Capítulo 13: La marca de los Noldor
Exhausto mentalmente, dejó caer su esbelta figura en la silla de madera sobando su sien con fastidio; suspiró un par de veces y trató de alejar cualquier pensamiento de su cabeza, pero le resultaba imposible; todavía no era medio día y aquel mago ya lo había atosigado lo suficiente como para no querer escuchar algo más en todo el día.
Tomó un poco de vino, ¿qué más podía hacer? Y no queriendo comenzó a analizar las palabras de Mithrandir. En el corazón de Thranduil existía una sombra y por las noches siempre su vista se dirigía a las lejanías del Monte del Destino; sin importar el paso de todos aquellos siglos, él jamás olvidaría la penumbra y soledad que sintió en esas tierras malditas…
Claro que los únicos culpables eran los hombres y ahora tenían que pagar por su error, un error tan garrafal en el cual condenaba a toda Arda. Su sentencia se firmó desde que Isildur no arrojó al único a los fuegos de la montaña; después de todo lo sufrido y las bajas, su coraje se vino abajo al sostener el anillo.
Thranduil rey de los elfos del Bosque Negro no arriesgaría la vida de los suyos en favor de los humanos, ya no más. Había sufrido en su propia carne el fuego del norte, pero nada se comparaba con la pérdida de su padre…
Las nubes tan densas como la misma noche, oscurecían todo el campo de batalla bañado en ceniza; la tierra retumbaba ante los potentes pasos del enemigo y las armaduras de hombres y elfos brillaban mostrando la esperanza que albergaban en sus corazones.
El fuerte rugir de la montaña resonaba por todo el lugar y poco antes de que se tomara conciencia de la situación, las certeras flechas de los elfos comenzaban a cobrar la vida de los orcos, pronto la infantería hizo presencia y el choque de metales era estridente.
Ciertamente que los números no ganan batallas, pero hombres y elfos eran superados grandemente; y esa gran ventaja comenzaba a demostrarse. Thranduil con el ardor en el rostro, sangrando de un brazo y con la malla rota, veía con gran pesar los cadáveres mutilados de sus hermanos caídos.
Jamás había sentido vacío en su corazón; su alma quería escapar de su cuerpo, pues sus ojos eran incapaces de seguir contemplando la tierra bañada de rojo carmesí, ojos de estrellas sin brillo, rostros perfectos deformados y con cortes profundos; escuchar los últimos soplidos de la existencia de los suyos.
Observó su alrededor y con gran pesar fue testigo de las decenas de cuadrillas enemigas que se reagrupaban sin dificultad alguna. Sin fuerza dejó que su cuerpo cayera de rodillas preso de la nostalgia y de la impotencia por no hacer nada para que esas eternas vidas no se perdieran.
A poco más de cincuenta metros vio a su grande compañero de armas, pero no era el alegre elfo; sino que la penumbra se divisaba en todo su ser y como su esperanza dejó que su yelmo cayera al suelo rodeado de cadáveres.
Sí él se rendía, los elfos ya no tenían a esperanza de un mañana. El príncipe del Bosque Verde comenzó a inhalar y exhalar sonoramente, como sí su alama cargara el peso de sus súbitos.
Contra todo pronóstico, príncipe de Valinor tomo fuerzas de lo más profundo de sus ser, exclamando en alto:
—¡Alzarse contra el señor obscuro !, ¡Luchemos por los nuestros!, ¡Luchemos por el mañana!, ¡Pues si aún queda aire en nuestros pulmones y fuerza en nuestros corazones no hay nada que nos detenga!, ¡Atacad al enemigo y no tener compasión!, ¡Por la Tierra Media!
Las palabras de Ernetor surtieron efecto en él y como alma que lleva el diablo, comenzó a degollar a cuanta criatura inmunda se le acercara; con renovado ánimo corrió tratando de encontrar al rey, su padre.
En cuanto logró ver la platinada cabellera del rey del Bosque Verde, sin perder tiempo reanudó con mayor fuerza su carrera… un grupo de orcos y un troll se acercaron con la misma velocidad que él.
El sequito de guardias que procuraban la vida de Oropher, actuaron de inmediato; pero para Thranduil parecía que cada paso lo alejaba más y sólo era testigo ocular. Uno de los elfos fue aplastado sin más por el gran troll, se pudo escuchar cómo sus huesos tronaban como si de hojas secas se trataran, la sangre que salió como el jugo de una uva oprimida y un grito silencioso cual silbido del viento.
No cabía duda alguna; pronto los escasos cuatro guardias que protegían a su padre serían vencidos. Pronto sus pensamientos se volvieron realidad, Noreth gran amigo del rey, fue decapitado, pero el príncipe hubiera deseado que la espada del orco fuera más filosa; Noreth luchó hasta su último aliento, siendo atacado por cuatro a la vez, mientras uno cortó su pierna, otro encajó su daga en su costado, la tercer inmundicia clavó una espada corta en su espalda y el cuarto onduló su espada con dirección a su cuello, mas ésta no lo cortó todo y ante los atónitos ojos del príncipe dio tres golpes para poder cortar el hueso que unía su cabeza con el resto de su cuerpo.
