Capítulo 16: Encuentros
Respiró profundamente un par de veces mientras caminaba sin demostrar un poco su verdadero estado de ánimo; ante los ojos de cualquiera sería un elfo que acababa de culminar con su entrenamiento disponiéndose a darse un baño para relajar sus músculos… pero nada más fuera de la realidad; internamente ardía en furia; odió el momento en el que pidió ser entrenado con mayor dureza.
Cerró la puerta con cuidado para no levantar sospechas; apenas estuvo solo por completo en su recamara comenzó a parlotear cada una de las órdenes del comandante, todas aquellas palabras que había reprimido, porque aunque no le gustara Annatar, tenía razón.
Pero nadie le quitaba las ofensas que propinó el comandante; de nada serviría si le decía a su padre, no sería la primera vez que se quejaran por la mano dura de Annatar… Sacudió su cabeza aún con ira.
Se despojó de sus prendas para después meterse en la tina que le habían preparado. Un suspiro de cansancio brotó de sus labios; cuántas cosas tenía que hacer y justamente al rey se le ocurría avisarle en ese preciso momento. Con gran gusto habría aceptado todas esas tareas —que francamente le parecían excentricidades—, pero la imposición y mandato a contra tiempo lo ponían un poco nervioso.
El tiempo que dedicó a su aseo personal le pareció casi inexistente; secó su cuerpo con la toalla al igual que sus cabellos. Vistió de verde y avellana, bostas cafés y solo unas trenzas adornaban su cabeza.
Salió de su recámara sintiéndose ligero; caminó rumbo a la cocina, con la amabilidad que lo caracterizaba preguntó por el personal disponible. Como si se tratara de su rutina, comenzó a ordenar las cosas que tenía que hacer y para su gran sorpresa en cuanto terminaba de pronunciar sus mandatos los elfos se retiraban para cumplirlos a la brevedad.
La comida fue donde se demoró un poco más, pero conocía muy bien a su padre y sabía qué tipo de platillos quería degustar esa noche de otoño que prometía ser fría. Apenas dio un sorbo a los diferentes vinos para seleccionar el adecuado con la cena.
Con su rostro sereno caminó hacia el comedor real y vio con gran satisfacción que todo estaba tal y como había ordenado; no comprendía por qué su padre se desesperaba con ese tipo de preparativos.
Pero pronto lo comprendió; como salidos de la tierra los elfos comenzaban a rodearlo preguntándole sobre qué color de mantel deseaba, el tipo de cubiertos, el tono de las servilletas, la vajilla, copas y cómo se acomodarían los invitados.
Convocó toda su paciencia y con suavidad respondía a toda las dudas de sus súbditos. Dos horas después todas las preguntas cesaron y él mismo se cercioró de que todo estuviera a la perfección.
Retornó a su habitación para únicamente cambiar su atuendo; según había escuchado, Annatar se había marchado al bosque poco tiempo después de haber terminado el entrenamiento, por tanto estimaba que en media hora llegaría la comitiva de Rivendel.
Una casaca avellana con bordados dorados, pantalón café obscuro entallado a sus piernas, botas de cuero café claro y un cinturón del mismo tono adornando su cadera. Acomodó sus cabellos en una trenza que solo tomaba la mitad de su cabello, una delgada diadema se asentaba en la frente del joven, y una sonrisa blanca; era todo lo que necesitaba para ser la encarnación de la belleza.
Repasó mentalmente el código real y todas aquellas acciones que debía hacer en presencia de un miembro de alta realeza. Aunque sonara descabellado, Hoja Verde no sabía cómo era Lord Elrond; tantos siglos en su haber y no conocía a otro rey que no fuera su padre.
Con los nervios a flor de piel salió de su habitación; lo mejor era pasar por su hermana así los dos podían estar juntos desde el principio; algo que el joven ignoraba era que ella ya conocía a Lord Elrond y todo Rivendel, lo único que sabía de su pasado era que Lúthien había estado en Lórien antes de llegar al reino.
Su espíritu alegre parecía no rozar los pasillos de las cavernas de Thranduil; con aquel atuendo, su figura parecía irradiar calor, dejaba impregnado en el aire esa fragancia a bosque verde.
