Capítulo 14: Pesadillas del Pasado

Hay cosas que simplemente suceden y nada se puede hacer para detenerlas; no importa cuál sea el esfuerzo por detener las desgracias, simplemente llegan solas y se vuelven imparables, lo único que se puede hacer es soportar la tormenta lo mejor posible tratando de que los estragos no sean mayores.

Suena fácil decirlo, pero las tormentas no vienen solas y con una desgracia la acompañan un sin fin de pesadillas hechas realidad. Sí, todo comenzó con una pesadilla, un mal sueño, una tortura a un ser frágil.

Aquella noche de verano entre susurros y gélidas palabras, una niña por obra del Señor Obscuro vio con sus ojos al bosque en llamas; los ciervos corriendo en busca de un refugio, las aves surcando los vientos huyendo del humo, los ríos negros por la ceniza y la putrefacción, árboles cayendo a la tierra con ardillas aun en su tronco.

Las cuevas de Thranduil sitiadas por seres de apariencia fétida y corazón ulcerado; el crujir de la madera ante los arietes de los orcos, el pueblo élfico oculto en los salones del rey, soldados con el rostro negruzco por el humo; y un príncipe postrado en una camilla improvisada.

Con los ojos cerrados, el costado sangrando y el arco roto; era como el gran señor del bosque observaba a su primogénito que con sus últimos alientos se aferraba a la vida…

La dama blanca de rodillas acunando en sus brazos la cabeza de su amado esposo, ni la magia que poseía lo pudo salvar de la muerte producida por las múltiples heridas en el abdomen, piernas, brazos y pecho… poco quedaba del gran Señor de Lothlórien.

Con temor los soldados corrían a resguardar lo poco que quedaba del talan real… sin ánimo siquiera para seguir luchando ¿Cuál sería su razón?, el pueblo entero fue masacrado; la sangre de los elfos alimentaba el Nimrodel, los cuerpos desmembrados de los caídos servían de tapiz para las bestias de Sauron.

Pocos eran los sobrevivientes del Bosque de Oro, que lo único que ahora buscaban era morir en nombre de los que algún día fueron los grandes reyes que llevaron a los elfos a la gloria de Arda…

Lamentos de dolor y voces desgarradas en cantos de tristeza; un bosque cubierto por la densa neblina de un amanecer igual de gris que la noche. Imladris, la gran ciudad de los elfos, desolada y con sus habitantes penando por los pasillos; aguardando la hora en la que llegara el siguiente ataque que no demoro en llegar.

La estrella de la tarde, apagada por la pena y el martirio de ver cómo sus hermanos usaban sus propios cuerpos como escudo para defenderla a ella; cerró sus ojos cubiertos en lágrimas, colocó sus pequeñas manos en sus orejas para evitar escuchar algo más… un líquido tibio roció su tez blanca, seguido de un chorro directo a su cara de porcelana, un grito desgarrador sacó a Arwen de su letargo, siendo testigo de la muerte de Elladan…

En las sombras ajeno a todas la escenas, una voz se alzó en lo profundo repitiendo una y mil veces: «no importa dónde se oculten, los encontraré; masacraré a todos aquellos pueblos de su maldita raza», el eco poco a poco se alejaba para dar paso al desastre de todos aquellos mágicos lugares; tres escenarios combinados y visto desde la lejanía.

Aquella niña, esa princesita que había llegado solamente con dos de su raza, ahora estaba completamente sola entre las sombras y viendo cómo de los tres reinos élficos salían los reyes –o lo que quedaba de ellos-, todos marcados por la pérdida de lo más preciado que tenían. Se acercaban con espada en mano y poco a poco comenzaron a cortar la blanca piel de la joven.

Por fortuna Annatar había logrado despertarla en aquella ocasión y la pesadilla había llegado a su fin; Thranduil al escuchar semejante relato la estrechó entre sus brazos, diciéndole que solo era un método de tortura y nada más; aunque esas palabras eran más para tratar de calmarse él.

Thranduil ahora no estaba tan seguro que fueran simples pesadillas o torturas que tan constantes se habían vuelto. Habían pasado sesenta años desde la llegada de los príncipes de Gildîn; en tan solo un año Lúthien era amada por el pueblo e incluso los elfos silvanos aseguraban que siempre estuvo ella presente.