Como si fuera poco, los orcos patearon la cabeza del elfo rumbo a Thranduil que con una mueca en el rostro corría amenazadoramente ya antes de que las escorias se dieran cuenta, ya lo tenían sobre ellos. Con su espada degolló a los cuatro a la vez sin parpadear.
Dio media vuelta y la sonrisa de su padre lo reconfortó; padre e hijo comenzaron a luchar hombro a hombro derribando a sus adversarios; el troll que tantos estragos ocasionó fue liquidado por la furia de la familia real.
El descanso no duró mucho; pronto un grupo de trasgos y orcos se dirigieron a ellos con el único propósito de darles muerte. Las espadas chocaron y Thranduil con giros dignos de una bella danza y tan ligeros como la pluma, comenzó a aniquilar a los más cercanos. Sus enemigos perecieron en el suelo combinando su negra sangre con la roja de sus hermanos caídos.
Se había separado un poco de su padre, lo volteó a ver de inmediato solo para observar cómo un orco, aprovechando la distracción del rey, clavó su espada en la espalda del gran elfo haciendo que saliera por su estómago.
Pero las fuerzas del mal no conocen limites, lo anterior no les era suficiente; querían destruir por dentro al príncipe, ver cómo era carcomido por el dolor y la desesperación.
Entre dos sirvientes tomaron al padre de Thranduil obligándolo a arrodillarse, mientras otro sacaba el filo de la espada lentamente, cortando las hebras de piel que tenía más cercana. Estiraron sus brazos, mientras el gran Señor elfo trataba de soltarse con sus últimos alientos de esperanza, esperanza de ver a su único hijo libre del dolor de la guerra y la tragedia de ver sangre derramada.
Las dos inmundicias que lo humillaban, alzaron su espada en alto y con fuerza comenzaron a arremeter contra las extremidades del rey, tratando de cortar sus brazos; la armadura resistente de Oropher solo prolongaba su dolor, haciendo que lentamente por la fuerza sus brazos se fueran desprendiendo de los hombros, pero sin cortar la carne; gemidos de dolor y pequeños cristales salían de los ojos del soberano del Bosque.
Thranduil con el rostro petrificado, sin respirar y con los ojos fijos en una sola escena; sus preciosos orbes azules, comenzaban a nublarse por las contantes lagrimas que caían por sus mejillas como un rio; su corazón comenzaba a detenerse y sus latidos se escuchaban en su cabeza. Apretó los puños con tal fuerza que los nudillos se volvieron blancos y las venas se marcaban en su cuello.
Invadido con una rabia que jamás había conocido, tomo su espada amenazadoramente y comenzó a correr con los ojos inyectados en sangre.
Mientras más terreno avanzaba, más constantes eran los cortes de los orcos en la armadura del rey, matándolo lenta y dolorosamente. El que parecía ser el capitán, desenfundó su espada lista para degollar al padre de Thranduil; aquel metal rozó con la piel del rey dejando a su paso ese líquido carmesí; cortó la vena del cuello y poco a poco fue avanzando hasta que el hueso lo detuvo.
Thranduil, como el más peligroso huracán se lanzó contra el capitán y lo mató de un solo tajo… una onda los empujó a todos; Sauron había sido derrotado. Los orcos comenzaron a correr presos del terror y los sobrevivientes de la "Última Alianza" los perseguían para darles caza.
En otro momento el príncipe del Bosque Verde hubiera sido el primero en correr tras ellos… pero ahora, el cuerpo de su padre yacía entre sangre y cadáveres; arrastrando su alma se colocó junto a él, sabía que no podía salvarlo; los grises ojos de Oropher en su último esfuerzo se centraron en los nublados azules de su hijo despidiéndose en silencio de su más querido tesoro.
Sin una palabra, solo el sonido de la sangre gorgoreando en la garganta de Oropher, fue como el señor elfo abandonó Arda. Con su mano, Thranduil trató de tapar la herida inútilmente y dejó que su cuerpo soltara un grito desgarrador que perturbó a todos aquellos que lo oyeron; un lamento que lo acompañaría el resto de su eterna vida…
Una lágrima silenciosa surcó su blanca mejilla, el recuerdo de la batalla lo hirió en el alma.
No; él no ayudaría a los hombres una vez más, no volvería a entrar en guerra arriesgando la vida de su gente por seres que no sabían valorar el sacrificio de su raza.
Como un espíritu, más que un elfo; salió de su despacho dispuesto a distraer su mente. No tenía idea de a dónde ir, mas dejó que sus pasos los condujeran a donde fuera preciso.
El peregrino de grises ropajes, apoyando su peso en su báculo acercó su caminar a la elfa que tanto conflicto mental le ocasionaba; refunfuñó por lo bajo algunas palabras para dar un toque aún más casual.
Lúthien levantó su mirada al istar que segundos antes pasó junto a ella; podía notar la furia interna y la ansiedad del mago, dedujo rápidamente que la reunión con el rey no fue del todo exitosa.
─Perdone mi imprudencia –se atrevió a hablar aunque con una voz demasiado tímida─; ¿se encuentra usted bien? ─Gandalf agradeció a los valar que la niña preguntara; se giró y la fulminó con la mirada para que la trampa siguiera el curso deseado─. Lo siento, no debí preguntar...
