¡Hola!

Sé que tienen todo el derecho de estar furiosos y sé que me merezco de sobra el que ya no lean mi fanfic, y que quieran comerme viva y matarme lenta y dolorosamente.

¡Lo sé! y no saben cuanto lo lamento. Siento de todo corazón el no actualizar decentemente, ni en tiempo ni en forma. ¡Lo siento mucho!

No sé de que manera podre recompensar su paciencia... enserio quiero hacer algo para enmendar mis errores, pero mi cabeza no me permite el saber qué, les pido de la manera más atenta, me dejen sus sugerencias...

~.~.~

Capitulo dedicado a tres personitas muy especiales:

Merideth_ la elfa que mata elfos; querida, faltan palabras para agradecerte cada una de tus perfectas acciones. Sin ti es seguro que no tendría comentarios tan largos; este capitulo fue escrito pensando en... bueno, solo espero y no me mates más adelante e.e

Ainariel; mi perfecta editora y mayor apoyo moral; nada de lo que escriba aquí es suficiente... lo sabes.

Por último pero no menos importante: EmilioAlvarez98, mi queridisimo amigo, este capitulo más que a mis chicas, espero que sea de tu total agrado. Llevo tiempo prometiéndote un poco de batalla y aquí esta, mi experto en combate: Sargento Alvarez...

Ahora sí a leer y disfrutar...

~.~.~.~.~

Capítulo 20: La última Noche

Bajó arrullándose con el viento; la última hoja de aquel árbol cayó. El otoño casi terminaba y en esa parte del bosque hacía tiempo que ninguna hoja se atrevía a asomarse. Las tierras negras y el aire teñido de gris… ¡El Gran Bosque Verde!, así se llamaba; nadie creía que alguna vez la luz irradiaba vida. El recuerdo solo quedaba atesorado en el pensamiento del pueblo de las estrellas.

La armadura dorada sonaba con cada movimiento y los pasos acompasados se confundían con el silbido del viento; todo el ejército en silencio, atentos; con los sentidos abiertos al peligro, el rostro serio y el corazón esperanzado.

Cinco días habían transcurrido desde que dejaran la fortaleza; avanzaban a paso lento y sigilosos como almas rumbo a Mandos. Acampaban de noche por unas horas, apenas deteniéndose para probar alimento el resto del día… no lo necesitaban, en su interior el propósito de liberar sus tierras les brindaba el soporte necesario para continuar.

La última noche de marcha llegó tan lenta como el paso del tiempo sobre los primeros nacidos. Pronto el campamento quedó montado apenas el rey dio la orden; se atrevieron a encender diversas fogatas, pero no hubo cantos o risas esa noche, solo silencio.

Todos los sabían, pero nadie se atrevía a hablarlo; tenían más que claro que para algunos, esa sería la última noche. No, nadie se atrevería a poner al fuego la congoja de los corazones de los presentes. Simplemente sentados alrededor de las hogueras pasándose los platos de comida, viendo las estrellas a través de aquellos desojados árboles.

—¿Me ha mandado llamar, aranya*? —Thranduil dejó de observar desde la puerta de su tienda la tristeza de sus súbditos y con un movimiento de cabeza le indicó al comandante que entrara en la tienda.

Los soldados que custodiaban la entrada dieron aún más privacidad al rey alejándose un par de metros, no sin antes cerrar las cortinas de la improvisada tienda.

—¿Te has podido despedir? —cuestionó el rey dándole la espalda al elfo.

—Sí.

Fue todo lo que respondió, seco y con un deje de tristeza oculta tras aquel paño en su cara.

Thranduil se giró lentamente encontrándose con la rígida figura de Annatar; lo estudió detenidamente con la mirada deteniéndose especialmente en las perlas que lucían en su dedo: negra y gris… siempre era así.

Desde que habían dejado el palacio no habían tenido la oportunidad de mantener conversación alguna… la perla negra cambió a blanco y para sorpresa del rey, sin que Annatar viera siquiera de reojo la perla comenzó a quitarse el paño negro de su rostro.

Nuevamente aquellos finos rasgos quedaban al descubierto; la piel tan blanca como la de Lúthien, la nariz fina, la boca formando una perfecta línea y sus ojos… ¡Por Eru! Nunca antes había visto tal pena en un elfo antes de la contienda.

—Las perlas… —se interrumpió a sí mismo, no sabía si tratar el tema en ese momento; finalmente se decidió al ver que Annatar no hacia ni decía nada, solo esperaba—. Las perlas cambiaron la última noche y han estado…

—Lo sé —Thranduil quedó impresionado, no había forma que él viera las perlas, pues el cofre lo tenía bien resguardado; sin embargo su rostro no mostró ni un atisbo de sorpresa—. De negra a azul. Otra cambió de negra a naranja, pero mutaba a rojo. La verde comienza a tener puntos negros y diversos verdes. Y negra a nubes moradas que tienden a mostrarse por pocos segundos ante sus ojos antes de regresar a negro.

