Capítulo 12: Peregrino Gris

Un mes; en un mes dos elfos llegaron a su vida cambiándola radicalmente; ¿en qué momento sucedió? Ni cuenta se dio y ya los tenía en su palacio.

Uno un gran guerrero: fiero, aguerrido, suspicaz, valiente, honorable, ágil, veloz cual viento y silencioso como hojas que caen al suelo. Mejor soldado no se podía pedir… Sin embargo poseía su espíritu que era como un río adornando hermosos prados; alegre y protector con sus seres queridos, dulce con la luz de sus ojos y terco al defender a su princesa.

Y la elfa…; esa elfa lo comenzaba a enloquecer; cuántos secretos tenía guardados y estaba seguro que aun existían enigmas por resolver. Tan hermosa a los ojos de cualquiera, alegre, frágil, delicada, soñadora, inteligente y sin mencionar que poseía dones que simplemente te obligaban a amarla… pero ¿de qué forma?, desde su llegada el recuerdo de su esposa estaba presente en cada rincón del castillo.

Dos mellizos que vinieron a cambiar su vida, imponiendo condiciones que aceptó sin más. Pero a pesar de todo, Thranduil ya no puede imaginar su vida sin los príncipes de Gildîn.

Apartó su vista del crepúsculo matutino quitando sus manos de la barandilla; se introdujo en su habitación y de inmediato partió a la de… su hija. Aún le costaba tratarla como tal; la pasada noche por primera vez, aquella pequeña de mirada de cielo lo llamó padre, pero estaba sumergida bajo un encanto… ¿Qué tanto recordaría ahora?

Tomó el picaporte implantándose en los aposentos de Lúthien; con los pocos rayos de sol se veía cómo cada cosa estaba en su lugar; algunos libros en el escritorio que presumían de ya haber sido leídos, los sofás perfectamente acomodados y su cama apenas arrugada.

Cerró la puerta tras de sí y con paso silencioso lleno de aquella elegancia que lo caracterizaba, se fue acercando al lecho de la joven elfa que dormía tan apaciblemente. Con su mano fue recorriendo la orilla de la cama recordando todo lo sucedido la noche anterior; apenas y se oía la tranquila respiración de Lúthien. Se sentó en la silla que estaba cerca de cama, la cual seguramente había colocado Annatar para velar su sueño después de que él se marchara.

Observó durante unos minutos el dulce rostro de la princesa sin atreverse a tocarla; un rayo iluminó su cara resaltando cada uno de sus rasgos. En ese momento deseaba que aquella elfa lo llamara padre como la vigilia pasada; con ese cariño, combinado con tristeza y desesperación… quería volver a abrazarla y consolarla en su hombro mientras con sus manos dibujaba cada uno de sus cabellos y calentaba el frío cuerpo de la joven.

Deseaba sentirse necesitado y que sólo él tuviera el poder de alejar la penumbra que la aquejaba. Embargado por aquel sentimiento que sólo un padre puede experimentar al ver el sueño de sus hijos, acarició su tibio rostro quitando unos cabellos que estaban fuera de lugar.

Con la gracia de los elfos Lúthien estiró apenas perceptiblemente sus músculos mientras una sonrisa comenzaba a aparecer.

─Buenos días, hîr nîn* ─su sonrisa desapareció dando paso a una mueca de dolor; Thranduil ante su saludo no pudo evitar desilusionarse al ser tratado con aquel respeto.

─Buenos días –susurró mientras la sujetaba con delicadeza por los hombros para obligarla a acostarse─; necesitas reposo –Lúthien percibió cierta ternura en sus palabras.

Tenía tiempo que no veía a ese rey tierno por el cual aceptó ser la princesa del Bosque Negro. No llevaba corona, ni capa con largo caudal o anillos en los dedos; solo una túnica avellana hasta las rodillas, pantalón café obscuro y botas de cuero café; su cabello completamente suelto. Y en sus ojos pudo ver tristeza, preocupación, ¿temor?, incertidumbre, decepción y calidez.

Le parecía increíble cómo un ser era capaz de sentir tantas cosas a la vez, pero no demostrar nada… solo sus ojos lo delataban.

─Me diste un gran susto en la tarde ─la elfa trató de decir algo pero la sonrisa ladeada del rey la detuvo─; ya Legolas me ha contado lo sucedido.

─No era mi intención enojarme –se acomodó sobre la cabecera─ y mucho menos decir esas cosas de su padre...

