Capítulo 15: Entrenando el Espíritu

─No logro comprender la causa de su nerviosismo –espetó el rey mientras caminaba tranquilamente a su despacho, seguido de Orel y Annatar─; la caravana de Rivendel (según los últimos informes) llegará sin problema alguno a mi reino.

Ninguno de los dos se atrevió a decir palabra alguna, no era un tema que se pudiera tratar en los pasillos. La noche anterior Annatar fue de inmediato con Orel para informarle sobre las noticas que traían los dos espías.

El general no quiso molestar a Thranduil, pues en la tarde había dado la explícita orden de que todo lo referente a la seguridad se tratara con el general y comandante del bosque. Entre ambos elfos se la habían visto muy duras para saber cómo tratar el problema momentáneamente sin que nadie sospechara nada, su excusa para el redoble de vigilancia fue la pronta llegada del medio─elfo Elrond.

Esa mañana antes de que el sol apareciera, Orel y Annatar mandaron a Galion a despertar al señor, usando la misma escusa de la vigilia pasada; no habían dormido nada en absoluto los líderes del ejército y la mañana sería aún más pesada, ni pensar si el rey se había levantado de mal humor.

Para la magnífica fortuna de los elfos, Thranduil estaba prácticamente extasiado en felicidad; tratándose del rey, verlo con un caminar ligero, palabras suaves pero sin dejar de ser imponente, no dar órdenes cada diez segundos, rostro serio pero no frio, dejaba más que expuesto su maravilloso estado de ánimo; de ser otro elfo estarían temiendo su furia.

La capa avellana del soberano rozaba con delicadeza la piedra labrada de los pasillos, sus botas tan ligeras como la pluma parecían no hacer contacto con el piso, sus manos en la espalda con apenas dos anillos y la diadema de plata eran toda la indumentaria del gran elfo.

De alguna extraña forma los pasillos de las cavernas estaban perfectamente bien iluminados, dejando ver con exquisitez las dos figuras erguidas que seguían al rey como sombras. Uno con cabello negro como las alas de los cuervos amarrado en una coleta, ojos grises penetrantes, de elevada estatura pero ni por poco se acercaba a la de su señor; vistiendo la armadura de cuero del bosque, dos espadas en su cinturón y las flechas menguadas en el carcaj que colgaba de su espalda. Orel había aprendido muy bien de Thranduil el arte de ocultar lo que le aquejaba, dando a la servidumbre el panorama de ser solo una entrega casual de informes.

Flanqueando al general, un rubio platinado adornado con dos trenzas que formaban media coleta, de ojos verdes gríseos tan penetrantes como los de las águilas, tez tan pálida como la nieve con una tela que cubría la mitad de su rostro –haciendo que muchas elfas sintieran gran curiosidad por conocer a tan extraño elfo─, de estatura media; portando la armadura de cuero, una espada larga acompañada de varios puñales en su cinturón, el arco y carcaj prácticamente intactos. Annatar era uno de los más grandes misterios del bosque, por tanto el ocultar semejantes noticias solo era parte de su rutina.

El sol apenas comenzaba a bañar con su luz las hojas de los árboles, cuando los tres entraron en el despacho del rey. Thranduil, creyendo que solo hablarían temas de la caravana, tomó asiento en su silla finamente tallada, ofreciendo asiento a sus guerreros frente a él con un simpe gesto de mano.

─Se estima que la llegada de Lord Elrond sea antes del atardecer –explicó con tranquilidad─. Annatar, esperarás la caravana junto con una docena de los mejores guardias de la frontera –cambió su mirada al general─. Sólo recoge los informes del lado norte, regresa y tendrás el resto de la semana libre.

Ambos elfos asintieron; Thranduil vio gratitud en la mirada del general, por supuesto que el suceso de ese día no pasaría desapercibido para el monarca del bosque, era lo mínimo que podía hacer por su mejor amigo, que siempre le había mostrado gran fidelidad.

El gran rey Elfo comenzó a fruncir el entrecejo, normalmente con solo dar sus instrucciones ellos se marcharían; pero en esa ocasión los dos permanecían inmóviles como estatuas. Parecía que en silencio Orel se debatía con Annatar para decidir quién debía comunicarle aquello a rey.