Pasó frente a la habitación de su padre y por el ruido que escuchaba suponía que aún no estaba listo; una elfa salió con algunas prendas, apenas vio al príncipe realizó una rápida reverencia y se marchó. Siguió su camino a la recámara contigua.
Con suavidad tocó la puerta y casi de inmediato la madera comenzó a crujir indicando que pronto se abriría… Su corazón se detuvo por un instante y sus pulmones dejaron de funcionar.
—Bar… lo siento creí que eras el capitán —dijo la princesa con una sonrisa.
—No sabía que te acompañaría —respondió al instante reponiéndose rápidamente de su estado de shock; extendió su brazo indicando que lo acompañara—. Permíteme decirte que luces hermosa.
—Legolas, por favor —se sonrojó un poco—; harás que me sonroje más.
—¿Se puede otro tono? —levantó una ceja con aquella sonrisa de lado que tanto le caracterizaba.
Los príncipes continuaron caminando lentamente mientras sonreían por lo bajo; antes de llegar a la habitación del rey, éste salió del lugar dejando que su capa parda flotara en el aire. Se detuvo al instante al reparar en la presencia de sus hijos; los vio a los ojos haciendo un asentimiento con la cabeza —indicando que lo siguieran—.
Antes de doblar el pasillo la figura de Barahir vestido de azul caminaba hacia la familia real; el capitán apenado por llegar tarde reverenció a su rey al igual que a los príncipes, limitándose a caminar tras los más jóvenes.
Los cuatro elfos caminaban en silencio por los pasillos rumbo a la entrada principal. Parecía que Thranduil había ordenado a sus hijos cómo vestir para que los tres combinaran perfectamente; Legolas de avellana, él de colores pardos y la más pequeña de amarillo.
Metros antes de que llegaran a la gran puerta de madera, sonaron las trompetas y casi al mismo tiempo la pesada entrada comenzó a moverse dejando ver de un lado al señor de Rivendel montado en un cabello tan negro como sus cabellos, tras él una comitiva no muy numerosa de elfos de Imladris y del otro lado a la familia real del Bosque negro.
—Maara tulda*, mellon nîn* —pronunció Thranduil con gran potencia en la voz; apenas hubo llegado a la entrada, lord Elrond en un ágil movimiento desmontó a su caballo acercándose al encuentro del rubio.
—Anda luumello*—saludó haciendo una imperceptible reverencia mientras tocaba su pecho a la altura del corazón, Thranduil respondió con el mismo movimiento.
—Han pasado más de dos milenios de nuestro último encuentro —no mostraba emoción alguna, ni siquiera el menor indicio de estar alegre por la visita; lo mismo se podía decir del señor de Rivendel.
—Ciertamente —fijó su mirada en los elfos que estaban detrás del rey—, y veo que no todo continúa de la misma manera.
—Evidentemente —con un movimiento de su mano los príncipes se acercaron—. Mis hijos; Legolas —el mencionado realizó una reverencia soltando el brazo de su hermana.
—El tiempo no pasa en vano —fijó sus grises ojos en los del príncipe—, te conocí cuando apenas tenías algunos años de vida; lo suficientemente pequeño para no recordarme —estas palabras sorprendieron al príncipe pero poco demostró.
—Mi hija —Thranduil señaló con su elegancia característica a la joven—, Lúthien.
Elrond ya había reparado en la presencia de la joven colgada del brazo de Legolas y bien presente tenía la carta de Thranduil informándole de qué forma había acogido a la elfa; pero nunca llegó a imaginar que le tomara tanto cariño como para presentarla de aquella forma.
—No recordaba que la infancia se posara de esa manera en sus ojos —y era cierto.
Aun recordaba esa mañana en la que llegaron tres misteriosos elfos, encapuchados y cubiertos por completo; tan silenciosos y misteriosos. Las confesiones que hicieron y aquellos ojos de los príncipes tan tristes y desolados, con sus fuerzas mermadas; parecía que Eru los había abandonado.
La sonrisa de la joven que tenía ahora frente a él no se parecía ni un poco a la de aquella niña asustadiza y triste que tan conmovido había tenido a su corazón, el cual se hallaba rebosante de alegría ahora que la veía con esa sonrisa en los labios; realmente la mejor decisión de Ernetor fue enviarlos a ese lugar —aunque al principio y por todos aquellos años él había dudado demasiado.