—¿Cómo lo sabes? —esta vez no fue capaz de ocultar por completo su asombro.

—Negra a naranja… —comenzó a explicar.

—… solo uno parte a la guerra —completó Thranduil.

—Sí; pero al mutar a veces a rojo significaba que Lúthien también tenía que venir. Los dos teníamos que participar sin opción alguna; pero al no cambiar por completo solo fue un aviso de que a la próxima guerra ella acompañará al ejército sin opción alguna.

El rey guardó silencio; habría otra guerra. No sabían en cuánto tiempo pero eso era seguro; pues incluso antes de que él se decidiera a partir a Dol Guldur, la perla ya se empezaba a tornar naranja. No eran especulaciones, era certeza de batalla, pero el tiempo era tan incierto como el propio destino.

—De negra a azul —continuó Annatar— cambió antes de irnos; esa noche pude demostrar mi gran pesar… mis sentimientos dejan de ser vetados por el tiempo más extenso que antes sucediera.

—No se puede ser frío e insensible en la guerra —fue la única frase que atinó a decir, pues su mirada aún continuaba perdida en algún punto en blanco y la palabra guerra resonaba en su cabeza.

—Los puntos negros y de diversos verdes —guardó silencio.

—Encierro —el rey sabía que quizá este era el que más dolía al príncipe.

—Sí… —suspiró con pesar y bajó la mira; era la primera vez desde que Thranduil lo conociera que el príncipe bajara la vista apesadumbrado—. No sé qué color tome, pero temo al negro, si cambia completamente a negro ambos estaremos confinados a las habitaciones sin posibilidad de comunicación con los demás. Al color que cambie… —su voz se dejó de oír.

—No comprendo —Annatar no se atrevió a subir siquiera un poco la cabeza y entonces la respuesta llegó al Thranduil con un balde de agua fría—. ¿Dejarás de verla? —dudaba y temía la respuesta, pero los verdes ojos de Annatar por primera vez se mostraban tan claros y descifrables como los de su hermana.

—Así es —respondió con pesar y, haciendo un gran esfuerzo, levantó la mirada—; no importa la nueva tonalidad que tome; sea verde obscuro o negro, ella y yo no podemos estar juntos sin sufrir castigo. El verde obscuro permite que solo uno de los dos tenga contacto con el exterior, si la veo los dos sufriremos… El negro… —no pudo terminar su explicación, se vio seriamente interrumpido por el rey.

—¿Ella lo sabe? —clavó sus azulinas dagas en el príncipe de Gildîn.

—No —tragó grueso.

—¿Cómo es que tú te enteraste de los cambios sin que yo te comentara nada? —tenía la inquietud desde el principio y ese momento le pareció el más indicado para preguntar.

—Soy más perceptivo que ella y soy el que más sufre con los vetos —el rey esperaba más respuesta y así se lo hizo saber al elfo con una mirada—; la noche antes de partir, por primera vez sentí un leve pinchazo en mi corazón al estar con ella, no era nostalgia, la tortura comenzaba y no solo con ella, ha sido así desde entonces… mi tiempo se acaba —susurró al viento.

—¿Ella también lo sufre? —no pudo evitar preocuparse por su pequeña.

—No —la respuesta sorprendió al rey—; no es un dolor profundo, apenas una ligera molestia —tomó aire—. Mi señor, ella no lo sabe pero mis torturas son más fuertes que las de ella; usted ya vio el resultado de su furia, pero fue en una conversación larga; yo en cambio, sufro el dolor de fracturas de huesos en pocos segundos de desobediencia, siento cuando las perlas cambian, porque el dolor me avisa. Para Lúthien es diferente; yo jamás he permitido que sufra (ni dejaré que eso suceda) es por eso que tomé toda esa condición para mí: el aviso del dolor. Pudimos haberlo compartido, pero me negaba a que sintiera el más mínimo pinchazo al cambio de una perla.

Thranduil siempre supo que los mellizos tenían un gran lazo de hermandad; pero Annatar amaba a su hermana como si se tratara de la última estrella sobre el firmamento de una noche eterna. Nunca tuvo la oportunidad de mantener una conversación semejante con el príncipe, una conversación en la que él dejara que sus emociones se reflejaran en sus ojos.

Ahora aquellos ojos verdes platinados reflejaban dolor que no era físico y una profunda tristeza; ambos causados por una sola persona. Lamentablemente en su mirar también había miedo, desesperación y la marca de una fatalidad del pasado.

Su mirar tierno endurecido por el eterno paño en su rostro, reflejaba la edad que en realidad tenía. No era un soldado el que estaba frente a Thranduil, por supuesto que no… era un niño que partía a la guerra para proteger su último tesoro, un niño que conocía el sufrimiento y el dolor, quien se vio obligado a tomar una espada desde antes de poder con su peso… era un elfo más pequeño que su propio hijo, peleando al frente de un ejército.