Annatar súbitamente subió sus dos manos en el escritorio tomando una postura de seriedad; Thranduil se reincorporó en su asiento, pero aquel movimiento del joven no fue para marcar el tipo de situación, sino para informarle en silencio al rey que él no podía hablar, ambas perlas en sus dedos estaban completamente negras.

─No se me ha informado sobre las notificaciones de ayer –espetó con frialdad, dirigiendo su azulina mira al general; no había forma de que el general adivinara las intenciones de Annatar.

─Mi señor –dudó un momento; por supuesto al ser de mayor rango a él le correspondía habar─, los espías llegaron al atardecer –Thranduil subió una ceja interrogándolo; como pudo Orel sacó valor de su interior para no demostrar temor ante su rey─. Se ha confirmado que el enemigo se prepara para atacar, los orcos forman un ejército en Dol Guldur, el número… aun es indefinido…

─Manda a cuatro de los mejores rastreadores y ¡Definan ese número! –Sus ojos parecían que se saldrían de sus cuencas─. Tienes cinco lunas –el general se levantó como un rayo haciendo una rápida reverencia para marcharse─. Aun mantengo mi palabra –dijo antes de que Orel saliera por completo del lugar, el pelinegro solo asintió con la mirada.

Apenas hubo salido el general, las perlas comenzaron a cambiar de tonalidad, primero la gris y de inmediato Annatar descubrió su rostro, seguida de la blanca, para poder hablar.

En cuanto el comandante dejó su rostro al descubierto –por primera vez en presencia del rey en seis décadas─, Thranduil abrió ligeramente sus ojos de la impresión. El rostro del joven había cambiado exageradamente desde la última vez que lo vio.

Sus facciones aun demostraban los veintitrés años humanos; pero estaban más marcadas; como si la pena y desgracia se posaran en sus labios, su barbilla afilada, aquellos ojos verdes parecían ya no tener brillo, como si en la noche las estrellas de sus ojos fueron absorbidas por la obscuridad; el rey negó internamente, lo que vio en el comandante, era –más que el temor─ la certeza de que su vida llegaba a su fin.

Todos aquellos cambios para un humano en sesenta años hubieran pasado desapercibidos, pero para los elfos era un envejecimiento muy notable. Con mayor atención Thranduil interrogó silenciosamente Annatar, después de lo que su rostro le reveló tenía mayor interés en saber qué había ocasionado seméjate cambio en el elfo que muy difícilmente demostraba algo.

─Se cuentan por cientos –comenzó a hablar con aquel tono pasivo que tanto lo caracterizaba─; pero los espías no se atrevieron a acercarse a la fortaleza por temor a ser vistos –meditó un momento─. Barahir ha confirmado del creciente número de orcos en el norte y comienza a expandirse al este y oeste –inclinó un poco más su postura marcando la gravedad del asunto─. Aranya*, algo más se oculta en la fortaleza… se vuelven más constantes y atroces.

Mejor que nadie el rey comprendía el significado de esas palabras; en todo el reino solo ellos dos sabían que la princesa era manipulada en sueños casi a diario y cada vez el despertar de Lúthien era más cargado en llanto y un miedo se apoderaba de todo su cuerpo. La princesa no podía relatar lo que veía, al día siguiente solo eran vagos recuerdos y lo único que quedaba intacto eran los reinos élficos destrozados… no había más que fuera claro para la princesa.

Incluso, Thranduil el día anterior cabalgando con Legolas sintió una extraña presencia en el aire y la información de los espías solo aumentaban su miedo.

─Fue redoblada la guardia del reino –era la máxima orden que podía dar como comandante sin previo aviso al rey─. Pero no es suficiente…

─¿Qué estás pensando? –preguntó mientras su mirada se perdía en un punto de la pared.

─No solo son simples orcos –afirmó con gravedad─; hay una fuerza mayor en ese lugar… solo una vez he sentido algo similar –Thranduil permanecía intranquilo en su silla─… cuando nos secuestraron por última vez a Lúthien y a mí; cuando Sauron nos vetó de por vida. Es la misma fuerza.

─¿Cuántos más lo saben? –centró su azulina mirada en el comandante.

─Solo nosotros y posiblemente Lúthien… Orel sospecha pero no se atreve a creerlo; ni siquiera los rastreadores son conscientes de lo que en realidad acontece.