—Te tengo una pequeña sorpresa —susurró en tono confidencial a la elfa, aunque perfectamente lo habían escuchado los demás presentes; hasta ese momento Legolas había ocultado muy bien su asombro, pero esas palabras le indicaban a la perfección que ellos ya se conocían.
El monarca de Imladris dio media vuelta y con una mirada tres elfos abrían paso a dos figuras idénticas que comenzaron a caminar rumbo a los monarcas. Los ojos de Lúthien se abrieron desmesuradamente.
—Mis hijos —indicó Elrond apenas llegaron los dos pelinegros—; Elladan y Elrohir —ambos hicieron una reverencia bien coordinada.
Thranduil volvió a presentar a sus hijos; pocos minutos después comenzaron a internarse en el palacio. Barahir se había quedado al margen en todo momento y ahora solo se limitaba a caminar tras los príncipes.
Lord Elrond daba algunos comentarios respecto a la arquitectura del lugar y algunos pormenores que tuvieron en el camino. Lúthien se vio en medio de los gemelos mientras estos con comentarios formales comenzaban una plática, dejando a Legolas prácticamente fuera de la conversación —o así lo sentía, pues los príncipes se esforzaban por meterlo en la conversación pero el rubio estaba un poco distraído—.
Los invitados fueron llevados a sus respectivas habitaciones; tanto Elrond como sus hijos solo tuvieron tiempo de darse una ducha rápida y cambiar sus atuendos, puesto que la hora de la cena estaba por llegar.
El comedor real, apenas adornado por algunas flores y telas de color naranja intenso; únicamente había una mesa larga y cuatro redondas, la música ligera y muy poco personal se veía caminando por el lugar.
Cuando los tres pelinegros de ojos grises llegaron al lugar, las cuatro mesas redondas ya estaban completamente llenas y la principal se encontraba a la mitad. Un elfo anunció su llegada y los acompañó a sus respectivos lugares —y vaya aprieto en el que se había metido Legolas, pues no sabía de la existencia de los elfos, mucho menos de su llegada y a última hora tuvo que acomodar a esos dos elfos—.
Casi inmediatamente llegó Legolas completamente solo; tomó asiento a la izquierda de la silla principal quedando frente al medio—elfo; saludo con una pequeña reverencia.
—Nos han hablado mucho de ti —el príncipe no supo si fue Elladan o Elrohir quien le había hablado, nada los diferenciaba y para su mala suerte estaban vestidos exactamente igual.
—Dicen que tu manejo del arco es magnífico —dijo el otro gemelo.
—Agradezco el cumplido —dijo Legolas sin saber a quién de los dos dirigirse—, pero creo que solo son exageraciones…
—Lo dudo —volvió a hablar el elfo más cercano a Lord Elrond.
—No es un elfo que diga tan fácilmente que alguien posee buenas habilidades con las armas —completó el otro elfo.
—Lo hemos visto luchar…
—…mientras recorríamos la última parte del viaje…
—…y sin duda alguna; aseguramos que…
—…es un elfo sumamente ágil —pronunciaron los dos al mismo tiempo.
Esto comenzaba a marear a Legolas, lo que uno decía lo completaba el otro y al señor de Rivendel parecía no importarle, al contrario, parecía disfrutar el martirio de Legolas.
—¿La habías visto alguna vez tan hermosa? —los dos se quedaron viendo la puerta; Legolas de espaldas a la entrada solo se limitó a observar cómo los dos clavaban su mirada en un lugar fijo.
—Nunca —respondió el otro.
—Hace una hora, con la capa…
—…no se podía ver bien cómo iba vestida…
—Ni en el baile de verano se le vio tan deslumbrante —ambos sin perder tiempo se levantaron de su lugar; Elrond solo negó levemente con la cabeza.
El entrecejo de los gemelos se frunció ligeramente al mismo tiempo, como un espejo. Se quedaron estáticos en su lugar, sin mover un solo musculo, parecía que no respiraban.
—Buenas noches —la voz de Lúthien se escuchó en el lugar; Legolas se giró al lugar que ocuparía su hermana y vio cómo Barahir galantemente le recorría la silla para después tomar su mano y ayudarla a sentarse.
—Tienes razón, realmente es una buena noche; las estrellas brillan con gran fulgor —dijo Elrond con voz profunda.
—Me retiro —fue todo lo que dijo Barahir antes de irse unos lugares más allá.