Pero Annatar… Quizá fue a causa de tener su rostro eternamente cubierto o el que en poco tiempo ascendiera a puestos tan altos. Como había dicho Thranduil: entre él y Joshufel se habían encargado del entrenamiento final de los cadetes; por su fuerte entrenamiento y mano dura, su poca flexibilidad y la nula comunicación que tenían con sus cadetes, se ganó el odio de más de alguno.

Inclusive durante más de diez años, constantemente fue retado por algunos soldados que intentaban conseguir su puesto, pero él los vencía rápidamente. Ya era más de medio siglo que día a día era torturado lenta y dolorosamente, sin poder demostrar quién era en verdad, mostrarle a todos los elfos silvanos que podían confiar en él, en verdad que quería mantener una relación estrecha con sus soldados, pero la perla en su mano constantemente se oscurecía y su compañero de aventuras se veía obligado a ser su interprete; dándole a Annatar un toque de superioridad, a tal grado que incluso creían que el joven no quería ni dirigir la palabra a los que eran "inferiores" a él. Qué gran error; y el príncipe se vio obligado a aceptar eso en silencio.

Sí, muchas cosas habían cambiado en el reino; Thranduil sentado frente a su escritorio con la mirada perdida y una copa de vino que posaba en su mano; vestido de naranja y gris, botas cafés y dos anillos en sus manos. Razonaba todo lo ocurrido los últimos días; desde hacía una década el bosque había decaído grandemente, una oscuridad se apoderaba de los árboles como la noche se apodera de la tierra.

Dejo su copa en el escritorio a medio terminar; en silencio se levantó de su silla finamente tallada en roble rodeando la mesa. Anduvo un par de pasos, como si razonara cada uno de ellos hasta llegar a una ventana con vista a uno de los jardines.

Examinó a todos lo que paseaban por el lugar, esforzando su oído a captar el sonido de las arpas y los violines, las dulces voces que entonaban cánticos alegres, como ajenos a lo que sucedía fuera de palacio.

Ciertamente no era un lugar inhóspito, pero después de unas cincuenta leguas las cosas cambiaban drásticamente, todo el norte y parte de este y oeste estaba completamente ennegrecido y putrefacto; los animales se habían adaptado al lugar tomando colores grises en sus pelajes y algunas volviéndose crueles. El sur continuaba prácticamente intacto.

Thranduil no sabía cómo contrarrestar el mal, sabía tratar con arañas y orcos; pero la magia era un terreno que no manejaba por completo y Mithrandir se la pasaba de aquí para allá. Pidió ayuda a Curunír* en una ocasión, pero como éste no dejaba de ver a su hija con mayor desdén que Mithrandir ─jamás le dijo palabras semejantes pero era lo que incluso Legolas leía en la mirada del mago Blanco─ desistió de la idea.

Comenzó a caminar por el estudio hasta llegar al retrato de su amada esposa. Suspiró.

-Elen nîn, milme ar-fëar… poldore vorima, hilya-mahta lie* -acarició el óleo que eran las manos de Luinil.

Escuchó que la puerta del despacho se abría y cerraba casi instantáneamente.

-Legolas –habló en voz fuerte antes de que la pesada madera cerrara por completo-, pasa.

-Lo siento ada* -se disculpó en cuanto bajó el primer escalón-, no quería interrumpirte…

-Ya lo has hecho –dijo con frialdad en la voz-. ¿Qué necesitas?

-Nada en realidad –su padre lo vio con un poco de fastidio-… me preocupé cuando no te vimos en el desayuno ni en el almuerzo.

-Los labores con el reino son mi prioridad –tomó asiento en su silla dispuesto a leer uno de los pergaminos-. Galion ha mando a un sirvienta a que subiera mis alimentos.

Continuó leyendo el papel que tenía en sus manos; el príncipe sólo lo observaba estático en el centro del estudio sin mover un solo músculo.