─Mantenlo en secreto –ordenó con voz potente─, nadie debe de saber la verdad; nadie entra o sale del reino sin mi consentimiento –se levantó de su silla dispuesto a salir del lugar; Annatar lo imitó y realizó una rápida reverencia siguiéndolo de cerca mientras colocaba de nuevo el paño en su rostro─. Si el enemigo se reagrupa, debemos estar preparados.

─¿Su hijo? –pronunció poco antes de abrir la puerta; Thranduil se giró completamente hacia el príncipe de Gildîn.

─Legolas –susurró─… confío en que su entrenamiento será mejor que el de los demás; su seguridad es primordial.

─Mi señor, mi prioridad es el bienestar de la familia real.

Con esa frase al aire Annatar se marchó dispuesto a cumplir con todas las órdenes del soberano. Thranduil quedó plantado en el suelo por un segundo; bien sabido era que Annatar pondría antes la vida de Lúthien que la suya, pero saber que incluso daría la vida por él y su hijo, lo dejó sorprendido.

Estaba seguro que lo hacía sólo por amor a su hermana; pero jamás imaginó que la amara tanto como para dar la vida por los seres que ella apreciaba. Annatar era un elfo de gran valor, poco conocía de él pero jamás lo había escuchado renegar o quejarse de algo… era de los pocos seres que harían hasta lo imposible por salvar lo que es suyo, su amor era celoso como el de un dragón con su oro y para Annatar Lúthien era más valiosa que una montaña repleta de metales preciosos.

Comenzó a caminar en silencio hasta su comedor privado, donde seguramente lo estarían esperando sus dos hijos.

Sus hijos… Quería mantenerlos a salvo de todo mal y el mismo Sauron ahora los esperaba en la frontera de su reino.

Se cuestionó si en verdad en algún momento logró tenerlos a salvo; la respuesta lastimó su corazón… justo cuando creía que ya no podía sufrir más, las circunstancias lo aterrizan y lo regresan a la realidad.

A pesar del dolor, él tenía que seguir adelante, por su pueblo, por el reino, pero más que nada por sus hijos. En ellos podía encontrar la fuerza necesaria para continuar. Siguió caminando con el semblante imperturbable.

─Comenzaba a creer que te volverías a encerrar en la oficina –comentó Lúthien apenas lo vio entrar en el jardín privado que servía de comedor.

─La princesa hoy no hace mérito a sus buenos modales –tomó asiento en su silla, tan serio y frío como si odiara estar en ese lugar.

─Lo siento. Buenos días –acomoda la servilleta en sus piernas mientras pronunciaba aquellas palabras, bajando su mirada.

─Legolas –el rubio giró su cabeza para poner más atención─; al terminar el desayuno, Annatar te espera en el centro de entrenamiento –el joven sólo se limitó a asentir un poco fastidiado.

El desayuno fue en total silencio, apenas y se escuchaba el chocar de los cubiertos y los pasos de las cocineras moviendo los utensilios y trayendo el resto de los platillos.

Sin decir una palabra, Thranduil se levantó de su lugar; ambos jóvenes quedaron atónitos pues aun no acababan con su postre. Casi de inmediato entro Nienna y comenzó a recitar las órdenes de su señor para sus hijos.

─Joven Legolas, en cuanto el comandante determine que su entrenamiento ha concluido, deberá alistarse para la llegada de lord Elrond, se encargará de escoger la cena incluyendo la logística y el lugar –nada podía hacer ya, las ordenes estaban dadas; limpió con gracia su boca.

─Así lo haré –fueron sus palabras antes de abandonar el lugar de la misma manera que su padre.

─Niña Lúthien –la mencionada mostró una sonrisa triste─; puede disponer como guste de su tiempo; antes del atardecer debe de estar lista para recibir al señor de Imladris.

─Gracias, Nienna –terminó sus alimentos para salir del lugar.

Le disgustaba que Thranduil se comportara tan distante en ocasiones, ni mencionar cuando no dejaba a su cargo alguna labor del reino. Detestaba que la tratara como a una flor tan delicada que con el simple tacto podía marchitarse… odiaba ser tratada como "la muñequita de porcelana".

Respiró un par de veces para calmarse, de lo contrario las cosas si se pondría muy mal y con mayor razón el rey desconfiaría de ella para cualquier labor. Con calma comenzó a caminar rumbo al campo de entrenamiento; quería ser testigo del primer enfrentamiento armado entre sus hermanos.