─No tienes por qué pedir disculpas por eso –le extendió el vaso con agua a la princesa, pues notó que sus labios estaban ligeramente secos─; pero tenemos que idear alguna excusa que no levante sospechas.

─Será un poco complicado –regresó el vaso a Thranduil para que lo colocara en la mesita de noche─; tanto Tauriel como Legolas fueron testigos que ocurrió de la nada…

─Ya había pensado en eso –una pizca de alegría se vio en sus ojos─; dirás que te lastimaste cuando el elfito te cayó encima…

─¡¿Ya se ha enterado de eso?! –sus ojos se abrieron grandes.

─Por supuesto –acomodó su postura─ soy el rey, me entero de todo lo que pasa en mi reino.

Lúthien mostró una gran sonrisa, le encantaba ver cómo juguetonamente Thranduil se enaltecía y ver su rostro con una sonrisa también la alegraba a ella.

─Pero pensaste que el dolor que sentías solo era momentáneo –continuó con su elaborado pretexto─, por eso no te habías quejado, hasta que después de cabalgar y caminar un poco sentías cómo te faltaba la respiración –término con un aire de que no era nada complicado.

Aranya*, me sorprende –sus ojos estaban grandes y redondos─; jamás se me hubiera ocurrido algo igual.

─Te prometí que te cuidaría –tomó una de sus manos─; yo solo cumplo con mi palabra.

─Muchas gracias… mi señor –dudó por unos momentos, aun no sabía cómo dirigirse a él.

─Annatar –soltó la mano de la princesa y se acomodó en la silla─ no debe de tardar en venir…

─¡¿Llegó ayer?! –El rey asintió con la cabeza─; entonces fue real –susurró─… él…

─Estuvo contigo en la noche –término la frase de Lúthien afirmando lo que ella presentía.

La pequeña elfa bajó la mirada con el temor marcado en los ojos; había recordado por completo aquel sueño y tenía muy vagos recuerdos de lo sucedido después. Pero estaba segura que no solo estuvo Annatar… ¡El rey! Y se lo había confirmado con esa última frase, ¿de qué otra forma podría saber de la presencia de su hermano?

Solo a él podía pertenecerle aquella fragancia que estaba impregnada en su ropa. Se había percatado de aquel agradable aroma, pero pensó que eran los ungüentos utilizados por los sanadores.

Se había esforzado en ocultar aquella faceta de ella; sabía perfectamente que en aquel estado decía cosas incoherentes, incluso podía llegar a insultar a las personas o lastimarlas emocionalmente… ¿Qué le había dicho, como para que ahora se presentara un elfo sensible? Seguramente nada bueno; siempre era así. Cada vez que lastimaba a alguien, al día siguiente eran mucho más atentos.

─¿Usted –levantó su vista con dificultad─… usted estuvo…?

─Sí –suspiró con pesadez─, yo también estaba aquí.

─¡Oh, por favor –sus ojos demostraban preocupación─, perdóneme!, retiro mis palabras… y─yo… ─Thranduil abrió muy grandes su ojos, eso era increíble ¿en serio le estaba pidiendo disculpas?

─No tienes por qué disculparte –la tomó por los hombros y con su mano la obligó a verlo a los ojos─; ¿recuerdas lo que pasó? –Lúthien negó con la cabeza y comenzó a derramar lágrimas pensando que lo había ofendido grandemente.

─¿Qué fue lo que le dije? –cuestionó temiéndose lo peor al ver que el rey no dijo nada con su negativa.

El silencio de Thranduil solo la afectaba más; debió de haber cometido una gran falta como para dejarlo atónito con su comportamiento.

─¿Qué fue lo que dije? –insistió con las mejillas empapadas.

─Me llamaste… ada* ─no sabía si era buena idea pero al verla así no se podía negar; Lúthien calmó sus sollozos completamente sorprendida, se había imaginado de todo pero menos eso.

─No… yo –no sabía qué decir─; no sé por qué lo dije…

─Yo sí –tomó sus manos entre las suyas─. Soñaste conmigo… y yo soñé contigo; hace algunos siglos. Quizá no tengamos lazos de sangre, pero te he escogido para que seas parte de mi familia… para que seas mi hija.

El gran rey elfo respiró profundamente, pues sabía que la pequeña elfa no lograba comprender ninguna de sus palabras, podía leerlo en esos hermosos ojos grises azulados.