¡Por Eru! Su mejor comandante no era más que un niño; ahora lo sabía, sus pensamientos podían ser fríos y las estrategias inmejorables, pero su corazón era tan puro como las estrellas que esa noche se apagaban en sus ojos.

—¿Cuál es tu miedo? —Thranduil suavizó un poco su mirada pero Annatar clavó sus ojos en los de él.

—La muerte… —titubeó— su muerte —aclaró; el ceño del rey se volvió a fruncir—. Hîr nîn*; solo existen dos personas que pueden herir a Lúthien: usted y yo.

—¿Por qué? —no sabía de qué forma él podía llegar a lastimar a esa elfa de cabellos dorados.

—Porque lo ama —los ojos del rey se clavaron penetrantemente en Annatar, pero éste no se inmutó—; y lo sabe —afirmó—. Mi deber es proteger lo que ella más quiere, y si su felicidad es usted y su hijo… yo daré mi vida sin pensarlo por ustedes, porque son los que a partir de ahora son los que estarán con ella. En poco tiempo los vetos nos prohibirán vernos.

Silencio. Ninguno dijo otra palabra, ambos hundidos en sus pensamientos… antes de que la perla se tornara negra, Annatar ya se estaba poniendo el paño, para cuando ésta cambio él ya tenía el rostro cubierto.

El rey necesitaba pensar a solas por un tiempo; con un movimiento de su mano, Annatar realizó una reverencia disponiéndose a marchar.

—Annatar —habló al tiempo que este tomaba una de las cortinas para salir del lugar—. ¿Qué significa la morada?

Los ojos del joven se turbaron; con pesar soltó la tela de la entrada y regresó un par de pasos.

—Pertenece a Lúthien —eso lo sabía el rey, pero no recordaba cuál era su significado—; tenía la esperanza que nunca cambiara —su susurro apenas llegó a los oídos del rey—. Si me lo permite, es mejor que se la entregue —Thranduil no comprendía aquella mirada de Annatar—; presiento que cambiará constantemente —explicó de inmediato—, como las mías.

—Se engarzará en una cadena —dijo solemne—; pero ¿Por qué no se le entregó antes? —su sospecha se confirmó: Annatar se puso nervioso.

—Porque —dudó y huyó de los ojos de Thranduil—… ya no estaremos los dos juntos y necesita algo que le proteja del peligro…

—¿Peligro? —el sobresalto del rey fue notorio, pero no tanto como la incomodidad de Annatar— ¿Qué peligro podría correr estando en la fortaleza?

—Ninguno estando dentro —volvió a tomar la determinación de sostener la fría mira del rey—. Pero no siempre estará encerrada en el reino; su espíritu la obligará a salir de la fortaleza y no podrá evitarlo. Ella siempre estará en peligro, sabe tan bien como yo que incluso dentro de los muros del palacio existe alguien que puede causarle daño sin siquiera tocarla…

—Tauriel… —susurró.

—Sí… ¿Qué podrá hacer un guardia en su defensa? No será atacada con armas, pero las palabras y una sola emoción la dañaran más que un combate… ¿Qué podría hacer Legolas?

El enfrentamiento de miradas era indudable, las filosas dagas azulinas del Gran Rey Elfo no daban un respiro al comandante que repelía sus ataques incansablemente. Annatar había dado en el blanco, pero su puntería fue tan certera que el daño que ocasionaron sus palabras fue más del esperado… pero no le bastaba con eso, necesitaba ganar la contienda.

—Solo ver como Lúthien sufre bajo el efecto de una tortura, estático, sin saber que hacer —no se detendría, llegaría al final— ¿abrazarla y llevarla al palacio?... no, mi señor, Legolas —fue aún más frio en sus palabras— no podrá hacer nada para evitar algo tan insignificante a sus ojos. Ni siquiera usted —sentencio y con ello dejo completamente desarmado al gran Thranduil.

Silencio.

—La perla comenzará a tornarse morada —continuó explicando en un tono más tranquilo— cuando ella necesite defenderse y no haya nadie a su alrededor. Pero no será una condición duradera, apenas unos minutos para poder huir; podrá tocar un arma, pero solo si la tiene a la mano, usted sabe que no puede llevar ni la más pequeña daga con fin de defensa, al menos que la perla se torne morada en ese momento y solo entonces podrá tomar el arma.

—Es un aviso —susurró dentro de sus reflexiones—. Retírate.

Annatar agachó la cabeza en sumisión y se fue del lugar; sus pasos lo llevaron a su propia tienda; él también necesitaba reflexionar todo lo que estaba a punto de ocurrir.

El violín volvió a sonar; las cuerdas pisadas con maestría y el arco rozando melodías. Quizá antes nadie sabría de dónde llegaba el sonido, no creían que existiese un solo elfo capaz de componer temas semejantes… tan diferentes a los compases de los alegres silvanos.