-Legolas –el rey centró su vista en su hijo-, mañana al salir el sol Annatar te esperará en el campo de entrenamiento privado –subió una de sus perfectas cejas callando cualquier réplica del elfo-; me has pedio los últimos meses que apruebe un adiestramiento más complejo, ¿y ahora lo rechazas?; no hay mejor instructor en todo el reino, además es su obligación.

-No es eso –mordió ligeramente sus labios-; me preocupa que últimamente ya no sales de este lugar, hay días en los cuales ni siquiera te veo… sé que el reino está en decadencia; comprendo que es la obligación de un rey, pero no puedo estar tranquilo sabiendo que no puedo hacer nada por ayudarte.

-Haces suficiente acatando mis órdenes –dejó el papel en el escritorio cruzando sus manos encima de éste.

-Desearía poder ayudarte –caminó un par de metros-, me encantaría que volvieras a sonreír, me conformaría con verte pasear por los jardines observando el rocío matutino… pero la corona ha absorbido por completo tu atención.

Legolas mantuvo la mirada de su padre demostrándole que no se marcharía de ese lugar si él no le acompañaba; Thranduil veía la decisión en su hijo y se sorprendía de lo mucho que había madurado, su rostro en esos sesenta años apenas cambió un poco, pero su mirada era diferente, ahora era responsable y se preocupaba por sus labores de príncipe.

No supo cuándo su pequeño obtuvo ese brillo en su mirada, apenas y había notado que ya no desobedecía tanto sus órdenes, acatando rápidamente sus castigos, si es que llegaba a tener. No dejaba de ser inquieto, curioso y sumamente exagerado; aún tenía la pureza de la infancia en el brillo de su cara.

-Solo esta vez –aclaró levantándose de su cómoda silla recibiendo una sonrisa de su hijo que apenas aparentaba los dieciocho años humanos.

En cuanto salieron Thranduil ordenó a uno de sus guardias que informara a Borlach y Galion que no quería ser molestado en todo el día y si había asuntos urgentes que resolver respecto a la seguridad del reino lo notificaran con Orel y Annatar.

Padre e hijo cambiaron sus ropas para ponerse la vestimenta adecuada para cabalgar; los vasallos ya tenían su caballos preparados y un escuadran mandado por el general los esperaba a fuera de las caballerizas.

El rey negó rotundamente la compañía de los elfos diciendo que no pensaba salir fuera de palacio, sino que pasearía por las arboleas dentro de sus murallas; sin poder oponerse a una orden directa de su soberano asintieron dejándolos partir con la única protección de sus armas.

El señor del bosque se aferraba a las crines de su caballo sintiendo como el viento chocaba contra su rostro, sus cabellos dorados danzando con el viento, sus músculos se relajaban mientras el equino galopaba con velocidad. ¡Cuánto extrañaba sentirse libre y en contacto con la naturaleza…!, pero temía a los peligros del exterior y prefería guardarse en una cueva antes que arriesgar la vida de sus más queridos tesoros.

Desde hacía unos años, había encontrado adoración y verdadera devoción por las gemas bancas, veía las estrellas queriendo arrancarlas del firmamento y tenerlas en sus manos. Desde hace un tiempo había tomado la manía de observar sus joyas en la oscuridad de su estudio, con el mínimo ruido cerraba el cofre y ocultaba cualquier cosas que lo delatara.

No notó en qué momento ordenó a su caballo detenerse; tanta fue su concentración en pensar en sus joyas que obligó inconscientemente a su corcel a parar la marcha; Legolas bajó de su caballo creyendo que su padre se había perdido en la belleza de los árboles y las flores silvestres del lugar.

El príncipe le indicó a Thranduil con la mirada que caminaría entre los árboles, el mayor solo asintió siguiendo sus pasos; Legolas quería entablar una conversación con su padre, pero parecía que él no quería separarse de su corona.

-¿Cuándo va a llegar Lord Elrond? –cuestionó el príncipe unos pasos adelante del elfo más alto.

-Mañana, Legolas, mañana –su voz neutral confundió al príncipe.

-¿Podré conocer Imladris? –sus ojos brillaban como los de un pequeño elfito.

-Todo a su tiempo –fue su sencilla respuesta, el príncipe esperó a que su padre y él estuvieran a la par-. Aun no eres lo suficientemente mayor como para salir del reino.