─Hace siglos, cuando aún era príncipe –comenzó a hablar Thranduil─ tuve un sueño en el cual dos elfos me abrazaban y me llamaban ada*; varias veces se repitió aquello pero jamás pude ver los rostro o diferenciar bien las voces… cuando me casé se volvió más repetitivo, pero esta vez podía distinguir la voz de un varón y unos profundos ojos azules, pero la otra figura continuaba borrosa.

«Poco después me enteré que sería padre; creí que la otra figura se aclararía un poco después de que naciera Legolas… pero esa esperanza murió con –se le entrecortó la voz─… Supuse que los sueños acabarían ahí, pero dos siglos después soñé a una pequeña elfa sentada en el piso dándome la espalda. Tiempo después volví a soñar con esa linda figura, pero ahora era más grande.

«Hasta que una noche, esa misma elfa lloraba sin consuelo en la cama gritando por ayuda y llamando a su padre… yo trataba de ayudarla pero un muro invisible me impedía acercarme…

«Los sueños cada vez eran más lejanos; nunca logré verla bien, solo era un espíritu que irradiaba luz y dejaba ver algunas hebras de cabello rubio y brillante. Cada vez que me volvía a encontrar esa figura en mis sueños, era más grande; algunas veces corría entre los prados, se detenía en algún punto y observaba a su alrededor, incluso vi cuando blandía una espada… pero casi siempre la encontraba en una cama llorando…

«Jamás los había relacionado entre sí, es más, tenía años que no recordaba ninguno de ellos… Hasta ayer que Annatar me contó todo me di cuenta que ese destello siempre fuiste tú, nunca supe cómo era pero sus ojos eran idénticos a los tuyos.

«Y la voz con la que me gritaba, fue la misma con la que me llamaste esta noche…

─Mi niña –la elfa abrió muy grandes se ojos al escucharlo hablar de aquella forma tan suave y dulce─, desde el momento en el que te vi, me dejaste atónito y un sentimiento nació en mí… en cuestión de horas ya quería protegerte y que tú te sentirías segura a mi lado.

Lúthien no sabía cómo reaccionar, solo podía sentir cómo varias emociones se ahogaban en su ser: confusión, ilusión, añoranza… y sorpresa. Una nueva lágrima surcó su mejilla. No podía negar que sentir la calidez de las manos del rey la hacían sentir bien; siempre le habían gustado sus ojos tan azules y fríos que ahora lucían tan distintos; embargados en una profunda tristeza.

─Ayer sentí que te perdía –con el dorso de su mano secó las lágrimas de la pequeña─; pero descuida, ahora no tienes por qué llorar. ─Aunque fuera por un instante, Lúthien aseguró que había visto una tímida sonrisa asomarse tras los labios del rey.

Thranduil suspiró mientras bajaba la mirada meditando muy bien sus palabras. Era increíble lo fácil que la tenía la princesa para dejar al desnudo sus sentimientos.

─Lúthien –centró su mirada en ella, apretando las pequeñas manos de la elfa con fervor─, te haré la misma pregunta que te hice hace un mes: ¿quieres ser mi hija, la eterna luz que durante siglos ha iluminado mis noches de desvelo?

La calidez con la que pronunció aquellas palabras dejaron a la princesa sin habla; para la elfa ver a ese gran rey con vestimenta tan sencilla pero sin dejar de enaltecerlo y el aprecio que le profesaba… recordó cómo añoró sus brazos en su primer encuentro.

─¡Oh, ada*! –se lanzó a los brazos del elfo acunando su rostro en el cuello de aquel hermoso ser─. Cuánto has tardado…

Thranduil tardó unos segundos en reaccionar, pero de inmediato le devolvió aquel primer abrazo acariciando el cabello de su hija.

─No volverá a suceder –susurró en su oído─, te lo prometo, mi preciada joya blanca.

Ambos sonrieron y en cuanto el rey recordó las heridas de la princesa se separó recostando a la elfa en la cama.

Las puertas de la habitación se abrieron de par en par, dejando ver al príncipe seguido de una sirvienta con una bandeja de comida.

─¡Buenos días, Lithgurth! –Prácticamente gritó sacando una sonrisa de la princesa y un movimiento desaprobatorio del rey─ ¡Oh adar*! No te había visto –se ruborizó al instante; la elfa hizo una breve reverencia y se marchó.