─No me has molestado –la interrumpió con cierto enojo que no era fingido─; el rey es orgulloso como solo Thranduil sabe serlo, tan egocéntrico que no le importa el sufrir de los demás...
─¡Mi ada* no es así! ─le defendió sin pensar─. Él sólo vela la seguridad de su pueblo y de quienes ama ─poco es decir que el mago quedó congelado sin saber qué decir, no esperaba aquella reacción en la princesa─; pocos seres como él.
Esas últimas palabras lo dejaron con los ojos como platos; su sabiduría no llegó a descifrar, ni siquiera se había atrevido a imaginar que Lúthien le tuviera ese cariño al rey elfo más inexorable de toda Arda.
─Me temo que Thranduil suele exagerar con lo suyo; le conozco de siglos y su carácter es indomable. No comprendo cómo un ser tan frío acogió a una dama –sus pensamientos fueron pronunciados en voz alta antes de que siquiera se diera cuenta.
─Él no es frío ─aseguró regresando su atención a los papiros ocultando su tristeza.
Mithrandir no pudo evitar sentir curiosidad y sin dudar tomó el lugar que anteriormente perteneció a Legolas; pasó rápidamente su mirada por todos los escritos, poniendo mayor atención en el documento que traía en sus manos. Su sorpresa fue inevitable, nada normal era que alguien tan joven estudiara venenos en dilectos élficos muy antiguos y que casi nadie dominaba… a excepción de los Eldar.
Posó sus ojos grises en la joven analizando su expresión, pero no encontró nada salvo una tristeza embarcada en sus ojos de mar; trató de descifrar más allá de las ventanas de su alma, pero su corazón era una bóveda y su mente un laberinto lleno de puertas que sólo dirigían a otro laberinto.
─Puedo preguntar. ¿Por qué un Istar no para de observarme? –dejó el papel en el escritorio al tiempo que encaraba al mago con frialdad reflejada en su rostro y en su voz.
─No quería incomodarla –soltó con sorpresa pero con dureza en sus palabras; pero Lúthien continuaba interrogándole con la mirada─. Su presencia me es incomprensible; veo ante mí a una dama elfa de belleza y pureza incontable… pero sus ojos aunque puros, tienen la mirada de alguien milenario.
─No hay misterio que resolver –contestó sin emoción alguna; Gandalf comenzaba a pensar que tantos años con Thranduil la estaban influenciando grandemente.
La biblioteca quedó en silencio; Mithrandir leía los pergaminos y la princesa continuaba escribiendo pasiblemente. Las cosas no estaban saliendo como el mago lo pensó, jamás imaginó que aquel ser de apariencia tierna pudiera comportarse tan fríamente; si por el carácter se juzgara sería la copia exacta de Thranduil, pues ni una sola palabra amable había salido de su boca.
Sin pretenderlo Gandalf vio lo que redactaba la joven; tenía una hermosa letra, pero si sus ojos no le fallaban escribía en Eldarin tan fluidamente como si fuera Sindarin o Quenya.
─El rey le ha brindado de la mejor educación todos estos años –Lúthien lo vio con asombro─; la escritura en Eldarin no es muy común –explicó el gris peregrino.
─Ha mal interpretado mi expresión o yo sus palabras –dejó la pluma en el tintero y soltó el pergamino que tenía en mano, girándose hacia su acompañante─ ¿Cuánto tiempo supone que he estado aquí?
─Al menos una década –más que respuesta parecía otra pregunta; la princesa esbozó una leve sonrisa, para gran sorpresa del mago; era la primera que le veía.
─Mi señor, nada más equivocado –mostró los dientes en una sonrisa─; llegué hace un mes…
─¡¿Un mes?! –era inconcebible ese tiempo, por lo que había escuchado el rey y la elfa se estimaban, y conociendo a los elfos un mes no era suficiente para establecer si quiera un lazo de amistad.
Lúthien sólo asintió con la mirada y una sonrisa de esas que eran tan comunes en ella, pero que por alguna razón antes no tenía la confianza de mostrar al mago.
─Ayudo a Legolas con su castigo –dijo al notar que Mithrandir no dejaba de pasar su mirada de ella, al escrito, a los libros.
─¿Cómo aprendió Eldarin? –cuestionó con curiosidad levantando ligeramente la comisura de sus labios.
─Por favor, solo Lúthien –sonrió, Gandalf asintió con la mirada─; ¿Qué más podía hacer? Tantos años encerrada en cuatro paredes tenían que aprovecharse de alguna manera.
─No imagino a un elfo encerrado.
─Y nadie quiere estarlo –bajó la mirada─; pero no tenía otra opción… era una orden del rey; tenía que acatarla.
─El rey de Gildîn era tu padre –comentó recordando la historia de Thranduil─; ¿Por qué no mencionas siquiera su nombre? –la princesa suspiró apesadumbrada.
─Sí, el rey era mi padre; pero jamás merecí llamarlo adar*… él sólo era mi rey y yo la princesa…
─No comprendo; después de sufrir siempre el rechazo de tu padre, ¿por qué aceptar a un ser inexpresivo por padre?