Apenas pisaba el pasillo para ir directo al campo de entrenamiento privado, cuando se encontró con un sonriente Barahir.

─¡Por Eru! No esperaba encontrarme con tan bella dama –exclamó con una sonrisa mayor mientras tomaba con galantería una mano de la joven para besarla─; es un honor poder admirar su sonrisa matutina, Aranel*.

─¡Basta! –Contestó juguetona─, harás que me sonroje; además, capitán, ya le he dicho que deje a un lado las cortesías.

Aranel*, si la tuteo, su padre sería muy capaz de mandarme de expedición a Amon Amarth*.

─Solo son exageraciones suyas –sonrió─, dudo que el rey cometa el error de mandar a su mejor capitán lejos del reino.

─ Conque su mejor capitán, ¿eh? –su voz fue un poco coqueta.

─Así es…

─¿Es lo que piensa? –una mirada pícara y juguetona demostraron los ojos del amigo del rey.

Lúthien se sonrojó involuntariamente y entre risitas indicó a Barahir que la acompañara a su destino. El joven capitán aceptó encantado, poniendo sus manos en su espalda flanqueando a Lúthien pero sin acercarse demasiado a ella.

─No ha respondido a mi pregunta –informó juguetón el elfo de cabellos cobrizos.

─Qué persistencia –bajó su mirada apenada.

─Y, ¿entonces…? –esperaba que ella le respondiera, buscó su mirada porque sabía que eso la pondría aún más roja y entonces podría escuchar esa risita tan cantarina que tenía cuando se ponía nerviosa.

─Es el mejor –susurró muy bajito.

─No suena muy convencida –Lúthien detuvo sus pasos y vio fijamente a Barahir─; tus ojos jamás mienten, Wenuial* y con eso me basta para creer en sus palabras –justo lo que quería lograr: ver esas blancas mejillas rojitas y esos ojos azules con ese brillo especial.

Barahir después de aquella primera cena de capitanes en la que escoltó a la joven; había insistido en pasar tiempo con ella, algo de la joven llamaba en especial su atención y ciertamente desde su llegada ya no salía a bailar con tantas elfas; ahora sus tiempos libres se la pasaba lo más que podía con la joven de cabello exótico. Era afortunado, pues aunque muchos querían conocerla Thranduil no dejaba que se acercaran a ella, pero él al ser amigo cercano del rey lograba tener permiso de su parte.

No sabía que era lo que sentía por ella; la diferencia de edad era abismal, mínimo tres milenios de diferencia y aun así le importaba un orco eso con tal de estar unos minutos en su compañía. Sabía que Lúthien se sentía cómoda a su lado, pero aun no tenían la cercanía que la joven demostraba con Joshufel; nunca había podido abrazarla, simplemente no se atrevía a tomar semejante confianza con la hija del rey.

Mientras caminaban a veces de soslayo veía los ojos que hipnotizado lo tenían; esos labios rosados que formaban la sonrisa más perfecta que había visto y ese perfil tan hermoso que no podía sacar de su cabeza.

─Aunque una sonrisa me muestre –habló llamando la atención de la joven─, sus ojos me dicen que una tristeza se alberga en su espíritu.

─Barahir, por favor, deja de hablarme de esa forma… ─usualmente lo vería a los ojos, pero esta vez continuó caminando y tomó asiento en una banquita para poder observar cómodamente el entrenamiento que aún no iniciaba.

─Disculpe, yo… –interrumpió su frase; se mantuvo de pie a un lado de ella─, me retiro; no quiero incomodarla con mi presencia.

─¡Oh, no Barahir!, no mal interpretes mis palabras –en un gesto atrevido tomó su mano; de inmediato los ojos del capitán se fijaron en esa unión tan inocente─; jamás me resultaría incómoda tu presencia. Sólo –comenzó a titubear─… me gustaría que dejaras de tratarme como a mi padre.

Esa frase bien podía traducirse en "piérdeme el respeto" y aunque el capitán del norte lo sabía, se negó en tomar tan literal aquella proposición tan ¿atrevida? Por parte de la joven.