Cada nota era el reflejo del sufrimiento de los primeros nacidos; cada pisada demostraba el alma sangrante del autor. El arco volvió a pasar sobre las cuerdas… una lágrima cayó y el violín dejó de sonar.

Apenas con fuerza comenzó a caminar y a pesar de que se juró ser fuerte, su ser le traicionó y gruesas lágrimas comenzaron a descender por sus mejillas antes de que llagara a su destino.

Los pocos elfos que pasan a su lado, simplemente observaban con pesar y dejaban que continuara su camino a donde tuviera que ir. No le importaba si los demás veían su llanto, sencillamente su corazón dejó de soportar el dolor y comenzó a liberar su pesar.

Ni una lágrima había derramado desde que se marcharon y ahora parecía no tener fin… se aferró a sus brazos comenzando a llorar amargamente. Tardó sólo un segundo en estrujarla con fuerza.

Dejó que llorara, solo se atrevía a acariciar sus cabellos. Pero todo parecía en vano, su llanto no tenía fin. La apretó más contra él sintiendo como tantas veces su frío cuerpo.

—Ya no puedo —gimoteó—… Legolas, no puedo.

No supo qué decir, él mismo trataba ahora de no derramar una sola lágrima ¿Cómo podía darle apoyo si su propio corazón apenas y deslumbraba una luz?

La mira del príncipe se perdió entre las estrellas buscando… alguna señal de que la guerra había terminado. Pero sabía que eso era imposible, aún no había pasado tanto tiempo.

No tuvo más remedio; sin dejar de abrazarla, la tomó en volandas comenzando a caminar rumbo a la habitación de la elfa. Lúthien no dejaba de sollozar como si sus lágrimas fueran tan eternas como su vida.

Aquel magnifico palacio apenas iluminado por algunas antorchas; los pasillos completamente desiertos y silenciosos, era cierto que no se fue una gran parte del ejército, pero nadie se atrevía a romper el silencio y angustia en la que familias enteras se habían sumido.

Los pocos que vieron a sus príncipes quedaban aún más acongojados; incluso ellos que tenían la vida solucionada sufrían igual que ellos… quizá un poco más, pues en ambos casos todo lo que les quedaba había partido a la guerra. Si el rey moría… lo mejor era no pensar en fatalidades. Los sirvientes continuaron su camino sin ver más de lo necesario a los jóvenes.

Apenas vio a lo lejos el dormitorio de su hermana pudo identificar rápidamente que la puerta estaba abierta y que algunas velas estaban encendidas. Entró a la habitación, cerrando con agilidad tras de sí la puerta.

Recostó con delicadeza en la cama a la elfa aun con lágrimas en los ojos.

—No me dejes —susurró sin soltar la casaca de Legolas.

El príncipe asintió; se despojó del ligero calzado y apenas su cabeza toca la suave almohada, la princesa lo volvió a abrazar escondiendo su cabeza en el fuerte pecho de Legolas.

—Espadas… flechas —susurró entre sollozos—… lanzas… escudos, dagas… fuego

—¿Lúthien? —lo que comenzó como palabras audibles poco a poco fueron palabras claras.

—… mallas rotas… yelmos perdidos… gritos, desolación… sangre… … muerte

—¿Lúthien? —los ojos asustados del príncipe no mintieron a la princesa que al fin había calmado sus sollozos y ahora le correspondía la mira.

—¿Has estado en una guerra? —preguntó fría.

—No —respondió por inercia, pues su cabeza no alcanzaba a comprender lo que sucedía.

La elfa dejó de abrazarlo y se acomodó en el respaldo de la cama sentándose al tiempo que abrazaba sus rodillas y una nueva lágrima descendía. Legolas, atónito como estaba, imitó parte de sus movimientos.

—Yo sí —la palabras dirigidas al viento y la mirada perdida en tiempos de antaño; la mira de Legolas nunca fue más expresiva que en ese momento—. En Gildîn —volteó a ver al príncipe— hubo guerra por muchos años; los niños aprendían a manejar las dagas desde que aprendían a caminar, los juegos eran sustituidos por el entrenamiento… todos debían tener un arma consigo, no importaba que no fueran soldados; amas de llaves, sirvientas… niñeras; todos poseían un arma.

—Tú… —titubeó, pues el solo pensarlo lo horrorizaba.

—Era la hija del rey —desvió la mira—; pero no me atrevía a desenfundar mi arma —ocultó su rostro entre sus rodillas—. Escuché morir a mi madre… murió protegiéndome, ni siquiera en medio del peligro pude blandir la espada —comenzó a llorar.

Legolas siempre tuvo la duda sobre que había sido de los padres de Lúthien, pero ahora que sabía muy poco sobre lo ocurrido, sabía que su corazón no quería conocer el resto de la historia, pues no lo soportaría.