─¿Legolas, cuándo aprenderás a comportarte? –el joven solo se encogió de hombros, pues no notó ni un poco de enojo en la voz de su padre.

─Buenos días, ada* ─saludó ignorando lo anterior─. Veo que ya estas mejor hermanita.

─Eso es gracias a ti, hermanito –sonrió─, siempre me cuidas mucho.

─No es para tanto, solo te ayudé a cabalgar…

─Y no me lastimé –como de costumbre pronto dejaban a Thranduil fuera de la conversación─; además, yo no fui quien quedó en segundo lugar.

─Pero yo no curé a un elfo –se cruzó de brazos dando a entender que había ganado la conversación.

─Sí, pero yo no recibí los aplausos de todo el reino, ¿o sí, majestad? –imitó a su hermano.

Los dos jóvenes comenzaron a retarse con la mirada demostrando que no se dejarían ganar; pronto Legolas comenzó a reír seguido de Lúthien.

─¿Ves?, tengo razón: mi hermanito "Hoja verde" es el mejor de todos –dijo con gran orgullo y alegría.

─Pero, yo tengo a la más hermosa elfa como hermana… ─no pudo terminar su frase pues se vio interrumpido por la elfa.

─Legolas, si hablamos de belleza tú…

─¡Ambos son hermosos! –Soltó el rey totalmente exasperado─, y muy talentosos –dijo recobrando la calma─. Me siento muy orgulloso de mis dos hijos –sonrió al par de elfos.

Por primera vez un ambiente de alegría se respiraba con semejante trío de rubios. Thranduil tenía un brillo en su mirar que Legolas no había visto jamás; el príncipe notó la cercanía que había estado inexistente entre su padre y su hermana; la princesa por fin se sentía más que aceptada en la familia, era como si siempre hubiera pertenecido a ese lugar.

─Bien, bajemos a desayunar –se dirigió a Legolas levantándose con gracia de su silla.

─Los acompaño –casi saltó de la cama la joven; los dos la vieron con gravedad─. Ya me siento mucho mejor –se apresuró a decir con un gran sonrisa.

─Perfecto –dijo Thranduil no muy convencido─, Legolas te esperará en la puerta –antes de salir le dio un beso en la frente a la princesa y sacó a un sorprendido elfo por los hombros, para dejar que la pequeña se vistiera.

Rápidamente la elfa se colocó un vestido verde oliva muy sencillo, cepilló sus cabellos y como pudo acomodó las sabanas de su cama. Aun le dolían las costillas y algunos de sus músculos, pero gracias a la eficacia de la medicina élfica se sentía mucho mejor.

La princesa se entristeció un poco, pues esperaba que en cuanto los elfos se marcharan, su querido Annatar saliera del closet y la abrazara, pero no fue así.

Tal como había dicho el rey, el joven príncipe la esperaba fielmente en la entrada; ambos se sonrieron y Legolas le tendió un brazo como todo un caballero –además que este le servía de soporte a la lastimada elfa─, entre risas, abrazos y palabras llenas de galanura, los dos príncipes bajaron a desayunar.

Antes de que Lúthien y Legolas, doblaran en el siguiente pasillo, una figura de finos cabellos dorados y ojos verdes vio cómo el príncipe colocaba una mano en la cintura de su hermana juntando más sus cuerpos y ésta le correspondía restregando su rostro en su hombro con mucho cariño.

Con las manos echas puños y los ojos llorosos, metió su cabeza a la habitación de la joven cerrando con cuidado la pequeña brecha que había hecho. Las uñas comenzaban a marcarse en su piel, aflojó un poco el agarre y observó las palmas de sus manos; las lágrimas comenzaron a correr por sus mejillas.

Vio su reflejo en el espejo, ya no era el mismo de antes; sus ojos que siempre fueron alegres ahora tenían estragos de la guerra y el dolor, su sonrisa tapada eternamente. Mientras veía cómo su cara se iba empapando con su silencioso llanto, recordó toda la conversación que había tenido Lúthien con el rey.

Había estado todo ese tiempo oculto en la oscuridad del pasadizo, escuchando a la perfección cada palabra; cuánto le había dolido saber que su querida princesa jamás había sido feliz, y sintió una daga en su corazón al comprender que solo con el rey se sentía en familia, solo Thranduil podía hacerla sentirse querida.

