su padre.

Durante unos minutos, Thranduil clavó su vista en algún punto de la pared; se levantó y apagó algunas velas para bajar la iluminación del lugar. Sin darse cuenta, evitaba ver la cama donde la princesa estaba postrada; salió al balcón para observar el cielo nocturno.

Una suave brisa chocó contra su rostro anticipando la llegada de la lluvia; subió su mirada al firmamento y con gran devoción observó la estrella que Luinil le había dejado.

Cuántos siglos habían pasado desde su muerte y aún se resignaba a su partida; una gota chocó contra su frente, decidió meterse pues la lluvia le traía tantos recuerdos tristes y otros tantos con su amada esposa.

Cerró la puerta del balcón y al girarse se topó con la cama de la princesa; sin darse cuenta una lágrima silenciosa cayó por sus mejillas. Con lentitud y paso desidioso se fue acercando al lecho. Pasó su mirada por la figura de la delgada elfa sin perder detalle de nada, pero sus ojos se detuvieron en su rostro. Era tan hermosa, con sus delgados labios y las mejillas apenas sonrojadas; aquellas pestañas kilométricas y sus finas facciones; la pequeña nariz que tenía y sus pómulos definidos; el cabello dorado adornaba su cabeza con gracia. La habían dejado en perfecta posición y nada parecía desencajar.

Thranduil no sabía por qué aún no dejaba de observarla y más lagrimas corrieron por sus mejillas; verla ahí acostada sin moverse como si estuviera… muerta, le traía tan dolorosos recuerdos y su figura pasó de ser angelical a ser una amarga visión.

Ante sus ojos aquel cuerpo ya no tenía vida; su piel completamente pálida, sus labios sin su sonrisa tan característica y aquellos ojos cerrados evitando ver el brillo de las estrellas.

Apretó con fuerza sus ojos. ¿Por qué había hecho aquello?, en cuanto los abrió se encontró con su Luinil sin vida… era ella, sus labios que tanta felicidad le dieron, su cabello castaño tan lacio y con el olor a flores de primavera. Su mente le jugaba un mal momento; pero todo era tan real que no podía ser una alucinación.

Tomó entre sus manos la delgada mano de Luinil y comenzó a besarla tratando de despertarla inútilmente. Comenzó a derramar lágrimas que rápidamente empaparon la mano de su esposa…

Se sobresaltó al escuchar un trueno; se incorporó en el sillón sintiendo sus mejillas humedecidas, todo había sido un sueño. Se levantó del sofá rumbo a la puerta, paró en seco frente a esta y se volvió a la joven que dormía en aquella cama, pero de inmediato regresó a su antigua posición y salió por completo del lugar susurrando por lo bajo: "buenas noches".

En su habitación sólo se limitó a quitarse la ropa y ponerse su pijama; pero aquel sueño lo inquietaba; él había visto a aquella niña hermosa, pero sus ojos no la vieron con cariño paternal… no, solo se estaba encariñando con ella, porque lo que en verdad le dolía fue ver de nuevo a su esposa postrada sin vida en una cama; su mente recreó aquella dolorosa escena.

Eliminó todo aquello de su cabeza y se dispuso a descansar; se metió entre las sábanas y con la mirada clavada en el techo dejó que Irmo lo llevara a sus dominios.

Sintió cómo su corazón se oprimía y latía a mayor velocidad; mandó las sabanas a un lado y se sentó en la cama; no tenía mucho tiempo que se había dormido, a lo mucho dos horas, pues la luna estaba en su punto más alto. Respiró profundamente, pero aquel malestar no se iba.

No era dolor físico, sentía una extraña presencia; algo se movía perturbando la paz, el aire era pesado y una extraña sensación se sentía en el ambiente. Todo estaba sumergido en un profundo silencio, pero no era uno de los que traen tranquilidad; al contrario, se sentía inseguro e indefenso.

Poco a poco esa sensación fue aumentando y sentía que le faltaba el aire. Conocía aquella sensación; era la misma que sufrió en la batalla de la última alianza y cuando su esposa dio a luz: tenía miedo.

¿Pero a qué?, no podía explicar cómo su sangre se paralizaba y sentía una presencia gélida en su habitación; la frialdad penetraba en sus huesos, su corazón latía cada vez con mayor fuerza.

Algo en su interior, algo lo obligaba a salir de sus aposentos; siguió su presentimiento, en el pasillo no se explicó cómo pero sus pies lo condujeron a las habitaciones contiguas, deteniéndose en la de Lúthien.