-¿Y Lothlórien? –Aún conservaba un poco de esperanza.

-¿Cuál es tu desespero por abandonar tu hogar? –clavó sus zafiros en la cabeza rubia de su pequeño.

-No quiero abandonarlo –bajo un poco la mirada-, solo quiero saber qué hay más allá de nuestras fronteras… ni siquiera conozco gran parte del reino…

-Un príncipe no puede pasear en las calles o el mercado –su arrogancia y altanería hicieron presencia.

-Tampoco puedo correr por los bosques, ni comer sin cubiertos, o tomar una plato con mis manos –exclamó un poco irritado.

-No eres igual que los demás, eres…

-"Eres un príncipe, tu deber es tener un comportamiento intachable ante la nobleza y perfecto con el pueblo" –repitió el discurso que tan acostumbrado estaba a escuchar-. Sé que soy diferente, pero cualquier herrero o jardinero conoce mejor cualquier parte del reino que yo.

-Tu seguridad es prioridad –comenzaba a molestarse-; no puedo arriesgarme a que te suceda algo…

-Quizá no quiero ser príncipe –susurró tan bajito que ningún hombre ni a un centímetro de sus labios lo hubiera oído, pero Thranduil escuchó a la perfección cada una de sus palabras.

-¿Qué has dicho? –los zafiros del rey denotaban destellos rojos y amenazan con encender fuego en cualquier momento.

-Ada*, quiero tener una vida normal –exclamó exasperado pero sin faltar al respeto.

-¡Legolas!, estamos al frente de un pueblo –trataba de no perder la cordura-, es nuestra obligación velar por la seguridad del reino.

-Y por eso ¿tenemos que ser reverenciados y tratados como un Valar? –lo confrontó con la mirada.

Era la primera vez que el príncipe trataba tal tema con su padre; nunca antes el rey había sospechado que a su hijo poco grato le resultaba ser un príncipe. Ciertamente Legolas siempre se mostró reacio a tener tanta servidumbre a su servicio, pero no que llegara a renegar de tal forma de su procedencia, porque eso era justamente lo que estaba haciendo.

Thranduil no supo cómo reaccionar; recordaba que cuando era niño siempre se ponía su corona y ropajes a hurtadillas para sentirse rey y ahora ¿no quería serlo?, era totalmente inconcebible el creer que ese príncipe quisiera ser un elfo más.

-No somos tratados como un Valar –suspiró apesadumbrado y posó sus dagas azulinas imponiendo su palabra al joven elfo-. No estoy dispuesto a continuar con esta conversación sin sentido; tú eres Legolas Thranduilion, príncipe del Bosque Negro, y nada en la Tierra Media podrá cambiar eso.

Giró sobre sus talones dispuesto a abandonar el lugar, sin importarle que su primogénito quedara clavado en la tierra con las manos echas puños y los ojos nublados por la impotencia.

-No quiero escuchar una palabra más sobre el asunto –declaró apenas subió a su caballo, mientras Legolas aún le faltaba poco para montar su equino.

El trote de regreso al palacio fue en silencio, con una tensión palpable en el aire; para el joven elfo aunque anhelara poder ser libre en su corazón siempre estaba lo que su padre ordenara y con gran pesar no volvería a insistir con aquello.

Alzó su cara con altivez –tal como su padre le había enseñado- ocultando por completo cualquier rastro de una discusión o de su pesar, pero su enojo se podía leer en sus ojos.

Ambos desmontaron sin decir una palabra; el vasallo sorprendido sólo se limitó a hacer su labor. Padre e hijo comenzaron a caminar rumbo a los pasillos principales; el rey unos pasos delante del príncipe; los dos con las manos en la espalda, el mismo atuendo, los cabellos trenzados de manera idéntica y por si fuera poco el mimo rostro serio. Aquellas ropas rejuvenecían a Thranduil haciendo que incluso pasara por hermano mayor del príncipe en lugar de su padre.

Una figura en vuelta en telas blancas se acercaba corriendo hacia ellos, con carcajadas tan sonoras que se escuchaban en todo los pasillos contiguos.