Él nunca pudo conocer a su madre, pero la amaba incondicionalmente. De niño la había soñado mucho y su solo recuerdo era de sus memorias más preciadas. No quería saber que se sentía conocer a tu madre y escuchar su último aliento de vida solo por defenderte.

—Legolas —pequeñas gotas cristalinas aun descendían por sus mejillas cuando volvió a subir la mirada a su hermano—; he visto con mis propios ojos cómo los soldados mueren protegiéndote, cómo la vida se les escapa lentamente mientras en sus ojos aún se ven los sueños que no realizaron. No dudo de las habilidades del rey, lo he visto, pero ¿cuántas vidas se perderán? Cualquier elfo recibiría un flechazo en lugar del rey, lo he visto, se pondrían enfrente y no dejarían que amenaza alguna llegará a él… pero nada es seguro en la guerra.

Seler nîn; enyal-vére , adar il lanta-huine —la tomó con suavidad de su barbilla—. Ken-hens, voro ná ara —las cristalinas gotas de agua comenzaron a descender—… il rosse ¿i il ken i mirroanwe gil? —la princesa abrió grandemente sus ojos por la sorpresa—. Eala man entu-alasse an indo*

Cada una de las palabras del príncipe era verdadera; y a pesar de haber sidas pronunciadas con el mayor sentimiento de hermandad que alguna vez existió, no dejaban de ser una daga en su corazón.

El ama… quería a su padre; pero jamás olvidaría la marca de fuego que el rey dejó en su corazón días antes de que llegara la princesa; aquel crepúsculo en el despacho de su padre, cuando llenó de dolor reclamo al cielo por quitarle a su amada y dejarlo en su lugar. Había sido testigo del sufrimiento del gran Rey elfo, no era necesario preguntar, sabía que había sido así desde que él nació; hasta que…

Un grupo de extraños llegó al reino.

La sonrisa regreso al rey y un nuevo brillo se leía en su mirada; sus palabra fueron más cálidas… las lágrimas comenzaron a descender por las blancas mejillas del príncipe mientras estrechaba entre sus brazos a Lúthien.

Pero el príncipe estaba muy lejos de saber que justo en ese momento el rey elevó al cielo su mirada oculto entre la penumbra de los árboles; con el único pensamiento de mantener a su pequeña hojita a salvo.

Los dos elfos durmieron juntos aquella noche; solo se tenían el uno al otro, sus seres más queridos estaban lejos luchando por ellos. Ninguno de los dos se había sentido tan solo las noches anteriores; las noches anteriores no habían sido tan sombrías ni cargadas con aquel viento gélido.

Con la luz de la luna en lo alto del firmamento llegó la media noche; silencio, pero más que silencio soledad y tristeza invadían el reino. Como tantas noches, se volvió a sentir aquella gélida presencia que todos confundían con tristeza.

Los movimientos imperceptibles de la elfa, su respiración acelerando y su temperatura disminuyendo; alertaron por primera vez al príncipe que dormía con ella. Él también lo sintió, por primera vez sintió frío en sus huesos, penetrando en su carne: tenía miedo.

Se despertó sin moverse un poco, tratando de tranquilizar a su corazón; pero sentir a Lúthien más fría de lo normal le quitó por completo la respiración. Su hermana se contraía imperceptiblemente, su ceño se fruncía en terror, miedo y… dolor.

Una espada apuntó a la luna reflejando su brillo; pronto centenares de flechas comenzaron a salir disparadas volando por encima de los muros de Dol Guldur para terminar atravesando a la carne orca.

El ataque fue regresado, de inmediato los escudos se unieron formando un techo de protección. Los ataques a los costados de la fortaleza continuaban; dos grupos números se habían separado, el comandante liderando uno y el general el otro.

Pronto los arietes de los elfos comenzaron a forzar la entrada a Dol Guldur; ninguna flecha atravesó a un solo primer nacido, Annatar se había encargado de posicionar a sus arqueros en lugares precisos para aniquilar rápidamente a los centinelas; y si las flechas orcas llegaban a dirigirse a los elfos, Orel fue quien procuró que ninguna flecha llegara a su destino, interponiendo en su camino diversos escudos que no dejaban ni el menor hueco.

La podrida madera pronto cedió y las filosas espadas fueron desfundadas; las doradas armaduras brillaban bajo la pálida luz de la luna, el filoso acero de los elfos atravesaba pútridos cuerpos que soltaban su líquido negro al contacto con el filo.

El ariete fue dejado a un costado y por la abertura que había formado la primera cuadrilla, dejaron pasar a una masa numerosa. El poderoso séquito rodeado de experimentados soldados, protegían en el centro a algo o alguien.

Los ataques exteriores no frenaron, protegidos entre los troncos de los árboles y por la penumbra de la noche, eran casi invisibles ante los ojos del enemigo. La masa orca comenzó a descender a la plazoleta en donde ya eran abatidos por la furia élfica.