Con el corazón oprimido abrió la puerta; sus ojos se abrieron grandemente. Annatar estaba de rodillas a un lado de la cama de su hermana y la movía por los hombros. Se acercó con lentitud a la escena.

—Despierta, por favor —rogó Annatar a punto de que las lágrimas cayeran—; Lúthien, ¡despierta! —la movió con mayor fuerza mientras besaba su mano.

Estaba más pálida de lo normal y su cuerpo caía sin ofrecer ninguna resistencia ante los movimientos de su hermano.

Aurë fëar nîn —el príncipe de Gildîn comenzó a sollozar en silencio—; cuivië in mir nim. Elen ril dú; in tindómë —más lagrimas caían como ríos por sus mejillas—. ¡Cuivië! estel gwaith dîn… Lúthien, gi melin; ar kel…*

Con gran pesar, Thranduil llegó junto a Annatar sin saber qué hacer; sin darse cuenta el gran rey elfo comenzó a derramar pequeñas gotas de agua por sus ojos zafiros. ¿Qué sucedió…?

—Vuelve a la luz —rogaba entre jadeos el hijo de Ernetor—, no caigas en las sombras…

Ante los ojos del rey, Lúthien comenzó a sangrar de su brazo; vio cómo se iba formando un rasguño, como si la estuvieran cortando con una espada, pero no había arma, solo aparecía. Annatar también lo observó, movió con mayor brusquedad a su hermana mientras la herida crecía.

Poco a poco el semblante de la princesa comenzó a fruncirse demostrando dolor y cada vez su piel palidecía más. Completamente petrificado, Thranduil observaba la escena, atónito sin saber qué hacer y con miedo corriendo por sus venas.

—¡Lúthien! —gritó el príncipe cerca de su rostro.

La princesa abrió los ojos con brusquedad y completamente perturbada, su respiración era agitada, casi al instante comenzó a llorar y Annatar la apoyó en su pecho acariciado su cabello.

Thranduil había notado que su opresión desapareció en cuanto Lúthien despertó, pero los ojos de la elfa no eran los mismos; parecían cubiertos por un velo gris.

—Annatar —lo llamaba la princesa como no creyendo que estuviera ahí, apretaba con fuerza la bata de su hermano.

El príncipe de Gildîn continuaba sollozando en silencio.

—¿Ada*? —Preguntó la princesa aun sumida en el pecho de su hermano— ¿Dónde está mi ada*?, quiero a mi ada*…

—Tranquila, ya todo ha pasado —la consolaba Annatar.

—¿Ada*? —continuaba preguntando embargada de tristeza.

—Llamaré a Nienna —fue lo único que atinó a decir el rey ante la mirada inquisidora del príncipe.

—No… —las palabras del príncipe quedaron en el aire.

—¡¿Adar*?! —Lúthien se despegó de su hermano y centró su atención en Thranduil que acababa de dar media vuelta—. No te vayas —rogó entre lágrimas; el rey totalmente desconcertado se giró lentamente—; ¿Por qué has tardado tanto?

Los ojos de Lúthien continuaban con aquel velo gris, hizo un mohín para levantarse de la cama pero el dolor en las cotillas se lo impidió; Thranduil sin perder tiempo se acercó a su ayuda, pues Annatar se había quedado plantado en el suelo sin mover un solo musculo.

—Él está… aquí —lloraba en el hombro de Thranduil—; el bosque… —no pudo continuar porque sus lágrimas no se lo permitieron.

El rey sin decir nada con los ojos muy abiertos y con movimientos mecánicos la acomodó en la cama. La pequeña elfa no dejaba de llorar y él no se atrevió a despegarla de su regazo.

Sintiendo su piel fría y cómo su cuerpo temblaba, si por el frio o el miedo no lo pudo descifrar; por instinto la apretó más en sus brazos brindándole su calor, acomodó las sábanas de forma que los cubrieran a ambos. Con una mano comenzó a frotar sus brazos y con la otra se atrevió a acariciar su cabello; la elfa se sobresaltó pero lo aceptó acercándose más al cuerpo del rey.

Annatar observó atónito cómo en la mirada del rey se podía leer cierta ternura con su hermana; jamás imaginó que ese elfo fuera capaz de demostrar ese sentimiento. Poco a poco, el llanto de Lúthien se transformó en sollozos y esos a su vez fueron desapareciendo hasta quedar completamente dormida.