Al ser capitán compartiría la mesa con los monarcas. A la cabeza iría Thranduil, a su derecha lord Elrond, seguido de sus hijos y posteriormente el general con su esposa; Barahir y su acompañante —de ahí Legolas había tomado el lugar de uno de gemelos, pues solo había contemplado un lugar extra además del señor de Rivendel—, después el capitán del sur con su pareja. A la izquierda del rey, Legolas y Lúthien, seguida de Annatar y Joshufel y los capitanes del este y oeste con sus respectivas parejas.
—No recordaba que sonrieras tanto —dijo el más cercano a lord Elrond.
—Ni que fuera tan deslumbrante tu sonrisa —ambos aún seguían de pie.
—¡Por favor! Basta —sus mejillas se sonrojaron ligeramente; mientras al mismo tiempo les pedía con su mano que tomaran asiento—. Ustedes eran los únicos que me hacían reír…
—Y ahora lo hace todo el mundo… —volvió a empezar el que ahora estaba frente a la joven.
—…claro indicio de que…
—…no somos de tu agrado —dijeron al mismo tiempo.
—¿De qué hablan? —Fingió estar ofendida—; Elladan —centró sus ojos en el gemelo que tenía frente a ella—, Elrohir —cambió su mirada al otro elfo—: no he encontrado elfos que hagan lo que ustedes hacían en las cascadas… —ambos le indicaron con la mirada que no continuara; pero fue muy tarde.
—Así que esa es su biblioteca —afirmó Elrond arqueando una ceja mientras veía a sus dos hijos.
—Sí… no… —Elladan comenzaba a ponerse nervioso—; digo, solo vamos cuando terminamos de entrenar.
—Así es —afirmó Elrohir.
El señor de Imladris los vio penetrantemente sin creerles una sola palabra… el nombre de Thranduil resonó en el lugar y a los pocos instantes el rey hizo presencia en la gran mesa.
Con un movimiento de mano, todos volvieron a sentarse y casi de inmediato los platillos comenzaron a llegar. Los murmullos comenzaron a escucharse y fue hasta ese momento que Legolas se percató de que el comandante y su subordinado ya habían llegado.
La conversación de los monarcas era estrictamente de política; los gemelos conversaban entre sí y de vez en cuando hacían algún comentario para que la princesa les secundara en pequeñas risas.
—No entiendo cómo puedes saber quién es quién —susurró Legolas lo suficientemente bajo para que solo su hermana lo escuchara.
—Siempre el primero en hablar es Elladan —el príncipe iba a decir unas palabras, pero la joven lo silenció con la mirada—. Además Elladan se pone primero el anillo de príncipe y después el de medio—elfo; lo contrario de Elrohir…
—No hay gran diferencia entre un anillo y otro —había fijado discretamente su mirada en las joyas sin encontrar algo que las diferenciara fácilmente.
—Físicamente son iguales, e incluso parece que piensan lo mismo —posó su mano en el antebrazo del príncipe para tranquilizarlo—; pero son muy diferentes entre sí. Elrohir es más sensible y mucho más versado en poesía, canto y literatura en general; Elladan es más cariñoso pero no con todos y te aseguro que lo que ha leído ha sido por mandato; le gusta más estar entrenando con su espada o montar a caballo.
La música comenzó a sonar un poco más alto, indicando que las parejas ya podían comenzar a bailar.
—Annatar —dijo Elladan—, ¿Por qué tan silencioso?
—Él es así —afirmo rápidamente Legolas; el comandante solo se limitó a asentir.
—Ya veo —el tono de voz del joven indicaba que no estaba del todo convenció con aquella respuesta.
—Solo tenles un poco de paciencia —con aquellas palabras Lúthien daba por concluida la conversación con Legolas.
Las cocineras comenzaron a retirar platos vacíos y las copas no dejaban de ser llenadas. Las conversaciones poco a poco comenzaban a subir de volumen; las voces de los Silvanos comenzaban a animar aún más el ambiente en el lugar.
—Poco carácter tuyo poseen los príncipes de Rivendel —comentó Thranduil con el volumen suficiente para que los de mayor linaje lo escucharan.