─Mi ada* no es ningún insensible –esto sí que confundió al mago ¿a quién de los dos se refería?─; frío y cruel el rey de Gildîn… un gran soberano, pero severo con sus sentimientos –bajó la mirada y jugó con la falda de su vestido─ ¿Qué padre encierra a su hija por considerarla débil? ¿Qué padre oculta a su descendiente por vergüenza? ¿Qué ser es capaz de herir con palabras y hechos a una niña?
Las lágrimas la traicionaron bajando como ríos por sus blancas mejillas.
─¿Quién preferiría a cualquier soldado antes que a su…? –No pudo concluir la pregunta─. No, mi señor; nadie es tan insensible como el rey de Gildîn –Gandalf vio cómo su mente le indicaba el sendero para descubrir todos sus secretos, pero ahora ya no quería indagar dentro de ella.
─Un ser corrompido es el alama más difícil de sanar. Su corazón deja de latir de la misma forma y su amor se demuestra de maneras tan implícitas que incluso parecería que no existe dentro de él –trató de reconfortarla con palabras, pero parecían inútiles.
─Lo sé, pero me hubiera encantado tener en mi memoria grabado algún abrazo o una palabra de cariño…
─Te quiso mucho –Lúthien lo vio penetrantemente sin comprender lo que decía─; contigo tu familia saldó la promesa que hicieron; prefirió mandarte a ti y siete de los mejores soldados solo para salvar tu vida.
La princesa durante toda la conversación pensó que el rey había dicho su verdadero origen; pero no, si él no había revelado nada sus razones tendría y ella no diría algo más. Pues de sobra sabía Thranduil que únicamente Ernetor quería salvar a Annatar.
Sonrió para hacerle creer que sus palabras la alegraban y pedía se acabara pronto la conversación para dejar a un lado su pasado; Gandalf se percató de cómo nuevamente la mente de ella era un misterio cerrándole paso a todos sus pensamientos.
Ambos continuaron en silencio; Mithrandir ahora sabía que era buena, pero su corazón le decía que había más de lo que saltaba a la vista; esa elfa no era nada común, desde la forma de sus cabellos hasta la delicada piel de sus pies.
Por más conversación que había tenido con el rey y la princesa y aunque ambos aseguraban que la elfa era Sindar, nadie lograría sacarle de la cabeza que ella tenía un gran parecido a los noldor.
Aquella sed insaciable de conocimiento, las miradas desconfiadas que al inicio le propició y aquellos movimientos que parecían premeditados con elegancia y altivez; por supuesto que era una princesa de alta cuna, esa era su aura.
La observó con detenimiento, deteniéndose en cada una de sus facciones, desde sus pestañas quilométricas, su nariz fina y ligeramente respingada, piel tan clara y brillante que podía pasar por platinada y sus ojos… sus ojos, ¡Por Eru! Que ya los había visto antes y se asustó de lo que su mente comenzó a maquinar.
─He visto esa mirada antes –comentó tratando de ser casual; la elfa le prestó atención con el cejo ligeramente arrugado─; son las mismas expresiones de Fingolfin –Lúthien trató de ocultar su asombro, pero sus ojos se abrieron delatándola─. Mi lady, su piel es tan blanca y pálida que irradia luz como la dama Blanca; usted me recuerda a ella cuando era más joven. Las orejas pequeñas y los pómulos definidos de Anroel; y la sonrisa de Ernetor cuando andaba por las costas e incluso el brillo de sus grises ojos.
Pero en los ojos de Lúthien no sólo veía las expresiones de los azules de Fingolfin combinado con la plata de Ernetor; sino el brillo y calidez de la esposa del rey… y esto lo asustaba más, de alguna extraña manera la combinación de los noldor, daba sin duda alguna un extraordinario parecido a los verdes de Luinil; no sabía cómo interpretar aquel parecido, era evidente que también Thranduil lo había notado. Hasta no tener la verdadera versión diría algo, por el momento lo guardaría solo en sus pensamientos.
La princesa quedó congelada sin poder mover un solo músculo; ese mago le había dicho todo su linaje con solo observarla. Thranduil había omitido por completo que Gandalf no siempre perteneció a Tierra Media y por tanto conocía a todos los elfos que habitaban en Valinor; su llegada fue poco tiempo después de la Batalla de la Última Alianza, tiempo suficiente como para saber que el ejército de Valinor jamás retornó a su hogar.
─Me siento sorprendida y halagada –fingió una sonrisa─; compararme con la dama Galadriel cuya belleza solo se puede equiparar con las estrellas… ─agradeció a Ilúvatar la interrupción del soldado.
─Lamento molestarla, aranel* ─Tathar hizo una profunda reverencia─; el príncipe Legolas me ha ordenado la tenga bajo mi cuidado, además de llevarla inmediatamente a su habitación para que repose.
─Por supuesto, solo deja que termine de acomodar los ejemplares en los estantes…
─¡Oh! No mi señora –se alarmó el soldado deteniéndola con delicadeza antes de que se pusiera en pie─; no permitiré que realice esfuerzo alguno, en seguida llamo al bibliotecario.
─Tathar, puedo hacerlo yo perfectamente –aclaró con una media sonrisa.
─De ninguna manera; si la dejo, el rey seguro que esta vez sí me mata, por no cuidarla como se debe –Lúthien lo vio un momento para después asentir con la mirada.