No le había quedado de otra más que recargarse en la fría roca y seguir escuchando las risas de la pequeña, que ya no eran propiciadas por él. Cuando pensó que todos se marcharían había llegado el príncipe y con esa sencilla conversación lo habían lastimado más.

Se alegraba por su hermana, pero los celos lo carcomían al saber que el ya no era el dueño de esa felicidad, ni de sus abrazos… ni siquiera de sus sentimientos; ella misma lo había dicho "Hoja Verde era el mejor hermano de todos".

Siempre había sido muy protector con su hermanita, incluso él mismo se consideraba que era un elfo celoso; pero el ser testigo de cómo el "príncipe" posaba la mano en la cintura de su hermana, hacía que la sangre le hirviera e hizo un gran esfuerzo por no salir por completo de la habitación y hacer entender a Legolas que a la princesa se le respetaba.

El simple hecho de recordar la escena lo enfurecía de sobre manera… tenía que salir de ese lugar o terminaría por cobrar venganza contra las ropas del joven Legolas; limpió sus lágrimas con gran desprecio y colocó el pañuelo negro cubriendo su cara encendida en ira.

Thranduil había ordenado preparar el almuerzo y un poco de té para su hija. Poco tiempo después de que él terminara de ordenar algunos papeles y leer el reporte de subteniente de la guardia del norte.

Escuchó con gran ternura cómo Legolas le prohibía a Lúthien que caminara rápido; sonrió por dentro al ver que su pequeño con una mano sostenía la cintura de la princesa y con la otra acomodaba la silla, para después con una delicadeza impresionante ayudarla a tomar asiento.

─Ahora veo por qué tardaron tanto en bajar –dijo mientras cruzaba sus dedos poniéndolos bajo su barbilla.

─Era necesario, pudo haber caído por las escaleras en cualquier momento o resbalar por los pasillos –Thranduil solo negó con la cabeza al saber que lo exagerado jamás se le quitaría a su hijo.

A los pocos momentos comenzaron a llegar las bandejas de comida; los tres comenzaron a comer en silencio, pero ya no resultaba incomodo; aunque Legolas aún no podía comprender el que su padre besara en la frente a su hermana.

Pero su calma se vio interrumpida por la entrada de un guardia.

Aranya* ─hizo una pequeña reverencia, el rey sólo lo miró con frialdad─ lamento interrumpirlo; exigen una audiencia urgente con usted…

─Infórmale que las audiencias son hasta medio día; eso ya lo saben –sentenció con gran altivez y una mirada afilada que sólo ocasionó que el silvano se encogiera un poco de hombros.

─Ha insistido desde que salió el sol –contestó nervioso el guardia.

─Si es urgente, no le molestará esperar más tiempo –ignoró al soldado tomando un sorbo de agua.

─Pero…

─¿De quién se trata? –aquel soldado comenzaba a colmarle la paciencia.

─El ma… ─sus palabras quedaron al aire cuando las puertas del comedor privado del rey se abrieron de par en par.

─¿Quien más iba a ser, si no soy yo? –la voz de Gandalf resonó a espaldas del rey─ ¿Así es como recibes a un viejo amigo?

─¡Mithrandir! –el rey se levantó con su elegancia habitual acercándose al mago.

─"¿Pero qué ha pasado con la cortesía de los elfos?"–los grises ojos del istar mostraban la cordura que había perdido.

─Nadie me informó de tu llegada –giró su mirada al soldado, fulminándolo al momento─. Por favor, me sentiré honrado si te sientas con nosotros en la mesa –lo condujo al asiento a lado de Legolas.

Rápidamente el rey ordenó que trajeran comida y vino para el mago; Mithrandir saludó con gran alegría a Legolas y halagaba lo mucho que había crecido. Thranduil tomó asiento en su lugar y con su rostro sereno posó su atención en el recién llegado.

─Ha pasado casi un siglo de tu última visita –inquirió el rey.

─Ciertamente –cambió su mirada del príncipe al rey, pero en su recorrido se percató de la joven sentada casi frente a él; la observó penetrantemente como queriendo meterse en sus ideas.

─Ella es la princesa Lúthien –dijo Thranduil en cuanto notó la fría mirada del mago─, mi hija –los ojos del peregrino gris se abrieron grandes, levantando sus espesas cejas.

La mencionada sólo realizo una tímida reverencia con la cabeza y mantenía su vista fija en el mago, mas no lo retaba. Por su parte, Mithrandir seguía tratando de escudriñar dentro de ella.