Ada*! –Se lanzó contra el rey con gran euforia abrazándolo por la cintura-. ¡Joshufel no me deja en paz!... ¡Al fin has salido de tu estudio! –subió su mirada como si apenas se percatara de aquello.

-Es evidente que no estoy cumpliendo con mis labores –no correspondió al abrazo y su voz era tan neutral que Lúthien se separó solo un poco.

-Te extrañaba –volvió a abrazarlo aspirando su aroma-; prometiste no dejarme sola ¿recuerdas? –se removió en su pecho capturando su calor.

-Continúo fiel a mi palabra –acarició sus cabellos aceptando la muestra de cariño de la elfa que poco había cambiado en esos sesenta años.

-Lúthien, una princesa no puede correr por los pasillos –Legolas comenzó a caminar dejando a su espalda a su padre y hermana.

El rey de inmediato captó el porqué de sus palabras; tomó a su pequeña colgándola del brazo y comenzaron a caminar, ese día se lo dedicaría a sus hijos, tarde o temprano a Legolas se le bajaría su rabia.

-¿Qué me decías de Joshufel? –inquirió el soberano dirigiendo una mirada "casual" a la princesa.

-¿Qué?... ¡Oh! Ya recuerdo –sonrió-, se burlaba del tapiz que bordé…

-¿Acataste la orden de Nitral? –la pequeña sonrió por lo bajo- ya veo; jamás lograrán estar las dos en la misma habitación.

-Traté de ser paciente y soportar lo mejor que pude las indicaciones –bufó-, pero la madre de Tauriel me detesta y no logro progresar… ¿ya me dejarás estudiar sanación? –cambió de tema, cosa que había aprendido de Legolas.

-¿Por qué tanta persistencia? –se detuvieron en el jardín de Elbereth tomando asiento en una de las bancas.

-Quiero ayudar al pueblo –comenzó a jugar con la falda de su vestido-; Legolas y Annatar pueden protegerlo con sus armas y yo… no soy ni capaz de defenderme; quiero sentirme útil, saber que puedo salvar la vida de los nuestros o ayudar a que sus pesares sean menores.

Durante todo el tiempo que llevaba en el reino, constantemente pedía al rey poder estudiar la medicina élfica. Lo primero que le pidió fue saber los venenos –cosa fácil, pues ella y Legolas habían hecho el libro donde se recopilaban los venenos existentes-, después le pidió que estudiara la estructura corporal de los elfos, seguido de las enfermedades que podían aquejarlos y cuáles eran sus causas, siempre que terminaba le exigía estudiar nuevas teorías hasta dominarlas por completo.

Thranduil pensaba que con ponerle tanta teoría quizá desistiría, pero se le olvidaba que los Noldor se caracterizaban justamente por la sed insaciable de conocimiento y todo aquello solo había aumentado sus ganas de ser sanadora.

-Para ser sanador se debe de poseer el don –explicó como último recurso.

No tenía nada en contra de los sanadores, de hecho los consideraba de suma importancia en tiempos de guerra e incluso para mantener la paz con los pueblos vecinos. Pero la vida de un sanador era llena de dolor ajeno, él no quería que su hija viera los estragos de la guerra o de las misiones, no deseaba que Lúthien viera de nuevo heridas profundas y recordara lo que sufrió cuando la torturaron a ella, a Annatar y a su madre. No quería verla sufrir por el pasado.

-No es necesario el don –se acorrucó en su pecho-, el don es para las heridas mortales y si no lo poseo puedo aprender a sanar las heridas más superficiales.

-Te ofrezco un trato –Lúthien posó sus ojos curiosos en el rey-; sí además de todos tus dones, posees el de la sanación, dejaré que pongas en práctica toda la teoría que sabes –lo ojos grises azulados de la princesa brillaron con gran alegría-; pero si no lo tienes, dejarás de insistir en el tema y terminarás a la perfección el tapiz con Nitral.

Ada*! –Exclamó inconforme- no es justo…

-Es completamente justo –mostró una sonrisa socarrona.

-Te quiero, adar* -lo abrazó aceptando el trato que el rey le ofrecía.

Con paso lento y rostro sereno, pero con una furia en lo profundo de sus ojos; el príncipe se dirigía a practicar con su arco. Tenía que bajar de alguna manera la frustración que sentía por no poder ser como su espíritu dictaba.