La elfa apoyó las manos en el escritorio para tomar fuerza y levantarse; apretó un poco los labios reprimiendo un gemido de dolor, aunque ya estaba visiblemente mejorada sus costillas aun no sanaban no completo.
El guardia –que en tan poco tiempo le había tomado un gran cariño─ la ayudó a ponerse de pie, cuidando de no tocar sus costados; el mago sólo vio la escena ajeno a todo lo ocurrido, ver a un elfo herido era de lo más extraño en el mundo.
─¿Se encuentra bien? –Cuestionó Mithrandir con preocupación y curiosidad; la elfa sólo asintió con la cabeza─. ¿Qué fue lo que sucedió?
─Un elfito resbaló de la rama de un gran árbol –comenzó a explicar componiendo su postura─, nadie más vio su desasosiego; traté de alcanzarlo en el aire, pero calculé mal y terminó cayendo encima de mis costillas, fracturando varias de ellas.
Tathar que fue un testigo ocular, dudó un poco de la versión de la princesa; sin embargo, comprendió que era la única explicación a su extraño padecimiento. Mithrandir vio la duda en los ojos del elfo y por ello volvió a dudar de la palabra de la joven.
Sin darle más importancia al asunto los tres se retiraron de la biblioteca; Mithrandir sirviendo de apoyo a Lúthien para poder caminar y Tathar los seguía por detrás. Pero no se dirigieron a los aposentos de la elfa, pues ella había implorado descansar en alguno de los jardines y el soldado no se pudo negar.
En uno de los muchos pasillos laberínticos del reino, caminaban el rey acompañado del general y el capitán del norte; discutían sobre el creciente y alarmante número de arañas.
Thranduil con semblante frío escuchaba a sus dos amigos que no dejaban de dar malas noticias; por su puesto el norte era el más afectado y sin importar todas las expediciones parecía que no cambiaban nada.
─No solo el norte –sentenció Orel─; Glorein lucha en la frontera oeste con pequeños grupos de esas alimañas; y por el este Arodel asegura que se está formando un nuevo nido en las fronteras del reino. En el sur, Barahir, tengo que admitir que dejaste un excelente trabajo, Mirloht no tiene mayor problema con aquellas tierras.
─Hîr nîn* se rumora de… ─Thranduil lo silenció.
─No es tema apropiado para tratar en los pasillos –clavó sus zafiros en el capitán─. No podemos basarnos en suposiciones, debemos de tener la certeza de que es lo que sucede. Annatar ya ha mandado una comitiva de tres elfos a explorar el lugar.
─Ese muchacho tiene gran potencial –afirmó Orel─. De los días que estuve con la guardia del norte, pude ver con claridad su forma de luchar… es sorprendente, usa tácticas que nosotros no conocemos y se sincroniza con perfección con...
─Joshufel –aclaró Barahir─; sí, sin duda son soldados bien preparados; que si me lo permite, al menos Annatar tiene más talento como para quedar de teniente.
Eso sin duda ya lo había planteado el rey, pero que lo afirmaran los capitanes era prueba que el príncipe había alterado los resultados. Los tres continuaron comentado temas triviales sobre la protección de reino y de cómo la naturaleza del lugar comenzaba a cambiar drásticamente a los alrededores.
Los tres elfos dirigieron sus pasos al pequeño patio de entrenamiento que era de uso exclusivo del rey y de los elfos con mayor rango militar. Thranduil gustaba de entrenar de cuando en cuando con la espada para no perder su habilidad, además que de alguna extraña manera le relajaba el blandir un arma.
Usualmente usaban algunos maniquíes de prueba, pero en esta ocasión sus acompañantes prácticamente lo habían retado, sabiendo de sobra que serían fácilmente vencidos por su rey; pero no les importaba aquello, los tres de jóvenes fueron muy unidos y con el paso de los siglos se alejaron. Aquello era una forma de recordar el pasado.
Tal como si fueran simples elfos, entraron al cuarto de armamento y sustituyeron sus prendas por el uniforme ligero de la guardia. Mientras Barahir y Orel portaban las típicas ropas verde olivo con unas botas de cuero, el rey aun usando aquellas prendas no dejaba de verse majestuoso con el uniforme y ciertamente se le veía más joven.
Los tres tomaron su par de dagas, una espada larga y un arco con carcaj lleno. Disponiéndose a iniciar con el entrenamiento… pero el estridente ruido del choque de metales llamó su atención casi al instante que abandonaron la habitación de armamento. Apresuraron un poco el paso con la curiosidad de saber quién podría causar tal algarabía.
En cuanto el pasillo dio al jardín la figura de un elfo que lanzaba puñales los sorprendió. Se acercaron a la escena reconociendo de inmediato a Annatar y Joshufel que mantenían un entrenamiento "riguroso".
Más que entrenamiento, parecía una verdadera lucha. El teniente no dejaba de arremeter golpes contra el subteniente; Joshufel sólo se escudaba con su espada, pues los rápidos estoques de Annatar no le daban tiempo siquiera de pensar cómo usarla.
Con gran agilidad incluso extraña en un elfo, el teniente parecía que en cada golpe se impulsaba por los aires usando una espada corta para dañar al oponente. Tan brutales eran las embestidas del príncipe que Joshufel se vio en la obligación de usar escudo.