Una parte del ejército iba entrando, todos ellos ordenados y protegiéndose unos a otros al pasar por el puente y replegándose apenas entraran en el interior. Pronto el fuego comenzó a correr por el bosque y los elfos comenzaron a moverse a otros lugares.

Solo una cuadrilla en el interior de la negra fortaleza seguía sin replegarse; avanzando a paso decidido despejando su camino de la peste orca como si de hojas se trataran.

En los niveles superiores se vieron obligados a separarse para enfrentar al enemigo. La espada de Annatar comenzó a ondear por el aire en refinados giros, dejando abatido a su enemigo en menos de un parpadeo. El general de negra cabellera mostró su posición esgrimiendo su acero y lazando pequeñas dagas cuando no tenía contrincante cerca.

Una cabellera cobriza protegida por el yelmo, hundió un cuchillo en el estómago de un escoria y subiendo de apoco su espada para después sacarla, dejo que éste muriera desangrándose en el frío suelo de Dol Guldur.

Pero la armadura plateada jamás estuvo contemplada entre la cuadrilla élfica que protegía a Mithrandir. La dorada cabellera del rey era un suspiro ante los orcos que osaban acercarse a él. Su espada larga y su cuchillo, ondeados sin descanso; la capa roja moviéndose con el viento, perfectas ejecuciones siempre terminadas con un río negro.

Lamentablemente el rojo carmesí también bañó las paredes de la fortaleza; no quedaba más de la mitad de los elfos que fueron a plantarle cara al señor obscuro. Ni siquiera el Peregrino Gris fue capaz de evitar que la sangre élfica fuera derramada.

El ataque en la parte inferior casi llegaba a su fin, los elfos revisaban cada recóndito del lugar… cuando menos lo esperaron de las mazmorras salió un ejército oculto.

Un río de rojo carmesí comenzó a quedar tatuado en las paredes de las mazmorras; uno a uno, los capitanes fueron abatidos luchando hasta su último aliento. Los ojos de Falathar soltaron su último suspiro con el nombre de Tauriel y Nitral en sus labios. Murió solo; había sido el último de su cuadrilla, atravesado por una lanza justo en el estómago mientras sentía cómo la sangre le regresaba por la garganta. Sus ojos quedaron abiertos enfocando los pálidos rostros de jóvenes elfos.

"El séquito del Mago" comenzaba a menguar.

El guía de los "Tres jinetes", vio en la lejanía cómo un grupo de seis orcos se acercaba a su señor; no lo pensó, tomó su arco y comenzó a disparar flechas acertando a los enemigos. Su señor estaba solo contra un grupo de escorias, no paró de lanzar flechas y luego pequeñas dagas…

Joshufel se vio rodeado por cinco orcos; desenfundó el cuchillo largo que había guardado en su carcaj ahora vacío. Clavo ambos aceros en el pecho de una vil sabandija… pero los cuatro se fueron encima de él. El elfo apenas tuvo tiempo de reaccionar cuando ya tenía una espada atravesándole de lado a lado…

Una pequeña daga fue lanzada clavándose en el cráneo del dueño de la espada que había herido a Joshufel. Annatar comenzó a lanzar flechas a dos de los orcos mientras Orel en un certero golpe mató al último de los orcos.

El príncipe de Gildîn corrió sin importarle nada hacia su eterno hermano de armas que ahora se recargaba en el mugriento muro de Dol Guldur dejando su rastro de sangre.

Haryon nîn* —susurró escupiendo sangre— queliwa i oantië tenn' Ambar—metta*…

—Estarás bien —Joshufel tomó la mano del comandante que estaba de rodillas frente a él—; hemos estado en peores contiendas...

—Shss —Annatar fijó la vista en los verde ojos de Joshufel—; fueron grandes aventuras —tosió y su rostro se deformó en dolor—… fue un gran honor…

—¡No! —Gritó bajando la mirada— tenemos que regresar ¿recuerdas?...

—Tú tienes que regresar —forzó una sonrisa— yo no le prometí nada… vive y hazla sonreír…

—Te sacaré de aquí —se negaba a dejar a su amigo en aquel lugar…

—Y le llevarás una cabeza de orco a Lúthien —continuaba sonriendo y el brillo en sus ojos no menguaba de apoco, pero el dolor deformaban aquella sonrisa.

—No dejaré…

—Fue —tosió manchando la armadura de Annatar con su sangre—… déjame ir —suplicó temblando de frío—… haryon nîn*—ahogó un grito de dolor—… aranya*… na... namárië*

Y sus ojos dejaron de brillar; se apagaron como el soplido de la llamarada de una vela. Su último aliento escapó de su cuerpo dejándolo completamente vacío y la sonrisa se desvaneció en la obscuridad de la fortaleza.

Una lágrima cayó en la blanca mano del favorito del soldado más amado por el comandante, dejando a su paso un riachuelo entre la sangre que cubría la nívea piel del elfo. Annatar apretó los ojos obligándose a no derramar una lágrima más.