¿Por qué no podía ser libre?, de entre tantos elfos justamente tenía que ser hijo del más orgulloso rey en toda Arda. No es que renegara de su procedencia, pero ahora le parecía que todo el trato que recibía era excesivo; solo era un príncipe, no había participado en grandes batallas o salvado un pueblo entero de la destrucción, ni siquiera había dicho un discurso trascendental como para que todos los demás se inclinaran ante su presencia.

Simplemente no se sentía digno de esa "superioridad" que su padre marcaba grandemente, le parecía gracioso y frustrante cuando en su amabilidad quería recoger el plato donde había comido o ayudar a cargar algún barril a un sirviente; siempre lo veían con extrañeza y le imploraban que no era necesaria su ayuda.

¿Tan débil lo consideraban, como para no dejarlo levantar un simple vaso?, sí quizá era eso, todos pensaban que el príncipe no podría con las arduas labores…

Una flecha silbó con gran velocidad partiendo justo por la mitad a otra que estaba justo en el blanco. Con aquella flecha Legolas dejó sus últimos pensamientos que no hacían más que atormentarlo.

-¡Hoja Verde! –Gritó Tauriel a sus espaldas mientras pasaba casualmente por el centro de entrenamiento-. Gran tiro, Legolas –palmeó su hombro mientras se acercaba- ¿Qué te sucede? –cuestionó al notar que no le había dedicado la sonrisa habitual.

-No es nada –se sacudió de su tacto; la pelirroja frunció el ceño.

-Comprendo, ya no soy digna de tu confianza –bajó la mirada un poco dolida.

-¿De qué hablas, Tauriel? Por el dulce Eru, ¡eres mi mejor amiga! –la tomó por sus costados buscando sus ojos verdes; pero ésta no respondió-. Lo siento no era mi intención... yo… perdóname –su voz fue baja y llena de arrepentimiento.

-No es tu culpa –forzó un sonrisa-; ya no somos parte del mismo mundo, ya no asisto a las fiestas de… capitanes y bueno, tu "hermana" está contigo en todo momento.

-¡Oh! Vamos Tauriel, después de seis décadas aun no puedes tratarla bien –la joven lo fulminó con la mirada-. Bien, como prefieras; sólo no la juzgues si no estás dispuesta a conocerla.

-Veo que has mejorado con el arco –cambió de tema, incómoda.

-Y tú, cuando entrenamos casi no fallas ningún objetivo.

-No poseo tu habilidad –dijo sincera.

Ambos chocaron sus miradas y comenzaron a observarse, descifrando todos sus secretos y contándose lo que había sucedido en sus vidas. Desde hacía unas décadas el príncipe entrenaba en un grupo diferente al de Tauriel, lo que al principio parecía una elfa con un gran potencial, poco a poco desaparecía; su energía iba en decadencia, pero no por ello dejaba de ser de las más letales en el grupo.

Por insignificante que parezca, ese solo cambio había hecho que ellos se distanciaran; pues ahora Legolas comenzaba a estudiar temas de política y sus tiempos libres eran con su elfa rubia favorita, la que había llegado a amar como a una verdadera hermana. Pero por Tauriel era un cariño distinto, la quería mucho y sin duda la defendería… todo era muy confuso.

Tauriel por su parte; cuando su padre se vio rebajado a un simple soldado se vio obligada a dejar los pasillos del palacio, su presencia en ese lugar ya no era del todo bienvenida. Años después su madre, Nitral; consiguió entrar al castillo en servicio del rey, se encargaba de enseñar a las elfas de la corte a bordar, lugar donde se había encontrado con la princesa. Toda su familia la odiaba, pues fue por ella que su familia pasó de ser prestigiosa a no tener importancia alguna.

Aun no comprendía cómo su amigo de la infancia le podía tener cariño a esa elfa. No tenían nada en común; Legolas era sencillo, caritativo, sensible, humilde, atento y un sin fin de cualidades que lo hacían perfecto, todo lo contrario a ella que se la paseaba por todo el reino con media docena de guardia.