─Es solo un ejercicio de entrenamiento –contestó como pudo el subteniente, cuando deparó en la presencia del rey.
Para Annatar no existía nadie a su alrededor y con fuerza descomunal comenzaba a propiciarle de arremetidas a su "enemigo" que no hacía algo más que defenderse como podía.
De improvisto en la lucha entró Barahir en ayuda del subteniente; pero en cuanto entró recibió los lascivos y feroces estoques de Annatar, con tal fuerza que casi le zafa la espada de la mano, Joshufel tomó un respiro y continúo con su ataque.
Entre el capitán y el subteniente trataban de someter a un irreconocible Annatar, que con suma facilidad podía con ambos a la vez. Joshufel se puso en cuclillas y en un rápido movimiento tiró a su señor al suelo tratando de poner fin al entrenamiento; pero con la misma velocidad como cayó el príncipe se impulsó con su espalda para colocarse de pie y continuar con sus embestidas.
El teniente, sin que los otros lo previeran, golpeó en el hombro a su compañero de viaje y éste como impulso soltó la espada; casi de inmediato el general de cabellos negros suplantó al rubio subteniente.
Joshufel llevó su mano izquierda a su hombro derecho masajeándolo lentamente; durante el combate, Lúthien, Mithrandir y Tathar llegaron al lugar por petición de la princesa, pues aunque el lugar era de uso exclusivo, los que caminaran por ahí e incluso los que se encontraban en niveles superiores tenían una perfecta visibilidad del bien equipado campo de entrenamiento.
El subteniente se dirigió a donde el rey, aun sobando su hombro, con gotas de sudor surcando su frente y las mejillas sonrojadas por el esfuerzo; a su espalda se escuchaba a la perfección el incesante choque de metales.
─Aiya*, querida –saludó con energía a la princesa─; buen día majestad –inclinó su cabeza a manera de respeto.
─Déjame arreglarte eso –con movimiento de mano Lúthien le indicó que se acercara a ella; Thranduil la vio penetrantemente para que comprendiera que no debía hacer esfuerzo, pero fue ignorado.
─Supuse que se tomarían sus días libres paseando por el reino –comentó el rey con la mirada fija en los elfos en contienda.
─Sí –alargó un poco la última letra mientras se arrodillaba de espaldas a la princesa─; pero a Annatar no le gusta perder tiempo –la elfa tomó su brazo herido y lo estiro lentamente en diagonal hacia ella─; así que no me queda más que obedecer.
De manera extraña la joven masajeaba el hombro de Joshufel mientras aun lo tenía estirado, moviendo su mano hasta el inicio del cuello y apretando ahí con leve fuerza.
─¡Eso no es lo que tienes que hacer! –Exclamó el subteniente saltando de su lugar para sobar su hombro; el rey lo fulminó con la mirada esperando una disculpa por parte del soldado─. Preciosa, me he dado cuenta de que te encanta verme rabiar… así que: muchas gracias hermosa –sonrió con sarcasmo.
El subteniente roló los ojos aun con su sonrisa y besó la frente de la princesa; él era uno de los elfos más desvergonzados que pudiese existir, por tanto poco le importaba si el rey le juraba muerte instantánea por sus actos, él era como era y nadie lo cambiaría.
Barahir y Orel se enfrentaban a un gran problema, desde hacía un rato en los ojos de Annatar habían vislumbrado algo más que muchas ansias de entrenar, su ojos reflejaban un odio descomunal y podían jurar que su boca era una mueca, por la forma en como se le arrugaba el entrecejo.
Una espada cortó la tela que cubría la mitad del rostro del príncipe haciendo que incluso una gota de sangre cayera por su mejilla; el hijo de Ernetor rodó los ojos a su herida, cerró sus parpados y los nudillos se le pusieron blancos; en cuanto sus ojos verdes se posaron en sus jefes un odio aun mayor se vio en su mirada, haciéndolo completamente letal.
Giró su rostro por primera vez a donde estaba Thranduil, pero no se concentró en éste, sino en el príncipe que comenzaba a llegar por el pasillo con una pelirroja. De ser posible de verde platinado, sus orbes cambiaron a un rojo intenso.
De un parpadeo desató su furia contra los elfos que tenía frente a él; giró sobre sus talones para tomar mayor impulso y así desarmar al capitán del Norte; aprovechando el estado atónito de Orel, tal como hizo con Joshufel también lo golpeó en el hombro haciendo que soltara su espada. Ya con ambos desarmados, tiró a Barahir de una patada haciendo que cayera de espaldas; Orel trató de golpearlo, pero en un mal movimiento el rubio lo golpeó con el codo en el centro de la caja torácica sofocándolo un poco, para después…
─¡Annatar, dartho*! –ordenó el rey con sorpresa, pero el autoritarismo fue el que gobernó la frase; de inmediato el elfo obedeció y dejó a la mitad su ataque colocando sus manos a los costado e inclinando la cabeza con sumisión.
Thranduil cruzó sus brazos a la altura de su pecho; claro que estaba sorprendido por las acciones de aquel joven, le habían mentido y descaradamente, ahora más que nunca se percataba de que evidentemente había fallado en las pruebas a propósito.