Ya habían pasado varios minutos de que la princesa navegara con Irmo y aun Thranduil no se atrevía a soltarla, continuaba acariciando su rostro y brindando calor a su cuerpo.

Ninguno de los dos elfos mencionaban palabra; sus miradas estaban perdidas en algún punto, como presos de un trance. De la nada Thranduil se levantó dejando con cuidado la cabeza de Lúthien en las almohadas; Annatar se acercó a su hermana, e hincado en el piso comenzó a peinar sus caireles de oro.

—No es la primera vez que sucede —explicó Annatar sin despegar la vista de su hermana, adivinando la pregunta que Thranduil hacía corporalmente parado a unos metros de la cama—. Tenía la esperanza de que no volviera a pasar…

Besó la mejilla de su hermana dejando caer sobre su rostro su última lágrima. Con la cabeza le indicó al rey que tomara asiento.

—Ambos tenemos una maldición de nacimiento —continuó mientras seguía de rodillas—; mi crecimiento es más rápido de lo normal; pero ella… es torturada por sus sueños —los ojos de Thranduil se abrieron muy grandes sin comprender nada—; desde pequeña tiene pesadillas, donde Sauron manipula su mente a su antojo. Nadie sabe exactamente lo que le muestra, pero si no es despertada a tiempo su cuerpo empieza a recibir cortes.

«Sé que mi padre le mencionó en la carta que ella tenía problemas; esto es a lo que se refería. No hay un tiempo delimitado, solo suceden; a veces pasan las décadas sin que sea molestada; pero hubo un tiempo que todas las noches era torturada —acarició la mejilla de Lúthien.

«La primera vez que sucedió apenas tenía la apariencia de una niña de cinco años ─continuó explicando─. Todo sucede en silencio, pero en el aire se siente un poder maligno que te oprime el corazón y te hiela la sangre. No todos lo perciben, en Gildîn solo mi madre y yo… para los demás todo es silencio.

Nos pasó lo mismo que a usted: la encontramos sin moverse y con la piel pálida, prácticamente muerta; pero después comenzaron a parecer las cortadas y poco a poco comenzó a gritar de dolor.

Comenzamos a moverla hasta lograr despertarla; por los gritos llegaron varios guardias y mi padre —suspiró apesadumbrado—; Lúthien lloraba sin consuelo, pero sus ojos estaban nublados. Temblaba completamente y no podía decir palabra alguna… las curanderas comenzaron a atenderla, pero se negaba a separarse de mi madre y de mí. Paso la mirada por todos los presentes, reconociéndolos y haciendo la misma pregunta: "¿dónde está mi ada*?"…

Siempre ha hecho esa pregunta y fue quizá a partir de ese momento que mi padre dejó de demostrar el poco cariño que le tenía… Cuando los ojos llorosos de mi hermana llegaron hasta donde estaba él, preguntó por su padre.

Apear que mi padre la abrazó y le dijo que estaría con ella; Lúthien lo llamó por su nombre y pidió que trajera a su padre… ella reconoce a todos; pero siempre que está en ese estado, nunca ha reconocido al rey como su padre.

Ella no sabe eso; jamás recuerda lo que sucede después de la pesadilla y nosotros no quisimos decirle que negó que mi padre era el suyo…

Durante años vivimos con la incertidumbre y cuando le preguntamos cómo era… ahora comprendo que lo describía a usted. No me había dado cuenta de eso hasta hace unos momentos… por eso llegó aquí.»

Hîr nîn*, desde la primera noche que estuvimos aquí —Annatar se reincorporó y caminó al sillón donde estaba el rey—, yo supe que sólo aquí Lúthien encontraría la felicidad —su semblante cambió a ser un poco sombrío—. Llegará el día en el cual yo no pueda socorrerla; ya sea por las perlas o por alguna misión, no estaré para despertarla. Por eso le suplico que usted venga en su auxilio. Hoy se calmó más rápido, pero solo hasta que la abrazó.

—No es necesario que lo pidas —contestó con gravedad— le prometí que la cuidaría y eso haré.


Hîr nîn*— Mi señor

Aranya*— Mi rey

Ada*— Papá

Aurë fëar nîn; cuivië in mir nim. Elen ril dú; in tindómë. ¡Cuivië! estel gwaith dîn. Lúthien gi melin, ar kel…Luz de mi alma; despierta mi joya blanca. Estrella que ilumina mis noches; mi crepúsculo estrellado. ¡Despierta! Esperanza del pueblo silencioso… Lúthien, te amo; quédate conmigo.