─Le hace honor al nombre –pronunció el mago sin despagar la vista e elfa─; pero no a la portadora –sentenció desviando su vista.

Lúthien metió unos guisantes a su boca tratando de que esa frase no la ofendiera; Thranduil sólo vio a Mithrandir con cierto desdén.

─Me refiero a que el parecido es muy poco –repuso ante la mira gélida del rey─; la hija de Thingol tenía la cabellera negra.

─En realidad, me nombraron así por una promesa que realizó mi familia a la princesa de Doriath –la típica sonrisa de Lúthien hizo que el mago por fin dejara de observarla como anteriormente lo hacía.

El almuerzo continuó en tranquilidad; el rey y el mago, hablaban temas referentes a la política, aunque Gandalf no dejaba de ver de reojo a la pequeña. Algo en ella no lo dejaba tranquilo; sabía que era buena, ningún elfo desprendía tal brillo si su espíritu no era puro… pero no podía quitarse esa sensación.

Los cuatro se levantaron de la mesa; Mithrandir quedó atónito al ver la rapidez con la que Legolas abandonó su asiento para ayudar a la joven, pero su asombro creció al ver el lento caminar de la princesa y la sobreprotección del príncipe.

Mientras los príncipes iban a uno de los jardines; Thranduil y Gandalf fueron al despacho para hablar en privado. El recorrido fue en silencio y al entrar al estudio el rey ordenó que nadie los molestara hasta la comida.

Como de costumbre el elfo sirvió una copa con vino y le ofreció un poco al mago; ambos tomaron asiento, Thranduil con un poco de fastidio indicó a Gandalf que comenzara a hablar.

─El mal se vuelve a agitar en el este… ─habló con gravedad pero fue interrumpido.

─Son asuntos de humanos –hizo un mohín despreocupado, provocando la ira del mago.

─Thranduil, repercute a toda Tierra Media –su desesperación era evidente─; el anillo único no fue destruido…

─Sí… tienes razón –la fría voz del monarca inundó la sala en silencio─; por la debilidad de un humano, condenó a toda su raza –sorbió un poco de vino.

─No solo los humanos; todas la razas también lo padecerán, elfos y enanos –el rey frunció el ceño─; todos tarde o temprano se verán afectados.

─Quizá –pronunció con frialdad─, pero en mi reino los elfos perdurarán.

─El Bosque Verde, hace tiempo que ha dejado de serlo –bien sabía el mago que esa simple frase dejaría sin reserva al rey.

Thranduil sólo tomó vino con la ira reflejada en sus ojos; siempre era lo mismo con Mithrandir, trataba de unificar a todas las razas sin ver los conflictos de antaño.

─Minas Ithil cayó en manos del enemigo –continuó el peregrino gris─; no se sabe cuál fue el plan del enemigo, pero ya tienen en su poder las palantir; un medio para que los servidores de Sauron se comuniquen entre ellos a pesar de la distancia y observar nuestros movimientos.

─Sé perfectamente que Sauron sigue existiendo, alimentándose del sufrimiento de otros –sin que el mago supiera el rey hacía alusión a su hija─; pero dudo que vuelva a recuperar toda su fuerza; mientras el anillo siga perdido, solo son vagas premoniciones.

─No solo lo humanos; también los enanos de Moria –el gran elfo rodó los ojos─, de eso eres testigo.

Thranduil agudizó su mira, aquel istar comenzaba a hostigarlo haciéndolo recordar los problemas que tuvo hacía tres años con todos los enanos que atravesaron su Bosque para instalarse en Erebor.

─Son problemas menores –con esa simple frase daba por culminada la conversación haciéndole entender a Mithrandir que no escucharía alguna otra palabra.

Gandalf sólo se tragó la ira que sentía; conocía muy bien al hijo de Oropher, sabía que muy difícilmente podía persuadirlo para ayudar a otras personas ajenas a su reino.

Pero Thranduil se equivocaba si creía que ahí culminaba su conversación; aún tenía que explicarle la llegada de esa elfa que tenía belleza de los más altos Noldor con algo de Vanyar; no comprendía al rey, él era uno de los elfos que más odiaba la estirpe de los Noldor y había otorgado el título de princesa a esa elfa, incluido el título de hija.

Mithrandir se levantó de su lugar y comenzó a caminar para aclarar un poco todas las ideas descabelladas que comenzaban a llegarle a la cabeza respecto a la joven. Comenzó a observar los retratos sintiendo la mirada de Thranduil siguiendo sus pasos.