—Lo mismo puedo decir de Legolas —entre ambos soberanos intercambiaron una mirada que además de ellos nadie más pudo descifrar—. Tan parecido a su padre —continuó fijando la mira en el rubio príncipe—, pero, con el alma de su madre…
—Eso es evidente —cortó Thranduil con clara incomodidad, incluso se vio cómo su quijada se había tensado gravemente.
—Se rumora que Legolas posee un talento genuino con el arco —no era necesario ser adivino para saber que lo mejor era cambiar de tema y Lord Elrond con todos aquellos milenios en su cuerpo no sería quien para traer al presente el recuerdo de una esposa fallecida.
—Sus maestros no paran de elogiarlo —inconscientemente el gran rey elfo del Bosque Negro alzó su cuello demostrando el gran orgullo que sentía por su hijo— a su corta edad ya me he visto en la obligación de ponerle un instructor privado; aprende rápido y por ende su nivel aumenta con verdadero vértigo.
El moreno ya se lo esperaba y verdaderamente a su gusto ya se había tardado Thranduil en decir ese tipo de comentarios; conocía al monarca muy bien —a pesar de no ser tan unidos—, era más que sabido que su amigo nunca desaprovechaba la oportunidad de pavonearse ante los demás.
En su camino rogó a Eru por que el heredero no fuera como el rey: egocéntrico, prepotente y arrogante; pero ahora que lo conocía prefería mil veces que Legolas fuera vanidoso, frío y reservado, y que fuera todo lo contrario encogió su alma. Era el vivo espíritu de Luinil y eso juraba por lo más sagrado que torturaba en el alma al impasible rey.
—Un joven con semejantes dones tiene que ser estimulado —Elrond siguió con el "juego" del rey; era la única manera de averiguar ciertas cosas que de otra forma jamás se las sacaría—. He visto las habilidades de tus elfos; me atrevo a asegurar que tienes a impecables entrenadores.
—Ciertamente —tomó un sorbo de vino—; Annatar es de los mejores…
—¡¿Annatar?! —Elrohir no pudo reprimir aquella expresión; carraspeó un poco la garganta ante la penetrante mirada de su padre—; concuerdo con usted, desde nuestra llegada al reino me intrigaba cuál era su función en el palacio… mi hombro aún recuerda su estoques.
—Veo que el comandante deja una excelente impresión en los demás reinos —el mencionado solo asintió sin emitir una sola palabra; inconscientemente los dos reyes fijaron su mirada fugazmente en los anillos que había en sus manos tan negros como la noche.
—Más que eso, Thranduil —Elrond volvió a centrar su mira en el rubio—. Solo se paseó un par de veces en el campo de entrenamiento dejando en vergüenza a mis soldados; desde entonces la guardia ha mejorado notoriamente. Elladan fue un gran discípulo suyo.
—Aseguro que un enfrentamiento con el príncipe debe de ser letal —Thranduil vio con algo de perspicacia a Elladan.
—No… el tiempo que estuvo en Rivendel fue sumamente corto y apenas nos enseñó cómo sostener una espada.
—¿Nos? —cuestionó el rey con una ceja encarnada.
—Mi hermano y yo —tanto Legolas como su padre comenzaban a confundirse—; aunque yo le seguía como una sombra y conozco la mayoría de sus manías; Elrohir y yo nunca dejamos de entrenar juntos y en la misma proporción.
—Ya veo.
La conversación continuó siendo trivial, y el centro de ésta siempre era cualquiera de los príncipes, quienes solo articulaban palabra si era estrictamente necesario.
Sin previo aviso Lúthien se levantó con la excusa de que necesitaba un poco de aire; tanto Legolas como los gemelos trataron de levantarse tras ella, pero la joven con una sonrisa les pidió que se quedaran. Sin embargo no pudo evitar que el capitán del norte abandonara su lugar por ir tras ella.
Con aquel caminar que tanto la caracterizaba comenzó a dirigirse al jardín más cercano y aunque no lo demostraba sabía que Barahir la seguía —puesto que escuchaba sus pisadas unos metros a su espalda.
El lugar estaba desierto y únicamente se escucha el ruido de una cascada lejana; recargó su peso en un barandal y esperó a que el capitán llegara a su lado… pero jamás se acercó y cuando se giró para buscarlo no encontró a nadie, únicamente el viento rozando su mejilla.
—¿Qué se supone que hace, capitán? —cuestionó Annatar con una ceja levantada.