Fijó sus ojos verde bosque en los mares de su compañero de travesuras; ¡cuánto le echaba de menos!; extrañaba poder salir a diario al bosque o entrenar hasta el atardecer. Sin percatarse ahora lo quería más, todo ese tiempo sin estar juntos había florecido en ella un sentimiento de aprecio aún mayor con solo verlo de lejos; no comprendía como había podido vivir sin escuchar la risa del príncipe… ¿cómo vivir sin sus ojos?

-Eres muy especial para mí, jamás lo olvides –susurró Legolas mientras tocaba su rostro, para después besar su frente con ternura.

-Legolas –se ruborizó un poco-, tú eres…

-Hîr nîn, Legolas* -interrumpió Joshufel-; lamento ser inapropiado en este momento –los dos se separaron; el príncipe indicó al rubio que continuara hablando-. La princesa Lúthien, lo espera en el jardín de Ithil*.

-No vemos luego, Tauriel –se despidió depositando un beso en su mano.

Mientras el príncipe se alejaba, la pelirroja lo seguía con su mirar agudo y una lágrima cayó por su blanca mejilla al saber que ya no era lo mismo y difícilmente su amistad volvería a ser igual. Se trató de convencer a sí misma ─algo que desde siempre había sabido─ de que "un príncipe no puede hacer amistad con una plebeya". Forzó su mente a repetírselo mil veces, para tratar de bajar el dolor que sentía con la partida de su amigo.

-Seler* -saludó apenas distinguió un rizo de oro detrás de un árbol- ¿Sí Joshufel esse hilya-aksan*? –la princesa mostró una sonrisa de medio lado-; hace unas horas corrías gritando su nombre.

-Siempre ha sido fiel a mis mandatos –le indicó que se sentara junto a ella en la raíz del árbol-; pero también es muy sincero en su opinión.

Acomodó su cabeza en el pecho de Legolas, inhalando su aroma a bosque verde.

-No me gusta que ada* discuta contigo –comentó formando círculos en las suaves manos del elfo; Legolas no supo cómo reaccionar, posiblemente su padre se lo había mencionado-. Adar* no me ha dicho nada; los dos siempre son muy obvios en sus ojos, quizá en su rostro tengan una sonrisa, pero sus ojos jamás me mienten.

-No te preocupes, sólo… no fue nada –suspiró.

-No espero que me lo cuentes –el elfo sorprendido abrió sus ojos azules grandemente-; te conozco Hoja Verde, si ada* te dijo que no quería volver a saber del tema, tú eres demasiado noble como para siquiera mencionarlo con otra persona –fijó sus ojos grises azulados en el perfecto rostro de su hermano.

-¿Sabes quién vendrá mañana? –como de costumbre cambió el tema; abrazó a Lúthien por los hombros.

-Sí… -se separó un poco de Legolas enseñando una sonrisa ansiosa-. Me ha prometido poder practicar la sanación –el príncipe alzó una ceja-, solo si tengo el don…

-De lo contrario estará bajo las enseñanzas de Nitral –concluyó el rey que recién llegaba a los jardines.

-Quisiera ver eso –exclamó el Legolas en tono burlón.

-Es magnífico el siervo que usarás de montura –Lúthien dirigió su atención a su padre; Hoja Verde solo rodó los ojos con una sonrisa en sus labios.

La familia real continuó con tema triviales; estaban tan cómodos en el jardín que incluso el rey ordenó que dispusieran lo necesario para comer en el jardín. Por primera vez en muchos años se notaba a Thranduil relajado, aunque por su mente no dejaban de circular las diversas amenazas que aquejaban a su reino.

Ver a sus dos pequeños reunidos y con sonrisas lo alegraban de sobremanera; desde la llegada de Lúthien ella se convirtió en su alegría y la luz en la obscuridad, pero Legolas, Legolas era todo su soporte, su vida, su alma, su propio ser; quizá podía vivir sin la risa de Lúthien, pero si le quitaban o dañaban a su Legolas, el morirá con él.

Sin percatarse dejó de prestar atención a lo que decían y los veía con devoción y cierta adoración; ya estaba más que acostumbrado a estar casi siempre fuera de la conversación de los príncipes, así que sólo se deleitaba con ser partícipe de su felicidad. Tomó un sorbo de vino y en sus labios se formó una tímida sonrisa.