Suspiró…

Vanimelda gil*, te trato con el respeto que mereces –comenzó a tutearla un poco─ y verdaderamente no cualquiera puede tener el honor de hablarte por tu nombre…

─Yo te lo he dado –susurró.

─¿El capitán se unirá a la formación del príncipe?

Aun no separaban sus manos cuando frente a ellos pasó Annatar y seguido de él Legolas; ambos príncipes fulminaron con la mirada al capitán, Barahir separó rápidamente su mano de la unión que tenía con la joven.

─Solo escoltaba a la princesa… ─su voz sonó completamente segura y sin titubeos, como si el momento vergonzoso anterior no hubiera ocurrido; pero se vio interrumpido rápidamente.

─Y veo que hacía un gran trabajo –pronunció Annatar con total frialdad.

Sin decir más los dos rubios se marcharon al centro del campo de entrenamiento.

Por primera vez Legolas estaba en total acuerdo con el comandante; pero le parecía sumamente extraño el que se pusiera de esa manera, como si tuviera celos… vaya pensamientos que tenía el príncipe, incuso llegó a creer que Annatar trataba de marcar que ella era de él. Sí que tenía una gran imaginación.

─Para poder entrenarte, necesito saber cuál es tu nivel –dijo Annatar tratando de ignorar a la pareja sentada en la banca del pasillo─. Las referencias que dan de ti son aceptables; pero a partir de hoy lo aceptable se debe de convertir en perfección.

El joven Legolas sólo asentía con la cabeza, no quería empezar pequeñas disputas con su "entrenador", además de que nunca le había gustado verse metido en peleas verbales, mucho menos físicas.

Annatar continuó dándole una pequeña introducción de cómo sería su entrenamiento a partir de aquel día. Pronto el comandante indicó que evaluaría su destreza con la espada.

El choque de metales se comenzó a escuchar; Legolas daba pequeñas arremetidas pero todos sus intentos eran bloqueados con facilidad. Annatar después de unos minutos negó con la cabeza y de mala gana le indicó que tomara pequeños puñales.

Con decisión el príncipe tomó cinco dagas pequeñas y comenzó a lanzar de una en una a las dianas. Fueron tiros muy buenos, cuatro de ellas habían dado en el banco y solo una se había desviado un poco.

Legolas esperaba alguna felicitación o por lo menos un movimiento de aprobación; pero del comandante no recibió más que una mirada fría con los brazos cruzados a la altura del pecho y un mohín con la cabeza que lo invitaba a tomar una lanza.

Después de un leve silbido se escuchó un golpe sordo y después el silencio gobernó; solo una mirada de Annatar indicando a Legolas que tomara el arco. Verdaderamente que el príncipe no sabía qué era lo que cruzaba por la mente de su entrenador, era como si una estatua estuviera en medio del campo de entrenamiento. Con desesperación que supo disimular bien, agarró su carcaj, el arco y cinco flechas.

Como si fueran atraídas por el punto medio de las dianas, las flechas se clavaban justo en el centro y a una gran velocidad… y después ese gesto de Annatar tan indiscernible que Legolas comenzaba a odiar, no soportaba que no le dijera nada sobre su forma de ejecutar las cosas. Acató la orden del comandante y se paró justo frente a él.

¿Siempre era tan silencioso?, era la pregunta que rondaba la mente del joven príncipe. Sabía lo que se venía, pues era lo único que faltaba por "evaluar"; inconscientemente sus manos temblaban un poco, él siempre había sido testigo de cómo el comandante dejaba rápidamente a su adversario derrotado y aunque no lo quisiera aceptar sentía un poco de pánico al saber que se enfrentaría cuerpo a cuerpo con el gran comandante del Bosque Negro.

En cuanto estuvo a unos pasos de la figura de cabellos rubios platinados, su miedo disminuyo un poco; apenas Annatar lo pasaba por insignificantes centímetros y su cuerpo no era tan vigoroso. Por un momento sintió cómo toda su confianza se elevaba… pero aquella mirada de un bosque verde congelado heló sus ánimos y con un simple gesto el comandante indicó que la pelea comenzaría.

Legolas trató de dar algunos golpes en el abdomen de Annatar, pero todo era hábilmente bloqueado; tiró un par de patadas pero fueron esquivadas con un simple saltito; no importaba dónde o de qué forma el príncipe tratara de golpear a su instructor, éste siempre se libraba fácilmente de sus ataques.