Con la delicadeza de un hermano, cerró los ojos de guerrero y en una silenciosa promesa besó los nudillos del bien amado soldado. Se obligó a abrir los ojos y alzar la mirada.

El fuego se encendió en la mirada del comandante; tomó su espada y con la agilidad que lo caracterizaba se levantó en menos de un segundo regresando a la contienda.

Todo ese tiempo había sido cubierto por Orel y Barahir; ni el general ni el capitán pudieron prever tal ira en los ojos de Annatar. Antes de darse cuenta el comandante salió de la barrera de protección y saltó sobre la primera alimaña que se atravesó en su camino.

Lo derribó con tal facilidad, degollándolo en menos de un parpadeo. Pronto más orcos tuvieron la misma suerte a manos del comandante. Bífidas criaturas eran atravesadas de lado a lado sin clemencia, algunos sentían el filo del acero cortar sus brazos para después sentir la frialdad de la espada de Annatar atravesando su garganta para morir ahogados con su propia sangre.

La cabellera cobriza se movía hombro con hombro junto al general; los siglos no había paso en vano, se conocían tan bien que no necesitaban dirigirse palabra alguna para cubrir el punto ciego del otro.

Barahir, como el más digno de los capitanes, ondeaba su espada con gracia y elegancia certera. Giró sobre su propio eje terminando así con su adversario, otro medio giro al tiempo que se colocaba en cuclillas para atacar desprevenido a quien quiso matarle por la espalda.

La filosa arma del general cortó el viento encima de la cabeza del capitán en cuclillas, el camino del acero terminó entre los pulmones de un orco. Avanzó un par de metros chocando su larga espada contra un bracamarte con la punta de tres cierras.

El choque de metales entre general élfico y capitán orco era estruendoso; la habilidad milenaria de Orel: discreta y certera, no tenía comparación alguna con la forma brusca y lenta del capitán orco.

Una nueva ola negra inundó la plazoleta; la luz de la luna menguaba, pero el sol no salía… oscuridad y… el silbido de una flecha.

Arqueó la espalda por el dolor desfigurando aquellas finas facciones del pueblo de las estrellas; una sonrisa burlona se dibujó en el exhausto y casi vencido capitán orco. Con sorna acercó los pasos que el general había retrocedido, lo tomó por la capa… la piel blanca de Orel sintió la caliente sangre negra del orco sobre su rostro.

Barahir corrió a socorrer a su amigo incondicional; sostuvo a Orel entre sus brazos antes de que cayera. Solo una mira de Annatar fue suficiente para que el capitán comprendiera que el comandante les cubriría.

La flecha había atravesado la armadura penetrando hasta sus pulmones cerca del corazón; la sangre en su garganta le impidió formular ninguna palabra, solo gorgoteos y el sonido peculiar de una persona asfixiándose, fue todo lo que el general de negra cabellera pudo emitir.

Pronto la armadura plateada que luchaba incansable llegó como un vendaval al lado de sus amigos, solo para presenciar el último suplicio de quien era su mejor amigo. Los ojos grises del general reflejaban dolor, desesperación y un miedo inconmensurable.

Sus labios deformados en una mueca de dolor, por las comisuras resbalaba su propia sangre mezclada con la de orco que había matado Annatar en el último momento con la última de sus pequeñas dagas. Su piel pálida como los destellos de ithil*, ya comenzaba a tornarse fría como la nieve que cubría el bosque en invierno.

Al general caído en combate nadie lloró; no hubo tiempo. Con dolor Barahir zafó su mano del agarre del suplicio de Orel. El capitán de la eterna sonrisa, preso de un dolor e ira que nunca antes había experimentado se juró a sí mismo proteger hasta el final el cuerpo de su amigo. No se percató del momento en el que por sus ojos miel comenzaron a derramar lágrimas de dolor e impotencia por haber estado tan cerca de él y no haber podido hacer nada.

El Mago Gris, perdido entre el laberinto que era la fortaleza, plantaba cara al espíritu de Sauron; completamente ajeno a todas la bajas que sufría el ejercito del Rey Thranduil.

Como el fino toque de una hoja al desprenderse del árbol, eran los pasos del Rey Elfo; su mirar frío paralizaba a sus enemigos en cuestión de instantes y su espada eternamente filosa arrancaba las corrompidas almas de los asquerosos cuerpos de los orcos.

El ejército élfico llegó a la plazoleta como un reyo de luz entre la penumbra; las flechas comenzaron a llover sobre el bando enemigo; solo fue necesario ver de reojo el cuerpo de su general caído para encender la llama de sus corazones y combatir como un violento ciclón.

Uno de los capitanes ordenó a su arquero apuntar certeramente a un lugar; la flecha se desvió chocando contra la espada del propietario avisándole del ataque por la espalda. Pronto se vio rodeado y sin otra arma más que su propio cuerpo, atacó al primero que se le vino encima.