Annatar y Joshufel observaban la tranquilidad del bosque en la entrada principal; como comandante su deber era encargarse de que la caravana de Rivendel llegara a salvo a la entrada del reino.

Un sonido apenas perceptible interrumpía el silencio del lugar… dos elfos salieron de entre las copas de los árboles bajando con agilidad propia de su raza, sin embargo no sorprendió a ninguno de los vigías.

-Mi señor –reverenciaron al unísono al comandante.

Se les notaba ajetreados y con falta de aire en sus pulmones; lo que más preocupaba a Annatar era que los dos se veían seriamente contorsionados y asustados.

-¡Abran las puertas! –ordenó el comandante viendo con inseguridad el bosque, sentía como si algo lo observara y una fuerza maligna avanzara hasta su posición.

Los cuatro entraron de inmediato y tras de ellos las magníficas puertas se cerraron. Comenzaron a caminar sin decir una sola palabra, pero tanto el comandante con su subordinado, comprendían que el informe de esos dos elfos tenía que ser en total confidencialidad.

A pesar de que los pasillos estaban desiertos y el reino entero era seguro, Annatar no dejaba de observar a sus alrededores como si temiera que lo atacaran. Entraron al salón de estrategia y planificación, ordenando a los guardias que nadie los molestara y prohibieran el paso cerca de esa zona.

-Káno* -habló uno de los elfos apenas estuvieron los cuatro solos; Annatar estaba de espaldas a ellos-; Dol Guldur –su voz se consumió por la fría estancia- ha sido restaurada…

-El enemigo se reagrupa –continuó su compañero, sabiendo que el otro no sería capaz de terminar la frase-; las tropas de Sauron se preparan para atacar.

-¿Cuántos? –cuestionó con frialdad.

-El número es incierto… cientos, podrían ser miles…

-Joshufel –giró sobre sus talones, el otro se irguió por completo listo para acatar la orden de su comandante-; ordena que dupliquen la guardia en todas las fronteras del castillo. Ni una palabra de lo mencionado –amenazó con fiereza-, al amanecer se lo reportaremos al rey.

Los tres elfos salieron a cumplir las órdenes de Annatar, mientras éste se sentaba en una silla sumido en sus pensamientos, con la única luz de una antorcha.

-¿Este es el destino que me tiene preparado? –Susurró a la obscuridad-. No permitiré que toques un solo cabello de mi hermana, antes muerto que verla sufrir… Juro que daré mi vida por ella, por el rey e incluso su hijo; jamás lograrás tenerlos en tu poder… -lanzó su amenaza al viento, con palabras tan frías tal como si el mismo Sauron estuviera frente a él.

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Traducciones:

Curunír*- Saruman

Elen nîn, milme ar-fëar… poldore vorima, hilya-mahta lie - Estrella mía, deseo tu espíritu junto al mío… me darías la fuerza para continuar, seguir luchando por nuestro pueblo.

Ada*- papá

Hîr nîn, Legolas*- Mi señor, Legolas

Ithil*- Luna

Seler*- hermana

¿Sí Joshufel esse hilya-aksan*?- ¿Ahora Joshufel comienza a cumplir tus preceptos?

Adar*- padre

Káno*- comandante

Primero que nada agradezco a Mell-chu que siempre me ofrece su gran ayuda para editar mis textos.

Bien supongo que muchos se han llegado a preguntar ¿y esto cuando sucedió? tienen toda la razón en estar confundidos; a continuación lo explico.

*Annatar y Lúthien llegan en el año 2002 de T.E (939 años antes del Hobbit)

*Actualmente la historia se desarrolla en el año 2063 T.E (878 años antes de que Thorin fuera a casa de Bilbo)

¿Porque lo explico? sencillamente porque quiero ayudarlos a comprender que sucede y en los siguientes (últimos capítulos) diré porque en esa fecha...

Otro motivo, es para que no se esperen la aparición de los enanos que bien conocemos y en general de los personajes más conocidos...

Saludos y hasta pronto

P.D: no se cuando volveré a subir pero seguro y es antes del mes... ya los dejare descansar de mi jaja