El hijo del rey continuaba en su lucha de tratar de dar un golpe de suerte en el comandante… sin que nadie se percatara, Annatar comenzó a atacar moderando en extremo su fuerza, con una patada logró tirar con gran facilidad a su oponente.

─Eres confiado –comenzó a hablar mientras el príncipe seguía tirado de espaldas en el pasto─, lento –continuó con su tono frio y ciertamente combinado con algo de desprecio─, obstinado, frágil, dudas al atacar, tu fuerza el deplorable y tus tiros de puntería escasean de una buena técnica.

Legolas continuaba bajo la sombra del comandante escuchando con rabia el veredicto.

─Tu mayor error es el creer que puedes ganar sin antes observar a tu adversario; aunque tus tiros con arco fueron "limpios", carecen de total fuerza y realmente llegué a creer que fueron de pura suerte; no hay que hablar de tu –titubeó un poco─… patético (sí, esa es la palabra), de tu patético lanzamiento de lanza.

Tanto Lúthien como Barahir todo ese tiempo solo se limitaban a ser espectadores y no habían pronunciado palabra alguna; pero el capitán no daba crédito a lo que escuchaba, sabía que Annatar era en extremo franco con sus comentarios respecto al entrenamiento, pero lo que estaba haciendo era un nivel diferente… casi parecía crueldad y odio puro; casi.

Aquellas palabras solo preocuparon a la princesa; mejor que nadie conocía el porqué de las acciones de su gemelo y para llegar a ser tan brutal con Legolas tenían que existir motivos detrás y sospechaba que eso tenía que ver algo con su padre; si Thranduil le había pedido que fuera exigente, Annatar no se tentaría el corazón ni un solo instante en comparecencia del príncipe y esto solo era el principio de muchas frases parecidas o más cargadas en desprecio.

─Las dagas –siguió hablando el comandante─, falta una mejor dirección y mayor fuerza; si se lo lanzaras a un orco apenas lo rasguñarías –suspiró con pesadez sobando sus sienes─. Toma tu espada –señaló el metal que estaba unos metros más allá─, comenzaremos con esgrima… estás verdaderamente perdido si te enfrentas al enemigo –susurró para sí mismo con cierta tristeza, fue tan bajo que ni el fino oído de Legolas alcanzó a escuchar aquellas palabras.

El choque de metales se hizo presente, pero con cada golpe en seguida lo acompañaban alguna indicación o un movimiento de demostración por parte del comandante; a Legolas no le quedaba más que aceptar a regañadientes todas aquellas observaciones.

─No creí que Annatar llegara a ser tan despiadado con sus palabras –se atrevió a decir Barahir; la princesa puso atención en el rostro del capitán─; a mi parecer el príncipe tiene un excelente nivel para su edad –negaba ligeramente con la cabeza.

─Si mi padre puso al comandante como el entrenador de mi hermano, sus razones debió de tener… además, recuerda que Annatar entrena al final a todos los cadetes y si no me equivoco, también a los demás soldados, incluso a los capitanes –por supuesto que no dejaría que en su presencia se pensara que su hermano era un violento elfo.

─Supongo –dudó un momento rascando su mentón─. ¿Le han informado?... lo siento ¿Te han informado? –corrigió rápidamente en cuanto la joven le dirigió una mirada penetrante.

─No, ¿sobre qué? –cuestionó con una sonrisa, mientras veía cómo los ojos del capitán comenzaban a brillar.

─Nuevamente seré tu escolta –Lúthien no comprendió las palabras del capitán y se lo hizo saber con un gesto en su rostro─; el rey me ha pedido que te escoltara a partir del crepúsculo hasta que decidas retirarte a tus aposentos… supongo que no quiere que algún elfo se acerque de más a su hija mientras él está ocupado con Lord Elrond.

─Ningún elfo se me acerca –Barahir alzó una ceja incrédulo─ indebidamente –terminó de decir con una risita.

─Por supuesto que no; solo basta con saber que tu padre es el rey para mantener a todos alejados por unos metros –comenzó a burlarse, mientras la joven lo veía con fingida molestia─ ¿Qué?, aunque Thranduil es mi amigo de milenios no deja de parecerme intimidante…

─Y no se olvide de imponente –agregó Joshufel sentándose al lado de Lúthien─; no he conocido a rey tan amenazador.