No importó lo mucho que se prepara, el combate cuerpo a cuerpo solo brindaba una escapatoria… pero ahí no existía salida alguna; solo dolor y desolación.

Entre la pequeña comitiva rodearon por completo al elfo; todas las escorias con su cimitarra en alto se acercaron relamiéndose los labios por probar la sangre carmesí de un primer nacido.

El primer golpe fue dado por la espalda clavando el mullido metal en la espalda baja del guerrero; un segundo golpe fue en su estómago con la mano de una espada corta; un corte más en sus brazos y piernas.

No querían terminar rápido con una presa fácil, le arrebatarían hasta el último grito y harían que suplicara clemencia. Lo golpearon hasta dejarlo de rodillas, pero ni una sola lágrima salió de los ojos del soldado.

Un corte limpio y después un torrente de sangre manchando Dol Guldur fue lo que siguió y entonces el grito de dolor retumbó en la paredes de la negra fortaleza; otro dedo mutilado cayó al suelo sin reparo alguno. El ardor de su estómago atravesado le sacó el aliento, sintiendo como aquella putrefacta espada iba cortando cada hebra de su piel hasta detenerse en el primer hueso y morir desangrado al instante.

El sonido gutural de una carcajada a coro y… un espíritu partiendo.

La comitiva se marchó pisando el cuerpo del guerrero, sintiendo con satisfacción cómo la sangre corría bajo sus pies. Los elfos nada pudieron hacer, todas las cuadrillas interceptadas por un grupo de orcos.

Así murió Barahir; el capitán de la eterna sonrisa. Con sus ojos viendo directamente al cuerpo inerte de Orel, y sus dedos a un costado de él como un recuerdo; un charco carmesí adornaba su silueta y los huesos rotos podían verse con facilidad sin necesidad de tocarlos.

Nadie sabría decir cómo fue que el enemigo tomó ventaja sobre el terreno ganado haciendo que todos los elfos se replegaran. Thranduil no lo pensó más, ordenó retirada de inmediato y el moribundo Mithrandir así se lo confirmaba apenas sostenido por su bastón.

Los elfos comenzaron a reunirse para marcharse de la fortaleza lo antes posible; los orcos con gritos de victoria se dispusieron a perseguir a los primeros nacidos. Las armaduras doradas comenzaron a salir velozmente por el puente.

La última cuadrilla en abandonar el lugar no pudo salir indemne, recibieron varias bajas antes de siquiera llegar al puente liderada por… Annatar, pero no fue el primero en salir de su séquito, un grupo de orcos lo interceptó.

El comandante pudo librarse de la media docena de orcos, pero no salió ileso; el rey desde la seguridad de bosque observó con terror cómo el último de los elfos en salir de la fortaleza, prácticamente se arrastraba por el puente.

Annatar corría todo lo rápido que su fracturada pierna le permitía, sus costillas rotas le impedían respirar, con un brazo desprendido del cuerpo unido únicamente por la piel, apenas con la fuerza necesaria para sostener su espada. Sacó coraje de lo más profundo de su corazón.

Siguió corriendo por el puente sintiendo cómo las flechas lo esquivaban para clavarse en la carne de los orcos que le seguían. Continuó corriendo, hasta que… cayó de bruces a escasos metros del lindero del bosque, de su espalda sobresalían tres flechas lanzadas por ballesta atravesándole los pulmones y el hígado.

La cabeza le comenzó a dar vueltas, la vista se le nubló, sintió cómo por su boca salía sangre y se mezclaba con la tierra… dejó de sentir dolor y el frío lo envolvió. Los ojos verdes de Annatar dejaron de enfocar… obscuridad y…

El último suspiro del príncipe de Gildîn…

Traducciones:

Aranya*— Mi rey

Hîr nîn*— Mi señor

Seler nîn; enyal-vére , adar il lanta-huine. Ken-hens, voro ná ara… il rosse ¿i il ken i mirroanwe gil? Eala man entu-alasse an indo* — Hermana mía; Recuerda su promesa, padre no caerá en la obscuridad. Veme a los ojos, siempre estaremos juntos... No llores ¿Qué no ves que eres su estrella? Eres quien ha regresado la alegría a su corazón

Haryon nîn*—Mi príncipe

Haryon nîn. Quel… iwa i oantië tenn' Ambar-metta ó*— Mi príncipe. He fallado… tenía que marchar hasta el fin del mundo

Namárië*— Hasta pronto

Ithil*— luna

~.+.~.+.~

Medio minuto de su tiempo:

Sé que he dado mucho avisos; pero este lo considero importante:

-Tengo el capitulo 21 con un avance, pero no tengo la menor idea de cuando lo publicare. Mi vida personal no me deja ni cinco minutos frente a la PC y seguirá siendo así hasta finales de este mes... por tanto no creo poder escribir media palabra antes de ese lapso.

¡Lo siento mucho!

Y espero con el alma, puedan ser comprensivos con esta bazofía de escritora...

Hasta la próxima