Pero el odio con el que veía a Orel y Barahir era descomunal, por un momento creyó que en verdad los lastimaría. Con la mirada fría le indicó que se acercara; el general ayudó a que el capitán se reincorporara, pero el brazo no le permitía al pelinegro hacer gran esfuerzo, pues no tenía movilidad alguna en su brazo derecho.
─Es evidente que arruinaste tu prueba –dijo con suma frialdad en cuanto estuvo en la sombra que propiciaba el pasillo; el joven no vio ni de reojo a su hermana pero un brillo de fuego se vio en su mirada con solo notar al príncipe junto a su padre─. A partir de este momento dejas de ser el teniente del flanco Norte…
Todos los presentes –incluidos el general y el capitán que recién llegaban─ quedaron estupefactos por la sentencia del rey. Annatar solo inclinó la cabeza a manera de asentimiento esperando únicamente a que Thranduil le permitiera retirarse.
─Mañana comenzarás a fungir como comandante –una nueva bomba que dejó pasmados a todos. El puesto de comandante tenía más de un milenio que no existía en el ejército del bosque─. Joshufel, quien también ha alterado sus resultados será tu subordinado. Ambos no solo supervisarán las fronteras, sino que también se encargarán del entrenamiento final de todos los reclutas.
─Sus deseo son órdenes, aranya* ─se inclinó Joshufel profundamente, secundado por Annatar.
En cuanto terminaron su reverencia, con la mirada el príncipe de Gildîn pidió retirarse –pues ambas perlas en sus dedos estaban negras─, Thranduil asintió y de inmediato partió el nuevo comandante sin voltear a ver a su hermana; sin embargo cuando pasó a lado de Legolas le fulminó rápidamente con la mira, que solo fue vista por el príncipe.
─¡Ahora recuerdo de dónde te he visto! –Exclamo Mithrandir que se la había pasado todo el tiempo callado observando únicamente a Joshufel─; eras el guardia que negaba el acceso en la mañana –Thranduil enarcó una ceja fulminando al mencionado.
─Y aun me sorprende el verlo por aquí –respondió con cierta seriedad; Gandalf subió sus espesas cejas por el descaro del elfo─. Mi señor, en mi defensa yo no le conozco ni he escuchado mención alguna de usted… pero por lo que veo es muy conocido por la realeza. Mi buen hombre, acepte las disculpas de su humilde servidor.
La princesa soltó una risita que fue oculta por la mirada imponente del rey; el mago solo decía cosas por lo bajo. Mientras Joshufel, Mithrandir, Lúthien y Tathar mantenía una entretenida platica sobre "el por qué jamás se le debe de negar el acceso a un mago"; Thranduil, Barahir y Orel discutían sobre los nuevos puestos que se acaban de formar y de quién suplantaría lo lugares vacíos de la frontera norte. Legolas y Tauriel practicaban un poco de arquería.
Durante toda la conversación Orel no dejaba de tomar su brazo que lo único que podía sentir era un agudo dolor en el hombro, Thranduil le ordenó ir con el sanador para que lo checara, pues aun no le regresaba del todo la movilidad en el brazo.
─El curandero te dirá que reposes un par de días –comentó Joshufel llamando la atención no solo del capitán sino también de todos los demás que se encontraban por el lugar─. No es ninguna herida o fractura, simplemente inmovilizaron tu brazo.
─¿Cómo lo sabes? –cuestionó Orel con el ceño ligeramente fruncido.
─Simple: mi comandante lo atacó igual que a mí…
─Y veo que ya puedes mover tu brazo –rascó su mentón ligeramente─; ¿puedes acomodar mi brazo?
─No, no puedo –negó de lo más despreocupado─, no me vea así general; aunque quisiera me es imposible, no poseo la habilidad para realizar semejante cosa… pero no se alarme, ni me frunza el ceño de esa forma –Barahir rio por lo bajo al igual que Tathar y Lúthien─; para su suerte, mi señora puede quitarle su malestar.
El subordinado del comandante condujo al general con la princesa y lo arrodilló de espaldas a ella; repitió los mismos pasos que con Joshufel, todos lo habían notado, pero el combate tenía toda su atención y no se habían atrevido a preguntar lo que hacía.
Lúthien les explicó que en Gildîn se utilizaba mucho la inmovilización de los miembros del enemigo, cosa que no duraba más de unas horas y el malestar algunos días. Los curanderos del lugar fueron quienes desarrollaron esa técnica y por tanto los únicos que sabían cómo revertir el efecto. Lo que el general tenía sólo era un músculo tensado ocasionando que perdiera un poco la movilidad de su brazo.
Durante la explicación de la princesa, Mithrandir no dejaba descansar a su mente; sabía que tanto el elfo "Annatar" como Joshufel venían con la princesa, pero estos también tenían un parecido a los noldor… no solo era su imaginación que le jugaba malas tretas, incluso le pareció que el comandante se parecía a la princesa, que tontería más grande.
Al poco tiempo Tauriel y Tathar se retiraron; no sin antes escuchar las promesas de venganza de Joshufel, en cuanto notó el estado de su amada princesa. Gandalf comenzó a caminar sin decir nada por los pasillos sacando su pipa, necesitaba razonar lo ocurrido y mientras más vueltas le daban al asunto, más marcas de los noldor veía en los tres elfos de Gildîn.