─Mi padre no es tan frío –ambos elfos la observaron escépticos, dejando a la pobre princesa prácticamente hundida en la banca─; quizá es un poco distante y calculador, pero…

─Querida, mejor no intentes arreglar las cosas –dijo Joshufel poniendo un brazo sobre el hombro de la joven.

─Pero… ─se vio interrumpida por el de cabellos cobrizos.

─Joshufel tiene razón –el rubio hizo un gesto egocentrista─ el rey se caracteriza por su buen manejo de sí mismo…

─No, no, mi capitán –dejó de abrazar a Lúthien para prácticamente dejarla fuera de la conversación─ no es manejo de sí mismo, a eso se le llama "Falta de sensibilidad"; pocas veces se preocupa por los pueblos vecinos o por otro reino élfico que no sea este. En las seis décadas que llevo aquí, mi comandante y yo solo nos hemos dedicado a recoger y supervisar las fronteras, hacer algunas misiones en búsqueda de arácnidos; pero, ni una sola vez hemos explorado lo alrededores.

─El rey tiene sus razones –rápidamente Barahir abogaba por su amigo─, los años le han enseñado que…

─Siempre existen motivos que gobiernan nuestras acciones –colocó una mano sobre la de Barahir para que se calamara, sabía que se había molestado por las palabras de Joshufel; por supuesto que este agarre no pasó desapercibido por el rubio que bajó rápidamente su mirada a las manos de su luciérnaga─, mi padre solo busca la seguridad de un pueblo menguado.

─Lo siento… luciérnaga –se disculpó el rubio pronunciando lo último con un poco de nostalgia─. Me retiro –la sonrisa de Joshufel desapareció dejando un rostro contorsionado por la tristeza; realizó una rápida reverencia sin subir la mirada y se marchó del lugar como un espíritu cansado.

─¿Luciérnaga? –preguntó Barahir para tratar de llamar la atención de la elfa que estaba atenta a cada movimiento del subordinado del comandante.

─Entre él y Annatar se encargaron de mi cuidado desde que nací prácticamente –hasta ese momento volvió a centrar su atención en los ojos del capitán.

«Cuando era muy pequeña, Joshufel decía que todas las noches lo hacía cantarme bajo la luz de la luna mientras Annatar tocaba su violín y lo acompañaba en dueto –sonrió con tristeza al recordar esos momentos en el balcón con vista a la costa y la sube brisa salada de la noche─»

«Una noche Annatar no acudió al balcón; mientras lloraba Joshufel me tomó en sus brazos y comenzó a cantarme; dice que en esa ocasión las estrellas brillaron con más intensidad y la luna relucía como perla… solo recuerdo que me vio fijamente a los ojos y susurro una palabra: "luciérnaga".»

«Me abrazó con mayor fuerza sin dejar de repetir "mi luciérnaga"; desde entonces me llama así, porque esa noche, según él, brillé como una estrella, pero era una estrella terrenal y delicada, con un brillo que parecía se agotaría si no me cuidaban; esas fueron sus palabras.»

─Ahora comprendo por qué te cuidan tanto –la voz de Barahir fue suave y profunda; el capitán no fue capaz de apartar sus ojos de aquella noche estrellada que ella le reflejaba, con aquel brillo de tristeza, añoranza y alegría─ Aunque no me imagino a Annatar cantando –esta vez su tono cantarín hizo presencia y logró que la joven sonriera.

─Es de los mejores –fue su simple respuesta.

El sonido del metal cesó por completo y fue hasta ese momento que ambos elfos se percataron que sus manos aún seguían juntas e inconscientemente Barahir había apretado un poco la delicada mano de la princesa, incluso la había acariciado… pero eso último sólo lo había notado el capitán y no quería hacérselo saber a su amiga.

─Nos vemos en la tarde –se levantó dando un beso en la mejilla del capitán, separando por fin sus manos.

A pesar de la distancia Annatar fue capaz de ver todas las acciones de su hermanita y el cómo habían permanecido agarrados de la mano durante un largo, largo tiempo para ser solo amigos.

El rostro del elfo se puso aún más serio y Legolas apresuró su paso, porque a pesar de que no era capaz de saber qué era lo que ocurría con el comandante se daba cuenta a la perfección de que se había puesto aún más serio y eso solo era una señal de que su humor no era el mejor.