Antes de que Barahir diera la vuelta en la esquina para llegar al jardín, había sentido cómo una mano lo jalaba ligeramente desviándolo a otro pasillo. Ahora tenía frente a él al comandante con una postura un tanto extraña.
—Tomar un poco de aire —contestó despreocupado.
—Por un momento creí ver que seguía a la princesa —aunque Annatar tenía que subir un poco la mirada para retar al capitán, esto no le impedía que su presencia fuera más imponente.
—No comprendo el por qué te molestaría de ser cierto —en un intento trató de bajar la sutilidad del ambiente con sus sonrisa que parecía jamás abandonarlo.
—Tienes razón —respondió con sarcasmo.
—En efecto, no hay crimen en ello —fijo su vista en el pasillo—. Con permiso —hábilmente esquivo el cuerpo del comandante pasando junto a él.
—¿Qué crimen habría en acosar a la princesa? —bufó Annatar haciendo que Barahir se girara y ambos quedaran frente a frente.
—¿Supones que la acoso? —y por primera vez su rostro dejó de ser alegre.
—Yo no supongo nada —acortó la distancia—; juzgo por lo que veo.
—El rey me asignó como su escolta —pensó que con ello Annatar dejaría de actuar tan extraño; pero eso el joven bien lo sabía, pues el mismo rey se lo había informado.
—Claro; y el ser su escolta te permite toma la mano de la princesa —Por fin Barahir entendió un poco a qué se refería el comandante, pero no lograba comprender por qué se mostraba tan afectado—. Como comandante, mi deber es cuidar el bienestar de la familia real y eso incluye sus emociones… con ella te muestras atento y logras que sonría; pero no es la única que capta tu atención —afirmó con severidad—. Cuida tus movimientos; si sale lastimada no mediré las consecuencias y dudo mucho que el rey te tenga clemencia —como una sombra abandonó el lugar.
Barahir quedó con los ojos completamente abiertos sin poder creerse que aquella figura que lo había amenazado era Annatar con quien tanto tiempo había pasado y quien en algunas ocasiones cuidó de su espalda.
Por muy escalofriante que fue aquel "encuentro", Annatar tenía razón en todo, no solo con su función de comandante, sino que también había acertado en cómo se sentía en aquel momento.
Hasta hacía unas horas, Lúthien era la elfa que a sus ojos era la más hermosa en toda Arda y dudaba que existiera alguien que la superara en algo, con ella se sentía feliz y siempre tenía la necesidad de estar a su lado… pero en la tarde aquellos ojos entre la muchedumbre lo habían envenenado y apenas la hubo localizado no podía parar de admirarla con discreción —la suficiente como para que nadie a excepción de Annatar se percatara de la miradas—.
Y nuevamente el comandante tenía razón; no tenía la certeza de que Lúthien lo apreciara más allá de la amistad, pero si no quería terminar lastimándola lo mejor era poner un alto a conversaciones en las cuales no para de halagarla. Al menos hasta descifrar qué era lo que le sucedía, pues nadie —ni siquiera Lúthien— lo había dejado sin aliento.
—Es imposible que tu presencia pase desapercibida —dijo apenas vio su espalda.
Aunque quiso no sonar tan alegre y cariñoso, le fue imposible y entonces comprendió que no podía cortar una amistad como la que llevaba con la joven. Ambos continuaron conversando sobre cómo les había parecido la pequeña cena y de cómo lucía aquel simple jardín con la luz de la luna.
Pasada la media noche ninguno de los integrantes de la nobleza se encontraba fuera de sus habitaciones. Como fue indicado, Barahir escoltó a la princesa hasta sus aposentos y para mala suerte del capitán, justo en el momento en el cual besaba la mano de la joven, Thranduil entraba a su habitación y por detrás de ellos pasa Elrond con sus hijos rumbo a sus habitaciones.
Maara tulda*— Bienvenido seas
¡Anda luumello*!— ¡Cuánto tiempo!
Mellon nîn*— Amigo mío
Notas de Autor: Este capítulo iba a ser en extremo extenso así que decidí dividirlo en tres parte; para que no les resultara tan tediosa la lectura.
Agradezco a mi querida Mell-chu por siempre prestarme su gran sabiduría y hacer que mis capítulos se lean fluidamente.
Saludos; quiero saber que es lo que opinan.
Besos desde México.