─Interesante elfa –pronunció en cuanto se detuvo frente al retrato de la fallecida reina.

─¿A qué te refieres, Mithrandir? –inquirió con el rostro serio y su copa en mano.

─La… princesa, Lúthien –plantó frente al rey─; irradia luz como solo pocos elfos lo hacen; Lady Galadriel, Lord Celeborn y Glorfindel. En menor medida, por su puesto…

Rápidamente Thranduil abandonó su cómoda silla y mientras caminaba hacia el mago iba explicando con arrogancia el pasado de Lúthien que él mismo había inventado y que todos los elfos conocían –a excepción de los gobernantes de Rivendel y Lórien─.

─Thingol no tenía tantos parientes de alta estirpe y tu padre no era muy afecto a ellos –rápidamente Gandalf había encontrado la pequeña grieta del refinado plan del rey─. Thranduil; esa pequeña no tiene bellaza Sindar, silvana, ni ninguna otra raza de los Teleri. Lúthien tiene la belleza y arrogancia propia de un alto Noldor oculta tras el disfraz de elfa sindar.

Internamente Thranduil quedó atónito, pero no dejaría que Gandalf supiera la verdad, entre menos personas conocieran el pasado de la elfa, su hija estaría más segura.

─Mithrandir –se detuvo unos centímetros antes del mago imponiendo su palabra con su elevada estatura─, mejor que nadie conoces el odio que los sindar guardamos a los Noldor; incluso algunos todavía no aceptan a la reina de los Galadrim. Además de ser cierto que Lúthien es una Noldor, ¿por qué supones Galadriel la dejaría a mi cargo? Estaría mejor con ella, ¿no lo crees?

─No pongas palabras en mi boca que no he dicho –su enojo se acumuló en sus espesas cejas─; jamás asumí nada, pero me es muy sospechosa la llegada de la elfa justo en estos momentos en el que el mal se vuelve a levantar.

─Lúthien, posee una de las almas más puras que haya conocido –defendió a la pequeña mientras se separaba un poco─; con su espíritu no solo se ha ganado el título de princesa, sino que también ganó el cariño de Legolas y… mi confianza.

Con aquellas frías palabras la conversación por fin se dio por concluida; el mago salió hecho un torbellino de ideas y frustraciones, no solo no había logrado convencer que llegado el momento Thranduil apoyara con su ejército, sino que también a pesar de todo esa elfa no terminaba por dejar sus pensamientos tranquilos.

Siguió caminado sin rumbo; ya sea por el azar o cosas del destino, llegó hasta la biblioteca donde vio por la puerta cómo Legolas y Lúthien tenían la mesa llena de libros, por otra de las puertas entró una elfa pelirroja de la edad del príncipe y aunque su vista no era muy buena, pudo percatarse de como la princesa fruncía el ceño y mantenía la mirada clavada en el libro sin su sonrisa habitual.

Por su parte el príncipe parecía muy feliz, pero a la otra elfa se le veía incómoda y notó que no había saludado o reverenciado a la hija del rey. Intercambiaron algunas palabras, Legolas como intermediario; al final Lúthien con una sonrisa falsa dejó que su hermano se marchase.

Ambos elfos salieron por donde había entrado la pelirroja, dejando a la joven rubia sola en la biblioteca. Gandalf sabía que Thranduil ya no respondería más preguntas referentes a la chica; bendijo a los Valar por darle la oportunidad de poder hablar a solas con la elfa.

Era la mejor forma de conocerla y saber qué era lo que ocultaba; estaba dispuesto a meterse en su mente de ser posible. Tenía que quitarse ese presentimiento que oprimía su corazón con más fuerza ahora que la tenía a unos metros de él.

Con paso seguro y una sonrisa se acercó a la mesa con aires de ser un encuentro casual.


Hîr nîn*─ Mi señor

Aranya*─ Mi rey

Ada*─ papá

Gandalf ha llegado al Bosque Negro a poner todo de cabeza; ¿de que hablaran él y la princesa?

Sin duda alguna, las cosas en el reino se complican y los celos andan por los pasillos del palacio.

No se olviden de dejar sus comentarios que siempre me ayudan a continuar escribiendo; antes quiero agradecer a Mell-chu que siempre me ayuda a la redaccion de los capítulos.