El príncipe de Gildîn se repitió una y mil veces que tendría una linda charla con su gemela y otra amistosa con el capitán del sur; si bien no podía decir que Lúthien era su hermana, como comandante él tenía que asegurarse de que la integridad de la familia real no se viera afectada cuidando con recelo los sentimientos que pudieran llegar a sentir.

Una joven de hermosos cabellos caminaba por los pasillos rumbo al jardín de Fëar nár*; apenas estuvo en las puertas del lugar lo observó con rapidez, todos los jardines del reino eran hermosos, pero aquel sin duda alguna era el más llamativo; solo se encontraban únicamente flores de colores rojizos o naranjas intensos, árboles con flores rojas y un riachuelo que acompañaba el lugar.

Comenzó a caminar encima del suave césped; tan ligera como una pluma en el viento, apenas y doblaba el pasto bajo sus pies, tan silenciosa como solo podía serlo un primer nacido.

* Un rosa cayo en el césped y un suspiro se escuchó en el lugar.

─Reconocería tus pasos a kilómetros, hermosa –dijo Joshufel girando su cuerpo para ver a la joven.

─¿Sí me escuchaste? –el rubio sonrió y asintió con la cabeza.

─Eres un poco ruidosa –Lúthien frunció un poco el entrecejo y cruzó sus brazos─. ¿En qué puedo ayudarte, cielo? –una sonrisa se dibujó en su rostro.

─¿Por qué te fuiste así? –no dejaba su postura autoritaria; Joshufel rascó su nuca un poco nervioso.

─Bueno… yo… ─suspiró─; me acorde de cuando caminábamos por las costas de la mano, de tus saltitos todos raros cuando pisabas una concha –la princesa frunció más el entrecejo─, no tengo la culpa de que seas tan tierna –recortó la distancia y la abrazo por la fuerza, puesto que ella forcejaba un poco pero al final accedió.

─Me extrañó tu comportamiento, cuando… ─no había necesidad de terminar la frase, él sabía perfectamente a qué se refería.

─Cuando tomaste la mano de Barahir –afirmó, ella solo asintió acunando su cara en el pecho del joven─. No te lo puedo negar, me sentí un poco celoso hace tiempo que no haces lo mismo conmigo; además el capitán te ve de una forma diferente… ahora sé lo que siente Annatar cuando te ve con Legolas; tú sabes que eres como mi hermana y vaya que me duele la cercanía que tienes con el príncipe… pero con Barahir es diferente, a él si me dan ganas de golpearlo si te falta al respeto.

─No lo hace –afirmó con rapidez.

─Sé que es muy buena persona –acarició sus cabellos─; pero tú eres mi luciérnaga y nadie me quitará ese derecho… siempre te protegeré como una sombra y estaré para escucharte cuando lo necesites –la separó un poco de él─. Pero –sonó amenazante─ si se atreven a molestarte no mediré las consecuencias.

─¿Desde cuándo te volviste tan sobreprotector?

─Desde que la niña de mis ojos comenzó a crecer.

Los dos se volvieron a abrazar entre pequeñas risas; Lúthien sentía un poco de pena por Joshufel, él podía llegar a ser el elfo más tierno en toda Arda y a quien amara sin duda alguna le daría el corazón.

Aquel elfo era capaz de dar todo por sus seres queridos; el día en que encontrara esa dama, sin duda sería afortunada… el destino es cruel y si ella aparecía él sólo sufriría; solo quedaba entrenar su espíritu para negar lo que nacía dentro de su corazón.

Su veto: no amar.


Aranya*─ Mi Rey

Aranel*─ Princesa

Amon Amarth*- El Monte del Destino

Vanimelda gil*— Hermosa estrella

Wenuial*— Doncella del Crepúsculo

Fëar nár*─ Espíritu de fuego

Primero que nada quiero agradecer a mi incondicional amiga Ainarel; pues hace un año comencé a escribir esta historia y ella siempre me brindó su apoyo desde el principio; además que para este capítulo su ayuda fue fundamental.

Quiero saber qué es lo que opinan; ¿recordaban el veto de Joshufel?, ¿Qué sucederá a partir de ahora?

Saludos mis queridos lectores; gracias a ustedes las historia continua.