Barahir, Legolas y Thranduil se adentraron al campo de entrenamiento. El príncipe por mucho tiempo rogó a su padre una lección de esgrima y por fin ese día la recibiría; dejaron que el capitán fuera por algunos materiales.
─Ada* ─llamó la atención de su padre─; ¿confías en Annatar?
─¿Qué clase de pregunta, Legolas?, claro que confió en él, de lo contrario no le hubiera ascendido a tal puesto –pero Thranduil comprendía que había más tras esa pregunta, así que interrogó a su hijo con la mirada.
─No lo sé ada*… vi la furia con la que atacó a Orel y Barahir…
─Mi señor –habló Barahir interrumpiendo al príncipe─; le aseguro que el comandante solo hace lo mejor para mantener a la familia real segura; el paño en su rostro lo hace ver duro, pero nada de eso… créame, es de fiar.
─No fío de ellos –susurró por lo bajo mientras dirigía su mirada a Lúthien y Joshufel que platicaban sentados en una banca bajo la sombra del pasillo.
─No sea absurdo, Legolas –le reprendió Thranduil─. ¿Vas a quedarte todo el día estático?
El joven príncipe sacudió su cabeza tratando de sacar todos los pensamientos de su mente, retirando su atención de los elfos que conversaban entre risas en la butaca del pasillo. Sin importar lo que dijeran, él no confiaría tan fácil en los forasteros que tanto cariño se traían con su hermanita, ni mucho menos bajaría la guardia, no se arriesgaría a que un buen día una catástrofe ocurriera en el palacio… cerró su ojos decidido a sacar todas aquellas ideas de su cabeza.
La risa de la princesa se escuchaba por los pasillos, mientras escuchaba muy atenta cómo Joshufel le narraba sus aventuras de ese mes, exagerando como de costumbre un pequeño traspié de Annatar…
─¿Joshufel? –calmó su risa.
─¿Sí, hermosa? –centró sus ojos azules en la joven.
─¿Qué pasó? –su compañero bien sabía a lo que se refería la princesa.
─Estábamos entrenando –contestó como si se tratara de lo más obvio─; ahora como te decía…
─Sé bien que no estaban entrenando –reprochó con la mirada.
─Bien –suspiró el soldado─, tú ganas, preciosa. Necesitaba desahogarse un poco.
─No comprendo –en sus facciones se demostró tristeza y preocupación.
─Cariño –tomó su barbilla─; a ti no te han quitado al motivo de tu adoración –posó su dedo índice en sus labios─. No digas nada; no es lo mismo para ti que para él. Dulzura, lo destrozas; los dos sabemos muy bien que tú estas de las mil maravillas con el rey y el principito… mi niña, comprende: él te adora con el alma y sufre como no te imaginas; todas la noches subía al árbol más alto para bañarse con el brillo de las estrellas, pensando que tú quizá también en ese momento las estarías viendo.
Una lágrima surcó la cara de la joven, el soldado la limpió con su pulgar; él sabía que sus actos eran vistos con lupa por la familia real, pero siendo él no le importaba en lo más mínimo si se trataba de consolar a la niña de sus ojos.
─¡Ay, hermosa! No llores, mi vida –la acorrucó contra su pecho acariciando sus cabellos dorados─, sé que tú también sufres, mi cielo… pero ya tienes una familia que se preocupa por ti y eso Annatar no lo puede soportar; es muy egoísta y sólo él quiere tener todas tus atenciones. ¿Qué ya has olvidado que tienes a los celos por hermano, luciérnaga? –Ella sonrió al recordar el apodo que Joshufel le dio cuando apenas tenía diez años─. ¿Ves, querida? Mientras tú caminas con el señor rey perfecto; él sólo se tiene que conformar con verte pasar.
Depositó un beso en su coronilla, sacándole una sonrisa a su luciérnaga.
Adar*─ Padre
Ada*─Papá
Aranel*─ Princesa
Hîr nîn*─ Mi señor
Aiya*- Hola
Dartho*─ detente/alto
Aranya*─ mi rey
Endoriel: espero y el capítulo fuera de su agrado; quiero agradecer a mi querida Mell-chu por ayudarme a corregir el texto y sugerirme cambios para mejorar la lectura.
Para los que tengan dudas, así es como Thranduil (según yo) maneja su ejército según su rango y un ejemplo:
*Soldados: Falathar (arqueros, espadachines, ambos, caballería, infantería)
*Subteniente: (antes) Joshufel
*Teniente: (antes) Annatar
*Capitán: Barahir
**Comandante: Annatar (Joshufel es como su ayudante, Thranduil sabe Annatar no siempre puede hablar; pobre lo usan de vocero. Pero si tiene un peso para mandar)
**General: Orel
**Capitán General: Thranduil
¿Y qué es Tathar? Bueno esa es otra división, él forma parte de la guardia real (guardaespaldas del rey), no puede ordenar (dirigir) a nadie.
Saludos desde México; no se olviden de dejar sus comentarios, que sin duda alguna me impulsan a continuar escribiendo.
